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lunes, 27 de abril de 2015

Kazuo Ishiguro: Los restos del día

Idioma original: inglés
Título original: The Remains of the Day
Año de publicación: 1989
Traductor: Ángel Luis Fernández Francés
Valoración: Muy recomendable


Una reciente reseña de otro libro de este mismo autor (en Un Libro Al Día... ¿dónde si no?), Nocturnos, me decidió a emprender la lectura que tenía pendiente desde hace algún tiempo de esta Los restos del día, la novela más conocida hasta ahora -creo- de Kazuo Ishiguro (sobre todo por haber sido llevada al cine hace años con los afamados Anthony Hopkins y Emmma Thompson como protagonistas). Y lo cierto es que me arrepiento de no haberlo hecho mucho antes.

Porque el caso es que ésta es una novela no ya notable, sino por momentos excelente y preciosa, que muestra un gran oficio literario y una sensibilidad encomiable hacia los personajes que la protagonizan. Y eso que no me parece que fuera sencillo cumplir tal propósito... cuando menos, el argumento no resulta, en principio, el más adecuado para un fácil lucimiento: la novela se estructura a partir de unas pocas jornadas del viaje que, en verano de 1956, realiza el mayordomo de la mansión Darlington Hall, en Oxfordshire, hasta Cornualles para visitar a una antigua ama de llaves. Cada día el señor Stevens, este mayordomo, nos va contándolas incidencias del trayecto y también sus opiniones sobre diversos asuntos -ante todo y sobre todo, acerca del oficio al que ha dedicado su vida-, ilustrándolas con los  recuerdos de lo que ha sido su actividad en esa mansión. Cuyo amo en otro tiempo, además, Lord Darlington, no era cualquier noble ociosos, sino un caballero bien relacionado con las altas esferas de la política y que había intentado, ya a partir del Tratado de Versalles, que juzgaba ignominioso, un acercamiento e incluso, más adelante una posible alianza, con Alemania... llegando a entrevistarse en varias ocasiones con el embajador nazi, Ribbentrop o con el líder fascista británico, Oswald Mosley (exacto, el que luego fuera cuñado de Nancy Mitford, como sabrá quien conozca a esta autora).

Stevens no evita éstos u otros temas "delicados" -como cierto arrebato antisemita de su señor-, pero nos los cuenta y explica su propia participación en tales asuntos amparándose el su profesionalidad y lealtad como sirviente -lo que él llama su "dignidad"-, que utiliza para establecer una barrera con toda realidad ajena a su labor de mayordomo, una coraza que porta como el samurai que sirve a un señor feudal para así poder seguir el "camino del guerrero" (sé que habrá a quien le parezca oportunista tal comparación, dado el origen nipón del autor de la novela, pero, justo por eso, no creo que sea casual la elección de este protagonista, un personaje de una "britanidad" tan típica, al tiempo que tan cuidadoso con los detalles y tan proclive a la contención de sus sentimientos como se le supone a la cultura japonesa).

Es  la misma barrera que interpone ante otros aspectos más íntimos de su vida, como son sus relaciones familiares y sentimentales; las que tiene con su padre, mayordomo como él, y con Miss Kenton, el ama de llaves a quien se dirige a visitar a Cornualles. Digamos -y perdón si esto supone un spoiler-, que las reacciones de Stevens en ambos casos no son precisamente de una espontaneidad latina... Aún así, hay que señalar que, a pesar de que su aproximación a los posibles errores cometidos en su vida sea de manera indirecta y se escude en esa supuesta dignidad profesional de la que ya he hablado para excusarlos, al menos este mayordomo hace una introspección crítica sobre su propio pasado que no sé si es demasiado frecuente, fuera de la literatura.

Al final, una novela no ya totalmente recomendable, sino -y quizá esta valoración resulte demasiado polémica para dejarla para la última frase de la reseña- a la que tan sólo su propia perfección me hace me hace dejarla un paso por detrás de la categoría de imprescindible.



Del mismo autor en Un Libro al Día: Nunca me abandonesUn artista del mundo flotanteNocturnosEl gigante enterrado

domingo, 12 de febrero de 2017

Reseña a cuatro manos: El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro

Idioma original: Inglés
Título original: The buried giant
Traducción: Mauricio Bach
Año de publicación: 2015
Valoración: decepcionante

Hay que reconocer que Kazuo Ishiguro es un escritor valiente. Y es que tras haber escrito libros maravillosos, como Los restos del día o Nunca me abandones, podría haber caído en la autocomplacencia y en la casi irresistible tentación de escribir una y otra vez el mismo libro. Pero no. Además de torturar a su seguidores (e imagino que también a sus editores) con diez años de espera, resulta que les sorprende con una novela que no tiene absolutamente nada que ver con las anteriores.

Porque El gigante enterrado es, a primera vista, una novela de "aventuras" ambientada en la Edad Media, con sus caballeros artúricos, guerreros, dragones, venganzas, traiciones, etc (Tranquilos, Ishiguro no se ha convertido en un trasunto de George R. R. Martin o de Tolkien...). Digo a primera vista porque la novela es, o al menos lo pretende, una metáfora sobre la memoria o el olvido en el más amplio sentido de la palabra: memoria individual, memoria colectiva, memoria histórica... incluso sería una metáfora política (al menos, en España), si se le quiere dar esa lectura.

Una niebla de olvido ha cubierto el territorio en el que se desarrolla la novela, esa niebla ha contribuido decisivamente a que se haya extendido una paz casi total, a nivel individual y colectivo, pero la semilla de la venganza está plantada, solo resta que el terreno sea fértil para su crecimiento. Y así surgen las dudas y los personajes se preguntan cuestiones como:
Pero también me pregunto si lo que sentimos hoy en nuestros corazones no es semejante a esas gotas de lluvia que siguen cayendo sobre nosotros desde las hojas empapadas que tenemos encima, pese a que en el cielo ya hace rato que ha dejado de llover. Me pregunto si, sin nuestros recuerdos, lo único que le espera a nuestro amor es apagarse y morir
¿Quién sabe qué sucederá cuando hombres con facilidad de palabra relacionen antiguos agravios con un nuevo deseo de tierras y conquista?
El problema que, en nuestra opinión, tiene la novela es que el fondo está por encima de la forma (Ojo que Ishiguro  sigue escribiendo tan bien como lo hacía hace 20 años, al menos en lo que se refiere al dominio del párrafo y a la exquisitez de su prosa). Si decimos que el fondo está por encima de la forma es porque el planteamiento puede ser muy bueno (de hecho, nos parece que lo es), pero el vehículo utilizado para llevarlo a cabo no nos parece ni el más idóneo ni el mejor desarrollado. Si en otro momento imitar el estilo pulcro y hasta relamido de la prosa victoriana resultó una idea excelente, en esta novela, la pretendida sencillez de los romans medievales o incluso los cuentos tradicionales no parece acabar de casar con una novela que se va complicando, pero en ocasiones de forma algo gratuita. 

De hecho, la historia resulta un tanto "tramposa", con varias vueltas de tuerca que la alargan innecesariamente, con algunas lagunas (y no la Estigia precisamente) que le restan credibilidad, con personajes que no aportan gran cosa, situaciones rocambolescas... por momentos incluso se diría que el autor ha echado mano, para crear la trama, de uno de aquellos entrañables libros de Elige tu propia aventura. Por ejemplo (y perdón si esto es un spoiler):

-Os están atacando cientos de duendes que salen del río. ¿Qué harás?

A- Luchar con ellos para salvar a una anciana que no conoces de nada (vete a la página 62)
B- Pelear para ayudar a tu adorada esposa (vete a la página 70)
C- Salir por pies y no volver la vista atrás (vete a la última página. Has ganado)

Lo mismo si te encuentras a un perro del Infierno, a unos ogros caníbales o a los soldados de un malvado Lord (y no, esto tampoco es Shrek)...

Y en éstas, Ishiguro se demora 400 páginas; ya sabemos que Ishiguro es lento, moroso y con tendencia al detalle (lo cual en otros libros ya mencionados es parte de su encanto), en una historia que, en el fondo, no deja de ser un cuento largo. Aunque eso no justifica el trote cochinero que le inflige a la narración durante buena parte de la misma, en especial en su primer tercio, ni los diálogos reiterativos, los momentos en que la acción parece enredarse en bucle sobre sí misma..Por lo menos, esta manera de narrar, pausada y un tanto errática, cuando no provoca el sopor del incauto lector le va como anillo al dedo a alguno de los mejores hallazgos de la novela, que es la aparición, de vez en cuando, de momentos de una singularidad onírica interesante, como si se tratase de la inesperada plasmación de los miedos y recuerdos de los protagonistas.... o los arquetipos del célebre "inconsciente colectivo". Pero vaya, que tampoco es que estemos leyendo el guión de una película de Bergman... más bien, en la mayoría de los casos, vamos deambulando por el reino de Ooo junto con Finn y Jake. Sólo faltan el Rey Hielo y la princesa Chicle.

Se puede hablar también, claro (se debería de hablar), del ciclo artúrico, de Steinbeck, de los mitos griegos y de muchas otras referencias que sin duda están presentes en El gigante enterrado. Pero al final de la lectura da lo mismo porque lo que queda es una sensación amarga, sobre todo sabiendo cómo puede llegar a escribir Ishiguro. Y es que este  El gigante enterrado se queda a medio camino entre un divertimento, un pastiche y el simple mareo de perdiz y lo que en otro escritor podría ser un libro aceptable resulta, en este caso, francamente decepcionante.

Fdo.: Juan G.B. y Koldo CF

También de Kazuo Ishiguro en ULAD: Un artista del mundo flotanteNunca me abandonesLos restos del díaNocturnos

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Ramón Saizarbitoria: Guárdame bajo tierra

Idioma original: euskera
Título original: Gorde nazazu lurpean
Año de publicación: 2000
Valoración: Muy recomendable

Pertenece esta novela a la segunda etapa novelística de Ramón Saizarbitoria, después del parón que se produjo entre Ene Jesus (1976) y Hamaika pauso (1995); son casi veinte años fundamentales para el sistema literario vasco (en euskera): prácticamente inexistente en la década de los noventa, está ya en franco crecimiento y consolidación a finales de los noventa, con un número creciente de escritores, un entramado editorial y, sobre todo, un público receptor para esta nueva literatura.

Así, como si Saizarbitoria diese por cumplida su labor como modernizador de la narrativa en euskera, en las cinco narraciones que componen Guárdame bajo tierra Saizarbitoria se dedica, simplemente, a contar buenas historias bien contadas: se atenúan hasta desaparecer las influencias (no del todo digeridas) del nouveau roman francés, tan evidentes y reconocidas en sus primeras obras, y se da mayor peso a los personajes, a los narradores, a la propia trama.

Las cinco historias (más que relatos, casi son novelas breves en algunos casos) que componen el libro tienen un elemento en común: la inhumación y/o exhumación de restos humanos. En "La guerra perdida del viejo gudari", un soldado de los batallones nacionalistas que intenta sin éxito cobrar una pensión, busca los restos de su pierna amputada por un obús. De fondo, el recuerdo de la guerra, con especial atención para el infame "pacto de Santoña", por el que las milicias nacionalistas se rindieron tras la caída de Bilbao y renunciaron a seguir luchando en el bando la República.

"La paternidad negada de Marcel Martin" se basa en una historia real: la del cantante italo-francés
Yves Montand, que fue exhumado para poder realizar una prueba de paternidad, una historia que se vuelve peligrosamente paralela con la relación del protagonista. También "La obsesión de Rosetti" entrelaza dos historias paralelas: la del pintor Dante Gabriel Rosetti, que mandó exhumar el cadáver de su amada para rescatar los manuscritos de sus poesías, y la del narrador-protagonista, que intenta recuperar una nota erótica con la que sedujo a una mujer, para reutilizarla con otra.

"Dos corazones en una tumba" es quizás el relato menos conseguido del volumen: con un tono irónico burlesco, cuenta la historia de un hombre (lo que vulgarmente se conoce como "un calzonazos") que miente a su mujer sobre el destino final de los restos mortales de sus padres. Por último, "El huerto de nuestros mayores" recupera la temática política del primer texto, hablando de la exhumación y traslado de los restos de Sabino Arana, una anécdota histórica que también aparece en la novela de ciencia-ficción paródica Si Sabino viviría, de Iban Zaldua.

En conjunto, como decía, se nota cierta irregularidad en el libro, aunque la estructura simétrica y el tema común ayudan a considerarlo como un texto con una cierta unidad y no como un recosido de relatos. No deja de ser significativo, también, que los textos transcurran en escenarios vascos (principalmente Donostia y sus alrededores) pero también europeos (Madrid, París, Londres...). Esto, que no deja de ser perfectamente normal en cualquier literatura, en el caso de la narrativa vasca fue también una conquista lograda por la generación de Saizarbitoria.

La traducción de F. Eguia Careaga consigue que la lectura sea fluida, y sale también airosa de la cuestión de que los personajes se expresen a veces en euskera, a veces en español, o incluso en otras lenguas (no sé cómo aparecerá en el original, pero en la traducción no resulta forzado).

También de Ramón Saizarbitoria en ULAD: Cien metrosLos pasos incontablesMartutene

domingo, 5 de agosto de 2018

Antonio Orejudo: Grandes éxitos

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Pido disculpas por volver a comenzar una reseña hablando de mí y mis circunstancias (tengan en cuenta que mi familia no me hace el menor caso y amigos no tengo... de alguna forma tengo que desahogarme); el caso es que llevo desde hace tiempo despotricando contra esa tendencia literaria actual -ya casi mainstream, diría yo- que es la "autoficción", la "literatura del yo" o el "onanismo narcisista", como se le quiera llamar... Y, sin embargo, no hago más que toparme con libros que se adscriben a esta tendencia e incluso leo alguno que otro, porque a estas alturas de la vida ya me he dado cuenta de que pelear contra la marea que crece suele terminar de manera infructuosa. Para más inri, hasta los escritores a los que tengo más ley se han sumado al movimiento de la "literatura del yo y de la pelusa de mi ombligo": es el caso, para mi consternación, del gran Antonio Orejudo, un autor del que soy devoto desde el venturoso día en que descubría Fabulosas narraciones por historias (uno de los libros con los que más me he reído en mi vida). Lo cual me obliga a sopesar mi egolatrifobia, por un lado y mi orejudofilia, por otro... y claro, gana ésta última, no podía ser de otra manera.

De todos modos, tampoco hay que creerse todo lo que se lee, y menos de un tipo tan pillín como es Orejudo. El primer capítulo de estos Grandes éxitos -que resulta ser un curioso híbrido entre un ensayo informal sobre literatura y vida, y una serie de relatos publicados ya en anteriores ocasiones o desechos de tienta inéditos- constituye, en efecto, una loa a esta tendencia del YO que parece haber llegado  para quedarse (y que un servidor vaticina, en cambio, que será barrida antes que después por los caprichosos vientos de la moda); sin embargo, en el resto de capítulos, que alternan interesantes reflexiones literarias (me ha encantado el segundo capítulo, en el que se explica la génesis de Los Cinco y yo a partir de un sucinto microrrelato) con episodios autobiográficos, desmienten, en cierto modo, la declaración de intenciones que se hace al comienzo del libro: de hecho, en el capítulo 7 encontramos incluso una crítica a esta literatura en primera persona -bien que a través de la literatura picaresca "reivindicativa" del siglo XVI- y, en general, todo el libro se puede considerar una reivindicación indirecta de la imaginación al servicio de la ficción, aunque articulada por medio de unas supuestas memorias.

He escrito supuestas porque si bien parece que son los acontecimientos y vivencias que le han sucedido al autor los que dan origen a, sin ir más lejos, los cuentos que jalonan el libro a modo casi de parábolas -como se supone que Orejudo ha defendido en el primer capítulo-, no hace falta leer mucho para darse cuenta que sucede más bien al contrario: es la autobiografía la que refleja o incluso se ve condicionada por las ficciones que ha creado el escritor, conformando una suerte de magma narrativo en el que resulta difícil discernir lo que es "real" de lo "ficticio". Una dirección literaria (o un truco de trilero, si se prefiere) que Orejudo ya tomó en sus dos anteriores trabajos publicados: Un momento de descanso y el ya citado Los Cinco y yo.

Porque, por supuesto, no debemos olvidar que este Grandes éxitos de irónico título no es solo una autobiografía, sobre todo literaria, de su autor. también es una recopilación de relatos, por más que algunos sean restos de otros libros anteriores suyos -"Como los cocineros, nunca tiro nada. Con los restos del cocido hago ropa vieja", admite él-; todos, eso sí, son cuentos atravesados de parte a parte por el característico sentido del humor de su progenitor: encontramos así desde la crónica de una oposición universitaria a golpe de novela barata del oeste -The Oposición-, a un Mío Cid Guardián de la Galaxia, o un remedo de un texto con el estilo infumab... digo, inconfudible de Javier Marías (esto sin duda interesará a nuestros lectores más malévolos). Los cuentos más divertidos, sin embargo, son, en mi opinión, el irónico y certero Los intelectuales, el certero y tronchante) La nave, y el irónico, tronchante y certero Cómo escribo un artículo semanal en la prensa española (éste, particularmente revelador...). Por no olvidar el plus: el desasosiego de Las faldas largas vienen con fuerza.

¡Vamos, que no sé a qué están esperando para leerlo... ; ) !

Más títulos de Antonio Orejudo reseñados en Un Libro Al Día: Aquí

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


martes, 15 de enero de 2019

Jean-Yves Jouannais: El uso de las ruinas

Idioma original: francés
Título original: L´usage des ruines
Traducción: José Ramón Monreal
Año de publicación: 2012
Valoración: Muy recomendable

Un tipo curioso este Jouannais, crítico de arte y con vocación, según dice, de ser un personaje literario de Vila-Matas, con quien mantiene una rara relación epistolar. Yo creo que a Jouannais lo que realmente le gustaría sería escribir como Vila-Matas, y la verdad es que estilo y creatividad no le faltan.  Por lo visto, hace algún tiempo a este autor francés le empezó a dominar una especie de obsesión con las guerras, y se sumergió de lleno en ese mundo, con una perspectiva artístico-literaria muy rompedora. De hecho, dio un ciclo de conferencias periódicas sobre el tema en el Centro Pompidou, y de ese estudio y elaboraciones surge también el título que ahora comentamos.

El uso de las ruinas es una reflexión sobre una serie de episodios bélicos de épocas muy diferentes, desde el imperio persa hasta la Segunda Guerra mundial, centrados siempre en el sitio o bombardeo de una ciudad o una fortaleza. Son relatos breves de sucesos terribles, lugares devastados y poblaciones aniquiladas, con precisión y ritmo bastante borgianos, cuyo foco se detiene siempre en la ruina, el efecto físico del ataque, lo que literalmente es, tirando de tópico, el paisaje después de la batalla. Ahí se centra el autor para examinar qué quedó de aquella violencia, su huella material, a veces su ausencia, y leer en ella las intenciones del agresor (incluso de sus víctimas). 

Expone Jouannais la importancia de las ruinas para el vencido: la derrota no es del todo completa si se conserva el vestigio de un esplendor anterior, la prueba de una defensa heroica que de alguna manera conserva la llama de haber hecho frente al agresor. Por eso varios de los casos relatan la obsesión del vencedor para aniquilar por completo, hasta sus cimientos, el reducto, el bastión, la ciudad rebelde. Así, la demolición de la cancillería diseñada para Hitler por su arquitecto de cabecera, Albert Speer, la desaparición de Cartago a manos de los romanos, o la pulverización de una extraña isla artificial en los Países Bajos o de una fortaleza camino de Tombuctú. Los restos son a veces utilizados para conmemorar la batalla –quizá en un monumento, o en un uso civil-, y otras dispersados con furia para que no quede de ellos ni el polvo; pero el borrado absoluto del enemigo es también, en muchos casos, trabajo del ejército victorioso.

En otras ocasiones, la desaparición final del objetivo no es tanto voluntad del agresor sino el fin lógico de la secuencia del combate. Durante la I Guerra mundial, la colina de Vauquois, en la Lorena francesa, fue objeto de encarnizados combates durante años. El uso intensivo y salvaje de las minas por ambos bandos alteró la orografía del cerro, modificando su perfil y altitud, dejando un paisaje irreconocible. Algo similar –me permito añadir por mi cuenta- a lo ocurrido décadas después con los bombardeos rusos sobre Chechenia.

En ocasiones la guerra genera paisajes inesperados, no ya (o no solo) por la destrucción, sino por sutiles y provisionales transformaciones del paisaje. Cuenta Jouannais que ante la eficacia de los sistemas antiaéreos alemanes, los aliados encontraron finalmente un sencillo sistema para despistar a los radares. No recuerdo si era en Hamburgo, se lanzaron señuelos cargados con millones de tiras de papel de aluminio que, además de facilitar un bombardeo más cómodo, sembraron los alrededores de la ciudad devastada de una especie de floración brillante que, al menos durante un corto espacio de tiempo, creó una estampa casi irreal. Alguna fotografía da testimonio del paradójico fenómeno.

Pero el uso de las ruinas o su aniquilación no solo es consecuencia, voluntaria o azarosa, de la lucha. El escombro puede ser usado como nueva línea fortificada, como parapeto, tal y como se hizo para resistir el brutal sitio de Stalingrado, según cuenta al autor. O como material de trabajo, por acumulación, como algunos de los montajes Merzbau del interesante artista alemán Kurt Schwitters. 

Las cosas pueden ir aún más lejos cuando alguien convierte la destrucción en algo abstracto y lo utiliza de la forma más sublime y más estremecedora: dice Jouannais que, entre otras alternativas mucho más razonables, Julio César sólo decidió emprender la campaña de las Galias porque le pareció escenario más apropiado para escribir el célebre libro que todos los que hemos estudiado latín hemos sufrido con tanta paciencia (La guerra de las Galias). Y hay hasta quien parece haber sugerido (no sé si desarrollado) un sistema para leer en las ruinas como se leen las entrañas de un pollo. Creo que es un profesor polaco llamado Bolgacki o algo así, y a nuestro Jean-Yves no parece que le incomode mucho la idea.

Escrutando en todas estas cuestiones encontramos algo de lo que podríamos llamar intrahistoria de esas batallas, datos e imágenes que los libros ignoran, y que aportan una dimensión más cercana, no sé si más humana. Parece que veamos humear los restos, tocar las montañas de cascotes y observar los detalles de lo que ocurrió, por qué, cómo, quiénes. En definitiva, episodios llamativos, casi siempre interesantes y muy bien relatados, que aportan un punto de vista en mi opinión absolutamente novedoso sobre la guerra y sus consecuencias. Y un autor con talento para contarlo y valentía para arriesgarse en hipótesis, a veces en divagaciones, de esas que abren la mente. Incluso se permite la osadía de incluir un relato apócrifo, basado en un recuerdo familiar.

jueves, 24 de enero de 2013

Semana de literatura argentina: Manuel Mújica Lainez: El escarabajo

Idioma original: español

Año de publicación: 1982

Valoración: Imprescindible



Ahora que el furor por la novela histórica, si bien sigue vigente, parece que ha decaído un poco, es el momento de revisar clásicos como Los idus de marzo o Memorias de Adriano, incluso algunos de este mismo autor, porque en ellos está todo lo que el veleidoso vaivén de las modas ha arrastrado hasta las playas actuales: escenarios decadentes, sucesos inmortalizados por la historia, amores, odios, asesinatos, traiciones, guerras, naufragios pero también episodios fantásticos que hacen palidecer a zombis, dráculas y otros especímenes que, por la forma en que han sido acogidos, cualquiera diría que acaban de inventarse. En Bomarzo, Mújica Lainez da voz, precisamente, a un zombi, un noble jorobado, ya fallecido, que ha heredado grandes riquezas pero también un lamentable aspecto físico y es el encargado de elaborar la crónica de su época, repleta de conjuras renacentistas. En El unicornio, es el hada Melusina – condenada a adoptar periódicamente el aspecto de una serpiente con alas de murciélago – quien narra las vicisitudes de los cruzados medievales. Como podéis comprobar, los aficionados a las grandes gestas, los mitos, las aventuras y los fenómenos sobrenaturales no van a echar nada de menos.

A cambio degustarán un lenguaje preciso, verdadera erudición – no consultada apresuradamente para completar un capítulo –, ironía a raudales, experiencia vital, curiosidad contagiosa y un torrente elocutivo que les arrastrará por épocas, reinados y pueblos. Esos elementos, y otros muchos, se encuentran también en El escarabajo, obra tardía aunque no por ello carente de los méritos de su obra anterior. En este caso quien habla tampoco es un común mortal sino un escarabajo. De lapislázuli, por más señas, eso lo deja muy claro y lo recuerda una y otra vez, ya que le llena de orgullo y lo considera una de los signos de su (alta) alcurnia. Nuestro héroe fue fabricado en Egipto, por un artesano de alto rango, para que sirviese de joya a Nefertari – esposa favorita de Ramses II –, y dotado de conciencia por un joven hechicero, hermano de este. La piedra será enterrada junto al sarcófago de la reina, robada en uno de los saqueos de tumbas y vuelta a robar muchas veces, pasará de mano en mano, se extraviará durante largos períodos; convertida en sortija, colgante o broche se venderá y regalará constantemente; pero, sobre todo, será testigo de trascendentales sucesos históricos, el asesinato de Julio César entre ellos, y nos envolverá en una sucesión de episodios en los que se irá dando cabida a espiritualidad, codicia, sexo, locura y demás rasgos que definen al hombre. A través de los siglos, veremos desfilar monarcas, obreros, ángeles, gitanos, artistas, prostitutas, gigolós, eruditos, innumerables dioses, viajeros ilustres, capitanes, ejércitos enteros, fenómenos de circo, aristócratas, estatuas parlantes y un sinfín de personalidades diversas.

En medio de toda esta barahúnda nuestro escarabajo no deja de reflexionar, transmitiendo al lector las observaciones, sentimientos y hasta vaticinios del propio novelista. “¿Morirán solo los que transitan por la vida como muertos, la vasta comparsa mecánica, las innúmeras figuras de fondo, y en cambio sobrevivirán, eternos y ubicuos, los que auténticamente vivieron?” Toda una declaración de vitalismo. Más envidiable aún si pensamos que fue hecha por alguien que estaba a punto de cumplir los 70.

Finalmente, el escarabajo se encuentra con un viejo colega, aquel a quien refirió toda su vida en los largos y aburridos años en que ambos hubieron de permanecer en el monótono fondo oceánico. La estatua de Poseidon reposaba junto a los restos del naufragio, más tarde llegó nuestro amigo, recién arrojado por la borda a manos del amante de turno de su nueva y aguerrida propietaria. Rescatados al mismo tiempo, no volverán a verse hasta que, ya en manos del autor de esta obra, le encuentre en una de las salas del museo arqueológico ateniense. Más tarde, alojado en el dedo de Mújica Lainez, le irá transmitiendo unos recuerdos que él, obedientemente, irá anotando y que finalizarán así, con la imagen del escritor arrastrando la pluma sobre las páginas que estamos leyendo.

Otros libros del autor en ULAD: BomarzoSergioUn novelista en el Museo del PradoDe milagros y melancolíasEl viaje de los siete demoniosEl unicornio

domingo, 13 de septiembre de 2015

William Gaddis: Los reconocimientos


Idioma original: inglés
Título original: The Recognitions
Año de publicación: 1955
Traducción: Juan Antonio Santos Rodríguez
Valoración: Muy recomendable

El auge de lo falso, favorecido por la relatividad de valores y precios, caracteriza en cierto modo al mundo moderno y posmoderno, pero es preciso poseer la erudición y la perspectiva de Gaddis para sintetizar primero y particularizar después los rasgos que identifican un momento histórico.
El plagio parece haber descendido a todos los ámbitos de la cultura favorecido por un pacto de silencio. Todos son cómplices, hermanados por el temor a ser descubiertos. La relatividad de valor y precio se refleja aquí en todos los aspectos posibles. Poetas que roban sin proponérselo, dramaturgos y cuentistas que escarban en las obras de más prosapia y las fusilan alegremente, reliquias prefabricadas de santos, pretendidas momias egipcias elaboradas con restos del cementerio local y hasta la mismísima Cleopatra reconstruida con los restos de un soldado árabe, pintores de éxito que venden lo pintado por otros, pintores novatos que usan como base lo que el marido de su amante desecha, obras de la escuela flamenca descubiertas al poco de ser pintadas en un taller clandestino, libros con portada artesana y todas las páginas en blanco publicados por nadie, falsificación de fichas de poker o de series enteras de billetes. Hasta las personalidades pueden ser ficticias aquí, como ese falso Hemingway que aparece de vez en cuando. Y el mundo de la crítica, que se presenta como un copia y pega en forma de juicios todoterreno y alusiones con pátina de autoridad. Hay un tono de guasa, muy discreta, más bien irónica, necesitada de lectores cómplices, que atraviesa todo el texto. El título Los reconocimientos alude al examen que reciben las obras antiguas tardíamente descubiertas y pone en tela de juicio un axioma generalmente aceptado: la combinación de expertos con técnicas modernas producen opiniones infalibles. La pregunta implícita es si existe el falsificador perfecto, aquel que no se conforma con reproducir lo obvio, que estudia a fondo materiales, procedimientos y hasta el espíritu de cada artista.
Quede claro que lo que Gaddis desaprueba del mundillo artístico no se reduce a las falsificaciones. Ataca la banalidad, la falta de rigor, menciona, incluso, la posibilidad de una producción novelística en cadena  –una idea bastante premonitoria–  y resume su opinión con estas palabras: “El arte (art) actual se escribe con f (de fart). Usted lo sabe. Todo el mundo lo sabe”. 
El autor lo considera un indicio más, pero muy claro, de un siglo decadente que camina hacia la autodestrucción. La esencia de la actual alarma por el futuro del planeta se condensa en un significativo párrafo a través de expresiones como “el humo circulaba por lóbulos de acero protegido por cavidades pleurales de granito”, “esparcirse en el vómito de mugre” o “pavesas, cenizas y arena, alquitrán, hollín y ácido sulfúrico… se posaban cada día sobre aquel barrio”.
No obstante, y como demuestra en su propia obra, el proceso creador en sí mismo inspira al novelista el mayor de los respetos. Lo metaliterario aflora constantemente, a veces incluso en forma de panfleto o manifiesto de las inquietudes literarias del autor filtradas por la mente de sus personajes. Encontramos también descripciones muy detalladas de la forma de trabajar de un genio de la pintura, o una carta de la poeta y talentosa náufraga que es Esme, y que constituye un delirante pero agudo tratado sobre la creación pictórica, o aproximaciones a su propia inspiración. Y lo que vemos cada vez es un rapto creador apasionado, evasión de la realidad, una mente confusa, incluso alucinada, pero concentrada y firme en sus decisiones.
Esta novela claramente coral –pese al vigor del personaje que conduce la acción a lo largo de unos cuantos capítulos–, con personalidades antológicas, como Gwyon, Recktall Brown, Otto, Esme, Valentine, Wyatt, el señor Pivner, entre otros, y un muestrario bastante exhaustivo de tics y tópicos sociales de entonces y de ahora, no olvida que toda época se fundamenta en las anteriores. De ahí que la cultura occidental, con sus raíces grecolatinas y cristianas filtradas por el Medievo, impregne sus páginas, dejando un regusto rancio a cosa arcaica y pasada de fecha. 
También ayuda a crear tal sensación la reiterada presencia del elemento religioso, que encontramos a lo largo de toda la novela; casi podríamos decir que a modo de catálogo: encontramos aquí desde las formas idólatras, mitraísmo incluido, a las que tiende el panteísmo del reverendo Gwyon, al rigor de la predestinación protestante -otro "reconocimiento", divino en este caso- o los rituales del catolicismo más enfermizo... incluso el aparente rechazo de la religión, aderezado por todo tipo de blasfemias, entre las que se revuelca el personaje de Anselm. Aunque cabe preguntarse hasta qué punto el religioso es un tema fundamental para Gaddis o supone su propia falsificación irónica, un atrezzo que utiliza para que sirva de fondo y espejo al tema que realmente le interesa, el de la creación artística.
Al final de los años cuarenta –aunque tardaría en publicarse más de un lustro– un Gaddis de solo 27 años, alumbró esta obra prodigiosa que, lejos de perder vigencia y a pesar de su dificultad evidente, encaja a la perfección con el canon posmoderno. Porque está elaborada a base de retazos (de caracteres, escenas, vidas, conversaciones…), enfoca gran cantidad de aspectos y presenta un conjunto de fragmentos que componen un todo inconcluso. También porque, situándose entre el absurdo y la banalidad más absoluta y combinando procedimientos de manera muy personal, recrea una atmósfera altamente inquietante. A ello contribuye, sin duda, el exigente y desasosegante estilo de Gaddis, que obliga al lector a prestar toda su atención: abarrocado, conceptista incluso, en los párrafos descriptivos o que expresan el pensamiento de los personajes; en contraste, la extrema agilidad de sus diálogos (fabulosamente escritas las varias fiestas que suceden en la novela, por ejemplo), pero que exigen no menos atención para ser seguidos. Por suerte, acude a menudo en nuestra ayuda un sentido del humor que, aunque trágico o grotesco en ocasiones (el descacharrante episodio de la armadura o el robo de la pierna en el hospital, sin ir más lejos), hace más llevadera la lectura de la novela.
No podemos dejar de mencionar la presencia  de España en esta novela, el lugar donde se desarrollan varios de sus momentos más memorables. Según Gaddis, España era "un país para atravesar huyendo"... aunque claro, hay que situar esta frase en el contexto de la narración. Pero aún así, la semblanza que hace de este país no es demasiado halagüeño: pobreza, primitivismo y superstición, hasta componer un retrato casi digno del esperpento valleinclanesco. Cierto que estamos hablando de la España de los años cuarenta, en plena posguerra, pero cabe preguntarse cuánto de aquel país descrito por Gaddis ha desaparecido y cuanto pervive aún hoy en día, en pleno siglo XXI. Mejor no contestar.

Nota final: Hemos valorado esta novela como "Muy recomendable" (aunque en las etiquetas está también la de "Imprescindible") no por su falta de calidad o importancia literaria, sino tan sólo porque consideramos que quizá no es una novela idónea para todo tipo de público. Pero sin duda a más de uno de sus lectores sí que les parecerá un libro imprescindible... ninguna objección, a ese respecto.


                                                                    Firmado: Montuenga y Juan G. B.


Otros libros de William Gaddis reseñados en Un Libro Al Día: Gótico carpinteroÁgape se paga

sábado, 22 de agosto de 2009

Frank Herbert: Dune

Título original: Dune
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1965
Valoración: imprescindible

Puff. Esto es lo primero que he pensado cuando he decidido enfrentarme al hecho de escribir la reseña de Dune, y de su saga. Puff. Seis libros del propio autor, y ocho escritos por su hijo y apuntes y notas que Herbert dejó en una caja fuerte antes de morir....si se tratasen de novelas comunes, a lo mejor catorce volúmenes para una saga no se hacían tan difíciles de comentar, pero siendo como es esta saga de ciencia ficción, resulta colosal. Pero he de hacerlo. Es una de esas lecturas que te piden a gritos que las recomiendes y que hables de ellas, lo contrario sería un crimen -literario, por supuesto.

Conocí la saga a través de un sábado por la noche en las que quedamos unos cuantos amigos para probar un juego de mesa que uno de ellos había encontrado en una tienda de cosas viejas. Llegó entusiasmado con su descubrimiento. Algunos habían leído la trilogía original -Dune, El mesías de Dune, Hijos de Dune- y acogieron el hallazgo de un juego de mesa basado en las novelas con igual entusiamo. Yo ni había oído hablar de Dune, ni de Herbert. En ese momento me hallaba sumida en la lectura de otra saga de culto, Fundación, de Asimov, y con su veintena de libros tenía más que suficiente. Pero como todo se acaba, y terminé Asimov, empecé con Dune... ayer compré el penúltimo volumen, Cazadores de Dune, y comencé a leerlo con ávidez. He parado para escribir la reseña. ¡Ya no es que me lo pida a gritos, sino que parece una plañidera egipcia arrancándose los cabellos!

Afrontando el enorme reto, diremos que es una novela inmensa cuyas líneas principales son la ecología, la eugenesia, el mesianismo y la religión, la filosofía, la política, la economía y la evolución de la humanidad. El autor se basa en culturas conocidas, pero las transforma para sus propósitos. Así, tenemos a los fremen, tribu del dedierto de Dune, con sus propias reglas y sociedad que gira alrededor del agua, el bien más preciado, y que ha sabido adaptarse al planeta más extremo del Imperio galáctico.

Dune, o Arrakis, es el único planeta del Imperio del que se puede extraer la especia, o melange, el bien en el que se basa la economía del imperio. Gracias a la especia se pueden realizar los viajes espaciales, pues facilita la presciencia de los navegantes de la Cofradía que pilotan las naves; ayuda en la Agonía de la especia a las miembros de la Bene Geserit -hermandad femenina cuyo poder en la sombra es inabarcable- para que se conviertan en Reverendas madre, y en su presciencia; da vigor al cuerpo, alarga la vida y produce dependencia patológica.

El Imperio galáctico está gobernado por el Emperador Padishah Shaddam IV y el parlamento, o Landsraad, formado por las Grandes Casas, de familias nobles. La extracción de la especia de Dune es encargada a una de las Grandes Casas por un tiempo. En el momento en el que empieza la novela de Dune, el emperador pasa el planeta de la casa Harkonnen, que mientras ha gobernado se ha ganado el odio de sus habitantes y de los fremen, a la casa de los Atreides. Ambas casa son enemigas, y parece ser todo una estratagema del emperador y de otros nobles para librarse de la creciente ascensión de los atreides en el Landsraad. Los atreides cambian su residencia entonces de Caladan, su planeta natal, verde, boscoso y con grandes mares, a Dune, el planeta desierto, donde las lágrimas dedicadas a un muerto son la mayor muestra de aprecio. Así, la primera novela se centra en el hijo del duque, Paul Atreides, en la relación con su madre, dama Jessica y reverenda madre bene gesserit, y los fremen, habitantes del desierto.

A partir de aquí, comienza el futuro de una nueva humanidad, recorriendo milenios de historia, guerras, dispersiones y regresos que llevan al ser humano de un Imperio galáctico que desaparece, a otros sistemas de gobierno, con semidioses y Mesías, Honoradas Matres que esclavizan con el sexo, y tleilaxu que crean gholas a partir de restos de células vivas; y al lector, de una primera novela fascinante, a una saga de catorce volúmenes que atrapa por su complejidad y por la amplitud creadora del autor. Herbert construye todo un mundo cuyo seguimiento a lo largo de milenios resulta tan abrumador como fascinante. Sin lugar a dudas, la mejor saga de ciencia ficción.

“Todos los gobiernos sufren de un problema recurrente: el poder atrae a las personalidades patológicas. El poder no es entonces corruptible”.

También de Frank Herbert en ULAD: Los ojos de Heisenberg

jueves, 7 de junio de 2018

Colaboración. Dmitry Glukhovsky: Metro 2033


Idioma original: ruso
Título original:  Метро 2033
Traducción: Joan Josep Mussarra Roca
Año de publicación: 2005 (Russia), 2009 (España)
Valoración: está bien

La literatura post-apocalíptica a menudo se incluye en el género de ciencia ficción. Sin embargo, muchas de estas novelas -no solo las de zombis y vampiros- contienen subtextos oscuros o impactantes que se ajustan, si no mejor, al horror moderno. Un ejemplo clásico es The Road de Cormac McCarthy. Metro 2033, de Dmitry Glukhovsky, sigue un camino similar en su característico nihilismo postsoviético.
Una guerra nuclear y biológica acabó con la mayoría de la población del planeta. Unos pocos miles de supervivientes se amontonan en la extensa red de estaciones y túneles que forman el Metro de la ciudad. Los restos de la raza humana se han dividido en grupos tribales, definidos por etnia, ideología o credo. Estas comunidades frágiles, cada una de las cuales no controla más que un puñado de estaciones abandonadas, mantienen una distensión incómoda con sus vecinos. Solo unas pocas almas duras, los "Stalkers", se atreven a aventurarse en la superficie, donde corren el riesgo de encontrarse con los habitantes mutados de la metrópolis en ruinas. 
Artyom creció en VDNKh, en los límites del Metro habitado, una estación que está a punto de ser invadida por los "oscuros" que habitan en la superficie. Un día, conoce a uno de los Stalkers itinerantes, llamado Hunter, que busca aprender más sobre estas criaturas y sus intenciones. Tomando a Artyom en su confianza, le confía una misión: transmitir un mensaje a la legendaria Polis, en el corazón del Metro, un mensaje que puede ser vital para la supervivencia de lo que queda de la humanidad.
El autor tiene un éxito admirable al retratar un mundo claustrofóbico en el que los humanos viven una existencia precaria criando ganado y hongos. Estos desafortunados supervivientes están tan acostumbrados a vivir bajo la luz roja de emergencia que sufrirían ceguera permanente si son sorprendidos por la luminosidad solar de la superficie. Sin embargo, la principal amenaza para los habitantes del Metro no es la inanición, o incluso la violencia física, sino algo intangible, indescriptible y esencialmente psicológico. 
Glukhovsky logra crear un ambiente post-apocalíptico detallado, creíble y atmosférico, si no llamativamente original. El problema es que, habiendo establecido el escenario, no puede conjurar un drama para llenarlo. Artyom es enviado en una misión, pero ni él ni el lector reciben ninguna pista sobre el contenido del mensaje que debe entregar, ni sobre el resultado esperado de su entrega. Una vez que Artyom llega a Polis -aproximadamente a dos tercios de la novela- la narración comienza a progresar significativamente. 
Glukhovsky parece decidido a nunca mostrar lo que puede decir. La narrativa es reemplazada por encuentros episódicos con personajes en gran parte intercambiables, cada uno de los cuales solo sirve realmente como una caja de resonancia ideológica. Hansa, los Estalinistas Rojos, el Cuarto Reich neofascista, los cristianos nacidos de nuevo y los trotskistas renegados. Este variopinto conjunto de ideologías no es tratado con la gravedad suficiente y tampoco parece haber ningún intento sostenido de sátira. Los personajes que Artyom encuentra en su viaje son esencialmente variaciones de arquetipos. Por lo tanto, gran parte de la novela es frustrantemente lenta, puntuada solo por encuentros superficiales con caricaturas ideológicas unidimensionales.
Al igual que muchas novelas rusas, el tono general de Metro 2033 es sombrío. Si hay alguna esperanza de una nueva era, no ha caído en la cuenta de quienes permanecen con vida. En cambio, la historia se enmarca ampliamente en la existencia brutal de la vida cotidiana, donde la única moneda de cualquier valor son los cartuchos de rifle. Esta falta de voluntad para indicar hacia dónde se dirige la narración está, sin embargo, acompañada de numerosas indirectas de que Artyom posee un destino único; él mismo llega a creer que este destino lo protege de daños en tanto continúe en su camino asignado, mientras que quienes lo rodean sufren la desgracia.
Las descripciones de los personajes no siempre son satisfactorias o claras; es como si Artyom no estuviera realmente interesado en lo que sucede a su alrededor o en la cabeza de otras personas. Nunca se hace amigo de su padrastro, al que deja al principio de la historia, ni tiene muchos compañeros constantes. Aún más decepcionante fue la flagrante ausencia de mujeres en cualquier rol que pudiera considerarse más que menor. El estilo de escritura tampoco se adapta bien a ninguna de las batallas o incluso escaramuzas menores. Estos conflictos, sumado las descripciones del entorno, no logran impresionar sobre cuán desesperada es en realidad la situación y con frecuencia se sienten como los puntos más débiles de la historia. 
El verdadero protagonista del libro, sin embargo, es el Metro en sí. Esta es el área donde brilla la novela y muestra su verdadero potencial. La red de metro con sus pequeñas estaciones, facciones políticas y la atmósfera opresiva es perfecta. No es de extrañar que en 2009, la novela vendiese 400,000 copias sólo en Rusia y que se haya realizado un videojuego que, a grandes rasgos, vuelve a contar la historia del libro en forma de shooter en primera persona. Sin embargo, su mayor defecto es la incapacidad de Glukhovsky de crear una narrativa funcional para llenar su mundo creado. 

Firmado: Gustavo Leyton

miércoles, 28 de marzo de 2012

Mijaíl Shólojov: El Don apacible

Idioma original: ruso
Título original: Тихий Дон
Fecha de publicación: 1928-1940
Valoración: imprescindible

¡Cielos, que horror! Una crítica me mandó hacer Santi, en mi vida me he visto en tal aprieto... y vamos a dejar en paz a Lope de Vega, que no era de este siglo. Porque el siglo tiene mucho que ver con esta novela, el siglo XX por supuesto, que aunque parezca una talla de pantalón creo que tiene todos los puntos para pasar a la historia como el siglo de la Guerra.

Ya que de guerra hablamos, mas bien habla Shólojov, que de esto debía saber un rato, ya que participó en la Primera Guerra Mundial (¡Eh! Lo he conseguido escribir sin que me dé la risa) y en la Guerra Civil Rusa. Porque Mijaíl era un cosaco. Un cosaco del Don. Descendiente de una estirpe guerrera que se remonta a generaciones de soldados libres, enormemente apegados a sus tradiciones y al vodka, a partes iguales. Y con hielo, que no falta en los inviernos de la estepa.

Se ha comentado más de una vez que no hay mejor manual de historia para comprender la Guerra Civil entre los rusos blancos, restos del imperio zarista que soñaban con una restauración del trono, y el Ejercito Rojo que comandaba León Trotski, que este libro. Desde luego, yo me he enterado de muchas cosas que ignoraba, aunque siempre hay que extrapolar que quien escribe fue miembro del Partido Comunista y llegó a ser elegido diputado del Soviet Supremo de la U.R.S.S., por lo que no puede ser considerado como una fuente neutral. No obstante, el relato del premio Nobel no presenta un fuerte sesgo, sino mas bien una crudeza extrema en sus descripciones de los combates y de las relaciones entre los personajes del libro. O de los libros, ya que fue publicado originalmente en cuatro tomos a lo largo de doce años. La versión que leí yo era en dos tomos y ocupaba unas 1600 páginas, así que hay que tomárselo con calma.

A pesar de ello, el galardonado escritor cosaco se las arregla para transmitirnos la fiera belleza de las estepas del Don, el aferro tradicional de sus gentes a la tierra y al río que las baña y vitaliza y a la que están unidos por siglos de esfuerzos y por la mucha sangre derramada por su habitantes en la guerras, con o contra los rusos.

¿Sabíais que en la estepa las hojas heladas de los árboles resuenan al impulso del viento como campanillas de cristal?

jueves, 3 de enero de 2019

Mercè Rodoreda: Espejo roto (Mirall trencat)


Idioma original: catalán
Año de publicación: 1974
Valoración: muy recomendable

Conforme avanzaba en las páginas de Mirall trencat me esmeré (sin exagerar: el tiempo y los plazos de este blog no dan para entretenerse) en averiguar cuáles eran los referentes literarios de su autora. Leí en alguna biografía que se centraba más en aspectos personales y en sus relaciones con el mundo cultural durante su prolongado exilio y no salí de dudas, porque la única mención que sale en esta novela es la obsesión puntual de uno de sus personajes por Proust.
Y es que hay que reconocer que uno de los grandes logros de esta excelente novela es su capacidad para mostrar un estilo con una fuerte personalidad pero que a la vez dispone de un aura clásica que a mí me ha recordado a Faulkner, aunque donde el genio estadounidense necesita crear todo un condado imaginario para disponer a sus personajes a Rodoreda parece que le baste con una enorme casa con jardín en la parte alta de una Barcelona reconocible en sus escenarios pero que tampoco se erige en protagonista. Quizás sea más una novela sobre cierto submundo de la sociedad barcelonesa pero la proyección de Mirall trencat es universal.
Historia estructurada en tres partes que tienen una continuidad pero que se diferencian por una progresiva ruptura con el orden narrativo convencional. La primera es una presentación de los personajes, digamos, de la primera generación. Aquí conoceremos a la protagonista de la novela, Teresa Goday, mujer de irresistible atractivo físico y origen humilde que ha conseguido ocultar detalles de su pasado y que ha recurrido a alguna curiosa artimaña para seguir adelante. Eludiré ser demasiado específico. Surgen los personajes con un cierto aire folletinesco y vamos penetrando en ese mundo en una primera serie de capítulos bastante asequibles y concretos. Primer matrimonio, primer viudedad, segundo matrimonio y Teresa que toma el ascensor social hasta la última planta hacia arriba. Y esos personajes, muchos, pasan a distinguirse y a definirse de una manera en que solamente los grandes escritores hace posible. Cada personaje queda asociado de manera indeleble y aunque la novela es profusa en ellos, familiarizarse no es difícil. Esa primera parte sirve de presentación o preámbulo y no hay detalle superfluo, todo queda fijado en medio de voluptuosos párrafos de precisión inmaculada, tal es la capacidad de Mercè Rodoreda de transmisión de conceptos que pronto los personajes no son solo los de carne y hueso. Los objetos parecen tomar vida y la narración inicia un desplazamiento del que apenas hemos sido conscientes. Claro que hay un marido y un amigo del marido y un joyero, un notario, un dependiente de una sastrería, personal de servicio de paso más fugaz o con mayor raigambre. Pero también hay un armario japonés, una perla gris, un broche, y una gran casa con un jardín que empieza a abrumarnos y a seducirnos, como si fuera un elemento más del mecanismo narrativo.
Las interacciones se intensifican en la segunda parte, con un fascinante viraje hacia una tonalidad más psicológica. Los personajes han madurado, su trayectoria vital les ha llevado a ser padres, maridos, suegros, amantes, y toda esa carga estática que parecía acumularse en la primera parte empieza a generar reacciones. Hay una carga sexual latente, no explícita, la narración es tensa y a la vez fluída, una especie de reflejo de esa sociedad de clase alta donde, pase lo que pase, la podredumbre ha de mostrar una imagen presentable y discreta, y las vergüenzas no pueden salir a la luz ni traspasar el ámbito del rumor y el silencio cómplice. En ese punto, Mirall trencat parece influida levemente por la corriente naturalista que (la novela se escribió entre 1968 y 1974) dominaba la época con las estrellas del boom, en cuyo ámbito físico (París, Barcelona) Rodoreda forzosamente hubo de coincidir. En ese momento el aire de folletín se ha esfumado y la novela es un gozoso ejercicio de carga psicológica. Tragedias que se suceden, y cada personaje empieza a moverse en el escenario cubriendo sus espaldas preservando sus secretos y sus debilidades. Las tinieblas toman el jardín y los hechos se precipitan, Teresa la matriarca ha cedido el protagonismo a Sofia, su hija, y el telón de fondo del agitado momento en que desenvuelve la novela (de los años 20 en adelante, II república, golpe de estado franquista, guerra civil) no toma ni siquiera un papel trascendente frente a toda la terrible sucesión de acontecimientos en que las tres mujeres, madre e hija y Armanda, sempiterna mujer al mando del servicio de la casa consiguen pervivir rodeadas de sus secretos, de las decisiones que preservarlos les obliga a tomar, y de ese aire viciado que se consolida dando vida a los objetos y al entorno, otorgando una presencia fantasmal a objetos, árboles, animales, en una especie de narración casi sobrenatural (la novela entera es un curso acelerado de uso del narrador omnisciente con resultados brillantísimos) que, en la tercera y última parte, se desboca de manera desenfrenada hasta llegar a ese último capítulo de puro goce: la rata que se pasea por los restos de la mansión en plena demolición.
Menudo tour de force. Y, para los que tengan la suerte de poder leerla en su idioma original, con un lenguaje difícil, barroco, rico en imágenes.
¿Por qué no, entonces, un imprescindible?
Porque la novela se encaja en un pasado que ahora mismo se nos antoja algo lejano. En unas situaciones que son inconcebibles en nuestro mundo de hoy. Hijos abandonados, cedidos para su crianza a personas de confianza, un personal doméstico servil, reverente, víctima de trato y abusos intolerables, figuras quizás apropiadas para el período y el entorno social escenario de la narración, pero cuyo lógico anacronismo puede aportar una situación, aunque sea una agradable inmersión, de alejamiento respecto a los parámetros de la realidad de la enorme mayoría de los lectores. Un obstáculo que merece la pena esmerarse en salvar, pero que hay que considerar antes de dejarse llevar por el entusiasmo: esta no es una lectura para todos los públicos. Ni falta que hace.


Más de Mercè Rodoreda: aquí

martes, 9 de diciembre de 2014

Ádám Bodor: La visita del arzobispo

Idioma original: húngaro
Título original: Az érsek látogatása
Traducción: Adan Kovascis (al castellano), Unai Elorriaga (al euskera)
Año de publicación: 1999
Valoración: recomendable

Gabriel Ventuza llega a Bogdanski Dolina, una localidad imaginaria situada en los Cárpatos, a recoger los restos de su padre, pero tiene la mala suerte de ser atracado por el camino. Como le roban hasta la ropa, le prestan una sotana y le recomiendan hacerse pasar por párroco. Así que, convertido en clérigo, visita varios días a la semana Izolda, un hospital que también es utilizado como prisión encubierta para los que no comulgan con el régimen eclesiástico imperante en la zona, y se dedica a confesar a los que allí se encuentran y a conocer cómo vive la gente del lugar, a quien sólo parecen importar los preparativos de la visita del arzobispo, que nunca llega.

Así comienza La visita del arzobispo, una novela que le sirve a Bodor para criticar con dureza el régimen comunista rumano en particular y cualquier régimen totalitario en general. El autor sabe muy bien de lo que habla. Perteneciente a la minoría húngara habitante de la Transilvania rumana, fue encarcelado cuando sólo tenía 17 años por realizar actividades anticomunistas. Aunque en 1982 se mudó a Hungría huyendo del régimen de Ceaucescu, allí no lo pasaría mejor, pues ese país todavía tardaría varios años en liberarse del control del gobierto soviético.

El ambiente opresivo que debió de vivir el autor está, por tanto, también presente en la novela, lo que hace que su lectura no sea del todo fácil. Estamos ante un libro gris, angustioso, que nos produce un nudo en el estómago cada dos por tres y que no nos da un sólo respiro. Y no es para menos: además del terrible hospital y de la situación opresiva e inhumana en la que viven los lugareños, Bodor nos presenta Bogdanski Dolina como una ciudad rodeada por vertederos, por lo que las gaviotas sobrevuelan continuamente el lugar y los animales salvajes acuden al caer la noche, atraídos por el olor de la basura. Por eso no es recomendable salir mucho de casa ni mostrar signos de debilidad.

Es un sitio en el que nadie está nunca a salvo ni puede fiarse de sus vecinos, en el que el tiempo transcurre en círculos, donde nada parece cambiar ni mejorar nunca, y donde todo aparece fragmentado, roto, sin arraigar. Así también ha escrito Bodor esta obra, que avanza a base de flaschbacks, cerrando historias abiertas en diferentes puntos de la narración y elaborando un exquisito puzzle que el lector debe montar a medida que avanza la trama. Tan angustioso como fascinante. Si a alguien no le importa sufrir con una lectura, éste es sin duda su libro.

Nota final: La versión de este libro que he leído yo ha sido la traducida al euskera (Artzapezpikuaren bisita). Quien sepa euskera, que lea esta versión, pues merece mucho la pena. Unai Elorriaga ha hecho un excelente trabajo.

También de Bodor en ULAD: Los pájaros de Verhovina

lunes, 14 de octubre de 2013

Colaboración: Pnin de Vladimir Nabokov

Idioma original: inglés  
Título original: Pnin  
Traducción al catalán de Marta Pera  
Año de publicación: 1957  
Valoración: Recomendable

Se supone que la literatura funciona por capas: los acontecimientos y la experiencia del autor fluyen por la invención, flotan en la prosa como restos de un naufragio expulsados del fondo de la conciencia, verdades a las que se les posibilita la superficie y un tipo de supervivencia. Pasan corriendo ante nuestros ojos y por nuestra comprensión, para quien quiera leerlos como una historia más, o para quien quiera hurgar entre las líneas. El sentido y el motivo, como raíces de una planta, buscan aire y humus. Luz y oscuridad. En los dos ámbitos, hay un modo de subsistir.

 No lo pasó bien Nabokov en sus tiempos de profesor universitario. Llegó a Estados Unidos huyendo de las tropelías que asolaban Europa y halló el sustento en la enseñanza. Aunque graduado en Entomología, su condición políglota (hablaba inglés, francés, alemán y ruso) le especializó en los idiomas. Su origen e historia (el joven Vladimir escapó de la Rusia bolchevique y de la Alemania nazi) le convirtieron en atracción de feria ahí donde fue, en especial en los ambientes provincianos de los campus del medio Este del país. Más tarde, le tocaría convivir con la paranoia anticomunista del senador McCarthy, que tampoco le facilitó la vida. En su soledad de refugiado, este conjunto de circunstancias fue motor e inspiración de su literatura. Solo debía abrir los ojos, escuchar y escribir.

Entonces, Pnin. La obra recupera los tiempos de enseñanza de Nabokov por diversas universidades norteamericanas. Es la historia del exiliado que busca una oportunidad, quizás la última por cuestiones de edad. Por una pizca de libertad y de independencia, acepta las condiciones que el país propone. El profesor Pnin llega rezagado a la meta y se somete a su papel de actor secundario, como la metáfora del viejo estilo que sucumbe ante el nuevo. En las distintas universidades donde ejerce, se somete al mando de otros menos preparados que él. En el amor, deja que su amada se vaya con otro. Lidia con el desinterés general por sus cosas. Transige con el papel de atracción de feria que se le aplica en las reuniones sociales por su condición de exiliado. Y si le dan la patada, lo encaja con una dignidad y una educación que no acepta escenas ni salidas de tonos.

Entretanto, habrá dado unas cuantas conferencias a unas señoras aburridas que pretendían cultivarse, habrá hecho de padre del hijo de su ex, habrá aprendido a conducir y a coger el tren sin perderse, habrá mejorado su nivel de inglés y hasta podrá permitirse el lujo de disfrutar de una casita con jardín después de una vida alojándose en habitaciones realquiladas. Un estoicismo inveterado le activa la capacidad de sacrificio ante cualquier revés. La soledad le ha regalado un montón de horas de reflexión. Sabe que el futuro, el devenir o la misma suerte saldrán a su paso en la próxima esquina de la vida. Con unos aperitivos elegantemente servidos para celebrarlo.
“Pnin caminaba poco a poco bajo los pinos solemnes. El cielo moría. Él no creía en un Dios autócrata. Sí que creía, vagamente, en una democracia de espíritus. Las almas de los muertos, quizás, formaban comités, y esos comités, en sesión continua, se ocupaban del destino de los vivos”.
 Firmado: Tuli Márquez

También de Nabokov en ULAD: El original de LauraLolita

viernes, 26 de enero de 2018

3x1: Museos, Historietas Y Viceversa


A estas alturas, creo que todos convendremos en considerar al cómic -llamémosle tebeo, BD o fumetti- como una más de las artes -¿la octava, quizá?- o, cuando menos, una afortunada combinación entre dos de ellas. En todo caso, quienes sí parecen tenerlo claro son algunos de los más importantes museos del mundo; no sólo porque en ellos se programen exposiciones sobre este género (como la que ahora mismo hay en el Reina Sofía de Madrid dedicada a George Herriman, creador de Krazy Kat), sino porque algunos incluso han decidido implementar joint-ventures editoriales para optimizar la sinergia resultante de esta suerte de coworking artístico-conceptual (vale, pido perdón por la gilipollez de esta frase, pero no me he podido resistir...); es decir, en plata: que ciertos museos han comenzado a publicar cómics, de reputados autores, eso sí, relacionados precisamente con su actividad museística o alguna de las obras que en ellos se exponen.


Autor: Nicolas de Crécy
Título: Periodo glacial
Idioma original: francés
Título original: Période Glaciaire
Año de publicación: 2005
Traducción: Ana Millán
Valoración: entre recomendable y está bien


El museo pionero en esta práctica, que yo sepa, fue el del Louvre (cómo no, dada la categoría y respeto que se le concede en Francia a la Bande Dessinée), habiendo participado en esta iniciativa autores tan reconocidos como Enki Bilal o Jiro Taniguchi. O quien abrió en 2005 esta serie de coediciones de cómics relacionados con el museo: el sorprendente y exquisito Nicolas de Crécy, precisamente con este Período glacial, original historia postapocalíptica en la que un grupo de exploradores-antropólogos, ayudados por una especie de híbridos parlantes entre perro y cerdo -como el romántico Hulk-, recorren una Francia convertida en blanquisa en busca de los escasos restos de la civilización actual... ¿Hasta dónde llegarán en su pesquisa? Ya, ya lo sé; no es muy difícil de adivinar... ; )

El resultado es una obra deliciosa y con el peculiar toque lindante con lo surreal que caracteriza a este autor. Como mínimo, una propuesta interesante y recomendable, sobre todo para los amantes del cómic galo.




Autor: Étienne Davodeau
Título: El perro bizco
Idioma original: francés
Título original: Le chien qui louche
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien


El perro bizco, de Étienne Davodeau también pertenece a la serie publicada por las ediciones del Museo del Louvre en colaboración con Futuropolis, aunque en este caso el registro cambia: está ambientada en un prosaico presente y la ironía melancólica del cómic anterior se convierte en un humor mucho más evidente, casi con la tierna socarronería de las películas de Jacques Tati. Aquí el protagonista es Fabien, un vigilante del museo -muy divertida la relación que los celadores mantienen con las obras y con los visitantes que las contemplan- que debe atender a la "sugerencia" de la familia de su novia Mathilde, el irreductible clan Benion, de colgar en el mismísimo Louvre un cuadro horrendo pintado por un antepasado con ínfulas artísticas: "El perro bizco", claro... obra que hace honor a su nombre. El pobre Fabien se ve en un aprieto fácil de imaginar, hasta que recibe una ayuda inesperada, que no desvelaré. Una BD divertida y hasta tierna, aunque no deja una huella demasiado profunda, hay que reconocer...



Título: El perdón y la furia
Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: está bastante bien

Este tercer cómic, sin embargo, está editado por el Museo de Prado, pinacoteca que también se ha sumado a esta práctica editorial, pero relacionándola con exposiciones que se hacen en el Museo (habiendo sido así su primera Historieta publicada El tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana), de Max, con motivo de la exposición que celebraba el V centenario de El Bosco). Este otro cómic, El perdón y la furia, está dedicado a José de Ribera y cuenta la historia de un artista llamado Osvaldo González,  obsesionado hasta la locura con la obra de este pintor; en concreto con el conjunto llamado Las furias, encargado por el virrey de Nápoles en 1632, y que él relaciona con el Speculum redemptionis, la Geometría Mágica y otras sesudeces de las que sin duda se han informado bien los autores del libro.  Autores que son, Altarriba y Keko, además de otra historieta, Yo, asesino que comparte con este cómic no sólo una afinidad temática, la relación entre el arte y el crimen -aunque aquí no todo es lo que parece- sino también la misma técnica gráfica, a base de violentos claroscuros, en puro blanco y negro, aderezados tan sólo por la violencia del color rojo.

Los admiradores de esta pareja de guionista-ilustrador no se verán decepcionados, pero para los que no las conozcan, quizás sea mejor empezar a leer otraas obras de Altarriba, como la ya mencionada o la excepcional El arte de volar.


En fin, no sé hasta qué punto esta y otras iniciativas semejantes conseguirán que los no aficionados al género se interesen o simplemente respeten un poco más los cómics. O consigan que quienes no suelen entrar en un museo se acerquen de vez  en cuando a uno. Pero ojalá ocurriera alguna de las dos cosas o ambas. Porque de hecho, no hay por qué elegir entre la "alta cultura" y la cultura popular: una puede disfrutarse tanto como la otra. O viceversa.


Otras obras de Antonio Altarriba y Keko reseñadas en Un libro Al Día: Yo, asesinoEl arte de volar