viernes, 14 de septiembre de 2012
Julian Barnes: Nada que temer
Título original: Nothing to Be Frightened Of
Año de publicación: 2008
Valoración: recomendable
Hace un par de semanas, a cuenta de una discusión sobre el futuro Premio Nobel de Literatura 2012 (sí, a cuenta del famoso Murakami), @3cuerdas1colgao me recomendó a Julian Barnes, un autor al que, tengo que reconocer, no había leído hasta entonces, y ni siquiera puedo decir que me sonara su nombre, aunque sí algunos de sus títulos (El loro de Flaubert, por ejemplo, que es un título poco olvidable). En fin, que me puse a buscar alguna obra suya, y la primera que encontré fue esta, Nada que temer, que quizás no sea la manera más ortodoxa de empezar a leerle (porque no es una novela, sino una mezcla de ensayo y memorias).
En todo caso, Nada que temer me ha gustado, ha conseguido atraparme y entretenerme, con un conjunto -caótico y obsesivo, pero lúcido- de reflexiones sobre la vida y la muerte, la existencia de dios, la identidad y la memoria. De un modo algo semejante a Auster en Diario de invierno, aunque con bastante más humor y mucho menos "ombliguismo", un Barnes que se interna en la tercera edad (tenía 62 años cuando publicó el libro; tiene 66 ahora) hace balance de su vida, y de su estrecha relación con la muerte -una relación basada en el miedo- a través de los recuerdos de su propia familia, especialmente las conversaciones con su hermano filósofo; las opiniones y anécdotas de otros contemporáneos suyos, e innumerables referencias a la vida y la muerte de otros escritores, en especial franceses.
Aunque el tema sea esencialmente oscuro (un agnóstico reflexionando sobre por qué la muerte le produce pánico), el tono es sorprendentemente bienhumorado. El texto está lleno de anécdotas y diálogos siempre entretenidos, y referencias de una enriquecedora variedad de fuentes (desde los diarios del escritor francés Jules Renard a los postulados de biología evolutiva de Richard Dawkins). La mayor pega que se le puede poner, como texto escrito por un novelista y no por un filósofo -como su hermano- es la falta de una tesis o un plan: como un hombre con una obsesión, Julian Barnes vuelve una y otra vez a las mismas cuestiones, repite estribillos como slogans y refiere varias veces, con modificaciones, las mismas anécdotas, sin llegar finalmente -como por otra parte era de esperar- a ninguna conclusión sobre los "grandes temas" que inspiran su obra.
También de Julian Barnes en ULAD: Aquí
domingo, 8 de marzo de 2026
Zoom: Mis cambios de opinión de Julian Barnes
Título original: Changing My Mind
Año de publicación: 2025
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: entre recomendable y está bien
Sus muchos admiradores/as o quienes al menos estén al tanto de las novedades literarias seguramente ya lo sepan: nuestro estimado, a la par que entrañable, Julian Barnes ha publicado en el mes de febrero su último libro. Y cuando escribo "último" no quiero decir "el último hasta ahora" o "el último hasta que publique otro", sino el último de verdad, el último que va a escribir ya, según sus propias declaraciones. Bien, hay que tener en cuenta que este escritor, que ejemplifica como pocos, en mi opinión, la clásica figura del caballero literato, ya tiene ochenta años y está aquejado de una lenta pero inexorable enfermedad, con lo cual es comprensible que piense que ya ha dado lo suficiente el callo en su oficio (y a fe mía que lo ha hecho) y merece descansar sus últimos años, que ojalá sean muchos aún. Pues bien, he de deciros que este libro que ocupa la reseña de hoy no es ese último libro de Barnes -que se titula, adecuada pero tristemente, Despedidas- sino, esta vez sí, "el último que había escrito hasta ahora". Y que no se trata de una novela sino de un breve ensayo de esos que publica Anagrama y que, por lo general, resultan ser una delicia, o, al menos un refrescante aperitivo. Lo mismo ocurre, como no podía ser de otra forma, con éste de Barnes.
Que, además, en realidad no es un solo ensayo, pues se divide en cinco capítulos en gran medida independientes entre sí. Es cierto que se encuentran unidos por una idea principal, que es la de reflejar los cambios de opinión que el autor ha experimentado a lo largo de su ya extensa vida sobre ciertos temas y así encontramos pequeñas disertaciones sobre: Los recuerdos, Las palabras, La política, Los libros y La edad y el tiempo. pero resulta que el leit-motiv citado tan sólo se refleja a medias y, en algunos capítulos, prácticamente en nada, centrándose más en las reflexiones generales de Barnes sobre el tema -interesantes, en todo caso- que en cómo han ido cambiando sus ideas o percepciones sobre el mismo. Es lo que ocurre en sus mini-ensayos sobre las palabras y la edad y el tiempo; sí que explica cómo veía él estos temas de joven y cómo los ve ahora, pero sobre todo se centra en conceptos más generales -la polisemia , cómo cambia el significado de determinadas palabras o la distinta percepción del tiempo para niños y adultos- que en su sentir personal. En el caso de los recuerdos, sobre todo se explaya en cómo éstos pueden resultar engañosos e incluso a veces tomamos prestados recuerdos ajenos y lo ilustra con una serie de anécdotas y, por lo que respecta a la política, su opinión es que él no ha cambiado de opinión y se ha mantenido firme en sus convicciones centristas, pero que el espectro político se ha movido tanto a la derecha que ahora él parece estar en esa posición (aunque al final explica una serie de convicciones firmes que dice tener sobre diversos temas, en los que no ha cambiado su opinión, y yo diría que, de ser así, siempre ha sido, al menos, progresista, cuando no socialista, pero bueno, él sabrá...).
Más interesante para nosotros/as, creo (pues, después de todo, este blog se llama como se llama y se dedica a lo que se dedica) es el capítulo dedicado a los libros, en el que Barnes explica como, con el tiempo, han variado, más que sus gustos, sus apreciaciones sobre diversos escritores: algunos que admiraba en su juventud han perdido su interés porque ya no está dispuesto a aguantar su excesivo didactismo -en cómo vivir la vida, para ser concretos-, como es el caso de George Bernard Shaw y, hasta cierto punto, D. H. Lawrence. Algún otro, que apreciaba de joven e igualmente hoy en día pero no tenía por prestigioso. como Simenon, ha acabado por adquirir para él ese aura de los grandes, y no sólo como autor de entretenidas novelas policíacas. Por último, dedica varias páginas a explayarse sobre otro autor británico que siempre había detestado, E. M. Forster (ya sabéis, el de Pasaje a la India y Una habitación con vistas) pero que ha acabado por parecerle, en su madurez lectora, un gran escritor, lleno de sutileza, ingenio y hasta audacia.
Supongo que todos/as tenemos una lista parecida y no sólo de escritores o libros, sino de opiniones que hemos ido cambiando con el transcurso de los años. Sin embargo, creo que poca gente podría explicarlo con la gracia, la sencillez y la elegancia con que lo hace Julian Barnes. Que sí, ya sé que son características de su obra, ya se trate de ensayos o ficción -o incluso la generalmente malhadada autoficción-, pero en las distancias cortas como las de los miniensayos que componen este libro, estas virtudes se hacen aún más evidentes , lo que es bastante de agradecer. De hecho, aunque en realidad el tono general es más el de un señor mayor que se dedica a expresar sus opiniones sobre éste o el otro tema, más que el de un ensayista que haya reflexionado arduamente sobre los mismo y haya estructurado sus conclusiones por medio de una dialéctica expresada a través de las conocidas tesis-antitesis-síntesis, tampoco es que se dedique a divagar o contar batallitas 8bueno, igual un poco) y, sobre todo, consigue que la lectura del librito no sólo sea placentera, sino que se haga en un plis-plas. de ahí, he de aclarar, que haya etiquetado esta reseña como Zoom, que solemos dedicar a las reseñas de relatos o textos más sucintos; si bien este ensayo de Julian Barnes tiene la misma extensión de los otros libros de esta colección de Nuevos Cuadernos de Anagrama, ya digo que se hace tan ameno y ligero que parece aún más breve. Lo cual, supongo, es una virtud deseable para todo escrito.
Más libros de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: El sentido de un final, La mesa limón, Nada que temer, El ruido del tiempo, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, El hombre de la bata roja, El perfeccionista en la cocina, Inglaterra, Inglaterra, Arthur & George, La única historia, El loro de Flaubert
lunes, 8 de enero de 2024
Sándor Márai: La herencia de Eszter
Título original: Eszter Hagyateka
Traducción: Judit
Xantus
Año de publicación: 1939
Valoración: Está bien
Como no lo tengo claro, al terminar la lectura voy a ver
qué se ha dicho de otras obras de Sándor Márai en este blog, donde sé que tiene
varias reseñas: pues nada, casi todo bueno, mayoría de Recomendables, lo que
habla de autor sólido, seguramente con un estilo definido que mantiene a lo
largo de su trayectoria, que quizá no entusiasma del todo pero que en general
convence a lectores de paladar fino como son los lectores y reseñistas de ULAD,
actuales y antiguos. Veo también que el libro se publicó a finales de los años
30, la etapa quizá más prolífica del autor, y no mucho antes de la que parece
su novela más celebrada, El último encuentro.
Entonces me planteo que quizá he hecho algo mal, que no he
leído con suficiente atención o que no he sabido detectar las cosas valiosas
que el libro ofrecía. Porque, la verdad, me ha parecido más bien poca cosa,
algo que me ha podido interesar en ciertos momentos pero que ha terminado
dejándome más bien frío.
Hablamos de la herencia de Eszter, herencia en sentido más
bien metafórico, porque esta mujer, que narra su historia en primera persona,
no parece haber recibido mucho más que la vieja casa donde vive con Nunu, una
de esas nodrizas que con el paso de los años forman plenamente parte de la
familia. O no ha recibido más, o el resto se lo ha llevado Lajos, que de alguna
manera es el protagonista indirecto del relato. Lajos era un tipo de esos que
parecen tener luz propia, que atraen y conquistan con su sola presencia,
distinguido, seductor, dicharachero, de exquisita educación y que siempre tiene
algo que contar, que ofrecer, que pedir. Sobre todo esto último, porque el caballero,
que va por la vida siempre en busca de aventuras y negocios infalibles, tiene
una capacidad casi sobrenatural para sablear a todo el que se le aproxima. Préstamos,
avales, joyas empeñadas, todo es poco para financiar su tren de vida y sus inversiones.
Pero, como era de temer, Eszter sigue enamorada del
trilero, a pesar de que sus vidas han transcurrido separadas durante largos
años, y cuando se anuncia su regreso, se agolpan las sensaciones y los
recuerdos que la mujer, ya entrada en los cuarenta, nos relata con calma y como
vencida por la fatalidad. En este sentido resulta un personaje triste y
resignado, que parece no tener nada que poner en la balanza de la vida, solo
esperar, vegetar y apenas removerse al son que toca el seductor reaparecido.
Claro está que el hecho de que los personajes no nos sean
simpáticos no quiere decir que la narración no sea convincente. Pero es que parece
que la grisura de Eszter, su inmovilismo y postración durante años, se transmiten al relato
en su conjunto, y de esta forma las sensaciones que genera son siempre más que tenues, esclerotizadas. Si además consideramos que todo se desarrolla en
interiores, parece que estemos ante una obra teatral del XIX, dominada por
recuerdos y diálogos, todos ellos infructuosos, acerca de un amor juvenil que
ha cicatrizado mal porque uno de sus protagonistas no ha sabido asumir una
realidad que conoce de sobra.
Sí, el libro está escrito con pulcritud, con una prosa
digna y clara que hace agradable la lectura, está claro que es el producto de
un buen escritor, y habrá quien disfrute de las apesadumbradas cavilaciones de
Eszter, quien esté expectante ante la aparición de un Lajos ya maduro y quizá
cambiado, o a quien encandile la morosidad de esta historia un poco
decimonónica. Personalmente me parece un relato anticuado, sin chispa ni
profundidad, algo en lo que podemos invertir una tarde lluviosa pero que muy
probablemente no nos provocará ninguna reacción ni nos dejará ninguna huella.
sábado, 17 de octubre de 2015
Reggie Oliver: Sic transit. Cuentos de fantasmas
Traducción: Silvia Schettin
Año de publicación: como colección, 2014; los relatos, 2003-2011
Valoración: está bien
Empiezo con una confesión que nadie me ha pedido: Fata Libelli es una editorial que me cae bien, y en la que personalmente me gustaría publicar. Es una editorial pequeña, con un catálogo reducido, que solo publica en formato digital y con DRM, y que ha apostado por un género (o géneros, según a quién se pregunte) que me resulta muy próximo, el del terror, la fantasía o la literatura weird, heredera de Poe pero sobre todo de Lovecraft. Además, cuidan sus eBooks con detalles como crear listas de músicas adecuadas para oír mientras se lee, lo que no deja de ser curioso, nos gusten más o menos las canciones que hayan elegido. En fin, que se nota que saben lo que quieren, conocen el género y cuidan el producto. Espero que les vaya bien.
Ahora, sobre esta colección de "cuentos de fantasmas" de Reggie Oliver, lo primero que hay que decir es que no es una colección de cuentos de fantasmas. Uno lee ese subtítulo y se imagina las clásicas historias de casas encantadas, ruido de cadenas, manchas de sangre que no se borran, en fin, todos los tópicos. Y no, no es eso. Los seis relatos que componen este volumen (que, salvo que me equivoque, no se habían publicado conjuntamente hasta esta edición) contienen terrores sobrenaturales de todo tipo, pero en ninguno de ellos aparece propiamente un fantasma.
Por ejemplo el primero, "No tienes nada que temer", trata de una relación muy warholiana entre un artista, un agente y una modelo, cuya alma van absorbiendo a base de usarla como objeto para sus obras; es cierto que hay una mansión antigua y un templete que produce horrores irracionales, pero este relato casi se puede interpretar como una metáfora sobre la fama y las celebrities. "El señor Popó" y "Mal de ojo" son bastante claustrofóbicos: en el primero se nos presenta un payaso demoniaco perteneciente a una secta, y en el segundo, quizás el más angustioso de todos, vemos, a través de una cámara invisible instalada en un dormitorio (que hace pensar en el propio acto de lectura como voyeurismo) cómo una mujer es controlada por un ser oscuro que la lleva a una progresiva degradación física y moral.
"Flores marinas" y "Bill el Sanguinario" tienen un cierto aire a Stephen King: pequeña comunidad estadounidense, un matrimonio ideal que poco a poco se ve acosado por la catástrofe en un caso; jóvenes de instituto que conviven con un misterioso y violento celador... Y en el último de todos, "El tigre en la nieve" (no confundir con la película de Benigni de título parecido), volvemos al mundo del arte, para conocer a Tina Lukas, una prometedora artista que juega con la creación de espacios sorprendentes, y en una obra en concreto, también con objetos relacionados con asesinatos. Y ya se puede imaginar cómo termina la cosa.
No se puede negar a Reggie Oliver la habilidad para construir atmósferas opresivas, y hay que reconocerle también el mérito de no recurrir ni al gore ni al terror fácil de monstruos horribles; su terror es más psicológico, aunque en ningún momento nos queda la duda de que, para él, lo sobrenatural existe (y así lo explica en una introducción que, la verdad, me ha parecido un poco innecesaria).
Si no le doy al libro una nota más alta que el "está bien" es porque no me ha parecido que ofrezca líneas esencialmente innovadoras para el género: sectas satánicas, demonios, casas malditas... son todo tópicos ya muy explorados por la literatura y el cine de terror. Creo que para darle una cierta vitalidad al género convendría explorar otras opciones, quizás más urbanas, menos aristocráticas (casi todos los protagonistas del libro son escritores, artistas, duques, estudiantes de Eton... ¿Es que el terror no le puede afectar a un plomero de Bristol o a una camarera de Torrevieja, por ejemplo? ¿Es que el terror no puede esconderse en la cañería del váter de un McDonalds?
Lo que quiero decir es que quien lea Sic transit se lo pasará bien, estará entretenido en el tiempo que dure la lectura (en mi caso, un viaje de avión que se me hizo mucho más corto gracias a este libro); pero probablemente no habrá descubierto nada nuevo sobre el mundo, sobre la literatura ni sobre sí mismo en el proceso.
miércoles, 24 de marzo de 2021
Octavia E. Butler: La parábola del sembrador
Idioma original: inglés
Título original: Parabel of the Sower
Traducción: Silvia Moreno Parrado
Año de publicación: 1993
Valoración: muy recomendable
- El cambio climático: este es uno de los temas en los que incide el libro que cobra relevancia incluso más ahora, más de dos décadas más tarde. El ambiente cargado que profesa la narración de la autora nos sitúa en un mundo donde llueve únicamente cada seis o siete años, donde el agua es uno de los bienes más codiciados y no siempre fáciles de obtener (y menos aún a un precio accesible), donde existen aguadores que venden agua a indigentes y okupas a un precio varias veces más caro que el de la propia gasolina.
- La crisis económica y la segregación de clases: la población se estructura en barrios constituidos de manera clara según los recursos económicos de sus familias constituyendo tres grupos poblacionales: los poderosos (que viven apartados y rodeados de alta seguridad), la clase media que vive en apuros y la gente sin hogar; estas dos últimas clases luchan por el espacio y por los pocos recursos en su particular mundo donde los atracos, robos y saqueos se producen de manera continua, donde no se puede salir del propio barrio sin ir armado o, incluso así, sin temer por la propia vida.
- La crisis política, con una pérdida absoluta de confianza hacia los grandes estamentos, donde la policía no sirve para controlar la situación y se despreocupa de la seguridad de los ciudadanos, donde los bomberos cobran por cada actuación y donde la emergencia del populismo supone una nueva amenaza con la que se tienta a los desesperados ofreciendo soluciones milagrosas.
- La cultura, como elemento indispensable para entender el mundo y entendernos, la importancia de la formación para constituir un mundo mejor, más rico humanamente, más fuerte y humano, más solidario e integrador.
- El eje racial, en el que el racismo y su denuncia es evidente y constante. Butler lucha contra este aspecto y nutre en relato de protagonistas diferentes al típico hombre blanco de mediana edad que protagoniza gran parte de la literatura de ciencia ficción. Aquí los personajes son hispanos, negros, jóvenes, viejos, quienes conforman de manera conjunta un reparto coral acorde a la sociedad norteamericana.
- El empoderamiento femenino, pues la actitud inconformista, la valentía, inteligencia y la capacidad de liderazgo radica en la joven Lauren, quien ejerce de guía ante las personas que se van añadiendo al grupo en una huida hacia tierras más hospitalarias, hacia un mundo con más opciones no ya de comodidades, sino únicamente de subsistir sin temer por la propia vida, sin que esté amenazada por la ambición o desespero de otros, o por la propia miseria. La hiperempatía de Lauren, enfermedad heredada de su madre drogadicta que murió durante el parto, que causa que siente en sus propias carnes en dolor y el placer de los demás, sufriendo y sintiendo como propio el dolor ajeno hasta el punto de desmayarse en ocasiones. Algo realmente indeseable y peligroso en un mundo donde la violencia está por todas partes, aunque la convierte en alguien especial, alguien terriblemente solidario, porque “si todo el mundo pudiera sentir el dolor de los demás, ¿quién torturaría?”
- El capitalismo, que crea un mundo de desigualdades, en el que se hecha a la gente de los barrios y en el que las empresas someten a sus empleados a trabajar por sueldos mínimos a cambio de mantener su seguridad, llegando a situaciones de esclavitud donde el empleado se debe únicamente a la empresa para la que trabaja.
sábado, 26 de octubre de 2024
Georges Bataille: Madame Edwarda
Título original: Madame Edwarda
Traducción: Salvador Elizondo
Año de publicación: 1937
Valoración: Rarito, curioso
Mira que en general me gustan los libros raros, me atraen, y en este blog hay algunos ejemplos, cosas que se han escrito para romper moldes, buscar caminos sin explorar. Pues puedo afirmar que este Madame Edwarda podría entrar en el top 10 de los textos más extraños que he leído nunca.
Es raro mi ejemplar, el libro físico (aclaro que no es el de la imagen), comprado a un vendedor de viejo . Edición mexicana de 1977, tiene setenta y una páginas, de las que treinta y siete las ocupan un prólogo de Salvador Elizondo, siempre metido en estas movidas, y un prefacio del propio Bataille dirigido a Pierre Angélique, el seudónimo que utilizó para esquivar la polémica en las primeras ediciones. Es decir, quedan para el relato apenas treinta y cuatro páginas, ninguna de las cuales llegará a quedar ocupada siquiera en su mitad. Por si fuera poco, cuenta mi pequeño volumen con un exlibris del puño y letra del pintor Vicente Roscubas, aunque le faltan, ya sería la leche, los varios grabados que nada menos que René Magritte elaboró para este texto.
Extraño es también el autor, Georges Bataille, de cuya filosofía dice Elizondo que es imposible una exposición razonada, lo cual es algo tranquilizador, aunque se esfuerza el escritor mexicano en aportar algunas ideas. Bataille es uno de esos tipos de principios del siglo XX que tocaba los asuntos más sensibles, o mejor, los destripaba sin cortarse ni un poco: el misticismo, el sexo y la muerte iban en el mismo lote, y hasta parece que quiso fundar una especie de secta en la que se pretendían ofrecer sacrificios humanos. La verdad es que estos tres campos, aunque en una medida algo más civilizada, también los vemos relacionados en algunos otros autores, desde el marqués de Sade hasta gente mucho más moderna pero, visto el panorama, tampoco creo que sea cuestión de intentar profundizar más por ese camino.
Con estos antecedentes, el texto en sí de Madame Edwarda tampoco le va a la zaga en materia de rareza. Con esas treintaypocas páginas mediadas podríamos hablar de un relato corto, pero es más bien un esbozo, que el mismo narrador duda de si tendrá continuidad. La madame que aporta el título regenta un prostíbulo y el narrador es su cliente, que le elige entre la oferta disponible. El tipo parece en principio algo descolocado aunque es evidente que visita con frecuencia locales parecidos. Tras alguna escena de sexo explícito más bien turbio, identifica a Edwarda con Dios, no se sabe si movido por el éxtasis o por algún tipo de mortificación, pero en todo caso parece que bastante en línea con algunas de las ideas erótico-místicas que profesa el autor.
Si me extiendo un poco más acabaría reproduciendo el contenido completo, porque tampoco hay mucho más, aparte de una escena final algo más larga y también de alto voltaje sobre la que, si no tenemos nada mejor que hacer, se podría elucubrar un rato. Naturalmente, no es una narración normal, sino una sucesión de flashes, alguno de los cuales, no muchos, pueden sonarnos a surrealismo, ideas a medio formular sobre el placer y el dolor, e imágenes a veces sugerentes, a veces brutales, en las que la temperatura se mantiene siempre en el nivel de ebullición.
No sé si esto es un juego o la representación plástica de la peculiar filosofía del señor Bataille, y tengo la duda, que espero que Oriol me pueda aclarar, de si esto puede considerarse bizarro en sentido literario. Es extraño, es diferente, puede hacer reír o dar cierto repelús, son unos minutos de inmersión en el mundo de este autor, que perfectamente se puede calificar de sórdido, pero al que también se le pueden encontrar algunas lecturas más. Pero ojo, veamos la advertencia inicial, algo que podría ser una poesía, una amenaza o una broma:
‘Si tienes miedo de todo, lee este libro, pero, antes que nada, escúchame: si ríes, es que tienes miedo. Te parece que un libro es una cosa inerte. Es posible. ¿Y sin embargo, como suele suceder, tú no sabes leer? ¿Deberías temer…? ¿Estás solo? ¿tienes frío? ¿sabes hasta qué punto el hombre es ‘tu mismo’? ¿imbécil? ¿y desnudo?'
lunes, 25 de diciembre de 2023
Thomas Bernhard: Corrección
Título original: Korrektur
Traducción: Miguel Sáenz
Año de publicación: 1975
Valoración: Casi imprescindible
Roithamer es una especie de científico que investiga y da clases en Cambridge, y además ha construido para su hermana una vivienda en forma de cono en el centro geométrico de un bosque. El narrador (quizá un trasunto del propio Bernhard) es su amigo de la infancia, y reflexiona sobre Roithamer desde la buhardilla de la casa de Höller, quien también mantiene la relación con ambos desde la época escolar. De manera que Roithamer es, aunque de forma más bien indirecta, el protagonista de este relato localizado en pequeñas poblaciones de la montaña austriaca.
Corrección es un enorme monólogo interior de casi trescientas páginas, aunque mejor le cuadraría el concepto inglés de stream of consciousness, donde el stream tendría más bien la acepción de 'corriente' o, mejor, 'torrente', porque esto es justamente eso, un torrente incontenible de reflexiones, recuerdos, hechos, ideas, cuyo centro es el citado Roithamer, con todas las ramificaciones posibles. El carácter desbocado del monólogo, antes de conocerlo mediante la lectura, lo vemos al abrir cualquier página: todas y cada una forman el rectángulo perfecto, sin un hueco, porque no hallaremos ni un solo punto y aparte, ningún párrafo, apenas algún punto y seguido. Pero si a alguien le intimidan esas páginas de aspecto monolítico, le diré que no hay nada que temer, en unas pocas líneas, apenas dos o tres páginas, estamos inmersos en ese enorme caudal, nos dejamos llevar por él y enseguida empezará a resultar adictivo, hipnótico.
Con igual facilidad se diría que Bernhard coge velocidad y se ve a su vez dominado por esa prosa que cobra vida propia, de forma que las ideas se van enlazando unas con otras con total naturalidad y, aún más importante, con absoluta nitidez. Así que, pese a las impresiones iniciales, el libro para nada resulta difícil de leer. Estamos sin remedio dentro de la cabeza del narrador, siguiendo sus reflexiones siempre en torno al amigo genial, y en ese gran flujo desordenado hay sitio para muchas cosas: los feroces paisajes de sombrías gargantas entre montañas, la obsesiva búsqueda de la perfección en la construcción del Cono, el carácter destructivo de un trabajo intelectual riguroso, las zonas oscuras de la labor del taxidermista o las comidas familiares en silencio absoluto, el recuerdo de las caminatas infantiles hacia la escuela, la aversión hacia la mediocridad y la molicie de la sociedad austriaca y, sobre todo, la profunda toxicidad de la historia familiar, en la que odios difícilmente explicables quedan apenas ocultos tras la aparente normalidad. Roithamer es el hermano raro que nunca quiso adaptarse a la alienante vida en la casa familiar, que siempre intentó huir, física e intelectualmente, de un medio que le era extraño.
Y la corrección, claro. La corrección es aniquilación, y así Roithamer, que acumula miles de escritos dispersos por su estudio, ha redactado un texto voluminoso que a cada corrección va perdiendo páginas, hasta quedar en unas pocas decenas. Pero la corrección es un concepto tan poderoso que no solo es aplicable a ese libro sino también a la vida misma, porque esa búsqueda de la perfección destruye todo lo que la rodea, los seres queridos y la propia obra. El Cono, el libro, la vida, van quedando carcomidos según se avanza intentando conocer a fondo cada detalle y gobernar todos los resortes.
El texto es tan obsesivo, repleto de repeticiones y retrocesos para machacar una y otra vez cada idea hasta un punto que se revela insano, que poco a poco las voces se van superponiendo, quizás fundiendo y, sin abandonar una cadencia casi musical, parecen ir acelerándose, como precipitándose hacia un abismo. Es como una extraña terapia, en la que los tres personajes parecen ser diferentes perspectivas del propio autor, como en una óptica cubista. El pensamiento se deja correr en distintas direcciones para encontrar solo atisbos, síntomas o nuevos interrogantes, nunca respuestas, un narrador sin nombre que parece real aunque puede no serlo, un amigo en perpetuo silencio que es sin embargo capaz de construir desde sus íntimas convicciones, un genio atormentado que protagoniza páginas y más páginas pero que quizá no es más que la personificación de una enorme incomodidad con el mundo.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Emma Donoghue: La Habitación
Título original: RoomIdioma original: inglés
Fecha de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable
De todas las novelas que me he leído este año, hasta ahora, por supuesto, La Habitación es una de las que más me ha impactado. Su argumento, extendido en casi cuatrocientas páginas ágiles y fáciles de leer, me ha absorbido de tal manera que me lo he terminado en cuatro tardes.
Publicada en 2010, esta novela escrita por la irlandesa establecida en Canadá Emma Donoghue está inspirada en los terribles y extraños casos de Natascha Kampusch y el llamado "monstruo de Amstetten", casos que supongo que la mayoría de los lectores de ULAD habrán conocido gracias a los medios de comunicación y que por eso no me detendré en explicar.
La Habitación es la estancia (un dormitorio con cocina, retrete y bañera y una claraboya en lo alto del techo por donde se ve un círculo de cielo) donde viven una joven (Mamá durante toda la historia)de veintiséis años y Jack, su hijo de cinco y el narrador de la novela.
La madre de Jack fue secuestrada por un desalmado cuando tenía diecinueve años e iba camino de la universidad. Por lo tanto, lleva siete años cautiva en La Habitación; siete años sin haber vuelto a ver la luz del sol. Allí, el tipo que la secuestró tiene relaciones sexuales con ella cada noche; en estas ocasiones, la mujer esconde a su hijo Jack, concebido y nacido en La Habitación, en el armario para que su captor nunca le vea aunque, por supuesto, sepa de su existencia. La madre y Jack llaman a su secuestrador el Viejo Nick, una forma que se tiene en el mundo anglosajón de referirse al Demonio.
Así, para el pequeño Jack su mundo está en La Habitación, con El Techo, El Suelo, La Cama, El Armario, etc... Y la única persona que conoce es Mamá.
La Habitación tiene una tele; en ella, los cautivos ven sobre todo programación infantil y la madre le hace creer a su hijo que lo que allí sale no es real, "sólo Tele", y que fuera de la habitación hay una especie de espacio exterior. El Viejo Nick es alguien a quien hay que temer, pero también quien les compra la comida, les saca la basura y, los domingos, les concede un capricho material que ellos han de escoger, desde prendas de ropa, lápices de colores, libros o juguetes. Esto es el Gusto del Domingo...
La rutina de ambos cautivos en La Habitación se hace soportable gracias a que Mamá hace en todo momento el papel de madre protectora pero también el de una excelente compañera de juegos (inventa toda clase de juegos posibles en un espacio tan reducido y hace toda clase de juguetes con su hijo a base de cosas como rollos de papel higiénico o cáscaras de huevo) y dota a su hijo de una educación epatente. Sólo en ocasiones, Mamá se derrumba y se queda en estado catatónico. Pero esta extraña rutina pronto llegará a su fin: un buen día, Jack y su madre preparan un plan de escape inspirado en el Conde de Montecristo que será su única esperanza de salir con vida de La Habitación, cuya puerta se abre con un código numérico que sólo el Viejo Nick conoce...
Con estos elementos, Donoghue podía haber escrito un pestiño, pero nada de eso ocurre. La escritora es sabia e intuitiva y según he leído en alguna que otra entrevista, se ha inspirado en el mayor de sus dos hijos para engendrar a su Jack literario, el que, salvo algún que otro detalle, es más o menos creíble. También ayuda el hecho de que la historia la narre el niño: sólo conocemos su punto de vista, no sabemos cómo está la madre en realidad ni lo que se le pasa por la cabeza ni quién es realmente el Viejo Nick. Pero casi mejor así: la frescura de Jack hace que al lector se le haga potable la lectura de una historia que podía haber sido un artefacto angustioso y torturador, sobre todo en la parte del plan de escape, que me mantuvo en una tensión que hacía tiempo que no sentía con la lectura de un libro o el visionado de una película.
No contaré nada más, si el plan de escape tiene éxito o no, quiero decir: prefiero que lo lean y vean cómo se desarrolla y termina esta historia que deja claro que el amor de una madre por su hijo puede conquistar metas que parecían imposibles; que el ser humano es una criatura con un instinto de supervivencia grandioso que puede llegar a vivir dignamente incluso en los entornos más desasosegantes; que el mal más absoluto puede anidar en personas con aspecto y rutinas de lo más convencional, y que la esperanza, más que una palabreja que sale una y otra vez en frases y mensajes más bien ñoños y superficiales, es la materia prima de la que están hechos los luchadores natos.
Que me ha gustado. Y mucho.
jueves, 3 de septiembre de 2020
Malditas cubiertas: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence
Obsérvese que el guardabosque ni está ni se le espera y que a las ninfas les basta y les sobra con el runrún del riachuelo y el roce de la hierba. Obsérvese también la ironía de emplear el mito de Dafne que si se convirtió en laurel fue precisamente para que Apolo dejara de cortejarla.
Connie ANTES DE «conocer a Mellors»: (1) pálida y deprimida, prácticamente un cadáver andante y (2) tensa e inquieta y con un sugerente diván de psicoanalista a sus espaldas porque, como todo el mundo sabe, un hombre que tiene problemas es un hombre atribulado mientras que una mujer que tiene problemas es una loca de manual. (3) Connie JUSTO DESPUÉS DE «conocer a Mellors» (4) La fiesta de camisetas mojadas a la que Connie acudió desatada nada más levantarse del sofá del punto anterior.
(1) un diablo con un ¿ánfora? bajo el brazo (2) El elfo Légolas escenificando el Martirio de San Sebastián (3) El guardabosque probándose la ropa de Connie aprovechando que ella se ha quedado dormida (4) Personalmente, me he vuelto loca tratando de averiguar qué pinta aquí este señor con gorro y con muleta que parece que esté esperando el autobús.
(1) La expresión de paz de Connie (vestida) descansando sobre el heno con su rebequita de rebajas de C&A (2) Connie vistiéndose en medio del bosque tras la refriega amorosa, es una imagen original e incluso poética —tanto como la existencia de una silla sobre la que mantener la ropa a salvo de la suciedad del suelo— (3) Connie entre pensativa y melancólica (y vestida) en un entorno rural en el que los dos señores a caballo del fondo no pintan nada (4) Dos amantes (cara a cara como dos iguales e igualmente desvestidos) en llamas y rodeados de naturaleza, tal vez la factura gráfica no sea muy sofisticada pero tiene cierto encanto (5) Reconozco que tengo este precioso ejemplar ilustrado pero la cubierta quiere expresar tantas cosas que pierde un poco el mensaje y se convierte en una suerte de moraleja sobre los peligros de hacer la cama sin antes ventilarla.
viernes, 2 de mayo de 2014
Julian Barnes: La mesa limón
El gran escritor inglés Julian Barnes tiene una especial querencia por los relatos cortos, como sin duda sabrán sus muchos seguidores. Prefiero poner “relatos” a “cuentos”, no tanto por las connotaciones infantiles que pueda tener este término (cualquiera que haya leído a los hermanos Grimm sabe que no todos los cuentos son para niños… o no sólo para niños), sino porque los de Barnes no se ajustan siempre al esquema: planteamiento-nudo-desenlace, que yo identifico con la idea de “cuento” (aunque también me puedo equivocar, no sé. Se lo dejo para los taxonomistas de la literatura). El caso es que este escritor ha publicado ya varios libros de relatos, con la característica de que suele partir de algún tema o elemento común: en Al otro lado del Canal, por ejemplo, el tema eran las relaciones entre lo inglés y lo francés (Barnes es un confeso francófilo). O, si se prefiere, sobre lo francés visto desde lo inglés o viceversa. Barnes, además, tiene la divertida costumbre de repetir algunos elementos, aunque sean detalles triviales o circunstanciales, de un relato a otro, con lo que refuerza aún más esta idea de cierta unidad temática, además de que lo hace a veces con una sutileza que el lector no puede dejar de agradecer.
En La mesa limón, el tema que unifica todos los relatos es el de la vejez. En realidad, tanto la mesa a la que hace referencia el título como el limón en sí son símbolos de la muerte, o elementos que la aluden, como se explica en el último relato, “El silencio”. Pero, aunque la muerte parezca a lo largo de todo el libro y sea el epílogo ineludible, más o menos lejano, de todas las historias que se cuentan, el tema del que nos habla Barnes es el envejecimiento y sus circunstancias: esclavitudes, limitaciones y peculiaridades varias (ventajas no parece verle muchas, la verdad). Es de suponer que es un tema que le interesaba al autor, que cuando publicó el libro se acercaba a la sesentena. Y unos años más tarde, escribió Nada que temer, éste ya centrado en la muerte y en lo que nos espera (o no) después de ella.
La gravedad de los temas tratados aquí no significa que el tono general de los relatos sea solemne o plúmbeo. Al contrario, están todos o casi, impregnados del sentido del humor característico de este escritor, hasta el punto de resultar, algunos, francamente hilarantes. Incluso cuando tratan un tema tan desolador como es el alzheimer y sus consecuencias (y no sólo para el enfermo). Lo mismo ocurre cuando habla del exacerbamiento de las manías, de la cabezonería propia de la ancianidad (no siempre), de la debacle física y, en consecuencia, sexual. También cuando trata sobre las esperanzas perdidas con los años o mantenidas a pesar de ellos; lo que pudo ser y no fue, lo que fue y no debió de ser; los recuerdos y sentimientos a veces falseados por nosotros mismos. La propia conciencia de nuestro cambio con los años y, por tanto, de nuestra mortalidad.
Una recopilación de once relatos de los que, cuando menos, una buena parte de ellos son de lo mejorcito que puede leerse de un escritor actual. No diré cuáles, en mi opinión, alcanzan tal excelencia, para no condicionar a nadie. Pero me apuesto lo que sea (incluso estoy dispuesto a comerme esta reseña... a la plancha y aliñada con limón, claro) a que cualquier lector encontrará aquí al menos un par de ellos que le conmoverán y no dudará en calificarlos también de magistrales. Si no me creen, hagan la prueba. Por favor.
jueves, 1 de agosto de 2013
Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable
Tiene Rosa Montero como escritora una cualidad que me parece admirable, y es su capacidad para mutar de un libro a otro, su inquietud creativa: cuando otros escritores ya se habrían acomodado a un género y un estilo (y muchos lo han hecho, realmente), ella sigue intentando cosas diferentes y probando géneros nuevos. Dicho con otras palabras, mantiene un espíritu joven y literariamente inquieto que hace que su obra sea permeable a las tendencias actuales, y que La ridícula idea de no volver a verte tenga elementos en común con, por ejemplo, Bilbao-New York-Bilbao (la autoficción, la metaficción, la mezcla de personajes históricos y "domésticos"...). Aunque sea
La ridícula idea de no volver a verte es un texto complejo: tiene algo de biografía (o hagiografía) de Marie Curie, cuyo diario tras la muerte de su esposo sirve de inspiración para el libro; tiene mucho de confesión o exorcismo de la propia Rosa Montero, que también vio morir de forma abrupta a un ser querido (por accidente en el caso de Marie Curie, por enfermedad fulminante en el caso de la escritora); y tiene también algo, como nexo de unión, de ensayo de reflexión sobre la superación (si es que "superación" es el término adecuado) de la pérdida y el dolor.
Personalmente, la parte que me ha parecido más interesante (y es la parte que más espacio ocupa en el texto) es la recreación de la vida de Marie Curie, una figura sin ninguna duda apasionante: una mujer polaca sin medios económicos, que con su inteligencia y su capacidad de trabajo y sacrificio llegó a lo más alto del mundo científico francés y mundial (dos premios Nobel, cátedra en la Sorbona, dos elementos químicos descubiertos...). Pero más que en su faceta científica, Rosa Montero intenta desentrañar la personalidad que hay por debajo de la figura pública: el corazón caliente que (sospecha la escritora) se escondía debajo de un exterior serio y estoico.
El diario de Marie Curie, escrito inmediatamente después de la muerte de su marido, es una lamentación desgarrada y profundamente intimista. El texto de Rosa Montero que le sirve de pórtico (un pórtico mucho más largo que el propio diario en sí) es mucho más contenido y sereno; aunque el dolor y la muerte son el tema central, es un libro casi ligero, con un estilo cercano -Rosa Montero tutea literalmente al lector- y con un espíritu más leve que lo que cabría esperar dado el tema. Mucho más leve, por ejemplo, que el impresionante Una pena en observación (que me ha sorprendido no ver mencionado en el texto, porque los puntos de relación son evidentes) y más en la línea de Nada que temer de Julian Barnes, aunque con menos humor negro.
Que nadie compre este libro, en cualquier caso, esperando encontrar una receta para superar el duelo: ni Rosa Montero ni Marie Curie -ni nadie- tienen esa receta...
Una nota final: No me parece acertado el diseño de la portada, que no refleja ni los temas ni el espíritu del libro; han debido de pensar que siempre queda bien poner Nueva York en blanco y negro...
También de Rosa Montero en ULAD: Lágrimas en la lluvia, Te trataré como a una reina, Temblor, La hija del caníbal, Amado Amo, Crónica del desamor
lunes, 29 de abril de 2013
Dennis Lehane: Vivir de noche
Idioma original: inglésTítulo original: Live by Night
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable
lunes, 8 de diciembre de 2014
Joyce Carol Oates: Violación: Una historia de amor
Otras obras de Joyce Carol Oates reseñadas en Un Libro Al Día: Puro fuego, Rey de Picas, Bestias
jueves, 27 de diciembre de 2012
Julian Barnes: El sentido de un final
Título original: The sense of an ending
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable
Los escritores británicos contemporáneos (algunos escritores británicos contemporáneos, por lo menos) tienen la capacidad de ser divertidos sin resultar triviales -una capacidad, por otra parte, muy cervantina-. En la literatura española actual, si se quiere hacer humor se recurre casi siempre al humor absurdo o al juego lingüístico; pocas veces se recurre a la ironía fina, no necesariamente hiriente, como forma de distanciamiento, de crítica e incluso de conocimiento de la realidad. Será porque en Gran Bretaña (y en Irlanda) existe una larga tradición de escritores ingeniosos, satíricos y humorísticos, tan prestigiosos como los escritores "serios": Oscar Wilde, Chesterton, Jonathan Swift... y más recientemente Roald Dahl, Saki, Woodehouse...
Efectivamente, Julian Barnes (como Nick Hornby, como Zadie Smith, como Ian McEwan cuando le apetece...) tiene esta capacidad para contar historias trágicas con una media sonrisa (tongue in cheek, con la lengua en la mejilla, se dice en inglés). Esto ya se notaba en Nada que temer, un libro que era una reflexión sobre la muerte que entretenía y hasta hacía reír; y también en El sentido de un final, cuya trama es digna de un culebrón venezolano pero que se salva de serlo, entre otras cosas, por su ligereza y su humor.
El sentido de un final empieza como una novela sobre la amistad: tres chavales adolescentes, entre ellos el narrador, reciben en su pandilla a un cuarto, Adrian, más inteligente, más brillante y (todavía) más pedante que ellos. De pronto surge otra subtrama: la relación amorosa del protagonista, Tony, y Veronica, una muchacha algo extraña con la que las cosas no terminan bien. Poco después descubrimos que las dos tramas son la misma: el clásico triángulo amoroso con final trágico (y no digo más para no destripar el argumento). La segunda parte de la novela transcurre varias décadas más tarde, cuando el narrador recibe algunos documentos que revuelven su conciencia, e intenta saldar cuentas con el pasado.
Aunque suene a chiste, lo que menos me ha gustado de El sentido de un final es precisamente su final, porque es donde el aire a culebrón se desboca. El profesor de literatura que protagoniza El chico de la última fila, de Juan Mayorga, le explica a su alumno que un final debe ser al mismo tiempo necesario y sorprendente. El final propuesto por Julian Barnes, desde luego, es sorprendente, pero de necesario tiene muy poco; más bien es bastante excesivo, diría yo...
Sé que Julian Barnes tiene muchos y muy apasionados defensores; sin ir más lejos, esta novela ganó el Man Booker Prize. Personalmente, no creo que sea una obra maestra, pero sí una novela entretenida y con más profundidad de lo que puede parecer. En cualquier caso, Julian Barnes es un autor al que apetece seguir leyendo, a la espera de descubrir su obra maestra...
También de Julian Barnes en ULAD: Aquí
jueves, 10 de diciembre de 2009
Fleur Jaeggy: Los hermosos años del castigo
Idioma original: italianoTítulo original: I beati anni del castigo
Fecha de publicación: 2009
Valoración: Se deja leer
Pues no le he pillado el punto a la señorita Jaeggy (extraña dama que pese a haber nacido en Zurich y a haber sido educada en alemán, escribe en italiano), no-no-no...Y eso que gusta mucho: ha recibido varios de esos premios (de nombres impronunciables y eternos) super importantes, Susan Sontang hablaba maravillas de ella...En fin, quizás no la sé apreciar como se merece.
Dicen que su prosa es fría y cortante, y doy fe de ello: tan fría y cortante es que a mí me sabe a pobre, qué quieren que les diga...Sin sabor, sin olor, sin calor, sin emoción...
Sinceramente, creo que a los adjetivos "fría" y "cortante", o "contundente" y "seca", y otros que se suelen utilizar para describir su estilo, hay que añadir uno menos agradable: "frugal". Porque me leí Los hermosos años del castigo en un plis plas y me quedé como si nada; más vulnerable al frío invernal que amenaza mi cuarto de lectura de paredes amarillo pálido, si lo pienso...
Esta novela de poca extensión es de corte autobiográfico y narra la vida (aunque más que vida, digamos flashes de la vida) de una chica de quince años en un caro internado suizo lleno de crías de buena familia dispuestas a recibir una educación exquisita. La prota (Fleur Jaeggy, digo yo), una de estas jovencitas cuya familia reside en los Brasiles, siente toda una revolución interior (o eso parece, porque hay tan poco ímpetu que somos los bondadosos lectores los que hacemos el favor a la escritora e intuimos dicha revolución interior) cuando por esos lares aparece una bella alumna de rasgos afilados y aparentemente perfecta (por perfecta entendamos "replicante rubia") de la que se hace amiga y se enamora (eso sí que se dice bien dicho, ¿eh? La escritora se molesta en escribir y conjugar el verbo "enamorarse").
Y poca chicha tiene la trama...
Lo que nos queda claro es que las alumnas de ese internado son todas muy correctas y frías, y que sólo por la noche, en la soledad de sus cuartos pueden hablar (pero poquito, ¿eh?, muy poquito) de sus cosas a sus compañeras de celda.
La única nota de humanidad en este territorio tan árido que me ha quitado las ganas de leer más de esta admirada por la Sontang la ponen dos estudiantes más normalitas: una joven negra hija de un presidente africano marginada a causa de su alta posición social (los directores del internado ponen demasiado celo en protegerla) y una belga bella y feliz que promete para el futuro a sus robóticas compis bailes de ensueño y cortejos por parte de su apuesto padre.
Y ya está: que no me ha parecido nada del otro mundo, vaya, aunque este trocito lo he apuntado en uno de mis cuadernos de "Todo a un euro":
"Yo tenía la certidumbre de que no volvería a verla, y esto también gracias a nuestra educación: renunciar a las cosas bellas y temer las buenas noticias".
Es verdad: renunciamos a las cosas bellas, y lo otro también...Qué tontos somos, oh...
miércoles, 14 de octubre de 2026
Iván Turgueniev: Rudin
Idioma original: ruso
Traducción: Jesús García Gabaldón
Valoración: muy recomendable
Rudin es la primera novela del escritor ruso Iván Turgueniev. A pesar de ello, esta obra ya presenta muchas de las características que harán de Turgueniev uno de los mejores escritores de la literatura rusa: prosa elegante y precisa, musicalidad en las formas, meticulosidad en la descripción de los personajes y minucioso análisis de una sociedad rusa en proceso de transformación.
Precisamente este último aspecto es el que destaca en esta obra primeriza del escritor ruso. Los representantes de una indolente clase terrateniente rusa se dan cita en la casa de verano de la viuda Daria Mijailovna Lasunkaya. En un ambiente de plácidas conversaciones y reuniones intrascendentes en que van transcurriendo rutinariamente los días irrumpe un invitado, Dimitri Rudin, un joven sin oficio conocido, que hechiza con su presencia y elocuencia a todos los invitados de la aristócrata.
Por contraposición a la inmovilista sociedad que representan Daria Mijailovna y sus invitados, Rudin supone una entrada de aire fresco que viene a remover la conciencia de unos personajes para quienes cualquier cambio en la sociedad rusa está vedado: "No seré yo quien defienda la civilización. No necesita mi defensa. Quería decir que todos esos ataques a los sistemas, a los juicios generales, resultan especialmente irritantes porque junto con los sistemas, la gente niega todo el conocimiento; la ciencia y la fe en ella significan fe en uno mismo, en sus propias fuerzas. Y la gente necesita esa fe: no puede vivir sólo de impresiones y hace mal al temer al pensamiento y no tener fe en él. El escepticismo siempre se distinguió por su esterilidad e impotencia".
La elegancia y la vehemencia con que Rudin defiende sus ideas encandilan en un principio a todos los participantes en las veladas de la casa de campo, pero alguno de sus contertulios comienzan a comprender su verdadero carácter. Nuestro protagonista enamorará a la joven hija de la aristócrata, pero alguno de los invitados sospecha de sus intenciones: "Lo cierto es que las palabras de Rudin se quedan en eso, en palabras, y nunca se convierten en hechos; y mientras tanto, esas mismas palabras pueden llevar a la ruina a un corazón joven".
Efectivamente, Rudin va levantando falsas expectativas en quienes le escuchan, pero finalmente no es capaz de tomar decisiones sobre su propia vida ni sobre la vida de los demás. Representa una generación que, desde un punto idealista, critica el orden social en que lleva siglos anclada Rusia, pero no es capaz de dar un paso adelante y llevar a la práctica ese cambio que propugna. Como señala uno de sus amigos que le conoce desde su juventud: "él había leído bastante, pero leía libros de filosofía, y su cabeza estaba organizada de tal manera que de lo que leía inmediatamente extraía el sentido general, llegaba hasta la raíz de las cosas y desde allí irradiaba en todas las direcciones los lúcidos y justos hilos del pensamiento, descubriendo perspectivas espirituales... Nos sentíamos como si fuéramos depositarios de la eterna verdad, como si fuéramos sus instrumentos, llamados a realizar algo grande. ¿No le resulta ridículo todo esto?".
Esa falta de iniciativa, incluso desde el punto de vista de las relaciones sentimentales, hará que Rudin, que ha estado invitado en la casa de la aristócrata, tenga que escapar de forma vergonzosa de la casa de su anfitriona y llevar una vida errática sobre la que nuestro protagonista arroja, muchos años más tarde, un juicio demoledor: "Sí, la Naturaleza me concedió muchos dones; sin embargo, moriré sin haber realizado nada digno de mis fuerzas, sin dejar tras de mí ninguna huella benéfica. Toda mi riqueza caerá en balde y no veré los frutos de mis semillas...Terminaré sacrificándome por algo absurdo, en lo que ni siquiera crea...".
En resumidas cuentas, bajo la apariencia de una novela sentimental se desarrolla una elaborada trama en la que Turgueniev realiza un análisis exhaustivo de una sociedad en lucha entre la tradición y la modernidad. Critica la superficialidad y falta de compromiso de los terratenientes rusos y la contrapone al idealismo y la búsqueda de la belleza del personaje de Rudin. Todo ello recurriendo a una estructura narrativa extraordinariamente rica en la que a pesar de presentarnos a los personajes prácticamente en un único entorno, la casa de la aristócrata, como si de una obra de teatro se tratara, recurre a técnicas más complejas cuando lo requiere: al monólogo interior, cuando nos presenta la psicología de los numerosos personajes de la obra o al flashback, cuando nos retrotrae a la juventud de nuestro protagonista.
Una novela conmovedora, exigente y de una belleza incuestionable.



















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