sábado, 17 de octubre de 2015

Reggie Oliver: Sic transit. Cuentos de fantasmas

Idioma original: inglés

Traducción: Silvia Schettin
Año de publicación: como colección, 2014; los relatos, 2003-2011
Valoración: está bien

Empiezo con una confesión que nadie me ha pedido: Fata Libelli es una editorial que me cae bien, y en la que personalmente me gustaría publicar. Es una editorial pequeña, con un catálogo reducido, que solo publica en formato digital y con DRM, y que ha apostado por un género (o géneros, según a quién se pregunte) que me resulta muy próximo, el del terror, la fantasía o la literatura weird, heredera de Poe pero sobre todo de Lovecraft. Además, cuidan sus eBooks con detalles como crear listas de músicas adecuadas para oír mientras se lee, lo que no deja de ser curioso, nos gusten más o menos las canciones que hayan elegido. En fin, que se nota que saben lo que quieren, conocen el género y cuidan el producto. Espero que les vaya bien.

Ahora, sobre esta colección de "cuentos de fantasmas" de Reggie Oliver, lo primero que hay que decir es que no es una colección de cuentos de fantasmas. Uno lee ese subtítulo y se imagina las clásicas historias de casas encantadas, ruido de cadenas, manchas de sangre que no se borran, en fin, todos los tópicos. Y no, no es eso. Los seis relatos que componen este volumen (que, salvo que me equivoque, no se habían publicado conjuntamente hasta esta edición) contienen terrores sobrenaturales de todo tipo, pero en ninguno de ellos aparece propiamente un fantasma.

Por ejemplo el primero, "No tienes nada que temer", trata de una relación muy warholiana entre un artista, un agente y una modelo, cuya alma van absorbiendo a base de usarla como objeto para sus obras; es cierto que hay una mansión antigua y un templete que produce horrores irracionales, pero este relato casi se puede interpretar como una metáfora sobre la fama y las celebrities. "El señor Popó" y "Mal de ojo" son bastante claustrofóbicos: en el primero se nos presenta un payaso demoniaco perteneciente a una secta, y en el segundo, quizás el más angustioso de todos, vemos, a través de una cámara invisible instalada en un dormitorio (que hace pensar en el propio acto de lectura como voyeurismo) cómo una mujer es controlada por un ser oscuro que la lleva a una progresiva degradación física y moral.

"Flores marinas" y "Bill el Sanguinario" tienen un cierto aire a Stephen King: pequeña comunidad estadounidense, un matrimonio ideal que poco a poco se ve acosado por la catástrofe en un caso; jóvenes de instituto que conviven con un misterioso y violento celador... Y en el último de todos, "El tigre en la nieve" (no confundir con la película de Benigni de título parecido), volvemos al mundo del arte, para conocer a Tina Lukas, una prometedora artista que juega con la creación de espacios sorprendentes, y en una obra en concreto, también con objetos relacionados con asesinatos. Y ya se puede imaginar cómo termina la cosa.

No se puede negar a Reggie Oliver la habilidad para construir atmósferas opresivas, y hay que reconocerle también el mérito de no recurrir ni al gore ni al terror fácil de monstruos horribles; su terror es más psicológico, aunque en ningún momento nos queda la duda de que, para él, lo sobrenatural existe (y así lo explica en una introducción que, la verdad, me ha parecido un poco innecesaria).

Si no le doy al libro una nota más alta que el "está bien" es porque no me ha parecido que ofrezca líneas esencialmente innovadoras para el género: sectas satánicas, demonios, casas malditas... son todo tópicos ya muy explorados por la literatura y el cine de terror. Creo que para darle una cierta vitalidad al género convendría explorar otras opciones, quizás más urbanas, menos aristocráticas (casi todos los protagonistas del libro son escritores, artistas, duques, estudiantes de Eton... ¿Es que el terror no le puede afectar a un plomero de Bristol o a una camarera de Torrevieja, por ejemplo? ¿Es que el terror no puede esconderse en la cañería del váter de un McDonalds?

Lo que quiero decir es que quien lea Sic transit se lo pasará bien, estará entretenido en el tiempo que dure la lectura (en mi caso, un viaje de avión que se me hizo mucho más corto gracias a este libro); pero probablemente no habrá descubierto nada nuevo sobre el mundo, sobre la literatura ni sobre sí mismo en el proceso.