martes, 6 de octubre de 2015

Teru Miyamoto: El río de las luciérnagas

Idioma original: japonés
Título original: Hotarugawa
Traductor: Jesús Carlos Álvarez Crespo
Año de publicación: 1977
Valoración: Muy recomendable

Hay algo maravilloso en la forma simple, exacta y poética de contar que tienen los escritores japoneses: uno lee a Mishima, a Kawabata o a Miyamoto (nótese que no incluyo a Murakami en la lista) y se siente ante la presencia de algo hermoso, de una obra de arte. Quizás el truco consista en las descripciones de la naturaleza, o en la creación de personajes casi arquetípicos pero no desprovistos de complejidad, o en el placer de leer historias de la vida cotidiana sobre las que se cierne un aire de tragedia inminente. Quizás también ayuda, es verdad, el exotismo de una cultura ajena y lejana que se hace evidente a través de las palabras que traductor no ha podido o no ha querido traducir...

Es esta la tradición narrativa en la que hay que leer El río de las luciérnagas, un volumen compuesto por dos relatos largos (o novelas cortas): "El río de lodo" y "El río de las luciérnagas". Entre ambos relatos, que fueron publicados en el mismo año de 1977 separadamente, y un año después como libro, hay algunas semejanzas evidentes: la importancia de los niños como protagonistas y observadores, el despertar del amor y la sexualidad, las difíciles relaciones familiares y también, claro, la presencia del río, que permite la vida pero que al mismo tiempo también puede causar la muerte.

Me resulta difícil elegir uno de los dos relatos, si es que tuviera que hacerlo: "El río de lodo" cuenta la relación entre Nobuo, hijo del dueño de una taberna de udon, y Kiichi, que vive en una casa flotante con su familia de dudosa reputación; "El río de las luciérnagas" nos habla de la familia de Tatsuo, un adolescente enamorado de su amiga Eiko, que se enfrenta a la posibilidad de la pobreza al sufrir el padre una hemiplejía que lo deja paralizado e inútil.

Pero estos resúmenes no alcanzan a dar idea de toda la riqueza de historias e imágenes que pueblan estos relatos. En las primeras páginas de "El río de lodo", por ejemplo, un carretero que está pensando comprarse un camión muere aplastado por las ruedas de su propio carro; en el mismo relato, Nobuo tiene pesadillas con los gusanos que viven en el lodo del fondo del río; en "El río de las luciérnagas" los padres de Tatsuo escuchan melancólicos a una mujer ciega que toca el shamisen, y la escena final es simplemente sobrecogedora. Y de fondo, también como constante en los escritores japoneses de la segunda mitad del siglo XX, aunque sea de forma sutil el recuerdo traumático de la guerra y la forzada modernización del país (el padre de "El río de lodo", por ejemplo, está pensando en dejar el restaurante para abrir un taller mecánico en Niigata).

Leer libros como El río de las luciérnagas reconcilia con la belleza del oficio de narrar: con sencillez, con atención al detalle, con espíritu poético. No hacen falta grandes artificios para sumergir al lector en un universo narrativo del que no quiere o no puede salir cuando termina la última página.