jueves, 5 de febrero de 2026

Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López: El Eternauta

Idioma original: español
Año de publicación: 1957-1959 por entregas en Hora Cero Semanal
Valoración: muy recomendable 

Hablando con mi estimado Oriol me di cuenta de que El Eternauta aún no estaba reseñado. Primero pensé en la locura que suponía eso, luego presupuse cierta integridad de no querer reseñarla luego de la popularidad inmediata y mundial que tuvo la serie, y por último pensé: "bue, tocará que el argentino del grupo reseñe las obras de su país". Por suerte, soy un tipo puramente objetivo, que jamás incurre en lo banal ni en lo puntilloso y todas esas monsergas.

Voy avisando, de antemano, que no tengo ni idea de dibujo, por lo que no podré comentar, como hacen mis demás compañeros, la calidad de los trazos de Solano López ni su estilo opresivo. Lo único que puedo mencionar es que esa aura de guerra fría (y a la vez el inicio del desarrollismo en Argentina), donde todo se veía apagado y reticente, se logra perfectamente en la historieta. Muchas veces los personajes o monstruos no están del todo bien definidos (la contraposición entre blanco y negro, sobre todo considerando que gran parte de la historia transcurre en la noche y bajo un manto de "nieve" tóxica, ayuda lo suyo) y sin embargo, con pocos trazos, se reconoce a cada uno de ellos. Realmente da esa sensación de que, en el desconocimiento, somos todos extraños, pero apenas nos identificamos con unos mínimos rasgos las caras se vuelven humanas. Por ejemplo, el protagonista, Juan Salvo, pareciera cambiar constantemente de estructura facial, y aún así permanece como el mismo. En cambio, el que vendría a ser el Sancho Panza de esta historia, Favalli, un físico sumamente lógico y encargado de que no se mueran los personajes en cada panel, tiene un dibujo sólido, casi como el único vestigio de la racionalidad. Es difícil de explicar, pero ese trazo que envejece a los personajes funciona muy bien en la historia: cada paso que dan son mil años de estrés y miedo no solo hacia la invasión, sino al otro humano, al que se supone que te tiene que dar la mano. Por otro lado, cuando la esperanza refresca las caras, el cambio es abrupto; la más mínima sonrisa, aunque sea de resignación, nos trasmite todo lo bueno que podemos dejar en este mundo. No pondré paneles para no arruinar la historia, porque considero que vale mucho la pena, pero dejo uno cerca del principio como muestra:

La historia en sí arranca a finales de los años cincuenta en Vicente López, perteneciente al Gran Buenos Aires. Salvo, Favalli y un par de amigos más se encuentran jugando truco cuando de repente se corta la luz y se ve, en el exterior, una tormenta de nieve que demostrará ser mortal al instante, pues las ventanas de los vecinos se abren y la sustancia los mata con el mínimo roce. A partir de ahí surgen las preguntas lógicas: cómo llegó, quién más queda aparte del grupo, cómo pertrecharse y sobrevivir, etc. Fabrican los icónicos trajes que aíslan la piel y salen en búsqueda de recursos y personas.

Luego de constatar que hay sobrevivientes y que no todos son buena onda (magistral Favalli exponiendo la idea de que cada uno se cuida solo como puede, lo que genera una incomodidad patente ante el hecho de prepararse para matar a tus vecinos), se descubre, mediante trasmisión de radio, que el ejército está reuniendo a los que escaparon de la nieve para reacomodarse. Cuando se reúnen y empiezan a discutir el origen de la nieve, se cruzan con una especie de bichos (Los Cascarudos) que manejan cañones láseres muy efectivos, por lo que rápidamente se da la primera batalla, resultando vencedor el bando humano. Esto genera un sentimiento de superioridad no compartido por Salvo y Favalli, que creen que los bichos son apenas la primera línea de fuego. A esa dupla se le suma Pablo, un nene de once, doce años, que se anima a enfrentar lo que ocurre, y Franco, un joven dispuesto a todo y con una valentía superadora; siempre sabe qué hacer, no pierde la cabeza y se le ocurren las soluciones más ingeniosas para escapar de situaciones límites.

A partir de ahí la trama se acelera y mejora: hay una consecución de ataques por parte de los invasores, que deja en evidencia la escasez de los recursos militares de los humanos, y una serie de escenas épicas: la batalla en la cancha de River, la aparición de Los Manos, la especie que lidera a los bichos y se muestra dotada de una inteligencia y propósito superior, de quien nosotros pensamos que son los villanos para terminar descubriendo, mediante un monólogo sobrecogedor por parte de uno de ellos (que es lo que empieza a distinguir la obra como algo genuino) que los verdaderos invasores son Los Ellos. Ese monólogo justifica por sí el libro. Es de una potencia sublime en términos argumentales como emocionales. Contiene tanta tristeza en los cambios de los rasgos de El Mano y en sus palabras que inmediatamente sentimos empatía por quien era el peligro hasta hace un momento. Una de las fortalezas de El Eternauta es que jamás se describe ni se revela el aspecto de Los Ellos, jamás los vemos hablar o tomar una acción indirectamente, y sin embargo, el terror que ocasionan a las especies subordinadas es suficiente para que al lector lo invada la misma sensación.

La historieta trasmite muy bien ese sentimiento de desolación, de pérdida de solidaridad entre los humanos cuando las cosas se ven imposibles de enfrentar y a la vez del arrojo, valentía y bondad que alcanza nuestra especie si tenemos alguien a quien apoyar y proteger. Las reflexiones de Salvo, ante la acción de cada personaje en un momento crítico, barnizan la necesidad de seguir resistiendo. La idea del héroe común, muy señalada (incluso entronizada) por todos los críticos (aunque no es novedosa; El señor de los anillos parte de la misma idea), es efectiva, ya que Salvo no tiene habilidades especiales, más allá de cierta integridad que lo hace dar siempre un paso al frente, pero en cada panel su destino se salva por la fuerza y la protección de otros personajes más capacitados. La desolación mencionada se aligera de vez en cuando por la ironía de los personajes, muy nuestra, ante cada proposición ilógica o simplemente exhibida por las ganas de romper las bolas un rato. Por otro lado, también está marcada la presencia del invasor, que en Argentina/América Latina es un concepto muy presente debido a las distintas intervenciones ideológicas/económicas/armadas cada vez que algo se corría del patrón. Oesterheld lo encara por el lado de que buscan mano de obra para convertirlos en Hombres-Robot y mandarlos a trabajas a las inframinas de su planeta. Los Ellos funcionan como ese ente indefinible, dueño de un poder difícil de contrarrestar, y no es sorprendente que Oesterheld haya cambiado la idea (e incluso de estilo gráfico) de El Eternauta a lo largo de la historia (real); en la nueva versión de la década de los 60, las potencias entregan a América del Sur a los invasores para salvarse (aunque prefiero la idea original, la de un remoto país que tiene que hacerse cargo de la salvación de la humanidad, sobre todo porque la abstracción de Los Ellos funciona incluso mejor ahora, donde hay muchas trampas dispuestas y la mano de quien las coloca se difumina).
 
Lo que me impide darle un imprescindible (aunque en términos históricos lo sea) es el principio y final de la historieta. En las primeras páginas aparece el Eternauta frente a Oesterheld, y en una jugada metaliteraria (que se refuerza con la aparición de Mosca, un historiador medio cobarde, medio alocado, que registra todo para contarlo en un futuro), le relata la historia que se narra a lo largo del libro. El problema es que la elección del narrador (en primera persona) elimina toda sorpresa de quién será el Eternauta. Entiendo que muchos también se dieron cuenta (es imposible no hacerlo) y que la curiosidad pasaba por ver cómo se había convertido en el Eternauta, pero esa cuestión se entronca con el problema del final, un final algo dudoso en términos de conveniencia. No lo voy a explicitar, pero que al Eternauta le suceda lo que le sucede en las últimas páginas, y que se convierta en un ciclo sin fin (o no, se sugiere una posible acción) da cuenta de un terror infinito, es cierto, pero también resta muchísimo a la potencia y desesperación de las escenas finales. Me recuerdo leyéndolo emocionado y bajonéandome ante la resolución. Pareciera que Oesterheld no se animó a ir al fondo con la historia (o no quiso que la desolación fuera total) y termina utilizando conceptos, muy novedosos para la época, como la cuestión de los múltiples universos, que deshilvanan la emoción de la historia. Pero es de las pocas apreciaciones con las que me siento inseguro, porque entiendo lo que quiso hacer y es una lástima que no me causara el efecto deseado. De todas maneras, es una historieta clave en la ficción argentina y propulsora de la ciencia ficción latinoamericana, con ideas relevantes para el momento, muchas de ellas planteadas anteriormente por encima, y, sobre todo, con una calidez humana hacia el grupo que acompañamos que hace que la leamos con el miedo a que termine y se acabe una gran historia.

La edición que leí pertenece a una colección de la Biblioteca Clarín. Prefiero mil veces la portada de las nuevas ediciones, más elegante y contenida (aunque la mirada toda pixelada de Juan Salvo de mi ejemplar me perturba un poco), pero el formato libro de esta colección gana mucho respecto a la horizontalidad de leerlo como historieta. Lo malo es que tiene una letra tan diminuta que te revienta la cabeza en varias ocasiones por la ingente cantidad de bloques de texto con muchos diálogos y reflexiones.

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