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sábado, 9 de mayo de 2026

Gaea Schoeters: El trofeo

Idioma original: holandés
Título original: Trofee
Traducción: Maria Rosich en catalán para Empúries y Gonzalo Fernández Gómez  en castellano para Seix Barral
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable


Hacía tiempo que no leía un libro de aventuras en el sentido más tradicional del término (me atrevería a afirmar incluso que no lo hacía desde mis años mozos con esos page-turners de Wilbur Smith y sus exploraciones por África). Pero el tiempo ha evolucionado, también la literatura, al igual que un servidor, y aunque el género de aventuras puede ser interesante para una escapada mental, también está bien pedirle algo más a una obra. Y aquí es donde entra este libro de la autora belga Gaea Schoeters que ofrece una interesante intersección entre el enfoque más tradicional de las novelas de aventuras y los valores actuales de la sociedad. Vayamos a ello.

La novela empieza situándonos en un país del continente africano, en el que Hunter White (nombre que ya de por sí es una declaración de intenciones) ha viajado para cazar un rinoceronte negro con el objetivo de ofrecérselo a su mujer como regalo por su aniversario de bodas, pues es una coleccionista de trofeos de caza y él, un apasionado a la cinegética. Para conseguir tal propósito, lleva organizando este safari desde hace un par de años; una tarea nada fácil, pues obtener tal licencia de caza no es algo trivial ni al alcance de cualquiera. Pero para los blancos acaudalados pocas cosas no pueden conseguirse con dinero y menos aún en países que traviesan dificultades económicas de manera que el escenario elegido es idóneo pues, para Hunter, «África es una gran reserva natural creada por Dios para complacerle (…) África es su parque temático, su territorio de caza. Nada más». Así que, una vez organizado el viaje, se desplaza al lugar donde se encontrará con Ven Hereen, compañero de caza desde hace dos décadas y con quien tiene una longeva amistad, para conseguir tal preciada pieza.

Arrancada ya la lectura con esta premisa inicial, en menos de cincuenta páginas ya tenemos trazado el escenario, los principales personajes protagonistas y también el estilo de Schoeters: un estilo sobrio, descriptivo pero sin accesos que invita al lector a sumergirse en la historia que nos narra. Una historia de inseguridades, de debilidades, de aventuras, de desafíos, de riesgos y de toma de decisiones. La autora evidencia talento y muestra su capacidad a la hora de escribir, de manera firme, sin dudas, sin titubeos. El ritmo es alto, constante e interpela al lector desde la superioridad ostentosa de Hunter, alguien que tiene toda la vida bajo su control, que ejerce su supremacía de manera cotidiana y que, justamente por ello, se encuentra en su escenario predilecto: la caza. Una afición que le permite reafirmarse en sus sensaciones y devolverlo a sus orígenes más primarios y que evidencia al aseverar que «un animal disecado, especialmente si se trata de una ejemplar grande, despierta una pasión ancestral en la gente. Les recuerda la victoria de los humanos sobre la vida salvaje, la domesticación de los indomesticables» y, con ello, también la sensación de poder, pues adentrándose en tierras vírgenes, «el paisaje no le inspira humildad, al contrario: la sensación de ser el primero le provoca una gran excitación. Lo que siente es la euforia del descubridor o del pionero: la consciencia de apropiarse de este territorio solo por el hecho de entrar en él». Pero, en tal estado de embriaguez testosterónica y cuando las pulsaciones se disparan, cuando la adrenalina aumenta en medio del salvajismo propio del fragor de la caza en un terreno hostil, áspero y de violenta tensión, la frontera entre lo ético y lo instintivo se diluye; en esos momentos, en esos terrenos, todos son animales y las jerarquías y las pirámides evolutivas se difuminan y los instintos primarios asoman cuál presa despistada que olvida su lugar en el mundo.

De esta manera, y con esta propuesta argumental, la autora ha escrito un libro en el que rápidamente la crítica toma relevancia y pasa al primer plano, una denuncia que ataca diferentes frentes en torno a un mismo aspecto: la supremacía (económica, territorial, étnica, etc.) a la vez que enjuicia también las corruptelas de los gobernantes de los países africanos en cuanto a la caza y sus leyes y permisos. Y por ello creo que es importante destacar que, a pesar de que este libro pueda ser del agrado de cualquier lector al que le interesen los libros de aventuras (porque es cierto que en gran parte gira en torno a la caza de los animales), quedarse únicamente en este aspecto sería reliazar un análisis muy superficial y frívolo, porque realmente el libro trata sobre el poder, la dominación, los instintos y la necesidad de conseguir los objetivos propuestos, pero también sobre las expectativas, las esperanzas, la lealtad, la confianza en uno mismo y en los otros, los recelos, los ajustes con el pasado y con la propia idea de quien es uno mismo. De esta manera, aunque bien es cierto que las personas que aman o a quienes les gustan los animales les puede suponer un reto leer un libro con esta temática, Schoeters sabe utilizar sus herramientas para conseguir mantener la atención sin posicionarse en exceso a favor o en contra de tales aficiones; el libro es entretenido porque la autora sabe mantener la tensión narrativa en todo momento a la vez que nos expone en dicotomías éticas en las que no siempre hay una decisión sencilla, sin obviar también que tiene algunos puntos débiles que podríamos encontrar en ciertos episodios (especialmente al final del libro) en los que la autora se recrea en exceso en episodios oníricos y en pasajes donde el protagonista rememora momentos de su pasado que alargan en exceso la escena final de un relato que mantiene el interés durante todo el recorrido y al que únicamente quizás una trama argumental más definida la hubiera ayudado a redondear el resultado. Con todo ello, el libro sabe utilizar la trama de una típica novela de aventuras para lanzar un cuestionamiento constante sobre la ética de las decisiones humanas y, así como el protagonista se encuentra en los márgenes de la civilización y lo salvaje, Schoeters busca la frontera entre lo que es éticamente aceptable y lo que es altamente cuestionable deslizándose así en un equilibrio entre lo ético y lo moral en el que la visión que se tiene desde un lado y desde el otro son diametralmente opuestas y no siempre constantes.

Para terminar, afirma la autora en boca de uno de los personajes que, «tu moral occidental es un producto de lujo para quien se lo puede permitir. El resto del mundo tiene que conformarse con el pragmatismo». Así que, a pesar de que podríamos afirmar que estamos en el terreno de la ficción, no parece que estemos tampoco tan lejos de la realidad. Desafortunadamente.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Georges Simenon: La muerte de Belle

Idioma original: Francés
Título original: La morte di Belle
Año de publicación: 1951
Traducción: Núria Petit
Valoración: Recomendable

La apacible vida de Spencer Ashby, maestro de escuela en una pequeña ciudad, se desmorona cuando Belle Sherman -hija de una amiga de su esposa a la que el matrimonio hospedaba desde hacía un tiempo- es asesinada en su casa. Al ser declarado sospechoso en la investigación, este hombre ingenuo, tímido y algo acomplejado conoce de primera mano la humillación de los interrogatorios policiales a la vez que es víctima del ostracismo y la hostilidad al que le somete su comunidad.

Esta es la premisa de La muerte de Belle, novela breve que funciona en tanto que atípico "thriller" judicial y logrado estudio de personaje. Digo atípico "thriller" judicial porque no le interesa resolver quién ha matado a Belle, sino describir las consecuencias que este acto tiene; digo logrado estudio de personaje porque describe la intrincada psicología de Spencer de manera minuciosa y verosímil, pero siempre dejando margen para la sorpresa.  

De La muerte de Belle destacaría: 

  • La atención al detalle de que hace gala su prosa.
  • La caracterización y evolución de su protagonista.
  • La oblicua relación que mantiene éste con su esposa.
  • El retrato de las dinámicas sociales llamémoslas provincianas.
  • La subtrama de Sheila Katz y sus implicaciones.
  • El sobrecogedor desenlace. 

Por todo lo expuesto, me atrevo a decir que La muerte de Belle es un clásico. Un clásico que recuerda al Wild de Tom Sharpe mezclado con El proceso de Franz Kafka. Un clásico que, estoy segurísimo, gustará a los amantes de la obra de Patricia Highsmith.


También de Georges Simenon en ULAD: Aquí

martes, 21 de junio de 2022

Patrick Radden Keefe: El Imperio del Dolor


Idioma original: inglés

Título original: Empire of pain

Año de publicación: 2021

Traducción: Albino Sánchez , Francesc Pedrosa, Jesús Negro

Valoración: casi imprescindible


El Imperio del Dolor es una crónica.

El Imperio del Dolor es , eso proclama la portada, la historia secreta de la dinastía que reinó en la industria farmaceútica. O esa, la de la familia Sackler, la portada elude nombrarla, una familia dedicada a la fabricación de medicamentos, que empieza a dedicarse a ello en las primeras décadas del siglo XX y que acumula éxito tras éxito hasta amasar, alguien aludiría al sueño americano, una enorme fortuna, fruto de su creatividad, de su innovación, del esfuerzo combinado de sus propietarios y de sus empleados.

Bueno, también de la agresividad de su política comercial y de su adaptación a la legislación vigente. Ese es el pequeño pero: que el hambre por vender es prácticamente imposible de saciar. Y si hay que obviar ciertos detalles o maquillar la información para que un medicamento registre una demanda exorbitante, pues parece ser que los Sackler procedieron en consecuencia, parece que con pocos escrúpulos a la hora de valorar que, en vez de ayudar a sus usuarios a mejorar su salud, en realidad la estaban empezando a empeorar.

El Imperio del Dolor es una historia de terror.

Porque el ciudadano de a pie tiene derecho, cuando acude a la farmacia con la receta de un medicamento, a saber a todo lo que se expone consumiendo lo que un médico le ha recetado, estando informado de todos los riesgos. En especial, si ese medicamento ha de paliar los dolores de alguna enfermedad terminal o crónica. Y parece que los Sackler (que eran médicos a la par que empresarios) decidieron sacrificar esa premisa a costa de llenarse los bolsillos. Entonces, ¿cómo inicia uno un tratamiento cualquiera sin saber qué le espera para satisfacer la codicia de la industria ávida de facturación y beneficios? ¿No podemos fiarnos del regulador, del prescriptor, del fabricante, del vendedor?

El Imperio del Dolor es un estudio sociológico.

A costa del cacareado debate de la legalización o no de las drogas. El OxyContin (fármaco protagonista de la narración, junto al Valium) lo recetaban los médicos, muchas veces en dosis crecientes, pues sus efectos se atenuaban con las tomas. Era una sustancia legal, controlada, producida bajo supervisión. Pero sus efectos eran los de una droga. En todos los términos. Al igual que hoy con el fentanilo, hay una larga lista de personas (encabezada por celebridades, inacabable) que sucumbió a sus efectos. No solo los zombies de los videos de Kensington Ave. Gente que ni se hubiera acercado a un camello en sus peores sueños entregados a sus efectos aniquiladores de la realidad. Sin posicionamiento sesgado, esa es la fatal realidad de un experimento con casos reales: entrégale a la gente un poderosos narcótico producido con eficacia y seguridad. Déjalos decidir por sí solos. Pues vaya, miles de muertos. Vaya.

El Imperio del Dolor es un reportaje de denuncia.

Pues claro, el capitalismo y sus resortes son avasalladores. Puedes anunciar un medicamento enormemente peligroso como si fueran caramelos a la puerta de un colegio. Puedes activar los resortes de las políticas de marketing (encontrar nichos de mercado, promover económicamente la venta masiva, entregar muestras gratuitas para captar mercado) para maximizar su impacto comercial. Si sus efectos adversos empiezan a ser conocidos, desacreditar o poner en duda a quien lo divulga es válido. Ni juramento hipocrático ni narices. Lo primero, tu bolsillo. Si hay arrepentimiento, ya haremos declaraciones grandilocuentes, ya realizaremos donaciones, ya buscaremos las influencias necesarias para emblanquecer la imagen, y a una mala siempre está lo de borrar las pistas.

El Imperio del Dolor es una novela de suspense

Aunque uno intente tener confianza en las instituciones y en la justicia, la familia Sackler genera recursos sin fin que le pueden asegurar - sobre todo con abogados caros y eficaces - salir indemnes del caos social que han organizado. A partir de cierto punto, conforme el avance de la prensa y las investigaciones sigue su curso, uno empieza a preguntarse si, con los argumentos abrumadores que se acumulan, estaremos ante la enésima ocasión en que las grandes corporaciones (y sus CEO, y sus accionistas mayoritarios) se salen de rositas gracias a su influencia, su tamaño o esos perversos acuerdos extrajudiciales. La respuesta a esa pregunta te sorprenderá.

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Quiere la casualidad que alterne la lectura de El Imperio del Dolor con la de algunos artículos de Anna Politkovskaia (periodista asesinada por su postura disidente) y con el visionado de Succession (serie de HBO sobre los avatares de una familia de super millonarios) y todo ello refuerza la importancia de este exhaustivo, bien documentado (cien páginas de referencias) y excelente estudio que - y me he dejado alguno - opera a tantos niveles. A cambio de dinero - los bonus, las comisiones, las donaciones, los sobornos, las influencias - todo vale. Incluso desviar la atención y argumentar que aquellos que se engancharon al OxyContin hacían un mal uso del medicamento, incluso erigirse una empresa poderosa como víctima ante un escuadrón de yonkies que se hubieran enganchado, que hubieran muerto de consumir cualquier otra cosa. Setecientas son muchas páginas, sí, pero los datos son objetivos y las piezas encajan. Estados Unidos padece una severa epidemia de opioides y ello no hubiera sucedido sin el OxyContin. Radden Keefe apenas aporta juicio u opinión propia. Lo explica, con prosa dinámica y eficaz. Como en otros muchos casos, siempre se puede mirar hacia otro lado. 


También de Patrick Radden Keefe en ULAD: No digas nada

miércoles, 20 de abril de 2022

Georges Simenon: La prometida del señor Hire


Idioma original: francés

Título original: Les fiançailles de Monsieur Hire

Año de publicación: 1933

Traducción: Mercedes Abad

Valoración: se deja leer


"Si le hubiera preguntado a mis clientes, me hubieran pedido caballos más rápidos". Sirva la paradigmática frase pronunciada por uno de los pioneros de la industria automovilística como ejemplo de que, también en literatura, incluyamos el género negro o policiaco, el simple avance producto del progreso de la masa lectora, relega con crueldad aquellos textos anclados en situaciones que ya suenan, diría, añejas o hasta superadas. Me permito un pequeño inciso: mi valoración alternativa para esta novela hubiera sido bisoña o ingenua o incluso (aunque odio la palabra) entrañable. De hecho, mi decisión de lectura viene de su condición de ejemplo de narración en línea recta en el sentido de coherente, secuencial, sin flash back, sin evocación, y desde luego lo es absolutamente, pero desde luego considero esto muy lejos de tratarse de una virtud, quizás lo fuera en su momento, pero a estas alturas me ha parecido algo cercano a lo exasperante, por su obviedad y previsibilidad.

Esta novela, al margen de las correrías del comisario Maigret que hicieron famoso a su autor, dispone de un argumento sencillo y asequible. La policía investiga el salvaje asesinato de una joven en un barrio de París. El sospechoso principal es el tal señor Hire, un hombre de aspecto levemente caricaturesco que lleva una existencia anodina entre su extraño trabajo captando a incautos a los que promete un sobresueldo y sus actividades más inhabituales: cuando llega la noche observa desde su ventana a una mujer, una criada que se despoja de su ropa en su habitación, consciente de estar siendo observada. Los inspectores de policía siguen indisimuladamente a Hire a la espera del mínimo error que permita incriminarlo, interrogan a la portera de su casa, en fin, llevan a cabo una investigación bastante tosca ubicada en esos distritos de los primeros años 30, sin más implicación en el uso de los escenarios que encontrar una ubicación: ni un conato de crítica social en esa vida, esas relaciones de pareja algo perversas, los prostíbulos, la vida en la calle dominada por la curiosidad y la inquietud entre la gente que quiere que se detenga al autor del crimen.

Y eso sería todo, avanzar más en la trama sería desnudar a la novela en todo su simple esquema, con una solución algo ingeniosa aunque binaria. Un ejercicio que cualquier lector promedio de hoy en día resolvería en minutos. No creo que sea un sacrilegio proclamar que esta, por ejemplo, o muchas novelas de Agatha Christie, son meros artilugios literarios solo unos centímetros por encima de los folletines, con una loable intención de entretenimiento pero, décadas después, sin el mínimo logro literario o ya no digamos el menor conato de innovación, y aunque la falta de pretensiones puede despertar algún tipo de condescendencia por parte del lector comprensivo o con buena actitud, pero a poco que uno exija un mínimo de estímulo (y no hace falta correr a leer el Finnegan's Wake) debo inclinarme por no recomendar en absoluto, ni por mera curiosidad, perder el tiempo con este tipo de novelas a las que el tiempo (nueve décadas son una absoluta eternidad para el caso) ha pasado factura de forma cruel e implacable.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Jacqueline Harpman: Yo que nunca supe de los hombres

Idioma original: francés
Título original: Moi qui n'ai pas connu les hommes
Traducción: Alicia Martorell (ed. en castellano) / Anna Casassas Figueras (ed. en catalán)
Año de publicación: 1995
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Parece que últimamente mis lecturas tratan sobre distopías, pues hace poco me sorprendí con «La pared», de Marlen Haushofer, y ahora con este inquietante libro de Jacqueline Harpman. Y ambas novelas guardan similitudes en cuanto a enfoque, pues parten de una situación inicial sorprendente y desconcertante, sin explicación posible ni sentido aparente; estilísticamente también hay semejanzas, pues ambos relatos son escritos sin pausas ni capítulos y están narrados desde una sobriedad que se aleja de buscar el impacto fácil. Interesantes lecturas ambas, que dejan señales a su paso por nuestro recorrido lector y que podrían entenderse desde una concepción opuesta entre ellas, pues allí donde «La pared» trataba de la adaptación de la protagonista ante la incertidumbre, aquí podríamos decir que Harpman busca el inconformismo frente a la situación en la que se encuentra. Ya lo dice la autora en las primeras páginas al afirmar que «mi memoria empieza con la ira»; una ira que la protagonista utiliza para romper el inmovilismo y la resignación a la que la tensa situación podría someterla.

La protagonista de la historia y narradora en primera persona, se nos presenta de entrada en un estado mental que tiende al desánimo, a la nostalgia, a la autoconsciencia de quien echa la mirada atrás para ver qué ha sido de su vida, afirmando con pesar que «he dedicado toda la vida a no sé qué que no me ha hecho feliz» en «esta libertad vacía donde he pasado la vida», admitiendo también, de manera abatida, que «soy la única que puedo decir que el tiempo existe, pero me ha pasado por encima sin que lo sintiera». Y se confiesa con estas reflexiones desde lo que auguramos como un entorno de extrema soledad, aislamiento y desamparo, reconociéndose como alguien de carácter duro, insensible, frío, dándose cuenta, quizá algo tarde, que sí, que tiene emociones y sentimientos, pues de golpe, «estremecida por los sollozos, no tuve más remedio que reconocer, muy tarde, demasiado tarde, que podía sufrir y que, a fin de cuentas, era humana». Ella que «había visto como las mujeres temblaban, lloraban, chillaban, pero yo me sentía ajena a su drama» se encontraba de repente reconociendo, al recordar a una de sus compañeras, que «sentí un desgarro inmenso, estallé en sollozos. Nunca había llorado».

En este escenario, la protagonista nos explica sus recuerdos más lejanos, cuando en edad prepúber se encontraba encerrada en un sótano con otras mujeres, antiguas obreras, mecanógrafas o dependientas, en un lugar inhóspito, limitado y cerrado donde el día a día se resumía en las actividades vitales como comer, dormir y poco más. Allí se recuerda tiempo atrás, encerrada con otras treinta y nueve mujeres desconocidas entre ellas, en una jaula sin paredes, siempre visibles, siempre expuestas, siempre exhibidas en una habitación fría sin muebles ni separaciones, siempre observadas y vigiladas por seis carceleros. Sin opciones de salir, sin opciones de intimidad ni privacidad, sin contacto permitido, tratadas como sujetos únicos individuales, aislados pero juntos, y sin ningún elemento que pudiera romper la estricta rutina impuesta por sus vigilantes. 

Encontrándose en esta jaula, siendo alimentadas (lo justo) con agua y comida, lo básico en cuanto a las necesidades físicas, lo mínimo en cuanto a satisfacer las necesidades emocionales. Sin explicación ni apenas recuerdos, encerradas dentro de una jaula y en sí mismas. Sin noción del tiempo ni de la vida, ni exterior ni tan siquiera sobre la propia, olvidada y sin pasado. No sabemos nada de ellas, ni ellas mismas lo saben o al menos no lo recuerdan, porque no pueden o porque no quieren. Tampoco se sabe por qué están aquí ni cómo llegaron a este aterrador destino. Y una anomalía de la protagonista respecto a las demás, algo que la hacía a sus ojos y a los del resto alguien diferente: ella era joven, muy joven, en edad prepúber; no tenía la regla, ni se suponía que nunca la tendría. Y eso la dejaba inicialmente escorada, emocionalmente apartada, fuera de un círculo muy reducido y aún más estrecho por las condiciones en la que se encontraban. 

Encerradas durante años en esta jaula, sin noción del tiempo, del clima o de las horas, sin saber cada cuando comen ni duermen, siempre vigiladas de forma estricta bajo la mirar de unos guardias que las amenazan con un látigo cada vez que no se comportan como deben; un látigo que actúa únicamente como amenaza, como elemento disuasorio. Y, cuando consiguen salir al exterior (esto es algo que se cuenta en la propia contracubierta, por lo que no revelo nada), aparece la incertidumbre pero también la sorpresa, la angustia, el desencaje en un mundo anteriormente conocido, pero ahora extraño y angustiante y la dificultad en encajar de nuevo en un entorno aparentemente lleno de posibilidades y libertad, algo aún más difícil para quien estaba habituado a ello y tuvo que olvidarlo, algo que la narradora expone, de manera precisa, afirmando en el momento de la liberación, que «a mí me sorprendía menos que a las demás, que habían nacido en un mundo donde las cosas tenían sentido. Yo solo había conocido la absurdidad».

Estilísticamente, el estilo de la autora es de una terrible sobriedad que endurece la narración, sin excesos ni florituras que alteren la percepción de la historia ni por exceso ni por carencia; un estilo ni bello ni acongojante, ajustando plenamente el lenguaje narrativo a la corta edad de la protagonista, ubicando mentalmente el relato en la preadolescencia y adaptando el lenguaje y la visión de lo que sucede a ese momento vital. La narración de la autora brilla en el aporte de información relativa al escenario en el que se desarrolla la acción, pero también en cuanto a la información que comparte, poco a poco, del mismo modo que la narradora descubre un mundo, su propio mundo, interior, donde las paredes no existen, donde los límites son móviles y difusos, siempre sujetos a la capacidad de la imaginación de quien se encuentra encerrado en ellos. La autora sabe transmitirnos perfectamente la sensación de soledad de la protagonista, el desacompañamiento y el aislamiento a la que es sometida por el resto de mujeres por un motivo en apariencia banal, pero terriblemente poderoso: el no querer explicar a las otras mujeres que es lo que piensa. Porque «puede que, asilada por mi edad y por las limitaciones que nos imponían, tenía, como las otras, la necesidad de crearme una ilusión donde meter la angustia». Así, algo tan básico como el silencio o un secreto se convierte, en las mentes de las demás, en lo más cobijado de todo: el hecho de que alguien sepa o piense algo distinto, algo propio, algo suyo en un entorno en el que nada poseen excepto una personalidad que pierde, cada día, cada momento, parte de su menguante individualidad. Ella es la excepción, la diferencia de espíritu y voluntad que la autora constata al afirmar que «las mujeres descubrieron que sobrevivir no era sino la manera de retrasar el momento de morir» y la decepción de descubrir que «había tanta esperanza cuando salimos del sótano, y luego esa disgregación, la renuncia progresiva a esperar nada, una derrota sin batalla que lo había sofocado todo» constatando que estaban «tan irreductiblemente encerradas al aire libre como detrás de la propia reja».

Sin revelar más del argumento, sí diré que la novela conmueve, impacta y estremece, por lo contado y por lo que apunta, pues hay ecos evidentes y paralelismos inquietantes con el nazismo (la autora judía huyó con sus padres durante la Segunda Guerra Mundial y parte de su familia fue deportada muriendo en Auschwitz) pues la absurdidad de la situación en la que se encuentran, sin vidas pasadas, sin aspiraciones ni sueños, con construcciones cárcel como lo fueron los campos de concentración causan ecos que resuenan en nuestras cabezas y al final uno se pregunta el porqué de todo ello, de que sirvió, que propósito había, que esperaban conseguir. 

La novela que ha escrito Harpman es un ejemplo de cómo narrar la dureza sin buscar el morbo, el exceso o la crueldad. La autora deja que sea nuestra imaginación quien añada todos esos elementos y narra sin juzgar, sin posicionarse, desde el relato en primera persona, pero con una distancia que permite que esa persona pueda ser cualquiera. No hay ni un punto en el que la autora se recree en el sufrimiento y, a pesar de la dureza de la situación en la que se encuentran las mujeres protagonistas, su desconcierto, su opresión y su desconocimiento del cómo y el porqué, aflora en el relato un aura vital que vence el desánimo. Sin caer en la monotonía a la que hubiera podido entregarse y abandonarse como muchas de las protagonistas hacen con sus esperanzas y pensamientos, Harpman mantiene la tensión narrativa y el interés con una prosa fluida y de alto ritmo narrativo y nos ofrece un relato que gira en torno al optimismo de quien nada conoce ni sabe, de alguien en quien las ganas por descubrir y entender vencen la resistencia de aquellas personas que, precisamente por conocer, viven apagadas anhelando un pasado que ya no volverá. Así, la protagonista ejerce de tabula rasa a partir de la cual escribir su futuro, sin conocimientos previos, sin apriorismos, sin expectativas, y convertir todos esos elementos en un ejercicio de superación, de atrevimiento, de cuestionamiento y de aprendizaje partiendo de la nada, que a veces es mejor que si se parte de malas costumbres o de vidas desaprovechadas.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Adeline Dieudonné: La vida verdadera


Idioma original: francés
Título original: La Vraie Vie
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable




¿Conocen a la escritora belga Adeline Dieudonné (1982)?
No se fíen. Es hija de un deportista famoso, el piloto de carreras Pierre Dieudonne. Los aficionados –yo no lo soy– sabrán de quién hablo.
Hasta ahora, su profesión era actriz de cine.
Sus entrada en el panorama literario es reciente y algo tardía: publicó esta, su primera novela, en 2018, y el año anterior escribió un par de cuentos que aparecieron en publicaciones periódicas.
La vida verdadera fue un éxito rotundo y obtuvo cerca de una decena de premios.
Sus protagonistas son niños: dos hermanos, chico y chica.
Algunos críticos la han catalogado como thriller (aunque a mí no me lo parece).
¿Autora novel, procedente de la farándula e hija de deportista de éxito, que publica por primera vez ya avanzada la treintena, quizá excesivamente premiada, y, para colmo, con una novela que habla de la infancia y que resulta ser un thriller?
Con estos antecedentes no daríamos un duro por ella. ¿O sí? Me dirán que ante todo hay que leerla y dejarnos de prejuicios. Así es. Las circunstancias que menciono, juntas o por separado, en absoluto merman la calidad de esta novela ni de la propia Adeline Dieudonné, una escritora cuyo debut ha sido magnífico a pesar de haberse internado en un terreno tan delicado y difícil como este.
Y ¿de qué trata la novela? Como todo argumento complejo, no aborda un único asunto: podríamos hablar de lucha, valentía, supervivencia, de amor fraternal a prueba de bomba, pero también de crueldad, de ambiente opresivo, de familias disfuncionales. O más bien de una sola, la compuesta por la narradora, sus padres y su hermano pequeño Gilles, a quien conoceremos con siete años y del que nos despediremos en plena pubertad. Quien nos habla solo le lleva tres años, al principio no es más que una niña, con la mentalidad, los sueños y la desbocada imaginación que corresponden a esa edad. Una niña con la mente muy despierta, a quien vemos madurar, rápida pero convincentemente, empujada por las circunstancias, y cuyos referentes propios de los 90 –los mismos de la autora– son tan conocidos y evidentes como Stephen King, Regreso al futuro o Parque Jurásico. Sin olvidar su obsesión por la ciencia.

“Pensaba mucho en Marie Curie. La sentía a mi lado. Siempre allí, en mi cabeza, hablando conmigo. La imaginaba observándome continuamente, indulgente y maternal. Estaba convencida de que, desde el reino de los muertos, había decidido sumarse a mi causa y convertirse en una especie de madrina para mí”.
 
Lo que narra el personaje es como un puñetazo entre los ojos del lector y las imágenes –así como algunas escenas tan memorables como bien desarrolladas– son todo lo despiadadas, crudas y sin concesiones que pueden imaginar al proceder de un testigo inocente, sincero y carente de filtros. En menos de doscientas páginas contemplamos el temprano aprendizaje de una vida en constante amenaza y sobresalto, así como los efectos -no tan desastrosos como era de esperar, e incluso alguno positivo- que psicopatía y misoginia pueden producir cuando lo que aterroriza se sublima y el objetivo vital no es otro que salvar a quien se ama del desastre.
No he querido empezar hablando de violencia para no ocultar con ella la enorme riqueza de matices, pero está presente en todo momento, aunque no siempre sea igual de visible. A este respecto habría que distinguir, en primer lugar, entre violencia implícita e explícita, también entre aquella que ocurre fuera o dentro del hogar familiar y, por último, la que transcurre ante nuestros ojos y aquella que se produjo mucho antes y de la que solo podemos contemplar sus efectos. Violencia explícita -no es difícil de entender- es la que explota, pero existe además una violencia soterrada constante que se traduce en silencio agresivo, desprecio, indiferencia por las personas del entorno, malos gestos, caras largas, en otras palabras: ambiente cargado de tensión. Fuera del hogar, un ejemplo sería el engaño a la adolescente idealista e inexperta, aunque en el momento de contarlo ella no sea consciente aún, o bien, el incidente del heladero, motor que pone en marcha la auténtica trama y cuyo origen no queda muy claro; en cualquier caso, sea provocado o no, produce una herida indeleble en lo más profundo de esos niños. En cuanto a las violencias del pasado, la más fácil de contemplar -aunque se intuyan otras muchas- es la ejercida años atrás contra Yaëlle -la mujer del profesor- para vengarse de su altruismo, y que podemos percibir claramente cada vez que ella aparece en escena.
El fondo del asunto es un drama, de acuerdo, pero vivido con tal positividad que emociona tanto como divierte. ¿Y qué hace la madre mientras tanto? Sobrevivir, volverse transparente, una actitud que saca de quicio a la protagonista. Solo empezará a entender lo que le ocurre, incluso a empatizar un poco, unos años más tarde, hacia el final de la novela, cuando el mundo tal como es empieza a tomar forma y la realidad acaba por imponerse sobre los esquemas propios de la infancia. Porque madurar antes de tiempo o ser una persona racional no significa volverse adulto de un día para otro, y esto, los tempos, aun siendo un elemento difícil de manejar, más aún en el ambiente que se describe, es resuelto con toda naturalidad y solvencia.
Llegamos al desenlace, una de las cuestiones más difíciles para un novelista. La tentación, siempre difícil de eludir, es recurrir al final abierto. La autora no lo hace: se moja (y no digo más). Otro mérito que no podemos negar al texto ni al talento de Dieudonné.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Katherine Angel: Daddy Issues

Idioma original: inglés
Título original: Daddy Issues
Traducción: Alberto Gª Marcos
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Quisiera avisar ya de entrada que es posible que esta reseña lleve a cierta polémica, pues el contenido del ensayo que nos ocupa se centra principalmente en la figura del padre y la relación con sus hijas. Y Katherine Angel analiza esta relación desde un punto de vista sociológico, cultural e incluso psiquiátrico con claras simpatías hacia las teorías freudianas.

Pongámonos en cualquier caso en antecedentes. Históricamente, y según apunta Angel, el patriarcado fue esencial en el discurso feminista de hace unas décadas, pero su universalismo fue en contra de su concepto organizativo, pues sugería una simpleza en el problema que únicamente requería una solución simple (cuando en realidad es mucho más complejo que esto). Igualmente, otro de los factores que jugaron en su contra en los noventa fue que las alusiones al patriarcado sonaban rancias; afortunadamente, hoy en día está resurgiendo esa mirada crítica hacia el patriarcado gracias a una serie de movimientos que cuestionan y critican la falta de igualdad intrínseca en esta construcción social.

El movimiento del #MeToo fue un aspecto clave en la sociedad para evaluar y analizar el sistema patriarcal que rige la mayoría de nuestros países. Y ese movimiento sirvió (y sigue siendo así) para criticar la figura de los hombres como personas dominantes en las diferentes esferas sociales, desde la académica, a la empresarial o incluso a la familiar. Y es cierto que, con el movimiento, irrumpió una oleada feminista con historias de abusos por parte de los hombres hacia las mujeres, pero no deja de ser también cierto que esa mirada crítica iba dirigida principalmente hacia las relaciones profesionales o sentimentales. Pero… ¿qué sucede con los padres?

Porque no nos engañemos, se critica a las parejas, los amigos, las ex parejas, pero, ¿qué ocurre con la figura paterna? ¿Debe ser ajena a esta mirada crítica? Porque la realidad es que se ensalza en exceso la labor de los padres en el cuidado de los hijos, y la autora, de manera categórica afirma (y creo que sabiamente) que la adulación que recibe un padre cuando se encarga de la crianza de un hijo le envuelve de un halo de santidad, mientras que si quien realiza esa tarea es la madre pasa totalmente desapercibida. Así, afirma que «una madre activa es una madre, mientras que un padre activo es un santo». Ahí aparecen los daddy issues, los traumas relacionados con el padre, que ejerce un influjo inevitable y, según la autora, «perturbador tanto si reivindica como si rechaza el rol patriarcal que le ha concedido la historia.»

Angel incide en el aspecto de que el padre es el gran olvidado cuando se recriminan actitudes machistas, y pone como ejemplo a Ivanka Trump y la relación sexualizada que su padre mantiene con ella a quien evalúa, admira y objetifica como a cualquiera de esas otras mujeres a las que «agarraría por el coño» (y discúlpenme la literalidad de la cita). Ivanka calificó esta frase de Trump como «claramente inapropiada y ofensiva», aunque añadió que «mi gran consuelo es que conozco a mi padre». Trump por su parte declaró que «de no ser hija mía, a lo mejor saldría con ella» y afirma que «yo contribuí a crearla. Ivanka. Mi hija, Ivanka. Mide un metro ochenta y tiene un cuerpo espectacular». Y, en esta ejemplificación de relaciones tóxicas, aunque dejando de lado la atracción física, también pone como ejemplo al padre de Meghan Markle que declaró, respecto a su hija, que «lo que me saca de quicio es su aire de superioridad. Si hoy en día es duquesa, es gracias a mí. Todo me lo debe a mí». Así, al igual que Trump se apropia de los atributos físicos de su hija, Markle se apropia de la identidad y los logros de la suya.

De esta manera, con estos dos ejemplos, Angel pone el foco en dos aspectos clave de los daddy issues; por una parte, «un concepto muy arraigado en la cultura: la asunción de que debe establecerse una suerte de relación amorosa entre un padre y una hija», como «un acuerdo de adoración mutua». Por otra parte, la apropiación de las cualidades o atributos de los hijos.

Esta especie de relación amorosa (y poned las comillas que consideréis), es tratada de manera muy acertada por la autora utilizando como base de su análisis una parte del guion de la película «El padre de la novia» donde el padre sintetiza en un monólogo el crecimiento de su hija desde pequeña hasta que se casa y los sentimientos de supuesto proteccionismo hacia ella, cuando en realidad no es más que la pérdida del poder hacia ella, su sexualización, y la pérdida de distancia respecto a su antiguo yo viril, convirtiendo a su hija en la que probablemente fuera la chica de sus sueños. Así, en la boda de la hija el padre se da cuenta de que «la ha perdido y qué será de su vida» desplazando con esta reflexión a su propia mujer, «borrada de este cuento de hadas». La afilada reflexión o crítica de la autora respecto al contenido de este monólogo (o las ideas que subyacen en él) ya merecen por sí solas la lectura de este libro y también su conclusión, que deja en el aire a modo de pregunta: «¿Puede ser que el horror del padre a la sexualidad de la hija sea una negación del horror que siente debido a su propio deseo?». Porque, de igual manera, afirma la autora que «históricamente, el padre ha protegido a la hija (…) es el guardián de su virginidad, su pudor, su recato». Ese pavor que profesa el padre hacia el posible pretendiente «nace de la identificación y el reconocimiento», es decir, que como hombre que fue la previene sobre ellos. Así, hay un «tenso y nunca reconocido deseo del padre hacia la hija a través de su identificación con otros hombres».

Por todo ello, este breve libro es recomendable pues cuestiona la figura de la paternidad hacia las hijas, y pone en duda cuánto hay de protección y cuánto hay de control y posesión, cuánto hay de miedo a que no sufran y cuánto hay de celos hacia sus parejas, cuánto hay de admiración de los padres a sus hijas por lo que son por sí mismas o porque lo perciben o sienten como logros propios, porque si son lo que lo son es gracias a ellos.

Como aspecto menos logrado es una excesiva retahíla de ejemplos de películas, libros y series con las que la autora sustenta su planteamiento pero, a pesar de ello, las reflexiones que la autora ofrece son interesantes e invitan a una introspección profunda sobre qué somos, cómo nos comportamos y por qué lo hacemos. Y, a pesar de la contundencia con la que la autora expresa sus reflexiones e independientemente de cuán de acuerdo se esté con su pensamiento, si tan sólo hay algo en él que consideramos que es acertado, su lectura ya vale la pena porque solo analizando nuestro comportamiento podremos empezar a dar pasos hacia una actitud más responsable hacia la sociedad y especialmente hacia las mujeres, sean nuestras hijas o no.

lunes, 13 de julio de 2020

Georges Simenon: La nieve estaba sucia

Idioma original: francés
Título original: La neige était sale
Año de publicación: 1948
Traducción: Núria Petit
Valoración: recomendable

En un siglo como fue el XX, tan prolífico en grandísimos escritores, uno de los más destacados fue, sin duda, el belga Georges Simenon, cuando menos si tenemos en cuenta la relación entre la calidad de sus libros y la enorme cantidad de los mismos: casi doscientas novelas firmadas con su nombre (más otro montón con pseudónimo, recopilaciones de cuentos y volúmenes con sus memorias); muchas de ellas protagonizadas por el emblemático comisario Maigret, aunque también escribió un número importante de historias con otros personajes y ambiente, como Los Pitard o Los hermanos Rico. O como esta La nieve estaba sucia, que como bien se señalaba en la reseña de La viuda Couderc, pertenece a las "novelas duras" de Simenon, aquellas sin el protagonismo de Maigret y un trasfondo más oscuro aún que en las del comisario francés.

Esta novela, que se desarrolla en una ciudad alemana ocupada por un ejército extranjero tras la guerra (*) -no se especifica por cual, aunque cabe suponerlo- tiene por protagonista a Frank Friedmaier, un joven que vive con su madre en el burdel clandestino que regenta ella y que reparte su tiempo entre la holganza en el burdel y una no menos fácil vida canallesca, bebiendo en el local de Timo y haciendo chanchulletes con su amigo Kromer. Una noche de invierno, Frank decide matar a un oficial del ejército ocupante que frecuenta el bar, para hacese con su pistola, pero luego teme haber sido visto por su vecino y conductor de tranvía Gerhard Holst. Frank se obsesiona con éste y con su hija adolescente, Sissy, a la que empieza a cortejar, con un desenlace que no pienso desvelar, tranquilos... (aunque quien piense mal, acertará).

La novela pertenece claramente al género noir,  pero un tanto atípico, si se quiere... en este caso, no se trata de averiguar quien es el criminal o desvelar la trama tras un asesinato: ya sabemos quién es el asesino desde la primera página y el resto del libro podemos considerarlo más como una indagación o exploración psicológica del protagonista. Al estilo, para entendernos y salvando algunas distancias, de muchas novelas de Patricia Highsmith, como la serie de Ripley (aunque en verdad deberíamos decirlo al revés, porque Highsmith comenzó a publicar sus novelas en 1950 y ésta de Simenon es de dos años antes); al igual que a Ripley, podemos considerar a Frank Friedmaier como un psicópata (pese a que no sé si el término se utilizaba ya en aquellos años), alguien que busca su propio beneficio sin sentir empatía por nadie y sin parar mientes en los medios para conseguirlo; pero, bien es cierto,  sin poseer tampoco el encanto de aquél. La diferencia, sobre todo, reside en que, mientras que los personajes de Highsmith, por ambiguos o incluso inmorales que sean, tratan en algún momento de salir aderlante, de resolver sus problemas, y en todo caso acaban, contra su voluntad, siendo arrollados por éstos, sin embargo Frank Friedmaier decide no sólo envilecerse y envilecer cuanto le rodea, a propósito, sino dejarse caer por una pendiente autodestructiva, nihilista, si se quiere, que acepta y busca con total estoicismo... y hasta ahí puedo o debo contar.

En cualquier caso, se trata ésta de una novela de una calidad literaria que supera con mucho las expectativas que pudieran tenerse acerca de un escritor tan prolífico y encasillado como "de género"; una novela osacura como pocas, muy turbia y que puede que deje un regusto amargo, pero nunca indiferente a quien la lea, eso seguro.

(*) Curiosamente (o no tanto), casi todas las reseñas de La nieve estaba sucia que he encontrado en la Red, incluyendo la sinopsis de la propia editorial (e incluso alguna sinopsis en francés), dicen que la historia se desarrolla "durante la ocupación nazi" o "alemana", cuando lo que resulta evidente al leerla es que la ciudad ocupada está en ALEMANIA, porque los nombres y apellidos de todos los personajes son ALEMANES (en cambio, no se revela el de ninguno de los ocupantes).

Ésta, claro, no deja de ser una circunstancia anecdótica e incluso banal, un malentendido producto, probablemente, de un error de traducción (ocupación alemana por ocupación de Alemania) o algo así. De acuerdo, pero deja entrever algo más grave: que, también con bastante probabilidad, ninguno de esos "reseñistas" ni, lo que es peor, nadie de la empresa editorial se molestó en leer la novela cuando fue publicada, conformándose con un agradecido, por rápido, trabajito de copypaste. Y si, con un poco de desconfiada imaginación, extrapolamos este modus operandi a lo que se asegura de muchos autores y autoras o libros en concreto, que los "prescriptores literarios" nos presentan como clásicos contemporáneos y que sin embargo a nosotros, humildes y perplejos lectores, nos parecen una verdadera castaña (no es difícil encontrar ejemplos desvelados en este mismo blog), entonces, digo, entenderemos muchas cosas de como funciona este negocio, amigos y amigas, y no obstante, lectores de Un Libro Al Día. Porque de eso va la cosa, me temo...


Otros títulos de Georges Simenon reseñados en Un Libro Al Día: La viuda Couderc, El ahorcado de la iglesia, La muerte de Belle

martes, 12 de noviembre de 2019

Amélie Nothomb: Barba Azul

Idioma original: francés
Título original: Barbe bleue
Año de publicación: 2014
Traducción: Sergi Pàmies
Valoración: repugnante

Comprenderé perfectamente a quien critique que haya leído y reseñado este libro con plena consciencia y deliberación tanto de lo que iba a encontrarme como de lo que iba a escribir sobre él. Pero ya sabéis lo que organizamos sobre los NOOO! BEL y no están los tiempos ni para desperdiciar una reseña ni para no amortizar el tiempo empleado en leer un libro aportando algo de las sensaciones experimentadas al leerlo.
He dicho "tiempo empleado".
Quería decir "tiempo malgastado". Barba azul es la novela número 21 de la escritora belga. A uno por año desde 1991 hasta hoy, en que, me temo, Anagrama debe estar en el proceso de traducción de la del 2019 para sacarlo y seguir pringando su catálogo con la escritora más incomprensiblemente valorada de la historia.
He dicho "sensaciones experimentadas al leerlo".
Temo que aquí ya no voy a ser tan breve y objetivo. Barba Azul es una adaptación del cuento de Perrault, Nothomb ni se ha molestado en cambiarle el título, no nos compliquemos más la vida, pensaría, que con crear la novela ya he tenido bastante. El esfuerzo de todo un año, que es en promedio lo que le cuesta sacar estas novelas de menos de 150 páginas con su tipo de letra generoso, sus diálogos liberadores de peso en los párrrafos, sus capítulos que permiten despachar el libro en un par de horitas, y a devolver el libro a la biblioteca, vete a saber qué les puede pasar a mis tomos de Houellebecq o Bolaño, escritores de Anagrama que deben alucinar literalmente (uno desde cada mundo) preguntándose que hacen sus libros en el mismo catálogo que esta porquería.
Es predecible hasta lo exasperante. Los primeros párrafos ya nos muestran a una tal Saturnine sentada a la espera de ser entrevistada para tomar una habitación asequible en desproporción, pleno París, 500 euros por 40 m2 de ventajas inmobiliarias y la pobre Saturnine, pobrecita ella, única de las candidatas que esperan que ignora que el pretendido cuarto ha tenido ocho inquilinas previas de las cuales nada más se ha sabido (aquí ni hay policía ni detectives ni leyes ni familiares que indaguen ni nada, una licencia literaria como cualquier otra; total, estamos en el París del siglo XXI), a pesar de lo cual una de las candidatas ya ve en ella (y acertará) que será la agraciada con semejante ganga.
Así que Saturnine se instala en la habitación y pronto es agasajada con todo tipo de atenciones hasta que conoce a Don Elemirio Nibal y Mílcar, rico heredero propietario del inmueble, excéntrico caballero español que acumula todos los tópicos habidos y por haber, en el rancio sentido de la palabra. Un personaje esperpéntico, ya no una parodia o una caricatura o una ridiculización, sino un amontonamiento de figuras trasnochadas que emplea una jerga y unos razonamientos de la Edad Media, que lee sentencias de la Inquisición, que tiene dinero por un tubo - cómo no, Saturnine solo gasta champany del bueno y gustos caros, pero oiga, todo eso compensa de sobras el vivir con un asesino en modo pasivo, con un monstruo que se cree con derecho a los intentos de seducción basados en toda la ristra de estereotipos de clase, de género, de raza, de longitud de intestinos. 
Y Nothomb pretende que nos traguemos este paquete, lo sitúa en un mundo real con internet y teléfonos móviles, con amigas con las que sales y a las que explicas cosas, lo adereza como diciendo que ya sé que todo esto es intragable e incoherente, pero que todo son licencias y al final me sacaré (del sombrero) la solución final vía soy una chica muy lista y las chicas listas nos empoderamos (pero antes nos enamoramos).

La historia repugna, los diálogos parecen escritos por estetas del siglo XII cargados de ácido, ni un personaje resulta creíble o extrapolable a otros tipos reales salvo a auténticos imbéciles. Haced otra cosa, dormid la siesta, mirad las musarañas, coged casi cualquier otro libro.
Una hora y media,solo, claro, por supuesto. De intensa tortura, por eso.

martes, 8 de enero de 2019

Amélie Nothomb: Ordeno y mando

Idioma original: Francés    
Título original: Le fait du prince 
Traductor: Sergi Pàmies 
Año de publicación: 2008
Valoración: Se deja leer (pero no vale la pena) 

Ordeno y mando empieza bien. Muy bien, de hecho. Os cuento: un desconocido entra en casa de Baptiste porque tiene que hacer una llamada telefónica. Entonces la palma. Allí mismo, en el salón. Y a nuestro protagonista se le va la pinza. Ve la oportunidad perfecta para cambiar de vida usurpando la del difunto y lo hace. Tal cual. Mola, ¿no es así? Por desgracia, una vez superadas las primeras páginas, el relato va perdiendo fuelle: su planteamiento se desinfla paulatinamente hasta aterrizar en una solución (que no es tal) la mar de anticlimática.

Encima, la intencionalidad de la historia descarrila. O puede que cambie de raíles tramposamente, no sé. El caso es que hay un cambio en el registro de la historia, y que este cambio es para peor. Eso seguro. Porque si Ordeno y mando empezaba como un pasatiempo intrascendente pero divertido y moderadamente refrescante, acaba por convertirse en una especie de fábula hueca y superficial cuyo mensaje se antoja pretencioso. De una narración con regusto a novela negra pasamos al moralismo más fútil. 

¿Por qué Nothomb no se quedaría en la tónica policial? O, ya puestos, si se le tiene que ir la flapa, ¿por qué no arriesgar más? Esta novela podría haber sido cualquiera de estas dos cosas: una apuesta vanguardista en la que se potencian el absurdo y la incongruencia (porque creedme, hay mucho absurdo en esta historia), o un relato de misterio convencional aunque sólido como ejercicio literario. En todo caso, Nothomb se muestra tímida, no acaba de decantarse por ninguna de las dos opciones, y al final las entremezcla en un desafortunado batiburrillo. Una lástima, porque esta combinación no funciona en absoluto y es incapaz de aprovechar al máximo la buena idea que es la premisa de Ordeno y mando

Por todo lo expuesto, el argumento de esta obra naufraga. Nothomb pierde el rumbo primero, y luego acaba por cerrar un planteamiento intrigante y original de la peor manera posible. El suspense alcanzado en los primeros compases de la novela se evapora; igual que la escasa coherencia que una lograda atmósfera de tintes surrealistas poseía; la trama queda deshilvanada; los misterios irresueltos; los personajes borrosos. Entiendo que muchos de estos efectos eran intencionados; por ejemplo, la autora quería que el protagonista estuviera algo desdibujado y no le daba prioridad al misterio. Pero eso no es excusa para quitarnos la cuchara de la boca después de ponernos la miel en los labios. O, ya puestos, no es excusa para tomarse a la ligera el oficio de escritor. 

En cuanto a la prosa de la novela, decir que es decente. Durante la mayoría de la historia es seca y descarnada. Y en esos momentos es altamente efectiva. Recuerda, incluso, a la de Patricia Highsmith, tan funcional pero no exenta de un soterrada ironía y alguna que otra reflexión brillante. Sin embargo, también hay veces en que la prosa adolece de arrebatos líricos extremadamente cursis y afectados. O en que se interrumpe por culpa de ideas que no vienen a cuento. Esto sucede, sobre todo, en la segunda mitad de la historia. Es entonces cuando la faceta pretenciosa de esta novela empieza a hacer aparición. 

El protagonista de Ordeno y mando es igualmente digno de mención. Se podría reconocer que, como personaje, ha sido mínimamente esbozado. Y que su caracterización es, hasta cierto punto, interesante: un antihéroe tan harto de su existencia que se aprovecha de la muerte de un desconocido para darle un giro de ciento noventa grados a su propia vida. El problema de Baptiste radica en que la atmósfera delirante de esta novela impele a Nothomb a tomarse algunas licencias demasiado extremas con él, extremas incluso dentro de una historia tan incoherente. También, no nos vamos a engañar, en que es repelente como él solo.

Así, lo mejor de esta novelita corta es su premisa, los ágiles diálogos que perpetran sus protagonistas y algún que otro fogonazo de humor bastante conseguido. Pero lo demás, por insípido, es indigno de vuestro tiempo. Da la impresión de que Nothomb empieza a escribir esta obra con entusiasmo, pero se cansa pronto y la termina de forma rutinaria: desarrollo nulo de la idea base, cabos sueltos, final completamente estúpido...

Resumiendo, se nota que Nothomb es incapaz de dar un cierre satisfactorio a sus historias. Y que su faceta novelística más alejada de la inspiración autobiográfica deja mucho que desear. Lo peor es que parece que una escritora con su talento e imaginación sería capaz de cambiar esto. Le tendría que dedicar muchas más horas a plantear sus historias, a escribirlas y a revisarlas, claro, pero entregaría trabajos de mayor calidad. Quizás lo que pasa es que Nothomb se ha cansado de escribir, pero no de vender. No descarto, tampoco, que con este y otros libros quiera reírse en nuestra cara. Allá ella, a ver cuánto le dura el numerito.

Otros que se pasan de la raya son los de Anagrama. Y es que la edición de este libro es atroz. La imagen de la cubierta, desinspirada y sin relación con el contenido de la obra que precede (bueno, miento, la mujer de la fotografía es la propia Nothomb). Un cosido endeble, para variar. Fuente tamaño XL con la que doblar la extensión de una nouvelle de apenas cien páginas. Eso sí, la traducción de Ordeno y mando, a cargo de Sergi Pàmies, no está nada mal. Todo hay que decirlo, ¿verdad?


Más reseñas de Amélie Nothomb en ULAD: Aquí

jueves, 9 de agosto de 2018

Zoom: El señor Ibrahim y las flores del Corán, de Éric-Emmanuel Schmitt

Idioma original: francés
Título original: Monsieur Ibrahim et les fleurs du Coran
Año de publicación: 2001
Traducción: Álex Arrese
Valoración: está bien

Soltémoslo cuanto antes: el protagonista de esta historia es un chaval que se gasta todos sus ahorros en putas. Y que conste que no trato de escandalizar a nadie, es que así es la primera frase de la novela: "A los trece años rompí mi cerdito y me fui de putas". Claro que el chico, Moisés o Momó, vive en el París de los años 50, época y lugar que parecen predisponer más al uso del lenocinio, al menos en la ficción... ya saben, Irma la Dulce y todo eso. Además, tampoco es que lleve una vida muy gratificante, el pobre: abandonado por su madre, vive con un padre judío de lo más sieso -cierto es que tiene sus motivos-, que no hace sino añorar a su otro hijo Popol, que la madre se llevó al largarse y con cuyas virtudes siempre compara a Moisés. Así que éste decide que se merece alguna que otra alegría y se va un día a la calle Paraíso, donde trabajan las meretrices del barrio. Al mismo tiempo, a fuerza de frecuentar su tienda, se va haciendo amigo del señor ibrahim, el dueño de los ultramarinos de su calle, con quien mantendrá una relación entrañable que, a fin de cuentas -y una vez olvidadas las prostitutas-, es el pilar central de esta narración (poco más que un cuento largo, en realidad).

Tenemos, pues, a un hormonado adolescente de origen judío que encuentra un sustituto de la figura paterna en un señor musulmán (ojo, sin connotaciones escabrosas. no pensemos cosas raras... más raras, quiero decir); algo que parece más plausible hace 60 años que hoy en día. Aunque, por otra parte, el señor Ibrahim es musulmán, pero de la variante "enrollada": sufí de la región del Creciente Fértil (sí, de esos que dan vueltas sobre su propio eje hasta alcanzar un estado de mare... de comunión con el Universo o lo que sea), no tiene reparos en beber alcohol y parece más interesado en las mujeres de carne y hueso que en las huríes que le puedan esperar en el Paraíso. Por resumir, que la novelita pasa de una suerte de remedo de la "nouvelle vague" a un ecumenismo de las buenas intenciones sin una transición explícita.

Buenrollismo, por tanto, es lo que hay en este cuento intergeneracional, interreligioso e intercultural, publicado -no en vano, supongo yo-, en un año en el que el buen rollo en todo el mundo parecía haberse ido al garete por mucho tiempo. Y a fe mía que así ha sido, o casi...

domingo, 13 de mayo de 2018

Henri Michaux: Un bárbaro en Asia

Idioma original: francés
Título original: Un barbare en Asie
Traducción: Jorge Luis Borges
Año de publicación: 1933
Valoración: Muy recomendable (casi casi imprescindible)

Igual todavía está usted a tiempo, porque justamente hoy se clausura en el Guggenheim de Bilbao una exposición sobre la obra gráfica de Henri Michaux. Ha sido una de las muestras que más me ha impresionado de todas las que he visto: los rasgos humanos apenas sugeridos, experimentos caligráficos que navegan entre la abstracción y el pictograma, esos paisajes surgidos de la mente alterada por la droga, todo ello siempre dominado por secuencias obsesivas, repeticiones, variaciones, que sin embargo forman un discurso coherente. Puede que el de Michaux no fuese uno de los que han quedado como grandes nombres de la historia de la pintura, como seguramente le ocurrió en las demás disciplinas artísticas en las que se introdujo. Era, como algunos otros creadores indispensables, un tipo compulsivamente forzado a experimentar, buscar formas de expresión, intentar comprender las claves de la estética.

Escribir no era una prioridad para Michaux, que a veces consideraba la palabra como un corsé, pero aun así es autor de una obra escrita relativamente amplia (muy poco traducido al castellano), y desde luego muy variada: sobre todo poesía, pero también artículos sobre sus experiencias con alucinógenos, trabajos sobre poltergeist (!), estudios sobre ideogramas, y varios libros sobre viajes, como este que tengo el placer de comentar. Esta dispersión dice también mucho sobre el carácter inquieto de Henri, que queda de manifiesto en Un bárbaro en Asia

El periplo asiático debió ser de aúpa, imagínense un viaje de más un año, realizado a principios de los 30, recorriendo la India, China, Japón, Malasia y unas cuantas islas de Indonesia. Pero aunque mantenga la etiqueta correspondiente, hay que olvidarse del ‘libro de viajes’ como normalmente se entiende. En algún sitio he leído el concepto de ‘turista espiritual’, y es justo el que le cuadra a Michaux. Con una prosa construida a base de latigazos, como apuntes sin apenas elaborar, se adentra en el alma de estos países (entonces poco contaminada por la globalización), y se detiene a examinar todo lo que se encuentra: los rostros de la gente y su forma de moverse, las líneas de sus edificios y los peces de sus acuarios, su teatro, sus creencias, su manera de vestir o de dar o pedir limosna. Es una especie de extraordinario cuaderno de campo en el que todo rebosa espontaneidad, una pizca de humor y siempre la mirada penetrante del que quiere interceptar el entorno y la vida que fluye, tal como le llega a sus sentidos. 

El ímpetu de Michaux resulta contagioso, ya se refiera a la sonoridad del sánscrito o a la belleza del Taj Mahal, el único monumento en el que se detiene en todo el libro, y al que dedica una bellísima y emocionante descripción; o su fascinación por la pintura china (otro párrafo memorable), las escalas de su música o ciertas danzas indonesias. Pero nada que ver con el viajero apologeta o, si se prefiere, con el turista bobalicón que alucina con todo lo que ve por el solo hecho de que le resulte exótico. Con la misma intensidad pero de forma igualmente ágil se muestra harto de la suciedad y la ‘fealdad’ (cualidad llamativamente genérica) de la que se siente rodeado en la India, despectivo hacia el derrotismo de sus habitantes o el conformismo chino, o deja ver su desapego hacia casi todo el panteón de divinidades que encuentra a su paso. Sin embargo, tampoco es Michaux el occidental quejoso de no encontrar las comodidades a que está acostumbrado, o acobardado ante gentes y culturas que por diferentes percibe como amenazadoras. Es siempre un observador agudo, desinhibido y a veces implacable, que no deja pasar la ocasión para reflexionar sobre el hombre europeo, que no siempre sale bien parado de las comparaciones.

Ciertamente, el capítulo dedicado a Japón es el menos afortunado, y hasta lo encabeza con un fragmento de poesía que “desearía disculpara mis malas impresiones” sobre el país. Pero es que ya desde el inicio declara la guerra, aunque lo haga con una bella figura:

“Lo que les ha faltado a los japoneses es un gran río. 'La sabiduría acompaña los ríos', dice un proverbio chino".

Más que desmerecer el texto, es el espacio nipón un pequeño bache, que casi parece producto de algún infortunio (¿le recibieron mal al llegar a puerto? ¿le sentó mal la primera comida, y desde ahí ya todo vino atravesado? ¿llovió todo el tiempo?), pero me sirve para ilustrar la potencia de la prosa, en este caso con intención demoledora. De todas formas, a la escala japonesa dedica más bien pocas páginas, y enseguida, cuando el autor contacta con los malayos (‘muchos recuerdan a los vascos’, dice el tío, nada menos), recuperamos el equilibrio y la brillantez con deliciosos comentarios sobre la forma de los tejados, o un sublime y detalladísimo examen del teatro balinés que habrá encandilado a Artaud, si es que llegó a conocerlo.

Hay desde luego autores mejor dotados para la narración, más brillantes o más ordenados, puede que hasta más seductores para el lector que busca noticias de aquellos mundos entonces casi desconocidos. Pero no me cabe ninguna duda de que para un viaje así nadie podría haber escrito un libro mejor.

lunes, 12 de septiembre de 2016

John Vermeulen: El jardín de las delicias

Idioma original: neerlandés
Título original: De tuin der lusten
Año de publicación: 2001
Traducción: Marta Arguilé Bernal
Valoración: está bien

Se cumple este año el quinto centenario de la muerte del eximio pintor Hyeronimus Bosch, "El Bosco" (no confundir con el personaje de Michael Connelly, por favor), con los previsibles y supongo que inevitables homenajes, publicaciones y exposiciones de sus obras (al menos en su ciudad natal y en Madrid, donde tengo entendido que el museo del Prado ha aprovechado para subir el precio de las entradas); parece oportuna, por tanto, la lectura de esta biografía novelada del artista, escrita por el belga John Vermeulen. 

Biografía novelada o  más bien novela basada en su biografía, pues es poco lo que se conoce a ciencia cierta sobre Jeroen van Aken -verdadero nombre de El Bosco- aparte de la fecha de su muerte, su ingreso en la hermandad de Nuestra Señora y algún que otro detalle de su familia... de hecho, incluso la autoría de muchas de sus supuestas obras ha sido puesta en entredicho en los últimos años. Así que Vermeulen, legítimamente, optó por imaginar una de las vidas posibles que podía haber tenido el pintor, centrándose, sobre todo en dos aspectos -aunque con una estrecha imbricación de uno con otro-: por una parte, la relación con los demás miembros de su familia y, sobre todo, con su díscola hermana Herberta -relación que Vermeulen elucubra poco fraterna o, más bien, fraterna en exceso...-; por otro lado, su ansia de libertad intelectual para plasmar en sus cuadros todas las visiones y creaciones que su vívida imaginación creaba, así como para conocer las múltiples formas de acceso a la sabiduría (alguna de las cuales sigue siendo bastante popular hoy en día), al margen de la restricitiva ortodoxia que imponían la Iglesia y las probas costumbres en aquel siglo XV; en efecto, en la novela tanto El Bosco como varios de sus familiares y amigos se las ven tiesas con la Inquisición, comandada además en esa ciudad de s'Hertogenbosch -o Bolduque, en español- por nada menos que el despiadado e implacable Jacob Sprenger, co-autor del célebre Malleus Maleficarum (sí, lo sé, ese libro que tanta gente tiene en su mesilla de noche), obra que sirvió para enviar a la hoguera a miles de personas acusadas de brujería, en aquellos tiempos tan jubilosos...

Por lo demás, la novela de Vermeulen resulta más que correcta e incluso amena, ofreciendo un abigarrado retrato de época  en el que encontramos tanto a burgueses y clérigos como hampones, prostitutas y artistas, alquimistas e inquisidores. Un panorama quizá demasiado ordenado y dirigido como para dar como resultado una novela memorable, pero sí lo suficientemente rico para darnos una idea de lo que pudo ser -ya que todo es una recreación aproximativa- un tiempo en el que la más mínima divergencia se consideraba inspirada por el propio demonio y, sin embargo, un pintor se atrevió a plasmar en sus obras todo tipo de imágenes insólitas y perturbadoras, incluso heréticas -según para quién- y no sólo salir indemne, sino acabar por ser considerado uno de los mayores, aunque tal vez el más enigmático, maestro de su arte. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano

Idioma: francés
Título original: Memoires d'Hadrien
Año de publicación: 1951
Traducción: Julio Cortázar (nada menos)
Valoración: Imprescindible

El reto planteado por un blog amigo, este verano (aquí) me llevó a recordar -y releer- estas magníficas Memorias de Adriano, de la otrora idolatrada, aunque también denostada por algunos -y nunca entendí por qué- Marguerite Yourcenar, autora franco-belga-estadounidense de un virtuosismo paralizante, sobre todo en lo que se refiere a la novela histórica, género de la que es una de las mejores cultivadoras. Estas memorias impostadas del emperador Adriano, en concreto, me maravillaron cuando las leí por primera vez, hace ya bastante tiempo, hasta el punto de que recuerdo haberlas devorado prácticamente en una noche en vela (también he de decir que fue en una época de exámenes, en la que yo estaba dispuesto a leer lo que fuera con tal de que no se tratara de los preceptivos apuntes). Por otra parte, después de leer, casualmente, varios libros en los que el componente religioso cristiano  estaba muy presente -de una forma u otra-, tenía necesidad de una dosis de sano paganismo; paganismo antropocéntrico, en realidad, pues en los primeros momentos de la concepción de estas Memorias estaba muy presente, según explica la propia Yourcenar, una reflexión extraída de la correspondencia de Flaubert:
                "Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre"...

Partiendo de la ambición de plasmar literariamente este momento, de "retratar a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo" (claro que como epítome de esa época no se nos muestra aquí un hombre cualquiera, ni otro personaje histórico de cierta relevancia, sino el mismísimo emperador del Imperio Romano, en el momento de su apogeo, el inteligente, culto y preclaro Adriano), la autora utiliza el recurso, imitado después profusamente, con mayor o menor fortuna (en alguna ocasión, con resultados excepcionales, como es el caso de Borja Papa, de Joan F. Mira), de las falsas memorias, dirigidas al que luego también sería notable emperador, Marco Aurelio.

Resulta imposible resumir todo lo que podemos encontrar en este libro. Por supuesto, los distintos episodios y vicisitudes de la vida de Adriano: infancia en Itálica -a un paso de la actual Sevilla-, educación helénica, experiencia en la guerra contra dacios y sármatas, trabajos e intrigas hasta hacerse con el poder imperial  y después, claro, su fructífera vida como gobernante, sus muchos viajes (fue sin duda el emperador que mejor conoció su Imperio, que recorrió de punta a cabo), su amor por el joven Antínoo... También lo que aprendió de sus mentores, de sus amigos y enemigos, y sus propias reflexiones, a las que Yourcenar da una voz harto elocuente (quizás algo afectada y hasta pedante... aunque, si no le permitimos tales defectos a un emperador romano, ¿a quién?). Pero quien lea la novela se va a encontrar mucho más que la semblanza de un personaje histórico: lo que hace aquí la autora es la reconstrucción, no sé hasta qué punto fiel, pero desde luego sí fidedigna, de toda una civilización. Y no me refiero tan sólo a su expansión territorial, sus gestas militares o sus logros técnicos y económicos... sino a la propia alma de su cultura, al espíritu que le insufló una vida que, casi podríamos decir perdura hasta el día de hoy. El libro nos sumerge en lo que fue la esencia de la Roma antigua, desde sus austeros orígenes tribales, moldeados después por la matriz helénica y enriquecidos por la aportación de todas las tierras, gentes y creencias con las que entró en contacto; en el corazón del Imperio, visto aquí, además como equivalente a la civilización, fuera de la cual no hay nada (en esto, en cambio, no puedo estar de acuerdo con la visión de Adriano/Yourcenar).

Y, por supuesto, nos ofrece multitud de reflexiones sobre infinidad de aspectos de la vida, el amor, las pasiones, el envejecimiento, la muerte... un auténtico compendio de sabiduría aparentemente indiscutible (luego ya, allá cada cual...); de ésos que permiten extraer frases que suenan estupendamente fuera de contexto... Ahí van algunos ejemplos:

          "...he llegado a la edad en la que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada."

          "El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros."

       "Cada uno de nosotros posee más virtudes de lo que se cree, pero sólo el éxito las pone de relieve".              

(¿Qué tal? La envidia de cualquier escritorcillo con ansias de fama y gloria, ¿no?)
         
Una novela y un personaje que ya se superponen al verdadero Adriano, hasta el punto de que, tras Yourcenar, será imposible pensar de otra manera en este emperador culto, conciliador y, aparentemente, más humanitario que la mayoría de sus predecesores. Y, en todo caso, si non è vero, è ben trovato. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

Jean-Philippe Toussaint: Hacer el amor

Idioma original: francés
Título original: Fair l'amour
Traductor: David Martín Copé
Año de publicación: 2013
Valoración: Muy recomendable

Llegué a este libro a través de Mobas, que a su vez, creo, llegó a él a través de Granite&Rainbow, así que por lo menos simbólicamente es un libro que nos hemos ido pasando de mano en mano, o mejor, de boca en boca. A veces no termino de coincidir con ellas en gustos, como en el caso de El nadador en el mar secreto, que me gustó solo relativamente, pero en este caso creo que estoy más próximo a su opinión.

Hacer el amor es una disección: la de dos personas que viven los últimos momentos de una relación agonizante, un proceso doloroso, confuso, lleno de nostalgia y de dudas. "Romper", dice el narrador, "era un estado antes que una acción, un duelo antes que una agonía". Con Tokyo como escenario de fondo (me ha resultado imposible no pensar, muchas veces a lo largo de la novela, en Lost in translation), la pareja protagonista llora, se besa, discute, pasea bajo la nieve y, sí, por supuesto, hace el amor, con la certeza (¿certeza?) de que será la última vez que lo hagan.

Toussaint escoge un tema difícil, por lo transitado que está ya el tema del (des)amor, y por la concentración del tema y de la acción en torno únicamente a la ruptura de la pareja (no hay digresiones, no hay apenas personajes secundarios, no hay tramas secundarias). Y sin embargo sale bien parado del esfuerzo, manteniendo la tensión de la trama, en parte con los vaivenes de los sufrimientos de los personajes, y en parte, también, gracias a un misterioso frasco de ácido clorhídrico que el narrador lleva consigo desde la primera línea, y que siempre planea sobre los personajes como una amenaza brutal (y simbólica).

Hacer el amor no esquiva ninguno de los aspectos propios del amor y el desamor: el sufrimiento egoísta, la mutua tortura de los rencores acumulados, la nostalgia de los inicios, los afectos subterráneos que se mantienen, el deseo que pide paso... De ahí que su lenguaje pase también de lo delicado, casi cursi (para mi gusto hay un exceso de "lágrimas ingrávidas" que "ruedan por la mejilla"), hasta lo brutalmente descriptivo ("Amanecía en Tokyo y yo le metía a Marie un dedo en el culo", termina la primera parte del libro).

Preciosa, por otra parte, la edición de la Editorial Siberia, con una imagen de portada que una vez más hace pensar en Lost in translation o incluso en Blade Runner.

miércoles, 7 de enero de 2015

Colaboración: La viuda Couderc de Georges Simenon

Idioma original: Francés.
Título original: La Veuve Couderc
Año de publicación: 1940
Valoración: Muy recomendable.

Se dice muy frecuentemente sobre Georges Simenon que si en vez de haber dado a luz 200 novelas (en realidad fueron muchas más) hubiese escrito sólo 20 habría sido el mejor narrador en lengua francesa del siglo XX. Mi experiencia lectora con él ya sobrepasa ampliamente esa última cifra y he de decir que no creo que se trate del mejor novelista en lengua francesa del siglo XX, pero desde luego me gustaría que hubiese llegado a la marca de 400. O, al menos, que gran parte del tiempo que dedicó a sus historias del comisario Maigret, algunas excelentes pero la mayoría encorsetadas en las servidumbres del problema policíaco o whodunit, lo hubiera destinado a crear más “novelas duras”, que es como usualmente se denominan las ficciones de tipo más o menos criminal no protagonizadas por el detective parisino, y que son lo mejor de su producción.

Es muy difícil recomendar novelas concretas de Simenon, tanto como lo es buscar en Google opiniones fiables acerca de cuál puede ser el “canon Simenon”, un núcleo duro a partir del cual pueda uno formarse una opinión sobre su valía real como escritor. Una razón es que todas sus novelas son imperfectas, alejadas de la precisión que se suele exigir a un relato negro o criminal. Otra es que realmente no hay una gran diferencia de calidad entre unas y otras: Simenon es un escritor inusualmente regular, lo cual unido a su colosal promiscuidad literaria, lo convierte en un fenómeno único, sobrehumano, casi inimaginable.  De cualquier modo, dejo aquí mi particular selección: El fondo de la botella, Tres habitaciones en Manhattan, La nieve estaba sucia y La viuda Couderc. Todas, novelas duras; todas sin Maigret. Obras como Pedigree, El gato, Luces rojas o El tren las tengo aún pendientes.

La trama de La viuda Couderc, novela corta que plantea un triángulo pasional comprimido en el espacio claustrofóbico de una modesta granja regentada por la viuda que le da título, es algo así como el reverso de El cartero siempre llama dos veces. En un contexto humano que exuda sordidez, surge Simenon en estado puro: la vida está dominada por una inercia que acaba derivando hacia una suerte de resignada degradación (la resignación ante la catástrofe, un concepto “muy Simenon”) y ni siquiera hay que forzar la mirada para comprenderlo, solo detenerse a observar el tiempo suficiente.

El “misterio Simenon”, que ha atraído a escritores tan dispares como García Márquez o John Banville y ahora por fin parece que se ha extendido a España, se basa en el talento para la creación de atmósferas moralmente insalubres y la facilidad hipnótica para presentar con naturalidad el enigma del ser humano en pasajes aparentemente triviales, como el principio de La viuda Couderc:
“Caminaba. Estaba solo en por lo menos tres kilómetros de carretera, cortada cada diez metros por la sombra del tronco de un árbol y, a grandes zancadas, pero sin apresurarse, iba alcanzando una sombra tras otra. Como era casi mediodía y el sol se acercaba a su cenit, ante él se deslizaba una sombra corta, ridículamente encogida: la suya.”

La clave es la naturalidad, incluso cierto desaliño, posiblemente un punto de improvisación. Al describirnos con detalle no el aspecto sino el movimiento de un personaje del que aún no sabemos nada, cada información que nos da se vuelve misteriosamente significativa. Ahí está el inicio lacónico ("caminaba"), seguido del uso de términos de precisión para mostrar la determinación del individuo en su absoluta soledad ("tres kilómetros…diez metros…una sombra tras otra") cuyo recorrido extrañamente no tiene un fin concreto ("pero sin apresurarse"), y rematado por una alusión al superior movimiento del sol que convierte su voluntad de avanzar en insignificante.

¿Se trata de una original y nada pedante metáfora acerca de la inutilidad del esfuerzo humano por controlar su destino o tan sólo una leve introducción psicológica del protagonista a partir de la descripción de su comportamiento? ¿Se trata de esa pequeña gran escritura cuya lectura proporciona agradecidas sorpresas o estamos directamente en presencia de Gran Literatura? A riesgo de ser pretencioso me guardo mi opinión, que puede resultar demasiado solemne, pero les diré algo seguro: leer las novelas duras es siempre un descubrimiento, tanto para los que se aprestan a cazar su primera pieza en este inabarcable territorio que es el universo Simenon como para los que ya han superado la veintena de trofeos.

Firmado: Talibán

También de George Simenon en ULAD: El ahorcado de la iglesia, La muerte de Belle