sábado, 9 de enero de 2021

Marlen Haushofer: La pared

Idioma original: alemán
Título original: Die Wand
Traducción: Claudia Toda Castán
Año de publicación: 1968
Valoración: entre está bien y recomendable


Hay ciertos libros que, a pesar de su antigüedad, parecen gozar de una atemporalidad absoluta. Y, también es cierto, que en época de confinamientos y escenarios nada halagüeños parecen proyectar un futuro que, aunque distópico, tiene ecos en nuestro presente. Este es el caso que nos ocupa, con esta novela de tintes postapocalípticos que podríamos ubicar mentalmente en un estado de aislamiento similar al que un hipotético Thoreau se encontraría en la isla de Robinson Crusoe. Pero dejémonos de conjeturas y paralelismos y vayamos a ello.

Narrado principalmente en clave retrospectiva, ya la primera página del libro es de una atmósfera sobrecogedora, oprimente, claustrofóbica, de una soledad narrativa extrema que defiende con la escritura la amenaza del invierno y del miedo, un miedo que crece alimentado por un horror que «se acerca reptando en todas las direcciones». El estilo de la autora impacta por acongojante, creando cierto pánico ambiental en el que es fácil situarse mentalmente. Se nota el frío, la oscuridad y la amenaza constante de que ninguna de estas cosas va a cambiar y, si lo hace, no será para mejorarlo sino para someter más profundamente en el pesar y el desaliento a la narradora, quien, escribiendo un informe a modo de diario, afirma que «no escribo por el placer de la escritura; tal como son las cosas, tengo que hacerlo si no quiero perder la razón». Este es el propósito por el que escribe este libro, pues «estoy totalmente sola y debo intentar sobrevivir a los meses largos y oscuros del invierno» y «mi mente es libre, puede hacer lo que quiera; lo único que no puede hacer es perder la razón» porque «seguramente la única reacción normal ante todo lo que ha sucedido sea la locura».

De esta manera, el inicio del libro tiene un alto ritmo y una apertura de los más intrigante, pues sitúa a la narradora, protagonista absolutísima del relato, escribiendo un informe desde su cabaña, en una atmósfera opresiva e inquietante. Pocas páginas bastan para ponernos en antecedentes: la protagonista pasa unos días en la cabaña donde viven su hermana y su marido y, tras unos días juntos, la pareja decide salir una tarde al pueblo vecino, aunque, por motivos que en ese momento desconoce, sorprendentemente no regresa; así, la protagonista se despierta con su ausencia y, yéndolos a buscar, topa de golpe con una inmensa pared de cristal interminable, infranqueable, irrompible, invisible, indetectable, una barrera aislante del resto del mundo; al otro lado, la nada, a excepción de una persona y algunos animales que ve a distancia, totalmente inmóviles, inertes, muertos. En su absoluta perplejidad, la autora toma consciencia de que ha quedado sola y aislada en ese lado de la pared con la única compañía de unos pocos animales: una vaca que apoda Bella, un perro de nombre Lince y una gata Gris. Ellos conformaran su círculo y entorno, sus nuevos compañeros en el día a día, su nueva familia. Incomunicada y aislada. Desconectada del resto del mundo por una barrera, tal y como narra la autora afirmando que «de la noche a la mañana, una pared invisible había descendido o había emergido» y, además, con la duda de «si la desgracia había afectado sólo al valle o al país entero». Y, con la aparición de la pared, el surgimiento primero de la incertidumbre y del asombro, de la absoluta perplejidad porque «algo como aquella pared no podía existir. Pero, puesto que ahí estaba, marcarla con palos era el primer intento de remitirla a un espacio racional» y, después, la adaptación a la nueva situación, incluso asumiendo que podía llegar a ser irreversible, pues «no debía esperar que me encontraran jamás».

A partir de ese suceso, del que se sabe poco y no es el foco principal en el que se basa el desarrollo de la novela, la obra gira en torno a la reconstrucción de una vida, a la adaptación a un nuevo mundo que se abre ante la protagonista con muchas limitaciones y pocos medios, con toda una vida por analizar y otra por aventurar, pues la soledad en el bosque le hace recapacitar y evaluar su vida anterior hasta el punto de afirmar que «reflexioné sobre mi vida anterior y la encontré deficiente en todos los aspectos», constatando que «hoy mismo ya no soy la persona que era (…) quizá me he alejado tanto de mí misma que ni siquiera soy consciente. Cuando ahora pienso en la mujer que era antes de que la pared apareciera en mi vida, no me reconozco en ella». Una vida anterior en la que se sentía atada, incluso más prisionera que en la nueva realidad con la que se encuentra, afirmando incluso que «a veces, mucho antes de que existiera la pared, deseaba morirme para poder, al fin, liberarme de mi carga. Siempre callé sobre ese pesado lastre; un hombre no me habría entendido y, en cuanto a las mujeres, les pasaba exactamente lo mismo que a mí». Una referencia clara a la sociedad patriarcal de finales de los sesenta, que alude directamente a una vida oprimida que, en ocasiones, recuerda en parte a «La mujer helada» de Annie Ernaux, como cuando afirma en su aislamiento que «cuando hoy pienso en la mujer que una vez fui, la mujer de ligera papada que tanto se esforzaba por parecer más joven, siento poca simpatía por ella. Sin embargo, no quiero juzgarla con demasiada dureza. Nunca tuvo la posibilidad de planear su vida conscientemente» y constatando, de manera terrible, que «quizá la pared fuera solo el último intento de alguien desesperado que necesitaba escapar. Escapar o enloquecer».

La narración transcurre sobre el paso del tiempo y cómo hace mella en el estado de ánimo de la protagonista; un tiempo que avanza entre estaciones climáticas pero también vitales, pasando por episodios de alegría y felicidad, pero también por otros llenas de cansancio y pesar y, en el paso del tiempo inexorablemente rutinario, la sensación agonizante de que aquello será para siempre, de que no se producirá ningún cambio, de que la compañía de sus animales (con sus nacimientos y sus muertes) será lo único con lo que pueda contar, construyendo su nueva vida en torno a una familia formada por ellos, atribuyéndoles diferentes roles según su temperamento. Así lo gatos son como hijos pequeños, juguetones, de carácter cambiante; la vaca es el temple, la calma y el perro su principal soporte anímico, su compañero en el día a día; de esta manera construye un entorno reconocible y confortable, identificable y con el que poder estrechar lazos anímicos porque, cómo afirma la protagonista, «para vivir, si deseaba seguir siendo humana, necesitaba precisamente esa normalidad familiar» y responsabilizarse de ella, pues la sensación de agotamiento, abatimiento y soledad es constante en voz de la protagonista, llegando a extremos indeseables, afirmando incluso que «no sé lo que habría pasado si la responsabilidad por mis animales no me hubiera obligado a hacer, al menos, lo imprescindible». Así, la ecología conforma otro de los pilares sobre los que se sustenta la obra, pues «el que corre no mira (…) desde que me he vuelto más lenta, el bosque a mi alrededor se ha llenado de vida. No quiero decir que esta sea la única forma de vivir, pero sin duda es la más adecuada para mí. Y cuantas cosas tuvieron que suceder para encontrarla» concluyendo que «aquí, en el bosque, estoy en el lugar adecuado para mí».

Repleto de interesantes reflexiones acerca de la supervivencia no únicamente física sino también emocional, el relato ofrece una introspección con evidentes carices feministas sobre la vida, sobre la familia, sobre la relación con la naturaleza y su defensa de la libertad y la ecología. Estos aspectos son los más destacables de un libro interesante, pues nos ofrece una serie de planteamientos vitales con múltiples interpretaciones y enfoques. A pesar de ello, y aquí confieso que es una sensación muy subjetiva atribuible a la necesidad que tengo de cierto ritmo narrativo, la valoración no es superior pues el libro cae en una cierta y constante rutina, echando de menos puntos de inflexión que insuflen algo de aire fresco para poder seguir con la lectura sin caer en la monotonía de la vida a la que la propia protagonista se ve enfrentada. De manera similar a lo que le ocurre a la protagonista, a media lectura uno entra en cierta fase de repetición, cierto cansancio y reiteración de ideas, sin encontrar cambios que aporten un fresco aliento e insuflen aires de renovación. Es posible que justamente esto sea algo buscado, forzando al lector a entrar en esa misma sintonía (en ocasiones apática) en la que se encuentra la protagonista, contagiándose de su pesar y sensación de que cada día es prácticamente igual que el anterior y son únicamente unos pequeños cambios en la vida (el tiempo, el estado de ánimo —también de los animales—, alguna pequeña alteración de la rutina a la que está sometida) los que dan cierto aliento narrativo. De igual manera, la narración continúa sin capítulos o elementos que rompan el bloque van en esa misma dirección y no contribuye a romper o acelerar el ritmo.

En cualquier caso y obviando cierta lentitud y reiteración de situaciones, la lectura es interesante por la calidad literaria de la autora, repleta de frases profundas, pero también por el argumento, pues lo que podríamos imaginar en un inicio como un libro distópico, se convierte en un ejercicio de autoconsciencia, de revisión de la vida, de las prioridades y las necesidades vitales y afectivas, así como también es un ejemplo de superación y reconstrucción personal. De esta manera, no es de extrañar que el libro pueda ser leído en clave ecológica, como un canto de amor a la naturaleza, a la reconexión física y emocional a un mundo que para muchos se nos antoja ajeno y también lejano. Igualmente, también puede ser interpretado en clave feminista, simbolizando la pared invisible como la frontera y la prisión en las que se encuentran encerradas algunas mujeres; así, la pared invisible es aquello infranqueable, aquello que impide avanzar, pero es algo intangible, casi imperceptible y mucho menos evidente, aunque existe y supone un aislamiento hacia el resto del mundo. Como en el libro, el primer paso es marcar donde se encuentra, para tomar consciencia de ello y decidir si construimos un nuevo comienzo o nos sumergimos y decaemos en la añoranza de un vano y vacío pasado.

4 comentarios:

Unknown dijo...

Muy interesante la reseña y supongo que el libro también, me lo apunto en la lista de pendientes

Marc Peig dijo...

Muchas gracias, Anónimo.
Si encuentras un momento para leerlo, esperamos que nos cuentes tus impresiones.
Saludos, y gracias por el comentario.
Marc

Lupita dijo...

Hola, Marc:

Pero qué ganas de leerlo, a ver cómo lo encuentro.
Reconozco que las partes de la reseña donde cuentas algo del argumento las he leído en diagonal, para no saber casi nada.

Me encantan las distopías.
Cuando acabe con el antirracismo (regalo de reyes), lo busco.

Saludos

Marc Peig dijo...

Hola, Lupita.
Imaginaba que te interesaría, pero no temas por lo que cuento del argumento puesto que el libro combina presente (mientras finaliza el informe) con lo sucedido al aparecer la pared. Por tanto, no hay spoilers (intentó siempre evitarlos), su situación es algo que se sabe desde un inicio así como es la propia autora quien va adelantando cosas que aparecerán después en la narración.
Cuando lo leas, así como el del antirracismo, me encantará conocer tu opinión.
Saludos y muchas gracias por el comentario.
Marc