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lunes, 25 de noviembre de 2024

Sergi Pàmies: El arte de llevar gabardina

Idioma original: catalán
Título original: L'art de portar gavardina
Traducción: el propio autor
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Basándonos en su obra, deberíamos pensar que El arte de llevar gabardina es justo otra colección de cuentos cortos o de artículos de Pàmies,  pero resulta que es  una que persiste particularmente en quien la lea: estamos ante un abierto homenaje a la figura de sus padres. Gregorio López Raimundo (así se llamaba, Pàmies tomó el apellido de su madre, también escritora) fue un político de izquierdas que sufrió el exilio en el franquismo y regresó a Catalunya en la transición. Teresa Pàmies, una escritora de renombre. Sergi Pámies nació en Francia por la situación de exilio de estos, ambos comprometidos de forma inequívoca con el bando republicano y la lucha antifranquista. Esta situación incide en su extraña relación con ellos, una relación muy poco al uso por cuanto se hallaban en la clandestinidad, ocultos bajo falsas identidades, cuestión que resultaba poco práctica para una convivencia familiar convencional, pero que da pìe a situaciones curiosas, alejadas por supuesto de la más glamourosa dinámica de series como The Americans: simplemente personas normales intentando llevar una existencia normal.

Es inevitable que la tonalidad en estos cuentos sea algo crepuscular: los dos padres han fallecido ya, pero Pàmies afronta la cuestión, desde el punto de vista literario, con una enorme dignidad y sin la más mínima apelación a la pornografía emocional. Lejos de crear íconos, admite sin tapujos ni reparos los defectos que estos pudieron tener, defectos de personalidad (normalmente, la de aquel que cree que vivir con afinidad a tus principios a veces puede entrar en conflicto con sus relaciones personales) hasta aquellos que acarrea la decadencia física (en un cuento, el editor de Teresa Pàmies rechaza publicar algunos de sus últimos escritos por su escasa calidad). Este tono otoñal aporta cohesión a una colección que cuenta con un autor en plenitud de facultades, Pàmies y su estilo ácido-pero-no-corrosivo, con esa actitud tan suya de aportar perspectiva y relativizar incluso la tragedia más inminente, una especie de polo opuesto a algunos escritores un poco más parduzcos, siempre es capaz de levantar el texto, siempre le aporta un contrapunto ligero (que no frívolo) y esperanzado. Incluso en escritos que hablan de madurez, vejez, decadencia e incluso una cierta melancolía, hay una corriente de perplejidad, de sorpresa, de pasmo ante la inflexibilidad del paso del tiempo, que resulta optimista, fresca y gratificante.

Más libros de Sergi Pàmies en ULAD: aquí


viernes, 22 de noviembre de 2024

Pedro Juan Gutiérrez: Anclado en tierra de nadie

Idioma original: Español

Año de publicación: 1998

Valoración: Bastante recomendable

La Habana (Cuba). Año 1994, cuarto año de Período Especial, la escasez, la miseria, un modelo que parece derrumbarse (y sigue derrumbándose 30 años después), etc. Esas son las coordenadas espaciotemporales en las que se mueven los textos de Anclado en tierra de nadie. Digo textos, así en general, porque la categoría de "relatos", en la que a priori mejor podrían encajar, no acaba de convencerme. La ausencia del tradicional planteamiento, nudo y desenlace y la falta de una moraleja o una intención más o menos moralizante hacen que, al menos, no estemos ante unos relatos al uso. Serían, más bien, estampas, fotogramas o crónicas más o menos autobiográficas de la miseria y la sordidez, de la cara B de esa Cuba idealizada en folletos turísticos y en determinados círculos intelectuales (¿quién carajo puede entender esa idealización de la miseria?). 

Protagonizados por Pedro Juan, especie de Chinaski del trópico, se trata de textos que me atrevería a calificar de "realismo grotesco" (quizá este sea el verdadero realismo y ríanse aquí del realismo socialista), que huelen a sexo, alcohol y mierda, tanto es así que el mismo Pedro Juan llega a decir soy un revolcador de mierda  en uno de sus textos. Jineteras, vividores, maltratadores, ron barato y de mala calidad, casas que se caen a pedazos, violencia, sexo, diferentes formas de placer para huir de la frustración... porque el arte solo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero. Solo un arte irritado, indecente, violento, grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo.

En este sentido, Pedro Juan no se muestra abiertamente crítico con el régimen, en el sentido de mostrar directamente su carácter. Es a través del cinismo y de la crudeza como muestra la realidad cotidiana del país. Y quien quiera entender que entienda.

Dos son los aspectos que más me llaman la atención de Anclado en tierra de nadie: los registros y el ritmo. En cuanto a aquellos, Pedro Juan lo mismo baja a la calle y se sirve un habla popular que es tanto un medio de expresión como una filosofía de vida como que sube a la azotea y es capaz de extraer poesía, sucia y visceral si se quiere, de la abyección; en cuanto a este, la frase breve, el diálogo afilado y la observación punzante son claves para que el ritmo interno de la narración sea vertiginoso.

Así que muy buena impresión la de esta primera parte de la Trilogía sucia de La Habana, pese a su hedor y su decrepitud. O quizá precisamente por cómo nos la muestra.

También de Pedro Juan Gutiérrez en ULAD: Mecánica popular

domingo, 8 de septiembre de 2024

Gabriel Miró: El humo dormido

Idioma original: Español

Año de publicación: 1918-1919

Valoración: Recomendable 

Este es el tercer libro que he leído de Gabriel Miró y, que los miroístas (si es que existen) me perdonen porque me da la sensación de que esto no es muy académico, debo decir que es el que más me ha gustado.

Puede ser que me haya acostumbrado a ese estilo tan peculiar, a esa "falta de acción", a esos paisajes impresionistas, pero más me inclino por pensar que es que al estilo de Miró le sientan mejor los textos breves, las estampas o las semblanzas que la novela pura y dura.

Como ya es habitual en Gabriel Miró, en los textos de El humo dormido no encontremos una acción puramente novelesca (aunque algunos de ellos sí que podrían formar pequeñas nouvelles) ni gran penetración psicológica en los personajes. La elección ética y estética del autor es la de mostrar la realidad a partir de la prosa poética, de la construcción de imágenes y de la transmisión de sensaciones. 

Será esto sentir sólo a distancia o recordar lo sentido, acercándolo con una lente nueva? Nunca lo averiguaremos cabalmente, porque hay episodios y zonas de nuestra vida que no se ven del todo hasta que los contemplamos y revivimos por el recuerdo 

Vaya, que podríamos decir que Miró es una especie de Marcel Proust mediterráneo, pero sin ese escalpelo del francés para con los personajes.

Volviendo a El humo dormido, el primer bloque de textos recoge una serie de escenas de infancia y adolescencia. Son textos de corte iniciático en los que el narrador va descubriendo, entre el humo dormido, el mundo de los adultos, el amor, la muerte, la nostalgia, etc. Llama la atención en este bloque, además del carácter impresionista de los textos, el uso de técnicas cercanas a lo cinematográfico. En particular, buena parte de las descripciones de lugares o paisajes parecen travellings que el autor realizara cámara en mano. 

De esta parte me quedo con El enlutado y el perejil, texto que roza lo gótico por el uso de los miedos infantiles y de un misterioso personaje, con el sensual La sensación de la inocencia y con La hermana de Mauro y nosotros, en el que el final de la inocencia se muestra de manera sumamente bella y triste.

El segundo bloque, conformado por diez textos, tiene como hilo conductor la Semana Santa. Comenzando por el Domingo de Ramos, el autor dedica un texto a cada día de la semana en el que mezcla la reinterpretación de los sucesos narrados por la Biblia, la liturgia y la celebración de la Semana Santa en la actualidad (de 1919, claro). Cierra un texto humorístico / popular sobre San Juan, San Pedro y San Pablo y un híbrido entre la biografía mironiana, la leyenda y la "protohistoria" de España a través de Santiago Apóstol. 

Nuevamente hay que recordar que Miró no entra en la psicología de los personajes bíblicos sino que reinterpreta los hechos bañados por la luz de paisajes y sensaciones. En este sentido, destaca por encima de todos el texto dedicado al Sábado Santo por la imagen de José de Arimatea frente al sepulcro de Jesús, frente a la muerte y frente a su propia fe.

En resumen, no sé si El humo dormido formará parte de los "textos canónicos" de Gabriel Miró. Tampoco me importa mucho, aquí también nos vamos a mover por sensaciones y la que deja su lectura es más que agradable.

También de Gabriel Miró en ULAD: La novela de Oleza y Las cenizas del cementerio

lunes, 19 de febrero de 2024

Sergi Pàmies: A las dos serán las tres

 

Idioma original:
catalán
Título original: A les dues seran les tres
Traducción: el propio autor.
Año de publicación: 2023.
Valoración:muy recomendable
 
A mera presentación, dado que no he reseñado jamás a Pàmies (Santi sí lo hizo hace ya algunos años), diré que las primeras veces que le vi hablar (es una presencia habitual en prensa escrita y medios audiovisuales en Catalunya) me chocaba algo ese tono socarrón y cercano y me parecía como demasiado inspirado en Quim Monzó. Luego, con el tiempo, y a fuerza de prestarle atención a su locuacidad (y a la vez que Monzó se fue haciendo menos visible) ya empecé a comprender su voz propia. Pequeños hechos sobre su vida: nació en París donde su madre - escritora en el exilio - y su padre - político comunista en el exilio - se encontraban. Nacido en 1960, se trasladó a Barcelona cuando se había escolarizado en francés. Por eso (no gracias a eso) es traductor habitual de Amélie Nothomb. 
 
No voy a tenérselo en cuenta.
 
A las dos serán las tres es una colección de cuentos cuyo tinte autobiográfico no se pretende enmascarar. Curioso, no hay un cuento con el título del  libro que parezca ser enblema del libro. Y algunos de esos diez relatos ni siquiera tienen una trama con sus personajes, son más bien retales que podrían componer una especie de capítulo crepuscular de una biografía algo alterada. No es que Pàmies quiera hacernos pasar estos relatos por autoficción. Al contrario, el aderezo de circunstancias personales es constante y estamos ante un ejercicio de tímido exhibicionismo (permitidme el oxímoron) en el que Pàmies apela a la intimidad con la precisión quirúrgica tan medida que la opone al sentimentalismo. Y juega con el lector desde el primer momento: el primer cuento habla de la virginidad como de un objeto que se ha perdido y está en algún rincón. Esta pequeña broma no perdura y los relatos combinan pura gestualidad casi situacionista - el escritor escondido en la cama de su habitación mientras cree oir como un ladrón ha accedido a su vivienda y está desvalijándola - con elementos de mayor enjundia, como su convivencia con algún tótem del imaginario literario catalán - Vázquez Montalbán - en el ámbito de vuelos y congresos literarios. Un curioso relato que viene a ejemplificar a los autores como seres con limitadas habilidades sociales. Insisto en su habilidad para eludir a partes iguales frivolidad y trascendencia. No pocos cuentos mencionan a sus ascendentes y ni un segundo de impostación.
 
Pàmies, culo inquieto que mantiene una presencia en medios y al que recomiendo hacer caso, demuestra en A las dos serán las tres que su contacto constante con la actualidad cultural le permite adaptar su mensaje literario. Descripciones, las justas, diálogos, a cuenta gotas y con un exquisito sentido de la contención. Apenas una centena de páginas que, imagino, Pàmies ha despojado de oropel y superficialidad. Así nos quedamos con esa sensación. La de un escritor de oficio que decide con toda libertad sobre qué escribir. Aquí. sobre sí mismo y sobre cómo encara la madurez absoluta, y aunque su forma de encararla sea socarrona y juguetona, también es absoluta su sinceridad.
 

También de Sergi Pàmies en ULAD: Aquí

martes, 10 de octubre de 2023

Dorothy Gallagher: Extraños en la casa

Idioma original: Inglés

Título original: Strangers in the house

Año de publicación: 2006

Traducción: Regina López Muñoz

Valoración: Bastante recomendable

Hace cosa de año y medio reseñábamos De cómo recibí mi herencia, estreno en las librerías españolas de la neoyorquina Dorothy Gallagher. Volvemos a la carga con ella y lo hacemos con este Extraños en la casa, un libro que guarda ciertas similitudes con su predecesor, que mantiene un nivel bastante alto pero que, en un cómputo global, me parece ligeramente inferior.

Vayamos con las similitudes. Serían dos, fundamentalmente:

  • Temática: Hablamos de literatura autobiográfica / autoficción. Cartas, fotos, llamadas telefónicas, artículos, etc que sirven como hilo desde el que comienza a desenredarse una madeja que lleva a amores, amigos, enfermedad, muerte, trabajo o familia. Y si bien en De cómo recibí mi herencia los textos se centraban más en la infancia y adolescencia de la autora, en esta ocasión el foco se sitúa en la juventud y madurez, lo que les otorga un poso más melancólico
  • Tono y distancia: Lo comentaba en la reseña de De cómo recibí mi herencia. Son aspectos clave en la escritura de Gallagher y le permiten conjugar humor y tristeza, drama y comedia, ruido y furia (que decía el amigo Billy) sin complejos y sin estridencias. 
La principal diferencia que encontramos está en que Extraños en la casa contiene algunos textos que, si bien poseen ese poso más o menos autobiográfico, desentonan algo dentro del conjunto. Hablo, en particular, de Misteriosa mujer declarada muerta, Jurado popular o Pura suerte (relato de "misterio" en la época estalinista, relato "judicial" y relato "histórico- familiar", respectivamente). Son los textos menos "yo" del volumen y, sin ser para nada malos textos, no acaban de encajar por carecer, quizá, de esa proyección del yo al nosotros que caracteriza a los textos de Gallagher.

Por contra, ya digo que los textos más centrados en el "yo" y proyectados hacia afuera son realmente buenos. Desde el "woodyalleniano" Mi proceso de formación hasta el rocambolesco Extraños en la casa que da título al volumen, pasando por el hermoso final de Fueras quien fueras o los tragicómicos El último amante de Foucault y Quieto, hallaremos en sus páginas los asuntos que uno encuentra a lo largo de toda una vida.
Confianza, Traición, Clase, Hipocresía, Amor, Odio, Codicia, Enfermedad, Salud. Solo faltan Guerra y Paz
Resumiendo. En Extraños en la casa encontramos la confirmación del talento de una autora con una mirada muy particular, mezcla de acidez, ternura y distancia, de los hechos de la vida cotidiana. Una autora muy a tener en cuenta. 

martes, 26 de octubre de 2021

Lucia Berlin: Bienvenida a casa


Idioma original: inglés

Título original: Welcome home

Año de publicación: 2019

Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino

Valoración: recomendable

Es lógico que del gran éxito que tuvo, ya hace cierto tiempo, la brillante colección de relatos titulada Manual para mujeres de la limpieza surgiera un interés sobre la obra de Lucia Berlin. Lamentablemente, no fue muy prolífica y de hecho ni siquiera llegó al tan socorrido bautismo de la novela. Así que la única manera de atenuar el ansia surgida en el aficionado fue a) completar la publicación de su obra con una segunda colección de cuentos irremisiblemente condenada a ser algo inferior y b) organizar este Bienvenida a casa. 

Se trata de una obra interesante, pero siempre es un complemento a la lectura de su obra narrativa. Sin llegar a ser (no tendría sentido) un estudio a fondo, en el sentido académico, de sus textos, como si sus relatos no fueran claros y diáfanos en retratarla a través de sus innegables rastros biográficos, aquí nos encontramos material que rehúye la mitificación pero que asienta la figura. Berlin escribió montones de cartas, se mudó un montón de veces (por motivos laborales de su padre o de alguno de sus maridos), se hizo un montón de fotos - apoyo gráfico que hace aún más amena la lectura - y todo ese conjunto define no solo a la escritora en su modo de relacionarse con el mundo, sino hasta cierto punto a la sociedad de la época.

Evidentemente el nudo más propiamente narrativo del libro lo constituyen sus cartas, situadas en la segunda mitad del libro. Antes hemos leído cosas acerca de su vida y sus continuas mudanzas que incluyen varios estados USA (nació en Alaska, pero llegó a desplazarse a Chile), pero las cartas que envía a amigos, familiares, incluso a alguno de los editores que le pagaban por sus textos, empieza a mostrar detalles. Su minuciosidad en la descripción de los lugares que habitaba, la vegetación, los olores, el trasiego de sucesivas parejas e hijos, las adicciones como telón de fondo en algún caso. Una vida que por momentos parece frívola y desahogada tanto como precaria y apurada. Su tesón en la escritura y una cierta manía perfeccionista, el goteo de influencias.

A pesar de la entidad propia de algunos de estos textos, el proceso es claro: uno lee esta especie de memorias exógenas antes o después de leer sus relatos, un ciclo tan inexorable como placentero.

sábado, 11 de abril de 2020

Manuel Vilas: Alegría

Idioma original: español
Año de publicación:2019
Valoración: aún peor que el otro

Pues este año no hay Sant Jordi, o id a saber qué día se van a inventar (al año confinado le seguirá el año desplazado, me temo) para reubicarlo y darle árnica al sector editorial. Pero esta triste (y dramática para demasiados) situación en que se halla media humanidad da para que uno, atolondrado por el constante vagar por casa y sin afeitar, pueda llegar a pensar que esa literatura del yo profundo aún pueda aportarnos algo que se nos escapó. Y que con el buenismo espontáneo y prematuramente patrocinado de los aplausos en los balcones (hasta Telecirco interrumpe su show de casquería para retransmitirlos en riguroso directo), a uno se le ha aparecido un angelito de esos de camisoncillo azulado y rubias guedejas a decirme: 

Todo el mundo merece una segunda oportunidad.

Tocaba un arpa y todo.

Y no negaré que me lo pasé bien cuando reseñé Ordesa, aquel fenómeno editorial que dejó a media comunidad lectora babeante de gusto y a la otra media estupefacta, aunque he decir, de forma muy inmodesta, que creo que ganábamos los segundos, aquellos que nos preguntábamos qué le habían visto a semejante despropósito aquellos que la encumbraron no solo como un destacado hito local sino hasta global. La deben haber traducido y todo.

Pues señores, Alegría riza el rizo. No digo que no me lo esperara, incluso me permití (con fria acogida) sugerir a los colegas del blog crear un nuevo género consistente en no reseñar un libro explicando porqué ni se merecía ser leído.
Luego recapacité y pensé en la dilatada trayectoria de este bendito blog y la necesidad de ser éticos y coherentes y dignos de nuestro nombre, aunque esta ética y coherencia lo haya sido a costa de leer esta bazofia.
Pero antes he de agradecerle a Vilas que haya expuesto sus cartas de forma tan abierta, presentando el libro al premio Planeta y entregándose ya sin tapujos al mundo del best-seller, de las ventas masivas y de la nula intención de aportación alguna con significado, ejem, literario. Con todo, fue solamente el finalista. El premio fue para la, dicen, peor novela de Javier Cercas.

Alegría es, claro, la continuación de Ordesa y nos presenta a su autor ya lanzado hacia la fama, con los bolsillos llenos y en plena promoción, y tirando del anodino (sus acólitos dirán que fascinante o hasta inagotable) filón de sus experiencias personales, materializadas en reflexiones que vuelven a responder a los pueriles patrones de su antecesor. Hecho, descripción del hecho, reflexión más o menos objetiva, que evoluciona y se va por las ramas y acaba inflamándose poéticamente y acaba rematándose en alguna frase ridícula, ambiciosa y pretenciosa que contiene las palabras vida, muerte, alegría o viento. 
Y así por 107 capítulos, señores. Viajes, hoteles, convivencia con la familia, anécdotas que a nadie interesan. Con familia insoportablemente renombrada con nombres de músicos, con pasajes de pelotilleo a la monarquía, con montones de verborrea que no va a  ningún lado más que a la acumulación de tópicos o a que cierto lector poco exigente (o booktuber de medio pelo) llegue a proclamar que Vilas ha hecho de su depresión y de sus paranoias ARTE.
Aun así, esto no es lo peor. El éxito de Ordesa seguramente sorprendió a su autor si este tiene alguna capacidad autocrítica: era un libro llorón y mediocre. Con Alegría ha optado por profundizar en los peores aspectos, adaptarlos a nuevas situaciones, premeditadamente ha servido al público aquello que el público podía comprarle: el engaño, que en este contexto consiste en hacerse con el dinero y el tiempo del lector, se materializa, y aquí no es casual, sino deliberado, cosa que a este humilde reseñista le parece ofensiva e inaceptable. Y, por favor, no me vengáis con lo de los gustos y los colores.

Así que  esta vez ya he renunciado  a seleccionar muestrecitas de texto para que los pusilánimes defensores de este fraude no me recriminen sacar las cosas de contexto para lucirme. El libro, tomo cierta descripción prestada de quien igual un día lea esto, es horroroso. Y convenceros de ello es la función de estos párrafos, y su misión principal, que ni la curiosidad os acerque a él.

Lo siento, angelito, no habrá tercera oportunidad.

sábado, 19 de octubre de 2019

Contrarreseña, Mi último suspiro de Luis Buñuel


Idioma original: Francés
Título original: Mon dernier soupir
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana María de la Fuente
Valoración: Imprescindible

La memoria, vaya sustancia. Frágil, voluble, delicada. Deteriorada. Hace más de tres décadas leí estas memorias de Luís Buñuel y desde entonces vengo contando asiduamente la anécdota, sacada de este libro, del pueblo del Bajo Aragón que en un año de sequía sustituyó la escasa agua disponible por vino para elaborar el cemento. Vuelvo ahora a estas memorias y la anécdota no está, ausencia total. No existe. Me he pasado más de treinta años convencido de estar refiriendo un hecho cierto acontecido a principios del siglo XX que apenas ocurre en mi imaginación. Bien pensado, quizás a don Luis Buñuel, que nunca quiso renunciar a los desvaríos del credo surrealista, mi delirio continuado le pudiera resultar de lo más razonable y comprensible, pues el inicio de Mi último suspiro ya nos advierte que la memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira.

Así pues, lo maravilloso de este libro se halla exactamente en el apasionado alegato que Luis Buñuel Pórtoles (Calanda, Teruel, 1900 – Ciudad de México, 1983) hace de la imaginación, como eje de una existencia, como medida de su propia vida, como flotador al que agarrase sin miedo, ni reparo, ni vergüenza. Buñuel desprecia la ciencia, a la que tilda de presuntuosa, analítica y superficial y a la religión y advierte que aunque le demostrasen la improbable existencia de un Dios creador, no puedo creer, y en cualquier caso, no acepto que pueda castigarme para toda la eternidad.

Buñuel se rebela igualmente frente a la tecnología y también, por supuesto, frente a las ideologías y, pese a su teórica afinidad anarquista, desprecia a sus militantes por su arbitrariedad, imprevisibilidad y fanatismo, para acabar definiéndose como un inofensivo nihilista. Y nos explica que no fue hasta que llegó a los sesenta y cinco años de edad que comprendió y aceptó plenamente la inocencia de la imaginación: Admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí (…) y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera. La imaginación, deslizándose entre el azar y el misterio, es la libertad total del ser humano. Nuestro primer privilegio.

Los chirriantes límites de la realidad y la fantasía, debatiéndose en conflicto entre lo preceptivo y lo creativo, entre lo impuesto y lo mágico, entre el deber y el placer, son el territorio Buñuel, que afirmaba con frecuencia haber tenido el privilegio de llegar a este mundo y criarse aún en la época medieval. De sus recuerdos de infancia en Zaragoza me quedo con el cine como espectáculo circense, con pianista y explicador, personaje que contaba al respetable la acción que se proyectaba en pantalla… De su paso por el Madrid de los años veinte queda el recuerdo de su frágil aunque fructífera complicidad con Salvador Dalí y Federico García Lorca, compañeros en la Residencia de Estudiantes. Y después, el salto a París, a Los Ángeles, a México DF. El cineasta aragonés anduvo en tratos con Benito Pérez Galdós, con Charles Chaplin y Billy Wilder, con Tristán Tzara y André Breton, con Catherine Deneuve y Ángela Molina, y nos depara por supuesto una genuina y amplia mirada al siglo veinte.

En este juego buñueliano nada es lo que pareciera o debería. De hecho, la redacción de Mi último suspiro, no se debe al propio Buñuel, si no a uno de sus colaboradores y guionista habitual, Jean-Claude Carrière. Circunstancia que confiere un tratamiento más liviano y atractivo para el lector que el que podría haber deparado el propio cineasta, quien ya desde el inicio se reconoce como poco dotado para tal tarea pese a que su nombre es el único que aparece en portada, a mayor tamaño incluso que el título. Pero, como cualquier memoria mínimamente honrada, también tiene algo de balance de descalabros, fracasos y errores. La confesión de André Bretón en 1955 –es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe-  así como la constatación trece años después, en mayo del 68, de que también la acción se había hecho imposible: al igual que nosotros, hablaron mucho e hicieron poco. Tampoco se censuran episodios truculentos, como sus agresiones a homosexuales que frecuentaban servicios públicos en el Madrid donde él estaba fascinado por la personalidad de García Lorca: La chulería es un comportamiento típicamente español, compuesto de agresividad, insolencia viril y autosuficiencia. Yo he incurrido en ella algunas veces… 

Aunque eligió su propio camino, libre, individual e indomable, Luis Buñuel perteneció a una familia muy rica -de esas que tenían a los hijos entre algodones, con criadas que le llevaban los libros a la escuela- lo que le facilitó en gran manera contactos, medios, posibilidades. Escogió lo que le resultaba más precioso, los sueños, el azar, la risa, el sentimiento, la contradicción y lo cultivó con ahínco, con cabezonería: Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia. En mi casa siempre nos han contado que mi abuela Victoria, cuando salió del pueblo, se fue de criada a Zaragoza, a casa de los Buñuel. Así que no puedo dejar de sentir su presencia por entre estas páginas, incierta o no, pero absolutamente real porque habita en ese precioso ámbito que es mi fantasía.

Mi percepción de este libro la puedo resumir con la calificación de Imprecindible, que en la jerga que usamos los inquilinos de este artefacto completamente irracional que es este blog es como ponerlo por los cielos. Se trata, por tanto, de una contrareseña de la que, en su momento, publicó Santi, quien le adjudicó un Muy Recomendable, que tampoco está nada mal. Puede que los motivos por los que le concedo a estas memorias más parabienes que mi colega reseñador y padre fundador de Un libro al día sean subjetivos o personales y aunque he intentado argumentarlos, no sé si resultarán convincentes. En todo caso, y tratándose de Luis Buñuel, viva la abuela que nos parió.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Marguerite Duras: El dolor

Idioma original: francés
Título original: La doleur
Año de publicación: 1985
Traducción: Clara Janés
Valoración: muy recomendable

Como profano en la obra de Marguerite Duras, salvo por la escueta consulta que he efectuado en la red y la información contenida en solapa y post-data de este libro, me limitaré a apuntar que no sé si esta es una obra representativa. Parece una publicación de un escritor que, en el fragor de una gran repercusión, rescata escritos a requerimiento de cierta presión, no editorial, más bien percibo que como consecuencia de ese gran éxito que acarrea entrevistas, interés desmedido, cierta euforia bien entendida a la que se intenta dar respuesta.
Bueno, también sabía sobre Duras que era la casera (supongo, real) de Vila-Matas, en la notable París no se acaba nunca.
Hecha esta breve puntualización, El dolor es una obra muy notable. Una demostración, a tenor de lo apuntado por la autora (diarios que apenas recuerda haber escrito), de que incluso abordando textos íntimos, dígase menores o sin una intención directa de ser divulgados, ciertos escritores lo son, y punto. Hasta dirigiéndose al papel en blanco, Duras es aquí extremadamente respetuosa con la forma, disponiendo de un fondo, de unos hechos reales y vividos que ya son fascinantes de por sí. El grueso de este libro, sus cuatro primeros relatos, se circunscriben en diferentes momentos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, con la Francia ocupada, con la Resistencia, los colaboracionistas y con el durísimo e incierto proceso de la repatriación de los prisioneros de los campos de concentración.
Robert L., marido de Duras, es uno de ellos, un prisionero que, cuando el conflicto está acabando, está en uno de los campos que ha sido liberado. Duras le espera y acude al Servicio de Indagaciones a saber qué ha sido de él. El caos reina, se sabe de las medidas desesperadas que los nazis han aplicado cuando han sospechado que van a ser derrotados y sus actos serán juzgados. Se habla de las marchas de la muerte y de los fusilamientos. Hasta aquí, podríamos decir que se trata de una narración lógica de la desesperación ante la incerteza. Pero Duras la quiebra cuando confiesa que, en ausencia de su marido, tiene ya una nueva pareja, D., igualmente miembro de la resistencia y colaborador activo en las indagaciones. No es la única ruptura con el estereotipo: Duras mismo reconocerá un par de relatos más adelante (pero igualmente en uno de los cuatro relatos marcados como “reales”, o sea, no “creación”) haber dirigido una cruel sesión de tortura donde un colaboracionista con la Gestapo es duramente golpeado en la oleada de represalias post-liberación. Entre estos dos relatos, un fascinante episodio en el cual Duras mantiene contacto con un mando alemán, el que detuvo a su marido y que sorprendentemente se presta a ayudarla, en una tensa relación de desconfianza mutua que parece ir a adquirir tintes trágicos en cualquier momento. Fascinante segundo relato que completa un terceto inicial que bien podría resumir la esencia del conflicto: la tragedia, la traición, la venganza.
Todo ello escrito en un tono solemne pero no lacrimoso, siempre (recordemos, el punto de partida es un diario) con una sinceridad descarnada antes que grandilocuente. Los diarios de la supervivencia en el peor de los escenarios y un documento estremecedor por el mero hecho de ser eso: sencillo, sincero, resignado, pero no exento de rabia.

martes, 29 de enero de 2019

Antón Castro: Cariñena




Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Está muy bien



Antón Castro (Arteixo, Galicia, 1959) llegó a Zaragoza a los diecinueve años atraído por la existencia de algo así como una comuna de artesanos pacifistas, un lugar algo más acogedor y adecuado a su condición de objetor de conciencia al entonces obligatorio servicio militar que la intemperie del hogar familiar. Claro está que a esa edad, la mayoría estamos a punto de lanzarnos a eso que el autor describe como la continua aventura que es la vida: “Te atrapan todas las historias, todos los personajes, todo lo que oyes o ves”, y lo hacemos sobre todo cargados de dudas, miedos y prejuicios. Con pájaros en la cabeza, aunque en este caso, pájaros como Federico García Lorca, Luís Cernuda o Garcilaso de la Vega. Pero también de una magnífica e inconsciente curiosidad que es la que empuja a lanzarse a esa corriente sobre la que no tenemos ni la más remota idea de adónde nos llevará.

Era otoño y por tanto, época de vendimia. Una oportunidad para sacarse un dinerillo sin necesidad de acreditar preparación o experiencia, en ese momento en el que casi todo tiene la condición de inédito, de primera vez. Llegar en soledad a un lugar desconocido, buscando. Al acecho de un trabajillo, de una oportunidad, puede que persiguiendo lo desconocido o quizás tras algo que dé un sentido a la existencia, o tal vez con la ambición desmedida de encontrarse a uno mismo… Todo eso está en Cariñena. Creo que a cualquiera de los que no somos de por allí, Cariñena nos sonará a vinos baratos y recios, y poco más, desde luego sin el prestigio de otros lugares asociados a la belleza, la excelencia o la quintaesencia de la elegancia. Aunque el escritor neerlandés Cees Nooteboom ubicaba en su novela En las montañas de Holanda exactamente en estos parajes y en estas carreteras la noción de paraíso y perfecta felicidad… Por cierto, en la comarca se produce mucho vino aunque también caldos magníficos.

En cualquier caso, las coordenadas de Cariñena – el lugar y este libro- pasan por la sencillez de los lugares y las personas corrientes, exentos de grandilocuencia, de simbología o trascendencia. El relato que hace Antón Castro de aquel momento tiene el tono íntimo y sosegado con el que la vida parece discurrir por esos lugares apartados, modestos y aparentemente plácidos. No se trata en absoluto de un ejercicio de nostalgia ni de contar batallitas sino de recuperar un momento del pasado y cocerlo a fuego lento con un tratamiento de lirismo ligero, de austera naturalidad. Queda entonces un relato que nos da la medida de un tiempo, aquel país que todavía se movía entre las sombras de la dictadura y el destape, entre la represión y las incontrolables ganas de fiesta, Con una colección de personajes necios o entrañables, que acaban conformando un paisaje tan particular como universal. La cantante, demasiado sensible y demasiado ausente, cuya carrera nunca despegó. El campesino letra herido enamorado hasta las trancas de una mujer que cocina para el joven desconocido. El viejo que colecciona la revista Interviú. El universitario que gusta de oírse y miente por los codos. Aquellos momentos y aquellas personas que Antón Castro a sus diecinueve años fue capturando en un cuaderno Sagitario son el fecundo sustrato de este relato, que se saborea con el mismo deleite que deparan los vinos sabrosos, honestos y elaborados con oficio.



miércoles, 16 de enero de 2019

Lucia Berlin: Una noche en el paraíso


Idioma original: Inglés
Título original: Evening in paradise: More stories
Año de publicación: 2018
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Valoración: Muy recomendable

-Hola Oriol. Me comentas que te han regalado Una noche en el paraíso. ¿Qué te parece una reseña a cuatro manos? Desde luego, es un libro al que le tengo un montón de ganas. La anterior recopilación de relatos de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, me fascinó; me pareció que la autora tiene una voz original. Exquisita y cargada de arrojo y belleza. Y además, su condición de personaje relegado al olvido, ninguneado por la industria editorial, le añadía un extra de atractivo, aunque esta es una consideración que nada tenga que ver con el interés o valor de su escritura. Pero bueno, lo que vengo a decirte es que no suele ocurrirme con frecuencia, esperar la salida de un título nuevo con tanta apetencia como con Una noche en el paraíso. Si me gusta tan sólo la mitad de lo que lo hizo Manual para mujeres de la limpieza ya será un gustazo.

-¡Encantado de hacer una reseña contigo, Carlos! La verdad es que yo no he podido leer todavía Manual para mujeres de la limpieza, pero no tardaré en hincarle el diente. Y es que Una noche en el paraíso me ha dejado con ganas de más Lucia Berlin. Por si no se ha notado, esta antología me ha encantado: la mayoría de los relatos que la componen estaban muy bien. Encima, es lo suficientemente variada como para no saturar al lector. De hecho, Berlin me ha parecido capaz de moverse con holgura por registros de lo más distintos. Algunas historias estaban en primera persona, otras en tercera; había textos empañados por un tono algo ingenuo, y otros se decantaban por una voz narradora casi fatalista; cuando te has acostumbrado a los escenarios suburbanos, va y te sale con una ambientación que bien podría haber salido de la pluma de Stefan Zweig...

-Quizás, Oriol, uno de los rasgos de Lucia Berlin que más me llaman la atención sea la ausencia de cinismo, carencia más que remarcable en alguien que a los treinta y dos años acumulaba tres ex-maridos, cuatro hijos y una rotunda afición al trago. Lucia Berlin (EE.UU., 1936/2004) escribió a lo largo de su vida unos setenta y pico cuentos, veintidós de los cuales están recogidos en Una noche en el paraíso, habiendo asistido en su juventud gracias a su conocimiento del castellano a las clases del escritor aragonés Ramón J. Sender en la Universidad de Nuevo México. Y sí, sus protagonistas parecen tener mucho de ella misma; mujeres que siempre contestan al teléfono y nunca cierran con llave. Mujeres que plantan flores, cultivan carcajadas, sonríen a las visitas inesperadas y leen y cantan a sus hijos, aunque sus vidas parezcan una calamidad, un despropósito, un loco desafío.

-Yo también he localizado en estas narraciones los elementos autobiográficos de los que hablas, Carlos. Uno de los más curiosos aparece en "La barca de la Ilusión" y "Las (ex)mujeres". Ya sabes, cuando dos mujeres apuñalaran al ex-camello de su marido, aunque el herido apenas sangra. Y estoy completamente de acuerdo en que la voz de Berlin, por fatalista que sea, nunca es cínica. Hay relatos en los que habla de las infidelidades o de los prejuicios, por ejemplo, y la tía es capaz de meter humor. Entendámonos: un humor simpático, nunca cáustico. El humor empañaba precisamente "Mi vida es un libro abierto", uno de mis relatos favoritos. Llegados a este punto, ¿puedo preguntarte si hay algún texto que no te haya gustado y por qué?

-Claro que hay relatos que me han gustado y otros que no tanto. En general me han parecido un punto más apesadumbrados y abigarrados que los cuentos recopilados en Manual para mujeres de la limpiezaMe ha llamado al atención la presencia de numerosos personajes en algunas piezas, algunas tan breves, como si la autora quisiera -intencionadamente o no- dejar constancia de la presencia de determinadas personas. Pero si tuviese que destacar alguno, me quedaría con "Perdida en el Louvre" y también con "Lead street, Alburquerque". Por perlas como esta: "Tendríamos dos hijas y una sería dentista y la otra adicta a la cocaína. Bueno, por supuesto, no sabía nada de eso, pero vi que no sería un camino de rosas". O esta otra: "No se trataba solo de que fuese joven. Llevaba toda la vida de un lado a otro. (...) daba la impresión de que nadie le hubiese contado ni enseñado en qué consistía hacerse mayor, formar una familia o ser una esposa. De que una razón de que fuese tan callada era que estaba observando, para ver cómo se hacía". Pero si me preguntas por alguno que no me haya gustado, pues me temo que la respuesta se queda en blanco, porque de verdad que no me parece ninguno prescindible. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-Uff... En mi caso, ha habido unos cuatro relatos que no me han gustado. Cosa que no ha arruinado mi experiencia lectora, ¿eh? Pero, por ejemplo, el que da título al volumen me ha dejado bastante tibio. Lo mismo sucedía con "Polvo al polvo". Y justo estas dos historias giraban de forma casi exclusiva alrededor de los hombres. Teniendo en cuenta que gran parte del libro se centraba en la figura femenina, lo cierto es que me hubiera gustado poder disfrutar estas dos piezas.  

-Los cuentos aquí reunidos fueron escritos entre 1981 y 1999, publicados sobre todo en revistas y editados en formato libro con posterioridad, sin apenas repercusión entre lectores y crítica. Y ahora, décadas después, se han convertido en un éxito de ventas y han tenido una repercusión extraordinaria. No soy capaz de elaborar una teoría al respecto, pero me alegro porque me parece una escritura valiosa y perdón por la falta de originalidad, lúcida y luminosa. Así que en mi opinión, resultan muy recomendables. ¿Qué opinas tú, Oriol?

-¿Cómo? Ah, perdona, ya estaba buscando Manual para mujeres de la limpieza. Coincido completamente contigo, Carlos. Muy, muy recomendables.


 Oriol Vigil & Carlos Ciprés


También de Lucia Berlin en ULAD: Manual para mujeres de la limpieza

martes, 21 de agosto de 2018

Ngũgĩ wa Thiong’o: Descolonizar la mente

Idioma original: inglés
Título original:  Decolonising the Mind
Traducción: Marta Sofía López Rodríguez (castellano), Blanca Busquets (catalán)
Año de publicación: 1986
Valoración: muy recomendable

Poco se puede decir ya a estas alturas que no se sepa de Thiong'o, y menos aún después de las reseñas publicadas en ULAD sobre sus ensayos críticos con el sistema. Que Thiong'o es una de las voces más destacadas de la literatura africana es indudable, y hablando de literatura, hablamos de la lengua, del idioma y, en este caso, de su uso con fines políticos. Porque de eso trata el magnífico libro que nos ocupa.

Con la lengua como centro neurálgico en torno al cual gira la obra, el autor nos habla en esta novela de la importancia de la lengua en la sociedad, como herramienta de cohesión. La importancia de usar la lengua propia no únicamente en el seno familiar y en el trabajo sino también con las autoridades y estamentos oficiales. Así el autor, basándose en su propia experiencia, nos narra el primer impacto que tuvo cuando de pequeño fue a la escuela, una escuela colonial, y en la que, por tanto, la lengua de su educación ya no era la lengua de su cultura. La lengua de la colonización, el inglés, debía ser preferente e imponerse por encima de la lengua de la comunidad (kikuiu o kikuyu), a menos de que uno quisiera ser sancionado o incluso castigado físicamente, pues la escuela implantaba un sistema donde eran los propios alumnos los que denunciaban a sus compañeros, estableciendo un sistema de caza de brujas. Por contra, el uso del inglés era premiado, subvencionado. El acceso a la universidad era en inglés y era obligatorio obtener un notable en la lengua inglesa para pasar, indiferentemente del resultado o las notas del resto de materias. Así, utilizando la lengua, los apartaban cada vez más de ellos mismos, de su mundo.

El autor nos habla así sobre cómo el colonialismo vinculó el progreso, la cultura y el liderazgo a la lengua colonizadora, relegando el idioma autóctono al idioma de la clase trabajadora, de los pobres, de los pequeños pueblos. Pero fueron los propios campesinos quien mantuvieron la lengua, pues creían compatible el inglés como idioma de ámbito continental con la lengua materna para su uso diario. Por contra la burguesía se arrimaba al lado colonizador, buscando los intereses económicos.

Extendiendo la lengua a otros ámbitos de la sociedad, el autor nos habla también de la importancia del teatro, un espacio de representatividad cultural de la sociedad. Por ello, importaba el idioma en el que se realizaban las obras pues pasar del idioma inglés al africano aproximaba más el teatro a la vida de las gentes, identificándose con la obra y con su propia cultura y vida. El autor también nos habla de la represión que sufrieron en el sector teatral por parte de los colonialistas, como respuesta presumible al auge e importancia que estaba adquiriendo el teatro, no como diversión, sino como campo de denuncia. Ello le valió al autor no poder regresar a su país, pues corría el riesgo de ser arrestado y aprisionado sin juicio.

Y como en toda ideología hay detrás una carga política, y viceversa, el autor va más allá de la imposición de la lengua para cargar las tintas sobre la imposición del sistema económico. Así, el autor denuncia el capitalismo, el imperialismo que, a base de ocupar y confiscar tierras, imponiendo su tecnología y su capacidad de producción, despliega su motor económico negando a los pueblos a hacerlo por sí mismo y destrozando la naturaleza y el entorno con el que convivían hasta el momento, alterando el orden lógico en el que sus vidas estaban integradas en él. El imperialismo, que causó un gran desarraigo y desplazamiento de poblaciones enteras, rompiendo familias, que también fue causa de aparición de enfermedades sobre las personas y animales, enfermedades que llegaron con los colonizadores. Y como en toda expansión económica, el aumento de la diferencia entre clases sociales y el auge del racismo, con la riqueza concentrada en unos pocos, especialmente blancos. De esta manera el imperialismo incidía en la pobreza y el subdesarrollo en la población; y con el desarrollo llegó la imprenta, pero mientras los libros en inglés se publicaban sin problemas los libros en lenguas africanas sufrían censura, el imperialismo controlaba el contenido. Todo lo publicado era porque era favorable a los intereses del imperialismo, y las imprentas controladas por el poder y los misioneros. De esta manera, la población sólo podía leer aquello que comulgaba con las ideas del imperio colonizador. Los misioneros también colaboraron con la implantación del catolicismo, arrinconando las creencias ancestrales. Así se consigue desconectar a la población de su lengua, y por extensión de su cultura y su pasado.

Por todo ello, por el sistema implantado en la sociedad durante gran parte de su vida, el autor reconoce la dificultad en volver a escribir y publicar un libro en lengua africana pues la colonización ha acostumbrado a los lectores, no únicamente a leer en una lengua no nativa como el inglés, sino también al contenido, estructura, ambientación y tipo de literatura, muy diferente a la propia en África. Es por ello que el autor reivindica la necesidad de devolver la lengua africana al primer plano de la literatura, porque con ello se crearía una sinergia entre las diferentes lenguas de África devolviendo la cultura originaria de los pueblos.

El mensaje que transmite el autor en este gran libro es claro y evidente: hay que reconectar la literatura con las tradiciones orales. Hay que reconectar los pueblos a su lengua, hay que volver a enlazar la cultura con sus gentes. En definitiva, hay que volver a conectar la lengua con la historia, antes que la utilicen para modificar también el pasado de los pueblos.

PD: Aunque el libro se encuentra traducido al castellano, he preferido esta portada de la edición en catalán. La encuentro particularmente bonita.

También de Thiong'o en ULAD: Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, No llores, pequeño, Sueños en tiempos de guerraEl río que nos separaLuchar con el diablo

sábado, 18 de noviembre de 2017

Eduardo Halfon: Duelo

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

A estas alturas, y con sus libros hermanados por títulos escuetos, extensión algo rácana, y elegante portada en motivo gris azulado, no sabría decir si Halfon cierra con Duelo una tetralogía iniciada con El boxeador polaco (que no he leído y que no me extrañaría que Asteroide reedite algún día, como para cerrar el círculo) o si son Monasterio, Signor Hoffmann y esta novela una trilogía donde el autor guatemalteco rememora diversos eventos de su vida y los presenta en una forma que tiene un indudable aspecto compacto. A obra por año, y con el indudable emblema de la editorial (gustarán más o menos, pero creo que Asteroide siempre presenta libros que al menos son dignos de ser tomados en serio -o sea, serían incapaces de publicar a Milena Busquets), Duelo parte de un recuerdo de juventud (el incidente idealizado en la familia de un niño ahogado en un lago en Guatemala) a partir de cual, y contra la voluntad de su familia, se indaga hasta descubrir que las cosas no fueron así, que fueron en realidad de otra manera.
Halfon es capaz de administrar ese misterio y envolverlo en algo más de 100 páginas de efectiva prosa, prosa cálida y precisa donde cada frase tiene sentido y donde, sin primar resolución más que de forma muy sutil, impera la búsqueda de la identidad a través de la comprensión de los orígenes y a través de la asunción de ciertos aspectos de la herencia familiar con los que los lectores de sus anteriores novelas ya estamos, erm, familiarizados. Todo sumamente eficaz en su propósito narrativo y con esa apelación a las circunstancias de la presencia de los Halfon en Guatemala, en medio de la diáspora producida por el nazismo y en medio de esa re-colonización de la América Latina, la que se produce en pos de salvar el pellejo, tema que, ya sabemos, suele aflorar de tanto en tanto y es una baza más que segura a la hora de empatizar con un texto (siempre que el lector no sea un patán insensible).
Aunque he de recuperar algún concepto del inicio de esta reseña. Sí, los tres textos de Halfon son valiosos y eficaces y posiblemente la intención del autor sea la de diferenciar esas tres historias dándoles el amparo de diferentes títulos y diferentes entornos. Pero la cuestión es, somos un blog dedicado a la literatura y esa dedicación entraña también defender al lector que toma una decisión de empleo de recursos (tiempo, pero también dinero) a la hora de abordar sus lecturas. Los tres libros de Halfon, obviamente interconectados por su común talante autobiográfico, sus lógicas licencias creativas y sus sutiles apelaciones al pasado europeo, suman algo más de 300 páginas, en tres libros que se han publicado por separado. Una inversión estimable, teniendo en cuenta que hay alternativas en ediciones de bolsillo, por ejemplo. Creo que lo expliqué a cuenta de alguna otra editorial: sabemos que las ediciones son caras, sí, que los buenos escritores muchas veces no pueden subsistir solo de las ventas, pero creo que deberíamos intentar que el placer de la lectura en su vertiente de comprar libros para leerlos y conservarlos, no se convierta en otro lujo al alcance de pocos.

lunes, 7 de agosto de 2017

Jordi Puntí: Los castellanos



Idioma original: Catalán
Título original: Els castellans
Año de publicación: 2011
Traducción:  El propio autor
Valoración: Recomendable

La infancia es una ficción. Este libro quiere ser una prueba concluyente de ello. Con este reconocimiento, que forma parte de la propia narración en su epílogo, Jordi Puntí (Manlleu, Barcelona, 1967) fija el punto de partida de este grupo de relatos, iniciados por encargo de la revista L’Avenç en 2007 y cuya primera elaboración corrió paralela en el tiempo, como ejercicio complementario, a la escritura de la novela Maletes perdudes.

Reescritos con posterioridad, y con toda la intención de elaborar literatura desde la intimidad, la evocación y el recuerdo, pero también desde la ficción, la alteración y el sometimiento al objetivo de lograr un tono, una atmósfera y un estilo, nos deparan un viaje al tiempo de la infancia en un pueblo industrial (y rural) de la Cataluña “profunda” en la década de los 70 y 80 del siglo XX.

Para ello, Jordi Puntí se sirve de la relación que él y sus compañeros mantenían con los niños de su edad, miembros de la numerosa comunidad de inmigrantes procedentes en su gran mayoría del sur de la Península Ibérica y a los que denominaron castellanos. Relación, hay que resaltarlo, basada casi que exclusivamente en la pedrada, aderezada de algún insulto y un poco de desafío. Unos en casas unifamiliares, los otros en abigarrados bloques de viviendas, unos en colegios religiosos de pago, los otros en escuelas públicas gratuitas, la convivencia pasaba por la pugna y el control –más simbólico que efectivo- de los espacios comunes; un descampado, una pista de deporte, la piscina municipal, el cine (donde reinaba sin discrepancia posible Bruce Lee), la máquina del millón de un bar, un escondite donde reunirse y ojear revistas con fotos de chicas desnudas…

Apenas hay diálogo, ni contacto físico. Y, sin embrago, los otros se vuelven imprescindibles para modelar el yo, el nosotros. “Es como si ellos hubieran sujetado el espejo en el que nos reflejábamos – y me gusta pensar que a su vez nosotros sujetábamos el suyo.”, Por que en esa dinámica de conflicto y de pugna, subyace también una fascinación por las maneras, el desparpajo, la belicosidad que la propia imaginación infantil otorga al desconocido; al que no se le impone la restricción de la digestión para darse un chapuzón, para el que el horario de regreso es más laxo y al que cuando castiga un cura lo hace con más saña. Y ahí, me parece, radica el mayor atractivo de estos relatos, en esa capacidad de desbordar lo previsible, de exhibir y estrujar los propios prejuicios y de ofrecer una perspectiva inesperada y prodigiosa.

También hay algún personaje que sabe nadar entre dos aguas, que va por libre y no precisa despreciar al otro para definir su persona y opta por sacar partido a la situación. Y al final, con la llegada del bachillerato, la adolescencia y otros anhelos, más prosaicos y carnales, acaba por imponerse el trato personal y, ya se sabe, del roce surgen muchas cosas. A los castellanos, un apelativo pretendidamente despectivo, empezando por su arbitraria falta de exactitud, sucederán familias y niños llegados desde otras lejanías que serán seguramente observados por otros niños desde lo alto de sus bicicletas con reserva, desconfianza y hostilidad. Y, muy probablemente, íntima y secreta fascinación.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Lina Meruane: Volverse Palestina


Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Mirad, yo no creeré en los horóscopos ni en las líneas de la mano ni en los posos del café, pero creo en las coincidencias. Y tras leer, en cierto correo particular, una mención a Lina Meruane entrevistando a Enrique Vila-Matas, no más de un par de días después vuelvo a leer su nombre en un artículo dedicado a las nuevas voces femeninas de la literatura en español. Y digo, hey, este nombre me suena, y mi bien abastecida biblioteca dispone de tres ejemplares y digo, Volverse Palestina, no más de 200 páginas, suficiente para tener una idea de por dónde van los tiros, dos partes, una especie de primera crónica de un viaje y un ensayo que la complementa. Ya está. Hay que descubrir nuevos escritores, narices. Más cuando muchos favoritos de uno hace tiempo ya que no pueden escribir, ya se sabe, la parca, que tiene a gente visitada y a gente por visitar.

Meruane es chilena. Empezamos bastante bien, pues tengo debilidad por los compatriotas de Bolaño. Y su apellido pronto se muestra evocador de unos orígenes en Palestina. Una familia que tuvo que salir de allí y se asentó en Chile. Un planteamiento de regreso al hogar de los ascendentes, dudas, pero vamos para allá. Y la Palestina que Meruane visita es, bastante, como la que describen los medios. La primera parte de este libro es una crónica de un viaje de retorno, cuestión recurrente en obras de Pron, de Halfon, lo que supone una apuesta segura en términos puramente líricos: se sabe que se recurrirá a la evocación de los lugares, de las amistades dejadas atrás, de los contactos retomados con la familia, de las sensaciones emanadas de esta experiencia. Y Meruane lo narra bien, pero no logra transmitirlo con exactitud. Es más una crónica de un viaje que un regreso emocional. Tan pronto parece alinearse con la causa palestina como muestra una distancia, la que han creado los años y las millas de separación, como si esa presencia ahí no vaya nunca a plantearse como definitiva más que en el recuerdo.

La narración viene complementada con una segunda parte, Volverse otros, más cercana al ensayo político-social de alguien que ha estado previamente en el escenario. Y otra vez los lugares comunes son el denominador: quizás es que el eterno conflicto ya ha tomado la forma de presente, y confirma lo expresado en la primera parte acerca de la cruel adaptación del ser humano al día a día en un entorno hostil y cruel. Meruane muestra su crispación con la actitud del estado de Israel, de los colonos, de la comunidad internacional, crispación que, con matices más escorados a un lado o al otro, ha sido, es y será mostrada no solo por escritores a la búsqueda de respuestas, sino toda suerte de teóricos conocedores de las áreas implicadas: políticos, religiosos, sociólogos, expertos en conflictos. La mirada de Meruane, escritora, es una más, y, aparte de un estilo correcto, aunque algo frío, nada la destaca demasiado entre esa multitud casi monolítica de opinadores que afloran por todos los lados.

martes, 21 de marzo de 2017

Tim O' Brien: Las cosas que llevaban los hombres que lucharon

Idioma original: inglés
Título original: The things they carried
Año de publicación: 1990
Traducción: Elvio E. Gandolfo
Valoración: muy recomendable, casi imprescindible

Abrumador e indiscutible. No queda ninguna duda de que el testimonio de O'Brien está basado en su propia experiencia. A mí, ni una: veo imposible para un ajeno tanto ciertos recuerdos como la nitidez y el lujo de detalles de ciertos recuerdos. No es que O'Brien quiera negarlo, pero resulta sencillo achacar a la intención de dramatismo el añadirle cierta épica tan rentable comercialmente. Pues no le hace falta épica a O'Brien, que hizo de esta experiencia el eje de una obra que habrá que seguir revisando.
Vietnam: un desastre al que los americanos nadie les había llamado, pero al que fueron (como a algunos países de Sudamérica) con la intención de equilibrar o neutralizar la influencia del bloque soviético, en unos tiempos donde las cosas se hacían, si cabe, de forma más descarada. Preservar los intereses globales o detener el avance del comunismo. Nos gastamos un dineral, movilizamos a unos cuantos jóvenes que igualmente andarán aburridos o drogándose, qué más da, y a ver qué tal nos va. Vietnam fue un desastre y de este si que nos hemos ido enterando paulatinamente. El cine de los 70 en adelante: Cimino, Stone y, claro, Coppola. una combinación de paranoias y testimonios que nos han ilustrado con todo lujo de detalles, muchos de ellos muy escabrosos. La foto de la niña y el Napalm, la crueldad enorme de invasores e invadidos, la guerra de guerrillas. Hasta Cercas se reservó un protagonismo para el tema en su brillante La velocidad de la luz. 
Tim O'Brien construye una novela a base de interconectar episodios. En un par de párrafos iniciales ya nos habla de mucho de lo que va a pasar. Quién morirá y cómo. Algo de prever, que O'Brien zanja para que descartemos enfrentarnos a un relato de aventuras. Una estrategia acertada, no hay disfrute posible y desde el primer minuto hemos de ser conscientes. Aquí sí que trasluce el absurdo. Los soldados no saben qué narices pintan, pero pronto ven que no son bienvenidos, y reaccionan conforme a la hostilidad del entorno al que son arrojados. Como es la guerra y es una guerra sucia y fétida, todo vale. Aldeas quemadas, civiles masacrados, un terror seco y mudo que acapara a quien es presa de él. El relato introductorio que da título al libro es un preámbulo glorioso. Los objetos que acarrean los soldados actúan como masa unificadora de pasado y presente. Recuerdos, fetiches, cartas, fotos, conviven con minas Claymore. munición, raciones de campaña. armamento. equipo de comunicaciones. El aparato logístico, en su descripción, nos ayuda a hacernos a la idea. Los representantes del ejército USA empleados para la narración son ejemplos de la sociedad que allí los ha llevado (convicciones, dudas, creencias) y una vez en el frente no tienen otro remedio que adaptarse a su mutua dependencia y a su futuro común. Novias reales o no, familias, estudios, todo ha pasado a un último plano y en Vietnam se trata de seguir vivo, o de conseguir al menos una muerte digna o, si no, al menos de recuperar algo que se pueda meter en una bolsa de cadáveres para que la familia cuadre lo incomprensible.
Imposible no familiarizarse con Kiowa o con Lavender o con el propio O'Brien (impresionante el capítulo en el río Rainy donde valora la posibilidad de la deserción), no verlos como personas normales y corrientes, no empatizar con sus sensaciones tanto en el momento del combate como en el lánguido día a día de vuelta a casa, cuando quedan solos con sus recuerdos y no le encuentran sentido a nada salvo que a revolcarse en ellos.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ngũgĩ wa Thiong'o: Sueños en tiempos de guerra

Idioma original: inglés
Título original: Dreams in a Time of War
Año de publicación: 2010
Traducción: Rita da Costa
Valoración: muy recomendable

¡Pero qué hacemos sin montar la polémica! El Nobel, ¿a Dylan?
Éste, este escritor era uno de los que sonaban, y aquí lo tenemos, qué bien me habría ido, qué giro oportunista me he perdido porque estos señores suecos no se hayan decidido, contra toda lógica de democrática y cíclica compensación, a premiar un representante de la literatura africana. Sí, justo ahora que nos acostumbrábamos a escribir, hasta a pronunciar correctamente Svetlana Alexiévich, otro nombre extraño que apuntarse en una hojita para ir a la librería, hacer un poco el ridículo ante el dependiente, y acabar diciendo, sí, claro, el último Nobel. 
Pero ahora nos enviarían a la sección de música.

Y Wa Thiong'o quedará en la lista de espera, al lado de nombres ilustres como Roth, De Lillo, Adonis. Ah, y, como diría Santi, tras pausa dramática, y al lado, también, del  Murakami ése. Difícil es evaluar sus méritos en función de un solo libro, pero por algún sitio hay que empezar. Siguiendo con las comparaciones, también Alexiévich solamente tenía traducido Voces de Chernóbil. Wa Thiong´o nos lo presenta Rayo Verde (que por cierto, publica en catalán a Alexiévich y anda, y espero que con mucho éxito, en lo de reivindicar a Juan José Saer) y responde un poco a lo que se espera de la literatura africana, de esa que surge tímidamente, casi siempre desde originales en inglés y casi siempre desde escritores que se han establecido de forma más o menos fija en USA o en Inglaterra. Más si se trata de un volumen que rememora su infancia, que cierra la narración justo en el momento en que llega al instituto donde cursará la educación secundaria. Que ahora mismo no sé si tiene continuidad en la obra del escritor keniata, pero que ya empiezo a echar de menos.
Porque esta prosa sencilla engancha, porque transmite la honestidad de la que no son capaces demasiados escritores al referirse a orígenes humildes y circunstancias particularmente duras. La infancia que Wa Thiong'o describe quizás no aporte párrafos esplendorosos, pero deja una impronta tan indeleble. O alguien puede quedarse indiferente cuando el mayor obstáculo (tras haber superado cursos y duras pruebas) que aleja al Wa Thiong'o adolescente de poder ingresar en el instituto es que su familia no dispone del dinero suficiente para comprar el par de calcetines y los zapatos (sus primeros zapatos) que se le exige llevar. ¿Hace falta una prosa florida y recargada para comentar algo tan duro? La narración empieza con curiosas escenas: los bonos, prisioneros de guerra italianos, son forzados a participar en la construcción de precarias infraestructuras. Inicio de los 40. Kenya se recupera de su participación en la Campaña de África Oriental, y sus participantes locales ni siquiera han obtenido tratos de favor de los colonizadores británicos, que siguen dominando el país con crueldad y mano dura. Todo sigue igual, y Wa Thiong'o crece en una estructura familiar propia del ambiente rural en el que ha nacido: su padre tiene cuatro esposas y él un montón de hermanastros. Un abuelo materno al que ayuda y una ambición, seguir adelante en sus estudios, que guía su vida. Pero que ha de convivir con las circunstancias. Miseria, abandono, la contundencia del aparato represivo colonial ante el tímido (pero a la larga definitivo) despertar del sentimiento independentista. Esa niñez transcurre en esos cauces. El tesón por decidir sobre su futuro. El individual, accediendo a cotas de educación que le han sido negadas a sus iguales, el colectivo, deshaciéndose del yugo explotador. Cuestiones que precipitan la madurez del Wa Thiong'o narrador, obligado a recorrer enormes distancias para acudir a clase, a respetar decisiones injustas, a que le sea recriminado expresarse en su idioma materno, a trabajar siendo un niño para obtener apenas lo suficiente para la siguiente comida. Como muchas de estas obras, tan angustioso conocer ese día a día, aunque sea transcrito de forma resignada, pero vital y optimista, como ser conscientes de que, décadas más tarde, sigue siendo el recorrido vital de millones de personas.
Lo dicho: por favor, ya, el siguiente volumen.

También de Thiong'o en ULAD: No llores, pequeñoDesplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, Descolonizar la menteEl río que nos separaLuchar con el diablo