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jueves, 12 de junio de 2025

Colaboración: El diablo en la cruz, de Ngugi wa Thiong’o

Idioma original: Kikuyu o gikuyu

Título original: Caitaani mũtharaba-Inĩ

Traducción (del inglés): Alfonso Ormaetxea

Año de publicación: 1980

Valoración: Tendría que ser kikuyu originario para poder hacer una valoración justa.


El diablo en la cruz es un libro muy especial, algo totalmente inesperado en Europa y en el resto de lo conocido como mundo occidental. Fue el primer libro que Ngugi wa Thiong’o escribió en su lengua materna, en kikuyu o gikuyu. Lo escribió para los pueblos de su cultura natal, sin importarle que pudiera tener otros posibles lectores. Eso hace que toda su primera parte nos desconcierte a quienes no somos nativos de la cultura kikuyu. Además lo escribió pensando en los que no saben o no quieren leer en inglés y para aquellos a quienes recomienda que lean y escriban en su idioma materno. Tal vez eran muy pocos los que 1980, año de su primera edición, sabían leer kikuyu ¿Cuántos libros escritos en ese idioma existirían por entonces? Según nos cuenta el mismo Thiong’o, en la escuelas de Kenia, cuando él estudió en ellas, se prohibía hablar kikuyu; educar era enseñar a hablar, leer y escribir en inglés.

En algunas de sus obras escritas en el idioma de los colonizadores, libros que le dieron una muy merecida fama, Ngugi propone Descolonizar la mente y escribe una tesis para impulsar la escritura en las lenguas de los habitantes originarios de Kenia. Aquí, en El diablo en la cruz, Thiong’o no propone, lo hace y elige atinadamente personajes y costumbres sumamente populares para demostrar a su pueblo lo que considera de primordial importancia: con los colonizadores llegó a Kenia un sistema hecho para robar y depredar, que logró instalarse manejado por quienes quedaron al frente del país, al servicio de los antiguos colonizadores, después de la independencia política.

A nosotros, los “occidentales”, la primera parte de la novela nos parece no solo una ironía, más bien la vemos como una burla grotesca del sistema económico en que vivimos. Desde nuestro rincón cultural, preferimos leer, para criticar al sistema, a sesudos pensadores: Marx, Arendt, Althusser, Habermas, Zizek. Y los comentaristas damos maromas para defender a un gran literato que escribió, para hablar del sistema económico imperante, lo que dicen los choferes ilegales del transporte público más usado en nuestros barrios marginales. Definitivamente Thiong’o no escribió El diablo en la cruz para nosotros ¿Cómo juzgar desde nuestra cultura egocéntrica a quien escribe para una cultura que podría salvarnos de devorar nosotros mismos nuestra biósfera?

Intrigado, todavía sin entender y molesto por lo grotesco de las burlas, seguí leyendo la novela hasta el final y apareció, no podía ser de otra forma, la magia de Ngugi, con la que, a una de las protagonistas, una mujer del pueblo, la convierte, sin alardes, con una enorme sencillez, en símbolo del pueblo kikuyu: hermosa, que luce con orgullo su atuendo tradicional que la embellece aún más, segura de sí misma, que asume su pasado donde fue mancillada sin negarlo, amando a la hija de ese pasado y firme en la defensa de un futuro de cuya construcción se hará responsable, superando cualquier dificultad: Wariinga, la mujer kikuyu que representa a todo su pueblo natal, por arte mágico de Nugi wa Thiong’o.

Firmado: David Batista

Más reseñas de Ngugi wa Thiong’o en ULADaquí

martes, 11 de mayo de 2021

Ngũgĩ Wa Thiong'o: Luchar con el diablo

Idioma original: inglés
Título original: Wrestling with the Devil
Traducción: Josefina Caball (ed. en catalán). Sin traducción al castellano de momento.
Año de publicación: 2017
Valoración: entre recomendable y está bien

Considerado uno de los grandes escritores africanos actuales, la obra de Ngũgĩ wa Thiong’o se desarrolla principalmente en torno a la denuncia sobre la falta de libertades, a la crítica del sistema opresor contra las minorías y a la defensa de unos ideales enraizados en la defensa de las lenguas oprimidas por el ansia de las culturas colonizadoras que someten y ejercen presión sobre territorios ajenos.

El libro que nos ocupa es un ejemplo de la literatura de Thiong’o, pues ya desde las primeras páginas denuncia la situación en la que se encuentra, indicando su estancia en una prisión, el 12 de diciembre de 1978, combatiendo el insomnio recostado en la incomodidad de un colchón, escribiendo en una hoja de papel higiénico y afirmando que «ocupo la celda 16 de un bloque donde hay dieciocho presos políticos más. Aquí no tengo nombre. Sólo soy un numero en un expediente: K6,77».

Así, desde el presidio de máxima seguridad de Camita, una de las mayores de África, Thingo’o nos narra el motivo de su encarcelamiento en una prisión que le demuestra «aquello que tendría que haber sido obvio: que el sistema carcelario es un instrumento represivo en manos de una minoría que gobierna para garantizar la máxima seguridad para su dictadura de clase por encima del resto de la población». Thiong’o es consciente del poder de la prisión y de su cultura represiva, porque «no necesito mirar por la puerta para saber que el guardia me vigila. Lo noto en los huesos» en una brutal invasión del espacio íntimo, vigilado 24h al día por un guardia que le sigue a todas partes, con la luz de la habitación siempre encendida incluso de noche para poder ser vigilado. Un lugar lúgubre del que afirma que «el estado me ha enviado aquí para que mi cerebro se me derrita y se me pudra» en su intento de conseguir que ceda de sus ideales políticos, tras haber sido secuestrado y detenido por parte de la policía por haber escrito una obra de teatro. Y, como ya hacía también Erri De Luca en «Imposible», Boochani Behrouz en «Sin más amigos que las montañas» o incluso el gran Victor Hugo en su «Último día de un condenado a muerte», nos relata la dureza emocional y anímica que supone estar encerrado, pues «en el silencio de la celda, tenías que luchar, completamente solo, contra mil demonios que querían hacerse amos de tu alma». 

En esta obra autobiográfica, Thiong’o nos narra la presión política y la represión contra los disidentes, encarcelando activistas, porque «se hace imprescindible educar al pueblo en la cultura del miedo y el silencio», porque «el objetivo de la prisión y las condiciones dentro de la misma, así como el recordatorio constate de que estás solo, es conseguir que los patriotas sientan que los han olvidado completamente, que todas sus palabras y acciones relacionadas con las luchas del pueblo han estado gestos inútiles» en un relato que evoca de manera ineludible a la represión sufrida por todos aquellos que de manera legítima y pacífica han defendido sus ideales y luchado por los derechos civiles.

El libro se estructura, en forma y enfoque, en dos ejes principales relacionados aunque distintos: por un lado, nos narra su experiencia como preso, dirigiendo el relato en torno a la necesidad de luchar por los derechos civiles a pesar de la represión; por otro lado, el libro nos narra la colonización del ejército británico contra el pueblo keniata. Así, el libro se abre en dos frentes con resultado, a mi juicio, muy irregular, pues mientras que la experiencia personal es potente, emocional, de alto ritmo narrativo y que posibilita una conexión inexorable en aquellos que compartimos con el autor ciertos ideales, la parte centrada en la historia de Kenia y su colonización es más distante, analítica y ensayística, con un exceso de casos en los que el colonialismo británico abusa de su poder y somete a los que puedan suponer un peligro por sus actos o por sus ideales. Así, el autor nos pone ejemplos de lucha anticolonizadora contra los británicos, en las figuras de Barbara Castle, Marcus Garvey, Harry Thuku entre otros y es interesante a nivel histórico pues permite constatar cómo el estado encarcela y detiene todo aquel que puede suponer una amenaza.

Thiong’o defiende la necesidad de la lucha en todos los frentes, también desde la cultura, y pone como ejemplo el teatro popular de Kenia, amenazado por el Teatro de Kenia impulsado el 1951 por el gobierno británico para colonizar a la población, pues es en las escuelas y en los campos de concentración donde «intentaban organizar grupos de teatro entre los presos políticos para que representaran obras cristianas amables». Pero el teatro popular sobrevivió a partir de aquello que prohibían los británicos, haciendo obras de teatro en kikuyu e incluso en algunas escuelas se rebelaron contra el culto a Shakespeare y empezaron a escribir obras en Swahili representándolas en territorio colonizado, en Nairobi y Nakuru. Así, nos narra de la creación de un comité cultural y el logro de que en 1976 una clase de más de cincuenta obreros y campesinos supieran leer y escribir en kikuyu. A partir de ese hecho afirma que «ahora ya estamos preparados para aventurarnos en actividades culturales». Lamentablemente, en 1977 se retira el permiso para las funciones teatrales, una injusticia que Thiong’o expone afirmando que «la burguesía vendida podía tener su golf, polo, críquet (…) carreras de cabellos y coches, cacerías reales (…), ¿pero los payeses? Sucios de tierra no podían tener un teatro que reflejara sus vidas, miedos, esperanzas y sueños y la historia de su lucha». Y ese sueño parece llegar a su fin el 1977, el 30 de diciembre, con su detención en un acto que sentencia afirmando que «habían resucitado el lázaro colonial de entre los muertos. ¿Quién lo volvería a enterrar?» evidenciando una lucha constante y desigual, en la que el autor constata con pesar que «el Sísifo africano empujaba con gran esfuerzo la roca de la opresión hacia arriba y cómo la roca se precipitaba, pendiente abajo, hacia donde estaba antes».  

De esta manera, el autor alterna su relato y crónicas desde la cárcel con las memorias de su pasado y la lucha contra la colonización de su tierra. Y la prohibición de su libro, pues no criticaba el papel colonizador británico, sino que también podía alimentar una lucha de clases, y como siempre ocurre, «la élite keniana que gobernaba creía en la mágica omnipotencia de una cultura colonial imperialista» y se encontraba cómoda entre los colonizadores. Mucho más interesante en los capítulos en los que habla de su detención o su reclusión que cuando detalla la historia del pasado de Kenia, pues, aunque sea interesante y añada contexto, pierde intensidad emocional al centrarse más en datos y hechos históricos y, a menos que uno sea un conocedor del tema, se puede hacer cuesta arriba. 

En esta obra desigual, Thiong’o narra en este libro los abusos de los colonizadores, su afán por someter y castigar, haciendo que sirva como ejemplo, a los disidentes políticos, a quienes cuestionan el poder, a quienes se resisten a la opresión. En un canto a favor de las minorías oprimidas y a la necesidad vital de luchar por aquello que creemos, este libro cobra especial importancia por ofrecernos, con su propio testimonio, la fuerza necesaria para no desfallecer en la lucha, a menudo desigual, de nuestra cultura y nuestras ideas políticas, porque «frente a la brutalidad, la inocencia siempre pierde». Una prohibición y espíritu de venganza de los británicos hacia el pueblo keniano que, como ocurre a menudo, solo se entiende por un sentimiento: el miedo, el miedo a la cultura del heroísmo y el coraje del pueblo.

Con este relato, y desde la prisión, Thiong’o nos habla de la necesidad de buscar en pequeños detalles aquellos motivos para no caer en la depresión ni el abandono, pues señala que uno de los principales problemas que sufren los presos políticos sin juicio ni condena es no saber cuánto tiempo durará su castigo. Y eso es una forma de tortura, tanto para los que están dentro de los muros como los que están fuera. Para vencer esa tortura, el autor confiesa que «no pretendo escribir una historia de heroísmo. Solo soy un letraherido que utiliza las palabras», pues «tenía que encontrar maneras de no perder el sentido común. Escribir una novela era una de ellas»; la lucha, los ideales, como puntal anímico y soporte, como punto de agarre, porque «sabía que, si no quería perder el sentido común, especialmente debía ser capaz de continuar diciendo ‘no’ a cualquier manifestación de injusticia y a cualquier falta de respeto a mis derechos humanos y democráticos».

Por todo ello, el libro que ha escrito Thiong’o es interesante por su canto a favor de la lucha, de las convicciones, de los derechos humanos y políticos, de la férrea voluntad de defender la identidad y la cultura de un pueblo pese a la opresión del gobierno colonizador y el beneplácito de las clases más altas en favor del ocupante porque «los que están en el otro lado de la alambrada de pinchos y de los muros de piedra tienen que poden hacer preguntas y exigir respuestas. Es la única manera de derrotar la cultura del miedo y del silencio. Si una comunidad con millones de personas hiciera preguntas y exigieran respuestas, ¿quien se las podría negar?». Lamentablemente, y a pesar de lo irrefutable de este argumento, muchos países actuales demuestran que, a veces, el poder no entiende de derechos, sino únicamente de poder.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Ngũgĩ wa Thiong'o: El río que nos separa

Idioma original: Inglés
Título original: The river between
Traducción: Alicia Frieyro Gutiérrez
Año de publicación: 1965
Valoración: Recomendable

Volvemos a la carga con “El río que nos separa”, la segunda novela de ese eterno candidato al Novel uladiano (y al sucedáneo ese que concedían los suecos) que es el keniata Ngugi Wa Thiong’o. Publicada apenas un año después que “No llores, pequeño”, guarda con esta primera novela muchas similitudes, tanto en “continente” como en “contenido”.

Para empezar, y aunque quizá esto carezca aparentemente de importancia, ambas novelas están escritas en inglés, idioma que más adelante “abandonaría” para volver a su idioma materno, el kikuyu. Este abandono será parte fundamental en la vida y obra de Thiong'o y aparecerá explicado en algunos de sus textos posteriores.

Comparten, además, unos temas o unas inquietudes comunes ya que “El río que nos separa” trata nuevamente de las consecuencias que tiene entre los kikuyu la aparición del hombre blanco en su región. Otros temas, también recurrentes en la obra del keniata, como la intolerancia en sus más variadas formas o el papel primordial de la educación como motor de desarrollo personal y comunitario, tienen un peso importante a lo largo de la novela. 

Por último, al igual que “No llores, pequeño”, “El río que nos separa” es una novela interesante que podría haber dado aún más de sí. A ver si me explico!

“El río que nos separa”, que vuelve a superponer el plano particular y general, narra el paso de la infancia a la madurez de Waiyaki y podríamos dividirla en dos partes bien diferenciadas. La primera, que comprendería la infancia y adolescencia de Waiyaki, me parece sensiblemente más floja. Los hechos que configuran la visión del mundo que poseerá el Waiyaki adulto son apenas pinceladas trazadas con demasiada celeridad. Me da la impresión de que a esta parte le falta algo de consistencia o de desarrollo. Claro que, en ese caso, a lo mejor estaríamos ante un novelón de 500 o 600 páginas y esa no era la idea de Thiong’o. ¡Quién sabe!

Por el contrario, la segunda parte, esa en la que en conflicto entre tradición y modernidad se hace más presente y acaba afectando de manera directa a Waiyaki, me parece mejor construida. Se ofrece de manera mucho más clara la complejidad de causas y efectos que el citado conflicto provoca, tanto en  la sociedad como en personaje, y la evolución de unos y otros aparece mucho más trabajada y “mejor explicada”.

Esta creo que es la principal virtud de libro, la de ser capaz de analizar los efectos que tuvo la colonización y de mostrar los conflictos y contradicciones que, a raíz de la misma, surgieron dentro de los pueblos africanos. Eso sí, creo que en obras posteriores (ya reseñadas en ULAD, por cierto), estos temas están más y mejor desarrollados. 

martes, 21 de agosto de 2018

Ngũgĩ wa Thiong’o: Descolonizar la mente

Idioma original: inglés
Título original:  Decolonising the Mind
Traducción: Marta Sofía López Rodríguez (castellano), Blanca Busquets (catalán)
Año de publicación: 1986
Valoración: muy recomendable

Poco se puede decir ya a estas alturas que no se sepa de Thiong'o, y menos aún después de las reseñas publicadas en ULAD sobre sus ensayos críticos con el sistema. Que Thiong'o es una de las voces más destacadas de la literatura africana es indudable, y hablando de literatura, hablamos de la lengua, del idioma y, en este caso, de su uso con fines políticos. Porque de eso trata el magnífico libro que nos ocupa.

Con la lengua como centro neurálgico en torno al cual gira la obra, el autor nos habla en esta novela de la importancia de la lengua en la sociedad, como herramienta de cohesión. La importancia de usar la lengua propia no únicamente en el seno familiar y en el trabajo sino también con las autoridades y estamentos oficiales. Así el autor, basándose en su propia experiencia, nos narra el primer impacto que tuvo cuando de pequeño fue a la escuela, una escuela colonial, y en la que, por tanto, la lengua de su educación ya no era la lengua de su cultura. La lengua de la colonización, el inglés, debía ser preferente e imponerse por encima de la lengua de la comunidad (kikuiu o kikuyu), a menos de que uno quisiera ser sancionado o incluso castigado físicamente, pues la escuela implantaba un sistema donde eran los propios alumnos los que denunciaban a sus compañeros, estableciendo un sistema de caza de brujas. Por contra, el uso del inglés era premiado, subvencionado. El acceso a la universidad era en inglés y era obligatorio obtener un notable en la lengua inglesa para pasar, indiferentemente del resultado o las notas del resto de materias. Así, utilizando la lengua, los apartaban cada vez más de ellos mismos, de su mundo.

El autor nos habla así sobre cómo el colonialismo vinculó el progreso, la cultura y el liderazgo a la lengua colonizadora, relegando el idioma autóctono al idioma de la clase trabajadora, de los pobres, de los pequeños pueblos. Pero fueron los propios campesinos quien mantuvieron la lengua, pues creían compatible el inglés como idioma de ámbito continental con la lengua materna para su uso diario. Por contra la burguesía se arrimaba al lado colonizador, buscando los intereses económicos.

Extendiendo la lengua a otros ámbitos de la sociedad, el autor nos habla también de la importancia del teatro, un espacio de representatividad cultural de la sociedad. Por ello, importaba el idioma en el que se realizaban las obras pues pasar del idioma inglés al africano aproximaba más el teatro a la vida de las gentes, identificándose con la obra y con su propia cultura y vida. El autor también nos habla de la represión que sufrieron en el sector teatral por parte de los colonialistas, como respuesta presumible al auge e importancia que estaba adquiriendo el teatro, no como diversión, sino como campo de denuncia. Ello le valió al autor no poder regresar a su país, pues corría el riesgo de ser arrestado y aprisionado sin juicio.

Y como en toda ideología hay detrás una carga política, y viceversa, el autor va más allá de la imposición de la lengua para cargar las tintas sobre la imposición del sistema económico. Así, el autor denuncia el capitalismo, el imperialismo que, a base de ocupar y confiscar tierras, imponiendo su tecnología y su capacidad de producción, despliega su motor económico negando a los pueblos a hacerlo por sí mismo y destrozando la naturaleza y el entorno con el que convivían hasta el momento, alterando el orden lógico en el que sus vidas estaban integradas en él. El imperialismo, que causó un gran desarraigo y desplazamiento de poblaciones enteras, rompiendo familias, que también fue causa de aparición de enfermedades sobre las personas y animales, enfermedades que llegaron con los colonizadores. Y como en toda expansión económica, el aumento de la diferencia entre clases sociales y el auge del racismo, con la riqueza concentrada en unos pocos, especialmente blancos. De esta manera el imperialismo incidía en la pobreza y el subdesarrollo en la población; y con el desarrollo llegó la imprenta, pero mientras los libros en inglés se publicaban sin problemas los libros en lenguas africanas sufrían censura, el imperialismo controlaba el contenido. Todo lo publicado era porque era favorable a los intereses del imperialismo, y las imprentas controladas por el poder y los misioneros. De esta manera, la población sólo podía leer aquello que comulgaba con las ideas del imperio colonizador. Los misioneros también colaboraron con la implantación del catolicismo, arrinconando las creencias ancestrales. Así se consigue desconectar a la población de su lengua, y por extensión de su cultura y su pasado.

Por todo ello, por el sistema implantado en la sociedad durante gran parte de su vida, el autor reconoce la dificultad en volver a escribir y publicar un libro en lengua africana pues la colonización ha acostumbrado a los lectores, no únicamente a leer en una lengua no nativa como el inglés, sino también al contenido, estructura, ambientación y tipo de literatura, muy diferente a la propia en África. Es por ello que el autor reivindica la necesidad de devolver la lengua africana al primer plano de la literatura, porque con ello se crearía una sinergia entre las diferentes lenguas de África devolviendo la cultura originaria de los pueblos.

El mensaje que transmite el autor en este gran libro es claro y evidente: hay que reconectar la literatura con las tradiciones orales. Hay que reconectar los pueblos a su lengua, hay que volver a enlazar la cultura con sus gentes. En definitiva, hay que volver a conectar la lengua con la historia, antes que la utilicen para modificar también el pasado de los pueblos.

PD: Aunque el libro se encuentra traducido al castellano, he preferido esta portada de la edición en catalán. La encuentro particularmente bonita.

También de Thiong'o en ULAD: Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, No llores, pequeño, Sueños en tiempos de guerraEl río que nos separaLuchar con el diablo

miércoles, 28 de marzo de 2018

Ngũgĩ wa Thiong’o: Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales

Idioma original: Inglés
Título original: Moving the centre (Studies in African literature)
Traducción: Víctor Sabaté
Año de publicación: 1993
Valoración: Muy recomendable

Bajo el más que sugerente título "Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales" se recogen una serie de conferencias impartidas / dictadas por el escritor keniata entre 1980 y 1992 en las que el tema principal fue lo que podríamos llamar la "descolonización cultural". Según Thiong'o, para alcanzar está "descolonización cultural" se hace necesario desplazar el centro. ¿A qué se refiere con esto? Pues tanto a desplazar los centros de poder cultural, político y económico desde las tradicionales potencias coloniales (Europa Occidental, Estados Unidos, etc) a los países africanos, asiáticos o latinoamericanos como a hacerlo desde las clases dominantes de los países "desarrollados y subdesarrollados" a las clases trabajadoras de los mismos. Casi nada, eh!

Centrándonos en el aspecto cultural, Thiong'o pone el foco en una serie de tareas tales como liberar la cultura del eurocentrismo, de los legados coloniales o del racismo. Pero no es tarea fácil. El peso de 400 - 500 años de Historia e historias de conquistas y expolios, no solo económicos sino también culturales, con unas lenguas, tradiciones y culturas impuestas y otras, mientras tanto, perseguidas, castigadas y exterminadas, es muy grande y el proceso de desplazamiento será largo y doloroso.

Pese a que algunas de las conferencias fueron dictadas hace más de 30 años, su contenido sigue, en la mayoría de los casos, plenamente vigente. Y es que términos como globalización, neocolonialismo, imperialismo, luchas de liberación nacional, etc siguen, aunque sea disfrazadas de eufemismos, en primera plana de la actualidad política. En el caso que nos ocupa, estos término son puestos en relación con la cultura, la educación, la literatura o el papel de los intelectuales, tanto de los países del mal llamado Tercer Mundo como de los países "occidentales".

Es obvio que Thiong'o aborda estos temas desde un punto de vista progresista, en el que se nota la influencia de líderes como Fanon o Nkrumah, pero independientemente de que uno pueda o no estar de acuerdo con el autor (en mi caso, lo estoy), se trata de textos absolutamente necesarios ya que nos ofrecen puntos de vista diferentes a los que estamos acostumbrados a ver y escuchar desde nuestros cómodos sillones. Además, y pese a que el tema pueda parecer un tanto "áspero", se nota la mano del Thiong'o profesor ya que los textos no son particularmente complejos o inaccesibles.

Es, resumiendo, una selección de textos de fuerte carga política que consigue reivindicar el valor imprescindible de las "pequeñas" culturas, esas que permiten a los diferentes pueblos acercarse desde lo particular a lo general.

También de Thiong'o en ULAD: Sueños en tiempo de guerra, No llores, pequeño, Descolonizar la menteEl río que nos separa, Luchar con el diablo

miércoles, 16 de agosto de 2017

Ngũgĩ wa Thiong'o: No llores, pequeño

Título original: Weep not, child
Idioma original: Inglés
Traducción: Alicia Frieyro Gutiérrez
Año de publicación:1964
Valoración: Recomendable (o algo más)

Ngugi Wa Thiongò es uno de los eternos favoritos al Premio Nobel y eternos, al menos hasta el momento de publicación de este reseña, no ganadores del mismo. Personalmente, y habiendo leído unicamente dos libros del keniata, me atrevo a afirmar que sería un más que digno ganador.

Ya reseñamos en este visionario blog "Sueños en tiempo de guerra", memorias del escritor, y coincido plenamente tanto con la reseña como con la valoración. Se trata de un gran libro.

En esta ocasión reseñamos la primera novela del autor, escrita hace más de cincuenta años. Se trata de un libro con un fuerte caracter autobiográfico o, al menos, esa impresión da tras haber leído "Sueños en tiempo de guerra". En este caso, se ambienta en la época final de la colonización inglesa y en los efectos de la misma y de la revuelta de los Mau-Mau (1952-1960) sobre los miembros de la familia de Ngotho, en particular sobre el propio Ngotho y sobre Njoroge, su hijo pequeño.

La novela transita de lo general a lo particular. En su primera parte, Thiongó describe ambientes, personajes y situaciones, haciendo especial hincapie en las relaciones sociales, familiares, culturales y económicas en la Kenia de finales de los 50. A modo de ejemplo: el acceso a la educación del pueblo kikuyu, la poligamia, la segregación racial, la cuestión de la tierra, las relaciones con los colonos blancos, etc. Esta parte del libro es, en mi opinión, la más interesante. Con un estilo aparentemente sencillo, que parecer beber en abundancia de la rica tradición oral africana, Thiong'o logra envolver al lector en la historia (o en las múltiples historias). Ese es su gran mérito: hacer fácil lo difícil.

La segunda parte se centra más en la propia revuelta y en su influencia sobre el vitalista y optimista Njoroge, quien trata de "ascender" a través de la educación. Esta segunda parte, mucho más dura que la anterior, creo que está menos lograda. Pese a que los personajes están, en general, bien construidos y siguen una evolución coherente, las situaciones son resueltas por Thiong'o con demasiada celeridad, como si hubiese una cierta premura por terminar la novela. Los hechos y el final, ojo que no es un mal final, se precipitan y dejan un regusto algo amargo después de una primera parte tan prometedora.

En cualquier caso, se trata de un buen libro, aunque algo inferior a "Sueños en tiempo de guerra". Pese a todo, es una buena oportunidad de acercarse a la obra del keniata, no vaya a ser que este año le den el Nobel y no puedas presumir de haberle leído antes.

También de Ngugi Wa Thiong'o en ULAD: Sueños en tiempo de guerraDesplazar el centro. La lucha por las libertades culturales, Descolonizar la menteEl río que nos separaLuchar con el diablo

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ngũgĩ wa Thiong'o: Sueños en tiempos de guerra

Idioma original: inglés
Título original: Dreams in a Time of War
Año de publicación: 2010
Traducción: Rita da Costa
Valoración: muy recomendable

¡Pero qué hacemos sin montar la polémica! El Nobel, ¿a Dylan?
Éste, este escritor era uno de los que sonaban, y aquí lo tenemos, qué bien me habría ido, qué giro oportunista me he perdido porque estos señores suecos no se hayan decidido, contra toda lógica de democrática y cíclica compensación, a premiar un representante de la literatura africana. Sí, justo ahora que nos acostumbrábamos a escribir, hasta a pronunciar correctamente Svetlana Alexiévich, otro nombre extraño que apuntarse en una hojita para ir a la librería, hacer un poco el ridículo ante el dependiente, y acabar diciendo, sí, claro, el último Nobel. 
Pero ahora nos enviarían a la sección de música.

Y Wa Thiong'o quedará en la lista de espera, al lado de nombres ilustres como Roth, De Lillo, Adonis. Ah, y, como diría Santi, tras pausa dramática, y al lado, también, del  Murakami ése. Difícil es evaluar sus méritos en función de un solo libro, pero por algún sitio hay que empezar. Siguiendo con las comparaciones, también Alexiévich solamente tenía traducido Voces de Chernóbil. Wa Thiong´o nos lo presenta Rayo Verde (que por cierto, publica en catalán a Alexiévich y anda, y espero que con mucho éxito, en lo de reivindicar a Juan José Saer) y responde un poco a lo que se espera de la literatura africana, de esa que surge tímidamente, casi siempre desde originales en inglés y casi siempre desde escritores que se han establecido de forma más o menos fija en USA o en Inglaterra. Más si se trata de un volumen que rememora su infancia, que cierra la narración justo en el momento en que llega al instituto donde cursará la educación secundaria. Que ahora mismo no sé si tiene continuidad en la obra del escritor keniata, pero que ya empiezo a echar de menos.
Porque esta prosa sencilla engancha, porque transmite la honestidad de la que no son capaces demasiados escritores al referirse a orígenes humildes y circunstancias particularmente duras. La infancia que Wa Thiong'o describe quizás no aporte párrafos esplendorosos, pero deja una impronta tan indeleble. O alguien puede quedarse indiferente cuando el mayor obstáculo (tras haber superado cursos y duras pruebas) que aleja al Wa Thiong'o adolescente de poder ingresar en el instituto es que su familia no dispone del dinero suficiente para comprar el par de calcetines y los zapatos (sus primeros zapatos) que se le exige llevar. ¿Hace falta una prosa florida y recargada para comentar algo tan duro? La narración empieza con curiosas escenas: los bonos, prisioneros de guerra italianos, son forzados a participar en la construcción de precarias infraestructuras. Inicio de los 40. Kenya se recupera de su participación en la Campaña de África Oriental, y sus participantes locales ni siquiera han obtenido tratos de favor de los colonizadores británicos, que siguen dominando el país con crueldad y mano dura. Todo sigue igual, y Wa Thiong'o crece en una estructura familiar propia del ambiente rural en el que ha nacido: su padre tiene cuatro esposas y él un montón de hermanastros. Un abuelo materno al que ayuda y una ambición, seguir adelante en sus estudios, que guía su vida. Pero que ha de convivir con las circunstancias. Miseria, abandono, la contundencia del aparato represivo colonial ante el tímido (pero a la larga definitivo) despertar del sentimiento independentista. Esa niñez transcurre en esos cauces. El tesón por decidir sobre su futuro. El individual, accediendo a cotas de educación que le han sido negadas a sus iguales, el colectivo, deshaciéndose del yugo explotador. Cuestiones que precipitan la madurez del Wa Thiong'o narrador, obligado a recorrer enormes distancias para acudir a clase, a respetar decisiones injustas, a que le sea recriminado expresarse en su idioma materno, a trabajar siendo un niño para obtener apenas lo suficiente para la siguiente comida. Como muchas de estas obras, tan angustioso conocer ese día a día, aunque sea transcrito de forma resignada, pero vital y optimista, como ser conscientes de que, décadas más tarde, sigue siendo el recorrido vital de millones de personas.
Lo dicho: por favor, ya, el siguiente volumen.

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