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viernes, 12 de diciembre de 2025

REFLEXEÑA 2x1: Renaissance, la caída de los hombres, y Renaissance, la ira de los vencidos, de J.J. Lucas

Idioma original: español
Año de publicación: 2010 en Atlantis, 2014 en Dolmen
Valoración: por muchas circunstancias azarosas, pésimo pero enternecedor

Cuando los ínclitos miembros de ULAD me propusieron entrar a su secta comunidad para alivianarles el sufrimiento, seguramente pensaban: "bueno, ha comentado a un Nobel australiano que no lo conoce ni su mamá, ha comentado a Sabato, que es más o menos de culto y gusta mucho en el blog, ha comentado a Cercas y encima dándole con un palo, cosa que también nos es favorable, seguro que si lo invitamos no nos va a venir con algo random o merecedor de ser quemado..., ¿verdad?" Y acá los decepciono, porque efectivamente traigo un mejunje complicado de analizar, tanto en mi valoración (completamente subjetiva) como en el inexistente filtro de calidad y edición de este primer libro (¡porque son dos!).

La cosa es que este libro me llegó por mi compañero de la librería donde trabajo, por lo que ya juega un componente afectivo en contra. Su recomendación fue más o menos así: "yo sé que sos muy puritano con la prosa y todo lo demás, y te juro que este libro me costó leerlo, pero quedate con la idea". Como ya me había recomendado Hacedor de estrellas (reseña en breve) pensé que le debía una, y me dispuse a leer su ejemplar. Para qué...

En el año 2023 (no le erró por mucho), el virus Verónica, originado en Nueva York (por alguna razón siempre es ahí), infecta y convierte a casi todos sus habitantes en whiteyes (el autor pone mucho empeño en que no son zombis), unos seres con fuerza, velocidad y resistencia sobrehumana y una insaciable tenacidad para destruir a la humanidad (le podés disparar tres veces a la cabeza a uno que seguirá persiguiéndote). Ahora bien, una de las particularidades de este virus es que, al matar a uno, la bacteria persiste en el aire con más fuerza y contagia a todos alrededor en un área no tan chica, por lo que se añade el problema de eliminarlos sin expandir el virus. La única ventaja, más o menos, con el que cuenta el reducido grupo de supervivientes al que vamos siguiendo a lo largo de la novela, es que sus fotorreceptores son tan sensibles (de ahí el nombre whiteye) que no soportan la luz del sol y solo cazan a la noche. La gran desventaja es que estos bichos evolucionan, condensando milenios de aprendizaje de una especie en pocos días, aprendiendo a cazar en conjunto y tejiendo planes en común que no sean solo comer descerebradamente.

Como esta reseña se va a hacer larga, diré solamente que los bichos son una mezcla de todo, zombis, vampiros y algún otro adefesio que ronde por las páginas de la literatura y las imágenes por segundo del cine. Pero a favor de la novela, y una vez que se superan otras cuestiones que ya comentaré, señalo que generan una verdadera tensión en algunos puntos de la trama, que siempre está la duda de cuándo aparecerán, incluso a plena luz de sol, y reconozco que hubo momentos donde sentí disparada mi alarma ante la breve descripción de unos ojos blancos en la oscuridad. Bien por J.J. Lucas, ¿no?

Pero esto no sería un pésimo si no hubiera con qué justificarlo. Primero, el grupo de supervivientes. Es un grupo militar, como es evidente, sacado de los peores guiones del Call of Duty (y un poco de Gears of War con peor resultado). Es un tropel de clichés, literalmente: el líder del grupo, el coronel Lawrence Newseth, que todo lo puede y que a pesar de bordear los cincuenta años sobrevive a caídas mortales y otras menudencias; la doctora Phoebe Rubbyn, la esperanza de la humanidad, muy linda y con un acercamiento romántico (aunque se agradece que al autor le parezca una nimiedad en el contexto de la obra); un sobreviviente solitario que se las arregla por su cuenta gracias a su ingenio y suerte; el resto del grupo, cada uno más estereotipado que el otro: el colombiano explosivo, el afro-estadounidense bromista, la chica ruda, el ruso serio y musculoso, en fin, ninguno se salva de marcar casilla en la peor literatura. Si hasta sus nombres son calcados en lo genérico: Escobar, Sulassky, Ridewolf (!). Segundo, el otro personaje que aparece cerca del final de la novela. Tiene la llave para explicarlo todo y, por supuesto, es un científico genio y loco (no diré más porque forma parte de la trama, pero seguro se imaginan por dónde va la cosa).

Y tercero, pero no menos importante, la estructura de la novela. Se nota que el autor quiso poner todo lo que sabía de su universo en esta novela, y es evidente que se lanzó a escribirla sin ningún tipo de plan, porque la forma de seguir la historia es un desastre. Comienza con un prólogo donde nos sitúa en la confusión del virus, sigue con el grupo de supervivientes en el campo Renaissance, último reducto de la humanidad, salta al sobreviviente solitario, de repente arroja flashbacks mal insertados sobre el origen del virus, incluso dentro del mismo capítulo, luego una escena de más de cincuenta páginas que avanza repentinamente la trama, de nuevo otro flashback de varios personajes que no nos importan, y así todo el tiempo. Recién se estabiliza luego de habernos explicado mil veces lo que bastaba con unas páginas, esto es decir, después de la primera mitad (y son 500 páginas en una edición de hojas y tapa rígida, de párrafos como monolitos sin un punto aparte que ni el mismísimo Foster Wallace te hace, frases kilométricas donde, de cinco oraciones, cuatro son para re-explicar la primera, de descripciones imposibles de imaginarse y de sucesos impactantes junto a historias anodinas). Para mí fue un esfuerzo seguir la historia, no por ella misma, que es simple y canónica en su género, sino por los continuos saltos temporales sin ninguna razón. De hecho, llegué a abandonar la novela, pero por insistencia de mi compañero continué. Al final, con muchas ganas, uno se acostumbra a la forma de narrar (o el cerebro se hace auto-lobotomía) y la trama se acelera y deja momentazos a partir de la segunda mitad.

Ahora bien, debo reconocer que el esfuerzo invertido hizo que le agarrara cariño a la historia. Pienso en la frase de Borges, que hasta los más mediocres escriben páginas brillantes; mucho es aseverarlo en este caso, pero con empeño y cierta desconexión cerebral uno disfruta mucho más esta obra que otras más serías (releería esta antes que Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río). La discusión de siempre. Pero eso me lleva a la siguiente obra y a los efectos que causa en la mente el continuar una historia luego de cierto tiempo invertido.


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: mejor y peor que el otro

Nuestro amigo J.J. Lucas aprendió que para contar una historia necesitaba ordenarla y fue a un taller de escritura. ¡Festejemos! O no. Porque lo que tiene un taller es que te brinda recursos para mejorar y ordenar tu narrativa y te limita al mismo tiempo por el miedo a no ser correcto según los patrones de quién dé el taller. Todas suposiciones mías.

Como al final las últimas doscientas páginas del anterior las devoré y las comenté con mi compañero con alegría, como hacía rato no me pasaba (y alguna vez se debería hablar de cómo los libros mejoran casi siempre por el hecho de analizarlos con otra persona), le prometí leer la secuela. Y henos aquí, después de mil páginas de clichés, batallas épicas y resistencias desesperadas.

Luego del final apoteósico aunque algo bizarro (sobre todo para un argentino), el grupo cada vez más mermado del coronel se ve en la disyuntiva de los pasos a seguir: si esconderse como lo venían haciendo y perder cada vez más gente o luchar con todos sus recursos y decidir el destino de la humanidad. Como buenos personajes de este género, eligen lo último. Debo aclarar que, para estas alturas, los whiteyes tienen su propio líder y un objetivo que se aclara a medida que avanza el libro (aunque se huele venir a lo lejos por la característica manía del autor de explicarte todo), por lo que la amenaza es aún más tensa y los momentos en que aparecen son más seguidos. Como no puedo contar mucho, diré que se incide en la clasificación de ellos en distintos roles, como un enjambre, liderados por su propio líder (y aunque los roles se parecen a un videojuego, rescato la ambigüedad con la que identifica al mismo).

La estructura es muchísimo más limpia en esta novela. Si antes pasábamos de A a Z, de H a B, ahora es lineal y no hay forma de perderse. Ya no hay párrafos kilométricos ni escenas inútiles. Hay tres líneas argumentales que J.J. Lucas va manejando (con sorprendente soltura para sus antecedentes); la del coronel, la del sobreviviente solitario 2.0 y la del origen del virus, esta vez mucho mejor desarrollado y con escenas que hacen sentido. A la novela le cuesta bastante arrancar, y por momentos asistimos con más interés a los flashbacks que a las escenas del coronel (ni hablar del superviviente; al ser una copia del esquema del anterior, pierde verosimilitud), lo que, en mi caso, me representó una señal de que había logrado involucrarme en la historia. Incluso hay nociones interesantes, como la de que los whiteyes son más beneficiosos para la naturaleza que los humanos (al pararse todo, el mundo es un lugar más limpio), que recubren de una pátina inesperada de crítica social a la novela.

Luego de superar el inicio, la trama carbura y nunca se estanca, a diferencia del anterior, pero, a pesar de que la escritura es más limpia y fácil de leer, de que los momentos de acción son grandiosos, se pierde la tensión de los whiteyes. Como es una guerra permanente, el peligro se centra en la carencia de recursos y en la lotería de quién será el siguiente del grupo en morir, un recurso más bien pobre. Las cartas están sobre la mesa, por lo que el elemento sorpresa ha desaparecido. Lo que se rescata, esta vez, es la aparición de humanos peores que los whiteyes, como variación de la amenaza; si bien no es original, al menos da frescura, aunque resulta irritante que, con años de experiencia, el grupo del coronel se comporte tan ingenuamente como lo hace en algunos casos. Ni siquiera se justifica con la desesperación, porque en otros momentos aún más críticos permanecieron con una lucidez inverosímil.

No la haré más larga. A partir de cierto punto, la trama del pasado se desvanece y las dos del presente convergen, y todo desemboca en varios enfrentamientos finales (sí, varios). Pero como ya explico en mi valoración, si lo mejor venía por el lado de la limpieza narrativa, lo peor viene por el lado de que J.J. Lucas encasilla la novela en marcos muchísimos más genéricos que la anterior, y resulta demasiado previsible cuándo morirá alguien, cuándo tocará la siguiente revelación. Hay genialidades, por supuesto, pero incluso la aparición de ideas cada vez más fantásticas (una suerte de Red Skull con la escopeta del Doom Eternal, un Godzilla whiteye, etc) fuerza el tono de la novela y le resta la fuerza emocional del anterior. 

Mi crítica es esta, entonces: es evidente que, o bien a J.J. Lucas le entró vergüenza por la forma de narrar en la primera novela, o bien un editor le dijo que rebajara sus fantasías en algo más accesible, o bien un taller le hizo aprender y se entusiasmó de más en escribir correcto. Pero solo correcto. La escena final, por ejemplo, quiere ser una cosa monstruosa de epicidad, pero se queda en nada por lo rápido que transcurre, la aparición de conceptos a cuarenta páginas finales y la necesidad de cerrar de forma satisfactoria una situación que, a las claras, era desfavorable para los protagonistas. No es que utilice un deus ex machina, pero se aprovecha de un recurso argumental para estirar la trama por lo menos tres capítulos solo para tenernos en suspenso. No funciona porque: 1) los monólogos épicos de rigor y la batalla final ya se dieron; 2) la trama del líder de los whiteyes se venía resolviendo a los tumbos; 3) los huecos argumentales empezaron a aparecer por todos lados, dejando pistas, por ejemplo, que nunca terminan de resolverse (¿el coronel es inmune o no? Con la cantidad de sangre que traga hace novela y media que debería haberse infectado). Por eso, paradójicamente, le guardo más cariño al primero que al segundo; este, si bien objetivamente no es un suplicio leerlo, en términos de riesgo no aporta nada.

Ahora bien, se preguntarán ustedes: y después de tanto merequetengue con dos libros pésimos, ¿qué onda con la REFLEXEÑA? Me doy cuenta que el tiempo invertido para la reseña supera a la paciencia que debí tenerle a los dos libros, sobre todo al primero, y puedo establecer una vaga relación masoquista entre sufrir y que me termine gustando lo que leo. Y seguramente mi valoración esté empañada por el afecto. Sobre todo reconozco que, en circunstancias normales (es decir, sin alguien que me recomiende cosas y con menos tiempo libre), lo hubiera dejado a las pocas páginas. Mi compañero mismo dijo: "con un GRAN editor podría haber sido un bestseller". No soy tan considerado, pero pienso que a J.J. Lucas, que parece un buen tipo a juzgar por las entrevistas y crítico con las armas y el daño al medio ambiente, le hubiera ayudado alguien que lo aconsejara (un taller, sí, pero también que se preocupara por él) y diera orden a sus ideas, que le dijera que los errores de estructura y narrativa podían convertirse en seña propia y no transfigurarlos en algo genérico. Da la impresión de que en el segundo libro pensó en echar manos de los recursos más fáciles para ir completando la historia. Porque la inventiva la tiene y las ganas de escribir y entretener también. Y eso lo consigue. Haciendo memoria de lo leído de este año, no lo podría incluir en mi top3 de peores libros. Por supuesto que no digo que es el Nobel perdido ni que sea una buena obra, pero la diversión en la literatura es una cosa buena, necesaria, y, dejando de lado las editoriales "serias" (que publican cada bodrio también...), hay otras que editan basura escrita por gente que no le interesa lo que cuenta. Al menos, leyendo estos libros, la sensación es que el autor le tenía un profundo cariño a su historia y que, fuera de una forma u otra, trataría de hacérnoslo llegar.

martes, 21 de octubre de 2025

Henri Godard: Céline escándalo

Título original: Céline scandale
Idioma original: Francés
Traducción: Laura Claravall
Año de publicación: 1994 (y posfacio en 1998)
Valoración: Incómodo y sumamente interesante

¿Debemos separar obra y autor? ¿Debemos separar, dentro de la obra del autor, lo que es obra propiamente dicha de escritos de carácter íntimo o personal? ¿Leemos o no leemos a autores de los que nos puede separar un abismo en lo ideológico o que nos pueden resultar moralmente repugnantes?  

El caso de Louis Ferdinand Céline es paradigmático. Porque hablamos de un tipo que revolucionó las letras francesas del siglo XX (por su uso del lenguaje popular, por la radicalidad de una apuesta rupturista, por su dinamismo, densidad y violencia, etc) pero que quedó marcado por sus panfletos (no solo, ojo) antisemitas y sus simpatías por el nazismo. 

En esa dicotomía "granescritorperoterribleantisemita / terribleantisemitaperogranescritor" nos movemos al hablar de Céline y son precisamente esos lugares comunes los que Godard pretende hacer frente con este ensayo con el que trata, fundamentalmente, de dar respuesta a tres preguntas:
  • ¿Qué aporta Céline a la literatura?
  • ¿Cuál es el alcance de su antisemitismo?
  • ¿Qué puede enseñarnos Céline (y su obra) sobre literatura y racismo?
En este sentido (y yo he de confesar que de Céline solo he leído Viaje al fin de la noche, Muerte a crédito, Guerra y la primera parte de la trilogía De un castillo a otro), me parece que el análisis que de lo estrictamente literario hace el autor es más que acertado. No hablamos solo de la ubicación de Céline en los márgenes de la tradición francesa, su empleo del argot o del lenguaje popular, su manejo del ritmo o su estilo sino también de lo que la temática de su obra tiene de representativo con la primera mitad del siglo XX. Todo lo anterior sitúa a Céline en un lugar de honor.

Pero reconocer la valía de Céline como autor y el placer estético que de su lectura podemos obtener no implica justificar al Céline panfletario. Godard no lo justifica (¡faltaría más!), aunque sí pone sobre la mesa una serie de consideraciones más que interesantes. Por ejemplo la distinción entre el yo social y el yo profundo (o entre el yo personaje, el yo persona y el yo autor), la relación entre literatura y moral, las manifiestas contradicciones entre las novelas y panfletos (o incluso dentro de los propios panfletos, donde conviven antibelicismo y antisemitismo), la evolución de la sensibilidad lectora, la prohibición de la publicación de los panfletos a finales de los 90, etc.

En definitiva, que el ensayo de Henri Godard, aunque se centra en la figura de Céline y "exige" un mínimo interés en su obra y/o en su persona, va más allá de lo estrictamente "celiniano" y se abre a temas y preguntas tan antiguos como la propia literatura y con tantas posibles respuestas o interpretaciones como lectores.

Dicho esto, y en respuesta a las preguntas del primer párrafo, me quedo con una frase de Godard que suscribo al 100%:
Es perfectamente posible leer a Céline y conservar intactas y vigentes nuestras convicciones, que están en las Antípodas de las suyas. Se trata, simplemente, de reconocer en la literatura una realidad de otro orden que la moral...

Algunos títulos de Louis Ferdinand Céline reseñados en ULAD: De un castillo a otro (Trilogía del Norte I)GuerraViaje al fin de la noche

jueves, 12 de junio de 2025

Colaboración: El diablo en la cruz, de Ngugi wa Thiong’o

Idioma original: Kikuyu o gikuyu

Título original: Caitaani mũtharaba-Inĩ

Traducción (del inglés): Alfonso Ormaetxea

Año de publicación: 1980

Valoración: Tendría que ser kikuyu originario para poder hacer una valoración justa.


El diablo en la cruz es un libro muy especial, algo totalmente inesperado en Europa y en el resto de lo conocido como mundo occidental. Fue el primer libro que Ngugi wa Thiong’o escribió en su lengua materna, en kikuyu o gikuyu. Lo escribió para los pueblos de su cultura natal, sin importarle que pudiera tener otros posibles lectores. Eso hace que toda su primera parte nos desconcierte a quienes no somos nativos de la cultura kikuyu. Además lo escribió pensando en los que no saben o no quieren leer en inglés y para aquellos a quienes recomienda que lean y escriban en su idioma materno. Tal vez eran muy pocos los que 1980, año de su primera edición, sabían leer kikuyu ¿Cuántos libros escritos en ese idioma existirían por entonces? Según nos cuenta el mismo Thiong’o, en la escuelas de Kenia, cuando él estudió en ellas, se prohibía hablar kikuyu; educar era enseñar a hablar, leer y escribir en inglés.

En algunas de sus obras escritas en el idioma de los colonizadores, libros que le dieron una muy merecida fama, Ngugi propone Descolonizar la mente y escribe una tesis para impulsar la escritura en las lenguas de los habitantes originarios de Kenia. Aquí, en El diablo en la cruz, Thiong’o no propone, lo hace y elige atinadamente personajes y costumbres sumamente populares para demostrar a su pueblo lo que considera de primordial importancia: con los colonizadores llegó a Kenia un sistema hecho para robar y depredar, que logró instalarse manejado por quienes quedaron al frente del país, al servicio de los antiguos colonizadores, después de la independencia política.

A nosotros, los “occidentales”, la primera parte de la novela nos parece no solo una ironía, más bien la vemos como una burla grotesca del sistema económico en que vivimos. Desde nuestro rincón cultural, preferimos leer, para criticar al sistema, a sesudos pensadores: Marx, Arendt, Althusser, Habermas, Zizek. Y los comentaristas damos maromas para defender a un gran literato que escribió, para hablar del sistema económico imperante, lo que dicen los choferes ilegales del transporte público más usado en nuestros barrios marginales. Definitivamente Thiong’o no escribió El diablo en la cruz para nosotros ¿Cómo juzgar desde nuestra cultura egocéntrica a quien escribe para una cultura que podría salvarnos de devorar nosotros mismos nuestra biósfera?

Intrigado, todavía sin entender y molesto por lo grotesco de las burlas, seguí leyendo la novela hasta el final y apareció, no podía ser de otra forma, la magia de Ngugi, con la que, a una de las protagonistas, una mujer del pueblo, la convierte, sin alardes, con una enorme sencillez, en símbolo del pueblo kikuyu: hermosa, que luce con orgullo su atuendo tradicional que la embellece aún más, segura de sí misma, que asume su pasado donde fue mancillada sin negarlo, amando a la hija de ese pasado y firme en la defensa de un futuro de cuya construcción se hará responsable, superando cualquier dificultad: Wariinga, la mujer kikuyu que representa a todo su pueblo natal, por arte mágico de Nugi wa Thiong’o.

Firmado: David Batista

Más reseñas de Ngugi wa Thiong’o en ULADaquí

viernes, 10 de mayo de 2024

Azorín: El chirrión de los políticos

Idioma original: Español
Año de publicación: 1923
Valoración: De plena actualidad

Escribo esta reseña pasados unos días del amago de dimisión / paripé / período de reflexión (y aquí cada uno que lo llame como le de la gana) del presidente Pedro Sánchez. Y creo que el libro que hoy traemos a ULAD le viene como anillo al dedo a la situación de la política patria.

Porque este "El chirrión de los políticos" de Azorín es, al menos en su parte central, una feroz sátira política sobre la España de la Restauración (período en el que la propia generación del 98 tuvo que ver desde el punto de vista intelectual) y su lenta decadencia hasta la dictadura de Primo de Rivera allá por 1923. Es el tiempo del turnismo, de las prebendas, de colocar a los amiguetes en buenas posiciones, de elecciones amañadas, de palabras vacías y palmadas en la espalda, de escándalos ficticios en uso y beneficio propios, de ruido y furia que no es otra cosa que un teatro de marionetas con el que unos y otros mantienen entretenido al populacho al tiempo que se reparten cargos y beneficios entre trepas, jetas y algún que otro ingenuo de buena fe. Y, aunque en el momento en se sitúa el libro gobiernan los liberales, los conservadores tampoco salen bien parados. Al fin y al cabo, hoy por ti y mañana por mi. Con sus actualizaciones y demás, pero os resulta bastante familiar, ¿no?

A medio camino entre el relato, el ensayo, el reportaje periodístico y el género epistolar, el bueno de Azorín reparte a casi todas las instituciones del Estado: Consejo de ministros, oposición, ministros, parlamento, etc y dibuja un panorama desolador de la clase política, espejo, por otra parte, de la sociedad a la que dice representar.

Como contrapunto a esta, tanto en el prólogo como en el epílogo se nos presenta lo que podría ser una especie de ideario político "azoriniano" a través de Don Pascual, político e intelectual (que no es lo mismo, oigan) retirado. Trasunto quizá del propio Azorín, este Don Pascual refleja el desencanto de la intelectualidad con la clase política de la época, pese a (o precisamente por) haber pertenecido Azorín a esa clase política en ciertos momentos de su vida.

En fin. No he leído nada más de Azorín (a veces nos centramos en las "modernidades" y quizá deberíamos volver la mirada a nuestros "clásicos") e imagino que esta será una obra menor del alicantino. En cualquier caso, resulta un interesante testimonio de los tejemanejes de una clase política y de un país que, aunque es indudable que han cambiado a mejor, quizá no estén, en ciertos aspectos, tan alejados como podría parecer. Veremos qué nos depara el futuro. 

También de Azorín en ULAD: Capricho

domingo, 26 de noviembre de 2023

Elena Gómez Navarro:Cuando mi abuelo no pisó la Luna

Idioma original: Español 
Año de publicación: 2023
Ilustraciones: Carlota Téllez
Valoración: Ternura infinita

Pues no nos habrán dado el Ministerio de Cultura, siquiera una mísera Subsecretaría de Estado de blogueros, influencers e intelectuales orgánicos, pero aquí seguimos con nuestra vocación de servicio público. En esta ocasión, ayudando a los sufridos padres y madres a elegir los regalos navideños para pequeños lectores (y, ¿por qué no?, también para ellos).

Porque aunque Cuando mi abuelo no pisó la Luna es, evidentemente, un libro destinado al público infantil, también puede ser una lectura, breve y tierna, para un público adulto que seguro se ve identificado con la historia del pequeño Adrián. Y si no, que levante la mano aquel (o aquella, no la vayamos a liar) que no viera cómo su infancia o adolescencia terminaba en el momento en que uno de sus abuelos fallecía. En mi caso, desde luego, así fue.

Por lo tanto, podríamos hablar de un cuento infantil de iniciación. No, no se me lleven los puristas las manos a la cabeza por incluir un librito infantil de apenas una veintena de páginas en la misma categoría que las sacrosantas El guardián entre el centeno o La montaña mágica. Estas narran la transición de la niñez a la vida adulta y eso mismo es lo que, a grandes rasgos, retrata Cuando mi abuelo no pisó la Luna. 

Las principales virtudes del texto, además de su carácter atemporal y universal, son la de desprender ternura sin caer en la ñoñería y la de tratar al lector infantil como si fuese una "persona normal". Esto último es algo que me parece realmente complicado en literatura infantil, dar con ese tono adecuado, y creo que es algo que la autora consigue al no confundir inocencia con "idiotez". Puede parecer sencillo, pero creo que no lo es.

Mención especial para las ilustraciones de Carlota Téllez que acompañan (¿o debería decir se funden con?) al texto. Estas se sitúan a medio camino entre lo evocador, lo (por momentos) onírico y lo grotesco y hacen gala, en ocasiones, de un deliberado feísmo que seguro resulta de lo más atrayente para los peques.

sábado, 14 de enero de 2023

Lydie Salvayre: Caminar hasta el anochecer


Idioma original: francés

Título original: Marcher jusqu'au soir

Año de publicación: 2019

Traducción: Marta Cerezales Laforet

Valoración: decepcionante

La información contenida en sinopsis y solapa de este libro insisten en que su autora ha ganado el Goncourt en 2014. No estoy muy al día del prestigio de los premios literarios franceses. De los de aquí, por ejemplo, mi recuerdo más fresco es que le han dado el Nadal a Manuel Vilas. El Nadal se lo dieron hace unas cuantas décadas a Juan José Saer. En 2023, a Manuel Vilas. 

Pero mi primera intención era afrontar esta reseña con cierto sentido del humor, no con la indignación propia de alguien que asiste a la degradación del reconocimiento del mérito a favor de los imperativos comerciales y la mediocridad. De hecho, a mitad del libro estaba a punto de insinuar si a esta novela (o lo que sea) no le hubiera encajado mejor el título del último libro de Santiago Lorenzo. Todo ello me parecía un poco frívolo, incluso poco respetuoso con el trabajo de su editorial, El Desvelo, una editorial independiente santanderina a cuenta de cuyo nombre me permitiré una pequeña broma, ya que este libro no es que desvele precisamente, atendiendo a su primera mitad. Su ritmo es lento, inexplicable cuando el planteamiento puede suponer incluso cierto reto creativo. Una escritora acepta pasar una noche en un museo con la mera compañía de una obra de arte, en este caso una escultura de Giacometti. Digamos que una experiencia que ha de generar un texto interesante basado en su reacción. Pero no: lo que resulta es un anodino stream of consciousness donde las reflexiones en todo el proceso resultan recargadas, monótonas, a veces anegadas de erudición y citas poéticas, a veces más mundanas y asociadas al devenir de lo cotidiano - coqueteando con la autoficción - siempre con un uso abusivo de las anáforas, aspecto muy significativo en el estilo del texto y que lastran el ritmo, marcan un compás que podría ser disruptivo y acaba provocando cierto sopor. Siendo justos, pero hay que llegar ahí con no poca dificultad, el texto recupera cierto sentido hacia el último tercio, cuando una semblanza biográfica de Giacometti y algunos párrafos sobre Picasso resultan interesantes entre tanto análisis algo redundante entre intenciones de la obra - aquella con la que la autora ha pernoctado - y funcionalidad y pertinencia del arte.

Seguramente un libro más experimental e íntimo que puramente narrativo, pero, en conjunto, poco entusiasmo por indagar en más obras de su autora.



domingo, 24 de julio de 2022

Juancho Azuar: Cuidado con Chaikovski

Idioma original: Español
Año de publicación: 2022
Valoración: Divercioso
Ilustraciones: Teresa Arroyo

A ver si, ahora que estamos cerca de las 5000 reseñas, nos declaran de una puñetera vez "blog de utilidad pública" y nos conceden una pequeña subvención, que uno tiene sus vicios y nunca está de más una ayuda.

Muestra de esa "vocación de servicio público", hoy traemos un libro ideal para que lectores de unos 10 -12 años (más o menos) pasen un rato de lo más divertido en estas vacaciones de verano y para que, ya de paso, sus sufridos progenitores aprovechen para tomarse un breve respiro. Casi nada, eh! 

Hablamos de "Cuidado con Chaikovski", novela con la que Juan Ramón Azuar Romero (AKA Juancho Azuar) se adentra en la literatura infantil. Además del ya comentado rato de entretenimiento que proporciona la novela, creo que esta tiene otras virtudes. Así...

  • Azuar consigue que, en términos generales, la voz narradora sea creíble. Este creo que es el aspecto más complicado en literatura infantil ya que no es nada fácil ponerse en la piel de un narrador de unos 10-12 años y que sus palabras no suenen excesivamente adultas o excesivamente infantiles.
  • Narrativamente se trata de una historia bastante lograda, gracias a los saltos temporales que dotan de mayor carga al personaje principal.
  • Las situaciones que aparecen en el texto son plenamente identificables para el lector: relaciones familiares o "socioescolares" son contadas sin tapujos pero con humor y delicadeza.
  • Las ilustraciones, obra de Teresa Arroyo, que con su toque bestia y caricaturesco me han despertado más de una sonrisa.

¿Pero vamos a hablar de una novela infantil sin conocer la opinión que sobre ella tiene una lectora de 9 años? No! Aquí os dejo lo que dice Ainhoa, que se estrena hoy en ULAD!! (A ver si tiene más recorrido que su hermana, que ya pasa de su padre, de su madre, de ULAD y de todo lo que no sea fútbol):

Me ha gustado por los dibujos (por las narices que les ponen y porque son graciosos) y por las palabras inventadas del niño: grandigorda, piscologa, matecáticas, etc. La historia encima es graciosa y divertida.

Bueno. Parca en palabras la niña, pero suficiente para hacerse una idea, ¿no?

También de Juancho Azuar en ULAD: El vértigo del trapecista

domingo, 20 de marzo de 2022

Claire Keegan: Cosas pequeñas como esas

Idioma original: Inglés
Título original: Small things like these
Año de publicación: 2021
Traducción: Jorge Fondebrider
Valoración: Breve pero intensa

¿Pero qué mierda de valoración es esa? Bueno, puede que no sea una valoración "canónica" pero creo que es la que mejor se ajusta a la novela. Breve porque apenas tiene 100 páginas e intensa por la profundidad del enfoque que da Keegan al tema "de fondo" (bastante escabroso de por sí) de la novela.  

Así, bajo la tradicional estructura de planteamiento, nudo y desenlace, Keegan nos presenta a Bill Furlong, encargado del depósito de carbón, casado, padre de 5 hijas e hijo de madre soltera, lo pone ante unos hechos "extraños" (por llamarlo de alguna manera) y lo lleva a tomar una serie de decisiones. Todo ello para construir una novela "moral", un drama sin dramatismos y una denuncia sin demagogia que nos sitúa frente a la hipocresía de la sociedad en su conjunto. 

Se necesitaba un extraño para saber las cosas

¿Por qué las cosas más cercanas a menudo eran las más difíciles de ver? 

Varios son los puntos a destacar en la novela: la complejidad que esconde tras su aparente sencillez, en especial con esos hechos pequeños y oscuros que dan cuerpo a la novela; su enfoque, esa mirada no tanto hacia afuera o hacia los propios hechos terribles y brutales sino hacia el interior; su tono austero y casi distante - está claro que Keegan podría haber optado por un tono mucho más visceral y explícito, pero creo que esa distancia que toma le permite situar a sus protagonistas frente al miedo, la incertidumbre, las dudas o la culpa de forma más certera - ; y la combinación entre pasado y presente y cómo ambos influyen en la actuación del personaje central.

Dos breves apuntes en el lado menos positivo. Por un lado, los personajes secundarios ya que creo que una mayor indagación en los "resortes mentales" de alguno de los ellos habría dado a la novela un acabado más compacto; por otro, alguna de las tramas secundarias puesto que me da impresión de que varios de los conflictos que se plantean a lo largo de la novela admiten un mayor desarrollo. Creo que había material para ello.

En cualquier caso, son solo 100 páginas con las suficientes virtudes como para hacer de ellas un texto más que recomendable. 

jueves, 3 de febrero de 2022

Julián Ríos: LARVA. Babel de una noche de San Juan

Idioma original: Español (francés, inglés,  neerlandés, etc)
Año de publicación: 1983
Valoración: Desmesurado

Podemos empezar esta reseña hablando del Ulises o del Finnegan´s wake de James Joyce, la más clara influencia de LARVA, pero nos quedamos cortos porque en LARVA también están El Quijote, el Locus Solus de Raymond Roussel, el Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio Fernández o los jueguecitos de palarvas de la atroupellada troupe de Oulipo.

Podemos entonces hablar del "argumento" de esta rompedora, al menos con los cánones en la narrativa española del momento, (anti)novela, del batiburrillo carnovelesco que sucede durante un baile de máscaras en una noche de San Juan o de la digresión permanente disfrazada de farsa o de comedia bufa, pero también nos quedamos cortos porque tan importante como el "argumento" (o más aún) es la estructura del texto.

Así que hablemos de una estructura que podemos dividir en tres partes, aunque estas no funcionen en niveles separados: las páginas de la derecha vendrían a ser el cuerpo principal de la (anti)novela, las de la izquierda serían anotaciones de las anteriores y las finales "Notas de la almohada" serían el complemento más narrativo de ambas, con el cual Ríos demuestra que podría ser un narrador "convencional" de primer orden y que si no lo es, es porque su opción estilística es otra. Pero con esto también nos quedamos cortos porque tanto (o mucho más) importante que la estructura es la "forma" del texto. 

Hablemos, por tanto, de un texto basado en dos pilares fundamentales, el humor y los juegos de palarvas, ya preludiados por la "Nota supernumeraria para adorno de la solapa". En cuanto al humor de LARVA, este va de lo culto a lo chabacano, de la sonrisa sardónica a la carcajada más estruendosa, del puro chiste fónico a las más elaboradas imágenes del absurdo. En lo que respecta a los juegos de palarvas, estos muestran la desbordante imaginación y el larvrutal dominio del slanguaje por parte del autor: anagramas, palíndromos, aliteraciones, doblestriplescuádruples sentidos... en una desmesurada larvacanal de lenguas. Mención especial merece, en este aspecto, el capítulo titulado Algarabía, escrito en su gran mayoría con palabras de origen árabe.

Todo lo anterior hace de LARVA un texto infinito, polisémico, políglota, una lectura pantagruélica, gargantuesca (¿o será gargantuélica?) por la que uno avanza entre el larvasombro y en enerlarvamiento ya que las tropencientasmil referencias o los diferentes idiomas que se mezclan, el continuo "izquierda-izquierda-derecha-derecha-adelante-detrás-1,2,3" hacen que uno sienta perdido en muchas ocasiones y que el ritmo de lectura se resienta, tanto es así que creo que una segunda, tercera, cuarta lectura (¿cuándo?) "favorecerían" a la novela.

Lo ando reescribiendo, voy acabando.

Dicho esto, ¿recomendaría LARVA? Sin dudarlo, sí. Está claro que es un texto muy muy exegexigente (ya digo que en muchos momentos uno está, cuanto menos, desubicado) disparatado, excesivo y desmesurado, pero hay muchas páginas absolutamente brillantes que compensan con creces esas otras en las que uno se pierde. Pero también la vida es así y aquí seguimos, intentando disfrutar (y a veces hasta consiguiéndolo) aunque a veces no entendamos un carajo. ¿O no?

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Reseña + entrevista: Everest 1924. El enigma de Irvine y Mallory de Sebastián Álvaro

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021
Valoración: Yo con estos libros me lo paso en grande

Pues sí, gentes, a mi estos libros que hablan de aventuras inconcebibles desde la óptica de nuestros tiempos, de aventureros de la edad dorada de la exploración como Scott, Shackleton, Nansen, Irvine o Mallory, me encantan. En ellos se juntan la atracción por lugares remotos y apenas explorados (la nostalgia del hielo, que dijo Shackleton), el afán de superación y conocimiento, la tragedia y el heroísmo de unos personajes singulares, mucho más cercanos a lo que podrían ser hombres del Renacimiento o a caballeros románticos que a los deportistas de élite de la actualidad.

Pero más allá de lugares y personajes, hay varias cosas que pido a este tipo de libros: por ejemplo, una cierta voluntad de estilo, la inserción de las historias particulares en el trascurso de la Historia, una voluntad más "didáctica" que técnica, etc. Y algo de todo esto hay en este "Everest 1924". Veamos.

Quien ya conozca a Sebastián Álvaro de su época como director de "Al filo de lo imposible" (para mi, uno de los mejores programas de TV en la historia de este país), de haberle escuchado en la cadena SER o en Onda Cero o de haberle leído en el diario As, sabrá que se trata de un tipo que, pese a sus amplísimos conocimientos en la materia, posee un estilo próximo a lo divulgativo y una mirada profundamente humanista. Todo esto se traduce en un texto bien escrito, ameno, didáctico y alejado de detalles técnicos que podrían alejar a cierto tipo de público.

El carácter divulgativo del libro se observa, fundamentalmente, en la extensa presentación del contexto político, sociológico y cultural en el que surgen y tienen lugar las grandes exploraciones de finales del XIX y principios del XX, especialmente en Asia central. Quizá este aspecto geopolítico (rivalidad Imperio Ruso - Imperio Británico, Ilustración, Romanticismo, desastre de la PGM...) sea, para mi, la parte más interesante del texto y me han dejado con ganas de acercarme a nuevos libros y profundizar en el tema. 

El carácter humanista del texto tiene una doble vertiente: por un lado, la inserción de Irvine, Mallory y compañía en ese contexto sociocultural; por otro, el relato de las experiencias personales del equipo de "Al filo" en territorios legendarios como el Himalaya, el Karakorum, el desierto de Taklamakan o el cañón del Yarlung Tsanpó. Una y otra sirven para entender las razones, profundamente humanas, de este tipo de viajes y para unir pasado y presente de la historia de la exploración y el alpinismo. 

Así, solo la parte final del texto se refiere íntegramente a la expedición de 1924, situada entre en enigma y la leyenda. En ella, sin salir del terreno de la hipótesis y partiendo de datos objetivos y experiencias personales, Álvaro reconstruye y plantea posibles escenarios acerca del intento de ascensión de aquel trágico 8 de junio de 1924. Pero, nada se esclarece, todo queda en el terreno de la suposición y de la incógnita y tal vez sea mejor así porque a estas alturas quizá no importe tanto si Mallory e Irvine alcanzaron o no la cima del mundo como sus motivaciones. En ese sentido, el libro de Sebastián Álvaro da en el clavo.

P.S.: Un último apunte, esta vez sobre el libro como "objeto". La edición de Desnivel es realmente magnífica. Además del diseño de los libros, que me encanta, y del papel de altísima calidad, "Everest 1924" incluye gran cantidad de material gráfico que seguro hará las delicias de los interesados en la materia.

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A continuación reproducimos un pequeño cuestionario que el autor ha contestado amablemente (¡GRACIAS!):

P.: Han pasado casi 100 años desde aquel 8 de junio de 1924. ¿Qué hace que las figuras de Mallory e Irvine conserven ese halo fascinante en la actualidad?

R.: Aquella generación de exploradores británicos fue única e irrepetible. Fue la encargada de rellenar los últimos espacios en blanco de los mapas y poner en marcha la conquista de los extremos del planeta: los polos y las altas cumbres del Himalaya. Desde luego hubo muchos más de otras nacionalidades, pero a finales del siglo XIX y principios del XX, la pujanza del imperio británico va a propiciar una serie de aventuras y exploraciones que cambiarían el mundo rellenando los últimos espacios en blanco del planeta. Desde entonces más de doscientas personas han desaparecido en el Everest pero ninguna reúne el atractivo de aquellos hombres. Formaban parte de los últimos exploradores románticos. Eran aventureros completos: escritores, alpinistas, militares, espías, músicos, cartógrafos, cirujanos…Además tenían una capacidad de sacrificio y de hacer frente a la adversidad que hoy en día no podemos ni siquiera imaginar. Pertenecen a una época irrepetible, cuando exploración, aventura y alpinismo iban entrelazados.

P.: ¿Realmente “importa” hoy en día que Irvine y Mallory llegaran a la cumbre del Everest?

R.: Bajo el punto de vista histórico sería muy importante, pues pondría en cuestión todo el relato histórico de los años cincuenta. Y bajo el punto de vista sentimental creo que se debe un reconocimiento a esta generación de alpinistas británicos.

P.: Dentro del trabajo de documentación previa a la escritura del texto estaría todo lo relativo a sus experiencias personales en la etapa de “Al filo”. ¿Qué siente uno al echar la vista atrás y volver a leer sus diarios (si es que existen) o rememorar esos viajes?

R.: He llevado diarios de cada uno de mis viajes y la verdad es que han sido y son fuente de todos los libros que escribo. Y cada vez que los releo llego a la conclusión de que soy un afortunado por haber sobrevivido y por haber tenido una vida tan rica en experiencias y emociones.

P.: Además de lo anterior, el trabajo de documentación / investigación acerca del contexto social, político y cultural de la época, expediciones, etc ha de haber sido ingente. De todo el material al que ha podido acceder, ¿cuál es el que más le ha impresionado?

R.: El principal trabajo de documentación han sido sus libros y diarios. Especialmente me ha vuelto a conmover el libro del capitán John Noel en el que no sólo relata la expedición y sus trabajos de filmación en 1922 y 1924, sino que además es una visión sumamente avanzada de lo que ocurriría en el Everest en el futuro. En otro plano, la reconstrucción del vestuario y la filmación con mis compañeros recreando algunas de aquellas secuencias, como la llegada al collado del Pang La, fue realmente emocionante.

P.: Personalmente, una de las cosas más me llama la atención es que los tiempos de ascensión de Mallory e Irvine (o de Somervell y Odell) fueran similares a los empleados por alpinistas actuales. ¿Cómo le explicaría esas escasas diferencias a alguien que no ha leído el libro?

R.: No hay nada que explicar, simplemente que eran unos grandes alpinistas, muy fuertes que estaban dispuestos a hacer prácticamente cualquier cosa por subir a la cima del Everest. La visión supremacista actual sobre aquellos alpinistas es errónea y debida a una corriente de opinión que no tiene sentido ni está basada en los hechos tal y como sucedieron.

P.: Insistiendo un poco en la comparativa entre la edad dorada de la exploración y la actualidad, ¿se ha perdido el espíritu de aquella época o las motivaciones continúan siendo, en el fondo, similares?

R.: Aquel espíritu de exploración y aventura sin duda se ha perdido. En buena medida porque aquel tiempo ya pasado es irrepetible, pero al fin y al cabo la visión romántica del alpinismo y la aventura es un componente ideológico y sospecho que los alpinistas actuales tampoco leen mucho. Esa es la explicación de algunas de las cosas que ocurren en el Himalaya con las expediciones comerciales o el fenómeno de Nirmal Purja y el helidopping, entre otros muchos. Nada de eso tiene que ver con el alpinismo clásico.

P.: ¿Qué personaje de la edad dorada representa mejor el espíritu de aquella época y qué deportista / aventurero… de la actualidad reencarna en mayor medida ese espíritu?

R.: Quizás George Mallory, Geoffrey Young, Howard Somervell, pudieran representar ese periodo dorado. Fuera de los británicos quizás Luis de Saboya, el Duque de los Abruzos, representa mejor ese espíritu aventurero. Todos ellos no se sentirían deportistas sino aventureros. De hecho cuando Hillary y Tenzing suben al Everest, un periodista pregunta a Eric Shipton qué le parece aquella expedición comparada con las de Mallory, y Shipton responde: “Eso solo es deporte”… Lo que demuestra lo claro que tenían aquellos alpinistas entre deporte y aventura.

Y de los alpinistas modernos me quedaría con Walter Bonatti, que es el gran representante del alpinismo moderno.

P.: ¿En qué expedición de las “clásicas” de la edad dorada le hubiese gustado participar?

R.: En la de Mallory de 1924, en la de Kurt Diemberger de 1957 al Chogolisa y en la de 1958 de Walter Bonatti al Gasherbrum IV.

P.: ¿Es posible que la próxima “gran era de la exploración” tenga lugar fuera de nuestro planeta o nos quedan lugares por descubrir / conocer en mayor profundidad?

R.: De momento quedan muchas montañas por escalar en la Tierra, así que me sigo quedando todos los veranos por el Karakórum. Y puesto a explorar nuestro sistema solar me quedaría con el cráter Olimpo de Marte, que tiene casi doce kilómetros de altitud.

P.: Por último, y de cara a posibles futuras lecturas, ¿qué libros nos puede recomendar?

R.: Cita con la Cumbre de Juanjo San Sebastián. Tocando el vacío de Joe Simpson. K2, Nudo Infinito de Kurt Diemberger, El Sentimiento de la Montaña, con Eduardo Martínez de Pisón… Hay una excelente literatura de Montaña. Y además recomendaría algunos libros de poetas como Robert Browning, Alfred Tennyson, Mary Shelley… En fin hay que leer mucho y bueno.

jueves, 23 de septiembre de 2021

Fernando Vallejo: Memorias de un hijueputa


Idioma original: español

Año de publicación: 2019

Valoración: cascarrabias

Fernando Vallejo cumple con el tópico: o se le ama o se le odia. Una virtud, desde luego, lo de no despertar indiferencia. Y sus obras siempre disponen de esa extraña cualidad en estos tiempos: primorosamente escritas y llenas de frases que son puñaladas. Ni un ápice de miedo a meterse con quien sea usando desde el más afilado eufemismo hasta el más directo insulto. Su coartada puede ser el registro autobiográfico, la pura creación o, como en este caso, una especie de jugueteo levemente paródico donde parecen convivir, de forma algo excesiva y desquiciada, pura mordacidad con una especie de autoparodia que combina elementos clásicos de la literatura del boom - esta es una novela, o un trasunto de novela de dictador con una muy actualizada puesta en escena. En Memorias de un hijueputa Vallejo demuestra ser un escritor de su tiempo y no hay pocas apelaciones al mundo digital.

Pero a Vallejo también se le puede volcar el tintero en la mesa o llenársele de bilis en exceso. Como si de un alter-ego se tratara, y convirtiéndose en una especie de Houellebecq centroamericano (o de Thomas Bernhard vivito y coleando con  la libido desbocada) ese es el tono dominante en esta novela, que casi podría definirse como un monólogo con muy poco aderezo externo o hasta, parafraseemos, una especie de dictado, que para eso están los dictadores y así se enorgullecen (en la intimidad) de ser calificados. Poca puesta en escena es necesaria: le explica a Peñaranda, supuesto biógrafo en la sombra, sus caóticas decisiones una vez en el poder, consistentes básicamente en un ajuste de cuentas continuo y cruel. Ordena ejecuciones a mansalva, incluyendo las de todos los anteriores mandatarios de su país, Colombia, en una especie de sueño enajenado al que no le falta aderezo alguno. Incluso cierta curiosa promoción: la guisa que crea Vallejo no deja de aludir a otro texto del autor, La puta de Babilonia, que toma como punto de partida para diatribas sin respiro, con varios focos muy concretos: Colombia como país y los colombianos como colectivo; las religiones monoteístas, los Estados Unidos, España y en especial el rey emérito (el cazador de elefantes). Ni una de esas gallinas (o gallos) deja Vallejo sin desplumar a base de prosa juguetona y ácida, una especie de martillo percutor que apenas descansa sino para tomar fuerzas. Lo cual es a la vez lo peor y lo mejor de la novela. Una obra para incondicionales, pues a cualquier no iniciado en la obra del de Medellín estas ciento ochenta páginas podrán hacérsele cuesta arriba. Vallejo emplea párrafos como mero apuntalamiento de otros. Casi se diría que resulta algo grotesco en su necesidad de mostrar (con personaje interpuesto) su rabia, por momentos desesperanzada, y sus pullas pueden agotar, aunque el mensaje vaya calando en el lector, aunque sea por las malas artes usadas. Prosa precisa y descarnada, gota malaya que penetra y ya sabemos lo que pasa con la gota malaya. Quizás lejos de ser su mejor obra, pero plenamente coherente con una evolución, vuelvo a referirme a Houellebecq, en que edad y condición personal deben pesar lo suyo. Y estas memorias mentirosas no son siempre fácilmente digeribles. Pero si lo fueran, no hablaríamos de ese outsider a su pesar que es Vallejo. 

jueves, 13 de mayo de 2021

Usumaru Furuya: El club del suicidio

Idioma original: japonés

Título original: Jisatsu Sākuru 自殺サークル

Traducción: Marc Bernabé

Año de publicación: 2001

Valoración: Turbio


No sé si alguien se ha dado cuenta, pero en cuestión de libros disfruto bastante metiéndome en terrenos que no conozco. Si además tengo que escribir una reseña sobre algo que para mí es totalmente nuevo me siento flotar en una atmósfera de libertad absoluta, como un recién nacido que pudiese opinar sobre el mundo que acaba de descubrir. Pienso que los lectores serán indulgentes con mis tonterías, que mi inocencia será salvoconducto suficiente para que todos rían mis ingenuidades y toleren de buen grado cualquier cosa que diga. Luego quizá no sea así, pero esa es mi disposición inicial, y las posibles críticas las aceptaré de buen grado (como siempre) y me afectarán poquito o nada. Esta vez he descubierto algo que nunca había tenido entre manos y puede que nunca vuelva a catar: el manga.

El club del suicidio, como su propio título parece indicar, no es precisamente un manga para niños, tal vez ni siquiera para adolescentes, aunque por el carácter fantasioso que se descubre poco a poco puede que tampoco tenga la carga peligrosa que en principio anuncia. Al parecer, se trata de una versión libre de la película del mismo título, o más bien una recreación a partir de su primera escena: el suicidio colectivo de cincuenta y tantas chicas lanzándose bajo las ruedas del tren en la famosa estación de Shinjuku. La historia se desarrolla en torno a Saya Kôda, que milagrosamente sobrevive a la masacre y que iniciará (o continuará) lo que parece un extraño proceso autodestructivo. Para asombro y rabia de su mejor amiga, Saya transita, de momento, por distintos niveles de los trastornos de comportamiento más escabrosos, como las autolesiones o la prostitución como forma de obtener la mayor degradación personal.

El relato resulta desasosegante, mezclando en proporciones cambiantes elementos realistas y otros algo más fantasiosos. Desde la primera de las perspectivas, nos sumergimos en ese mundo complicado de la psicología adolescente: amistades que ocultan rencores insospechados, grupos inquietantemente uniformes, relaciones tóxicas. En fin, que tampoco nos vamos a poner demasiado graves, estamos en esa etapa complicada en la que se asienta la personalidad y donde, como ya sabemos, algunos caminos llevan a terrenos bastante peligrosos, no digamos en la era de internet.

Sin embargo, la historia gira lentamente hacia terrenos todavía más problemáticos y de mayor confusión, partiendo del control mental y el vaciamiento de la personalidad para llegar, de forma muy gradual y tampoco muy clara, a lo que más parece algún tipo de posesión paranormal (por lo que he podido ver en otros productos japoneses, esto de los intercambios y alteraciones de la personalidad parece que por allí gusta bastante). Curiosamente, este giro le resta dramatismo al relato porque lo descarga de aquellas terribles tendencias de adolescentes reales para acercarnos al campo de lo inverosímil, y está claro que resulta menos perturbador presenciar actos movidos por los hilos de fuerzas sobrenaturales que si responden a situaciones potencialmente reales.


En el aspecto gráfico (que sé que es algo que siempre valoran mis compañeros en este tipo de textos) la verdad es que no veo mucho que decir. He visto en este blog libros con ilustraciones realmente llamativas, a veces por su belleza, otras por su sordidez o su creatividad. En el caso de este manga no detecto nada digno de mención, el dibujo es bastante simple y apenas transmite un halo de frialdad, nada adicional al propio relato, si acaso en la última parte parece moverse hacia imágenes algo más simbólicas.

Como decía al principio, reconozco que no me muevo con comodidad en este terreno. A veces me parece estar buscándole cualidades narrativas o fundamentos filosóficos a Zipi y Zape. Un libro como este no deja de ser una opción más, tiene su punto curioso, es cómodo y rápido de digerir, y en este caso plantea algunas cuestiones bastante delicadas. Quizá habría que conformarse con eso y disfrutarlo en lo que se pueda. Porque, oiga, de todo se puede sacar algún partido.


domingo, 21 de marzo de 2021

Eduardo Izquierdo y Eloy Pérez: Los sureños no llevan paraguas

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Entran ganas de coger un avión y plantarse en el mismísimo Nueva Orleans

"Los sureños no tienen paraguas" es la primera referencia del sello Muddy Waters Books, editorial que en su declaración de intenciones aboga por la publicación de "ensayos originales, incisivos, con buenas dosis de humor y en lengua castellana". Pues bien, los cuatro requisitos se cumplen en este texto que nos traslada, gracias a la fascinación de sus autores por una cultura capaz de lo mejor y de lo peor, al Profundo Sur (y alrededores) de los Estados Unidos.

Primer requisito: ensayo original, en tanto se trata de un texto que rompe un poco con los estándares del género. No se trata de un ensayo "sesudo", de un libro de historia o ni de una guía de viaje sino de un texto sobre cómo se vive y cómo se respira en el Sur, sobre cómo son y porqué son así. El enfoque utilizado para asomarnos a esta disparatada, aberrante (a veces) y contradictoria realidad geográfica, cultural y emocional que es el Sur es el de la cultura popular. Breves pinceladas acerca de los estereotipos, no siempre del todo ciertos, del cine, la literatura, la música, la religión, las armas, el racismo, el deporte o la comida nos llevarán a los Estados Confederados y nos permitirán acercarnos a la idiosincrasia sureña.

Segundo requisito: ensayo incisivo. Sí, incisivo, mordaz, cáustico. Pese a su carácter "no académico" y más descriptivo que analítico, son muchos los palos que se tocan (algunos de ellos un tanto peliagudos) y los autores no dudan en meter el dedo en la llaga y no solo con los sureños. Aquí hay para todos, con alguna que otra desmitificación también.

Tercer requisito: con buenas dosis de humor. La verdad es que yo me he echado unas buenas risas. Entre que los sureños tienen lo suyo (me he descojonado con las historietas de los predicadores, con las incongruencias del KKK, con las delirantes asociaciones de defensa de las armas o con algunas peculiaridades sureñas) y que el tipo de humor que se gastan los autores es muy de mi estilo, lo cierto es que el libro se hace muy divertido y se lee de una sentada.

Cuarto requisito: en lengua castellana. Poco que decir aquí, salvo que los autores proceden del mundillo de la música y bien que se nota esa querencia por lo "popular".

Así que si lo que buscáis es un ensayo profundo sobre la Guerra Civil, su origen y consecuencias, o sobre la historia económica de lo que fueron los Estado Confederados, etc, ¡huid! En cambio, si lo que queréis en pasar un buen rato y aprender unas cuantas cosas con las que fardar ante vuestros cuñados en la próxima comida familiar y con las que evitar acabar colgados de un árbol en el Viejo y Profundo Sur, este es vuestro libro.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Édouard Levé - Diario

Idioma original:
Francés
Título original: Journal
Traducción: Matías Battistón
Año de publicación: 2004
Valoración: Extraño y curioso

Ay, estos franceses, siempre tan modernitos, tan malditos, tan a la vanguardia, tan de épater la bourgeois... Ejemplos sobran en esto de la literatura (y alguno se preguntará si esto es literatura o no y tal vez sea una buena pregunta, aunque yo tenga muy clara la respuesta): dos Raymond (Roussel y Queneau), Georges Perec, OuLiPo o, ¿por qué no?, Édouard Levé.

Nos centramos en este último. Pintor, fotógrafo y escritor cuya obra literaria se "reduce" a cuatro libritos (no ayuda mucho que decidiera ahorcarse cuando solo tenía 42 años), Levé emparenta con los anteriormente citados en ese juego / deconstrucción / reconstrucción de y con las palabras y la literatura.

En el libro que hoy nos ocupa, y pese a que su título parezca sugerir que estamos ante otra obra de autoficción, Levé organiza en función del tema (internacional, sociedad, cultura, deportes, etc) un collage de noticias deslocalizadas, despersonalizadas y desideologizadas que tienen como principal virtud y función, además de su posible interpretación como un reflejo del mundo en que vivimos, la de sugerirnos una serie de reflexiones acerca del arte, la literatura o la ficción. A saber:

  • ¿Cuál es la función del arte en general (o la literatura en particular): cambiar la realidad, reflejar la realidad o "dar" al lector esa realidad y que este ponga el resto?
  • ¿Qué es la literatura o qué es el arte, en realidad? ¿Quién determina lo que es y no es arte? Por ejemplo: ¿pintar unos bigotes a la Gioconda es arte? ¿"podar" las noticias de la prensa dejando solo los hechos y que estos puedan ser leídos como microrrelatos o microensayos es arte? Pues sí, aunque otra cosa sean los resultados (¡joder con el Ecce Homo de Borja!)
  • ¿Supera la realidad a la ficción? ¿Necesitamos de la ficción en un mundo tan loco, cruel, absurdo y violento como el que nos presentan las noticias seleccionadas por Levé?
Como podéis ver, este no es un libro al uso y de ahí la valoración. Tampoco es que sea 100% novedoso, y aquí me vienen a la cabeza los experimentos de OuLiPo y de los dadaístas, o los recortes de prensa que Cortázar intercaló en la narración del "Libro de Manuel" o en Rayuela, pero sí que es un libro radical y extraño al mismo tiempo, un artefacto literario que, pese a lo que pueda parecer a priori, tiene variadas lecturas, que sorprende, que remueve y que no dejará a nadie indiferente, ya sea para bien (como en mi caso) o para mal (reacción bastante frecuente ante este tipo de "experimentos").

martes, 8 de diciembre de 2020

Donnie Eichar: Dead mountain (La montaña muerta. Los sucesos del Paso Diátlov. La historia que nunca se reveló)

Idioma original: Inglés
Título original: Dead Mountain: the untold true story of the Dyatlov Pass incident
Traducción: Rosa Fernández-Arroyo
Año de publicación: 2013 (2020 en España)
Valoración: A mi es que este tipo de historias me gustan    

Pues sí, ¿qué queréis que os diga? A mi estas historias de viajes, expediciones polares, alpinismo, etc. siempre me han llamado mucho la atención. Si, además, le añadimos unas dosis de Unión Soviética, misterio y conspiranoia, ya soy incapaz de sujetarme. Imagino que en esto algo tendrán que ver dos de los programas / series que más devoré en mi (tardo)adolescencia: "Al filo de lo imposible" y "Expediente X". Pero dejo ya de andarme por las ramas!

Bien, estamos en la Unión Soviética, año 1959. Nueve jóvenes (unos veintipocos años), 7 chicos y 2 chicas miembros del grupo de montaña de su centro de estudios y liderados por Igor Diátlov, desaparecen en el lúgubre paisaje invernal del Norte de los Urales. Pasados unos días, los equipos de búsqueda encuentran la tienda (intacta en su interior y con una serie de cortes en el exterior) en la que pernoctaban, descubren los cadáveres a medio vestir de algunos de los muchachos en un radio de 1,5 kilómetros... La investigación y autopsia posteriores no aclaran demasiado las cosas: algunos de los cadáveres presentan brutales lesiones, sus ropas tienen elevadas dosis de radiación y el fiscal que lleva el caso lo cierra diciendo que los jóvenes fueron "víctimas de una poderosa fuerza descomunal". Si a todo lo anterior le añadimos la actitud de los funcionarios locales y regionales para con las familias de los fallecidos, tenemos campo abierto para teorías conspiranoicas de todo tipo acerca de las circunstancias que llevaron a los montañeros a abandonar la tienda en plena noche, mal vestidos y con una temperaturas de -20ºC.

El libro del que hoy nos ocupamos trata, por tanto, de esclarecer los hechos. Para ello, el autor se basa en fragmentos de los diarios de los fallecidos, en registros oficiales, en entrevistas con familiares, en el testimonio del único superviviente de la tragedia (gracias a unos "benditos" dolores de espalda), en la colaboración de personas interesadas en los sucesos del Paso Diátlov y en sus propias pesquisas sobre el terreno. Así, se intercalan los capítulos en los que se reconstruyen los días de la expedición, de las tareas de búsqueda e investigaciones posteriores con capítulos en los que el autor viaja a Rusia con el fin de realizar el mismo recorrido que en 1959 hicieron los nueve fallecidos.

Esta estructura dota a la narración de gran agilidad y ritmo y permite que el libro tenga varias "capas". Por una parte, puede ser leído como una novela de "misterio / aventuras" (esta es la lectura más obvia); por otra, el texto posee una parte "sociológica" que no debemos desdeñar. Y aquí hay dos Rusias diferentes y contradictorias (ay, el célebre alma rusa). De un lado está la URSS del deshielo, esa en la que apenas han trascurrido 5-6 años desde la muerte de Stalin y 3 desde el XX Congreso del PCUS, esa en la que conviven una ligera apertura y campos de trabajo cuya existencia es desconocida por la mayor parte de la población, jóvenes que tratan de abrirse a "nuevos mundos" pero que no deja de estar ligados al pasado más reciente de su país; del otro, la Rusia del siglo XXI, excesiva y desigual hasta el punto de que puede hacer llegar a añorar o recordar con afecto la época soviética.

Es, por tanto, esta doble lectura del texto y las posibilidades que de las mismas nacen lo que le otorga mayor valor al libro de Donnie Eichar. Porque no importa tanto el desvelamiento o no de la verdad como la forma de llegar a ella. Al fin y al cabo, ya sabéis que THE TRUTH IS OUT THERE.

P.S. Una pequeña nota acerca de la estupenda edición de libro: Acompaña al texto, y nos traslada a los escenarios en que transcurren los hechos, un buen número de fotografías, mapas, dibujos, etc. tanto de la propia expedición del grupo liderado por Igor Diátlov como de las posteriores tareas de búsqueda.

martes, 22 de septiembre de 2020

Lee Child: Mañana no estás

Idioma original:
Inglés
Título original: Gone tomorrow
Año de publicación: 2009
Traducción: Aldo Giacometti
Valoración: Placer culpable

Placer culpable, sí. Y no pongáis esa cara, joder. Que sí, que mucho Bergman, mucho Pasolini, mucha Agnes Varda, pero seguro que os lo pasáis en grande viendo "La jungla de cristal", "Viernes 13" o toda la saga de Sharknado (no hace falta que confieses, Juan). Pues esto es lo mismo: ¡no todo va a ser Proust o Cartarescu, no todo va a ser literatura que haya de perdurar por los siglos de los siglos!

Y es que este "Mañana no estás" que llega a España de la mano de dos editoriales argentinas con un catálogo de lo más interesante (Blatt & Ríos y Eterna Cadencia) ha sido, según la contraportada del libro, "número 1 en ventas en Estados Unidos e Inglaterra", tiene estética de best-seller y viene recomendado, entre otros, por Stephen King, Ken Follett o Patricia Cornwell. Por si esto fuese poco, y para que os hagáis una idea de la magnitud del fenómeno, el original de este libro tiene...¡88.000 valoraciones y 4.000 reseñas en Goodreads! 

Pues bien, fuera prejuicios, fuera ideas preconcebidas. Resultado: un libro adictivo, un relato vertiginoso en el que apenas hay pausas o zonas "puente" y en el que se mezclan geopolítica, secretos militares, mentiras, filtraciones, sospechas, pistas falsas, acción, etc. Todo ello protagonizado por el antiguo policía militar Jack Reacher, una bestia parda de unos 115 kilos de peso, un tipo descreído, sarcástico, psicólogo amateur y más chulo que un 8, que se ve envuelto en una trama con ramificaciones de lo más variadas que van desde un candidato a Senado de los Estados Unidos hasta la invasión soviética de Afganistán.

Estructurada en 84 capítulos de unas cinco o seis páginas de extensión, la novela podemos dividirla en dos partes: la primera de ellas podríamos calificarla como más "analítica" ya que la observación, el análisis psicológico y los procesos deductivos marcan los avances y retrocesos de Reacher; la segunda, en cambio, sería más "peliculera" ya que la narración pasa a estar dominada por peleas, huidas, disparos y encontronazos dejan sus buenos regueros de sangre. (Ojo que no son partes estrictamente separadas, sino que hablo del tono general). Ya puestos a elegir, me quedo con la primera parte. Me interesa más el cómo o el porqué de lo ocurrido que lo que eso desencadena, aunque he de reconocer que he disfrutado como un gorrino de las escenas de acción. 

Por terminar, destacaría el manejo de la información y los tiempos por parte del autor, su capacidad para jugar con el lector y mantener la tensión hasta el final, aunque sepamos de antemano que los malos acabarán perdiendo (¿o quizá no del todo?). En el lado negativo, algún que otro pequeño e inevitable cliché del género y una cierta sensación de uniformidad en muchos de los personajes. Vale que la inmensa mayoría son policías, militares o ex-militares, pero todos ellos hablan "demasiado parecido". Pese a lo anterior, ya digo que me lo he pasado bomba  con las idas y venidas de Reacher por la calles, avenidas y túneles de un NY post-11S, con toda su carga de trauma y paranoia.

Y ahora, me pongo las gafas de pasta y empiezo con toda la filmografía de Antonioni.

lunes, 20 de julio de 2020

Tochoweek IV #1 -Thomas Pynchon: Mason y Dixon


Idioma original: inglés
Título original: Mason and Dixon
Año de publicación: 1997
Traducción: Jordi Fibla
Valoración: árboles que no dejan ver el bosque

Aquí me tenéis, de nuevo, rindiendo tributo al ex-compañero y fundador del blog al que (mucho antes de la pujante "bastante recomendable") no le gustaban las etiquetas que se salían de un casi numérico criterio de valoración.
Y aquí me tenéis, de nuevo, poniendo a prueba mi resistencia con un cuarto intento (el más prolongado en extensión, y cuidado que aún no descarto subir la apuesta con el célebre arco iris) de descifrar los códigos que, me reafirma lo leído en el esplendoroso libro de Eduardo Lago, contiene la obra de Pynchon, códigos que convierten a Pynchon, si el organismo le aguanta y los raritos de la Academia se marcan el detalle, en uno de esos constantes candidatos al Nobel.
Y aquí me tenéis de nuevo (fin de la anáfora) incapaz, a pesar de mi capacidad de brega y mi creciente experiencia con los autores difíciles, incapaz, dije que se acababan las anáforas, ¿verdad?, de descodificar del todo esas novelas, porque Mason y Dixon ha sido agotadora por lo extensa, 958 páginas en el ejemplar que he leído, aunque llevadera en su dinámica de lectura: uno comprende tan pronto - echad la culpa al post-modernismo- que el libro se va a alejar de los parámetros narrativos convencionales que interrumpir su lectura (dado que - ya os hablé del coordinador - este blog no puede esperar tres meses a que yo acabe un libro para aportar una reseña) y acudir a otros libros, acaba sin representar inconveniente alguno. Así es Pynchon, perdiendo tanto al lector, que es comprensivo con que el lector decida perderse solo. Porque los cientos de personajes y situaciones que pueblan el libro, de la forma más anárquica y con los dos únicos hilos de una supuesta narración de las andanzas, en el entorno de la tradición oral, y la propia historia contada, la de un agrimensor y un astrónomo que, por encargo de la Royal Society, van a trazar la línea fronteriza entre los estados de Pennsylvania y Delaware, allá por la segunda mitad del siglo XVIII, esos cientos de personajes con procedencias y nombres extraños no son para memorizarlos ni para retener mentalmente en qué estado quedan conforme avanza la lectura. Esto que acabáis de leer va a ser lo más parecido a una sinopsis que vais a leer en esta reseña, que voy a intentar que ni se extienda ni se reitere.
Porque está claro que intentar abarcarlo todo sería estúpido: Mason y Dixon es la creación de un escritor meticuloso que no comete un error en ninguna frase, cuyos párrafos más floridos (los hay a cientos) servirían de ejemplos rutilantes para cualquier virtud literaria objetiva; así son de imaginativos, de ricos en expresiones, en rigor histórico, en ambición. Cada capítulo, más de 70, parece una escena concluyente en un opus planificado, parece, para mostrar un momento clave en el nacimiento de esa gran nación tan cohesionada y poderosa que se atreve a asignarse a sí misma la representación de todo un continente. Algunos personajes son extraídos de la realidad y les es asignada su participación en hechos para que cuadren con esa gran historia subyacente, la de un par de tipos llevando a cabo el encargo y encontrándose gente a su paso, ya desde su salida en barco desde Inglaterra. Parece ser que el complemento perfecto para disfrutar del libro es empaparse bien de la historia de la época y reconocer a alguno de los personajes (supongo que eludiendo a la pata mecánica que vuela a toda velocidad y al reloj que habla, antes del iWatch) en los cometidos reales que les ha deparado la historia. Pero es curioso, tantas páginas, y mi lectura del libro no me ha deparado empatía con sus protagonistas. No puedo decir que los he comprendido cuando a duras penas he llegado a distinguirlos. Supongo que es premeditado, que Pynchon (mencionemos otra vez el post-modernismo, venga) no quiere estructuras narrativas clásicas. Que sus referencias a personajes como si le conociéramos de toda la vida (cuando irrumpen en cualquier momento) no son más que finas alegorías a la imprevisibilidad y a la propia complejidad de las sociedades. Vale, aceptemos eso y renunciemos a parámetros clásicos. Mason y Dixon, planteada esa circunstancia, es legible, es disfrutable, deleitable y placentera, incluso el final, las últimas páginas, que parecen desarrollar una conclusión de tono solemne. Disfrutable en sus partes, en frases y párrafos, pero casi refractario en su conjunto, cuando nos preguntamos si ese esplendor en la forma combinado con esos conceptos subyacentes en el fondo no son muros ante el lector, más que puentes hacia el lector, cuestión que me temo que no soy capaz de dilucidar,
Eso sí: aún no me he enterado qué pintaba el perro hablando.

lunes, 22 de junio de 2020

Carlos Télez Sedano: La herida

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Entretenido

Pese a que no sea un recurso novedoso, y aquí me viene a la cabeza la magnífica El túnel, de Don Ernesto Sabato, hay que echarle valor al tema para desvelar "todo el pastel" en la primera página y jugarse toda la novela a ser capaz de mantener el interés de la misma hasta la última línea. Y es que parece menos difícil, e igual es solo una impresión mía, ojo, la tradicional estructura de la novela negra - asesinato, investigación, hallazgo del culpable (con todos sus recovecos y trucos) - que esta otra en la que sabemos de crimen y el criminal en el minuto 1 y el autor debe centrarse en la evolución de situaciones y personajes para explicar los motivos del crimen. Precisamente porque que ese conocer el desenlace condiciona la narración y porque ciertos hechos pueden, por ese motivo, resultar previsibles, lo que importa son los caminos que llevan a esos hechos, la ilación entre ambos, el ritmo de la narración, la tensión de la misma, etc.

Así que creo que la principal pregunta que debe responder una novela de este tipo sería: "¿Consigue mantener ese interés hasta el final"?. Pues, en este caso, creo que sí. Creo que "La herida" funciona.

Resumiendo brevemente, la novela es la historia de una dependencia y una obsesión, de la anulación de la voluntad, de un pasado que vuelve por puro azar (¿o tal vez no?), porque duelen más las heridas que no se ven. En ella encontraremos "sexo, droga y rock´n roll" o, más bien, mucha tensión sexual reprimida, descensos a los infiernos y mucha, mucha música (desde Roy Orbison a Chris Isaak, pasando los Yardbirds, The Verve, The Nerves... la música discotequera de los 80 o grupos más recientes como La Secta o Discípulos de Dionisos) y cine (Lost Highway, Testigo de cargo o Blow up), pero también violencia, leves toques sociales y algún que otro giro inesperado. Además, y esto es algo más "personal", la novela tiene un marcado carácter generacional al que contribuye el hecho de que el autor sea apenas un par de años mayor que yo y que hayamos crecido en pueblos separados por escasos kilómetros (tiendas de discos, bares, discotecas, estaciones de tren que, aun con el nombre cambiado (¡esa discoteca pija con nombre de reptil!), me resultan escenarios familiares.

Decía hace un par de párrafos que la novela funciona. Y lo hace por varios motivos:
  • Porque el personaje principal (y narrador de la historia) evoluciona a lo largo de la misma. No es un personaje plano, tiene sus aristas.
  • Porque los personajes secundarios cumplen su función dentro del engranaje de la trama. Puede parecer una perogrullada, pero no hay personajes que "sobren". Si acaso, y por poner algún pero, quizá los personajes femeninos podrían haber tenido un poco más de recorrido
  • Porque tiene muy buen ritmo. Un lenguaje de lo más coloquial, sin especiales adornos, y un buen manejo de los diálogos hacen que la novela se lea a toda velocidad. 
Así que, resumiendo, "La herida" es una novela negra "invertida" que no inventa nada, que no pasará a la historia de la literatura (ni creo que haga falta ni creo que su autor lo pretenda) pero que cumple perfectamente con lo que uno le puede pedir al género y a libros de este tipo. Y eso es más que suficiente.