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domingo, 15 de noviembre de 2020

W.E.B. Du Bois: Las almas del pueblo negro

Idioma original: inglés
Título original: The Souls of Black Folk
Traducción: Héctor Arnau
Año de publicación: 1903
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Los que venís siguiendo este blog desde hace cierto tiempo, ya sabréis que en él se han reseñado con anterioridad diferentes libros que exploran el tema del racismo, la lucha por las libertades, la igualdad de oportunidades y la opresión, así como otros temas derivados de las desigualdades existentes en nuestra sociedad. Pero también es cierto, que en muchos casos se trata de literatura más o menos reciente. Y, por ello, creo necesario traer al blog uno de los libros considerados clave en la literatura de protesta de la comunidad negra, uno de las obras de referencia de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos de América. 

Publicado en 1903, «Las almas del pueblo negro» ofrece un claro análisis de la situación social, económica y política con la que se encontró la comunidad negra en EUA justo después de la abolición de la esclavitud. El impacto fue de tal magnitud que supuso un punto de inflexión radical en la sociedad, no únicamente en cuanto a libertades, sino también un reto abismal en el ámbito económico, administrativo y social. Un reto de un alcance inmenso.

El autor estadounidense W.E.B. Du Bois empieza el relato haciendo un retrato de la mentalidad de la sociedad negra, hablándonos sobre «esa doble conciencia, esa sensación de mirarse siempre a uno mismo a través de los ojos de los otros» afirmando que «la historia del negro americano es la historia (…) de fundir este doble ser en uno solo y mejor (…) Simplemente desea hacer posible que un hombre sea a la vez negro y americano, sin que le insulten ni le escupan sus semejantes, sin que le cierren en la cara bruscamente las puertas de la oportunidad». Ese será un aspecto clave de su obra y que, a día de hoy, parece ser aún vigente en mayor o menor medida: la sensación de que un negro americano son dos seres en uno, de que cuando se habla de un americano sin adjetivaciones añadidas se trata de un blanco.

El autor estructura el libro en diferentes capítulos que pueden tratarse de manera separada, como una recopilación de ensayos en los que el análisis social, la abolición de la esclavitud, la segregación y la necesidad de la formación de la comunidad negra son piezas claves y comunes a todos ellos. Du Bois estructura este libro en estas áreas clave, siendo crítico con el poder, pero también con su pueblo, con la comunidad negra a la que hace corresponsable de la lentitud de su progreso. Y cabe decir que, como todo libro donde se recopilan ensayos el conjunto es algo irregular y reiterativo en alguna ocasión, pero la potencia global del libro es evidente, por el contenido, pero especialmente por el enfoque y mensaje del autor y no es de extrañar que sea considerado un libro clave en el activismo y en la protesta negra.

La obra de Du Bois es un análisis y estudio sobre el período histórico que abarca desde 1861 hasta finales del siglo XIX en Estados Unidos de América, narrando el problema económico, social y laboral que supuso la abolición de la esclavitud en 1863, con cuatro millones de esclavos sin trabajo ni sustento en una situación complicada ya por sí misma teniendo en cuenta que justo había terminado una guerra. Con la creación de la Oficina de los Libertos en un claro intento de resolver los graves problemas raciales, empezaron las contrataciones para ofrecer trabajo, pero el problema era de tal magnitud que requería una gran solución económica y laboral. Esos años posteriores a la abolición fue una época de leyes aprobadas y abolidas al poco tiempo, en una clara muestra de la incertidumbre sobre cómo afrontar la situación. Finalmente, con la aprobación, en 1865 de una ley que establecía «una oficina para refugiados, libertos y tierras abandonadas», «el gobierno de EUA asumía la carga del negro emancipado como custodia de la nación» para, en 1866, dar la forma final a la a Oficina de los Libertos autorizando, entre otras cosas, a vender tierras confiscadas a los libertos, así como la propiedad pública para crear escuelas para negros. Du Bois es crítico con la manera en que la liberación de la población negra de llevó a cabo, afirmando que «el trabajador agrícola negro cuenta ya con una desventaja de entrada: empieza siempre endeudado». Du Bois achaca este problema a «la negligencia del estado al dejar que el esclavo partiera de cero» aupada por la opinión generalizada de los comerciantes de que «sólo con la esclavitud de la deuda se puede mantener al negro trabajando». Así pues, la esclavitud pasó por ser gobernada de manos de los terratenientes a los bancos. Por este motivo Du Bois afirma que «el mayor éxito de la Oficina de Libertos radicó en la implantación de la escuela gratuita para los negros y la idea de la educación primaria gratuita para todas las clases sociales en el Sur».

De todos modos, Du Bois no carga completamente las tintas sobre las cosas que no se hicieron bien, el autor acepta los esfuerzos realizados para gestionar un cambio de tal magnitud. Por ello, su análisis es más detallado que político, pero sin dejar de lado una crítica lógica y acertada hacia qué sector quedó afectado y eliminando la sensación de que la liberación de los esclavos solo aportó cosas positivas, o que todo fue fácil y correctamente planificado y organizado. Así, Du Bois critica con contundencia la dejadez tras la liberación de los esclavos en lo que refiere a su formación, pero sin señalar claros culpables (podría ser el amo blanco, tras aprovecharse de todos los años de esclavitud, el filántropo norteño que acarreó la crisis por su obstinación o el Gobierno por no haberlo previsto): «Era deber de alguien ocuparse de que esos trabajadores no quedarán desamparados y sin guía, sin capital, sin tierra ni conocimientos, sin organización económica y sin siquiera la escueta protección de la ley, el orden y la decencia».

El libro también describe la polémica figura de Booker T. Washington, personaje clave mediador entre el sur, el norte y el negro, aunque no comparte sus ideales, pues aboga por la sumisión de los negros para lograr la estabilidad y centrarse primero en la formación. Du Bois es crítico afirmando que «el señor Washington pide claramente que el pueblo negro renuncie, al menos por el momento: primero, al poder político; segundo, a la insistencia de los derechos civiles; tercero, a la educación superior para la juventud negra, con el fin de concentrar todas sus energías en la educación técnica, la acumulación de riquezas y la reconciliación del Sur». De manera general, y es algo constante en todo el libro, el autor comparte que la educación es más necesaria que nunca y reivindica la necesidad de las igualdades entre negros y blancos, en todos los ámbitos, como punto de partida de cara a un futuro mejor, pues «el poder del sufragio lo necesitamos como mera defensa propia; sino, ¿qué nos habrá de salvar de una segunda esclavitud? También la libertad, tanto tiempo anhelada, todavía la buscamos: la libertad en cuerpo y alma, la libertad para trabajar y pensar, la libertad para amar y albergar ambiciones.» Así, Du Bois centra gran parte de su discurso en la necesidad de la formación, de la educación, una incesante defensa de las universidades cuando declara «¿Por qué no fundar aquí, y donde haga falta, centros de saber y de vida profundos y duraderos, universidades que año tras año entreguen a la vida sureña unos pocos hombres blancos y unos pocos hombres negros capacitados, educados, de amplia cultura y tolerancia católica, que unan sus manos a otras manos y brinden una paz decente y dignificada a esta contienda de razas?». Du Bois defiende la educación y la formación de la población negra, afirmando que «todo brota del conocimiento y la cultura (…) Por lo tanto, hombres y naciones se han de construir de ese modo» y por ello denuncia la dificultad de la integración a entre negros y blancos en el sur. La dificultad en crear escuelas, sin profesores negros formados, sin materiales ni recursos económicos; una época en la que era difícil centrarse en la formación, pues la situación económica de los libertos requería el trabajo para lograr suficiente sustento para vivir; además, solo se tenía a sí mismo pues en la opción del blanco sureño «si el negro quería aprender, tenía que enseñarse a sí mismo». 

El autor nos habla también, en algunos capítulos, del «Cinturón negro de Georgia», de sus pueblos sureños y habitados por negros, de grandes plantaciones de algodón medio abandonadas tras la gran caída de precios de los años 1880 afirmando con desolación que «hay poca belleza en esta región, solo una especie de burdo abandono que sugiere poderío: una magnificencia desnuda, por así decirlo». Una tierra en la que, en los años 1860, «en el oeste de Chickasawhatchee se alzó quizá el mayor reino esclavista que haya conocido jamás el mundo moderno. Ciento cincuenta magnates dirigían el trabajo de casi seis mil negros, ejerciendo su dominio sobre granjas con noventa mil acres de tierra cultivada». «La región es rica, aunque el pueblo es pobre». Era la época de nuevos ricos, multimillonarios hechos en poco tiempo, con carruajes y grandes casas llenas de flores y rodeadas de viñas abundantes, que Du Bois retrata afirmando que «había algo sórdido en todo esto, algo forzado: una cierta inquietud, un temor febril. ¿Acaso no estaba construido el todo este espectáculo, todo este oropel, sobre muchos sufrimientos y muchos gemidos? » (…) «Con tales cimientos, un reino solo puede, con el tiempo, tambalearse y caer». 

Con un enfoque más analítico que propositivo, más reflexivo que reivindicativo, el libro que ha escrito Du Bois es un libro clave para entender los Estados Unidos de América que surgieron después de la aprobación de la decimoquinta enmienda, del fin de la esclavitud y de la aprobación del derecho a votar. Son los EUA del resurgimiento de la población negra a partir de su liberación, pero también de la incertidumbre y la reestructuración de una sociedad que debía buscar un sitio y un encaje a esa población evidenciando las dificultades en las que se encontró el gobierno post guerra de secesión para organizar la liberación de los esclavos negros. Y el retroceso económico de la población blanca, dominante y ambiciosa, dejando tierras abandonadas y un desierto por habitar, nuevamente, de un modo más justo y ecuánime; y una recesión económica que obstaculiza a los negros, que les impide el avance hacia un progreso económico que a duras penas pueden anhelar, lastrados y encadenados, no a sus amos esta vez, sino a unas deudas contraídas que el bajo precio del algodón no permite subsanar. 

Afirma Du Bois, que «no tenemos derecho a permanecer sentados en silencio mientras se siembran las semillas que darán como cosecha un desastre inevitable para nuestros hijos, blancos y negros». Y ese mensaje es tan válido a finales del siglo XIX como lo es hoy día. No debemos callar ante las injusticias, no debemos observar cómo el mundo empeora ante nuestra dócil mirada. No podemos permanecer sentado y callados, pues, como afirma el propio autor, «mientras los mejores individuos de una comunidad no se sientan obligados moralmente a preocuparse por los miembros más desprotegidos de su grupo, protegiéndolos y preparándolos, estos quedarán a merced de timadores y trúhanes».

viernes, 30 de octubre de 2020

Behrouz Boochani: Sin más amigos que las montañas

Idioma original: persa/inglés
Título original: No Friend But the Mountains
Traducción: Josefina Caball (ed. en catalán) y Juan-Francisco Silvente (ed. en castellano)
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable


Hay libros que merecen una atención especial; por el tema tratado, por el enfoque o por la manera en la que están escritos. Pero los hay que, además, tienen un mérito adicional: ser escritos desde la clandestinidad. Y si esa clandestinidad es debida a que el autor fue recluido en una prisión de detención de inmigrantes y tuvo que escribir el libro a escondidas de los vigilantes, el solo ejercicio de escribirlo ya supone un mérito incuestionable. Y lo es más aún, si el resultado es un texto de gran calidad literaria y poética belleza.

Con el propósito de narrar su experiencia y denunciar la situación en la que él y otros tantos refugiados se encontraban, el escritor y periodista kurdo Behrouz Boochani escribió este relato desde la prisión de Manus para explicar lo que sucedía, enviando a un amigo miles de mensajes, vídeos y correos de manera clandestina, desafiando, de esta manera, al Gobierno australiano que evitaba, de todas las maneras posibles, que se conociera lo que sucedía con los refugiados. Boochani pasó seis años en Manus, prisionero de las políticas sobre refugiados y, con este libro, narra no únicamente su estancia en la prisión, sino también su huida de Indonesia (lugar al que llegó huyendo de su Kurdistán natal justo el día en que las fuerzas del orden islámico irrumpieron en la redacción donde trabajaba en defensa de la cultura y política kurda) hasta llegar a tierras australianas; lo que en un inicio parecía ser una huida del infierno para alcanzar la salvación, en realidad supuso todo lo contrario.

El libro empieza con un ritmo trepidante, con el ambiente cargado y tenso existente dentro de los camiones que les debían llevar a la costa tailandesa donde encontrarían una embarcación para huir hacia tierras australianas. Un trayecto, en manos de los contrabandistas, que el autor recuerda afirmando que «miramos arriba, hacia el cielo de color de la angustia intensa». Así, con ese estilo poético, limpio, nítido y terriblemente humano, el autor kurdo describe con belleza, pero con miedo y congoja, ese traslado inicial desde Kendari (donde estuvo tres meses oculto de las autoridades que buscaban refugiados para deportarlos a su país) hasta la costa donde se encontraba la embarcación que debía llevarles a Australia. Esa primera parte del libro, ese primer tercio, es estilísticamente poético y bello a la vez que desgarrador, pues nos sitúa en esa barca de camino a Australia, una embarcación en pésimas condiciones que sufre una avería al poco de empezar. Pero dar marcha atrás no es una opción; no es una renuncia, es la vuelta a un infierno al que no se puede volver. Y Boochani nos ubica mentalmente en esa embarcación, en ese sufrimiento que combate con espíritu de supervivencia en una lucha en el que el estado de ánimo está en juego, y con él, la vida; una vida que cada vez parece más tenue, más débil, y aunque abandonarse es morir, el propio autor ve cercana la muerte llegando a afirmar que «nuestro destino es la muerte y no tengo ninguna otra opción que aceptarla y abrazarla». 

El estilo poético de Boochani se muestra no únicamente en los múltiples fragmentos de poesía intercalados en el libro de manera orgánica que no altera ni un ápice la narración ni quiebra un ritmo narrativo constante, sino también en esa prosa de gran belleza, que no enmascarara sino resalta un dolor que crece e inunda cada uno de los poros del lector, a la velocidad en que el agua lo hace en esa barca de calamitoso estado en el que ha subido su cuerpo, sus esperanzas y su vida. Una barca en medio de la nada, sujeta a un temporal en el que «las olas acometen los cuerpos magullados de los condenados. //La vida va y viene. // La muerte va y viene, una y otra vez».

La dureza rebosa en esos primeros capítulos en los que narra la dificultad de la huida, la travesía en el mar en medio de llantos, violencia, recelos, peligros, desespero y el hambre y la sed de un mar que quiere acabar con ellos. Y una barca que hace aguas, y se rompe como se rompen los corazones de sus pasajeros, a la deriva en una vida de incierto destino. Y el hambre, una sensación narrada de manera perfecta al afirmar que «soy un esqueleto cubierto de capas de piel quemada». Una huida de su tierra, inevitable, incuestionable, que el autor reconoce al afirmar que «nunca tuve el coraje de volver a la dura vida anterior. Nunca tuve el coraje de volver al punto de partida. Tenía la sensación de que no había camino de retorno. Estaba condenado a cruzar el océano, a pesar de que para ello tuviera que renunciar a la vida. (…) Mi pasado era un infierno. Hui de un infierno en vida». Un abismo ante sus ojos que no contemplan la renuncia, sintiéndose «como un soldado atrapado en el dilema de cruzar un campo de minas o ser prisionero de guerra. Hay que elegir».

Y ya cuando finalmente llega a Australia, a la Isla de Christmas, cuando el paraíso asoma tras un viaje que casi acaba con él, es retenido junto con otros refugiados, vigilados por guardias y encerrados un mes esperando al avión que los llevará a todos a Manus, en Papúa Nueva Guinea. Y el traslado hacia el avión, esposados, con las miradas furtivas de periodistas sensacionalistas ávidos por mostrar la peor de las situaciones, el rostro más perjudicado, más castigado. La incomprensión, la estupefacción, el asombro y la incerteza de un futuro que parecía confortable, placentero se torna oscuro, desafiante, descorazonador que hiela los ánimos de Boochani, y lo llena de dudas y vacía de respuestas al cuestionarse «¿Cómo es posible que yo, que buscaba asilo en Australia, ahora esté exiliado en un lugar del cual no sé nada? ¿Y me obligarán a vivir aquí sin ofrecerme ninguna otra opción? Es evidente que nos han hecho rehenes. Somos rehenes, nos utilizan de ejemplo para infundir miedo a los demás, para asustar la gente que quiere venir a Australia».

Por lo expuesto y teniendo en cuenta que el autor escribió este libro desde la clandestinidad, hay que entender esta obra no únicamente como un libro de superación, sino también como una denuncia, como acto de rebeldía o de disidencia por sí mismo, un relato en el que la crítica se encuentra en cada una de las situaciones de injusticia que narra y en la denuncia de la violencia estructural del sistema que somete a los prisioneros a un ambiente opresivo, relegando su existencia a un espacio físico y emocional cada vez más pequeño hasta fragmentar su identidad, romper su estado de ánimo y conseguir que aumente la desconfianza hacia los otros y se aíslen cada vez más, quedándose solos, hundidos y aniquilados. Un preso que queda a merced de su propia mente, encerrado en ella pues «el reino de la mente es en sí mismo una prisión» y la soledad y la rutina en un acto de revisión de la vida no siempre deseado, pues tal y como afirma Boochani «el preso es cautivo de la historia de su propia vida». La soledad, siempre presente, pues «en este espacio, no hay consuelo, solo la expresión de hermandad reflejada en la cara de otro preso», una hermandad que solo lo es en apariencia, pues «el prisionero no tiene la capacidad de compadecerse del preso que tiene cerca y añadir el dolor de ese hombre al suyo propio. Esta es la realidad de la prisión».

Boochani profundiza en el día a día en una prisión en unas pésimas e infrahumanas condiciones, con celdas construidas en un túnel sin apenas ventilación, con un espacio hiperreducido, con mínimas condiciones higiénicas y un calor sofocante. Mosquitos, cortes de agua y de electricidad que inutilizan los baños y que causan desconcierto y nervios cuando «el hedor es tan fuerte que te avergüenzas de formar parte de la especie humana». Boochani es diáfano al exponer las condiciones poco higiénicas e insalubres en las que se encuentran, con lavabos donde la orina siempre inunda el suelo hasta los tobillos en «prisiones diseñadas para generar hostilidad y animadversión» y la deshumanización de las personas pues «a menudo, el preso se ve obligado a hacer equilibrios en la frontera que separa el ser humano de la bestia». Boochani también narra el sistema de orden aleatorio según el cual hay días que dan más o menos bebida, fría o templada, lo que hace que los presos acaben intentando descifrar una lógica imposible que más que solucionarles el enigma les someten a un estrés mental, «una lógica demencial que recluye la mente del preso, una forma extremadamente opresiva de gobierno que el preso interioriza» y contra lo que deben luchar «tratando de no caer en el abismo, tratando de no caer en la locura». Así, haciéndolos pasar hambre, se impone un mecanismo de control mental que causa que los presos se vean inmersos en una espiral de incertidumbre y obsesión en descifrar su lógica, pues «cuando un individuo se encuentra en una situación en la que es difícil creer que tantas cosas son de cierta manera, esta situación se convierte en la causa del sufrimiento».

Esa parte central del libro es dura, durísima, claustrofóbica y opresiva, pero tras ese desolador retrato de la vida diaria en la prisión, y ya en su tramo final, Boochani recupera ese tono poético, esa aura de trascendente lindura para narrar su pasado, en medio de las montañas, en medio de guerras, en medio de la nada, excepto de la vida. El estilo de extrema belleza vuelve a brillar en esas frases cargadas de sentimiento, de pasado, con olor a tierra y naturaleza, pero también a polvo de las bombas que irrumpían en su día a día igual que ahora lo hacen con sus recuerdos.

Boochani ha escrito un relato de denuncia, pero también un libro donde la poesía y el deseo de libertad se entremezcla de manera orgánica con la denuncia, donde la prosa brilla entre unas estrellas que, a veces, son su única conexión con un mundo que se le antoja lejano, pero que no renuncia a él. Y ese espíritu, esa actitud, se transmite en este libro que supone una crítica sin paliativos a un sistema opresor, pero que es a la vez un canto a la vida con la mejor cara y forma posible: la de las palabras, que el autor profesa sin paliativos al afirmar que «he llegado a comprender bien la situación: las únicas personas que pueden soportar y sobrevivir a todo el sufrimiento que inflige la prisión son los que ejercen la creatividad». Él es un claro testigo de ello, y su vida y la del propio libro son ejemplo de que, a pesar de las adversidades, hay que creer en la posibilidad de que un día los sueños encontrarán una salida.

martes, 13 de octubre de 2020

Davide Enia: Apuntes para un naufragio

Idioma original: italiano
Título original: Appunti per un naufragio
Traducción: Miquel Izquierdo
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

El polifacético autor Davide Enia, dramaturgo, actor y novelista, escribió esta novela en 2017 para denunciar la inhumana situación que deben afrontar los migrantes del Mediterráneo y fue posteriormente adaptada y llevada al teatro por él mismo, lo que le supondría ganar el Ubu, el premio teatral más importante de Italia. Y no es difícil imaginar el porqué, visto el tema que trata y su enfoque.

Dice Enia, justo al principio, que Lampedusa «es una isla en la que los elementos te caen encima sin que nada te lo impida. No hay defensas». Y esa sensación de impotencia, de injusticia, de avalancha de calamidades contrapuestas a los pocos medios de los que se dispone se evidencia a lo largo de la narración de una historia compuesta de situaciones particulares y diálogos entre Davidù (protagonista del relato) y los diferentes personajes con los que entabla conversaciones para intentar comprender y entender la situación de los refugiados que llegan a las costas de la isla italiana.

El autor trata el tema de la migración partiendo de conversaciones con diferentes actores que participan de un modo u otro en el desembarco y la acogida de migrantes y lo hace situando unos pocos personajes esenciales: Davidù (protagonista narrador), su padre (un cardiólogo ya retirado, de carácter duro y reservado), Melo y Paola (que ostentan el break & breakfast donde se hospedan) y Beppe, el tío de Davidù por parte de padre quién se encuentra en momentos delicados de salud y que completa el trío familiar que compone el segundo gran pilar de la novela: las relaciones personales y familiares.

Con este propósito y entrando de lleno en la historia, la narración empieza en una conversación de Davidù con un buzo que trabaja salvando vidas; un buzo con ideología de derechas, pero que afirma que «en el mar cualquier vida es sagrada» y recuerda, mientras rompe a llorar, lo que es salvar un niño del mar y sostenerlo entre los brazos. Esas imágenes que, por desgracia, podemos reconocer fácilmente, hacen que conectemos inmediatamente con el relato y el estilo del autor, muy próximo, muy humano, muy sensible (aunque sin querer añadir más drama al inherente de la propia situación). También emotivas son las aportaciones a la historia de Paola y Melo y sus recuerdos de cuando se mudaron a vivir a Lampedusa a principios de siglo, antes de la llegada masiva de migrantes, y su reacción ante esas primeras llegadas, evidenciando la dicotomía existente ante tal situación: «Existen dos instintos, aunque uno precede al otro: protegerse o ayudar al prójimo, porque el de ayudar también es un instinto. El miedo a lo distinto, a lo que conoces, sea lo que sea, humano, animal, natural, es normal. Y si lo superas la primera vez, probablemente no se te volverá a presentar». 

El autor incide en las contradicciones de la sociedad occidental y las muestra de manera diáfana al hablar sobre la sobreocupación de los centros de identificación y expulsión y la injusticia de la situación de quienes están en ellos. Así, Enia afirma, acertadamente, que «el mundo aplaudía la primavera árabe y luego encarcelaba a sus protagonistas», y con esa proclama de denuncia narra esos primeros desembarcos después de la primavera árabe, con miles de personas llegando a Lampedusa, más incluso que la cantidad de sus propios habitantes. Y, con ello, expone la dificultad de tratar con la situación por sus opciones dicotómicas, pero no excluyentes: la ayuda humanitaria o el miedo. 

Enia escribe episodios muy duros, como el del desembarco de más de medio millar de personas en 2004 y la situación en las que se hallaban, pero también la dureza de lo que tienen que soportar, los hombres, pero especialmente las mujeres por las violaciones a las que son sometidas porque «para una mujer siempre es peor». Un duro relato de cómo avanzan en una travesía sin destino claro, muriendo poco a poco, sin comida ni agua, con un sol abrasador, porque «el Sáhara es como el Mediterráneo, lleno de huesos de los que, huyendo, intentaron atravesarlo». Abandonando cadáveres en el mar, luchando mentalmente por no olvidar sus nombres. Y los cadáveres que llegan, a veces niños, otros bebés. Sin que nadie haga nada. 

Uno de los mejores logros del libro es que el protagonista conversa con aquellos que ofrecen ayuda humanitaria, pero sin dar lecciones y deja que sean las propias historias y los propios testimonios quienes a través de las anécdotas o relatos que ofrecen sean quienes carguen con el peso del mensaje; es la propia situación la que lleva una carga moral y no es necesario ahondar en ella, pues es objetivamente claro que la situación es inhumana tratándose de personas que lo abandonan todo en lo que era «un viaje por etapas y en cada escala había que hacer otro pago. Mientras hubiera dinero se avanzaba: quien lo agotaba, era abandonado en el desierto».

A partir de esa trama de fondo, el libro también nos permite conocer la historia entre Davidù y su padre, una historia de silencios, de distancias, y también de naufragios emocionales, de una relación fría pero presente y constante, de incomunicación porque, en paralelo, el libro narra la historia de la relación entre ellos, así como la de su padre con su abuelo. Una relación basada en el silencio propio de los hombres de antaño, de pocas palabras y sentimientos y afectos escondidos. «Con la edad, uno se dice: “Cuántas cosas podría haber hablado con mi padre”».  Así, la crisis humanitaria se utiliza como escenario para narrar también la distancia y la acogida, a nivel emocional, entre su padre y su tío, entre relaciones familiares que, a veces, también necesitan de alguien que las rescate de su abandono.

Mejor cuando habla de la ayuda humanitaria y los refugiados que cuando narra la relación entre su padre y su tío o el libro que ha escrito, el relato se sirve de las conversaciones de Davidù con diferentes personas que participan en salvamento y arribos para narrar desde un punto de vista personal, emocional, anímico que supone para los que llegan, pero también para quien da su vida en ayudar en ello. Las historias contadas están llenas de vida, de muerte, de miedo, pero también de esperanza. El tono que sobrevuela el texto, en lo tocante a los refugiados, tiende a ser positivo y es posible que eso sea debido a que fue escrito en 2017, poco antes de la llegada de Salvini al poder y sus horribles decisiones políticas. 

Afirma el autor que «a pesar de todo este sufrimiento que se expone, seguimos siendo incapaces de entender lo que está sucediendo. Al final, ¿qué ha cambiado?”». Y, en parte, lamentablemente está en lo cierto. Puede que muchas de las personas que vean la imagen del niño sirio ahogado o muchas tantas otras queden impactadas en un inicio, pero también es posible que dejen esa imagen olvidada entre otras trágicas imágenes que por un momento sintieron dentro de ellos. Es posible que así sea, pero también que, al final, haya una que por un motivo u otro cale más que el resto, que haya un libro (como el que nos ocupa) que incida de manera diferente, desde otro ángulo, y logre que algo cambie y pasemos a ser testigos, no de las muertes, sino de los sueños cumplidos. 

Dice Davide Enia que «la historia de la migración serán ellos mismos quienes la cuenten, los que partieron y que, pagando un precio inimaginable, llegaron a estas playas. Se necesitarán años. Es solo una cuestión de tiempo, pero serán ellos quienes nos cuenten los itinerarios y deseos (…) Serán ellos los que nos expliquen el precio exacto de una vida en esas latitudes. (…) Serán ellos quienes nos expliquen en qué se ha convertido Europa y nos mostrarán, como un espejo, en qué nos hemos convertido nosotros». Y no podemos cerrar los ojos ante esa realidad y esperar a que la lamentable imagen que ese espejo nos devuelve desaparezca sin que nadie haga nada para cambiarla.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Mr. Bratto: Cosas que importan

Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Ya que es inevitable entrar en ciertas cuestiones personales cuando se escribe con periodicidad y un desproporcionado sentido de la familiaridad, atribuidlo al maleable carácter de este humilde comentarista, que tantas y tantas veces habla de política ya no sin pretenderlo sino sin tan siquiera saberlo. Y es que ciertos estilos literarios contaminan mi prosa cuando me hacen sentir ese cosquilleo al hallarse frente a alguien original.
Y no solo es el pretexto que me haría enlazar (porque me pasa igual con ellos) a Mr. Bratto con Houellebecq o David Foster Wallace.

Puede que exagere, sí, pero las hipérboles acertadas también son contagiosas, oigan.

Así que hoy vengo a tratar aquí de un tema que me tiene profundamente preocupado, tanto como a 52 tipos en el Parlamento español el hecho de haber de discutir bajo el mismo techo con otros 298, cuando tiraban de las escopetas que tienen en casa y arreglaban esto rapidito.
Vengo a hablarles de la tan denostada LITERATURA DE HUMOR. Antaño casi completamente restringida a cierto público infantil o juvenil, en la actualidad, y no nos consta que en las noticias de prestigiosos medios como Telecinco se halla mencionado un síndrome peterpanesco de alcance nacional, coto en especial de autores mediáticos, señores ingleses con monóculo y bigote con puntas engominadas con saliva, y monologuistas gorditos descartados en castings particularmente duros de concursos de talentos.
A Bratto lo conocí por lo que se podría calificar como lo opuesto  una serie de catastróficas desdichas y un día no muy lejano me topé de bruces con uno de los textos - colgado en FACEBOOK (algunos aún usan eso)- y me di cuenta de que estaba ante una persona, perdón, UN AUTOR, que veía las cosas de una cierta manera y las analizaba de otra cierta manera que aportaba lo que otro llamaría toque de distinción, pero yo no soy Isabel Preysler, y le llamo ser muy agudo y chispeante, o poéticamente, un soplo de aire fresco.
Soplo urbano, por eso. Este es un hombre que ha engullido cultura pop, telebasura, anuncios vespertinos de juguetes sexuales, y secciones de necrológicas de prensa regional. También estados más altos del espíritu cultural, por supuesto. Y tras deglutirlo, lo devuelve al universo en hilarantes (joder, yo no me río a carcajadas con cualquier cosa, SABÉIS) píldoras que combinan humor que parece grueso pero que es, dijo aquel, provocador y punzante, casi cruel y descarnado a la que se hurga un poquitín, pues esos textos torrenciales y cuidadosos en la forma son críticas a la diana de una sociedad entregada con los brazos abiertos a la frivolidad, a la tontería, a la dejadez holgazana que descarta el análisis y la autocrítica. 
Sus objetivos en estas 260 páginas son variados y desde luego difíciles de abatir. El país entregado a Telecinco y a los subproductos vertidos del famoseo y la falta de talento. Los tipos sociales derivados de la economía de la crisis, de la incerteza de las pensiones, del mal uso del tiempo libre.
Leed a este tipo. Que es como Santiago Lorenzo con vocabulario de hoy en día y con wi-fi en funcionamiento. Echad unas risas sanas con sus comparaciones y con el crescendo de sus parrafadas. Sin complejos y sin predisposición. Antes de que algún canal de mierda le ponga un montón de guiones narcotizados para declamarlos ante un público compuesto por extras famélicos y SE PIERDA LA MAGIA.
Porque además, apoyarle significa crear un montón de puestos de trabajo. Y eso es lo importante.

sábado, 19 de octubre de 2019

Contrarreseña, Mi último suspiro de Luis Buñuel


Idioma original: Francés
Título original: Mon dernier soupir
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana María de la Fuente
Valoración: Imprescindible

La memoria, vaya sustancia. Frágil, voluble, delicada. Deteriorada. Hace más de tres décadas leí estas memorias de Luís Buñuel y desde entonces vengo contando asiduamente la anécdota, sacada de este libro, del pueblo del Bajo Aragón que en un año de sequía sustituyó la escasa agua disponible por vino para elaborar el cemento. Vuelvo ahora a estas memorias y la anécdota no está, ausencia total. No existe. Me he pasado más de treinta años convencido de estar refiriendo un hecho cierto acontecido a principios del siglo XX que apenas ocurre en mi imaginación. Bien pensado, quizás a don Luis Buñuel, que nunca quiso renunciar a los desvaríos del credo surrealista, mi delirio continuado le pudiera resultar de lo más razonable y comprensible, pues el inicio de Mi último suspiro ya nos advierte que la memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira.

Así pues, lo maravilloso de este libro se halla exactamente en el apasionado alegato que Luis Buñuel Pórtoles (Calanda, Teruel, 1900 – Ciudad de México, 1983) hace de la imaginación, como eje de una existencia, como medida de su propia vida, como flotador al que agarrase sin miedo, ni reparo, ni vergüenza. Buñuel desprecia la ciencia, a la que tilda de presuntuosa, analítica y superficial y a la religión y advierte que aunque le demostrasen la improbable existencia de un Dios creador, no puedo creer, y en cualquier caso, no acepto que pueda castigarme para toda la eternidad.

Buñuel se rebela igualmente frente a la tecnología y también, por supuesto, frente a las ideologías y, pese a su teórica afinidad anarquista, desprecia a sus militantes por su arbitrariedad, imprevisibilidad y fanatismo, para acabar definiéndose como un inofensivo nihilista. Y nos explica que no fue hasta que llegó a los sesenta y cinco años de edad que comprendió y aceptó plenamente la inocencia de la imaginación: Admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí (…) y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera. La imaginación, deslizándose entre el azar y el misterio, es la libertad total del ser humano. Nuestro primer privilegio.

Los chirriantes límites de la realidad y la fantasía, debatiéndose en conflicto entre lo preceptivo y lo creativo, entre lo impuesto y lo mágico, entre el deber y el placer, son el territorio Buñuel, que afirmaba con frecuencia haber tenido el privilegio de llegar a este mundo y criarse aún en la época medieval. De sus recuerdos de infancia en Zaragoza me quedo con el cine como espectáculo circense, con pianista y explicador, personaje que contaba al respetable la acción que se proyectaba en pantalla… De su paso por el Madrid de los años veinte queda el recuerdo de su frágil aunque fructífera complicidad con Salvador Dalí y Federico García Lorca, compañeros en la Residencia de Estudiantes. Y después, el salto a París, a Los Ángeles, a México DF. El cineasta aragonés anduvo en tratos con Benito Pérez Galdós, con Charles Chaplin y Billy Wilder, con Tristán Tzara y André Breton, con Catherine Deneuve y Ángela Molina, y nos depara por supuesto una genuina y amplia mirada al siglo veinte.

En este juego buñueliano nada es lo que pareciera o debería. De hecho, la redacción de Mi último suspiro, no se debe al propio Buñuel, si no a uno de sus colaboradores y guionista habitual, Jean-Claude Carrière. Circunstancia que confiere un tratamiento más liviano y atractivo para el lector que el que podría haber deparado el propio cineasta, quien ya desde el inicio se reconoce como poco dotado para tal tarea pese a que su nombre es el único que aparece en portada, a mayor tamaño incluso que el título. Pero, como cualquier memoria mínimamente honrada, también tiene algo de balance de descalabros, fracasos y errores. La confesión de André Bretón en 1955 –es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe-  así como la constatación trece años después, en mayo del 68, de que también la acción se había hecho imposible: al igual que nosotros, hablaron mucho e hicieron poco. Tampoco se censuran episodios truculentos, como sus agresiones a homosexuales que frecuentaban servicios públicos en el Madrid donde él estaba fascinado por la personalidad de García Lorca: La chulería es un comportamiento típicamente español, compuesto de agresividad, insolencia viril y autosuficiencia. Yo he incurrido en ella algunas veces… 

Aunque eligió su propio camino, libre, individual e indomable, Luis Buñuel perteneció a una familia muy rica -de esas que tenían a los hijos entre algodones, con criadas que le llevaban los libros a la escuela- lo que le facilitó en gran manera contactos, medios, posibilidades. Escogió lo que le resultaba más precioso, los sueños, el azar, la risa, el sentimiento, la contradicción y lo cultivó con ahínco, con cabezonería: Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia. En mi casa siempre nos han contado que mi abuela Victoria, cuando salió del pueblo, se fue de criada a Zaragoza, a casa de los Buñuel. Así que no puedo dejar de sentir su presencia por entre estas páginas, incierta o no, pero absolutamente real porque habita en ese precioso ámbito que es mi fantasía.

Mi percepción de este libro la puedo resumir con la calificación de Imprecindible, que en la jerga que usamos los inquilinos de este artefacto completamente irracional que es este blog es como ponerlo por los cielos. Se trata, por tanto, de una contrareseña de la que, en su momento, publicó Santi, quien le adjudicó un Muy Recomendable, que tampoco está nada mal. Puede que los motivos por los que le concedo a estas memorias más parabienes que mi colega reseñador y padre fundador de Un libro al día sean subjetivos o personales y aunque he intentado argumentarlos, no sé si resultarán convincentes. En todo caso, y tratándose de Luis Buñuel, viva la abuela que nos parió.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Lucía Asué Mbomío Rubio; Las que se atrevieron


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Podría resultar hasta gracioso, si no fuera tan chusco y patético, ese empeño generalizado que mantiene que la sociedad española no es –ni ha sido- eminentemente racista. Lo que es indiscutible desde hace al menos unas décadas es que ya no se trata de una sociedad tan unívoca, homogénea y ensimismada, tal y como la idealiza su facción más tradicionalista y cerril, más nacionalista. Afortunadamente, puesto que, en definitiva, de eso va la libertad. Las que se atrevieron es un pequeño compendio de historias personales recogidas por la periodista Lucía Asué Mbomío Rubio (Madrid, 1981); mujeres españolas, blancas, que en el inmaculado, uniforme, patriarcal y devoto país de hace cincuenta años decidieron casarse con hombres negros, originarios de Guinea Ecuatorial.

La autora abre el libro con el relato de la peripecia de sus propios padres, ella una muchachita proveniente de un pequeño pueblo segoviano, con un padre que hizo la guerra con la derecha. Llegó a Madrid para estudiar Ingeniería Industrial, facultad en la que coincidió con un chico originario de una pequeña excolonia africana. A partir de ahí, lo previsible… Aunque no. La piel de él era mucho más oscura que la de ella, quien se resistió en lo posible a comentar a su familia ese dato sobre su novio, casi hasta lo inevitable. Sabía que aquella circunstancia alteraba el curso debido de la historia hasta lo inviable, así que optó por una estrategia de hechos consumados para enfrentar los prejuicios, la cerrazón: “Se daba una concatenación de miedos que impedía que todo el mundo actuará normal: mi madre temía a mi abuelo, mi abuelo al escándalo social en el pueblo y la gente de allí a ser señalados por culpa de mi madre”,

El tratamiento narrativo de Las que se atrevieron no es estrictamente periodístico, pues no se ciñe a hacer acopio y redactar una variedad de testimonios personales. La autora opta por un relato elaborado y estilizado, que si bien se basa en las experiencias recogidas, las elabora, mezcla, vela los nombres y las identidades concretas y les va dando diferentes perspectivas en función de los roles (Mis padres, Ella, La madre, La hija, La hermana) que asigna al narrador, manteniendo de esta manera la fuerza de la primera persona. Y eso que, como el dolor o la enfermedad, parece imposible comprender, sentir el racismo, si no es en la propia piel.

Hoy puede producir piadosa risa la escena de una chica blanca diciendo a sus blancos padres que quiere casarse con un chico negro y que la madre caiga desmayada. Pera para las chicas que en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado así lo hicieron suponía crear una conmoción familiar, un escándalo social y una hecatombe personal; ser tratadas de locas, fulanas, perdidas, incapaces. Eran castigadas, recluidas, escondidas. Esos hermanos varones que las apalearon en defensa del honor familiar, esos padres estupefactos que por más vueltas que le dieran no lograban entender porqué sus propias hijas les hacían eso… Esas mismas madres que casi volvieron a desmayarse cuando, años después, su hija les anunciaba que iba a divorciarse de su negro yerno; efectivamente, las parejas con diferentes concentraciones de pigmento en la piel tampoco son eternas, ni siquiera más proclives a la felicidad. 


Y luego, claro, llegaron los hijos. Mujeres blancas con hijos negros en una sociedad que racializa la nacionalidad, como es la española ahora. Niños especiales, diferentes, caféconleche, tan monos, acostumbrados a transitar por el espacio público con una armadura protectora, que se saben mestizos, que no mulatos, porque mulato viene de mula, de la mezcla estéril del caballo y el burro, del blanco y el negro. Niños que despiertan la curiosidad, el desprecio, la hostilidad, que no cuentan a sus madres los insultos y las agresiones que reciben para no hacerlas sufrir. Madres blancas que enseñan a sus hijos a reconocerse como negros y a dotarse de herramientas para romper, con la confianza y la formación, la burbuja de protección que incorporan de serie. Y también, claro, hijas que adoran a su padre y a su madre y que nunca se lo han dicho y que aprovechan su libro para hacerlo.

Se puede leer con regularidad a Lucía Asué Mbomío Rubio en la revista Afrofeminas




martes, 4 de junio de 2019

José María Conget: El mirlo burlón


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable

Cuando estemos en el tiempo de las cerezas / silbará aún mejor el mirlo burlón. / Pero es muy corto el tiempo de las cerezas…”. Son versos de Le temps de cerises, la canción inspirada en la Comuna de París, la sublevación del movimiento obrero que tomó el poder en la capital del Sena entre marzo y mayo de 1871, duramente aplastada por el Gobierno y el Ejército francés. Una utopía frágil y efímera que apenas deviene recuerdo, tan lejano como dulce.

Zaragoza, 1974. Tres estudiantes universitarios van a iniciar un seminario de filosofía coordinado por un joven jesuita al que en el último momento se incorpora Alicia, hija de un exiliado español en Londres, con más películas vistas, libros leídos y amores consumados que el cuarteto de lerdos, torpes y tiernos varones. Una encrucijada de afectos, ímpetus y ambiciones infestada de lecturas, teorías, poses, películas, anhelos, deseo, vergüenzas, fantasmas, impericia y fatuidad. Y ahora, décadas después, van a reencontrarse por primera vez. Quizás aquel tiempo, vivido con graníticas creencias y demasiadas urgencias, con bastante miedo y demasiados miedos –al Régimen, a los demás, a uno mismo- haya sido a fin de cuentas uno de los saldos más preciados  que hayan deparado unas existencias cuyo balance sea poco más que frustración, mediocridad y mezquindad. Quizás aquellos años no tuviesen el lustre y la enjundia que se anheló, pero quizás también lo que llegó después los mejoró, añadiéndoles valor.

José María Conget (Zaragoza, 1948) traza en esta novela un retrato de aquel tiempo en el que la voluntad de transformación y cambio se enfrentaba y se atascaba ante unas estructuras políticas, sociales y culturales pétreas, plomizas. Tiempo burbujeante y excitante al que –una vez más- se le puede aplicar aquello tan socorrido de que lo nuevo no terminaba de llegar mientras lo viejo se agarraba a su preeminencia, obstinado y cerril. Tiene, por tanto, esta novela un algo de ajuste de cuentas, personal y generacional. De acuerdo, aquello acabó en fracaso, un quiero y apenas puedo colectivo, pero lo de hoy, esta orilla ramplona y desabrida donde la vida ha depositado a los protagonistas, hace de aquel momento, de aquellos años, un instante mágico, donde todo fue posible, el cruce desde el que arrancaron todos los caminos, la olla donde se cocieron todos estos guisos, el instante en que la verdad y la belleza se rozó con la punta de los dedos.

De José María Conget, autor al que creo que no se le otorga la atención que merece su dilatada y fecunda trayectoria, me atrae especialmente la escritura pulcra y precisa, esa manera de narrar ligera, ágil; esos chorros de pensamiento fluido e intenso, los diálogos incrustados en los párrafos, profundos y veraces, la manera de rescatar recuerdos tóxicos, embarazosos, ridículos, para engarzarlos con precisión en la construcción de los personajes, complejos y creíbles, genuinos y representativos. Mi favorito es, sin duda, el de Alicia, la única mujer entre el quinteto de protagonistas, que funciona así, “en el fondo quizás nadie quiere a nadie, pensó, y el amor es una burbuja emocional, un gas del corazón que se resuelve en ventosidades dolorosas”. Desde luego, la novela inocula ese sentimiento de pérdida, de desasosiego, de vacío y de lucidez, de así es como las cosas han sido, como son,

Por siempre amaré el tiempo de las cerezas.
Es de ese tiempo del que guardo en el corazón
una herida abierta.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Leonardo Sciascia; El mar color de vino


Idioma original: Italiano
Título original: Il mare colore del vino
Año de publicación: 1973
Traducción: Juan Manuel Salmerón Arcona
Valoración: Muy recomendable

¿Por qué nos gusta tanto Sciascia? Repaso las entradas que este blog  dedica al escritor siciliano y encuentro hasta una decena, cargadas de elogios, reconocimiento de bondades y entusiasta recomendación. Y desde luego no seré yo quien vaya a desmarcarse de esta respetabilísima tradición. Pero, ¿por qué nos gusta tanto Sciascia? Podría irme por los cerros de Úbeda y soltar alguna ocurrencia del tipo por que todos los mediterráneos somos sicilianos. Proclives a buscar refugio en una sombra y verlas pasar, bla bla bla…

Pero no. Hay algo más hondo. Más sustancial. Los libros de Leonardo Sciascia (1921 / 1989) cuentan, casi exclusivamente, historias sicilianas y para nuestro autor Sicilia era una excelente unidad de medida de lo universal. Sin ápice de ombliguismo ni asomo de aldeanismo. Pero lo que ciertamente fascina de Sciascia es el rigor, la pulcritud de los argumentos, la exigencia a motivos y razones, la capacidad para pensar, para desnudar y (re)vestir ideas, comportamientos, actos y roles. O sea, para desmenuzar la condición humana con lucidez y agudeza. Por eso (creo) nos gusta tanto, y nos da lo mismo acabar de leer sus libros sin saber quién ha dado la orden, quién puso su pulgar hacia abajo, por que eso –como buenos sicilianos- no hace falta que nos lo cuenten, ya lo sabemos, estamos debajo de la sombra viéndolas pasar…. Lo que interesa es cómo sobrevivimos o cómo –casi siempre- somos manejados, dominados, toreados. Sometidos. Casi siempre.

El libro recoge trece relatos publicados en revistas y publicaciones varias entre 1959 y 1972. Destaca, por supuesto, la proverbial contención del autor; si el asunto puede ser bien contado en diez páginas, no son necesarias ni doce ni once. De los relatos aquí reunidos me parecen magníficos el que da título al libro, en el que un ingeniero peninsular emprende viaje en tren de Roma a Sicilia donde coincide en el compartimento con una familia siciliana –amor a dentelladas- que le dan un trayecto del que no conseguimos saber si le resulta sublime o terrorífico, o ambas cosas a la vez; la ironía resplandece con el mismo brillo que el sol del amanecer sobre el Jónico cuando el tren reinicia su andadura por el lado insular del estrecho de Messina.

En La retirada se pone a prueba el dogmatismo y la fe de aquellos militantes comunistas que recriminaban a sus esposas la devoción en santos milagreros y vírgenes protectoras mientras caían en la misma fantasía aunque su ídolo fuese un orondo y bigotudo soviético. En Un caso de conciencia vuelve a aflorar ese empacho de narcisismo y temerosa vergüenza al que dirán revestido de honor que tanto impregna y motiva al macho siciliano y a ese escozor que se percibe en la frente cuando surgen los cuernos, y que es uno de los grandes asuntos de la literatura del país. Y aquí es imposible no acordarse de los textos que componen el Tríptico siciliano de Vitalino Brancatti, uno de los referentes fundamentales en la formación como escritor de Leonardo Sciascia.

Otros relatos, como Juicio por violación o Eufrosina o El largo viaje, desprenden un aire como de crónica social, de retrato de un tiempo desde una cercanía sentimental que, aún así, prescinde por completo de la autoindulgencia que les haría caer de cabeza en el costumbrismo. Algunos, en fin, son un ejercicio divertido y sagaz de sacar punta a la relación entre los poderosos y las gentes de a pie, como en Reciprocidad, Western de “Cosa Nostra” o Giufà, donde la asimetría del trato entre los encaramados a la cúspide social y los que deambulamos por su base no deja de ser una arbitraria distinción frente a la simetría en la capacidad de pensar y desenvolvernos que a todos nos es propia y que convierte a quienes pululan por estos relatos en personajes de la negra comedia de la vida bajo el inclemente sol mediterráneo. Por eso siempre hay que volver a Sicilia. Y releer a Sciascia.

Otros títulos de Leonardo Sciascia en ULAD: aquí

domingo, 19 de agosto de 2018

Alba de Céspedes; El cuaderno prohibido


Idioma original: Italiano
Título original: Quaderno proibito
Año de publicación: 1952
Traducción: Pepa Linares. En catalán: Josep Miracle.
Valoración: Muy recomendable



Domingo por la mañana, Valeria sale temprano a la calle mientras su marido y los hijos demoran perezosos el momento de levantarse. Roma. Otoño, año 1950. Valeria compra un ramo de caléndulas y entra en el estanco para que Riccardo encuentre cuando despierte una cajetilla de sus cigarrillos en la mesita. Mientras guarda cola, repara en una pila de cuadernos y al llegar su turno le pide uno al estanquero, que se niega, pues ese día de la semana sólo le está permitido vender cigarrillos; los domingos –le dice- un guarda se apuesta en la puerta para comprobar que apenas despache tabaco. Valeria insiste, ahora el impulso es necesidad. Finalmente, el estanquero cede, le da un cuaderno y le pide que lo oculte entre su abrigo. Ya es un cuaderno prohibido.

El cuaderno es negro y lustroso, como una sanguijuela. Y desde el primer día genera en Valeria adicción y rechazo. En su primera entrada se instala la duda, el pánico; a descubrirse, a ser descubierta. A plantearse si tras 22 años de matrimonio, de abnegada entrega a marido e hijos, se debe conformar con su existencia y con el rol que desempeña o si no es más que una olla a presión repleta de sentimientos, emociones y afanes pugnando por ocupar un lugar, su lugar. No es que Valeria carezca de una habitación donde refugiarse, carece incluso de un cajón donde resguardar de los demás su cuaderno.

Sincerarse, a solas, a través de las hojas que va rellenando con la escritura supone una deslealtad con el marido. Es un empeño secreto y solitario, y como tal un engaño, un fraude a su papel de esposa y madre, esclava de la familia y de la casa. Una sumisión que Valeria asume como su fuerza, la aureola de su martirio, la aceptación mansa de un destino que no se cuestiona. Aunque la madre perfecta es también capaz de aplicar a los suyos una mirada tan acerada como la que se lanza a si misma, al ser, como es, consciente de que el hecho de que le reconozcan su entrega, su cansancio, les exime de toda responsabilidad. Valeria es la primera en creerse la obligación del sometimiento, de imponerse el apremio de no salirse ni un milímetro de lo que se espera de las buenas y decentes madres.

El tono que la narradora imprime a su diario no es del lamento ni el ajuste de cuentas, ni siquiera la duda. Es el de la constatación, objetiva y razonada, lúcida y perspicaz, y esa textura le da a la narración forma y ritmo, dotándola de originalidad y atractivo. La protagonista no se plantea su situación como un pesar, como un problema, como un despropósito contra el que actuar, si no que asume sus circunstancias como naturales y nos transmite lo nefasto y ruin de la situación a través de la actitud y el comportamiento de los personajes masculinos –Michele, el marido, y Riccardo, el hijo mayor- y la opción de rebelarse mediante la figura de la hija menor, Mirella. Una manera de contar, a mi entender, que hace de la narración un certero e inesperado artefacto explosivo.

En el relato de su evolución en los seis meses que dura la escritura del diario, asistimos a su periplo; cómo se siente atraída por su jefe, cómo se presenta el deseo y cómo se envuelve en el juego mecánico de la seducción… Al fin y al cabo, se nos excusa, no hay sentimiento que pueda resistir un análisis continuo y despiadado ni persona reflejada en el espejo de todos y cada uno de sus actos que pueda sentirse satisfecha de si misma… “He intentado volverme vieja y puede que sólo haya conseguido volverme mala”, escribe la protagonista.

El cuaderno prohibido fue publicado por entregas entre diciembre de 1950 y junio de 1951 en la revista italiana La Settimana Incom Illustrata. Su autora, Alba de Céspedes (Roma, 1911 – París, 1997), de ascendencia cubana, fue entre los años 40 y 60 del siglo pasado traducida al castellano y publicada con frecuencia en España (y me imagino al censor de turno desatado, en trance), aunque después su rastro se perdió por el desinterés del público y la industria, tal como parece suceder también en su Italia natal. Y es una pena, parcialmente subsanada con el rescate, nueva traducción y edición de esta novela sustentada en el cuaderno negro que, según Alba de Céspedes, todas las mujeres esconden.

lunes, 2 de julio de 2018

Ciudades de libro #1: Nueva York: Gangs de Nueva York, de Herbert Asbury


Idioma original: inglés
Título original: Gangs of New York
Año de publicación: 1928
Traducción: Carme Font Paz
Valoración: muy recomendable (sobre todo para interesados)

Olvidaos de los rascacielos. Olvidaos de las imágenes rutilantes de Broadway o Times Square. Olvidaos de Sinatra, de Gene Kelly bailando, vestido de marinero. Olvidaos de las pelis de Woody Allen o de El padrino, de las comedias románticas que empiezan en el hotel Plaza y acaban el la pista de hielo de Central Park. Olvidaos -por favor, olvidaos en serio- de Donald Trump y de su hortera torre forrada de oro. Y pensad en una ciudad de casas bajas, de mansiones lujosas pero también llena de agujeros infectos donde recalaban los inmigrantes de una no menos infecta Europa. Donde los ricos vivían en el Upper East Side o en Harlem,  y lo que se dio en llamar la Cocina del Infierno... bueno, ya entonces era bastante infernal, mientras los pobres se apelotonaban en el bajo Manhattan, cerca del puerto. Donde el Bronx o Brooklyn eran  barrios  casi rurales, llenos aún de granjas; una ciudad con pocos italianos, judíos o chinos, no demasiados habitantes negros, pero con muchos, muchos irlandeses, que huían del hambre en su isla.

Estamos en el Nueva York de la primera mitad del siglo XIX, cuando el ocio teatral y tabernario se centraba en el Bowery y el epicentro de la delincuencia y la marginalidad se encontraba también en esa calle y, sobre todo, el la intersección conocida como "Five Points", en cuyo meollo se hallaba la conocida, supongo que de forma irónica, como Paradise Square (curiosamente, justo donde hoy se encuentran los juzgados municipales, el Tribunal federal y lo que fue el centro de detención de las "Tombs", y muy cerca del Ayuntamiento y la jefatura de Policía); bandas como las de los Dead Rabbits, los Plug Uglies o los Bowery Boys dominaban las calles de esa parte de Manhattan, enfrentándose en batallas épicas a puñetazo, navajazo o ladrillazo limpio, si era menester, mientras  servían a los intereses políticos del corrupto y célebre Tammany Hall, o al llamado "Know Nothing", el Partido Nativista Americano (ya veis que aunque lo intentemos, no es posible olvidarse de Trump...).

¿A alguien le resulta familiar esta imagen? Pues sí, hay una película de Martin Scorsese basada bastante libremente en este libro; además, para quien pueda haberlo leído, recordad que también uno de los relatos de la Historia Universal de la infamia, de Borges, está basado en él. Pocos años después de su publicación, de hecho, porque ya en su momento esta crónica histórico-periodística de Herbert Asbury tuvo gran éxito, de tal forma que el mismo autor escribió con posterioridad una segunda parte, además de libros similares sobre la historia de los bajos fondos de Chicago, San Francisco y Nueva Orleans. Pero no nos vayamos de la gran Manzana -aunque entonces sólo fuera aún una manzanita verde, aunque ya con una buena cantidad de gusanos-: visitaremos allí sitios tan tenebrosos como la Old Brewery de Five Points, el Callejón de los Asesinos o el Gotham Court de la calle Cherry; conoceremos al legendario gigante Mose, a famosos gágsters como el ladrón Hicksey, a Leslie, rey de los ladrones de bancos, y a los enemigos mortales John Morrissey y Bill Poole "el carnicero" (éste igual os suena de algo). O, por supuesto, los no menos terribles adversarios: el distinguido Paul Kelly y el "príncipe de los gángsters", el aún más célebre Monk Eastman, jefe de la banda que llevaba su nombre. Mujeres igualmente peligrosas, como Maggie "Gato del Infierno" o Annie la Combatiente, líder de las Gophers femeninas de Hell's Kitchen. Lo mismo que a esta banda, a los Dusters, los Five Pointers o incluso los tongs chinos que se entraron en guerra en Chinatown a comienzos del siglo XX. Por no hablar de un episodio especialmente truculento y que costó la vida de miles de personas (y supongo que poco conocido fuera de EEUU y tal vez incluso en ese mismo país): la llamada "Batalla de los seis días" o rebelión que tuvo lugar en la ciudad contra las leyes de reclutamiento para la Guerra de secesión, y que fue duramente reprimida por el ejército, utilizando incluso cañones contra la población civil (también hubo otros motines anteriores, protagonizados por bandas o por los propios policías).

En fin, que el señor Asbury nos da aquí un repaso exhaustivo, nos ofrece una visión fascinante y diferente, aunque terrible, de lo que fue, durante más de un siglo, una de las ciudades más emblemáticas del mundo. Pensemos que aún le quedaba por ver los efectos de la Ley Seca, el dominio de bandas como las de Dutch Schultz o Bumpy Johnson, el ascenso de la mafia italoamericana, los reinado de Luciano, de Genovese, Gambino... vaya, que a Asbury, periiodista además de escritor, y que vivió hasta 1963, no le dio tiempo a aburrirse, que digamos... En ese sentido, el final de Gangs of New York, la película de Scorsese es, precisamente de lo más significativo...

lunes, 10 de julio de 2017

Reseña + Entrevista. Ander Izagirre: Potosí


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Pues, por si no os habéis dado cuenta, voy a ponerme muy insistente en lo de declarar la crónica como uno de los géneros que veo con más futuro en la literatura. Los argumentos son variados y habrá quien los considere endebles, pero los veo de peso: la crónica no tiene un requisito de estilo tan elevado, pues depende mucho de lo interesante del contenido. Tampoco es tan exigida en la cuestión creativa, cuando la realidad empieza a ser tan crudamente superior a lo concebido por la mente humana. Y encima dispone de una coartada acorde a los tiempos que corren, con la falta de tiempo que nos acucia a muchos. Uno lee crónica y compatibiliza información, disfrute y hasta formación. Saber de otras partes del planeta o de otras partes de la sociedad en que vivimos. No es casualidad ese aluvión de programas televisivos en forma de reportajes donde asomarnos a la vida en otros entornos: compatriotas que se buscan la vida lejos de sus lugares de origen, experiencias profesionales de oficios arriesgados.
Por suerte, las opciones van aumentando, y las crónicas ya van superando el estereotipo de la bitácora de viaje o el reportaje periodístico y adoptando distintos cauces, y lógicamente el abanico de autores se enriquece, aunque haya que lamentar que algunos hayan desaparecido. Chatwin, Kapuscinski o Politkovskaia. Pero nos queda Alexiévich, Krakauer, Anderson, Aldekoa, Villoro, Carrión, muchos que olvido y algunos que espero descubrir en el futuro, como he descubierto a Izagirre presentado por la inquieta gente de Libros del KO, que ya me trajo a Fariña,  y he disfrutado de lo lindo. Con un texto bien estructurado y asequible, dinámico y elusivo de lo blandengue. Que arraiga en el pasado lo justo para enlazarse con el Galeano reivindicativo de Las venas abiertas de América latina, pero que se proyecta de forma contundente en el presente, para contarnos la historia de Alicia, otra de esas víctimas anónimas de todo el lodo que arrastra el proceso de colonización y descolonización. 
Todos conocemos la expresión vale un potosí. Pues Potosí es la ciudad de Bolivia organizada alrededor del enorme potencial minero de la zona. Explotación que ya empezó con el expolio de los metales preciosos (algún imbécil ha dicho que ese expolio fue compensado ampliamente con la aportación de los conquistadores: nuestra fe, nuestro idioma y nuestro sentido de la civilización) en los siglos XVI y posteriores, y que continúa hoy en día, cuando los metales que la zona minera alberga (estaño, por ejemplo) son explotados a destajo por trabajadores en condiciones precarias a las órdenes de compañías de intereses multinacionales sujetas a los vaivenes de los precios de las materias (vaivenes muchas veces predefinidos por turbios intereses especulativos, por necesidades de las cadenas productivas o por puras manipulaciones en los ciclos de demanda de éstas). Y toda esa economía local alrededor de esas explotaciones acompaña esa montaña rusa de contrataciones y despidos masivos, y qué mejor ejemplo que una mina donde generaciones trabajan y desgastan sus organismos en condiciones deplorables que son prácticamente garantía de severas afecciones físicas. Izagirre usa a esa niña obligada por las condiciones al trabajo para dibujar todo el panorama, un panorama demasiado complejo y rico en matices para destriparlo en una reseña. La clase de libros que fortalecen las convicciones de quien lo lea, a poco sentido común de que uno disponga, y la clase de libros (esto lo he dicho ya alguna vez, pero aquí es particularmente cierto) cuya lectura, sea por cabreo, indignación, confirmación de sospechas, etcétera, mejora a quien lo lee.

Y con un autor dispuesto a perder un ratito respondiendo alguna cuestión.


¿Esta clase de historias se buscan o le encuentran a uno?

Las historias no te caen del cielo mientras estás sentado en el sofá. El trabajo del periodista es salir a buscarlas. Luego es cierto que en esas historias, cuando les dedicas tiempo, aparecen asuntos inesperados, llamativos, interesantes, urgentes, que te hacen plantearte otros modos de trabajar: por ejemplo, pasar de un primer reportaje sobre una niña minera en el año 2010, a desarrollar todo un libro en 2017, porque esa niña es un personaje muy poderoso que rompe todos los moldes y que sirve para contar un mundo, el de las minas de Bolivia.
  
¿Qué piensa de ese establecimiento de vínculos emocionales ante tanto abuso y tanta injusticia? 

Que es inevitable, es humano y es el inicio del camino. La empatía te lleva a querer conocer las historias de los demás. Otra cosa es escribir: creo que Richard Ford decía que para escribir hay que tener una aguja de hielo en el corazón. No puede ser que las emociones te aplasten o te distorsionen demasiado la capacidad de observación.
  
¿Siente que condiciona el proceso creativo?

Por supuesto, pero es algo que hay que manejar, hay que acertar con las dosis: se necesita una implicación personal para interesarse por alguien, se necesita una distancia para escribir.

¿Se ayuda más con el teclado o con las manos?

Seguramente con las manos, pero hay que escribir como si sirviera. No se me ocurre otro modo de hacer lo poco que yo sé hacer.

¿Obtendrá alguna vez la crónica el lugar que se merece?

No sé cuál es ese lugar. No tengo ninguna queja especial con el lugar de la crónica.

Y si no lo obtiene en el peculiar mundo literario, ¿se reconocerá esa valiosa inducción a la reflexión?

Es que no entiendo muy bien cuál es el supuesto de esta pregunta –una falta de reconocimiento-, ni qué quiere decir lo del peculiar mundo literario. Solo sé que la crónica es una herramienta valiosa para contar la realidad, que por supuesto debe servir para menear un poco los pensamientos y las ideas. Si no hablamos de los mecanismos que producen las injusticias, de sus beneficiarios, si solo contamos escenas emotivas del sufrimiento, estamos haciendo un exhibicionismo de las víctimas que suele tener recompensa pero no sé si sirve para algo.


¿Alguna influencia no reconocible que quiera destacar?

No, no creo que deba ser yo quien lo haga.

En general, o aplicado a este libro, cuando se escribe sobre estas situaciones, ¿uno empieza a mirar más quien viene a su espalda? 

No sé si te refieres a que me ataque alguien que queda mal en el libro o algo así. Bueno, yo planteo unas críticas y unos argumentos. El debate es libre y me expongo a críticas y contraargumentos.

El periodista/escritor/cronista haciendo preguntas incómodas tras una mesa o abordando en la calle, ¿es el nuevo detective global? ¿Es el descubridor que empieza a sembrar las semillas de lo conspiranoico o simplemente va entregando piezas del puzzle?

No entiendo bien la pregunta. El trabajo del cronista es antiquísimo: cuenta realidades poco conocidas para sus lectores, intenta explicarlas de la manera más completa y atractiva posible, y si es bueno, consigue abrir algunas buenas preguntas y cuestionar algunas de las formas en las que se organiza el mundo.

¿Otros proyectos?


Sí, pero muy verdes aún 😊