Idioma original: castellano
Título original: Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid
Año de publicación: 1969
Valoración: Recomendable
Sobre Camilo José Cela y su personaje hemos hablado ya aquí en varias ocasiones, así que dejaré de lado ese aspecto. Centrándome estrictamente en su faceta de escritor, hay algo que me llama la atención y que en mi opinión engrandece su mérito, porque es una cualidad no demasiado habitual: su capacidad para tocar palos bastante diversos desde el punto de vista formal, como esos (no muchos) actores difíciles de encasillar que poseen registros muy diferentes. Al menos en una etapa inicial (pero muy amplia), Cela brilla primero con el tremendismo de Pascual Duarte (una poderosa vuelta de tuerca a cierto realismo rural), se aproxima a la prosa poética y algún grado de experimentación estructural (Pabellón de reposo), construye un interesante modelo de novela coral (La colmena) y se pasea por el intimismo de un monólogo femenino (Mrs. Caldwell habla con su hijo), además de alguna obra más que no conozco pero que, por referencias, creo que también incorporan elementos muy alejados de los anteriores. O sea, interesante versatilidad, desde luego con mayor o menor acierto según los casos, y sin que pueda afirmar si continuó más allá de los años 70 del siglo pasado porque no he leído nada de él posterior a esas fechas.
Con esta pequeña chapa pretendo ubicar mínimamente la novela de hoy porque, como veremos, presenta también algunas cosas novedosas en la carrera del escritor junto con otras que entroncan con títulos anteriores, y parece servir de punto de apoyo a la apuesta por lo más arriesgado y hermético que vendría poco después con Oficio de tinieblas 5.
El San Camilo es una narración situada en unos pocos días anteriores y posteriores al levantamiento militar de 1936. El escenario es el Madrid de los prostíbulos y las aventuras sexuales, gente corriente vista desde la perspectiva de lo que a veces se conocía como ‘vida privada’, el encuentro de los amantes en un meublé, el respetable caballero que tiene su entretenimiento semanal en el burdel, los estudiantes que buscan desahogo, las hermanas que no pierden ocasión de explayarse. Un enorme mosaico de decenas de actores en el mercado, remunerado o no, del sexo, dibujado con precisión un poco al estilo de La colmena, sin dejar que ninguno cobre protagonismo, como si no interesasen sus circunstancias personales (profesión, clase social) sino su simple presencia para componer ese cuadro. No hay tampoco sordidez ni violencia ni crítica. Es un telón de fondo de gentes que viven ese aspecto lúbrico de la vida con naturalidad y cierta despreocupación.
En ese bullicio multitudinario (que puede llegar a saturar al lector, es cierto) se empieza a colar la realidad histórica de los acontecimientos que precedieron a la sublevación del 18 de julio, y ahí, como una grieta cada vez más inquietante y profunda, contemplamos los dos crímenes tradicionalmente considerados como desencadenantes inmediatos de los acontecimientos: el asesinato del teniente Castillo y, poco después, el de Calvo Sotelo. Asistimos a esos acontecimientos desde fuera, como si fuéramos parte de ese gran elenco del Madrid nocturno, simples espectadores de hechos terribles pero que todavía se perciben como lejanos. Porque sobre ese frenesí de polvos y magreos se extienden con rapidez el temor y la incertidumbre frente al ambiente cada vez más enrarecido de las calles, y la vida alegre –una especie de Belle Époque cutre- se empieza a teñir de gris. El tono es cada vez más oscuro cuando llega a conocerse la insurrección y se multiplican las noticias contradictorias sobre su éxito o fracaso, el apoyo de unos u otros altos mandos, o las decisiones (o indecisiones) del Gobierno. Con la mecha de la guerra ya encendida, el asalto al cuartel de la Montaña es el punto donde confluye el destino de buena parte de esos personajes, unos en un bando y otros en el otro, y algunos simplemente arrastrados por las circunstancias, con aquella vida disipada como tragada por un enorme desagüe.
Con estos pocos episodios concentrados en escasos días, asistimos al derrumbe de aquel mundo que, aunque imperfecto, representaba la cotidianeidad que ahora se resquebraja, la irrupción del enfrentamiento y la muerte como seguramente nunca lo pudieron sospechar aquellos personajes. Porque en definitiva son ellos los protagonistas del libro, no seres anónimos sino simples ciudadanos con sus identidades y sus trayectorias, aunque su misión parezca reducida a componer el decorado en el que insertar la tragedia de la guerra. En medio de todo ese material, disperso pero colectivamente uniforme, encontramos retazos del monólogo interior de un joven (quizá el propio Cela, que pronto sería movilizado) que se enfrenta a un espejo, reflexionando sobre sí mismo y su destino. En cierto sentido con un claro eco de la ya muy lejana generación del 98, con la recurrente alusión al sinsentido del enfrentamiento y la fatalidad de un país que parece siempre abocado al desastre.
El esquema está muy conseguido, con una dosificación casi matemática de cada personaje para que ninguno descompense el conjunto, y la incisión progresiva de los acontecimientos que en poco tiempo van a cambiar sus vidas, o directamente a acabar con ellas. Y desde el punto de vista formal, en esa especie de búsqueda de nuevos espacios narrativos a la que me refería al principio, parece que Cela se apunta a la corriente de experimentación que en España habían desarrollado Martín-Santos, Goytisolo o el primer Guelbenzu, por ejemplo, aunque ciertamente con unos cuantos años de retraso. En realidad, al margen de la laxitud en el manejo de los signos de puntuación y de ese ritmo en aluvión, los riesgos que asume tampoco son demasiado importantes, y el libro permite una lectura convencional sin ningún problema. En este sentido, digamos que Cela llega tarde a la modernidad y lo hace, de momento, con bastante contención.
No deberíamos dejarnos influenciar por prejuicios ni intimidar por el aspecto monolítico de las páginas, ni siquiera deberíamos dejarnos vencer por la un poco cansina carga sexual (y, no sin cierto esfuerzo, hasta se le pueden perdonar arranques de homofobia rampante). Desde luego tiene defectos, pero en general San Camilo, 1936 me parece un buen libro, diferente, relativamente atrevido y que ofrece una perspectiva interesante de esos episodios históricos decisivos que hemos visto relatados de tantas formas y con tan variadas intenciones.
P.S: Por cierto que, aunque el santoral no es precisamente mi fuerte, creo que la festividad de San Camilo de Lelis es el 14 de julio, y no el 18 como dice Cela. Bueno, tal vez una pequeña licencia literaria.
Otras obras de Camilo José Cela en ULAD: La colmena, Pabellón de reposo, La familia de Pascual Duarte