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miércoles, 22 de julio de 2026

Sophie Demange: Las carniceras

Idioma original: francés

Título original: Les bouchères

Año de publicación: 2025

Traducción: Susana Prieto Mori

Valoración: se deja leer

Dos apuntes o avisos antes de comenzar la reseña en sí, para dejar las cosas claras:

1°- Voy a tratar de evitar todo espoiler sobre la trama de esta novela, pero me temo que va a ser difícil que algún lector o lectora avispado/a no adivine por donde va. No pasa nada, se puede leer el libro aún intuyendo o incluso sabiendo esta información, aunque, claro está , no es lo más idóneo. (*).

2°- ¿Me he decidido a leer esta novela atraído por su molona cubierta? Pues sí, no lo niego; ya sabéis de mi superficialidad al respecto. Aunque como dijo, no sé si Gide: "Lo más profundo de los hombres es su superficie"... Pues a veces con los libros pasa igual.

Dicho lo cual, vamos al lío... Las carniceras trata, cómo no, de unas carniceras; en concreto, Anne, que decide hacerse cargo del negocio familiar en la normanda ciudad de Ruán y para ello recluta, primero, a su compañera de formación Stacey y luego, como ayudadante, a la guineana Michèle, conformando todas ellas un trío de profesionales del despiece cárnico especialmente seductor, dentro de una profesión en general detentada por hombres (al menos en Francia, al parecer). Además, redecoran y actualizan la carnicería heredada del padre de Ann para convertirla en un local encantador, por no decir cuqui e incluso trendy, hipster o como se denomine ahora el pijerío Bobo (Bourgeois-bohème, no hablo de ningún ex-presidente del Gobierno español). La iniciativa parece ir sobre ruedas... excepto que ambas tres han sido o son víctimas de algún tipo de abuso, violencia o discriminación por parte de los hombres y esa circunstancia acaba revertiendo a sus vidas. Claro que dichos hombres no cuentan con sus destrezas en el manejo de la cuchillería utilizada en su oficio y hasta ahí puedo leer...digo, contar.

¿Qué me ha parecido Las carniceras? Pues permitidme desarrollar mis puntos de vista usando el que podríamos denominas "Método Patentado Oriol de Elaboración de Reseñas". Es deir, por una parte, veamos los aspectos positivos o que me han gustado de esta novela:

  1. la inevitable simpatía que , desde un principio, suscitan las protagonistas. Simpatía que se siente hacia ellaas a pesar de que ciertos comportamientos que llevan a cabo no son los más correctos desde diferentes puntos de vista... desde el puramente legal al ético, pasando por la seguridad alimentaria.
  2. Una recreación de la vida  diaria de un barrio tradicional francés tirando a gentrificado bastante amena y hasta divertida (por continuar con las referencias francófilas, aunque sean cinematográficas, recuerda a algunos pasajes de las películas de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, Amélie e incluso Delicatessen).
  3. Ciertos pasajes del libro, sobre todo cuando se trata de descripciones de paisajes o de las actividades propias del oficio de las protagonistas, que destacan literariamente sobre un estilo general más tendente a la eficacia narrativa que a la floritura y no digamos ya, la brillantez.
Lo que no me ha gustado (o mucho menos) de esta novela:
  1. Que el estilo, precisamente, tienda más hacia la eficacia que a buscar una mayor calidad literaria -pese a que, ya digo que de vez en cuando esa posibilidad se vislumbra y resulta una verdadera pena que su autora no ahonde en ese sentido (cierto es que ésta es su primera novela, así que démosle algo más de tiempo para desarrollarse como escritora).
  2. Las oportunas elipsis que hace de determinados episodios de violencia. Es decir, ciertos episodios, según quienes sean la víctima y el agresor y la naturaleza de esa agresión nos las cuenta con más detenimientos que otros momentos, más sangrientos, por los que pasa con discrección y hasta asepsia.
  3. En general, el maniqueísmo que denota toda la obra y que la convierte, en cierto modo, en una "novela de tesis". Entiénd aseme: nadie (y yo tampoco, claro) siente simpatía por los acosadores sexuales, los violadores y los agresores de ningún tipo. Y el trasfondo general de la novela me parecede perlas: unas mujeres que se empoderan a través del ejercicio de un oficio tradicionalmente masculino y se enfrentan a los hombres que las causan algún mal -aunque not all men, como se encarga la propia novela de dejarnos clarinete- ; pero claro, eso es una cosa y otra es converetir a las protagonistas en adalides del empoderamiento femenino, sin tener en cuenta según qué comportamientos... Tampoco consideramos a Ed Gein o Jeffrey Dahmer (o Hannibal Lecter, por no salirnos del terreno de la ficción) como modelos de una actitud adecuada para sobreponerse a los problemas de salud mental... y, de nuevo, hasta aquí puedo contar. 
Sí, ya sé que habrá quien, dada mi condición de señoro heteropatriarcal (y cada vez más viejuno, me temo), cuestione mi opinión sobre este tema o incluso que yo tenga derecho a tener alguna. Pues bien, he de decir que, a pesar de mi condición de señoro, etc. no sólo no tengo ningún problema con las reivindicaciones feministas, multirraciales y LGTBIQA+ friendly de que hace gala esta novela (casi un festival de esa palabra que empieza por W- y que tanto pone de los nervios a nuestros queridos Albertolmos, Sotivars y a buena parte de los influencers huidos a Andorra para pagar menos impuestos), sino que me parece incluso de perlas para contrarrestar un poco la sobredosis de facherío a la que estamos sometidos, en los últimos tiempos. Ahora bien, si se hace, que se haga con un poco de rigor y criterio, y no montando una peli, no ya de buenos y malos, sino de que el fin justifica todos los medios. Porque, mes chérs amis, yo tampoco es que sea muy remilgado -de hecho, ya digo que me hubiera gustado más detallismo en determinadas escenas que podemos denominar, sin duda alguna, como escabrosas-, pero lo que no se puede hacer, insisto, es ocultar ciertos hechos mientras se resaltan otros. El maniqueísmo, insisto de nuevo, no funciona como fórmula narrativa. A no ser que se trate de El Señor de los Anillos, obviamente, que no es el caso.

(*) No sé hasta qué punto he superado este escollo o en la reseña se deja entrever, quizá demasiado, por dónde van los tiros en esta novela (metafóricos, se entiende, que aquí tiros no hay... Sólo faltaba eso). Mis disculpas si es así.

domingo, 7 de enero de 2024

Ludwig Lewisohn: La llama vehemente. Historia de Stephen Scott

Idioma original:
Inglés
Título original: The Vehement Flame: The Story of Stephen Escott
Traducción: Martha Lucía Pulido 
Año de publicación: 1930
Valoración: Recomendable

Ludwig Lewisohn sacudió las consciencias en París el 1926 con la publicación de El caso del señor Crump, obra que de hecho fue censurada en EEUU. Cuatro años después, con La llama vehemente, el autor siguió agitando el avispero. 

Ambas novelas emplean un formato biográfico-retrospectivo, están muy bien escritas, presentan personajes verosímiles y barajan temas extremadamente complejos. Sin lugar a dudas, las recomiendo. Eso sí: creo que El caso del señor Crump es, con diferencia, la mejor de las dos. En cualquier caso, La llama vehemente tiene una calidad envidiable.

Debo advertir, no obstante, que es más reflexiva que su antecesora. Incluso podríamos considerarla una novela de tesis en toda regla, pues expone muchas ideas y, en ocasiones, ni siquiera se molesta en esconderlas argumentalmente. Principalmente indaga en torno al amor y el sexo, aunque de refilón aborda también el desencanto vital, la amistad, la hipocresía o la justicia. Asimismo, arremete contra el puritanismo (particularmente el estadounidense), la institución del matrimonio y la cama conyugal.

Precisamente, en la página 120 hay una estimulante crítica al puritanismo que rechaza la sexualidad: «por pura represión, la mayoría de la gente no está nunca en estado de comprender la verdadera naturaleza de sus reacciones afectivas. (...) Tal vez podamos decir que todavía no estamos completamente civilizados y que hay esperanza de que ese margen que separa lo bárbaros que somos de un estado de civilización absoluta sea cada vez más pequeño. Pero todavía no hemos emprendido ese camino. Sería más plausible creer que nuestra civilización reposa sobre falsos principios; que partimos de una interpretación errónea de nuestra verdadera naturaleza y que un análisis más profundo de nosotros mismos y del mundo desplazaría el centro del conflicto, y en lugar de hacernos marchitar como seres destinados al pecado, nos llevaría más bien a acusar las leyes bajo las cuales vivimos y a condenarlas por justas e inadaptadas.»

Asimismo, hay una diatriba sobre la cama conyugal en las páginas 121 y 122 que me gusta por su nivel de refinamiento formal y conceptual: «Me di cuenta entonces de lo que la costumbre de la cama conyugal puede tener de incómodo y de irritante. Lo sabía desde hace tiempo, pero nos hemos deformado tanto por la costumbre y por el sentimiento de lo que conviene y de lo que no conviene que rehusamos aceptarlo. Ese rechazo además tiene sus ventajas: no admitir una dificultad es como si uno no hubiera tenido consciencia de ella, lo que tiene como resultado minimizar el sufrimiento que esta hubiera podido causar. Pero no quiero generalizar, pues no me es imposible imaginar un amor conyugal tan armónico y lleno de delicias, tan lleno de admiración mutua que aun la habitual convención de la cama conyugal no sabría destuírlo. Pero nuestra vida amorosa, la de la pobre Dorothy y yo, al haber sido desde el comienzo un asunto incierto y estropeado, había dejado de dar color a nuestro corazón y a nuestros sentidos desde hacía tiempo. Éramos dos seres miserables obligados por lazos tan fuertes como implacables a una cercanía continua de nuestros cuerpos. Pero no era así como Dorothy veía la situación. Mi presencia representaba para ella una intensa impresión de seguridad, de posesión y de bienestar que una verdadera pasión sólo hubiera disipado o atormentado. En lo que a mí concernía, las cadenas de este acercamiento constante me parecían siempre cadenas... Es verdad que yo había, vaga y confusamente, pensado en reclamar camas gemelas o incluso en tener una habitación para mí, pero esa solicitud hubiera ultrajado su sentimiento de ternura entre esposos tanto como esa dulce impresión de propiedad que ella experimentaba frente a mí y que era su principal seguridad en la vida. Y como, a medida que los años pasaban, yo tenía menos y menos para darle, evitaba herirla hasta el máximo.»

Aunque los pasajes previamente citados os pueden dar una noción sobre el argumento de La llama vehemente, permitidme que os resuma sucintamente de qué trata esta novela. Gira alrededor de Stephen, quien se casa demasiado joven con Dorothy, una mujer poco compatible. Stephen no tardará en comprender que tanto sus propios prejuicios como los de su esposa los condenaron, a cada uno de distintinto modo, a una vida repleta de autoengaño y frustración. Junto a David, su amigo y eventualmente compañero de bufet, irá desentrañando los entresijos de las relaciones entre sexos y la impostura moral de su país.

Ya he dicho que La llama vehemente está muy bien escrita, presenta personajes verosímiles y baraja temas extremadamente complejos. A eso hay que añadir que sus reflexiones y apreciaciones de corte sociológico o psicológico se mantienen, por lo general, vigentes, aunque es innegable que unas pocas han quedado anticuadas o acusan cierto sesgo masculino. 

Otra virtud de La llama vehemente es que, pese a entender las grisallas y matices del amor, adopta una postura realista en torno al asunto, sin decantarse por lo almibarado ni tampoco plegarse al cinismo. De hecho, la novela es una apología incondicional al amor, pero una tan pasional como mesurada, tan temperamental como articulada. En este sentido, el narrador advierte a los «jóvenes», en la página 76, que aunque «han ganado esa lucha sana y libre que tenemos de considerar el amor» a «la imbecilidad puritana», ¿acaso «son más felices que nosotros? ¿No han despojado ustedes al amor de mucho, cuando nosotros lo sobrecargamos?» 

Por otra parte, criticaría algunos apartados de La llama vehemente. Por ejemplo, que su prosa caiga de vez en cuando en la reiteración intrusiva de ciertas palabras, que el protagonista y narrador enfatice en que trabará amistad con sus hijos pero nunca se haga hincapié en eso o que la cuarta parte del libro resulte algo pesada, pues queda sepultada por las conversaciones con Paul.

Sea como fuere, La llama vehemente es un novelón. Si bien no llega a la altura de El caso del señor Crump, gustará especialmente a los amantes de la literatura sugestiva que transmite ideas complejas y policausales, que introduce personajes bien perfilados y que se paladea a cada párrafo.


También de Ludwig Lewisohn en ULAD: El caso del señor Crump

martes, 24 de enero de 2023

Ward Thomas: Extraño en la tierra

Idioma original: Inglés
Título original: Stranger in the land
Año de publicación: 1949
Traducción: Carlos Sanrune
Valoración: Recomendable

Extraño en la tierra se publicó originalmente en 1949 en Estados Unidos; apareció también al año siguiente en Inglaterra. Desde entonces había caído en el olvido. La editorial Amistades Particulares, haciendo gala de su labor de arqueóloga de la literatura LGTB más marginal, la ha recuperado, traduciéndola por primera vez al español.

La novela de Ward Thomas (pseudónimo de Edward Thomas McNamara) es tremendamente adictiva. Yo leí sus trescientas y pico páginas de letra chiquitita en apenas tres días.

Narra la vida de Raymond, un joven profesor homosexual que ama «contra las reglas de la naturaleza, contra el beneplácito social y a pesar de la resistencia de su propio espíritu» (pg. 111). El objeto de su devoción es Terry, un hermoso muchacho de la calle que se niega a trabajar, alcohólico precoz vinculado con los bajos fondos. Terry aprovechará una caza de homosexuales ejercida por las autoridades locales para chantajear a Raymond.  

¿Qué decir de esta obra? Me ha enganchado con su trama y me ha seducido con su cuidada prosa, su minuciosa ambientación, sus sugerentes temas, la evolución psicológica de su protagonista o la complejidad de sus personajes, dinámicas y conflictos. 

Detengámonos un momento en los mentados personajes. Raymond, por ejemplo; es muy fácil empatizar con él, porque además de sensible, inteligente y tranquilo, es repelente, contradictorio y autodestructivo. ¿Cómo no sentir cariño ante sus defectos: su pedantería, su dogmatismo intelectual, su condescendencia, su desidia laboral, su miopía interesada a la hora de tratar con Terry o su completamente gratuita misoginia? ¿Cómo no conmovernos ante sus pequeños arcos de redención, o lamentar su degradación en determinados aspectos?    

Ahora recalemos en los temas barajados por Ward. Uno de ellos sería que la sexualidad es intrínsecamente despreciable. Otro: que la sociedad es hipócrita a la hora de juzgar la sexualidad de ciertos individuos, pero aun así resulta conveniente plegarse a los designios de la multitud. Adjunto a continuación varios pasajes que indagan en torno a estas ideas, para que comprendáis la riqueza de las mismas:

  1. «Ningún hombre podía esperar escapar al castigo derivado sus placeres, y cuando las preferencias peculiares de un individuo eran calificadas arbitrariamente de "vicios" por la mayoría de sus conciudadanos, el castigo era siempre muy desproporcionado con respecto al placer. Nunca valía la pena (...) saltarse los prejuicios del rebaño y desafiar la venganza de la moral de la masa» (pg. 104).
  2. «Iba a matarse no por lo que él creía, sino por lo que otros hombres creían, no porque la vida le pareciera intolerable por su monstruosidad sexual, sino porque ellos se la harían intolerable. Ellos creían que la muerte era el único destino apropiado para criaturas como él, y él iba a complacer el sentido del decoro que ellos imponían. No importaba (...) que siempre hubiera tolerado las aberraciones eróticas del grupo; ellos no toleraban su especial aberración, y toda la libertad que él mantenía ante los pecados de ellos no contaba para nada. El grupo no pedía tolerancia al individuo: exigía conformidad» (pg. 201-202). 
  3. «La felicidad no era para aquellos que vivían en oposición a los patrones aprobados de la socidad» (pg. 206).

A mi juicio, el punto flaco de Extraño en la tierra es su extensión, ya que la novela podría podarse significativamente. Contiene párrafos sobre el subtexto, la introspección del protagonista o la descripción del entorno excesivamente dilatados o directamente redundantes; todos ellos aportan, claro, pero oblicuamente. Contiene, también, diálogos abultados, reflexiones tangenciales y escenas omitibles.  

Otros defectillos lastran, aunque en menor medida, la obra de Ward: un último tercio que se hace algo cuesta arriba y un desenlace que se antoja anticlimático. 

No os llevéis una impresión errónea; pese a su margen de mejora, recomiendo esta joyita. Sus virtudes compensan con creces sus limitadas carencias. Y si bien es cierto que su extensión amedrenta a la hora de abordarla de nuevo, al menos en un periodo de tiempo breve, es innegable que no me arrepiento de haberla encontrado.

martes, 24 de marzo de 2020

Richard Wright: Hijo nativo

Idioma original: Inglés
Título original: Native son
Año de publicación: 1940
Valoración: Recomendable

Hijo nativo es una novela de tesis. Sus dos primeras partes tienen elementos de "thriller", es cierto, pero no por ello dejan de poner un especial énfasis en el subtexto racial de la historia, así como en la exploración de temas tan literarios como la discriminación, la opresión, el miedo, la libertad o la culpa. Y la tercera parte acaba por cimentar, más si cabe, la voluntad didáctica de esta obra. De modo que reafirmo mi aseveración: Hijo nativo es una novela de tesis.

Bigger Thomas, un afroamericano de veinte años, empieza a trabajar para los Dalton, una familia blanca adinerada. Esa misma noche mata accidentalmente a la hija del matrimonio. Richard Wright desentraña en estas páginas la personalidad del joven, e intenta justificar (que no legitimar) los motivos subterráneos que le han impelido a caer en una espiral de engaños, violencia y muerte. 

En cuanto a aspectos positivos, señalar que Hijo nativo: 

  • Está bien escrito. La prosa de Wright, aunque ligera y dinámica, oculta una tremenda profundidad entre líneas.  
  • Tiene un protagonista complejo con el que no es difícil empatizar, pese al carácter repelente que ostenta y las atrocidades que perpetra.
  • Tiene una ambientación impecable, y los apuntes históricos que deja entrever reflejan perfectamente la época en que fue concebido. 
  • Articula sus mensajes y temas con acierto. Nunca simplifica nada ni cae en el maniqueísmo barato.
  • Promueve discusiones que, incluso a día de hoy y pese a todos los progresos sociales conquistados, pueden enriquecer la convivencia y el respeto. 
  • Es asequible, pues consigue balancear acertadamente un argumento entretenido con un trasfondo inteligente. 

Tampoco penséis que Hijo nativo está libre de defectos:

  • Como viene siendo habitual en las novelas de tesis, hay ocasiones en que su voluntad de transmitir un mensaje acaba entorpeciendo al argumento. Esto se ve reflejado en que algunas de sus reflexiones se repiten con demasiada insistencia. 
  • La ya mentada tercera parte del libro es excesivamente lenta. Y esto es algo a destacar, si tenemos en cuenta que yo he leído la versión reducida de la historia. 
  • Wright romantiza el comunismo (él simpatizaba con dicha ideología) y sus afiliados en estas páginas. De todos modos, es innegable que consigue mezclarlo orgánicamente en el asunto. 
  • Resulta narrativamente conveniente la forma en que Bigger se entera de ciertas cosas a lo largo de la historia. 

En resumidas cuentas, Hijo nativo es un clásico de la literatura afroamericana. Uno que es extraordinariamente popular en EEUU. No falta quien lo considera conflictivo en ese país, claro. Por un lado, los conservadores rancios de siempre. Pero también supuestos progresistas, que lo culpan por emplear "the N-Word", igual que a Matar a un ruiseñor. Vamos a ver, almas de cántaro, ¿qué palabra tenía que usar Wright para satisfaceros? ¿Debía renunciar a la fidelidad histórica porque os ofende un término racista empleado inercialmente en una obra que denuncia el racismo? ¡No me jodas, hombre! 

La novela ha sido adaptada al teatro y al cine en múltiples ocasiones. Sus tres versiones audiovisuales son, según parece, atroces. Espero que algún día se le haga justicia al material original en este medio.

Por último, sólo quiero destacar que Hijo nativo necesita urgentemente una reedición en nuestro idioma. Los ejemplares de segunda mano que pululan por internet están a un precio prohibitivo, y sería una auténtica lástima privar a los hispanohablantes de esta obra.   

jueves, 4 de octubre de 2018

Benito Pérez Galdós: Marianela

Idioma original: español
Año de publicación: 1878
Valoración: Recomendable



Marianela forma parte de las primeras novelas de Galdós, consideradas novelas de tesis (aquellas que plantean alguna teoría sobre cuestiones sociales, políticas o morales y de las que se objeta que la argumentación suele ir en detrimento de la trama). Pero aunque resulta evidente la finalidad pedagógica y educadora —y de crítica social— en Marianela, la indudable habilidad narrativa de Galdós hace que la historia fluya sin contratiempos y que el conflicto humano alcance una enorme intensidad. 

Resumen resumido: Marianela (en adelante, la Nela) vive en la miserable población minera de Aldeacorba. Es huérfana, pobre y todos la consideran diferente. Su complexión menuda y débil la inhabilita para trabajar en la mina o en el campo, por lo que acaba como lazarillo de Pablo, el hijo invidente de un adinerado lugareño. El cariño y el inflamado idealismo de Pablo prenderán en la Nela una chispa de ilusión y esperanza que se verá truncada con la llegada de Teodoro Golfín, un reputado oftalmólogo dispuesto a devolverle la vista al joven. 

El tema del ser marginal desde la óptica de la niña «salvaje» es el pretexto para retratar el egoísmo y la hipocresía de la sociedad, y para denunciar su responsabilidad hacia esos individuos que mediante la educación y el trato digno podrían salir de su triste abandono. El mensaje está perfectamente integrado en la historia, la historia emociona y el retrato social es preciso e implacable. Sin embargo, para poder disfrutar al máximo la lectura hay que aceptar de antemano una serie de convenciones: 
  • Las incursiones de un narrador en tercera persona que no tiene objeción en irrumpir para dar su opinión (narrador editorial) y que utiliza a algunos personajes para exponer sus argumentaciones, como sucede en este caso con Teodoro Golfín. 
  • La reiteración del discurso a lo largo de la novela: que la educación, la religión y el trato digno iguala a los individuos. 
  • El lenguaje solemne, plagado de ayayáis o de referencias a la religión cristiana. Sorprenden esos diálogos tan poco verosímiles y más tratándose de literatura realista, no obstante, se trata de una convención literaria presente no solo en las obra de Galdós si no en todas las de esa época:
«¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del cielo en pleno día! —exclamó el doctor con espontaneidad suma—. Dígame usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan magníficamente, no se acaba nunca?» 
Superadas dichas convenciones, son muchos los elementos que hacen de la lectura de esta novela una auténtica delicia: 
  • La ironía que subyace en toda la narración y que contribuye a aligerar el drama. El clímax y la confirmación de la mordacidad casi furibunda con la que el autor escribió Marianela se ve claramente en el epílogo final referido a la supuesta lectura de un artículo de The Times. 
  • El retrato minucioso de la sociedad rural de la época gracias a los distintos grupos humanos que aparecen en la obra como modelos contrapuestos: Los Centeno —la familia con la que malvive la Nela— son pobres y sin miras (a excepción de Celipín, del que hablaré más tarde). Los hermanos Golfín nacieron pobres pero su empeño y amplitud de miras les dio fortuna y una vida digna; no obstante, Carlos, el hermano menor, está casado con Sofía, una señorita de provincias que no ve más allá de sus narices. Y algo parecido sucede con la familia de Pablo, donde Florentina es la honrosa excepción. 
  • La fuerte presencia y simbología del lugar —un territorio agreste de grutas y acantilados y vestigios de una actividad minera en decadencia— gracias a unas descripciones precisas y poderosas: 
«(…) Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas, inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde siglos de siglos». 
Pero por encima de cualquier elemento que se quiera destacar está la Nela, un personaje único con unos conflictos que despiertan la empatía del lector. Su retrato, delicado y minucioso, rehúye las burdas etiquetas que han estigmatizado a todas las Nelas de la historia. ¿Qué aspecto tiene la Nela?, apenas algún dato suelto y poco concreto, dando Galdós amplia muestra de su astucia pues la Nela acaba siendo una construcción urdida en la mente de cada lector. Sabemos que tiene dieciséis años y sin embargo parece una niña, sabemos que no se la puede considerar bella pero ¿significa eso que es fea?, todo su entorno, incluso ella, parecen creer que sí (menos Pablo, por razones obvias) pero el recién llegado, Teodoro Golfín, hombre de ciencias y con mucho mundo resuelve que con la debida alimentación y cuidados podría ser como cualquier otra muchacha. Ese contrapunto hace que el lector no se interese por la belleza de la protagonista y sí por sus otras virtudes, satisfaciendo así uno de los mensajes que pretende inculcar Galdós: que la belleza externa se sobrevalora como consecuencia de la carencia de educación y otros valores. Porque, con todos sus defectos y faltas, la espontaneidad, bondad, sensibilidad o imaginación de la Nela resultan adorables: 
«¡Ay, ay con el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya… cuando has querido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas a la redonda… ¡cómo se conoce que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me muera en este momento si la tierra no se está más quieta que un peñón y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando el cielo, y sé cómo está gobernada toda esa máquina… (…)» 
Esta ingenuidad y frescura contrasta con su enorme autoconciencia en relación a su triste situación y al conflicto interior que alberga. En mi opinión, un personaje de primer orden que no ha recibido todo el reconocimiento que merece. 

El nivel de concreción que Galdós destina a la Nela o a los grupos humanos, se diluye en su mirada individualizada hacia cada personaje. Son simples y planos a consecuencia del hecho deliberado de estar únicamente al servicio del discurso y del conflicto; sin embargo, en el caso de Pablo esa indefinición en su evolución provoca que, para la inteligencia y sensibilidad que se le supone, al final quede retratado como un bobo. Como excepción, Teodoro Golfín sí está muy detallado, en su caso por ser la personificación del sentir humanista y progresista que Galdós defiende. También lo está Celipín (el menor de los Centeno) —cuyo temperamento queda perfectamente definido, para lo bueno y para lo malo—, que emprende su huida en pos de una vida mejor y cuyas cuitas quedan recogidas en otra novela de Galdós: El doctor Centeno, publicada cinco años más tarde. 

Por todo lo expuesto, Marianela me parece una obra recomendable que es, además, toda una declaración de amor y respeto hacia esas personas que al ser consideradas diferentes, acaban invisibilizadas bajo una etiqueta ramplona —el tonto del pueblo, el retrasado, el que «le falta un hervor»…—, humanizándolas y rompiendo una lanza por sus virtudes y sobre todo por su dignidad. 

Ya para acabar, Marianela tiene tres adaptaciones cinematográficas, dos españolas (1940 y 1972) y una argentina (1955), pero su mayor difusión fuera del ámbito literario se ha producido bajo los formatos de la radionovela y la serie televisiva. Hay que admitir que la historia (dramón con muchacha humilde) se presta a ello sin que eso deba considerarse un defecto. También existe una adaptación a novela gráfica publicada en 2013 de la que prometo hablar en otra ocasión.

Y en cuanto a la portada... también hablaré de ello próximamente.

Otras obras de Benito Pérez Galdós en ULAD: Fortunata y Jacinta, Torquemada en la hoguera, La sombraNazarín y Trafalgar.