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viernes, 10 de julio de 2026

Colaboración: Abejas grises, de Andréi Kurkov

Idioma original: Ruso

Título original: Серые пчёлы

Traducción: Esther Cruz Santaella

Año de publicación: 2018

Valoración: Muy recomendable (alto?)


Hacía tiempo que una novela no me dejaba ese sabor de buena literatura, esa sensación certera de estar leyendo algo sólido, de calidad inapelable. Las Abejas grises del ucraniano Andréi Kurkov lo han conseguido.

El libro narra la historia de Serguei, un hombre de mediana edad, solitario y taciturno, que decide quedarse en su pueblo de la cuenca del Donetsk pese a los enfrentamientos con Rusia tras el llamado Euromaidán. Bueno, decir que “decide quedarse” quizás sea excesivo: se queda como por inercia, porque desde que su mujer se marchó llevándose a su hija con ella, Serguei tiene poca motivación para tomar decisiones tan grandes. Además, aunque casi todos los vecinos han abandonado el lugar, quedan algunas personas que le hacen el día a día más llevadero. Y luego están sus abejas: Serguei es apicultor, y sus abejas valen mucho para él, no solo porque le supongan una fuente de ingresos, sino también porque, a su manera le hacen compañía. 

A pesar de la precaria situación de la zona, Serguei tiene una vida relativamente apacible. Sin embargo, cuando llega el verano y es el momento de que sus abejas vuelen libres, la realidad del conflicto militar le lleva a tomar la decisión, ahora sí de forma plenamente consciente, de irse a otra región menos peligrosa. Primero pasa un tiempo en otro pueblo ucraniano, y luego va a Crimea, a visitar a un amigo apicultor. Con el fin de la temporada, Serguei regresa a su pueblo, donde espera retomar su simple cotidianeidad. 

Con este argumento podría pensarse que la novela está construida como una especie de road-trip, pero no es así: la primera mitad del libro transcurre en el pueblo de Serguei, e incluso cuando comienza su viaje, la atención no está puesta en los traslados. Podría pensarse también que es un libro de guerra, un libro político, pero tampoco es exactamente eso: la guerra está presente, por supuesto, mas solo como un marco circunstancial. De lo que habla esta novela es de la vida humana en sí misma, de lo difícil y absurda que es.

La historia está contada en tercera persona y desde el punto de vista del protagonista, al que, poco a poco, sin artificios, vamos conociendo a través de sus acciones y, sobre todo, de sus reflexiones. Por eso, aunque en la novela pasen muchas cosas, la sensación de acción es relativamente pequeña, el libro parece casi lento. Y sin embargo le atrapa a uno desde el principio. Porque ver el mundo con la mirada sencilla y sin pretensiones de Serguei es un ejercicio existencialista tan sincero que resulta fascinante. Sin sentimentalismo ni afectación, uno disfrutaría de él en cualquier contexto. Pero si además el contexto en cuestión es un conflicto bélico, las reflexiones de nuestro protagonista cobran una profundidad más allá de lo meramente anecdótico: nos ponen de frente a situaciones universales. Porque la guerra, desgraciadamente, es universal. Y la decencia, afortunadamente, también lo es. 

Abejas grises deja un poso de melancolía optimista maravilloso. Esta es mi primera reseña en este blog y no me atrevo a darle la clasificación mayor de imprescindible. Lo dejo en un muy recomendable, ¡pero es un muy recomendable como una casa! 

Firmado: Yaiza P.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Clarice Lispector: Lazos de familia

Idioma original: portugués

Título original: Laços de Família

Traducción: Cristina Peri Rossi

Año de publicación: 1960

Valoración: Recomendable


La verdad es que no había oído hablar de Clarice Lispector hasta que varios de sus libros aterrizaron en ULAD, así que una vez más queda claro que aquí todos aprendemos de todos, o al menos soy yo el que aprende de todos. Casualmente cae en mis manos este Lazos de familia, que resulta ser un libro de relatos breves, lo cual no estoy seguro de que sea el medio más adecuado para testar a un escritor, pero es lo que hay. El libro se publica en 1960, cuando la autora brasileña, ucraniana de nacimiento, ya ha publicado algo de narrativa, incluyendo la que creo que es su primera y más celebrada novela, Cerca del corazón salvaje, escrita con solo veinticuatro años.

Ya puestos un poco en situación, podemos ir desgranando los distintos tipos de relatos que, con características bastante marcadas, componen el libro. Varios de ellos, colocados en la parte final, tienen un tinte muy de obra juvenil, con protagonistas adolescentes o poco menos, y un desarrollo más bien convencional. Narrados con pulcritud, son seguramente cuentos escritos años atrás que no aportan demasiado, con excepción de aquel (perdón por no recordar el título) que relata una agresión sexual, con un crescendo muy potente y una conclusión sobria que dan un resultado impecable.

Otro grupo de relatos se aproxima más a la fábula, con rasgos de humor y argumento más o menos insólito, como la historia de un perro, la más sorprendente de la mujer más pequeña del mundo, o aquella que tiene como protagonista a una gallina. Pasajes divertidos con un fondo simbólico resuelto con dignidad y eficacia.

Y quizá los cuentos más característicos, casi todos colocados al principio, son aquellos que hablan de historias cotidianas de mujeres, en tono intimista y algo brumoso, que bucean sentimientos e inseguridades que tienen que ver con el sufrimiento, el amor, la amistad o la soledad. Es escudriñar en la mente y el corazón de sus protagonistas, leer sus pensamientos y descubrir inseguridades, pequeñas envidias secretas o simplemente zonas de sombra que no conocemos pero que dejan cicatrices antiguas que no quieren ser borradas. Ocurre así en Feliz cumpleaños, uno de los relatos más brillantes, donde confluye la amargura de aquellas heridas con geniales golpes de humor.

Son finalmente narraciones que casi siempre carecen de desenlace, como trozos aleatorios de películas que se hubieran perdido: no sabemos qué hubo antes ni qué vendrá después, pero el cuadro es suficiente para transmitir emociones o definir personajes o parte de ellos. Y todo con la inconfundible seña de identidad de una prosa algo desconcertante, inexacta o improvisada, que provoca una sensación de frescura muy recomendable, a veces incluso con un punto excitante poco usual. Es en ocasiones una sintaxis forzada, en otras repeticiones o interrupciones que dan lugar a una expresión marcadamente personal a la que es difícil buscar parentescos, algo que hace de la lectura una experiencia gratificante aunque de vez en cuando, que todo hay que decirlo, peque de algún que otro exceso.


También de Clarice Lispector reseñado en ULADaquí

lunes, 30 de enero de 2023

Clarice Lispector: Cerca del corazón salvaje

Idioma original: portugués
Título original: Perto do Coração Selvagem
Traducción: Josep Domènech Ponsatí (trad. al catalán para Club Editor) y Basilio Losada (trad. al castellano para Siruela)
Año de publicación: 1943
Valoración: recomendable


Creo poder afirmar, sin equivocarme demasiado, que es habitual descubrir un autor a través de su último libro publicado. Es el poder del mercado editorial, que nos lo muestran por doquier para captar nuestra atención. Solo cuando un autor ha calado fuertemente en nuestras vidas es cuando nos adentramos a buscar sus obras iniciales, sus primeras experiencias literarias. En este caso, Club Editor nos ha facilitado el camino publicando, justo ahora, el primer libro de Clarice Lispector después de haber publicado su magnífico «Un soplo de vida» y «La hora de la estrella» (precisamente sus dos últimas novelas). Así pues, parece que quieran cerrar un círculo, espero que para rellenarlo del resto de sus obras.

El libro empieza con la protagonista, Joana, narrando una situación familiar: está ella en su hogar, siendo aún pequeña, con su padre, y se aburre soberanamente. Y en el aburrimiento se activa la imaginación, y así empieza una narración con su voz interna en la que deambulan sus inquietudes e ilusiones. De esta manera, vemos que ya en esta primera novela de la autora, escrita cuando tenía únicamente veintitrés años, Lispector expone lo que iremos viendo a lo largo de su carrera literaria y es algo destacable pues evidencia que su pulsión por escribir parte de un sitio concreto y, tras más de treinta años escribiendo, los temas que tratan son los mismos; algo que invita a pensar que por más que reflexionemos sobre la condición humana, nunca llegaremos a conocer sus misterios.

Ya en el segundo capítulo hay un salto temporal y se nos muestra a Joana en edad madura, con sus mismas inquietudes, pero más pobladas de miedos pues «incluso ni el placer me puede dar tanto placer como el mal, pensaba ella con sorpresa. Sentía en su interior un animal perfecto, lleno de inconsecuencias, egoísmo y vitalidad». Y en ese pensamiento negativo, la influencia de su tía, alguien a quien «la bondad le hacían tener ganas de vomitar». Así, la protagonista, vive en la incerteza y el desasosiego, en un desencaje continuo en el mundo que constatará a lo largo de su vida, afirmando que «pierdo la consciencia, pero da igual: encuentro la mayor serenidad en la alucinación» y la necesidad de encontrar algo que la hiciera vibrar, que la hiciera sentir viva, confesando que «incluso sufrir era agradable, porque mientras se soportaba el sufrimiento más vil, uno también existía».

De esta manera, vemos en este texto que Lispector muestra los pilares básicos sobre los que construirá su obra posterior y se perciben en él sus inquietudes en torno a la autoconsciencia, al conocimiento de uno mismo, el deseo y la muerte y la eternidad. También se evidencia su obsesión respecto al encaje de uno en un mundo que de manera permanente permanece ajeno, extraño, hostil. Así, Lispector hace gala de su dominio del monólogo interno, de sus continuos cuestionamientos sobre realidad, vida, ilusión y sueños. 

Estructuralmente, el libro es un continuo salto temporal de manera que los episodios, especialmente en su primera mitad se suceden de manera discontinua y aleatoria, dificultando en alguna ocasión el seguimiento de una trama que a veces no está perfectamente definida. Así, vamos conociendo la infancia de la protagonista Joana, ya huérfana, viviendo con su tía y su tío en una relación fría y distante mientras que a la vez vemos su vida ya adulta en una relación con Otávio, no siempre fácil ni placentera y con la presencia puntual pero reiterativa de un profesor del que nunca llegó a olvidarse y que aparece de vez en cuando en sus recuerdos, en los momentos en los que su relación con Otávio mengua. Un Otávio estricto y riguroso, metódico, a quien le obsesiona el orden, muy distinto de ella en cuanto a caracteres, pues «aquello que lo fascinaba y asustaba de Joana era precisamente la libertad con la que vivía».

Cabe decir que es admirable la capacidad de Lispector se elaborar una primera novela con un texto de tamaña profundidad y complejidad, y que esta sea el origen y la semilla de su obra posterior. Es como si el camino estuviera trazado desde un inicio, pues se percibe el estilo de la autora ya en esta primera obra, un estilo que, aunque con matices en lo referente a la profundidad o algunos temas tratados, seguirá con ella durante toda su vida literaria. Bien es cierto, que se nota la falta de experiencia y madurez literaria al evidenciarse en un cierto desorden argumental aún y teniendo en cuenta que Lispector acostumbra a esbozar sus ideas de manera algo desorganizada que al final encajen en el texto, pero la redondez en conseguir que este hecho suceda de manera orgánica solo se consigue con la experiencia. Por ello, se nota aquí cierta falta de cohesión en un argumento que se sostiene principalmente en las dudas e inquietudes de Joana pero a las que le falta algo de empaque para, a partir de ellas, trazar un argumento que las acoja y las absorba como parte de la propia trama. Así, el texto tiene sus mejores momentos cuando la autora transmite sus inquietudes existenciales por encima de los episodios en los que intenta centrar el relato en una trama que a veces se les va de las manos.

En cualquier caso, Lispector muestra sus grandes dotes cuando habla de su necesidad de salir de los límites de la literatura y de su propio cuerpo, afirmando que «cuando me descubro en el fondo del espejo, me asusto. Apenas puedo creer que tenga limites, que sea recortada y definida. Me siento esparcida por el aire, pensando dentro de las criaturas, viviendo en las cosas más allá de mí misma» porque «el sueño es más completo que la realidad. La realidad, en su inconsciencia, no me deja respirar. Al final, ¿qué es lo que importa: vivir o saber que vivimos?». Y en las dudas existenciales siempre aparece ese punto de nostalgia, pues a pesar de que «no debo olvidarme, pensé, de que he sido feliz, de que soy feliz. Más de lo que es posible. Pero me he olvidado de ello, siempre me he olvidado de ello».

Por todo ello, es muy fácil reconocer en este libro a la Lispector de sus obras mayores y viene a confirmar que el talento existe en uno mismo y que, uno puede modelarlo y perfeccionarlo, pero cuando el talento se lleva dentro, es imposible de frenarlo. Ya lo dice la autora en el propio libro al hablar sobre la relación entre el genio y la inteligencia porque «el genio no es tanto una cuestión de poder intelectual, sino de la forma en la que se presenta este poder». Lispector es un claro ejemplo de ello, sabiendo transmitir a la perfección sus inquietudes. 

Dice Lispector, hablando de su protagonista, que «durante unos segundos largos y profundos supo aquel espacio de vida era una mezcla de lo que ya había vivido y de lo que aún tenía que vivir, todo fundido y eterno». Al leer esta obra pasa algo parecido, podemos ver en él toda su obra, la ya escrita y la que le quedaba por escribir.

sábado, 21 de enero de 2023

Joseph Roth: Confesión de un asesino

Idioma original: alemán

Título original: Beichte eines Mörders

Año de publicación: 1936

Valoración: Recomendable


No soy partidario de leer los libros mediatizado por lo que pueda saber de su autor (personalidad, ideología, acontecimientos decisivos, etc.), y por eso procuro esquivar esas informaciones, al menos hasta haber terminado. Esta vez no pudo ser y, como parece inevitable, lo que leí acerca de Joseph Roth en una edición uruguaya resultó clave para entender al menos el porqué del personaje protagonista de esta novelita. Por lo visto, el padre abandonó la casa familiar al poco de nacer Joseph, y nada más volvió a saberse de él. Esta circunstancia parece que siempre sobrevoló la mente del escritor, y le indujo a especular/fantasear sobre la personalidad del padre huido.

Algo de esto le ocurre efectivamente al ruso cuyo relato llena las páginas de Confesión de un asesino. Reunidos los parroquianos de un bar cualquiera, entre los que se cuenta un periodista tras el que se entrevé al propio Roth, a raíz de un comentario suelto el aludido, el ruso, se decide a contar la historia de su juventud. Ante unos vasos que se van rellenando de tanto en tanto, relata el hombre que su apellido es Golubchik (en ruso, nada menos que Palomita), y que en realidad es hijo ilegítimo del príncipe Krapotkin. Esa dualidad en la filiación la lleva muy mal el muchacho, que desprecia a su progenitor legal (desprecio que se encarna en el absurdo apellido) y está decidido a hacer valer sus derechos frente al aristocrático padre biológico. 

Hay en el chico una buena dosis de rebeldía, algo bastante comprensible, y otro tanto de ambición, aunque en este caso su contenido no está tan claro como se podría suponer. Como decía, Golubchik reniega de su origen (solo respeta a la madre) y se reivindica frente al príncipe pero, aunque los derechos que reclama tienen en principio un evidente contenido económico, hay más que eso. En realidad, y aquí el libro tiene un tanto de novela de formación, hay una tempestad interna, una especie de rabia universal que, pese a la desorientación de la que el joven es consciente a ratos, parece que le llevase siempre a buscar la peor opción posible.

Y aquí aparecen nuevos elementos, en concreto un misterioso personaje, amable y atildado, que aparece y desaparece, y que a veces aconseja o simplemente acompaña al joven en las sucesivas aventuras en que se va viendo envuelto. Hay en ese tipo algo maligno que nunca se deja ver pero que el lector capta muy pronto de forma intuitiva. Y esa primerísima persona en que se desarrolla el relato, aparte de evocar un estilo muy de finales del XIX, acentúa por algún motivo esa sensación de incomodidad y hace pensar en personalidades trastornadas o conflictos de identidad, en presencias inquietantes que de alguna forma determinan la conducta. El tono me hace pensar en Meyrink, pero también en Perutz. 

Sin embargo, hay algo en la forma de escribir de Roth que resulta muy peculiar. Su prosa es de apariencia extremadamente sencilla, lo que encaja muy bien con una narración puesta en boca de un hombre corriente como es el protagonista. Pero si nos detenemos a escarbar un poco más encontramos sutileza en las imágenes, desenvoltura y mano diestra en el manejo del ritmo narrativo, y figuras retóricas impecables, en especial cosificaciones y personificaciones muy logradas que dan colorido y vigor a la historia.

Aunque en primer plano la figura del narrador ruso es la del joven decidido a hacerse valer aunque sin tener muy claro en qué dirección, de fondo tenemos una especie de corriente invisible, construida por su propia indecisión y seguramente dirigida por su misterioso amigo, que parece conducirle siempre por los caminos más espinosos, entre el engaño y el crimen, sin que sea capaz de resistirse aunque a veces intuya que puede o debería encontrar una salida.

Hay algo negro en su propio origen y una fuerza que le impide corregir el rumbo, lo que provoca una sensación de inquietud permanente, como si Roth nos estuviera diciendo que en esas circunstancias todo está escrito, que nada podemos hacer para escapar del destino y que cuando el Mal nos ha tocado, aunque ni siquiera lleguemos a distinguirlo, nos va a guiar a su antojo y sin remedio hacia la perdición.

Unas cuantas obras de Joseph Roth reseñadas en ULADaquí


miércoles, 7 de diciembre de 2022

Iury Lech: La divina probabilidad de los recuerdos extintos

Idioma original: Español
Año de publicación: 2022
Valoración: ¿Recomendable?

Bajo el precioso título de La divina probabilidad de los recuerdos extintos se esconde, al mismo tiempo, uno de los textos más extraños de este 2022 y uno de los más complicados de reseñar de los últimos años. A ver si consigo salir airoso.

Porque este pequeño libro de Iury Lech es un poema en prosa protagonizado por Wolef, especie de Maldoror metafísico, más escéptico que nihilista, que trata de descubrir el sentido del vacío en un mundo no humano a través de un progresivo despojamiento. ¿Aclara esto algo? 

Podríamos, así, etiquetar a La divina probabilidad de los recuerdos extintos dentro de la "ciencia ficción existencialista" (¿existe?) y de ahí que uno imagine a Wolef como uno de los astronautas de 2001, una odisea del espacio o como un feto flotando en líquido amniótico (¿Me estoy flipando?) mientras de fondo suena música de Karlheinz Stockausen o mientras Roger Wolfe (¿es casual esta coincidencia?) recita con su voz grave alguno de sus poemas.

Es precisamente esa parte poética del texto la que más me ha interesado. Posee tal potencia sugestiva, tal fuerza evocadora y el uso del lenguaje acompaña de forma tan precisa el viaje interior de Wolef que cumple con los parámetros que toda buena poesía ha de tener: capacidad de remover, de sugerir, de impactar de una u otra forma al lector.

El problema está en que esta parte poética es tan apabullante que acaba comiéndose, en cierta forma, a la parte narrativa. En mi caso, me resulta tan complicado separarme de aquella que no llego a disfrutar del todo de esta. Es este desequilibrio, además de su naturaleza extraña e híbrida, lo que hace que el libro no sea recomendable para todo tipo de lector. 

Solo queda atreverse a entrar en el tratado lógico-filosófico wolfiano, en sus indagaciones metafísicas, en su conciencia y en sus recuerdos y dejarse llevar. Y que cada uno llegue hasta donde quiera y pueda. 

jueves, 21 de julio de 2022

Clarice Lispector: La hora de la estrella

Idioma original: portugués
Título original: A hora da estrela
Traducción: Josep Domènech Ponsatí (trad. al catalán para Club Editor) y Ana Poljak (trad. al castallano para Ediciones Siruela)
Año de publicación: 1977
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


De estilo muy marcado y diría que inconfundible, la literatura de Lispector envuelve la propia literatura. En esta obra, la última publicada por la autora un mes antes de su muerte, nos sitúa de nuevo en un plano metaobservador, pues nos ubica justo encima del hombro del propio escritor del relato, añadiendo a la relación entre autor y personaje(s) una capa siempre interesante a la propia creación con el diálogo constante entre lector y autor.

La autora parte de una «Dedicatoria del autor» donde a modo de prefacio se confiesa afirmando que «yo medito sin palabras y sobre la nada. Lo que me perturba la vida es escribir» a lo que añade que «se trata de un libro inacabado porque le falta respuesta. Respuesta que espero que alguien en el mundo me dé». De esta manera, y como haría de manera similar en «Un soplo de vida» (su obra póstuma escrita poco después), en este libro la autora se encarna en un escritor, Rodrigo, quien se convierte en su alter ego a través del cual se nos dirige y nos traslada sus dudas e inquietudes en el proceso narrativo. Así, Lispector da voz al creador (de personajes, de mundos, de vida y de muerte) de la narración y somete y tensa la relación entre escritor y personajes, a los que supuestamente da vida (si bien en manos de Lispector cobran vida propia). Así, en este continuo debate entre obra y autor, los personajes parecen ansiar dominar el relato, salirse de un esquema que se ofrece difuso pero inmaculado, impolutamente abierto a la fortuna de sus personajes y el escritor lucha con ellos y con él mismo en una tensión constante para que cobren vida sin que sea propia, porque ya el propio Rodrigo confiesa que «mientras tenga preguntas y no haya respuesta continuaré escribiendo». 

Lispector admite que sus personajes se van formando mientras piensa en ellos, les da forma a la vez que el autor da forma al libro. Así, en el centro de su creación, Rodrigo dibuja y moldea su personaje central, Macabéa, una nordestina (como la propia Lispector), un ser prácticamente indefenso, alguien quien «apenas tiene un cuerpo para vender, nadir la quiere, es virgen e inocua, nadie la echa de menos» y teje en torno a ella un relato desde el que la idea, le da vida y la guía en sus desventuras, acompañándola para no dejarla sola, para no abandonarla como todos han hecho porque «nada en ella era iridiscente (…) no tenía ese algo delicado que se llama encanto. Solo yo la veo encantadora. Solo yo, su autor, la amo». Pero Macabéa, a pesar de su carácter frágil, sobresale entre aquellos que la rodean. Vive entre prostitutas, pero ella es mecanógrafa. Así se rebela contra un mundo que le ha tocado en suerte (o en desgracia) y se debate entre un porvenir desalentador y el anhelo de una vida mejor a la vez que conoce a Olímpico, «un diablo ganador y vital», un chico duro, agresivo, de carácter violento aunque contenido, con malas intenciones pero disimuladas a través de un supuesto refinamiento. «Olímpico era un camorrista (…) haber matado y robado hacía que no fuera ‘un simple mierda’, eso le daba cierta categoría». Ella percibe ese fondo oscuro pero ¿quién es ella para juzgar y para elegir? Ella sueña en voz alta, viste su vida de ilusiones. Él las destruye, las aplaca, la devuelve a la realidad con aterrizajes bruscos porque «Olímpico quizá veía que Macabéa no tenía la fuerza de la raza, era un subproducto».

Estilísticamente, el relato empieza desde la reflexión consciente, con un ritmo pausado; Rodrigo se autoimpone un ritmo de escritura lento pues, a pesar de que tiene ganas de llegar al final de la historia, necesita ir poco a poco pues «ni yo mismo sé todavía cómo acabará todo» y confiesa sin tapujos que «sospecho que toda esta cháchara la hago únicamente para aplazar la pobreza de la historia, porque tengo miedo». Así, escribe sin prisas, descubriendo la historia a medida que avanza en ella y sin premura porque «sé perfectamente que cada día es un día robado a la muerte» y que «aquello que madura del todo se puede pudrir». Esta parte inicial es su mejor parte, en el debate entre autor y personaje, entre destino, voluntad y albedrío, más que la propia historia contada.

Lispector narra desde la oscuridad de unos personajes que se debaten de manera constante sobre quienes son, sobre su futuro, sobre la vida y la muerte. Ya afirma la autora, en boca de Rodrigo, que «mi fuerza se halla en la soledad. No tengo miedo de lluvias tempestuosas ni de grandes ventadas alzadas, porque yo también soy la oscuridad de la noche». En boca de Rodrigo afirma que «lo que escribiré ya debe estar escrito de algún modo en mí» y que «escribo porque soy un desesperado y estoy cansado, no soporto más la rutina de serme» y afirma que «la tristeza era una alegría fracasada». Y para ello construye esta historia, y «trataré de hacer, contra mi costumbre, una historia con inicio, desarrollo y ‘gran finale’ seguido de silencia y de lluvia que cae». Lispector consigue su propósito, y tiñe el retrato de unos personajes y de una lluvia que, aunque fina, cala sus huesos por ser constante, continua, y sin poder atisbar ni cuando empezó ni cuando terminará.

miércoles, 14 de julio de 2021

Clarice Lispector: Un soplo de vida

Idioma original: portugués
Título original: Um sopro de vida
Traducción: Josep Domènech Ponsatí (ed. en catalán) y Mario Merlino (ed. en castellano)
Año de publicación: 1978
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Hay decisiones editoriales que, si bien son algo arriesgadas, su resultado final justifica sobradamente la elección tomada. Este es un claro ejemplo de ello, pues este magnífico libro de Clarice Lispector, si bien fue terminado de escribir en vísperas de la muerte de la autora, su edición y publicación no llegaría hasta un tiempo más tarde, después de la recopilación y ordenación de los manuscritos por parte de amiga y secretaria Olga Borelli. El resultado es un libro realmente interesante, y un digno legado a una escritora de un talento descomunal.

El libro consiste en una suerte de diálogo entre un escritor y Ángela Pralini, la protagonista que él ha creado para su relato, una conversación que se establece con un punto de partida meridianamente neutro, virgen, como prólogo a una aventura de (auto)conocimiento que se desarrollará a lo largo de todo el libro y que parte desde la duda y la incerteza del escritor sobre él mismo y sobre su obra, porque «escribo como si tuviera que salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida», porque el escritor (más que probable alter ego de la propia autora) se encuentran en un episodio vital en el que la duda aflora, porque «el día transcurre fuera sin más ni más, y hay abismos de silencio en mí». Y el escritor, consciente de esos silencios y de lo que significan, se confiesa al lector afirmando que «tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente.».

Con este propósito, el escritor crea un personaje que debe construir y entender a medida que conversa con él, y que le sirve de espejo en el que ver reflejada su propia personalidad porque ya el propio escritor asegura que «Ángela se asemeja mucho a mi contrario». Por ello, no se trata de un libro fácil ni para un público amplio; Lispector juega con el lector porque juega con ella misma, juega a dibujarse y a encontrarse, pero juega también a perderse para conocerse más, a explorar dentro de ella misma para comprenderse mejor, y eso solo puede producirse partiendo desde un punto desdibujado y sin un horizonte fijo, porque «escribir es una indagación», porque «escribo para aprender. Me he escogido a mí mismo y a mi personaje —Ángela Pralini— porque a lo mejor, a través de nosotros, podré entender esta carencia de definición de la vida». Por ello, el propio escritor afirma que «Ángela es más que yo mismo. Ángela no sabe que es un personaje. Por otro lado, puede que yo sea el personaje de mí mismo (…) Ángela es mi necesidad» y «me pregunto si he creado a Ángela para poder tener un diálogo conmigo mismo. La he inventado porque necesito inventarme».

De esta manera, con un enfoque crípticamente reflexivo, las palabras que brotan de la mente de la autora aparecen y flotan, esperando unos breves instantes en el limbo de la conciencia hasta reposar definitivamente en un texto que ordena su exposición a la vez que nos desordena por dentro, buscando en el propio texto a la autora que no se esconde pero sí se camufla en un alter ego elegido para retratarse a sí misma desde fuera y así poderse observar y narrarse, porque mientras el escritor narrador vive su vida encerrado en sí mismo, Ángela es lo opuesto, es la liberación, es alguien sociable, alguien con todo el potencial y todas las opciones que el autor se autolimita y restringe; «Ángela, ágil, graciosa, llena del repique de campanas. Yo como si estuviera atado a un destino. Ángela con la ligereza de quien no tiene ningún fin», porque «Ángela se va haciendo continuamente y no tienen ningún compromiso con su propia vida, ni con la literatura ni con ningún arte».

Lispector, consciente de su débil estado de salud al escribir este libro, nos habla a través del autor afirmando, y dirigiéndose a Ángela, que «sabe que solo una vez será llamada y escogida. Cuando la Muerte quiera. A Ángela no le gustaría. Ahora bien, por lo que hace referencia a mí, ya estoy preparado y casi a punto para ser llamado». Y mientras la voz del Autor se apaga y se va hundiendo en una triste realidad que le acecha y le carcome, la de Ángela va creciendo, soltando su indefinición inicial, se levanta y vuela libre sin topes ni límites que la aten a ningún impedimento, ni tan siquiera a los del propio autor que la empieza a sentir lejana, descontrolada, inalcanzable, como si se escapara de unas manos que otrora tensaran unas riendas que se vuelven ya flácidas, rotas y desvanecidas en manos de su creador, de su ideólogo, de su autor.

Así, el libro consiste en esos diálogos constantes entre autor y Ángela en el que las dudas existenciales recaen sobre el autor, mientras que Ángela tiene un concepto muy claro y definido sobre ella misma porque el escritor es consciente que, en el fondo, «Ángela fue creada, pero ahora me toca a mí hacerme un hombre nuevo». Así, paradójicamente, es Ángela avanza incontrolable hacia alguien perfectamente definido, que sabe quién es y cómo es, mientras que el autor nada en el desconcierto constante y se ve superado por la afirmación incesante de su propio personaje. Las certezas de ella tienen como reflejo las dudas de él, porque «tuve que inventar un ser que fuera todo mío. Pero lo que ocurre es que ella está ganando demasiada fuerza».

«Ángela —si realmente pudiera escribir— expondría ideas en sucio, porque es incapaz de dirigirse a un posible lector con el desorden espontáneo que utiliza en este libro»; es así como la autora utiliza un alter ego para reflejar en el propio libro el estilo que su personaje utilizaría en el caso de escribir. De esta manera, el libro traza una línea invisible entre el proceso que va del pensamiento a la escritura y cuestiona de forma metaliteraria el propio acto de escribir y el resultado que de él se pretende conseguir. Así Lispector se disocia en Ángela y su autor para establecer los parámetros bajo los cuales se forma una obra, en concepto, ejecución y resultado, componiendo un relato cohesionado en el cual no existe división entre autor y lector sino que su relato forma parte del conjunto que conforma el propio universo creativo.

Por ello, el libro que ha escrito Lispector es una confesión sobre el sentido de la escritura, sobre cómo este va intrínsecamente ligado a los sentimientos y a la propia persona. La escritura como acto de existir. La escritura como acto de sentir. Inseparable lo uno de lo otro, la escritura toma cuerpo en los textos de Lispector y une sentimientos con palabras, tejiendo un relato en torno a la imbricación entre el arte de escribir como apéndice, como extensión, al acto de sentir y de existir porque «quiero escribir con palabras tan ligadas las unas con las otras que no haya intervalos entre ellas y yo», porque «escribiendo únicamente una línea a veces es suficiente para salvar el corazón de uno mismo».

En esta obra póstuma de Lispector, escrita en sus momentos finales cuando padecía el cáncer que acabó con su vida, la autora no pone un punto final a su carrera, sino justo lo contrario: es un punto de partida, un punto que parte del ahora y aquí, pues «no empiezas por el principio, empiezas por el medio, empiezas por el instante de hoy» (y que enlaza con el it de «Agua Viva»); es la desconstrucción de una vida que utilizando la figura de un escritor y su protagonista sirven a la autora para recomponerse desde el inicio, empezar de nuevo, desplegar un lienzo en blanco sobre el que esbozar, como si pudiera comenzar de nuevo, su vida, sus temores, indagando en quien es y quien quiere ser. No es una mirada atrás de la vida de la propia autora, sino un nuevo punto de partida, un nuevo inicio, un nuevo comienzo surgido desde una nada, desde el ahora sin tener en cuenta el antes; cómo la propia autora expone afirmando que «para poder escribir, antes tengo que liberarme de las palabras»; la autora hace lo propio con ella misma, despojándose de su propia existencia para poder entenderse. Una vida iniciada de golpe, como un despertar que aparece justo en el momento en que su existencia se acercaba al sueño eterno.

Dice Lispector, en boca del escritor protagonista, que «yo, como escritor que soy, esparzo semillas»; unas semillas que, de caer en tierra fértil, arraigan en uno mismo y hacen que brote con fuerza el ansia de la lectura. Lispector es una de las grandes autoras, no cabe duda, y así como afirma, con extrema belleza y atino que «la mariposa es un pétalo que vuela», dejemos que su vuelo repose en nosotros mientras, bajo su aparente suavidad, se nos desvele un torrente inalcanzable de verdades duras y certeras que buscan «para cada palabra el crujido inconsciente de un sentimiento conmovedor» en una vida difícil y compleja de la que a veces, como última opción, nos queda «refugiarnos en la locura, porque con la razón no nos basta».

sábado, 27 de febrero de 2021

Clarice Lispector: Agua viva

Idioma original: portugués
Título original: Água viva
Traducción: Elena Losada
Año de publicación: 1973
Valoración: muy recomendable

Hay autores que, por motivos que se me escapan, no caen cerca de los círculos en los que nos movemos habitualmente para encontrar libros que nos llamen la atención y que no se queden únicamente en eso, sino que consigan que, una vez terminada su lectura, acabemos maldiciéndonos por no haber sido capaces de percatarnos de su existencia. Pero nunca es tarde si queda tiempo para remediarlo. Y aquí estamos leyendo a Clarice Lispector pues, gracias a que hace poco se cumplió el centenario de su nacimiento, se vuelve a hablar de ella. Algo que nunca debió dejar de hacerse.

En este breve e intenso libro de únicamente cien páginas, que me sugirieron como puerta de entrada a la obra de la autora, se nos presenta ella misma delante de un cuaderno, liso, blanco, virgen y, con ello, abierto a las infinitas posibilidades que ofrece aquello que aún no ha empezado, afirmando que «tengo un poco de miedo: miedo de entregarme, porque el próximo instante es lo desconocido. ¿El próximo instante está hecho por mí? ¿O se hace solo?». Porque una de sus obsesiones con este libro es la búsqueda incesante del presente continuo, del momento, porque «estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante-ya, que de tan fugitivo ya no existe porque se ha convertido en un nuevo instante-ya que tampoco existe». Lispector constata, con pesar, que es tarea imposible, pues «quiero capturar el presente que, por su propia naturaleza, me está prohibido; el presente se me escapa, la actualidad huye, la actualidad soy yo siempre en presente».

De esta manera, el libro es una suerte de reflexiones y pensamientos que huyen de cualquier canon preestablecido, que huyen incluso de la propia literatura, porque ya la autora reconoce, de manera franca y honesta, que «esto no es un libro porque no se escribe así». Y, en ese viaje hacia el interior de sí misma, en esa introspección infinita e inacabable, se permite abrir una única salida al exterior de ella misma, dirigiéndose al posible lector que bien podría ser su antiguo amor, su ser querido, a quien interpela y escribe, con tristeza y añoranza, que «un día dijiste que me amabas. Finjo creerlo y he vivido, de ayer a hoy, en un amor alegre. Pero recordarse con nostalgia es como despedirse otra vez». Y se confiesa ante el libro como ante ella misma, porque «quiero escribirte como quien aprende. Fotografío cada instante. Profundizo en las palabras como si pintase, más que un objeto, su sombra». Y, en ese trayecto hacia la búsqueda de la verdad de su propia existencia la autora se sabe voluntariosa pero infructífera, al dudar de ella misma, pues «he profundizado en mí pero no creo en mí porque mi pensamiento es inventado».

La prosa de Lispector tiene una musicalidad poética envidiable, las palabras no únicamente fluyen, sobrevuelan el texto esperando a ser absorbidas, impregnando al lector. Como un canto al infinito, da la sensación de que la autora no pretende convencernos de nada, es consciente de que la potencia de sus palabras logrará tal efecto sin esfuerzo (aparente) por su parte. Lanza palabras como lanza ideas, dejando a merced del lector su comprensión y acierto en el disparo. Porque «escribir es la manera de quien usa la palabra como un cebo».

Ya la autora apunta, con falsa modestia pero tremenda intencionalidad su deseo, o inevitable atracción, en la indagación al encuentro de ella misma, pues «quiero poner en palabras pero sin descripción la existencia de la gruta que pinté hace algún tiempo, y no sé cómo». Una gruta donde ella reside y desde la cual vuelve la mirada hacia dentro de sí misma, para averiguar, para encontrar y encontrarse, afirmando, de manera aciaga, que «debo por fatal y trágico destino conocer tan sólo y experimentar tan sólo los ecos de mí, porque no capto el mí propiamente dicho». Así, nos escribe desde el agujero en el que habitan todas las dudas y sombras, afirmando que «procuro distraerme del miedo. Pero ya hace mucho que pararon los golpes reales, estoy sintiendo el incesante redoblar en mí. Del que tengo que liberarme. Pero no lo consigo, el otro lado de mí me llama. Los pasos que oigo son los míos».

Y, en ese pesar que sobrevuela sus palabras, la permanente búsqueda del presente para no afrontar un futuro certero, inapelable, inevitable, el de la muerte, siempre presente y acechante, resignándose a reconocer que «voy a morir; siento esa tensión como la de un arco a punto de disparar la flecha». A pesar de que la vida tampoco es fácil, porque «vivir es tan incómodo. Todo aprieta, el cuerpo exige, el espíritu no para, vivir parece tener sueño y no poder dormir, vivir es incómodo» y, a pesar de ello, la constatación de que la única salida es la alegría. «Estoy alegre en este instante porque me niego a ser vencida, y entonces amo. Como respuesta (…) mi propia muerte y la de los que amamos tiene que ser alegre, no sé todavía cómo, pero tiene que serlo». Y, a pesar de que «estoy preparada para el silencio grande de la muerte», tiene claro que «quiero morir con vida».

Lispector nos ofrece en esta obra compleja una reflexión profunda y constante, a la vez que fragmentada, sobre la vida, la muerte, la existencia, el tiempo, el deseo, el destino, el futuro y el pasado como elementos inseparables y eternamente ligados bajo ciclos temporales que son uno mismo. Con una prosa de estilo poético y atmósfera abstracta, incide en la representación de la vida en su propio cuerpo, sometiéndolo a base de preguntas sin respuestas, a base de inquietudes no subsanadas, a base de incertezas y pensamientos que rozan la desmesura en un exceso que la arrastra a la casi obsesión. 

«Agua viva» es una novela (por decirlo de alguna manera) compleja y torrencial, donde la autora lanza de manera continua reflexiones sin mostrar en ello un descontrol narrativo, o al menos no superior al que se acumula en su cabeza y en el que nos hace partícipes, quien sabe si para poder poner en palabras sus pensamientos y ordenar así ciertas nociones y conceptos sobre la irracionalidad de la vida. Y se nos muestra honesta y franca, reconociéndolo al afirmar que «te escribo porque no me entiendo», y acierta al escribir que lo que hace en este libro es improvisar, «improviso como en el jazz se improvisa la música, jazz furioso, improviso en el escenario». Lispector es consciente en todo momento de su aparente caos, reconociendo sin excusas que «no es un mensaje de ideas lo que transmito y sí una instintiva voluptuosidad de lo que está escondido en la naturaleza y que adivino. Y ésta es una fiesta de palabras». Sin duda lo es.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Sigismund Krzyzanowski: Biografía de una idea y otros relatos

Año de publicación: 1991
Traducción: Marta Sánchez-Nieves
Valoración: Bastante recomendable

Un par de aclaraciones previas:

1ª) Es todo un acto de justicia poética que una editorial de nombre Ediciones del Subsuelo publique a Sigismund Krzyzanowski. ¡Y es que la historia de este autor es cuanto menos curiosa! Krzyzanowski (Kiev, 1887 - Moscú, 1950) dejó escritas más de 3000 páginas, pero, "gracias a la censura de la época", no vio en vida ni una sola página publicada. No fue hasta 1989 cuando algunos de sus escritos vieron la luz. 

2ª. (y derivada de la 1ª) Normalmente, encabezamos nuestras reseñas con un "título original" e "idioma original". En este caso,es imposible. Esto se debe a que los relatos recogidos en este volumen fueron escritos (en ruso) entre 1922 y 1930 y publicados por vez primera, para más inri en francés, en 1991 por la parisina editorial Verdier (gracias, Laura, por la explicación). Vamos, un lío de narices.

Dicho todo eso, resulta increíble que Krzyzanowski haya permanecido inédito durante décadas ya que se trata de un autor cercano a las vanguardias de la época, al menos en apariencia, y que podríamos emparentar con algunos de sus contemporáneos (Kafka), con autores posteriores y por todos conocidos (Don Jorge Luis Borges) e incluso con algún autor de nuestros días (y aquí me viene a la cabeza el nombre del amigo Cartarescu). Casi nada, ¿eh?

Los siete relatos recogidos en "Biografía de una idea...", pese a cubrir un período de ocho años, guardan una coherencia temática y estilística que hace que el conjunto no muestre apenas fisuras. Todos ellos parten de hechos reales, triviales incluso, en los que entran en juego sucesos "paranormales". Algunos ejemplos: una tranquila velada en un restaurante en la que irrumpe un vendedor de sistemas filosóficos (o de aforismos), un homenaje a Schiller tras el cual cobra vida la estatua del autor, una relación amorosa en la que uno de los amantes observa su futuro en la pupila de la mujer amada, un grafólogo que trabaja detectando falsificaciones al que se le aparece un hombrecillo en el caracolillo de una rúbrica, un poeta abandonado por su prometida que ve un herrumbroso cartel según el cual se "reparan corazones", etc

Hechos irreales, surreales, fantásticos, casi de ciencia ficción, que atraviesan los sucesos de la vida cotidiana y que hacen que la ficción se estire, rozando por momentos lo inverosímil, sin llegar a ocultar la realidad que le tocó vivir al autor. De hecho, algunos de los relatos pueden leerse en el contexto político de la época, con un Lenin ya gravemente enfermo (o muerto, según la fecha de los relatos) y Stalin y su troupe accediendo al poder. Así, "Biografía de una idea", "El tema ajeno" o "Los poco-poquísimos" tienen una clara lectura política.

Pero no hemos de reducir los relatos de Krzyzanowski a textos políticos. Son, por encima de todo, relatos cargados de imaginación en los que caben desde apuntes sobre el canon literario de la época ("Por eso") hasta temas más existenciales o filosóficos, pero siempre desde un punto de vista de lo más original.

Quizá esta originalidad de la que hablo hace que, en una primera lectura, los relatos de Krzyzazonwski resulten raros o difíciles, pero eso no debe hacernos decaer. Conviene volver atrás, empezar de nuevo y tratar de entrar en un mundo sugerente, oscuro y extraño del que quizá no consigamos salir indemnes. ¡Quién sabe si ese fue el miedo que provocó en los censores soviéticos!

martes, 31 de enero de 2017

Semana de la Revolución Rusa #2: Caballería Roja de Isaak Bábel

Idioma original: ruso
Título original: Konarmia
Año de publicación: 1926
Traducción: Ricardo San Vicente
Valoración: bastante más que recomendable


Isaak Emanuilovich Bábel fue un niño judío de Odessa, hijo de un comerciante, y un superviviente del pogromo de 1905. Su adolescencia fue la de un estudiante de francés en el Liceo y del Talmud en su casa; se convirtió en un joven francófilo y aspirante a escritor en Petrogrado, discípulo y protegido de Gorki. Fue también un soldado del Zar durante la Gran guerra y un soldado -y periodista- del Ejército Rojo durante la guerra civil revolucionaria; se convirtió, al fin, en un escritor de gran fama. Acabó siendo un represaliado por el régimen de Stalin, y por orden de éste (tras la muerte de Gorki y la caída del jefe de la NKVD Yazhov, marido de su amante); detenido por Beria, torturado y ejecutado en 1940. Sus obras fueron prohibidas y su nombre borrado de los registros literarios soviéticos, hasta su rehabilitación en 1954. Fue sobre todo, y a nadie le puede caber duda tras leerlo, un gran escritor.

Los relatos recopilados en Caballería Roja fueron publicados, en principio, por varias revistas y periódicos revolucionarios entre 1923 y 1926, aunque la mayoría fueron escritos en 1920, durante la campaña del Ejército Rojo contra Polonia (la llamada "Guerra Bolchevique", por los polacos), en las regiones fronterizas de Volinia y Galitzia. Ya digo que Bábel participó en ella sirviendo en el Primer Ejército de Caballería o Konarmia, y también como cronista de guerra, así que vivió de primera mano la realidad que luego quedó palsmada en sus escritos. Y la realida que nos cuenta Bábel dista mucho de las visiones heroicas o idealizadas de la guerra -algo que le fue reprochado desde el poder soviético y le valió a animadversión del mariscal Budionni, que comandaba ese Primer Ejército de Caballería-; lo que aquí se nos cuenta parece más bien un trasiego de efectivos militares sin sentido ni objetivo, un movimiento más propio de pollos sin cabeza que de un ejército organizado, más ocupado en resisitir lasa agotadoras marchas, acampar en sórdidas aldeas y asesinar a curas y judíos que en combatir al enemigo. Incluso cuando esto al fin sucede, da la impresión de que los actos de valor y sacrificio tienen su origen más en la demencia que en el heroísmo.

Aún así, uno siente, no tanto como cariño, pero sí cierta comprensión y aprecio por los personajes que retrata Bábel, peones arrojados sobre un tablero donde, por un momento, parecía haberse cristalizado la Historia: cosacos bolcheviques que aprecian más a sus monturas que a sus propias vidas -no digamos ya a los prisioneros o incluso a sus propios compañeros-, alambicados judíos hasídicos, correosos mujiks, pintores de iconos heretizantes; combatientes revolucionarios que arrastran tras de sí la barbarie de los viejos tiempos, junto a la deshumanización de los nuevos... toda una legión de individuos que parecen más zarandeados que protagonistas de la época que les había tocado en suerte, más desconcertados que pletóricos de fervor por la Revolución, a pesar de ser capaces de matar en nombre de el proletariado. Aunque a su aire, eso sí, porque una de las cosas que traía de cabeza al "despiadado" Liútov -nombre utilizado por Bábel durante su estancia en la caballería-, además del poco aprecio que sentían los cosacos por un cuatro ojos como él, era ver cómo sus compañeros se pasaban por el forro los procedimientos establecidos por los comités revolucionarios de turno... las diferencias entre la teoría y la práctica, supongo.

Tal vez exagero: pese a la tensión que se percibe bajo la superficie de la prosa de Bábel, ésta, acerada y elegante hasta casi lo insoportable (perdón por la hipérbole) trasluce, al fin y al cabo, una cierta resignación ante lo inevitable, una digna calma que debe ser lo que queda cuando todo parecer estar abocado al despropósito y hasta al absurdo. Lo que nos queda a nosotros tras leer este libro de relatos -aunque no relatos al uso, la mayoría de ellos, de manera que incluso se podría considerar, sin errar demasiado, como una novela- es la sensación de que la guerra, cualquier guerra, aún la más idealista (y aunque parezca una perogrullada), no deja de conllevar una enorme tristeza.


martes, 6 de diciembre de 2016

Nikolái Gogol: Tarás Bulba

Idioma  original: ruso
Título original: Тара́с Бу́льба
Año de publicación: 1842 (versión definitiva)
Traducción: José Fernández Sánchez
Valoración: recomendable

Reconozco mis carencias como lector en lo que a literatura rusa se refiere (excepto en lo que atañe a mi admirado Chéjov); es más, durante bastante tiempo solía confundir a unos escritores con otros... no a Tolstoi o Dostoyevski, que conste, pero sí a Pushkin, Gorki, Gógol... De este último, además, sólo había leído, hace ya tiempo, un divertido cuento, La nariz, en el que un tipo peersigue a su propia nariz fugitiva por todo San Petersburgo; a pesar de esa grata lectura, no había vuelto a repetir con este autor, hasta que por fin,  impelido por mi mala conciencia, pero también por las elogiosas reseñas de otras de sus obras que han escrito mis compañeros, decidí ponerme con esta novela, que lleva el nombre de un legendario cosaco del Niéper.

¿Conocen ustedes la expresión "beber como un cosaco"? Pues a tenor de esta novela, no sólo tiene razón de ser, sino que se queda incluso corta: los cosacos de la época en que está ambientada (siglo XVIII), además de que se pasaban el tiempo más mamados que el mosquito del tonel de vino de los versos quevedianos, -excepto cuando se dedicaban al nobel arte de la guerra, hay que decir, momento en el que la embriaguez era castigada con la muerte-, parece que consideraban el de la borrachera como el estado ideal del hombre comme il faut, esto es, del cosaco (el otro momento ideal para ellos era el de estar destripando enemigos, claro). Borrachos y orgullosos, pues, aunque no fuesen seguidores del Oi! ochentero. Borrachos y exaltadores de la más indestructible fraternidad masculina, aunque no fueran una cuadrilla de txikiteros vascos. Borrachos y defensores a ultranza de la fe cristiana, sin ser una cofradía de "capillitas" ahítos de rebujito (por otro lado, hay que aclarar que para los cosacos la verdadera iglesia cristiana era la ortodoxa, considerando a los católicos como perros herejes). Borrachos y más patriotas que una caterva de neonazis hispánicos entonando el Deutschland Über Alles... Borrachos, valientes, crueles, generosos, anárquicos y libres.  Así eran los cosacos, según los pinta Gógol, además de fanáticos la virilidad más militante -de hecho, las pocas mujeres que aparecen aquí no son más que un estorbo para ellos o una fuente de problemas-; la testosterona les sale por las orejas, a esta gente...

Tampoco es que Gógol haga un panegírico, sin más, del mundo cosaco; es evidente que era demasiado inteligente y buen escritor para caer en eso. De hecho, buena parte de la novela trasluce un humor socarrón -en especial en la relación entre Tarás y el judío Yárkov-, hasta el punto de dar la impresión, a veces, de que el autor se trae una buena coña a costa de sus cosacos. Lo que no significa, por supuesto, que no admire al tiempo su valentía y su entrega. Gógol tiene la suficiente sabiduría y talento literarios para plasmar estas legendarias cualidades del alama cosaca, así como su amor por la libertad, pero también sus defectos, y dar buena cuenta de las tropelías que iban perpetrando a su paso, al igual que nos narra su sufrimiento, pero también el de sus víctimas, tanto "liajes" -o sea, polacos- como judíos. También, al parecer, en la primera versión, de 1835,  el tono de la narración exaltaba más lo ucraniano, llegando a considerarse incluso "antirruso", por lo que Gógol lo corrigió en la versión definitiva.

Ahora bien, aparte del retrato entre guasón y descarnado de la beodez y la brutalidad que se lee en la novela, ésta tiene un trasfondo de más enjundia: Tarás Bulba, en realidad, es una historia sobre la paternidad, sus obligaciones, cuitas y, sobre todo, sus limitaciones -la novela, olvidaba decirlo, comienza cuando los dos hijos de Tarás vuelven a casa después de haber estudiado en Kiev-; los problemas vienen a ser los mismos que han tenido todos los padres a los largo de la Historia con sus hijos, desde el pobre Adán, que ya sabemos la que liaron sus vástagos. Claro, que no es lo mismo que tu retoño se pegue con otro niño por un columpio en el parque y tengas que poner orden, que te salga díscolo en mitad de una guerra contra el reino de Polonia. Aquí Tarás, que aunque taimado no dejaba de ser más bien bruto, tiene una reacción algo desaforada y la cosa acaba como el rosario de la aurora... Pero no quiero adelantar nada y destriparle la novela a alguien: lo que hay que hacer es leerla; como mínimo, pasarán ustedes un buen rato, porque Gógol sabía escribir de maravilla, de eso no cabe la menor duda. y en el mejor de los casos, se quedarán prendados de una historia que transcurre en el tiempo en que las guerras se hacían a caballo y a golpe de espada, en que los hombres se dejaban arrastrar por sus pasiones y sus principios, y el mundo resultaba mucho más grande y hermoso de lo que al final ha resultado ser. Que aquello tampoco fuese sino una ilusión, no nos debe de importar demasiado, que al fin y al cabo -y por suerte- nosotros somos lectores.

Nota: no he podido encontrar la cubierta de la edición del libro que yo he leído (bastante sosa, además), así que he colocado la de una de la editorial Alianza. En compensación, pongo aquí  el cartel de una de las películas basadas en la novela, con Yul Brinner y Tony Curtis dándose mutuamente estopa. Canelita en rama.




Otras obras de Nikolái Gógol reseñadas en Un Libro al Día: El capoteAlmas muertasEl inspector

sábado, 10 de octubre de 2015

Irène Némirovsky: El malentendido

Idioma: francés
Título original: Le malentendu
Año de publicación:  1926 (en la revista Les Oeuvres Libres)-1930 (como libro)
Traducción: José Antonio Soriano Marco
Valoración: recomendable

La novela corta El malentendido resulta ser la primera escrita (aunque como libro fuera publicada antes David Golder por Irène Némirovsky, escritora recuperada en los últimos años, al menos en España, no sé si al albur de la moda -feliz en mi opinión- por la novela de "sociedad" de la época de entreguerras. No obstante, al menos por lo que deja ver este título (y por lo que yo sé, también los demás de ella), la narrativa de esta escritora franco-ucraniana noparece tener mucho que ver con la de Benson o Nancy Mitford; en El malentendido encontramos, cierto es, una historia "galante", protagonizada por unos dorados -aunque sea de pacotilla- vástagos de la burguesía -francesa, en este caso-, pero, sin embargo no hay demasiada frivolidad y mucho menos humorismo: El malentendido parece más bien una historia moralizante, aunque no trate de transmitir una moralina anticuada o plúmbea, sino, en todo caso,  una reivindicación de la autoafirmación femenina (no me atrevo a decir tanto como que sea una historia feminista, pero es a lo que apunta).

Porque la novela nos cuenta la historia de un adulterio, desde sus comienzos deliciosos, casi ingenuos, en unas vacaciones, entre la playa de Hendaya y las excursiones por los montes vascos, hasta el progresivo y previsible desencanto en la grisura del París invernal... Ahora bien, Némirovsky no sermonea sobre la indecencia o inmoralidad del adulterio en sí, que se acepta aquí casi como una tradición francesa, al menos de cierta clase social (tradición literaria también), sino que advierte del peligro para las jóvenes esposas de cambiar la tiranía o el aburrimiento de un marido por el que pueden padecer por culpa de un amante. Es más, si ambos protagonistas, Yves y Denise podrían calificarse incluso de un poco cándidos -e incluso "lilas"-, el que peor parado sale en su semblanza es el hombre, por pusilánime, caprichoso e irresoluto (y, en todo caso, quién parece más listo es el marido engañado, que no molesta a nadie, seguramente por estar ocupado con sus propias aventuras). Especial interés tiene la perspicacia con que la autora refleja las diferencias sociales -o sea, económicas- dentro de la clase en la que se desarrolla la historia, la burguesía más o menos boyante, sembrada de sutilezas y laberintos que seguramente ella conocía bien, dada su accidentada biografía: hija de un banquero ruso judío, exiliados tras la revolución del 17, casada luego con un ingeniero metido en finanzas y víctimas, por último, ambos de la barbarie nazi y la cobardía del régimen de Vichy...

Mención aparte merece, sin duda, la excelencia y precisión de la prosa de Némirovsky, más notable aún si se tienen en cuenta sus pocos años (recordemos que la novela se publicó primero en una revista, en el año 1926, por lo que la debió de escribir con menos de 23 años) y que lo hacía en una lengua que no era la suya, aunque es cierto que, al parecer, había sido educada desde pequeña en el conocimiento del francés. En cualquier caso, está claro que, ya desde su primera obra, se trataba de una escritora de fuste y evidente talento, desgraciadamente -e indignantemente- desaparecida demasiado pronto, pero que dejó un buen puñado de novelas que podemos disfrutar ahora, después de tantos años. Yo, desde luego, pienso seguir haciéndolo.

Más libros de Irène Némirovsky en Un Libro al Día: El baileLos perros y los lobosSuite francesaEl ardor de la sangre

viernes, 19 de diciembre de 2014

Izraíl Métter: La quinta esquina

Idioma original: ruso

Título original: Piatyi ugol
Traducción: Selma Ancira
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Boria es un hombre judío, ya jubilado, que comienza a recordar su vida a raíz de encontrarse con la viuda de uno de sus amigos de la infacia. Gracias a las conversaciones que mantiene con esta mujer, el anciano nos hablará de las dificultades a las que tuvo que hacer frente por ser judío (no pudo acceder a la universidad, por ejemplo, y se vio obligado a formarse de manera autodidacta y a ganarse la vida impartiendo clases en instituciones de menor nivel que las que él consideraba que le correspondían), así como de sus relaciones amorosas (que siempre terminaron en tragedia), de sus amistades y, sobre todo, de Katia. Porque Katia fue el amor de su vida, sí, pero no protagonizó el sueño que él ansiaba. De carácter voluble y caprichoso, y tan superficial como el propio Boria, Katia se dedicó a entrar y salir de su vida cuando le convenía, tan pronto colmándolo de amor como despreciándolo por las más variadas razones. 

A través de recuerdos desordenados y de una narración entrecortada, el autor construye poco a poco la biografía de este curioso personaje (que tiene muchos puntos en común con su propia vida), al tiempo que realiza un terrible retrato de la Rusia comunista. Denuncia con esta novela la pérdida de los ideales que llevaron a los comunistas al poder y la conversión del país en una nación autárquica y gobernada por el miedo, donde la población no tiene más remedio que convertirse en cómplice de los crímenes que comete el gobierno para evitar ser castigada.

Así, tomando como título una de las torturas más habituales que realizaban los agentes del KGB (tras encerrar a un prisionero en una habitación cuadrada, lo molían a palos y le decían que no pararían hasta que no encontrara la quinta esquina de la estancia), La quinta esquina llega a nosotros como uno de los testimonios más verosímiles y desgarradores de la Rusia comunista, en la que lo único que contaba era seguir adelante, como fuera, aunque eso supusiera dejar de lado todo lo importante, todo lo que nos hace humanos, para avanzar, al final, más muertos que vivos hacia un destino tan imprevisible como descorazonador.

sábado, 18 de enero de 2014

Vsévolod Garshín: La flor roja

Idioma original: ruso
Año de publicación: 1883
Ilustraciones: Sara Morante
Traducción: Patricia Gonzalo de Jesús
Valoración: recomendable


Vsévolod Garshín (1855-1888) fue un escritor ucraniano que pasó a la historia de la literatura a pesar de haber escrito apenas una veintena de relatos y de que perdió la vida con sólo 33 años, pocos días después de haber intentado suicidarse tirándose por el hueco de la escalera.

La flor roja es una de las historias más conocidas de Garshín, un relato que se desarrolla en un manicomio. A él llega un loco obsesionado con la maldad existente en el mundo, que pronto se dará cuenta de que ésta se concentra en unas flores rojas que crecen en los jardines del centro. Su obsesión a partir de entonces será hacerse con las flores y destruírlas para salvar así a toda la humanidad.

A pesar de la brevedad del relato, Garshín consigue describir de forma verosímil el ambiente opresivo del manicomio, así como el estado mental en el que se encuentra el protagonista. A ello contribuyen, sin duda alguna, las excelentes ilustraciones de la joven artista Sara Morante, que se adaptan perfectamente al espíritu de la historia y la enriquecen notablemente, convirtiendo este libro en una pequeña joya que no debería faltar en ninguna biblioteca.

jueves, 10 de octubre de 2013

Gueorgui Vladímov: El fiel Ruslán

Idioma: ruso
Título original: Verni Ruslan
Año de publicación: 2013
Traducción: Marta Rebón
Valoración: recomendable


En 1978 se publicaba en Alemania la novela El fiel Ruslán del Georgui Vladímov, cuyo cuento "Los perros", reescrito durante años hasta convertirlo en la novela que analizamos ahora, no pudo publicarse en 1965 debido a su contenido político y circuló de manera clandestina a lo largo de más de una década. 

Adoptando el punto de vista del perro para explicar la inhumanidad del sistema soviético, la narración parte de una situación que se produjo en la Unión Soviética a finales de los años cincuenta, cuando los cambios introducidos por el dirigente Nikita Jruschov permitieron la liberación de millones de prisioneros y el desmantelamiento de parte del sistema soviético de los campos de trabajo.

La historia arranca con la imagen de Ruslán, un perro guardián que ha pasado la vida en un campo de trabajo del Gulag soviético, un perro “del todo normal, hijo legítimo de ese perro primitivo al que el miedo a las tinieblas y el odio a la luna habían empujado al fuego que ardía ante la caverna del hombre, obligándolo a sustituir la libertad por la fidelidad”. El animal se ha limitado hasta el momento a cumplir con el deber y, movido por agradar al Servicio, obedece a su amo, un hombre despiadado y sin escrúpulos que, al igual que Ruslán, es un eslabón más de la cadena amo-esclavo a partir de la cual se constituye el Partido. 

Habituados a seguir órdenes, los perros guardianes deben hacerse cargo de su libertad de manera repentina. De la noche a la mañana, los campos se vacían y los guardias, a quienes aman y obedecen incondicionalmente (ya sea movidos por el amor o por el miedo a recibir un castigo o un disparo letal), los abandonan a su suerte.

De esta forma, todos ellos, amos, prisioneros y, sobre todo, los perros, deberán adaptarse a esta nueva situación, pero, ¿cómo ejercer una libertad recién descubierta cuando alguien sólo ha conocido la servidumbre y la obediencia? Ruslán se muestra incapaz y continúa aguardando la vuelta del amo, el regreso al campo de trabajo, una vuelta al pasado que nunca se produce, situación que provoca el desánimo del protagonista: “¡Mal, todo iba muy mal! Y lo peor no es que estuvieran cansados de esperar. Estaban cansados de creer. Aturdido, deprimido por todas estas desgracias, Ruslán yacía sobre la acera con los ojos cerrados. Los viandantes pensaban que se estaba muriendo. En esos casos, el género humano se divide en dos clases: los que te esquivan con temerosa compasión y los otros, los de corazón más duro, que simplemente pasan por encima de ti. Ruslán, concentrado como estaba en el dolor que le quemaba el estómago y las encías, despellejadas por la nieve, no se daba cuenta ni de unos ni de otros. Últimamente comía nieve a menudo para aliviar la sed y las náuseas que le provocaba el hambre. De pronto se acordó de que ese día no había corrido hasta el campo de prisioneros. Horrorizado […] le asaltó un miedo terrible, como si lo aguardase un castigo desconocido.”

Es en ese punto donde la libertad y la toma de decisiones se despliegan como un horizonte gélido e inabarcable frente a la confundida y desconcertada mirada de Ruslán, figura en la que se condensan la duda, el estupor y la incomprensión. Acorralando la mirada alucinada del animal, están la nostalgia y el recuerdo del campo de trabajo en el que el sabueso desempeñaba una función clave a la hora de escoltar a los prisioneros y de encontrar y capturar a aquellos infelices que se aventuraban a probar el sabor amargo de una fuga frustrada.

Y como música de fondo, una profunda y sincera reflexión sobre la levedad del hombre, el miedo a la libertad y la insignificancia de su vida frente a la brutalidad del régimen soviético o, a fin de cuentas, de cualquier tipo de régimen dictatorial: “Nuestro pequeño globo, ceñido, cubierto de cicatrices, de fronteras, de vallas, de prohibiciones, volaba rodando en los confines siderales, sobre las puntas de las estrellas, y no había un palmo de su superficie donde alguien no custodiase a otro, donde prisioneros, con ayuda de otros prisioneros, no montasen guardia sobre unos terceros prisioneros –y sobre sí mismos- para evitarles el peligro mortal de un sorbo de más de esa azul libertad. Sumiso a esta ley, la segunda después de la gravedad, Ruslán, centinela permanente y voluntario, montaba guardia sobre su vigilado.”  

Al igual que la nieve despelleja y daña las encías de Ruslán, las palabras de Vladímov hacen lo mismo con el corazón del lector. Estamos ante una prosa sobrecogedora, ya que la realidad que se relata, desnuda, glacial y certera como el invierno en el gulag, se abre paso y nos lanza a modo de puñetazo toda la vileza de la que es capaz el ser humano: “… Cualquier criatura golpeada por una desgracia se arrastra hacia el lugar donde ya una vez sufrió mucho y se recuperó, pero Ruslán […] No tenía ningún lugar  adonde volver. Su amor mezquino y monstruoso por el hombre había muerto para siempre, y no conocía otro amor, no podía llevar otro tipo de vida. […] Había llegado a saber bastante del mundo de los bípedos, impregnado del olor de la crueldad y la traición.”

Tumbados en la cama o en nuestro rincón de lectura, no podemos sino arrugarnos poco a poco y removernos incómodos porque, de algún modo, el frío, la idea de obediencia, nuestra condición de siervos frente a este o aquel sistema y el comportamiento inhumano que describe la prosa de Vladímov se nos cuelan por dentro y nos arrastra hacia el paisaje nevado en el que se descompone el cuerpo del pobre Ruslán.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Der Níster: La familia Máshber

Idioma de publicación: yídish
Título original: Di Mishpokhe Mashber
Año de publicación: 1939, 1948
Valoración: imprescindible
Si queremos resumir en una palabra La familia Máshber ("crisis" en yídish), diremos que es monumental. Y no sólo porque, inacabada como está, abarque casi novecientas páginas, sino porque es sin ninguna duda una de las mayores obras de la literatura europea del siglo XX. 
Der Níster ("el oscuro", pseudónimo de Pinjas Kahanovich, quien después de sufrir la censura de su obra moriría en un gulag soviético en 1950) ambientó esta novela en la ciudad ucraniana de N en el siglo XIX, describiendo con todo lujo de detalles la vida de la comunidad judía en una época en la que ya se atisbaban los enormes cambios que traería la nueva centuria.

La familia Máshber nos habla de Moisher, el patriarca, un comerciante que ha visto tiempos mejores; de su hermano Luzzi, un hombre muy religioso; de Álter, enfermo y aislado en el ático; de Sruli Gol, un oscuro vagabundo que visualiza los peores augurios; y de un sinfín de personajes secundarios –pero no por ello menos importantes– que se encargan de desarrollar, más que la historia de una familia, una narración compleja en la que la tradición, la política, la historia, la religión y las relaciones humanas retratan en profundidad la vida de un pueblo.

Pero la obra de Der Níster destaca también por la maestría que muestra el autor en su prosa, que, haciendo uso de la ironía y el humor negro, nos descubre una obra poética elaborada con gran belleza, consiguiendo además que la lectura avance a buen ritmo y que no nos pese su extensión. 

Es una lástima que La familia Máshber, como hemos dicho, sea una obra inacabada (el primer libro fue publicado en Moscú en 1939, el segundo apareció en Nueva York en 1948 y el tercero se perdió mientras el autor intentaba sobrevivir en un gulag), y sin embargo también es una alegría que a pesar de ello haya logrado ser publicada, pues éste es uno de los pocos libros que hay que merezcan leerse, a pesar de su inconclusión.