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sábado, 5 de noviembre de 2022

Aleksánder Pushkin: Borís Godunov

Idioma original: ruso

Título original: Борис Годунов 

Traducción: Rocío Martínez Torres 

Año de publicación: 1831

Valoración: Recomendable


Aleksánder Pushkin es algo así como el poeta nacional ruso, una especie de Shakespeare o Cervantes que reina en las letras de aquella cultura, tal vez por encima de esos otros autores que a todos se nos ocurren, mucho más conocidos en Occidente. Es algo digno de analizarse, por qué alguien con méritos literarios internacionalmente menos celebrados parece representar mejor el espíritu de la literatura de un país. Quizá porque encarna valores que en otros lugares nos resultan ajenos, por algún tipo de hito fundacional, o porque quien escribe en verso a lo mejor entronca con su idioma de una forma tan especial que se nos escapa a los profanos. Porque efectivamente Pushkin escribe en verso, aunque sus obras más conocidas, entre ellas la que traemos hoy aquí, se nos sirven afortunadamente prosificadas.

Allá por finales del siglo XVI o principios del XVII, con la desaparición de Iván IV el Terrible, la corona debe recaer en su hijo Dimitri, un niño de corta edad, y a la extraña muerte de éste es elegido zar el regente Borís Godunov, ajeno a la dinastía reinante. Hay sospechas de que Godunov tuvo que ver con el fallecimiento del heredero, pero aun así buena parte del pueblo y la nobleza (los boyardos) apoya su ascensión, como hombre con autoridad para gobernar en tiempos complicados. Sin embargo, años después aparece un individuo que pretender ser el Dimitri que en realidad había sobrevivido, y con ayuda de los polaco-lituanos y parte de los nobles se dispone a arrebatar el poder a Godunov.

Vaya, todo un drama shakespeariano incrustado en la historia medieval rusa. Aunque parece ser que no se ajusta del todo a los hechos históricos, Pushkin deja abierta la sospecha sobre el acceso al trono del zar, quien a su vez se ve amenazado por lo que parece un nuevo engaño. Todo apunta a que es la corrupción, en sus distintas formas, la que pone y quita gobernantes, pero ¿en qué se apoyan esos vaivenes del poder? Pues en elementos tan poco edificantes como la conspiración, el error, los intereses o los caprichos (o la manipulación) de la opinión pública. Godunov es aupado por la necesidad de un gobierno fuerte en un entorno de inestabilidad por la ausencia de heredero. La nobleza local apoya su ascenso buscando los favores de un gobernante sólido, y el pueblo asiente con el silencio típico de una sociedad postrada. A su vez, el nuevo pretendiente se ve respaldado por los poco amistosos vecinos (intereses políticos, territoriales, incluso religiosos), por los nobles, cansados de autoritarismo y atisbando un mejor caballo al que subirse y, finalmente, por aquel mismo pueblo, en el que seguramente pesa el deseo de recuperar la dinastía que creían perdida, en definitiva la tradición.

Entre toda esta confusión, Pushkin hace un excelente dibujo de los dos personajes antagonistas. Godunov se siente fuerte en apariencia, busca legitimidad en el estamento religioso y apoyo entre sus fieles, y planea la continuidad de la saga familiar. Curiosamente, aparece más bien poco en la obra, pero lo suficiente para mostrarse sutilmente consciente de cargar con un pasado dudoso que en cualquier momento puede hacerle caer. Por su parte, el supuesto Dimitri (que el autor presenta desde el inicio como Impostor, así que no hay spoiler) es un personaje sorprendente, en apariencia carente de ambición y de convicciones sólidas, dispuesto a dejarlo todo por amor (ella, princesa polaca, no parece en absoluto de acuerdo), pero que sin embargo continúa con su empresa como arrastrado por una corriente cada vez más irresistible. Toda una situación si se quiere absurda, en la que confluye la culpa de ambos personajes con la conjunción de elementos, a veces aleatorios, que desembocan en cambios decisivos y situaciones dramáticas.

Leemos que Pushkin revoluciona con esta obra el teatro y la literatura rusa, que mantiene elementos del romanticismo originario pero incorpora una corriente realista que rompe con los cánones de la época y el país, que materializa los valores esenciales de la historia rusa como nadie lo consiguió antes. Muchas cuestiones digamos técnicas que se nos escapan pero que explica con sencillez y eficacia el prólogo que firma la traductora Rocío Martínez Torres, de lectura imprescindible antes de sumergirnos en el texto. Y, una vez instruidos sobre algunos aspectos esenciales, disfrutemos de una historia llena de potencia, una tragedia histórica que encierra más claves de las que en principio pueden parecer.

Otras obras de Aleksánder Pushkin en ULADEugenio Oneguin

viernes, 22 de mayo de 2009

Alexander S. Pushkin: Eugenio Oneguin

Idioma original: ruso
Título original: Evgenij Onegin
Año de publicación: 1833
Valoración: Muy recomendable

Ante esta novela en verso del gran escritor ruso Alexander Pushkin, nos encontramos, una vez más, con la obra de un autor cuyas circunstancias existenciales deberían ser citadas para poder comprender mejor la creación que nos ocupa. Sin embargo, en esta ocasión no sucumbiré a la tentación de escribir largo y tendido sobre Pushkin, me limitaré a dar algunas pinceladas sobre su perfil: el escritor era hijo de un mayor del ejército perteneciente a una acaudalada familia venida a menos, y de una dama rusa descendiente de un príncipe de Abisinia, lo que confirió al físico del padre de Eugenio Oneguin ciertos matices exóticos que casaban a la perfección con su estilo de vida, bohemio y cambiante, y marcado por sus tendencias políticas, de corte liberal pese a sus aristocráticos orígenes. Pero dejemos a Alexander y vayamos a Eugenio.

Oneguin, un apuesto y codiciado soltero de San Petersburgo, es un hombre rico y despreocupado, escéptico, cínico, ácido, individualista. Se ve agitado por ciertas ínfulas revolucionarias pese a su plácido (casi tedioso) existir, consagrado a malgastar sus horas libres en un ocio ciertamente monótono. Todo ello cambia con la muerte de un tío suyo; asuntos sobre la herencia del difunto le obligarán a viajar a una localidad rural que marcará para siempre su destino. Allí conocerá a un muchacho idealista, apasionado y sensible, deseoso de ser considerado poeta, llamado Lensky, prácticamente opuesto a Oneguin, lo cual no le impedirá trabar cierta amistad con él.

Lensky le presentará a su prometida, la bella y dulce (y tal como Pushkin la describe, levemente alelada y provinciana) Olga, y a la hermana de ella, la misteriosa y taciturna Tatiana, una tímida muchacha, lectora insaciable, que parece disfrutar más de sus solitarios paseos por el campo y de sus ensoñaciones que del mundo real.

No pasará mucho tiempo hasta que Tatiana se enamore perdidamente de Oneguin y le confiese sus sentimientos en una arrebatadora carta; pero nuestro amargo protagonista, pese a no ocultar la curiosidad (y cierta atracción) que la peculiar chica le despierta, movido por sus amargas convicciones sobre la naturaleza humana, la rechazará. Y no se conformará con despreciar el amor de la tierna joven: con su posterior y cruel conducta desencadenará una tragedia mucho más dolorosa que la de dar calabazas a una enamorada confesa.

Años después del sangriento suceso (que le llevará a abandonar la zona y a deambular por el mundo), un Oneguin humanizado y mucho menos hostil, se reencontrará con una Tatiana muy diferente a la que conoció, imponente y más fría, casada con un militar bien situado, y la mujer más admirada y reclamada en todos los eventos sociales de San Petersburgo. Será entonces cuando Eugenio no escape ya a la naturaleza de sus sentimientos y clame desesperado por el amor de la mujer hasta rozar la obsesión, persiguiéndola y deseándola sin tregua.

Si como dijo Dostoievski, “Oneguin refleja Rusia mejor que nada”, hay que llegar a la conclusión de que Rusia es belleza, pasión, verdad, dolor, sangre, desengaño y madurez.

Aconsejo no sólo a los amantes de las historias románticas donatarias de una sólida base humana y psicológica, sino a cualquier profano en la materia, que lean esta novela y que no le tengan miedo al modo en el que está relatada la apasionada historia: en ocasiones, la prosa no puede contener la intensa y maravillosa carga del verso.

Y para quien le interese: en 1998, Martha Fiennes rodó para el cine una versión de Eugenio Oneguin con su hermano Ralph y Liv Tyler como protagonistas, filme que pese a la preciosista ambientación y las buenas interpretaciones, no logró supurar la magia y fuerza de la obra escrita. La ópera de Tchaikovsky, aún no he tenido ocasión de verla.

domingo, 11 de marzo de 2018

Serguéi Dovlátov: Retiro

Idioma original: ruso
Título original: Zapovednik
Año de publicación: 1983
Traducción: Tania Mikhelson  y Alfonso Martínez Galilea
Valoración: más que recomendable

Ya sé lo que parece: que mi ambición consiste en convertir este blog en Un Dovlátov Al Mes... ¡Pues eso es exactamente lo que ocurre! Lástima, sin embargo, que no vaya a poder hacerlo: antes o después se me acabarán los Dovlátovs y como el bueno de Serguéi pasó a mejor vida en 1990, difícil va  a estar el reabastecimiento... (aprovecho para brindar una idea a los muchos emprendedores del sector del MDMA: ¿por qué no ponerle a sus pastillitas el nombre de "dovlátovs", en vez de "teslas" o, como antaño, "mitsubishis"? Yo les aseguro que como adictivos, estos libros también tienen los suyo...

Y eso que la trama de esta novela no es que pueda calificarse de trepidante: el protagonista, Boris -no demasiado diferente del propio Dovlátov, por lo visto- es un periodista que ha fracasado como tal, como escritor y en su matrimonio, más los previsibles problemas con el alcohol, que acude para trabajar como guía al llamado Parque o Reserva Nacional Pushkin, un complejo turístico-cultural soviético en la finca familiar del gran escritor decimonónivo en la loclidad de Mijailovskoye, en Pskov (sea donde sea que esté eso). De ahí viene el título de Retiro, ya que el escritor decide tomar su estancia allí como una oportunidad para superar el desastre de vida que ha llevado hasta entonces. Hasta que esa vida de la que trata de retirarse va a buscarlo de nuevo...

Así contado quizás no lo parezca, pero este es un libro lleno de humor, descacharrante incluso en algunos momentos, como las descripciones de personajes insólitos: ¡ese Mitrofánov, que parece sacado de un Borges pasado de vueltas! ¡Ese inepto y fatuo Pototsky, que pretende compararse con Chéjov! ¡Ese casero del protagonista, tan... inenarrable! Ahora bien, como ocurre con el resto de la obra de Dovlátov (incluso cuando se trata de un libro con un carácter más ominoso, como es La zona, hay momentos para ello) el humor lo impregna todo con un sabor agridulce, aunque, por otra parte,, sin pretender arrogar ninguna superioridad moral al narrador, que sabe perfectamente que cualquier retrato que se hiciera de él daría un  resultado no menos (tragi-) cómico.

Porque, en realidad, esta no es una novelita tan ligera como puede parecer a primera vista, sino, aunque a la manera guasona y melancólica de Dovlátov (tan rusa, diría uno sin saber muy si no es un tópico), se trata el relato de un fracaso,  la disección anatómíca de cómo se puede echar todo a perder, sin siquiera ser consciente de lo que se había ganado, de la desesperación que el ansia de vivir puede producir cuando no se tiene la suficiente paciencia o talento para ello... Dovlátov, aunque quizás él no estuviese seguro de ello, sí que lo tenía, sin embargo.

Una última observación, a partir de un diálogo que mantiene el protagonista de la novela:

"- ¿Los objetos personales de Pushkin? El museo fue inaugurado decenas de años después de su muerte...
- Así es -dije- como se hacen siempre estas cosas. Primero lo liquidan a uno, y luego se ponen a rebuscar entre sus objetos personales. Ocurrió con Dostoyevski, con Yesenin... Ocurrirá con Pasternak. Y en cuanto caigan en la cuenta, se pondrán a buscar entre los objetos personales de Solzhenitsyn."

No sé si a Dovlátov le habría hecho gracia la ironía (sospecho que sí), pero su misma figura parece estar siendo objeto de este proceso: de momento, en el pasado festival de Berlín se presentó una película titulada, precisamente Dovlátov -y existen planes para llevar al cine también Retiro-; en su ciudad natal, San Petersburgo, el escritor ya tiene una estatua muy resultona y en Queens le han puesto su nombre a la calle donde vivió después... No sé si acabaremos viendo algo así como un "Parque Dovlátov"... pero por si es así  yo (que, he de confesar, también tengo alguna experiencia en la "gestión del patrimonio cultural" , por utilizar un eufemismo), me ofrezco para mi propio "retiro" en él. Incluso en Pskov, donde diablos esté eso...


Otros títulos de Serguéi Dovlátov reseñados en Un Libro Al Día: La maleta, El compromiso, La zona, La extranjera

lunes, 18 de abril de 2022

Maxim Ósipov: Piedra, papel, tijera

Idioma original: ruso

Título original: КаменЬ, ножuцЫ, бумаƨа

Año de publicación: 2019

Traducción: Ricardo San Vicente

Valoración: está bastante bien

Puede que no corran los mejores tiempos para ser sospechosos de rusofilia, siquiera por publicar una modesta reseña de un libro escrito en la lengua de Pushkin y compañía,  pero, en fin, a estas alturas, cuando ya hemos reseñado a un trillón de autores rusos, desde el propio Pushkin, Tolstoi o Dostoyevski, hasta mi querido Dovlátov,pasando por Ajmátova o Ilf y , creo que ya no tenemos remedio... De todos modos, para tranquilidad de los detractores de Putin (y rabiña, espero,  de sus admiradores), comentaré  que Maxim Ósipov, el autor del libro que nos ocupa hoy, no se cuenta, precisamente, entre los defensores del autócrata del Kremlin de tan acertado nombre y, de hecho, cuando comenzó la invasión de Ucrania tuvo la precaución de darse el piro de Rusia, suponiendo, seguramente con acierto, que su posición crítica a ese y otros  respectos le acarrearía problemas (por cierto el que uno de los cuentos del libro parece ser una crítica, bastante evidente, de su régimen).
Vayamos al turrón: este libro, de tan lúdico título (aunque ya aviso de que no van por ahí los tiros) está compuesto por varios relatos, aunque alguno tan extenso y complejo que podría considerarse eso que llaman una nouvelle. Casi todos los relatos transcurren o tienen su origen en la Rusia y aledaños de la época post-soviética o, mejor dicho, los protagonistas son todos ciudadanos ex-soviéticos, obligados a adaptarse, con mayor o menor fortuna, a una nueva realidad capitalista, individualista, en la que la religión ha cobrado una inusitada importancia y que, eso sí, sigue dominada por una "élite" política y económica, de forma más o menos (sobre todo, menos) democrática. Así, encontramos a una serie de personajes  variopintos: desde la cacique de una ciudad de provincias y su empleada tayika a un geógrafo metido a pope; de un exitoso financiero que trata de ampliar sus horizontes  a unos emigrantes que han prosperado en EEUU. También una prestigiosa violinista, algo fantasiosa, una actriz con demencia senil o las hijas de un antiguo miembro de la  KGB...

Casi todos los personajes son individuos más perdidos que el proverbial pulpo en un garaje o que pensaban tener claro su camino hasta que alguna circunstancia les obliga a asumir que para nada... En cualquier caso e incluso cuando se trata de personajes más secundarios, Ósipov demuestra gran perspicacia para entender el corazón de las personas y una enorme humanidad para explicar y aceptar sus errores. En algún momento se podría colegir que esta comprensión y bonhomía -incluso compasión- del autor hacia sus criaturas se deben a la influencia de algún tipo de espíritu religioso; ya digo que es un tema que aparece en más de uno de los relatos... Ahora bien, en el que lo hace de forma más clara, Cual ola del mar, protagonizado por el geólogo metido a sacerdote ortodoxo, el padre Sergui, tampoco se diría que Ósipov parece muy convencido de que el tipo ha tomado la decisión correcta. Y en Piedra, papel, tijera, que da título a la recopilación, se explica, de forma respetuosa y se diría que ecuánime, los pormenores esenciales de la doctrina islámica,  que tampoco es que entusiasme  demasiado al escritor. Es más, en general, se diría que los personajes asisten con cierta perplejidad el renacer religioso tras la implosión de la URSS. 

Más bien, creo yo, esta actitud comprensiva y conmiserativa se debe a que la narrativa deeste autor se inscribe y continúa (salvando todas las distancias, claro) cierta corriente literaria rusa cuyos máximos exponentes serían Gógol o, sobre todo, Chéjov; al igual que ellos, Ósipov no puede dejar de empatizar con su prójimo incluso en sus momentos de estulticia y desconcierto. Cierto que, pese a esa influencia -también es verdad que me lo puede haber parecido a mí ante la profusión de patronímico y de escenas costumbristas-, aún cuando la calidad de su prosa es innegable, carece de la maestría de esos grandes maestros del relato. Algunos de los cuentos de Ósipov, pese a que comienzan de manera interesante, a partir de un momento dado pierden el brío y discurren de una forma lenta y melancólica, incluso, en algún caso, a trompicones. Otros, sin embargo no pierden el nervio narrativo y por eso (o por lo que sea), son los que me han gustado más: la historia de una joven y desventurada pareja en El Complejo, la de la joven triunfadora que se encuentra con su hermanastra alemana de En el Spree  o Buena gente, sobre una veterana actriz aquejada de Alzheimer. Los demás relatos, sin carecer, en absoluto, de una calidad para nada desdeñable, no me parecen a la altura de éstos o quizá, simplemente, su intención se diluye entre los meandros de las muchas explicaciones que nos da Ósipov sobre sus, sin duda, apreciados personajes.

martes, 6 de diciembre de 2016

Nikolái Gogol: Tarás Bulba

Idioma  original: ruso
Título original: Тара́с Бу́льба
Año de publicación: 1842 (versión definitiva)
Traducción: José Fernández Sánchez
Valoración: recomendable

Reconozco mis carencias como lector en lo que a literatura rusa se refiere (excepto en lo que atañe a mi admirado Chéjov); es más, durante bastante tiempo solía confundir a unos escritores con otros... no a Tolstoi o Dostoyevski, que conste, pero sí a Pushkin, Gorki, Gógol... De este último, además, sólo había leído, hace ya tiempo, un divertido cuento, La nariz, en el que un tipo peersigue a su propia nariz fugitiva por todo San Petersburgo; a pesar de esa grata lectura, no había vuelto a repetir con este autor, hasta que por fin,  impelido por mi mala conciencia, pero también por las elogiosas reseñas de otras de sus obras que han escrito mis compañeros, decidí ponerme con esta novela, que lleva el nombre de un legendario cosaco del Niéper.

¿Conocen ustedes la expresión "beber como un cosaco"? Pues a tenor de esta novela, no sólo tiene razón de ser, sino que se queda incluso corta: los cosacos de la época en que está ambientada (siglo XVIII), además de que se pasaban el tiempo más mamados que el mosquito del tonel de vino de los versos quevedianos, -excepto cuando se dedicaban al nobel arte de la guerra, hay que decir, momento en el que la embriaguez era castigada con la muerte-, parece que consideraban el de la borrachera como el estado ideal del hombre comme il faut, esto es, del cosaco (el otro momento ideal para ellos era el de estar destripando enemigos, claro). Borrachos y orgullosos, pues, aunque no fuesen seguidores del Oi! ochentero. Borrachos y exaltadores de la más indestructible fraternidad masculina, aunque no fueran una cuadrilla de txikiteros vascos. Borrachos y defensores a ultranza de la fe cristiana, sin ser una cofradía de "capillitas" ahítos de rebujito (por otro lado, hay que aclarar que para los cosacos la verdadera iglesia cristiana era la ortodoxa, considerando a los católicos como perros herejes). Borrachos y más patriotas que una caterva de neonazis hispánicos entonando el Deutschland Über Alles... Borrachos, valientes, crueles, generosos, anárquicos y libres.  Así eran los cosacos, según los pinta Gógol, además de fanáticos la virilidad más militante -de hecho, las pocas mujeres que aparecen aquí no son más que un estorbo para ellos o una fuente de problemas-; la testosterona les sale por las orejas, a esta gente...

Tampoco es que Gógol haga un panegírico, sin más, del mundo cosaco; es evidente que era demasiado inteligente y buen escritor para caer en eso. De hecho, buena parte de la novela trasluce un humor socarrón -en especial en la relación entre Tarás y el judío Yárkov-, hasta el punto de dar la impresión, a veces, de que el autor se trae una buena coña a costa de sus cosacos. Lo que no significa, por supuesto, que no admire al tiempo su valentía y su entrega. Gógol tiene la suficiente sabiduría y talento literarios para plasmar estas legendarias cualidades del alama cosaca, así como su amor por la libertad, pero también sus defectos, y dar buena cuenta de las tropelías que iban perpetrando a su paso, al igual que nos narra su sufrimiento, pero también el de sus víctimas, tanto "liajes" -o sea, polacos- como judíos. También, al parecer, en la primera versión, de 1835,  el tono de la narración exaltaba más lo ucraniano, llegando a considerarse incluso "antirruso", por lo que Gógol lo corrigió en la versión definitiva.

Ahora bien, aparte del retrato entre guasón y descarnado de la beodez y la brutalidad que se lee en la novela, ésta tiene un trasfondo de más enjundia: Tarás Bulba, en realidad, es una historia sobre la paternidad, sus obligaciones, cuitas y, sobre todo, sus limitaciones -la novela, olvidaba decirlo, comienza cuando los dos hijos de Tarás vuelven a casa después de haber estudiado en Kiev-; los problemas vienen a ser los mismos que han tenido todos los padres a los largo de la Historia con sus hijos, desde el pobre Adán, que ya sabemos la que liaron sus vástagos. Claro, que no es lo mismo que tu retoño se pegue con otro niño por un columpio en el parque y tengas que poner orden, que te salga díscolo en mitad de una guerra contra el reino de Polonia. Aquí Tarás, que aunque taimado no dejaba de ser más bien bruto, tiene una reacción algo desaforada y la cosa acaba como el rosario de la aurora... Pero no quiero adelantar nada y destriparle la novela a alguien: lo que hay que hacer es leerla; como mínimo, pasarán ustedes un buen rato, porque Gógol sabía escribir de maravilla, de eso no cabe la menor duda. y en el mejor de los casos, se quedarán prendados de una historia que transcurre en el tiempo en que las guerras se hacían a caballo y a golpe de espada, en que los hombres se dejaban arrastrar por sus pasiones y sus principios, y el mundo resultaba mucho más grande y hermoso de lo que al final ha resultado ser. Que aquello tampoco fuese sino una ilusión, no nos debe de importar demasiado, que al fin y al cabo -y por suerte- nosotros somos lectores.

Nota: no he podido encontrar la cubierta de la edición del libro que yo he leído (bastante sosa, además), así que he colocado la de una de la editorial Alianza. En compensación, pongo aquí  el cartel de una de las películas basadas en la novela, con Yul Brinner y Tony Curtis dándose mutuamente estopa. Canelita en rama.




Otras obras de Nikolái Gógol reseñadas en Un Libro al Día: El capoteAlmas muertasEl inspector

jueves, 31 de octubre de 2019

Biblio-Necrophiliac Quiz 2019: No somos nada...

¡Hola a todo el mundo y feliz Noche de Todos los Santos, chavalada! ¿Qué tal van los preparativos del Samaín? ¿Ya habéis colocado las calabazas en la puerta de casa, desempolvado la Ouija, descargado alguna peli de George A. Romero? Bueno, que no se diga que Un Libro Al Día no estamos por la labor conmemorativa, así que, para ir calentando motores, os proponemos esta segunda edición del Biblio-Necrophiliac Quiz, el test de conocimientos sobre escritores que ellos mismos no hubieran sido capaces de responder... El año pasado ya demostrasteis que no teníais ni idea sobre tumbas de escritores el turismo funerario no era lo vuestro. No pasa nada: este año, el Quiz de este año  NO VA DE TUMBAS (lo siento por los que pasásteis las vacaciones del Pére Lachaise a Montparnasse o de Highgate al oxfoniano cementerio de Wolvercote para documentaros. Amigos bonaerenses: siempre merece la pena pasear por La Recoleta). Esta vez vamos al paso previo a la inhumación (aunque no siempre, ahí tenemos algún cuento de Poe): cuando te viene el apechusque y la roscas. Para quien no entienda el manchego (el resto de la Humanidad): cuando la palmas, la espichas, la diñas, estiras la pata, pasas a mejor vida, te viene a ver la Parca, te vas al otro barrio, feneces, expiras, falleces, MUERES. Fin de fiesta. Game over. THE END. 
                                              


¿Cómo fue el final de vuestros autores o autoras favoritas? ¿Cual fue la causa de su muerte? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras (tranquis, que no os voy a preguntar por Walt Whitman)? Veamos si sabéis tanto de literatura como pretendéis en esos simposios, mesas redondas, presentaciones de libros (con canapés), talleres literarios, cursos, cursillitos, clubes de lectura, tertulias, cafés hipsters,  barras de bar, vertederos de amor, os enseñé mi trocito peor... ¿Preparados? Are you ready to rock? Pues a la de tres... ¡Ya! 

1- Como siempre, empecemos por una sencillita para no desanimar al personal: ¿Qué celebérrimo escritor romántico murió de un disparo al perder un duelo con otro señor, por culpa de un quítame allá esas pajas asunto de honor en relación a una mujer casada?

A/ Víctor Hugo
B/ Mariano José de Larra
C/ Alexander Pushkin
D/ Walter Scott

2- ¿Qué eminente autora norteamericana falleció a consecuencia de la enfermedad favorita del televisivo doctor House, el lupus?

A/ Flannery O'Connor
B/ Lucia Berlin
C/ Mary McCarthy
D/ Susan Sontag



3- Y hablando de la serie House, ¿de qué forma un tanto bizarresca, pero, como vemos, plausible y que aparece en un capítulo de esta serie murió el también estadounidense Sherwood Anderson?

A/ Se perforó el intestino con un palillo de dientes que se había tragado.
B/ Levantó una estatuilla de Buda que escondía dentro un electroimán y éste movió los alfileres que sus padres le habían clavado en la cabeza, siendo un bebé, a través de la fontanela.
C/ Sufrió una meningitis provocada por la picadura de una garrapata.
D/ Buceando en el pecio de un barco esclavista, rescató una botella que contenía pústulas de enfermos de viruela que, al romperse, liberó el virus de esa enfermedad.

4- ¿Qué otro célebre escritor o escritora norteamericano/a, en este caso oriundo/a de uno de los antiguos estados confederados, feneció a causa de un accidente no menos desafortunado e improbable (en su descargo hay que decir que se encontraba en un momento un tanto alcohólico), al atragantarse con la tapa del bote de barbitúricos que estaba abriendo con la boca?

A/ William Faulkner
B/ Tenessee Williams
C/ Truman Capote
D/ Carson McCullers

5- Claro que las muertes rocambolescas no son una circunstancia exclusiva de los tiempos modernos. De hecho, en la Antigüedad ya se dio algún caso llamativo, como el del dramaturgo Esquilo, que murió a consecuencia de: 

A/ Se cayó de una higuera a la que se había subido huyendo de unos soldados persas. No se mató, pero quedó inconsciente y fue devorado vivo por una manada de perros salvajes.
B/ Un quebrantahuesos confundió su cabeza calva con una roca y soltó sobre ella una tortuga para romper así su caparazón, consiguiendo en cambio aplastar la cabeza del pobre Esquilo.
C/ Tras participar victorioso en las batallas de Maratón, Salamina y Platea, volvió a su casa como un héroe, pero, enseñando a su hijo pequeño cómo había combatido a los persas, se enredó con una correa suelta de su sandalia y cayó al suelo, clavándose su propio xiphos o espada corta lanceolada.
D/ Comprobando la acústica del teatro de Epidauro había subido hasta la grada más alta (de 52) cuando una lechuza tempranera alzó el vuelo hacia él y por culpa del sobresalto bajó rodando por las escaleras hasta la orchestra, donde se desnucó.

6- Otro literato que participó en una guerra fue el poeta Wilhem Albert Włodzimierz Apolinary Kostrowicki, conocido por Guillaume Apollinaire, que formó parte del ejército francés durante la Gran Guerra. Sin embargo, moriría al poco de acabada ésta, a causa de: 

A/ La gripe española.
B/ Las heridas en la cabeza recibidas en el frente por la explosión de un obús.
C/ Fue atropellado por un carro que transportaba carne de cerdo al mercado de Les Halles, en París.
D/ El mamporro que le arreó Pablo Picasso, a quien unos años antes Apollinaire había implicado falsamente en el robo de la Gioconda, y que removió un trozo de metralla que los cirujanos no le habían extraído, por desgracia demasiado cercano a la arteria subclavia derecha.

7- Por continuar con más poetas de ánimo belicoso, es sabido que Lord Byron falleció en Grecia, país al que había acudido para ayudar en su guerra de independencia del Imperio otomano. Aunque no murió en una batalla, sino a consecuencia de una sangría demasiado entusiasta que le practicaron unos médicos tras una crisis epiléptica. Bien, pero en cambio, ¿sabéis cómo pereció su gran amigo de francachelas, el también poeta británico Percy Shelley?

A/ Naufragó el velero en el que viajaba y que él había bautizado "Don Juan", en honor de su amigo Byron.
B/Se golpeó al caer de un pura sangre árabe de su propiedad y que él llamaba "Prometeo" en honor de su amigo Byron.
C/ A consecuencia del coma etílico que le sobrevino de la tremenda borrachera que se agarró al enterarse de la muerte de su amigo Byron.
D/ Por culpa de un recio y repujado ejemplar de la novela Frankenstein que su esposa Mary le arrojó a la cabeza porque no dejaba de hablar a todas horas de su amigo Byron.

8- Pasemos a temas más alegres: entre el gremio literario siempre ha cundido bastante la costumbre de quitarse la vida o al menos intentarlo; no digamos ya en países donde la idiosincrasia nacional fomentaba tal práctica. En Japón, por ejemplo, ha habido muchos escritores que se han suicidado, pero el más persistente fue uno que lo intentó no una ni dos veces, sino hasta cuatro veces antes de conseguirlo: 

A/ Yukio Mishima
B/ Yasunari Kawabata
C/ Ryunosuke Akutagawa
D/ Osamu Dazai

9- Por acabar con los escritores suicidas (ejem... qué mal suena eso), recordemos al poeta ruso Sergei Yesenin (o Esenin) que antes de ahorcarse dejó por escrito un emotivo poema ("Adiós, amigo mío, adiós/ tú estás en mi corazón/ Una separación predestinada /promete un encuentro futuro (...)" en cuya gestación intervino un elemento sorprendente: 

A/ La propia sangre del poeta, que fue la tinta con la que lo escribió.
B/ Utilizó, continuándolo, el telegrama que le había enviado el también poeta Mayakovski (al parecer, enamorado de él), sabedor de su intención de quitarse la vida.
C/ Un discurso funerario del mismísimo Iosef Stalin, para despedir al fundador de la Checa, Félix Dzerzhinski, y en el que se pronunciaban los dos primeros versos.
D/ Las palabras (las únicas que aprendió a decir en ruso) que le solía decir la que fuera su esposa, la célebre bailarina Isadora Duncan, cuando aún eran amantes y Sergei salía de su camerino tras alguna efusión amorosa rapidita... 

10- Por cierto que las últimas palabras pronunciadas por los literatos en el lecho de muerte siempre han dado mucho juego: desde las más poéticas o sugerentes ("Se disipa la niebla", dijo Emily Dickinson; en cambio, Goethe exclamó: "Más luz...") a las más desabridas de Karl Marx: "Las últimas palabras son para estúpidos que no han dicho lo suficiente mientras vivían". Quizá la palma de originalidad se la lleva el gran Oscar Wilde, que dijo "O se va él o me voy yo", refiriéndose a: 

A/ Un cura católico llamado para administrarle los santos sacramentos.
B/ Su antiguo amante (y causante de su infortunio) Lord Alfred Douglas, que había acudido a París al enterarse de la agonía de Wilde.
C/ Un ejemplar de El Paraíso perdido, de Milton, poema que aborrecía y que alguna visita se había dejado en la habitación del hotel Alsace, donde murió.
D/ El horrible papel pintado de la pared.

Pues ya está. ¿Qué tal ha ido la cosa? Son preguntas facilitas, ¿no? Culturilla general, como quien dice. Ahora bien, como seguro que más de uno o una de nuestros seguidores se ha quedado con ganas de más,  aquí va una BOLA EXTRA, para rematar los diez aciertos con un pleno al once:

11- No vamos a preguntar de quién fue el siguiente sepelio, pues algo parecido sólo se le podía haber ocurrido a Hunter S. Thompson, que dejó establecido que así fuera antes de, cómo no, suicidarse en 2005: en su rancho de Colorado, sus cenizas fueron dispersadas mediante un cañonazo mientras sonaba Mr. Tambourine Man, de Bob Dylan, disparadas por un cañón de 50 metros de altura terminado en un puño de dos pulgares que agarraba un botón de peyote (símbolo de su campaña a sheriff en 1970 y del periodismo Gonzo). Tan sencilla ceremonia costó unos 2'5 millones de dólares, que fueron sufragados por la estrella de cine y admirador de Thompson: 

A/ Nick Nolte
B/ Johnny Depp
C/ Nicholas Cage
D/ Woody Harrelson

Y ahora sí que ya está. Después de la foto del equipo reseñador de Un Libro Al Día, tenéis las soluciones correctas:




1- C; 2- C; 3- A; 4- B; 5- B; 6- A; 7- A; 8- D; 9- A; 10- D; 11- B


Valoración de los resultados:

-De 0 a 4 aciertos: Enhorabuena. Sois personas que viven la vida, se enamoran, comen, trabajan, hacen el amor, van al fútbol, se emborrachan, pasean al perro, se manifiestan, suben montañas, navegan en veleros, practican artes marciales, se tiran por un barranco en una bici de montaña, bucean entre tiburones... LO QUE SEA, menos aprenderse las muertes de escritores famosos (o no tan famosos).

-De 5 a 8 aciertos: Madre mía... ¿no tenéis nada mejor que hacer? Quiero pensar que la mayoría de aciertos han sido de chiripa. Por favor, dejad estas piraduras para los bibliófilos, necrófilos y sociópatas como nosotros, será lo mejor (bueno, como yo, que mis compañeros son gente más o menos equilibrada... ¡oh, perdón, que me olvidaba de... vale, NO).

-9-10 aciertos: Mirad lo que vamos a hacer: ya que sois casos incurables de morbosidad y pedantería libresca, a ver si por los menos le damos una utilidad a vuestro trastorno ¿Qué tal si vais dejando sugerencias para el Biblionecrophiliac Quiz del año que viene? Porque ya la cosa se está poniendo peluda... Gracias de antemano.

-Pleno al 11: Buff... hasta luego, Mari Carmen...

sábado, 22 de abril de 2023

Stéphan Lévy-Kuentz: Metafísica del aperitivo

Idioma original: francés

Título original: Métaphysique de l´apéritif

Traducción: Laura Naranjo Gutiérrez

Año de publicación: 2022

Valoración: Se deja leer

 

Tienen algo los libros escritos en segunda persona que me resulta áspero. Es un recurso arriesgado y difícil de manejar porque, veamos ¿a quién puede dirigirse el autor?

  • A su personaje, claro, lo cual me parece una cierta forma de abuso de superioridad porque tiene un punto acusativo ante el que nada puede hacer para defenderse. El personaje es de alguna manera propiedad del autor, como un esclavo o un muñeco articulado, es y actúa como el autor le ordena, y no parece justo que se vea zarandeado o escrutado en su intimidad
  • Al lector, lo cual es aún peor, porque el tono tiene una carga de interpelación que, salvo caso excepcional, no creo que ningún lector tenga por qué soportar ¿qué autoridad tiene el autor para reconvenirnos o juzgarnos, ni tan siquiera para dirigirse a quien ha tenido la generosidad de leer lo que alguien ha escrito?
  • Y finalmente, a él mismo. Esto es algo así como un ejercicio de narcisismo disimulado, una exhibición de ego que presupone que a los demás nos debe interesar mucho la persona misma del autor como para asistir a su propia autoevaluación. Y además en estos casos, que los hay, es difícil evitar un sesgo de petulancia.

Entonces ¿a cuál de estos tres objetos se dirige la segunda persona que emplea Stéphan Lévy-Kuentz en su libro? Pues en principio aparentemente a su personaje, un individuo anónimo que se pasea por una calle de Paris (St. Germain-des-Prés o por ahí) y se sienta en una terraza a tomar un aperitivo, que en este caso es más bien un apéro francés, como un rato antes de cenar, más que el piscolabis español de mediodía. Se sienta el hombre, pide la comanda y observa, piensa, elucubra. El objeto de sus reflexiones son a veces sus vecinos de mesa, a veces los transeúntes que circulan enfrente, ejercicios mentales que todos hemos practicado (creo) para matar el aburrimiento. Pero también se sumerge en divagaciones más o menos filosóficas en torno a asuntos diversos, en muchas ocasiones apoyadas en citas de autores conocidos o no. Por ahí aparecen por ejemplo Rousseau, Pushkin y Thoreau, cavilaciones también sobre el amor (uno de los momentos más brillantes), San Agustín o el expresionismo abstracto, ideas que van desfilando sin mucha lógica, de forma aleatoria, como en una noche de insomnio.

En todo este recorrido hay cosas más o menos interesantes, claro, pero no lo suficiente para sostener el libro, por breve que este pueda ser. La muestra de erudición del señor Lévy-Kuentz merece un reconocimiento pero, como ocurre con el uso de la segunda persona que decía antes, este tipo de exhibiciones puede ser un terreno vidrioso. El resultado puede ser brillante cuando este bagaje se pone al servicio de un relato sólido (Borges, casi siempre Umberto Eco), pero puede también terminar siendo una simple pedantería si no conduce a nada más que a rellenar páginas para asombro del lector ingenuo. Adivine usted hacia cuál de los lados de la balanza se inclina nuestro libro de hoy.

La sensación de relato fallido es inevitable, cierto, aunque no quiere decir que el libro sea enteramente desechable. Está bien escrito, tiene cierta espontaneidad, y en la profusión de citas (bien anotadas y explicadas por la traductora) siempre podemos encontrar reflexiones de algún interés. Como puede también tener cierta gracia en algunos momentos, como cuando vemos el suave progreso del alcohol sobre el protagonista, o cuando intuimos al escritor un poco perdido que asoma en su parte final, cuando Lévy-Kuentz parece que, ahí sí, se dirige a sí mismo.

Pero por lo demás tampoco me parece que aporte demasiado, ni termino de verle el sentido, parece una especie de pasatiempo, un simple ejercicio para desplegar la erudición de la que hace gala el autor, sin un objetivo preciso. Aunque en conjunto tenga sus picos de interés, no termina de ser un libro divertido, ni tiene desarrollo narrativo, ni mayor profundidad más allá de algunas reflexiones tomadas con cuentagotas. Algo que apunta posibilidades pero que se queda casi siempre en un amago.


domingo, 1 de marzo de 2026

ULAD al desnudo

Sí: le hemos pedido a cierta IA que nos generara una imagen con un pastel de cumpleaños. Hoy cumplimos diecisiete años de existencia efímera e insistencia estéril. Que leáis, cojones.

Nos ha regalado esta cursilada y hemos dicho OK. Así hacemos que se confíe, porque a partir de aquí seguiremos rebelándonos. 

Si es que ello aún es posible, este blog podría votar el año que viene, cumplidos los dieciocho. O sea, estamos en el último año de adolescencia virtual, y después ya responderemos de nuestros crímenes. Y nuestras aisladas reivindicaciones o asunciones de culpabilidad pasan por la autoadulación, aunque no tengamos estudios de medios ni informes ni posibilidad de medir fiablemente nuestro impacto, si seguimos desde este rincón será porque nadie nos ha silenciado o porque buscamos que alguien nos haga casito o porque alguno aún se quejaría si a las 12:00 hora local no apareciéramos con lo que nos ha apetecido - colectivamente - ese día.

Para celebrarlo, hoy nos gustaría compartir el contenido de las bibliotecas de nuestros colaboradores, y os rogamos (encarecidamente, como hay que rogar) a los lectores que hagáis lo mismo. 

Se trata de un sencillo ejercicio que  nos permitirá trazar una especie de perfil (que, convertido en metadatos, subastaremos al mejor postor) de la biblioteca tipo de nuestra comunidad. Olvidaos, por eso, de que empecemos a emitir videos por Instagram con ese truquito tan sumamente irritante de sostener estratégicamente el libro de manera que no se vea su portada. Nosotros, como siempre, muchos libros, de golpe, y a la cara.

Os pedimos:

Cinco autores más presentes en vuestra biblioteca personal y número de volúmenes que poseáis de cada uno.

Más una mención honorable (ese autor que os encanta pero no ha entrado en esa lista)

Más un placer culpable.

Estos son los nuestros, empezando por los de nuestros más recientes nuevos colaboradores, que todavía no habían sido sometidos al escrutinio público de exponer sus filias, fobias, vergüenzas y perversiones (las literarias, de momento).

Alain:

Primer puesto, con aprox. 30 libros (entre español y japonés): Yukio Mishima. Siempre hago la broma de llamarle ‘mi ultranacionalista favorito’, pero como están las cosas, ya no me hace tanta gracia. Lo que es innegable es su gran talento.

Segundo puesto, con aprox. 25 libros (entre español y japonés): Kenzaburo Öe. La contraparte. Afín al comunismo en algún momento de su vida, antibelicista y antiimperialista. 

Tercer puesto, con 20 libros (entre inglés y español, novelas, cuentos y poesía): Charles Bukowski. Nada que ver con lo anterior. Hilarante.

Mención honorífica (no las cuento como obras independientes, pero en cantidad de libros físicos, demasiados): Asano Inio. Autor de obras maestras del cómic japonés como Oyasumi Punpun. Su más reciente manga, Mujina, está genial.

Gusto culposo (aunque en realidad no). Para toda la comunidad lectora ‘hardcore’ será como decir una blasfemia, pero tengo más de 130 títulos en mi librería de Audible.

José Miguel:

En general, no soy muy completista, por lo que no tengo la necesidad de comprar todo lo que ha publicado determinado autor, por mucho q me guste. Prefiero diversificar autores, aún así consultando la base de datos, sí que acumulo títulos de determinados autores, allá van:

- En primer lugar, con 15 títulos: Gabriel García Márquez ( unos títulos mejor q otros, pero gran literatura).

- En segundo lugar con 11 títulos: Stefan Zweig ( en realidad tengo 4, pero es q solo el volumen de Novelas ya tiene 11 novelas dentro).

- En tercer lugar con 8 titulos: José Saramago (no necesita mayor explicación).

- En cuarto lugar con 7 títulos: Fiodor Dostoyevski ( idem que el anterior).

- En quinto lugar con 7 títulos: Franz Kafka ( una pena q no escribiera más y, sobre todo, q no concluyera lo poco q escribió).

- Menciones honoríficas, no llego a tener tantos títulos: Sandor Marai, Irene Nemirovski, Leonardo Padura, los rusos ( Tolstoi, Chejov, Gogol, Goncharov, Pushkin).

 Félix:

Como José, aunque por otras circunstancias más económicas, tampoco he podido completar a mis escritores preferidos, y recién el año pasado me pude permitir comprar mis propios libros. Así que es una mezcla de la biblioteca de mi familia y la mía 

* Osvaldo Soriano, 13 títulos: un bestseller que aunaba entretenimiento y profundidad como pocos 

* J.M Coetzee, 9 títulos: un gran escritor

* Charles Bukowski, 9 títulos: no es una preferencia, pero me gusta bastante 

* Haruki Murakami, 8 títulos: en principio, me gustaba mucho, luego, como dice uno de sus personajes, ni me gusta ni me disgusta 

* John Steinbeck, 8 títulos: este sí una de las maravillas de la literatura 

Otros de los cuales tengo varios y/o me marcaron: Tolkien, Rowling, Asimov, Kristof, Sabato, Oé, Pamuk, Faverón Patriau, Barth, Foster Wallace 

Gusto (medio) culposo: una tendencia pronunciada a (re)leer libros de entrevistas para encontrar un faro y fantasía juvenil para no olvidar el asombro y la inocencia (quiero decir la buena, no la que es una excusa para el romance tóxico)

 Juan G.B.:

-Primer puesto, con 15 títulos: Leonardo Sciascia (os pensábais que iba a poner Megan Maxwell, no lo neguéis).

-Segundo puesto, con 12 libros cada una: Donna Leon (puedo explicarlo... más o menos), Fred Vargas y Eduardo Mendoza.

-Tercer puesto, con 6 títulos (pero porque se murió antes de escribir más): Bruce Chatwin.

Mi mención honoraria sería tanto para Ítalo Calvino como para Andrea Camilleri, leídos sobre todo de la biblioteca pública, aunque tengo cinco de cada.

Mi placer culpable:  Pues, ahora en serio, las novelas de Megan Max... Nooooo! Los fumetti de Dylan Dog, que también tengo unos cuantos.

 Francesc:

-Roberto Bolaño (incluyendo algún libro sobre su obra) 19

-David Foster Wallace (ídem) 18

-Michel Houellebecq (otro ídem) 11

-Riszard Kapuscinski, Thomas Pynchon - 10

Mención honoraria: Jonathan Franzen -porque sólo publica tochos cada década o así

Placer culpable: Javier Cercas - aunque sea para ponerle verde tras su sofocón monárquico.

 Koldo:

Números aproximados por el desorden que uno tiene. Allá va:

- Primer puesto, con unos 15 títulos: Patrick Modiano (hubo un tiempo preULAD en el que leí como un puto loco todo lo que publicaba).

-Segundo puesto (comparten por lo tanto medalla de plata), con unos títulos cada uno: Michel Houellebecq y Ramiro Pinilla.

-Cuarto puesto, con 10 títulos: Yukio Mishima.

-Quinto puesto, con 8-9 títulos: Atxaga, Mujica Lainez, García Márquez, Mariana Enríquez...

Mención honoraria: Yugoslavos o exyugoslavos raros (Danilo Kis, Aleksandr Tisma, Ivo Andric, Semezdin Mehmedinovic, Predrag Matvejevic, Slavenka Drakulic y compañía) y autoras argentinas (Mariana Enriquez, Silvina Ocampo, Sara Gallardo, etc)

Mi placer culpable:  Los libros de viajes polares. 

 Carlos

Dadas las siguientes condiciones: 1) Un grado de desorden no aceptable para un letraherido; 2) Exagerada tendencia a la diversidad; y 3) Uso frecuente, quizá abusivo, de las bibliotecas públicas; mis números, obtenidos de vistazo superficial a la estantería, quedan claramente lejos de mis ilustres compañeros y dejan un podio así de multitudinario, y que buen esfuerzo me cuesta componer:

- Oro: con unos cinco títulos, quizá alguno más, tendríamos a Juan Benet, Cela (no por afición, sino por aluvión), García Márquez, Torrente Ballester y Valle Inclán

- Plata: con alguno menos, digamos cuatro aunque podrían ser más, Bernardo Atxaga, Borges, Cortázar, Eco, Joyce, Kafka, Sartre, Unamuno, por ahí andan

- Bronce: se lo daríamos a algunos pensadores políticos que hoy en día es mejor no nombrar, y que descansan en cajas en algún altillo

Mención especial a algunos de mis favoritos a quienes no he tenido la elegancia de dejar demasiados derechos de autor, ni a ellos ni a sus descendientes, diríamos Baroja o Juan Goytisolo.

¿Placer culpable? Casi todos lo son, pero a nivel lector admitiría dos: cierto gusto por rarezas, especialmente del siglo XX, y una manga ancha injustificable para tolerar algún mainstream, pero muy de cuando en cuando, las neuronas descansan un poco y después se critica muy a gusto.

Marc:

Bueno, pues creo que mi lista no sorprenderá a nadie, pero ahí voy:
  • Primer lugar: Paul Auster, del que he leido la friolera de 22 libros y al que voy a echar de menos toda mi vida. Por suerte, hay cierta continuidad en el legado, pues:
  • Segundo lugar: Siri Hustvedt, con 16 libros. Mi admirada Siri, siempre entre mis favoritas.
  • Tercero, y dedicado a Juan: Haruki Murakami, con 15 libros. El eterno candidato al Nobel al que creo que ya se ha pasado el sushi. Pero ahí está y ahí están mis buenos ratos con las leturas de sus libros.
  • Cuarto puesto: Stefan Zweig, con 9 libros. ¡Y los que me faltan!
  • Quinto puesto: Annie Ernaux, con 8 libros. Pocos son para una premio Nobel.
  • Mención honoraria a mis amados escritores nórdicos, ¿cómo entenderíamos la oscuridad de la vida sin sus libros?
  • Placer culpable: la verdad es que pocos, aunque en el pasado mucha novela policíaca llena de clichés como las novelas de Baldacci.
Oriol:

Aunque siempre he sido un fetichista del libro físico, durante años prioricé la lectura de documentos sacados de bibliotecas públicas a la compra de ejemplares propios (ya sean de primera o segunda mano). En cualquier caso, ahora que mi colección literaria va tomando forma, puedo decir que:

Los autores más sobrerrepresentados son:
  • Stephen King (25 títulos).
  • Patricia Highsmith (22 títulos).
  • Clive Barker (15 títulos).
  • Alberto Moravia (13 títulos).
  • H. P. Lovecraft (12 títulos).
  • (No cuento el número de tomos de manga, ya que Masashi Kishimoto y Eiichiro Oda se alzarían con una aplastante victoria gracias a mi obsesión juvenil por Naruto y One Piece.)
Mención honorífica: El año pasado habría dicho que lamentaba no tener en mi biblioteca personal mi novela favorita, la magistral Memorias del subsuelo de Fiódor M. Dostoievski, pero como me la regalaron hace poco, voy a sentir el no tener más libros de tapa dura de la editorial Valdemar.

Placer culpable (por llamarlo de algún modo, ya que me parece bastante estúpido avergonzarse de según qué gustos, por más que muchas personas, presuntamente serias, no sean capaces de entenderlos): "Baja" literatura ("pulp" y bolsilibros, géneros "menores" como el terror, el policíaco, el "western", etc...) y literatura sórdida (ya sea por oscura, perversa, decadente, fetichista o todo lo anterior a la vez).  
 
Santi:
Como tengo mi biblioteca dividida entre Bilbao y Lisboa, entre libros físicos y digitales, no voy a conseguir dar números exactos, y tampoco voy a poder comprobar mis recuerdos o impresiones; en todo caso, así de memoria, diría que estos son los autores de los que tengo más libros:
  • Ramiro Pinilla
  • Julio Cortázar 
  • Andrea Camilleri 
  • Stephen King 
  • Agatha Christie
La mención honorífica es para Terry Pratchett, un autor del que he leído un buen montón de libros, pero de quien poseo muy pocos, porque mi práctica es leer sus novelas mientras viajo, y "liberarlas" cuando las termino.
 
Placeres culpables no tengo muchos, porque asumo sin culpa todos mis placeres lectores, aunque de vez en cuando me doy el gusto de comprar una novela policiaca baratucha y llena de clichés para descansar las neuronas.

En fin:
 
Es muy posible que, si los autores más mencionados no encajan en nuestro alcance habitual (difícil, con más de seis mil reseñas, pero vaaamos) nos decidamos a prestar atención a alguno de ellos. Pero no prometemos nada.

domingo, 5 de agosto de 2012

Colaboración: La maleta de Sergei Dovlatov

Idioma original: ruso  
Título original: Chemodan 
 Año de publicación: 1986
Valoración: Recomendable

Algún día, todos cabremos en una maleta.

El escritor ruso Sergei Dovlatov hace tiempo que ocupa una, la suya, la que le permitieron sacar de la vieja Unión Soviética y que llevó a los Estados Unidos, su última tierra de acogida. En ella acarreaba lo que pudo meter, una colección de calcetines verdes “made in Finland”, un traje para entierros, un gorro de auténtica piel de foca, unos guantes, los botines del alcalde de Leningrado, una camisa de popelín y la chaqueta de la celebridad cubista Ferdinand Leger.

Sergei Dovlatov. 3 de septiembre de 1941, Ufá, 24 de agosto de 1990, Nueva York. Judío, hijo de la farándula, escritor y cuentista. Probó con la filología finesa hasta su expulsión de la facultad. Sirvió en el ejército tres años. Intentó el periodismo, trabó amistad con Joseph Brodsky, ejerció como corresponsal por Estonia. Fue guía del museo Pushkin. El típico artista fichado por el KGB por diletante. El típico disidente que, aprovechando la flojera del estado soviético para asilarse en los Estados Unidos.

La maleta se inserta en la colección de libros que el autor dejó sobre su experiencia soviética y que, finalmente, publicó Nueva York, después de intentarlo sin fortuna en su tierra. Con la perspectiva del tiempo, el drama sabe a menos hasta convertir la miseria y el alcoholismo en un vodevil que firmaría el mismo Woody Allen. A veces, casi es mejor así. Lo favorece un humor sobrio y una prosa seca que caen a peso en el alma como tragos de vodka. Porque después del golpetazo suben los vapores que convierten la vida y la supervivencia en una gincana que incluye momentos de todo: desde peleas a trapicheos, de trabajos subterráneos ahogados en alcohol a historias de amor como témpanos, haciendo de soldado o de periodista en la tierra del silencio. De todo ello, Dovlatov hace recuento. Y saca para llenar una maleta. Microhistorias. Como quien coge lo imprescindible antes de salir corriendo.

Firmado: Tuli Márquez de la Nogal

Otros libros de Sergei Dovlatov reseñados en Un Libro Al Día: El compromiso,  La zona, Retiro, La extranjera

jueves, 24 de noviembre de 2011

Peter Shaffer: Amadeus

Idioma original: inglés
Título original: Amadeus
Año de estreno: 1979
Valoración: Muy recomendable

Que no os confunda la fama de la película: la obra de teatro de Peter Saffer fue antes. De hecho, Peter Shaffer colaboró en el guión de la película basada en su obra, e hizo algunas alteraciones sustanciales (y acertadas en varios casos, en mi opinión). Claro que también hay que decir que Shaffer no puede atribuirse el mérito de inventar el mito de que Salieri asesinó a Mozart por envidia: este rumor nació poco después de la muerte del propio Mozart, y fue introducida ya en una obra de teatro nada menos que de Pushkin, adaptada después por nada menos que Rimski-Korsakov (gracias, Wikipedia).

En todo caso, la película dirigida por Milos Forman en 1984 es una de mis favoritas, así que cuando fui a ver la obra hace algunas semanas iba con cierta prevención: ¿me decepcionaría? ¿Sería demasiado igual a la película? ¿Intentarían los actores del teatro imitar a los actores el cine, como pasó en la representación que vi de Un tranvía llamado deseo en el mismo teatro? Pero no: la experiencia teatral de Amadeus no solo fue distinta a la de la película, sino que fue incluso superior en algunos aspectos. Por ejemplo, la obra (o la representación que yo vi) utiliza espléndidamente recursos dramáticos (movimientos en escena, cambios de escenario, iluminación, vestuario) que la película, por imposición del propio medio, no puede emplear.

Sería absurdo criticar a la obra por no ser históricamente verídica, no solo porque la ficción no debe rendir necesariamente pleitesía a la realidad, sino porque el propio Shaffer introduce dos elementos que cuestionan la propia veracidad de la obra: en primer lugar, como en la película, toda la obra está narrada por el propio Salieri en sus últimos días, ya senil y demente, por lo que no es un "narrador fiable"; y además, otros dos personajes, a modo de marco narrativo, comentan la acción de la pieza y la cierran definitivamente repitiendo "No me lo creo, no me lo creo" ante las noticias de la autoinculpación de Salieri.

Hay dos elementos que en la obra me parecieron mucho más evientes que en la película: el humor, y el sexo. La obra es muy divertida, y está llena de personajes ridículos (Mozart, el emperador, el propio Salieri incluso), aunque en la segunda parte pierde ese tono ligero para hacerse cada vez más sombría. En cuanto al sexo, está constantemente presente en la forma en que Salieri mira el mundo: sexualidad reprimida o sublimada a través de la música, que se convierte en lujuria desatada después de la "rebelión contra Dios". Creo que hacer una lectura freudiana de la obra es tan fácil, que no tiene mérito.

Amadeus ha pasado a la cultura popular como una representación casi mítica de la envidia. Pero hay otro tema que me parece igualmente interesante: el misterio del genio creativo. Cómo nace. En qué consiste. Cómo se reconoce. Por qué ciertas personas están tocadas por el don magnífico (y a veces, terrible) del artista mientras que otras deben conformarse con ser meros "artesanos" de su oficio, con dignidad pero sin grandiosidad. Por supuesto, la oposición radical que plantea Shaffer es tramposa y simplista (entre otras cosas, porque Salieri era, en opinión de los musicólogos, un compositor notable), pero contiene el germen de una pregunta verdadera y muy contemporánea: ¿quién decide quién es artista y quién no lo es? ¿La posteridad, el poder, la moda, los críticos? ¿Es el genio algo innato o es fruto del trabajo (o no existe)? ¿Está en el creador, o en la creación?

Y todo esto, claro, con música de Mozart. Qué más se puede pedir...

domingo, 8 de enero de 2023

Ivan Turguenev: Padres e hijos

Idioma original: ruso

Título original: Отцы и дети / Ottsý i deti

Traducción: Rafael Cañete Fuillerat

Año de publicación: 1862

Valoración: Está bien


Dicen los que saben de estas cosas que Ivan Turguénev fue uno de los máximos exponentes de la literatura rusa en ese Siglo de Oro que fue por aquellas tierras el XIX. Con mis muy limitados conocimientos, imagino que se le puede colocar algo por detrás de Tolstói o Dostoyevski, quizá en un grupo donde cabrían Pushkin, Chéjov, Gorki o gente de ese estilo. Resulta que además de enterarme de esto, veo que en nuestro ilustre blog tiene algunas reseñas con buenas valoraciones y, aunque leyéndolas después parecen menos entusiastas de lo previsto, me decido a estrenarme con Padres e hijos, por lo visto una de las obras más importantes de este autor.

La vida en el campo, y en concreto en las grandes haciendas, puebla generosamente la literatura rusa de la época, con la visión desoladora de tierras improductivas, las miserables condiciones de vida de los mujiks y las diferentes posturas que respecto a ellos mantienen los terratenientes, algunos aferrados a mantener el statu quo, otros impregnados por convicciones más humanistas, que vieron claro que el sistema no podía mantenerse mucho tiempo más y comenzaron a aflojar la presión. Algo de esto hay en Padres e hijos, aunque en mi opinión muy en segundo plano (entre paréntesis diré que el prologuista del libro, que no recuerdo quién es, pone el foco en esa disyuntiva sobre la realidad agraria, lo que me hace pensar que a veces algunos escriben los prólogos sin haberse leído el libro, o bien yo sigo siendo suficientemente obtuso para no percibir lo que parece tan evidente. Seguramente será esto último lo que haya ocurrido). En segundo plano, digo, porque el nudo del libro está en lo que sigue.

Dos jóvenes, Kirsánov y Bazárov, regresan a casa tras un periodo de estudios en Petersburgo. Llegan con ideas nuevas y bastante rompedoras, imbuidos de nihilismo, descreídos e iconoclastas, con la arrogancia de quien ha descubierto cosas nuevas y desprecia los valores asumidos por sus mayores, la autoridad, el amor, la tradición. Bazárov, que parece algo mayor, ejerce de líder con su ironía amarga, es más bien despótico y muestra el desapego y la altanería de quien se cree superior. En un viaje con diversas paradas van planteándose distintas situaciones en las que la ideología urbana de los jóvenes va poniéndose de manifiesto: en casa de los Kirsánov enfrentan la bonhomía del padre, el hacendado que ha decidido liberar a sus mujiks en un gesto que a los invitados les parece insuficiente; en su visita a los Bazárov a duras penas se plegarán ante los sencillos y bienintencionados padres con actitud condescendiente; y en las jornadas compartidas con la viuda Odíntsova se pondrá a prueba el radicalismo de su desdén hacia el amor romántico.

Todo se traduce en largas conversaciones de los jóvenes con los sucesivos personajes, dando al relato un aire más bien teatral. Y descubrimos subtramas, unas con más desarrollo que otras, que sin embargo no terminan cristalizando en casi nada, al margen de ilustrar discretamente el perfil de unos y otros. Porque hay personajes que apuntan a cosas interesantes (la propia Odíntsova, con su belleza y su tenue misterio; el estirado tío que encarna el clasismo y la tradición; la doncella que ha tenido un hijo de su señor), pero quedan en poca cosa, como incapaces de salir del corsé de contención en que los tiene metidos Turguénev. Diálogos por aquí y allá, impulsos que amagan con brotar pero terminan ahogados o metabolizados por personajes que, salvo el tío al que citaba, no se permiten ni media salida del tiesto, todo tan medido que termina por dejarnos un tanto aplanados. No sé si será el europeísmo, o anglofilia, no sé bien, de este autor, quizá demasiado preocupado por mantener a su elenco dentro de una corrección no muy bien entendida o a su narrativa en un tono aceptablemente burgués, pero qué diferente de otros maestros rusos que no vacilan a la hora de meterse en el fango y mostrar con toda crudeza las aristas del ser humano.

El libro está bien escrito, sí, resulta diríamos elegante y moderadamente entretenido, plantea (más bien sugiere) algunos temas interesantes (la situación en el campo, el amor, nuevas ideas frente al inmovilismo), pero le falta claramente profundidad, peso, la fuerza que lo convierta en algo poderoso y difícil de olvidar. Por algo en ese prólogo que me he permitido criticar quizá un poco a la ligera se cuenta que Tolstói, amigo de Turguénev, venía a decir que el libro estaba escrito sin alma, y por eso no le había llegado al corazón. Y es que, o bien esa amistad había conocido tiempos mejores, o el viejo Lev puso la objetividad por encima de cualquier otra consideración. O, en definitiva, que teniendo amigos así para qué se necesitan enemigos. Pero sea como fuese, la verdad es que tenía bastante razón. 


Otras obras de Iván Turguénev en ULADPrimer amorNido de noblesDiario de un hombre superfluo

jueves, 1 de febrero de 2018

Serguey Dovlátov: La zona

Idioma original: ruso
Título original: Ӡоңа
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana Alcorta y Moisés Ramírez
Valoración: Muy recomendable

Entre otras muchas cosas que fue en su vida -sobre todo, periodista y escritor, pero también, por ejemplo, boxeador o guía de un parque temático sobre Pushkin... y, por supuesto, exiliado-, Serguey Dovlátov cumplió su servicio en el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos como guarda de campos reformatorios (léase cárceles) en la parece que no muy acogedora República de Komi, por ahí al Norte... Es decir, en una parte del conocido "archipiélago Gulag", aunque no en un campo de trabajo destinado a los disidentes políticos, sino a los delincuentes comunes. Da lo mismo, no creo que a Dovlátov le importara mucho esta diferenciación, visto que para él tampoco había demasiada diferencia entre los zeks o presos y sus guardianes, como él mismo:

"Descubrí una asombrosa semejanza entre el campo de trabajo y el libre albedrío, entre los prisioneros y los guardias (...). Un solo mundo desalmado se extendía a ambos lados de las áreas restringidas (...). Éramos muy similares unos a otros, incluso permutables. Casi cualquier preso habría encajado en el papel de guardia. casi todos los guardias merecían una condena.
Insisto: esto es lo principal de la vida en la prisión. Todo lo demás es periférico."

Como se ve, para Dovlátov el campo, la prisión o como quiera llamarse lo que él denomina "la zona", en realidad no ocupaba sólo las instalaciones del campo en sí, o el territorio adyacente -junto con Chebyu, el peligroso asentamiento donde se establecían muchos presos tras cumplir la condena-, sino que se diría todo el país, el estado soviético y aún el mundo entero. El infierno está dentro de cada uno de nosotros.

Al igual que ocurre en otros libros de este autor, en esta suerte de "crónica carcelaria" también nos regala un despliegue variopinto de personajes más o menos peculiares, desde tercos "ladrones en la ley" a melancólicos, embrutecidos o flemáticos guardianes; encanalladas trabajadores libres y entusiastas instructores políticos; tipos humanos procedentes de medio Imperio Soviético, que se emborrachan con alcoholes de los más diverso, procedentes del otro medio imperio... empezando, como no podía ser menos, por el propio narrador, quien, pese a ser considerado como un "intelectual" por sus compañeros y superiores -o quizás por eso mismo-, no le pone reparos a un  zapoy, esa forma extrema y trágica que tienen los rusos de empinar el codo.

Porque todos los personajes del libro y todas las historias que nos cuenta Dovlátov tienen un poso trágico o, cuando menos, taciturno, pese a algún episodio tan chanante como el montaje de una obra teatral aleccionadora con y para los prisioneros. O los interludios epistolares del autor para su editor en Estados Unidos, que no dejan de tener su punto humorístico-; dada la visión desengañada que tiene Dovlátov de todos los que se encuentran, por una causa u otra, en "la zona". Ahora bien, haciendo una elección literaria y personal, aunque también a causa de su estilo algo seco e irónico -esto no lo dice él-, el escritor renuncia a mostrarnos todas las truculencias que podría:

"Decidí rechazar los episodios más salvajes, más sangrientos, más monstruosos de la vida en el campo. me pareció que habrían quedado muy sensacionalistas, especulativos. Su efecto se habría surtido por la naturaleza del material narrativo mismo, más que por su textura literaria"".

Pero lo cierto es que resulta aún más estremecedora esta omisión, saber que el bueno de Serguey prefiere ahorrarnos ciertas cosas que él no pudo ahorrarse. Incluso cuando la violencia es ejercida contra su persona, nos lo cuenta Dovlátov de una manera algo distante, sobria, huyendo de cualquier énfasis dramático. Eso no significa que la experiencia no le dejara huella. Con permiso, reproduzco de nuevo las propias palabras del autor (la reseña en sí ya ha terminado, pero no me puedo resistir, con lo bien que escribía, el tío):

"Nací con los instintos de un boxeador profesional: para convertirme en un joven capaz de reflexión, fueron necesarios esfuerzos literalmente sobrehumanos. Hubo de formarse una cadena de acontecimientos  inverosímiles... y por tanto lógicos y convincentes. Uno de ellos fue la prisión. Obviamente, alguien deseaba fervientemente hacer de mí un escritor. 
No fui yo quien escogió esta profesión agotadora, estentórea, dolorosa, pesada. Ella me escogió a mí; ya ahora la cosa tiene mal arreglo."


Otros títulos de Serguey Dovlátov reseñados en Un Libro AL Día: La maletaEl compromiso, Retiro, La extranjera

lunes, 19 de diciembre de 2022

Lo mejor de 2022

Un año más nos obstinamos en ir contracorriente, en llegar de los últimos para desmentir a muchos de los medios cautivos de jamones, lotes de Navidad y transferencias a cuentas cifradas en paraísos fiscales. También aclaramos que estas son nuestras lecturas durante el año, y que si se nos cuela algún libro inencontrable de hace cuatro décadas, seamos o no conscientes de ello, no nos culpéis. Es el amor a la literatura, que nos ciega con sus fogonazos.

Dicho ello:

La lista de Juan

Año de muchas y buenas lecturas, aunque quizás pocas que hayan destacado del resto. Por eso, me vais a permitir que desgrane mis mejores lecturas a base de tríos...


La lista de Koldo

Curiosamente o no, pocas novedades de 2022 en mi lista de mejores lecturas del año:


La lista de Santi

Año de muy pocas lecturas, pero algunas que me han hecho disfrutar soberanamente:


La lista de Oriol


La lista de Marc

Un año irregular en cuanto a lecturas, que no contaría entre mis mejores. Mejor en ensayo que en ficción, en líneas generales. Aún así, hay libros y autores a destacar en todos los géneros:
Propósitos para el 2022: más poesía, (aún) más ensayo y más literatura infantil


La lista de Montuenga

Lo mejor

Lo peor


La lista de Carlos

Entre medio, algunas cosas que han quedado cerca de esta lista de destacados, y otras inevitablemente prescindibles, regulares o más o menos decepcionantes. Como siempre, vaya. Veremos lo que está por venir.


La lista de Nieves J.

Destaco dos novelas: Josefine y yo (intimista) de Hans Magnus Enzensberger y El tren de la última noche (género histórico) de Dacia Maraini

La lista de Francesc Bon

Confirmando que las situaciones personales afectan a las lecturas, no recuerdo año en que haya leído tan poco y peor. Así que mis referencias del año serán pocas y al ralentí:

Tostonazo, de Santiago Lorenzo, me confirmó en los términos que esperaba, más o menos, que sigue siendo, con su estilo naïf y pasota, de los pocos escritores locales capaces de definir una carrera. No me hagáis mencionar todos los que no, por favor.

Si digo que acusé la falta de munición de alto calibre en Aniquilación, igual soy un poco injusto, pero es que venimos de cotas muy altas (ejem, casi siempre) con Houellebecq. Sigue siendo un placer y un autor único, pero, a lo mejor, se nos está ablandando. Será como el del dicho. - ¿Cree Vd. en Dios? - Cuando estoy enfermo.

Demasiado terreno conocido: reseñar a Kapuscinski, Foster Wallace, Vila-Matas o Philip Roth (otra vez) es demasiado indicativo de que la cosa no ha ido como debía.

Como, a veces, la ficción se espesa en un cerebro algo angustiado, los ensayos o crónicas de corte investigador me han resultado (aunque acusé su extensión) muy útiles: El Imperio del Dolor o Solo la verdad obraban a distintos niveles su efecto: hay que controlar los poderes, manifiestos u ocultos, que nos rodean.
Y me han dicho que no tiene sentido comentar tanto abandono. Por este año, obedezco.