lunes, 29 de junio de 2009

Gogol: El inspector

Idioma original: ruso
Título original: Ревизор
Año de publicación:
Valoración:
Muy recomendable

Con pocas obras de teatro me he reído en mi vida tanto como me reí cuando vi hace años en el Teatro Baracaldo una representación de El inspector, de Gogol. La obra es una sátira política del régime pre-comunista en Rusia, pero sus críticas son intemporales, y puede aplicarse a cualquier país en el que haya corrupción, burocracia, trepas y chupatintas (¿a alguien se le ocurre alguno?). Además, lo que algunos consideran como un defecto -que es una sátira destructiva, sin que ningún personaje se salve de la quema, salvo quizás el pícaro central-, evita que la obra se convierta en propaganda o moralina, como pasa muchas veces.

El argumento de la obra (que por cierto se parece algo al de Muerte accidental de un anarquista, de Darío Fo) se basa en la típica confusión cómica: en un perdido pueblo de Rusia están esperando a un "Inspector General" venido de la capital para investigar sus desmanes y corruptelas. Naturalmente, están aterrorizados. En ese momento se enteran de que en la posada del pueblo se alberga un misterioso joven llegado de San Petersburgo, que carga sus gastos "a la Corona", y deducen que se trata del inspector, así que deciden invitarlo a quedarse en scasa y colmarle de honores, regalos y sobornos.

Por supuesto, el joven en cuestión no es ni de lejos un inspector oficial, sino un caradura sin complejos pero con astucia, que intenta aprovechar la situación para su propio beneficio. Lo que sigue es una comedia de enredo en la que el alcalde y los comerciantes del pueblo intentan ganárselo para su causa, mientras que lo que a él le interesa es seducir a la mujer y a la hija del alcalde (como Mastropiero con la Duquesa de Lowbridge, vamos). Finalmente, el pícaro decide abandonar el pueblo dejando a todos sus corruptos habitantes satisfechos (porque creen haberle impresionado gratamente), desplumados y engañados. Y entonces, claro, llega el verdadero inspector, y la obra termina.

Que el humor puede ser un arma ideológica y política es algo que sabemos de sobra; pero son más raras las ocasiones en las que la sátira circunstancial consigue convertirse en verdad universal, y hacerte reír a carcajadas al mismo tiempo.

1 comentario:

Carolus dijo...
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