Mostrando las entradas para la consulta Tolstoi ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Tolstoi ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de febrero de 2011

Lev Tolstoi: Sonata a Kreutzer

Idioma original: ruso
Título original: Kreitzerova Sonata
Fecha de publicación: 1889
Valoración: Muy recomendable

Al bueno de Lev (o León, con el nombre españolizado) Tolstoi le hemos dado en este blog una de cal y una de arena: pusimos a caldo Ana Karenina y fuimos algo más generosos con Guerra y Paz. Hoy le toca otra vez la zanahoria gracias a Sonata a Kreutzer; y es que, en mi opinión, Tolstoi gana en las distancias cortas, cuando su talento se concentra y se afila en torno a un único tema o conflicto (aunque su capacidad para manejar universos narrativos gigantescos también sea prodigiosa). La muerte de Iván Ilich es una crítica feroz de la hipocesía, la ambición, la falsedad de las clases medias y altas de Rusia, y una reflexión sobre la muerte y el miedo a la muerte; Sonata a Kreutzer es menos social y más psicológico: el estudio detenido de una relación amorosa que se pudre por efecto de los celos.

Estructuralmente, Sonata a Kreutzer es bastante convencional: en un vagón de tren coinciden unos cuantos personajes, entre ellos el narrador principal (del que poco sabemos) y otro personaje, inicialmente misterioso y que luego descubriremos que se llama Pozdnishev. Los personajes comienzan a hablar del amor, como sentimiento y como convención social, y Pozdnishev interviene para decir que el amor no existe; y para probarlo cuenta la historia de cómo mató a su mujer, transformándose así en la voz que ocupa el resto de la novela.

Lo interesante no es por lo tanto la estructura, sino la introspección que realiza después el personaje, en la que narra su vida de soltero depravado (idéntica, según él, a la de la mayoría de los jóvenes); su precipitado matrimonio con una joven de apariencia inocente; y sobre todo la decadencia de este matrimonio, por culpa de la rutina, el resentimiento y los celos, que conducen al crimen. En realidad, el largo discurso de Pozdnishev es una mezcla de narración y reflexión: sobre el poder (destructivo) del deseo carnal, sobre la imposibilidad de alcanzar la felicidad, sobre las pasiones humanas más poderosas.

En conjunto, la narración transmite una sensación de in crescendo: los conflictos se amplifican y profundizan con la aparición de un violinista con el que la mujer de Pozdnishev interpreta la sonata que da título a la obra (y que inspiró la pintura de Prinet que aparece ahí a la izquierda). Las escenas finales, que retratan el crimen anunciado desde el comienzo, son implacablemente descriptivas, minuciosas, terribles. Sonata a Kreuzer no es precisamente una obra optimista ni esperanzadora. Pozdnishev expresa aquí la que parece ser la postura del propio Tolstoi frente a las relaciones humanas: el rechazo de todas las pasiones, y en particular de la pasión carnal, que lleva a la infelicidad y a la insatisfacción. No es probable que muchos lectores actuales se identifiquen con esa tesis; pero sí que es más probable que muchos disfruten con el talento narrativo implacable de su narrativa.

También de Lev Tolstói en ULAD: Ana KareninaGuerra y PazLa muerte de Iván IlichLa felicidad conyugalSonata a KreutzerLos dos húsaresLa mañana de un terrateniente

viernes, 18 de enero de 2019

Lev Tolstoi: La felicidad conyugal

Idioma original: ruso
Título original: Семейное счастие
Año de publicación: 1859
Valoración: Recomendable




Detrás de un título así de contundente encontramos una historia sencilla, narrada por Masha, una adolescente huérfana, heredera de una propiedad agrícola, no muy extensa según parece, que lleva una vida plácida junto a su hermana pequeña y el aya. La tristeza por el reciente fallecimiento de su madre se diluye un poco gracias a las frecuentes visitas de un antiguo amigo del padre, un hombre soltero que idealiza y al que acaba declarándose.
Con estos mimbres podríamos esperar cualquier cosa, pero se trata de un argumento concebido a mediados del siglo XIX cuyo autor es León Tolstoi, nada menos: aristócrata ruso de la época arraigado al terruño, de ahí su innegable conocimiento del ambiente descrito en la novela.
La felicidad conyugal es su primera novela no autobiográfica, anterior por tanto a sus obras mayores y mucho más célebres que esta. Sin embargo, y a pesar de no llegar a las doscientas páginas en formato pequeño, del reducido número de personajes –algunos apenas esbozados- y de la sencillez de la anécdota, su genialidad posterior se manifiesta ya en la exactitud del lenguaje, en la eficacia y belleza de las descripciones, en su agudeza psicológica y en que le bastan unas pinceladas para retratar con rigor a la alta sociedad de San Petersburgo.
La primera parte –y más lograda, creo- es un más que convincente ejercicio de introspección que nos pone en la piel de la protagonista mostrándonos sus inseguridades y sus sueños. Finalmente, asistimos al desarrollo de una relación que parece idílica pero cuya asimetría no parece presagiar nada bueno. La cosa cambia cuando se registran las incidencias de esa vida matrimonial que anuncia el título, porque entonces el Tolstoi moralista que tan bien conocemos no puede evitar meter baza y, progresivamente, adueñarse de la historia imponiendo su punto de vista aún a costa de forzar los acontecimientos, de eludir lo que no le conviene y hasta de alterar el carácter de los personajes para que coincidan con sus propósitos. Con ello pierde verosimilitud y coherencia pero, eso sí, sus tesis quedan intactas. ¿Cuáles son esas tesis? Pues que la vida mundana es peligrosa, que el marido ha de imponer su autoridad, y si no lo hace la esposa acabará reclamándola, que la pasión es un elemento dañino en las relaciones, que hasta un beso en la mejilla recibido involuntariamente de otro convierte en culpable a la mujer etc.
Contra lo que pueda parecer, y algunos críticos defienden, no creo que se trate de abogar por algo tan obvio como la transformación de un sentimiento impetuoso en algo más tranquilo y duradero. Porque el resquemor se ha instalado en la pareja y convivirán con él, y entre ellos, como si fuesen dos extraños hasta que la muerte los separe. Y ella, a su pesar, se ve obligada a aceptar ese estado de cosas porque es la decisión de su marido. Un castigo perpetuo, como el de Karenin impidiendo a Ana tener contacto con su hijo. La cuestión estaría en averiguar si Masha es o no la precursora de Ana Karenina. En ese caso, la copia sería más convincente que el modelo al estar la trama mejor resuelta, además, el personaje transgrede mucho más las normas ofreciendo a su autor la oportunidad  de ensañarse con ella a gusto. Supongo que, sobre el papel, es preferible un drama, por espantoso que sea, a un desenlace tan insulso como este. Y es que, aunque discrepe con ambos mensajes, si esta segunda parte sirvió de ensayo para tamaño novelón, podemos perdonar a Tolstoi cualquier incongruencia. 


Del mismo autor: Guerra y paz, Sonata a Kreutzer, Ana Karenina, La mañana de un terrateniente La muerte de Iván IlichLos dos húsares

domingo, 18 de abril de 2010

Grandes decepciones: Ana Karenina, de León Tolstoi

Idioma original: rusoTítulo original: Анна Каренина
Fecha de publicación: 1877, publicación completa. Pero como folletín entre 1875-1877Valoración: aburridísimo

Ya sé que voy a empezar la reseña con un chiste malísimo para el general de los mortales y de invención propia, pero no lo puedo evitar. De hecho, hasta aún sonrío cuando lo cuento porque me encanta, y es que Tolstoi me ha resultado un auténtico “tolstón”.

Y no es que me haya resultado más que aburridísimo por el género en sí, que se adscribe dentro del realismo ruso, pues me suele gustar la literatura rusa, y el género realista, pero no pude con esta obra. Así como la propia vida del autor resulta fascinante (se le define como filósofo cristiano libertario y anarcopacifista, precursor del naturismo libertario, crítico de la institución eclesiástica, pero cristiano convencido, y excomulgado), esta obra en concreto es intragable. He releído algún pasaje al preparar la reseña, pues lo leí hace unos cuantos años, y he recordado aquellas horas interminables en las que me tenía que obligar a finalizarlo, por orgullo, por principios, qué sé yo, pero debía leerlo entero. ¿Y si lo mejor estaba al final?

Y no, no lo estaba. Reconozco el valor que tiene como crítica a la aristocracia rusa de finales del s. XIX y principios del XX, pero se hace demasiado lento. La historia, a grandes rasgos, se puede dividir en dos partes. Primero, tenemos como protagonista a Ana Karenina, casada, pero descontenta con su vida. Y aquí nos encontramos con historias de amor y desamor, de dudas morales, felicidad y tristeza, dentro de la alta sociedad rusa. En estos entresijos, conocemos a Lyovin, el protagonista central de la otra historia paralela de la novela.

Si la parte que hace referencia a Ana y lo que le rodea resulta un poco aburrida por lo enmarañado y fútil, la parte de Lyovin lo resulta por lo denso y lento. Después de un primer y corto encuentro con el mundo que circunda Ana y su familia, vuelve a su granja donde comienza un camino espiritual que le llevará a pasar por varias etapas, intentando mejorar la situación de los campesinos, consiguiendo lo que se suponía que le iba a dar la felicidad y descubriendo que sólo Dios y el crecimiento espiritual puede concedérsela. Se dice que Lyovin es el mismo Tólstoi, y que relata su propia experiencia personal.

Así dicho, parece interesante. Además, si lo ha escrito uno de los grandes de la literatura universal, del que por cierto, este año se conmemoran los cien años desde su muerte, la cosa es de lo más atrayente. Pues bueno, ha sido mi gran decepción. Terminé la novela, pero a rastras. Y releer algún pasaje no ha hecho más que convencerme.

No apta para propensos al sueño durante la lectura.

También de Lev Tolstói en ULAD: Sonata a KreutzerGuerra y PazLos dos húsaresLa mañana de un terratenienteLa muerte de Ivan Ilich

jueves, 12 de abril de 2018

CONCURSO ENSADA DE RESEÑAS: Segundo premio. Begoña Huertas: El desconcierto por David Villar

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable/Imprescindible 

El desconcierto es levantarse un día y que te digan que tienes cáncer. Sentir tu cuerpo como un enemigo, como un adversario, como algo ajeno a la persona que eras hasta ahora. “La enfermedad te transforma el yo, y de repente eres un yo que no conoces. Ahí está el desconcierto. Este libro trata de poner orden en ese caos", en las propias palabras de la autora.

Pero que nadie se equivoque, no estamos ante un libro de autoayuda. Begoña Huertas rehúye lo panfletario y no ofrece un texto amable, redentor, de superación. No es eso. Este es un libro sobre la enfermedad, sobre lo jodido que es estar enfermo, sentirse enfermo, saberse enfermo.

¿Es “El desconcierto”, entonces, un testimonio? Tampoco, o no sólo es eso. Este libro —novela, me atrevería a llamarla— ejerce de diario, sí, pero también de brillante monólogo interior, de expurgo de demonios, de metaliteratura.

Porque es sobrecogedor ver cómo Begoña Huertas, escritora, intenta encontrar refugio en las palabras. Y no lo halla. Y se lamenta de que tantos escritores enfermos (Proust, Baudelaire, Dostoievski,...) apenas pasaron por encima de su enfermedad, como si esta les avergonzara o les empequeñeciera, como si consideraran algo indigno escribir sobre ella. 

Hasta que un buen día llega a sus manos “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, y ahí, agazapadas, están las palabras que la autora demandaba de la literatura universal. En sus páginas encuentra Begoña Huertas el asidero literario al que aferrarse, ¡al fin!, y la reivindica como la gran novela universal sobre la enfermedad (para el que esto escribe, “La muerte de Iván Ilich” también es la gran novela universal... sobre la muerte, sobre el hecho de morirse; ojo al matiz). La apología que desde “El desconcierto” se hace de esa obra de Tolstoi es vehemente, elevadora, necesaria. 

Como también lo es cuando Begoña Huertas nos invita a detenernos en las obras póstumas de David Bowie y Leonard Cohen, y ver el distinto tratamiento que ambos músicos tuvieron ante el adiós. ¡Uauh!, los pelos como escarpias. Un ejercicio melómano apasionante para quien quiera reflexionar un rato sobre la muerte (o no pueda dejar de hacerlo) y desee ponerle banda sonora a esa reflexión. Aviso para navegantes: duele.

Y todo este testimonio-diario-musical-metaliterario (“El desconcierto” es en verdad inclasificable) lo hace sin una concesión a la pazguatería: Begoña Huertas no quiere que la consideremos una heroína, ni reparte lecciones sobre ser fuerte, ni gazmoños consejos bucaycoelhianos. Lo que cuenta es tan efectivo que no necesita ser efectista. Es más, da la sensación de estar ante un texto tan sincero, tan directo, que la autora lo escribiera para ella y para nadie más. Escribir para volver a reconocerse, para volver a ser Yo.

Por todo, libro que no puedo dejar de recomendar. Hacen falta agallas para adentrarse en él, pero la considero de lejos la mejor lectura en lo que llevo de 2018. ¡Y aplaudo sobre todo el ataque que hace al mal llamado “pensamiento positivo”! La ensayista Barbara Ehrenreich lo tenía claro: "El pensamiento positivo es en realidad un brillante método de control social, ya que anima a la gente a pensar que no hay nada malo en el sistema (la economía, la contaminación ambiental), y que lo que está mal tiene que ver con usted, con la actitud personal de cada uno".

Combatamos esta gran mentira postmoderna del positivismo por el positivismo. Y aprendamos a leer/escribir sobre temas incómodos como la enfermedad, la decrepitud, la muerte.

Begoña Huertas lo ha hecho. Y ahí reside la Literatura.

lunes, 7 de marzo de 2016

Colaboración: El canon occidental de Harold Bloom

Idioma original: inglés

Título original: The Western Canon: The Books and the School of the Ages

Año de publicación: 1994

Traducción: Damián Alou

Valoración: repugnante


Una tarea titánica la de compilar la lista de los libros imprescindibles de Occidente, lo que quiera que sea eso. Como el autor es un simple mortal, su fracaso es previsible, aunque podía haberlo sido menos de conducirse con más modestia.

Bloom es demasiado ignorante para el empeño y muestra un vicio muy presente en algunos autores de habla inglesa, considerar prioritario frente al resto lo que está escrito en inglés. Enmascaran así su flaqueza para leer en otros idiomas. Un ejemplo claro es su tratamiento de la literatura medieval: dedica un capítulo entero a glosar Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer -magnífico libro, por otra parte-, pero ignora a Boccaccio, a Juan Ruiz, a don Juan Manuel (donde podrá encontrar la semilla de La fierecilla domada de su adorado Shakespeare), la literatura de exempla y las farces, sotties y fabliaux en francés, por no seguir con la lista, todos ellos anteriores y de los cuales bebió Chaucer en abundancia.

A ver, cualquiera diría que para hacer un canon no ya occidental sino -seamos más modestos-, sólo europeo, habría que dominar el inglés, pero también al menos el castellano, el francés, el alemán y el italiano, pero no es el caso. Así que para ocultar sus carencias se refugia en la soberbia y la displicencia. Shakespeare es el mejor autor que ha pisado la Tierra. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Si un mindundi como Leon Tolstoi osa decir que todos los personajes de Shakespeare hablan igual es porque Tolstoi no sabe suficiente inglés. Y sin embargo, es cierto. Todos los personajes de Shakespeare hablan igual, una de las muchas críticas que cabe hacer al sobrevalorado dramaturgo inglés. Lo que no sucede con Calderón de la Barca, por ejemplo, donde los reyes hablan como reyes y los criados como criados. Claro, ese es el problema de los cánones, que son fruto de un lugar y una época; si lo hubiera escrito un alemán aparecería Calderón, pues fue en Alemania donde se rescató su figura después del olvido al que le condenó el tiempo y aún hoy muchas de las mejores ediciones calderonianas se hacen en territorios de habla alemana. El libro está lleno de ejemplos así. Entroniza a Samuel Beckett pero ignora la existencia del Teatro del Absurdo, como si Beckett no debiera nada a Alfred Jarry, a Dadá y su Cabaret Voltaire o a Antonin Artaud o si su obra fuese una isla solitaria sin comparación con, por ejemplo, la de Eugène Ionesco.

Por otro lado, Bloom es un resentido y lo hace notar. Para él la culpa de la decadencia en la transmisión de la literatura la tienen las feministas, los negros y los homosexuales, bien claro lo escribe. Por supuesto, no cabe un gramo de responsabilidad en profesores ignorantes y dogmáticos como él. Supongo que aquí cuentan mucho las pequeñas miserias de la vida universitaria...

Ojo, le he llamado ignorante, soberbio y resentido, pero no tonto. Tuvo la suficiente astucia para dedicar un espacio separado al catalán en su maravillosa lista y eso le valió un Premi Internacional Catalunya otorgado por la Generalitat y dotado con una muy buena bolsa...

Lo leí hace unos cuantos años, al poco de aparecer, y lo encontré un ejercicio gratuito de arrogancia. Medida por medida, no me he tomado la molestia de repasarlo.



                                                                                             Firmado: Pedro el Negro


Otros títulos de Harold Bloom reseñados en Un Libro al Día: GeniosLa religión en Estados Unidos 


lunes, 6 de septiembre de 2010

León Tolstoi: Guerra y Paz

Idioma original: ruso
Título original: Война и мир
Año de publicación: 1865-7
Valoración: Imprescindible / Está bien

Una vez más me arriesgo a reseñar uno de esos clásicos de la literatura universal que toda biblioteca que se precie debería contener: Guerra y Paz, el extenso y profundo relato de la época de las guerras napoleónicas en Rusia entre 1805-1812. Los personajes y hechos ficticios (el príncipe Andrei, Pierre, el príncipe Vasili, Natasha, Helene...) alternan con hechos y personajes reales (la batalla de Austerlitz y de Borodino, la conquista de Moscú, Napoleón y el Emperador Alejandro) para dar una visión de conjunto de la alta sociedad rusa y sus cambiantes opiniones y esperanzas ante la situación política y militar.

La experiencia de leer Guerra y paz hoy en día produce -o bueno, a mí me ha producido- sentimientos encontrados. Paseándose por sus mil páginas largas es imposible no admirar la destreza narrativa de Tolstoi o su capacidad para construir decenas de personajes, cada uno con su personalidad diferenciada, y con su intrincada red de relaciones sociales y afectivas, y mantenerlos y desarrollarlos magistralmente a lo largo de toda la novela (algunos, como el príncipe Andrei o Pierre, están lógicamente más desarrollados que otros). Resulta también incomparable la inteligencia, sutileza e ironía de su narrador, técnicamente perfecto; en efecto, hay páginas magistrales en la novela, sobre todo en la descripción de batallas, en la penetración psicológica en el alma de sus personajes, en las reflexiones ocasionales del autor, siempre críticas y escépticas sobre el valor real de la guerra, y la capacidad del individuo para modificar su destino.

Y sin embargo, es verdad que para el lector actual -o bueno, para este lector actual- seguir leyendo es un acto de voluntad, y terminar la novela exige un esfuerzo y una dedicación conscientes (aunque esto tampoco es del todo exacto: las primeras 500 páginas me costaron más que las segundas 500). En especial, los capítulos (abundantísimos) que describen los salones de Moscú y San Petersburgo, las intrigas amorosas y la agitación de las alcobas, los amores casi siempre infelices y la frivolidad de los bailes de aristócratas en medio de la guerra, han perdido, creo, gran parte de su interés. Mientras leía sobre las caídas de ojos y el escote de la bella Natasha, estaba deseando que volvieran a aparecer Napoleón y sus soldados en el horizonte (qué perversión más extraña la mía).

Es por eso por lo que le he puesto una doble valoración a la novela: es imprescindible, no cabe duda, como monumento de la historia literaria, que alcanza, probablemente, uno de sus límites: la representación realista de una sociedad y un grupo de personajes en un momento de crisis política y social; en cambio, como lectura que uno hace para degustarla, para sumergirse en un mundo narrativo y disfrutar del acto de leer, resulta pesada, ardua, excesiva. En todo caso, las páginas absolutamente geniales que aparecen como de la nada, harán más llevadera la traversía.

También de Lev Tolstói en ULAD: Sonata a KreutzerAna KareninaLa muerte de Iván IlichLa felicidad conyugalLa mañana de un terratenienteLos dos húsares

martes, 6 de diciembre de 2016

Nikolái Gogol: Tarás Bulba

Idioma  original: ruso
Título original: Тара́с Бу́льба
Año de publicación: 1842 (versión definitiva)
Traducción: José Fernández Sánchez
Valoración: recomendable

Reconozco mis carencias como lector en lo que a literatura rusa se refiere (excepto en lo que atañe a mi admirado Chéjov); es más, durante bastante tiempo solía confundir a unos escritores con otros... no a Tolstoi o Dostoyevski, que conste, pero sí a Pushkin, Gorki, Gógol... De este último, además, sólo había leído, hace ya tiempo, un divertido cuento, La nariz, en el que un tipo peersigue a su propia nariz fugitiva por todo San Petersburgo; a pesar de esa grata lectura, no había vuelto a repetir con este autor, hasta que por fin,  impelido por mi mala conciencia, pero también por las elogiosas reseñas de otras de sus obras que han escrito mis compañeros, decidí ponerme con esta novela, que lleva el nombre de un legendario cosaco del Niéper.

¿Conocen ustedes la expresión "beber como un cosaco"? Pues a tenor de esta novela, no sólo tiene razón de ser, sino que se queda incluso corta: los cosacos de la época en que está ambientada (siglo XVIII), además de que se pasaban el tiempo más mamados que el mosquito del tonel de vino de los versos quevedianos, -excepto cuando se dedicaban al nobel arte de la guerra, hay que decir, momento en el que la embriaguez era castigada con la muerte-, parece que consideraban el de la borrachera como el estado ideal del hombre comme il faut, esto es, del cosaco (el otro momento ideal para ellos era el de estar destripando enemigos, claro). Borrachos y orgullosos, pues, aunque no fuesen seguidores del Oi! ochentero. Borrachos y exaltadores de la más indestructible fraternidad masculina, aunque no fueran una cuadrilla de txikiteros vascos. Borrachos y defensores a ultranza de la fe cristiana, sin ser una cofradía de "capillitas" ahítos de rebujito (por otro lado, hay que aclarar que para los cosacos la verdadera iglesia cristiana era la ortodoxa, considerando a los católicos como perros herejes). Borrachos y más patriotas que una caterva de neonazis hispánicos entonando el Deutschland Über Alles... Borrachos, valientes, crueles, generosos, anárquicos y libres.  Así eran los cosacos, según los pinta Gógol, además de fanáticos la virilidad más militante -de hecho, las pocas mujeres que aparecen aquí no son más que un estorbo para ellos o una fuente de problemas-; la testosterona les sale por las orejas, a esta gente...

Tampoco es que Gógol haga un panegírico, sin más, del mundo cosaco; es evidente que era demasiado inteligente y buen escritor para caer en eso. De hecho, buena parte de la novela trasluce un humor socarrón -en especial en la relación entre Tarás y el judío Yárkov-, hasta el punto de dar la impresión, a veces, de que el autor se trae una buena coña a costa de sus cosacos. Lo que no significa, por supuesto, que no admire al tiempo su valentía y su entrega. Gógol tiene la suficiente sabiduría y talento literarios para plasmar estas legendarias cualidades del alama cosaca, así como su amor por la libertad, pero también sus defectos, y dar buena cuenta de las tropelías que iban perpetrando a su paso, al igual que nos narra su sufrimiento, pero también el de sus víctimas, tanto "liajes" -o sea, polacos- como judíos. También, al parecer, en la primera versión, de 1835,  el tono de la narración exaltaba más lo ucraniano, llegando a considerarse incluso "antirruso", por lo que Gógol lo corrigió en la versión definitiva.

Ahora bien, aparte del retrato entre guasón y descarnado de la beodez y la brutalidad que se lee en la novela, ésta tiene un trasfondo de más enjundia: Tarás Bulba, en realidad, es una historia sobre la paternidad, sus obligaciones, cuitas y, sobre todo, sus limitaciones -la novela, olvidaba decirlo, comienza cuando los dos hijos de Tarás vuelven a casa después de haber estudiado en Kiev-; los problemas vienen a ser los mismos que han tenido todos los padres a los largo de la Historia con sus hijos, desde el pobre Adán, que ya sabemos la que liaron sus vástagos. Claro, que no es lo mismo que tu retoño se pegue con otro niño por un columpio en el parque y tengas que poner orden, que te salga díscolo en mitad de una guerra contra el reino de Polonia. Aquí Tarás, que aunque taimado no dejaba de ser más bien bruto, tiene una reacción algo desaforada y la cosa acaba como el rosario de la aurora... Pero no quiero adelantar nada y destriparle la novela a alguien: lo que hay que hacer es leerla; como mínimo, pasarán ustedes un buen rato, porque Gógol sabía escribir de maravilla, de eso no cabe la menor duda. y en el mejor de los casos, se quedarán prendados de una historia que transcurre en el tiempo en que las guerras se hacían a caballo y a golpe de espada, en que los hombres se dejaban arrastrar por sus pasiones y sus principios, y el mundo resultaba mucho más grande y hermoso de lo que al final ha resultado ser. Que aquello tampoco fuese sino una ilusión, no nos debe de importar demasiado, que al fin y al cabo -y por suerte- nosotros somos lectores.

Nota: no he podido encontrar la cubierta de la edición del libro que yo he leído (bastante sosa, además), así que he colocado la de una de la editorial Alianza. En compensación, pongo aquí  el cartel de una de las películas basadas en la novela, con Yul Brinner y Tony Curtis dándose mutuamente estopa. Canelita en rama.




Otras obras de Nikolái Gógol reseñadas en Un Libro al Día: El capoteAlmas muertasEl inspector

viernes, 3 de febrero de 2012

Charles Bukowski: El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco

Idioma original: inglés
Título original: The captain is out to lunch and the sailors have taken over the ship
Año de publicación: 1998
Valoración: Recomendable

¿Me estás diciendo en serio que llevamos casi tres años de blog, y que todavía no hemos reseñado nada de Charles Bukowski? ¿Pero qué clase de desaprensivos somos? ¿Quién manda aquí? ¿Qué clase de garito es este? Bueno, pues voy a reseñar yo este libro, aunque ya advierto, queridos lectores, que este probablemente no es el mejor libro para empezar a conocer a Bukowski; no, si no habéis leído nada de él, os recomiendo más bien que empecéis por Pulp o por algunas de sus recopilaciones de relatos (La máquina de follar o Escritos de un viejo indecente, por ejemplo).

En cambio, si ya has leído a Bukowski y le tienes cariño (de lejos, claro, porque de cerca tiene pinta de que debía de ser insoportable), entonces te gustará leer esta obra, publicada póstumamente y compuesta por algunos fragmentos de sus diarios ilustrados (para mi gusto, horriblemente) por Robert Crumb. En él encontrarás al mismo Bukowski de toda la vida, pero ya viejo (los diarios los escribió entre 1991 y 1993, es decir, cuando ya pasaba de los 70) y con una vida de lo más acomodada que se reparte entre el hipódromo y su casa, con ocasionales fiestas hollywoodienses. Nada que ver, como él mismo reflexiona, con el escritor despreciado por casi todos que dormía en la calle y comía cuando podía y lo que podía.

Es curioso, sí, ver a este Bukowski, tan antisocial y tan misántropo como siempre, hablar de cosas como su jacuzzi, sus nueve gatos o su ordenador Macintosh (que uno de sus gatos llena de semen en una de las escenas del libro, por cierto). Pero hay algo que no cambia con respecto a cualquiera de sus obras anteriores, y es lo que salva este libro: me refiero el estilo brutal, absolutamente libre de artificios y de correcciones políticas, de Bukowski. Cuánto podrían (podríamos) aprender los escritores de hoy, que demasiadas veces nos la cogemos con papel de fumar, de un escritor como él, por mucho que personalmente fuera un borracho, un misógino, un misántropo o lo que quiera que fuese, qué más da.

"Lo primero que debe hacer la escritura es salvar tu propio pellejo", dice. "Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte", dice. "Que te den por culo, compañero", le responde a un lector que le reprocha que no admire a Shakespeare: "¡Y tampoco me gusta Tolstoi!". Qué envidia escribir así, con esa libertad absoluta.

También de Charles Bukowski en ULAD: Pulp, CarteroHollywoodLa máquina de follar

miércoles, 31 de agosto de 2022

Alexandr Solzhenitsyn: Pabellón de cáncer

Idioma original: Ruso
Título original: Rakoli Corpus
Traducción: Julia Pericacho
Año de publicación: 1968
Valoración: Muy recomendable

La concesión, en el año 1970, del Nobel a Alexandr Solzhenitsyn causó cierto revuelo por ser considerado en algunos medios como un premio "político" debido al distanciamiento entre el autor y el régimen soviético. Habiendo leído únicamente tres obras de Solzhenitsyn (este magnífico "Pabellón de cáncer", "Archipiélago Gulag" y "Un día en la vida de Ivan Denisovich", la más floja de las tres), no soy nadie para hablar sobre la justicia o no de la concesión, aunque sí que puedo decir que las críticas "políticas" no son del todo correctas. Lo veremos más adelante.

"Pabellón de cáncer" es una novela que, como su propio título indica, transcurre en las dependencias de un hospital para enfermos oncológicos.  Además, estamos en 1955 y en algún lugar de Asia Central, dos datos clave que sirven para que la novela se desarrolle por dos vías entrelazadas, la "política" y la "intimista", a través de dos personajes antitéticos: el fiel servidor del régimen Pavel Rusanov y el prisionero Kostoglotov.

1955. El "amigo" Stalin ha fallecido hace cosa de un par de años.  El XX Congreso del PCUS está al caer y aparece el choque entre las "2 Rusias", entre viejos y jóvenes (aunque no sea exactamente así siempre). Se hacen oír las primeras voces que claman contra el terror estalinista, contra el horror del destierro padecido por seres que lo acaban prefiriendo a la oscuridad de la vida anterior y contra el papel de la sociedad rusa en su conjunto en el período del "camarada Dzhugashvili". Es muy importante decir aquí que la crítica que Solzhenitsyn realiza en la novela se centra más en el estalinismo que en el propio sistema soviético. Así, es más un replanteamiento de este último y de los problemas éticos a los que el mismo se enfrentaba, lo que unido a cierto fatalismo típicamente ruso, hace que la sombra de Leon Tolstoi planee por la novela. Dos párrafos / frases sirven de ejemplo:
Estamos condenados a extinguirnos en la ignominia
Depende, Alexei Filipovich, del número que te haya caído en suerte. En nuestro lugar, ustedes habrían sido tan mártires como nosotros. Y nosotros, en el suyo, habríamos sido igualmente contemporizadores, Pero hay algo más. Para quienes, como usted, comprendieron en seguida, ha sido un infierno. Para quienes conservaron la fe, todo ha ido sobre ruedas. Tienen las manos tintas en sangre, pero si no las tuvieran no se habrían explicado la situación.
Lo anterior no debe ocultar que "Pabellón de cáncer" es una novela intimista en la que las dudas, esperanzas, anhelos, miedos, formas de afrontar la enfermedad, etc. tienen un papel preponderante. Por otro lado, las relaciones personales entre los enfermos, entre médicos y enfermos generan variopintas situaciones en las que la vida, el amor, el deseo... se abren camino. Porque "¿Está constituida de tal modo la naturaleza humana que es imposible hacer perder al hombre el hábito de sorprenderse?".

Todo ello configura una novela que, sin dejar de ser una metáfora de la Unión Soviética estalinista, es una historia terriblemente humana, narrada a un ritmo lento pero seguro y con algunos personajes de esos que se quedan grabados en la memoria. Una novela, en definitiva, muy muy recomendable.

También de Solzhenitsyn en ULAD: Un día en la vida de Ivan Denisovich

martes, 26 de julio de 2022

André Gide: El inmoralista

Idioma original: francés

Título original: L´immoraliste

Traducción: Julio Cortázar

Año de publicación: 1902

Valoración: Recomendable

Ante su padre agonizante, Michel ha prometido casarse con Marceline, una joven que es poco más que una simple conocida. El matrimonio arranca por tanto con escaso entusiasmo, aunque con el confort que proporciona acomodarse a las convenciones sociales. En su viaje de boda la relación parece fortalecerse, y llegan así a Túnez, donde Michel contrae la tuberculosis. Gide relata con cierto detalle el proceso de la enfermedad, el descenso hasta sentir próxima la muerte, y la posterior y lenta recuperación. Cuando más está sufriendo, Michel experimenta su epifanía: hasta entonces enteramente centrado en sus estudios, sin apenas ser consciente de ello empieza a valorar la salud, el vigor que en esos momentos le falta y que observa en los niños que merodean a su alrededor. Aunque siente, y agradece profundamente, las atenciones de Marceline, Michel ha descubierto el otro lado de la vida, los placeres que quizá no había sospechado, y que le impulsan a luchar por su curación.

Ya desde muy pronto tenemos esas dos caras de la existencia pugnando, no tanto por imponerse, pero sí por mantener una coexistencia que no resulta sencilla. El mundo reposado, amable y socialmente aceptable de un matrimonio convencional, dominado por el respeto, el afecto y los cuidados mutuos. Y la llamada de experiencias diferentes, que le harán deambular entre París y la casa familiar de Normandía (en una fase que recuerda bastante al hace poco reseñado Tolstoi), casi siempre con la compañía de muchachos muy jóvenes (vecinos, hijos del guardés o de un aparcero) cuya presencia va siendo cada vez más llamativa. Con esa prosa exacta, de cierto aire arcaico, Gide muestra en este punto una extraordinaria sutileza para sembrar la sospecha del lector e intensificarla de manera tan leve como perceptible, porque esos niños o adolescentes están ahí, obviamente, para ilustrar esa atmósfera hedonista que atrae a Michel cada vez con más fuerza que su vertiente más burguesa.

En esa dicotomía, lo que podríamos llamar el lado oscuro (o luminoso, según se mire) va acumulando elementos. Michel persiste en esas amistades que le transmiten vitalidad, y se afana en dirigir personalmente la gestión de sus tierras, lo que le permite llenarse de la sensualidad de la naturaleza, sus colores y sonidos. Pero también contacta con un antiguo amigo que le insta a decidirse, y llega tal vez al fondo de esa exploración conociendo las brutales escabrosidades de la familia Heurtevent. La atracción de ese mundo prohibido gana terreno (‘Llegaba a no gustar en los demás sino las manifestaciones más salvajes, a deplorar que una sujeción cualquiera las refrenara’), aunque siempre sin abandonar su otra vida, sin descuidar a la Marceline que siempre estuvo a su lado. Podría llamarse hipocresía, pero también búsqueda, necesidad de vivir varias vidas o de atender a lo que reclaman diferentes instintos. Tal vez lo más estremecedor es la relación de vasos comunicantes que se establece entre los dos miembros de la pareja. Mientras Michel va ganando confianza y deseos cada vez más acelerados de conocer y experimentar, Marceline parece irse difuminando, como si su marido estuviese absorbiéndole la vida.

A veces ocurre que la sensación más poderosa que transmite un libro no se deduce de lo que uno va leyendo, de los personajes o del argumento, sino de algo que solo se puede observar desde la perspectiva del libro terminado, y tal vez de un cierto tiempo transcurrido. Es lo que experimento en este caso. Leído página tras página, El inmoralista puede resultar algo aburrido, no sabemos a dónde nos lleva, ninguna circunstancia parece determinante para lo que viene después o para algún tipo de desenlace. Pero cuando se termina el libro todo se ve con más claridad, se trata de un proceso, una trayectoria que es realmente dramática, que es de ida y vuelta, con dos personajes que están fuertemente entrelazados por algún tipo de vínculo malsano. El posible spoiler me impide ir más allá, pero solo diré que así, desde esa distancia, por encima de los detalles, es como la historia se desvela con nitidez y en su totalidad.

Otras obras de André Gide en ULADPaludesLos monederos falsos

miércoles, 4 de marzo de 2009

Irène Némirovsky: Suite francesa


Idioma original: francés
Título original: Suite FrançaiseAño de publicación: 2004
Valoración: Muy recomendable

La historia de la creación y publicación de esta obra es doblemente trágica. En primer lugar, porque se compuso contemporáneamente a los hechos terribles que narra: la rápida ocupación de Francia por parte del ejército nazi, y la reacción, no siempre combativa ni solidaria, de los propios franceses ante el desastre. Y es trágica también porque, por esa misma invasión, su autora, una descendiente de judíos rusos que debió huir a causa de las persecuciones bolcheviques, fue enviada a un campo de concentración y no pudo ni concluir la novela tal y como la había planeado (en forma de suite en cuatro o cinco partes) ni ver publicadas las dos partes que sí llegó a escribir en condiciones casi inverosímiles.

La primera parte ellas, “Tempestad en junio”, nos presenta en escenas fugaces a muy distintos personajes sumergidos en el desalojo de París ante la inminente llegada de las tropas, y a los que relaciona el azar. La segunda se centra en los sufrimientos de un grupo mucho más reducido de personajes, habitantes de un pequeño pueblo de provincias sometido a los alemanes. En ambas partes, a Nemirovsky no le interesan los grandes acontecimientos, las batallas, ni siquiera le interesan los invasores; sólo quiere mostrar al lector (al mundo) la descomposición de una sociedad: la francesa de entreguerras.

Se ha dicho que esta obra vale más como testimonio histórico que como obra literaria; que sus textos, sobre todo los de la primera parte, están cerca del reportaje periodístico. En mi opinión, esto no es cierto. No hay más que leer los documentos que en forma de apéndice acompañan a la novela para darse cuenta de que nos encontramos ante una obra de ficción cuidadosamente detallada y planeada; que su autora, al crear (no copiar) los personajes y las situaciones buscaba un efecto estético preciso.

Y desde luego consigue ese efecto. Ayudan a ello la precisión del estilo, y una visión distanciada de la realidad (¡ella, que la estaba viviendo!) aprendida de sus principales modelos, Tolstoi y Flaubert. Ayuda, por supuesto, la disposición de los episodios, cuidadosamente estudiada. Pero sobre todo, la terrible realidad de lo narrado, que nace, no de la copia directa de la realidad, sino de la recreación poética y de una comprensión ácida e implacable de los comportamientos humanos.

La recuperación de la obra de Irène Némirovsky (de la misma autora, merece igualmente la pena El ardor de la sangre, de tono bastante distinto) supone desde luego un capítulo fundamental a la literatura francesa de los años 30 y 40.


Más libros de Irène Némirovsky en Un Libro al Día: El baileLos perros y los lobosEl ardor de la sangreEl malentendido

sábado, 20 de junio de 2026

Iván A. Goncharov: Oblómov

Idioma original: ruso

Título original: Обломов

Año de publicación: 1858

Traducción: Lydia Kúper de Velasco

Valoración: Recomendable


Volvemos por un rato a los grandes novelones rusos del XIX, en este caso con una obra de importante éxito en su época, admirada por el mismísimo Tolstoi y que sin embargo parece algo olvidada en los cánones que normalmente manejamos en España. Una historia en realidad bastante sencilla pero que en manos de un representante de tan ilustre entorno literario adquiere relevancia y extensión respetable.

Historia sencilla, sí, pero que nos deja bastantes cosas memorables, y algunas sorprendentes.

Oblomovismo

Ilia Ilich Oblómov es un terrateniente que apenas conoce sus propias tierras y en realidad no se ocupa de nada en absoluto: es el rey de la procrastinación, tiene siempre unas cuantas cosas en mente, que invariablemente son proyectos que nunca se materializan, gestiones que no se llevan a cabo, mejoras que se diluyen entre siesta y siesta. Al parecer, él no fue siempre así, de manera que podríamos buscarle algunos diagnósticos relacionados con desórdenes psicológicos. Pero la verdad es que Oblómov tampoco sufre, es perfectamente consciente de su abulia, en realidad no le agrada pero tampoco tiene ninguna intención real de emprender otros caminos. Él mismo bautiza su estatus como oblomovismo, una forma de vivir de la que él es el paradigma.

En alguna parte he leído que la prosa de Goncharov carece de humor, pero no es cierto en absoluto. La vida de nuestro personaje, casi siempre inmóvil en su habitación, disputando con su desagradable mayordomo y recibiendo algunas visitas, ofrece momentos muy cómicos y una considerable agudeza en el retrato de personajes, como ese Alexeiev que no es alto ni bajo, ni amable ni antipático, ni generoso ni tacaño, ni divertido ni aburrido. Alguien que parece personificar la media nacional en todo, y que además nunca contradice a nadie.

Otra vez el alma rusa

De esto ya hemos hablado al referirnos a otras obras de la literatura rusa de la época. La actitud en extremo pasiva de Oblómov puede perfectamente verse como una metáfora de la sociedad rusa, de su conformismo o nihilismo. La imagen es de enorme belleza en uno de los primeros capítulos, cuando Goncharov evoca las inmensas planicies en las que, más allá del lento discurrir de las estaciones, no hay grandes fenómenos meteorológicos ni accidentes geográficos, todo resulta estable y predecible, y el mismo paisaje invita a mantenerse uno mismo en ese estado contemplativo, sometido voluntariamente a esa fatalidad, lo mismo los mujiks en sus izbas que su señor en San Petersburgo.

El efecto resulta más potente al oponer a Oblómov la figura de su amigo Shtolz, alemán, inquieto, viajero, encantado de vivir y experimentar, el contrapunto occidental a la postración y la inmovilidad.

Por qué no el amor

El relato deriva pronto en algo que se parece a un folletín. Surge un amor inesperado como la oportunidad para abrir los ojos a otro mundo y Oblómov, ciertamente encantado con la novedad, se ve ante el reto de salir de su burbuja y disfrutar de lo mejor de la vida. Como no podía ser de otra forma, el idilio se extiende por cientos de páginas en las que el exceso narrativo y la obsesión por el detalle pueden hacer la lectura algo pesada, pero todo está tan bien relatado que a cambio de un poco de paciencia tenemos siempre el dibujo perfecto de cada actitud, de los vaivenes y la permanente inestabilidad de una relación naciente, sometida además a dos fuerzas poderosas y que actúan como complementarias: la personalidad de Oblómov, a veces no tan insólita como puede parecer, y los prejuicios de una sociedad que da poco margen a la espontaneidad.

El cuadro está tan bien descrito que seguimos con interés la historia de este amor endeble, y el ritmo moroso de la narración aumenta la ansiedad por conocer en qué terminará el complicado romance.

Desconcierto

Esto que viene ya es una opinión muy personal y con algún grado de spoiler. No me gusta nada la parte final del libro, una especie de apéndice innecesario que no solo desconecta del tronco de la historia, sino que introduce elementos incluso diría que algo dolorosos. Podría ser que Goncharov se haya decidido a poner en primer plano y con toda crudeza lo injusta que es la vida con determinado tipo de personas, cómo aquellos que se suponían amigos, enamorados o benefactores no tienen escrúpulo en arrinconar al débil para alcanzar la felicidad. La honestidad y el buen corazón quedan siempre en el recuerdo, pero la vida la disfrutan otros. En todo caso, todo rezuma una especie de desprecio fatalista hacia Oblómov, y lo peor es que el autor no parece en absoluto consciente de la afrenta, como si su única preocupación fuese redondear el relato de una forma aceptable para el lector.

A pesar de todo, y ya termino, nuestro Ilia Ilich es sin duda uno de esos personajes singularísimos e inolvidables que nos deja la literatura, como Bartleby, Dorian Gray o Bernarda Alba, entre otros bastantes aunque no tan numerosos, figuras irrepetibles a quienes alguien fue capaz de dar vida y dejar para siempre en nuestra memoria. 


lunes, 28 de mayo de 2018

Natsume Sōseki: El minero

Idioma original: japonés
Título original: 鉱夫 (Kōfu)
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Año de publicación: 1908 (en castellano, 2016)
Valoración: Entre recomendable y está bien

Dicen los que saben que El minero, editada por primera vez en castellano en 2016, inicia la etapa de madurez de su autor, algunas de cuyas obras se encuentran reseñadas en los enlaces que aparecen al final. Como desconocedor absoluto de este buen señor, tendré que aceptar la aseveración. La impresión para el lector neófito que, como yo, ignora lo que hubo antes y después, resulta más bien poco definida. En una lectura digamos superficial, no parece realmente un texto propio de alguien con un recorrido amplio, sino más bien al contrario, quizá algo contado desde la perspectiva de una experiencia juvenil, real o ficcional, aderezada con elementos de crítica social más o menos cruda. Si por el contrario lo contemplamos desde el plano de la introspección personal, la narración revela más profundidad y un enfoque diferente. Así que se impone continuar la indagación.

Sostienen los entendidos que la novela tiene su origen en el relato de unos hechos que contó a Sōseki un joven desconocido, y el autor japonés la trascribió a su manera. Claro está que no podemos saber hasta qué punto Natsume fue fiel a la fuente o cuánto puso de su cosecha. La historia es bastante simple: un joven tokiota, de familia acomodada, tiene algún tipo de enredo amoroso con dos chicas y, tal vez por influencia de esos códigos de honor tan japoneses, decide poner tierra de por medio, abandona su casa y se lanza a vagar sin rumbo buscando quizá una vida nueva, respuestas a su zozobra, o cosas por el estilo. En su camino encuentra a un extraño ciudadano que le invita a trabajar en una mina con la promesa de unos buenos ingresos. Se inicia así una larga travesía por las montañas hacia la lejana explotación, un camino que tiene bastante de viaje iniciático como el de Christian Rosenkreuz, pero empapado de reflexiones sobre la propia identidad de su protagonista. La narración, en primera persona, reúne detalles del trayecto, al tiempo que el chico va rumiando sus contradicciones y, mostrando una notable madurez, deja ver que tiene mucho más claro de dónde quiere escapar que hacia dónde quiere ir.

Afirman ciertas voces que tras ese viaje –que ocupa más un tercio del libro-, cuando el joven llega por fin a la mina y descubre un entorno hostil, infrahumano, donde parecen haberse perdido por completo los valores y los trabajadores han quedado reducidos a la animalidad, Sōseki se aproxima a los grandes dramas obreros de Zola, al naturalismo del trabajo atroz en las entrañas de la tierra. Lo niega sin embargo Michiyo Kawano, autora del postfacio  que cierra el libro –y a la que por cierto fusilan sin rubor unos cuantos comentaristas. La verdad es que la descripción de las condiciones de vida de los mineros, la suciedad, el hacinamiento y sobre todo el nivel de degradación a que todo ello conduce, impulsa a pensar en una crítica social del tenor al que me refería. Pero seguramente tiene razón Kawano cuando por el contrario pone el acento en la perspectiva interior del relato. Primero el viaje y después el descubrimiento de ese mundo brutal son el vehículo para sumergirse en el alma humana, en la búsqueda de respuestas a la desorientación del protagonista, y la propia mina, descrita como un aterrador laberinto subterráneo, puede verse en sí misma como una alegoría que invita a entender el texto en ese nivel introspectivo.

Hasta aseguran algunos que todo ello se desarrolla entre ‘delicados paisajes japoneses’, o algo así. Hay que tener valor: el escenario es un entorno montañoso y abrupto que podría ser cualquier lugar del mundo. Ya sabemos que eso de los paisajes es un tópico muy útil si hablamos de Japón, pero antes de hablar convendría leerse un poquito el libro y no quedarse sólo con la cubierta. Y en fin, veo que se califica como una pequeña joya que ahora descubrimos en nuestro idioma. Pues bueno, es un recurso legítimo y bastante recurrente cuando las editoriales sacan a la luz un texto poco conocido de un autor notable (acabo de verlo con una obrita de Tolstoi recién salida del horno). Pero yo personalmente no diría tanto. Creo que es un libro curioso, más bien sencillo y que se lee con extrema facilidad. No haremos mal del todo si ponemos el foco en el factor social que indicaba antes, pero efectivamente admite una lectura algo menos obvia como búsqueda personal. Y casi seguro sabrán disfrutarlo bastante más quienes conozcan –pero de verdad, no de oídas- obras más relevantes de este mismo autor, como éstas que vienen aquí abajo.

Otras obras de Natsume Sōseki en ULAD: KokoroSoy un gatoEl caminante

martes, 28 de abril de 2026

Guillermo Martínez: Un crimen dialéctico

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y está bien (conociendo al autor, no tan previsible)

Página 2:
Otra vez uno de esos libros en donde Martínez va a demostrar su sapiencia matemática con el Teorema de Incompletitud de Gödel y homologar sus preceptos con las piernas de una chica, que puede ser menor (quiero decir, mucho menor) al narrador, o puede ser mayor (cuarentona o cincuentona) y que, generalmente, parte de la misma familia que la variante de chica menor y en ocasiones hasta se enamora de las dos (y tiene éxito con ambas. Hasta parece un chiste interno del autor, porque juro que en casi todos los libros siempre hay una apreciación de ese estilo); todo esto mechado con un drama que bordea lo policial clásico con lo filosófico. Sigamos leyendo, me digo (con ojos en blanco); quizás alojarse en un hostal con una señora de pasados rusos pero aún bellísima (del cual su esposo es el objetivo del narrador) y su hija veinteañera a punto de casarse (cuyo prometido tiene cierta tensión con su suegra, y no es la carnal), no signifique necesariamente nada amoroso.

Página 20:
Bueno, quizás por una vez Martínez se desvía de sus patrones y me va a entregar una historia más cercana a lo filosófico que al policial, habida cuenta que el narrador es un profesor (cómo no) que en su momento tuvo una beca en Oxford (cómo no) y formó parte de un grupo marxista cuya vinculación es eterna debido a un pacto en sus años mozos. Por ahora bien, mejor de lo que esperaba, más allá de algunas frases poco pulidas, casi escritas con cierto desgano, como enfocadas en la trama en vez de labrar las expresiones, y de que todos los personajes poseen una alta cultura (¿hace falta que si uno dice qué lindo el día, el otro, que es cualquier cosa menos un becado de Oxford, cite a Tolstoi porque sí?).

Página 40:
Ya las bases están delineadas. El narrador tiene que asesinar al anfitrión de la casa, el coronel, por conocer un secreto del candidato a presidente (trasunto de Raúl Alfonsín), un secreto bastante turbio, por lo que infiere el mismo coronel, y de yapa, por ser sospechoso de complicidad en la última dictadura argentina (a pesar de que diga que apenas vio cómo iba la mano se retirara por una cuestión de honor); a la vez, el narrador sostiene debates (graciosos, porque el otro lo basurea sutilmente) con un físico extranjero acerca de la inminente publicación de un artículo sobre cuánta capacidad de voluntad tiene realmente un individuo a la hora de reaccionar ante mecanismos programados. Parece no tener ninguna relación con la trama principal, pero en Martínez todos los datos son aprovechados posteriormente. Además, la esposa del coronel en realidad está enganchada (lo cual es un cambio agradable) con el cura del pueblo, bastante jovencito y con un discurso mucho más agresivo para los estándares de la iglesia.

Página 100:
Se pone raro. Para justificar su presencia, el narrador inventa que se encuentra ahí para observar a los nativos en sus rituales con un polvo que, en días de niebla extrema, posibilita contactar a los muertos de cada uno; justamente el narrador tiene a su padre desaparecido, y de a poco le empieza a convencer la idea de verlo para cerrar con un capítulo del pasado. Además, se ha hecho pasar por el cura para mandarle mails (¿mails a principios de los 80s en Argentina?) entre dramáticos y picantones a la esposa del coronel y así plantar la semilla de la discordia y hace prácticas de tiro con este último en lugares recónditos para afinar su puntería a la hora de matarlo. Todo esto, para el narrador, funciona como un gran tablero de ajedrez en el que cualquier cosa puede salir muy mal, y sintiéndose casi siempre como arrastrado por la fuerza del destino más que por su voluntad (de ahí, supongo, aunque me sigue pareciendo un aditivo algo innecesario, los debates).

Últimas páginas:
Lo mejor de la novela se encuentra en la trama secundaria de los nativos. Después de un viaje lisérgico, inesperado por la prosa y la situación en la carrera literaria de Martínez, el narrador presencia una escena definitoria para su vida. Pareciera que no va a aportar nada a la trama principal, pero haberse metido en semejante cambalache lo obliga a vomitar y esa es la última pieza (azarosa) para que todo termine de anudarse en una situación algo rocambolesca y por demás inverosímil, aunque justificado por la idea que recorre el libro acerca de la voluntad real. 

En definitiva, es mejor que el anterior libro de Martínez, que sí me había parecido un recalentado de sus grandes éxitos, y veo una intención de explorar otros temas, de salir de a poco del encorsetamiento en el que se encontraban sus libros, pero también detecto una escritura apurada y deslavazada, convencida ya del prestigio del autor y de que apretar algunos de sus botones comunes bastará para que el lector se quede contento. Pero Martínez es capaz de mucho más.


lunes, 10 de diciembre de 2018

Richard Cohen: Cómo piensan los escritores

Idioma original: inglés
Título original: How to Write Like Tolstoi: A Journey into the Minds of Our Greatest Writers
Año de publicación: 2018
Traducción: Laura Ibáñez
Valoración: Interesante







Richard Cohen (*) ha sido editor, escritor y profesor de narrativa en la Kingston University de Londres. Hasta aquí, todo normal. Pero si añadimos que Richard Cohen también ha sido campeón de esgrima, que ha formado parte del equipo olímpico de UK hasta tres veces y que incluso ha participado en una película de James Bond, ya empezamos a sospechar que este autor se sale un poco del molde. Porque hay que ser necesariamente excéntrico y audaz para lanzarse a escribir un libro cuyo subtítulo es «Técnicas, manías y miedos de los grandes autores». 

Resumen resumido: un repaso por los grandes temas narrativos que se abordan durante el proceso de creación de una novela, a partir de ejemplos reales de los grandes autores y sus obras. 

¿Qué grandes temas narrativos? Se supone que aquellos que se consideran más relevantes desde el punto de vista de la narrativa de novela. El título de los capítulos ya aporta una información bastante concreta al respecto: 1. Atrapa, invita, cautiva: El inicio / 2. Las ruinas circulares: La creación de la personalidad / 3. Palabras robadas: Tres formas de plagio / 4. La clave: Los puntos de vista / 5. Hablemos: El arte del diálogo / 6. Trampillas secretas: El poder de la ironía / 7. El argumento viene muy a cuento / 8. Las olas de la mente: El ritmo de la prosa / 9. "La marca del zorro": Escribir sobre sexo / 10. Visión y revisión (Primera parte) / 11. Visión y revisión (Segunda parte) / 12. El sentido de un final.

Tengo que decir que el capítulo 9 me parece metido con calzador, pero aquí Richard Cohen juega con esa convención editorial de que toda novela debe tener al menos una escena de sexo y como buen ex editor que es, entiendo que no ha podido contenerse. Sin embargo —y díganme tiquismiquis— no concibo cómo no hay un capítulo específico dedicado a la cuestión ineludible del tiempo narrativo. 

¿Cómo se abordan estos temas? Su tratamiento independiente mediante capítulos temáticos invita a un ejercicio de lectura self-service, cosa que de vez en cuando resulta saludable e incluso se agradece. Por otra parte, los temas se ilustran mediante la sucesión de ejemplos reales sobre autores y obras (más o menos) reconocidos. Richard Cohen no pretende defender ninguna tesis y por eso, de la lectura del capítulo 1 no deduciremos cuál es la mejor manera de iniciar una novela; la estrategia del autor es la de desplegar en cada caso una panorámica desde la sucesión de anécdotas reales que ilustran tanto aciertos como fracasos, y que sea el lector el que saque sus propias conclusiones. En términos generales, Richard Cohen pretende transmitir la complejidad del proceso creativo de la escritura, también el hecho de que no existen los aciertos ni los errores universales ya que cada obra tiene sus propios requerimientos y que cada autor tiene una voz y una mirada únicas por lo que nunca habrá dos obras iguales, incluso aunque se explique la misma historia. Cómo piensan los escritores no pretende otra cosa que introducir al lector en las decisiones técnicas que hay en la trastienda de las grandes obras, y que eso le resulte entretenido. 

En relación a la forma, la estructura por capítulos da buen resultado pero el desarrollo de los mismos mediante numerosas anécdotas y ejemplos lanzados sin un hilo conductor me han abrumado un poco; sucede especialmente al principio del libro que el lector tiene la sensación de que no hay pausa para «descansar la oreja». En cambio, otros capítulos resultan mucho más hilados y amables a la lectura, como cuando el autor trata la cuestión de la ironía o cuando desarrolla —con un planteamiento maravilloso— el tema del ritmo. Y tómense estas afirmaciones como la percepción subjetiva que son. 

Por otra parte, el hecho de que el autor sea anglosajón y la mayoría de sus ejemplos pertenezcan a la literatura inglesa o norteamericana hace que, por razones obvias, el lector en lengua castellana no alcance en algunos casos a interiorizar plenamente el mensaje que conllevan dichos ejemplos, muy a pesar de las minuciosas anotaciones a pie de página. Y no sé si no irá en una línea parecida la confusión que me ha suscitado el tratamiento que Cohen da al concepto de «ironía»; al principio sí desarrolla unas definiciones y ejemplos que conducen directamente a la «ironía» tal como la conocemos en nuestro idioma pero los ejemplos posteriores me inducen a pensar que se está refiriendo a la estructura profunda o subtexto, otra cuestión distinta y, a mi parecer, de mayor calado.

Por todo lo dicho, Cómo piensan los escritores es una lectura ante todo interesante sobre todo para quien quiera escribir y también para aquellos lectores curiosos y que ejercen una saludable lectura consciente. No es un libro para leer de un tirón, más bien es una invitación a degustar fraccionadamente los temas según la apetencia personal en cada momento. Y sobre todo, y a pesar de las objeciones puntuales que he ido exponiendo, me parece que Cómo piensan los escritores es un libro que debía ser escrito. 

La cubierta es una de las grandes bazas, muy del rollo de Blackie Books con el añadido de que podemos adquirir esta obra tanto con un Mark Twain como con una Jane Austen, ambos con sus lápices colganderos en la boca, muy pensativos. Y lo que deduzco de esas ilustraciones tan originales es coherente con lo que me ha sugerido el contenido de la obra y es que ante la pregunta «¿Cómo piensan los escritores?» la respuesta no es otra que «Pues, mire usted, igual que los demás». Otra cosa distinta es que los escritores además sean obsesivos, tenaces y muy pero que muy observadores. 

(*) No confundir a Richard Cohen con este otro Richard A. Cohen mucho más popular según Google. Lo digo por si os da por investigar, que no os llevéis el susto que ya me llevé yo. 

jueves, 30 de enero de 2025

Reseña + Entrevista: Un lugar mejor de Pedro Ugarte

Idioma original: Español

Año de publicación: 2024

Valoración: Está muy bien

Que Pedro Ugarte es uno de los mejores cuentistas españoles de los últimos veinticinco años es algo que debería estar fuera de toda duda. Con Un lugar mejor corrobora esa afirmación y, además, demuestra que se encuentra en plena forma. 

Quienes ya conozcan la obra de bilbaíno encontrarán en esta colección de relatos algunas de las constantes que recorren su trayectoria: su predilección por personajes corrientes (tantos Jorges) e historias cotidianas, su humor tirando a negro, su esperanza desesperanzada o desesperanzada esperanza, su forma de ver la vida, las relaciones amorosas o las relaciones personales, el mundo laboral, etc. Pero lo que lo distingue de su obra anterior (o, al menos, de lo que yo he leído de ella) es que Un lugar mejor es un libro más oscuro. De hecho, diría que es el más houellebecquiano de sus libros, algo así como su particular Aniquilación.

Un par de ejemplos de lo anterior serían estas dos citas:

"Mi esperanza se reducía ahora a pasar un tarde íntima y recogida"

"El tiempo pulveriza la memoria, apenas deja de ella unas inútiles migajas"

Agrupado en cuatro bloques temáticos, aunque todos ellos conformando una unidad, los textos de Un lugar mejor hablan de cómo se construyen y deshacen los afectos, de soledades que tratan de romperse a través de efímeras esperanzas, de últimas oportunidades, de imposturas y cinismos, de familias y amores, etc.  Y para hablarnos de todo ello, Ugarte opta, como lo ha hecho a lo largo de su carrera literaria, por la cotidianeidad (si no me equivoco, creo que en reseñas anteriores lo definí como cronista de lo cotidiano). No encontraremos en este volumen golpes de efectos, finales sorpresa o trucos de ilusionista. Solo la vida y sus realidades patéticas y extrañas pasando.

Cuatro son los relatos que me gustaría destacar:

  1. Éramos tan felices: Un comienzo muy Tolstoiano (del Tolstoi de Anna Karenina) da paso a un texto, al mismo tiempo, cruel y melancólico sobre los materiales de los que está hecha la felicidad. Un tratado sobre el tiempo (bares que cambian de nombre, talleres que cierren para siempre...) que sirve de puerta de entrada a un volumen del que es una muestra representativa
  2. Balada de Rowena Trevanion: Es quizá el relato más houellebecquiano, con una despiadada visión del mundo del trabajo, si bien no exento de cierta poética. Cinismo y soledad en estado puro, entre miedos y tedios.
  3. Un lugar mejor: Un magnífíco punto de partida (¡qué importante es una buena primera frase que te agarre del pescuezo!) da paso a un texto sobre vidas malgastadas y esperanzas que duran lo que dura el trayecto entre dos estaciones de metro que deja al lector con una sonrisa "tonta".
  4. Dientes, caricias, agosto: Mi relato favorito, quizá por ser el más metafórico y el de más abierto final. Afectos, responsabilidades, familia... con una niña de 13 años y un lindo gatito de por medio. 
No me enrollo más. Mejor que sea el propio Pedro quien os hable de su Un lugar mejor y del resto de su obra. Aquí la charla que hemos mantenido con él.