martes, 7 de enero de 2014
Harold Bloom: La religión en los Estados Unidos. El surgimiento de la nación poscristiana
Título original: The American Religion. The Emergence of the Post-Christian Nation
Fecha de publicación: 1992
Valoración: muy recomendable
Harold Bloom es conocido sobre todo por haber llegado a convertirse en una especie de dios de la crítica literaria contemporánea. Quizá sorprenda a algunos saber que la religión es otro de sus grandes temas, y que le ha dedicado ya varios ensayos. Cierto es que lo hace desde un punto de vista eminentemente literario que los historiadores o antropólogos de la religión, por no decir los teólogos, juzgarán -con justicia- estetizante. Para mí esto es una virtud, porque aporta una frescura y una osadía que pocos "especialistas" logran. En este caso, el tema es lo que Bloom llama la "american religion".
Antes de seguir, un inciso sobre la traducción. Yo he leído la edición publicada por el Fondo de Cultura Económica en México en 1994, traducida por María Teresa Macías. Por supuesto, es difícil juzgar la valía de una traducción sin cotejarla con el original, cosa que no he hecho, pero lo cierto es que me he encontrado con multitud de dificultades al leer el ensayo. En muchos pasajes el lector se topa con frases en las que tropieza y que debe volver a leer. Me resulta difícil creer que el original esté escrito con tanta torpeza. Lo anterior es sólo una sospecha, pero, de todas maneras, la peor elección de la traductora está en el mismo título. Se resiste a traducir "american religion" por "religión americana": en el texto elige de continuo la feísima fórmula "religión estadunidense" y en el título opta por "la religión en los Estados Unidos", que, aparte de ser un circunloquio, no da idea cabal de lo que quiere decir Bloom. No le interesa la religión que se practica en cierto país, sino la religión que brota del más específico núcleo espiritual de los Estados Unidos. Puedo entender que a un lector mexicano le escueza esa manía yanqui de apropiarse del adjetivo americano, pero, sinceramente, con una nota al pie de la traductora en las primeras páginas hubiera bastado. Compruebo que hay otra traducción más reciente en Taurus con el título La religión americana; quizá el cuerpo del texto también mejore, no lo sé...
Pero a lo que íbamos. Tengo la impresión de que la tesis de Bloom no resistiría las objeciones de estudiosos de la religión de otras disciplinas, pero resulta muy atractiva por lo sencilla y audaz: bajo todas las distintas sectas y denominaciones evangélicas que prosperan en los Estados Unidos se esconde en realidad una única religión americana que no es propiamente cristiana, sino gnóstica. Por supuesto, todos esos credos (la Convención de Baptistas del Sur, mormones, pentecostales, adventistas...) se perciben mutuamente como muy distintos entre sí, y lo son en muchos sentidos. Sin embargo, hay un par de elementos que Bloom identifica en el estrato más profundo e implícito de sus convicciones y que todos comparten: un sentido de la libertad como soledad del individuo frente a todo y todos, y la certeza de que lo mejor en cada individuo es ya divino y anterior a la Creación. Son estos dos elementos comunes los que, según Bloom, alejan a la religión americana del cristianismo y la hacen deudora de los movimientos gnósticos de los primeros siglos de nuestra era.
A partir de esta tesis, Bloom va mostrando cómo tales principios se encarnan en las principales corrientes de la religión americana. En esta revisión ejerce la crítica de la religión, pero entendida no en un sentido teológico o moral, sino análogo al de la crítica literaria: se trata de aislar la peculiar versión de "lo espiritual" en cada credo y valorar con qué riqueza se desarolla en sus ritos y creencias. Bajo esos criterios de evaluación, la Iglesia de los Santos de los Últimos Días gana por goleada. Es fascinante ver cómo Bloom va desplegando ante los ojos del lector los frutos de la fecunda imaginación de Joseph Smith, el profeta mormón, y de sus sucesores. Uno acaba compartiendo el entusiasmo estético del autor ante tal capacidad creadora de mitos y rituales. A juicio de Bloom, es cuestión de décadas que los mormones instauren su fe como la Iglesia nacional de los Estados Unidos y dejen de fingir que son sólo una denominación cristiana más. Da un pequeño escalofrío pensar que esta profecía se escribió 20 años antes de que un mormón estuviese a punto de convertirse en presidente de los Estados Unidos...
También de Harold Bloom: Genios, El canon occidental
martes, 5 de noviembre de 2013
Harold Bloom: Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares
También de Harold Bloom en ULAD: La religión en los Estados Unidos, El canon occidental
lunes, 7 de marzo de 2016
Colaboración: El canon occidental de Harold Bloom
Título original: The Western Canon: The Books and the School of the Ages
viernes, 17 de julio de 2009
¿Existe la 'buena literatura'?
Tradicionalmente se habla de "alta" y "baja literatura". La distinción puede imaginarse así. De un lado están los autores que continúan formas y géneros heredados adaptándolos a los gustos de la masa, que es perezosa y no quiere complicaciones: eso es bajo. De otro lado están los autores que se preocupan por innovar en su arte, llevan a su perfección formas que ya existían o crean otras nuevas: eso es alto. Por supuesto, decirlo así suena más bien a enseñanza de Barrio Sésamo, pero algo parecido es lo que se tiene en mente cuando se habla de alta literatura (seria, difícil, guiada sólo por criterios estéticos) y baja literatura (superficial, fácil de leer, preocupada por agradar).
Existe desde luego actualmente la tendencia, que no carece de argumentos, a considerar que clasificar así las producciones culturales es un formulismo conservador injustificado que conviene desterrar. Al fin y al cabo, el criterio presenta sus problemas cuando se trata de aplicarlo. Por ejemplo, hay muchos autores que escribían con la clara intención de agradar a su público y ponerles las cosas fáciles, más que nada porque vivían de su aprobación. Según la distinción en "alto" y "bajo", deberíamos condenarlos como mediocres productores de best sellers, pero no, resulta que forman parte del canon. Lope de Vega, sin ir más lejos. Por otro lado, las fronteras entre la alta y la baja literatura, pretendidamente eternas, han demostrado ser bastante cambiantes: escritores saludados en su tiempo como un dechado de originalidad y genio son olvidados poco después y vistos como meros epígonos. ¿Quién recuerda, por ejemplo, a Echegaray, uno de nuestros premios Nobel?
Y no es sólo que el criterio se muestre poco útil, es que puede sospecharse, con motivo, que su verdadera razón de ser tiene poco que ver con la literatura, y mucho con la distinción social. Así, excluir géneros completos del canon literario sería más un gesto de exclusividad aristocratizante que la aplicación de ninguna verdad estética: abajo, la chusma que consume mala literatura; arriba, los lectores selectos que se deleitan con obras de arte. En muchos casos puede aceptarse que es así, y que hay mucho de esnobismo en rechazar, a priori, las posibilidades y los logros de, por ejemplo, la novela policiaca, la novela fantástica o el relato de terror.
Pero, al mismo tiempo, tampoco les falta razón a los críticos que, como Harold Bloom (aunque quizás no con los mismos argumentos que Harold Bloom) defienden la necesidad de mantener una exigencia estética que limite la entrada en el canon: que puede ser histórica y científicamente apasionante estudiar los géneros populares, pero a fin de cuentas existe una diferencia cualitativa entre, por ejemplo, Philip Roth y Stephen King. Es innegable que unos libros son más simples que otros; en su estructura narrativa, en la construcción de personajes y escenas o en el tipo de lenguaje utilizado.
En algunos casos, por ejemplo, bastan un par de rasgos descriptivos para que reconozcamos un tipo de personaje que ya conocemos de sobra de mil películas, cómics, etc. Para no salir del Código Da Vinci (que es una bendición al hablar de estos temas): el protagonista es un profesor universitario, que habla varias lenguas vivas y muertas y es experto en antiguas simbologías, pero que, a la vez, sabe disparar un arma y al que siempre se le ocurre la manera de escapar de la muerte en el último segundo. ¿De qué me sonará...? Ese uso de ciertos clichés facilita la lectura, porque hace que anticipemos en gran parte la acción y no tengamos que detenernos en los detalles para ir completando nuestra imagen del personaje. Por la misma razón, claro, aligera mucho el trabajo del escritor. Podría decirse que muchos libros pecan, por así decirlo, de pereza literaria. ¿Es eso malo? Bueno, todos preferimos una lasagna casera, que tarda horas en cocinarse, a una precocinada y calentada cinco minutos en el microondas. Pues eso.
Parece evidente que, por el mero hecho de escribir críticas literarias, y por calificar a los libros en una escala de gusto, en este blog nos estamos situando más cerca de esta segunda postura que de la primera. Sí, hay razones por las que, como novela, El Código Da Vinci es inferior a El nombre de la rosa, e intentamos explicarlos en nuestras reseñas. ¿Significa esto que no se deban leer libros como Crepúsculo, Harry Potter o cualquier novela de Camilleri? En absoluto. De hecho, todos los que hacemos este blog las leemos -cada cual tiene sus géneros favoritos- y las disfrutamos. Pero esto no nos impide afirmar que al mismo tiempo, leyendo otro tipo de literatura (sí, vamos a decirlo claramente, "otros libros mejores") se pueden tener experiencias lectoras más profundas y enriquecedoras.
lunes, 7 de noviembre de 2022
Joshua Cohen Los Netanyahus
Idioma original: inglés
Título original: The Netanyahus
Año de publicación: 2021
Traducción: Javier Calvo
Valoración: está bastante bien
-¿Los Netanyahus? No sé quienes son esos, pero me suenan de algo...
-Normal, porque se trata de un apellido más que conocido: el del político (ultra)conservador israelí Benjamin "Bibi" Netanyahu, que ha sido en varias ocasiones primer Ministro.
_¿Ah, sí? Pues ni idea... yo es que no veo las noticias...
-Ya me imagino. Pues bien, los "Netanyahus" del título se refiere, en efecto, a su familia y a él mismo, en este caso cuando era aún un niño y su padre Benzion trataba de ser contratado como profesor de Historia en EEUU.
-Humm, qué interesante... (disimula un bostezo).
-Puede parecer un tema no muy divertido, pero, sin embargo, esta novela sí lo es y mucho. Porque, para empezar, el argumento está basado en una anécdota que contaba Harold Bloom, el autor del controvertido canon literario (al menos en este blog): en cierta ocasión, dadas ciertas complicadas circunstancias, tuvo que hacer de anfitrión de la familia Netanyahu, que había acudido junto al pater familias a que éste impartiera una clase como profesor invitado en la universidad de Bloom... y digamos que la cosa no acabó tan bien como cabía esperar. La historia, al serle referida a Joshua Cohen, le sirvió a este para pergeñar esta novela, protagonizada aquí -y narrada- por el profesor Ruben Blum, historiador económico del Bronx neoyorquino que se ha trasladado con su familia a la pequeña universidad de Corbin, en el norte... no, perdón, en el oeste del estado. Allí es donde, en 1960, también pretende ser contratado el doctor Netanyahu, historiador especializado en la Inquisición ibérica y, puesto que por aquel entonces Blum es el único profesor judío del campus, se le pide que forme parte del comité de contratación y, además, sea el anfitrión del israelí. Lo que se vuelve una gran complicación cuando éste aparece en medio de una gran nevada, junto a su enérgica esposas Tzila y sus tres asalvajados hijos varones (Benjamin es, paradójicamente el del medio).
Como ya he dicho, la novela resulta muy divertida porque el tono empleado por Cohen es, en todo momento -o casi- humorístico. En realidad, más de la mitad del libro se centra en las cuitas del profesor Blum: laborales -pues aún no ha sido hecho profesor titular de la universidad y debe andarse con pies de plomo-; familiares -tanto en lo que se refiere a su tozuda hija adolescente como a la injerencia de sus padres y suegros, judíos neoyorquinos todos, pero de diferentes orígenes y clase social-; pero también "existenciales", por así decirlo. Blum es un tipo modesto e inseguro, quizá incluso un tanto pusilánime y se ve obligado a afrontar con⁹ sus limitados recursos tanto los prejuicios a su condición de judío como su escasa consideración como historiador. Algo que contrasta sobremanera con la arrogancia autoconfianza del doctor Netanyahu, sionista militante e "innovador" en sus estudios históricos -por limitada que fuera su formación-, estudios que él además pone al servicio de la causa sionista y de su concepción de lo que debe ser Israel. Algo que queda más que evidente en la segunda mitad del libro, cuando aparece la familia Netanyahu -aunque anteriormente ya hemos conocido bastante la figura del padre a través de un par de cartas hablando de él que le son enviadas a Blum-; a partir de este momento, la sonrisa que la ironía de Cohen había plasmado en el rostro del lector (de este lector, al menos) deja paso, en más de una ocasión, a la franca risa, cuando comprobamos que el desastre puede acechar en cualquier recodo del camino -más aún si se encuentra cubierto de nieve-... o, como bien expresa cierto dicho, "el diablo está en los detalles".
En resumen, una novela de campus bastante divertida, aunque tal vez podría ser más vitriólica, en la que se da un cierto repaso, entre otras cosas, a las formas que adopta o ha adoptado la "juidicidad" (no sé si existe el palabro), esa circunstancia cultural/religiosa que, no lo olvidemos, ha nutrido la literatura de tantos y tan buenos escritores. De forma más sutil, también quizás más profunda, es una novela sobre cómo ocupamos nuestro lugar en el mundo y, sobre todo, cómo fingimos que merecemos ocupar ese sitio o el que aspiramos a ocupar. Y, sobre todo, sospecho que será un libro que le dificulte a Joshua Cohen la posibilidad de visitar Israel en un futuro, ahora que Bibi ha vuelto a ganar las elecciones. En cualquier caso, yo no me arriesgaría...
domingo, 8 de junio de 2014
Francisco Casavella: Elevación, elegancia y entusiasmo
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable
Su muerte volcó la atención no sólo sobre sus obras de ficción, capitaneadas por la trilogía El día del Watusi y Lo que sé de los vampiros, ganadora de un premio Nadal, sino también sobre su obra previa, en esta caso, como colaborador de multitud de medios culturales y periodísticos.
En el fondo, esas tres palabras del título vienen como a definir la estructura del contenido. Que no es más (como si fuera poco) que un viaje caleidoscópico por sus artículos (cientos de ellos) sobre literatura, música, cine y algunas series. Afortunadamente su tiempo de vida le llegó para disfrutar las cinco temporadas de The Wire y reflejarlo en un artículo.
Puede que algunos discutiésemos una algo inexplicable filia por las sonoridades latinas (¡Agustín Lara!) y que su primer acceso entusiasta en artículos sobre grupos pop locales ahora nos resulta algo enternecedor (empeñado en alzar a los cielos bandas de las que pocos se acuerdan). Pero algunos de estos articulos los ha escrito un jovenzuelo de apenas veinte años, con ganas de gustar, de hacerse un nombre y de abrirse camino. Sí, puede que la parte dedicada a la música, por el tono que empleaba en función del público al que se dirigía, nos resulte la menos brillante. Pero las primeras 300 páginas, las que dedica en cuerpo y alma a las reseñas sobre libros y a los comentarios sobre literatura. Huyendo (aunque mencionando) del relativo distanciamiento académico de Harold Bloom, Casavella nos sume en un fascinante viaje por influencias, libros de referencia, relaciones de autores, de obras. Uno de esos artefactos que tanto nos gustan por aquí: una especie de viaje de placer literario portentosamente bien escrito y ameno de leer. Y de conservar: sitúense estas páginas a mano a la hora de buscar buenos libros si algún día no se nos ocurre qué leer.
Y el libro acaba con un útil indice por referencias al que podemos acudir a ver qué opinaba de Pynchon, qué pensaba de Tarantino, para qué narices mencionaba a Richard Hell o a Corín Tellado.
No olvidemos a este hombre, por favor.
También de Francisco Casavella en ULAD: El día del Watusi
sábado, 2 de julio de 2016
Bob Stanley : Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno
jueves, 17 de junio de 2010
Carlos Cañeque: Conversaciones sobre Borges

Año de publicación: 1995
Valoración: Recomendable
Un resumen metafórico de este libro de entrevistas diría algo así: un ave habitada (es decir, un avión lleno de devotos de Borges) se pasea por encima de un territorio (el borgiano), recorre primero un amplio panorama, cae en picado de vez en cuando, roza algún punto concreto sin llegar a posarse, picotea aquí y allá y vuelve a subir a lo más alto; luego elige otra zona sin salir del país Borges, y vuelve a hacer lo mismo. Hablando llanamente, su mayor mérito consiste en poner a disposición de los lectores el resultado de las laboriosas investigaciones de un grupo de estudiosos de la obra borgiana. De ello resulta un pausado examen de los más diversos aspectos de la obra del autor argentino – no dirigido a especialistas, sino accesible a cualquiera que esté interesado en ella – bien organizado y bastante ameno en general.
Las entrevistas son de dos tipos. En la mayoría de ellas se habla del conjunto de la obra de Borges, sólo dos desmenuzan los relatos contenidos en El jardín de senderos que se bifurcan, Artificios y El Aleph, por estimar, tanto autor como entrevistados, que son, dentro del conjunto, los más significativos y de más alto vuelo literario.
Quien abre la serie fue uno de los descubridores y mayores especialistas mundiales en Borges, Emir Rodríguez Monegal, fallecido un año antes que el escritor. Monegal reflexiona sobre cuestiones como el carácter filosófico y a la vez lúdico de la obra borgiana, su identificación de los conceptos metafísica y fantasía, el papel esencial del lector en la construcción del significado – extraordinariamente complejo a pesar del sencillo esquema narrativo que se repite a menudo –, los rasgos poéticos de su estilo y sus referencias literarias. Las dos entrevistas que siguen analizan algunos relatos incluidos en los tres volúmenes y lo hacen desde perspectivas diferentes y complementarias: una, la de Ion Agheana, motivada por su profundo conocimiento de la simbología de Borges; la de Guido Castillo, en cambio, se basa en la familiaridad del entrevistado con la literatura universal y en su capacidad de relacionar los rasgos que menciona con los ejemplos más emblemáticos, de la Grecia clásica a Shakespeare.
Incluye a continuación el resto de las entrevistas que abordan aspectos generales. Al haber escogido a personas tan diversas como María Kodama y Harold Bloom, Carlos Cañeque consigue una gran variedad de puntos de vista que contribuye a la riqueza de contenido de esta obra. No falta una extensa bibliografía para quien quiera completar la información.
miércoles, 11 de febrero de 2015
Colaboración: Libros peligrosos de Juan Tallón
Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable
Navegar por el mundo de las novedades editoriales para encontrar ese libro que quizás nos cambie la vida o siquiera nos ayude a sobrellevarla mejor puede ser una experiencia agotadora y frustrante. Por eso quizás recurrimos a blogs como este, en el que una lectura recomendada nos ayude a dirigir nuestros pasos hacia la librería más cercana. Nada hay más gratificante que descubrir ese libro que nos estaba esperando, pero cuya existencia ignorábamos. Es en este territorio en el que se mueve el último libro de Juan Tallón.
Nos presenta el escritor gallego una novela ensayística o un ensayo novelado, vaya usted a saber, en la que recoge un catálogo de cien libros que adjetiva como peligrosos. ¿Por qué peligrosos? Pues según propia confesión “porque te atacan y te cambian la vida”.
No huya aquí el lector, pues no nos encontramos ante un canon literario al estilo de Harold Bloom o una sesuda investigación bibliográfica sobre los libros que deberían formar parte de la biblioteca ideal del lector culto del siglo XXI. Tampoco, en último término, pretende ser una lista de las lecturas preferidas del autor. Tallón nos propone un paseo por libros que le han sobrecogido, impresionado o emocionado y lo adereza con anécdotas personales y vivencias tanto propias como de los escritores que desfilan por sus páginas. En muchos casos, nos introduce en las historias que se recogen en cada volumen y, a menudo, reproduce fragmentos significativos de la obra en cuestión. Todo ello con un estilo cercano y atento al detalle que cautiva al lector desde la primera página. Tallón se sienta a nuestro lado y nos lleva de la mano de libro en libro y consigue lo impensable: encontrar los lazos, a primera vista invisibles, que pueden unir la obra de autores tan dispares como Buzatti, Parménides o Rulfo y convencernos de que la relación entre ellos es más que evidente. Sólo por esa pirueta formal ya merecería la pena leer este libro, pero aparte de ello nos descubre un infinito mundo de lecturas futuras.
martes, 21 de enero de 2014
Colaboración: La víspera de Santa Inés de John Keats
Título original: The Eve of St. Agnes
Año de publicación: 1856
Valoración: está muy bien
En el poema original, The Eve of St Agnes, encontrábamos originalmente de cuarenta y dos estrofas de nueve versos – la estrofa de Spenser en The Faerie Queene–. Sin embargo, esta versión del poema ha sido traducido por José Fernández Bueno y Luis Alberto de Cuenca a estrofas de diez alejandrinos castellanos, perdiendo la rima del original. La edición de la editorial Reino de Cordelia incluye los grabados que Edward H. Wehnert realizó para ilustrar el poema cuando se publicó en 1856.
Es imposible decir si constituye una de las cimas de John Keats; es probable que sí sea una de las mejores imágenes de su gran amor a Fanny Browne: un poema narrativo con el tono de una canción. A ella la vemos en Madeline mientras que el propio Keats se transforma en Porphyro. (T. S. Eliot decía que la correspondencia de John Keats a Browne constituía el conjunto de cartas más exquisito en lengua inglesa. Esas cartas fueron después curiosamente subastadas y vendidas por 110.000 libras.)
Keats se inspiró en una leyenda para escribir este largo poema en 1819, en la misma fecha fijada para la festividad de Santa Inés. Cuenta la historia que una noche del 21 de enero (de 304 AD), la joven de trece años Inés de Roma fue martirizada por negarse a entregar su virginidad –unos dicen que en matrimonio, otros que a dioses paganos–. Desde entonces la santa y patrona de vírgenes y adolescentes hace realidad las peticiones de matrimonio que le hacen llegar los amantes en el día anterior a su tortura.
Decían que en la víspera de santa Inés las jóvenes
podían disfrutar de gozosas visiones
y recibir, en medio de la noche, ¡ese instante
de miel!, el testimonio de adoración de aquellos
que las amaban, siempre que observasen los ritos…
A pesar de su claridad, el poema ha provocado varias interpretaciones. Harold Bloom, respondiendo a quienes criticaban en el poema de Keats la simpleza del amor como objeto poético, creía que más allá del triángulo sexo-amor-matrimonio, la intención del poeta al escribirlo era originar un espacio propio de motivación psicológica, filosofía y genérica.
Aunque Keats no realiza una descripción completa del escenario, las menciones a los ángeles de piedra, las damas y los caballeros, nos hacen pensar en una fortaleza. Sin saber el nombre del lugar donde Prophyro acude a buscar a Madeline, todo alrededor de los personajes tiene nombre y apellidos, los que Keats les da. Se recrea con lujuria en la textura de las palabras, diría un crítico, creando un almacén de belleza que los pintores prerrafaelitas listarían después. William Holman Hunt, a partir del poema, pintaría en 1848 “The flight of Madeline y Phorpyro”, se dice que con ayuda de Millais, que posteriormente pintaría otro cuadro, “Madeline undressing” en 1863, que hoy se puede ver en la Guildhall Art Gallery de Londres, y que representa la fuga de los amantes en mitad de la fiesta.
jueves, 27 de marzo de 2025
Gustavo Faverón Patriau: Mínimosca
Año de publicación: 2024
Valoración: Imprescindible
¿Cómo hablar, en apenas media docena de párrafos, de lo que supone un texto como Minimosca? ¿Qué decir, que no se haya dicho ya, sobre una de las novelas de año 2024? Preguntas que surgen frente a la página (más bien hoja de Word) en blanco, dudas que atormentan a este pobre reseñista frente a una obra tan vasta, tan compleja, tan exigente, tan putaobramaestra, tan 2666 de este segundo cuarto del siglo XXI.
Vaya, ya salió Bolaño. Era inevitable pues el parentesco es innegable. También debe citarse a Borges, a Cartarescu, a Sabato, a Faulkner (why not?), a Lautreaumont (por esto y por lo otro), a Macedonio Fernández (creo que Faverón y Macedonio vienen del mismo planeta)... aunque con un puntito de humor que lo separa ligeramente de los anteriores. La lista podría ser eterna, como el Museo de la (susodicha) novela, pero ya paro.
Y es que en Minimosca hay grietas, fantasmas, fisuras, senderos que se bifurcan, cantos de sirena, paradojas temporales, desdoblamientos y sotneimalbodsed, máscaras, metempsicosis, casualidades, guiños a la realidad histórica, realismo casi sucio, realismo mágico, guiños a la ciencia ficción, novela psico(i)lógica, exploraciones sobre el dolor y la violencia... Podría seguir, pero ya paro.
Puedo hacer un campo de concentración donde solo quepa un prisionero y que el prisionero sea el guardia (p. 309)
Hay personas que nacen dos veces y son la misma y hay personas que nacen una vez pero son dos (p.523)
Según el momento en que la recuerde, tres imágenes me vienen a la cabeza:
- La de las matrioshkas, por sus historias dentro de la historia dentro de la historia dentro de la historia y así hasta el infinito (y más allá, que diría aquel)
- La de un cuadro cubista, por su fragmentación de líneas y superficies para representar la totalidad de la vida en un solo plano.
- La de un altar barroco, recargado de figuras, pero con Arturo Valladares y Mónica Buchenwald ocupando el lugar central.
miércoles, 29 de enero de 2014
Jorge Carrión: Librerías
Habla del entorno social en que surgen y se desarrollan, de cómo se integran en la geografía de las ciudades y de cómo vertebran la vida cultural y arraigan, a espaldas de especulación, de avaricia empresarial, muchas veces, a espaldas de su propia viabilidad económica. Habla de familias, de sagas de libreros, de sus relaciones con clientes que son amigos, y de sus relaciones con autores que son lectores que son clientes que son amigos.
Lo cual no quiere decir que Librerías sea un canto a la nostalgia y ni una sola vez he leído el topicazo del olor a papel (aunque el polvo sí es mencionado varias veces), y muchas, demasiadas veces, he añorado entrar por alguna de las puertas de los locales que Carrión describe, y encontrarme perdido o abrumado o desorientado entre hileras o columnas o mesas o estantes. Si este libro fuera un puro catálogo o fuera una guía de viajes o las fotografías no fueran en sobrio blanco y negro y en calidad prensa, y fueran espectaculares como las que circulan en Internet, eso no pasaría: el mérito consiste en que Jorge Carrión (mucho más brillante en ensayo que en ejercicios irregulares de ficción como Los muertos) escribe con rotundidad, conocimiento, y ese punto justo de erudición del que sabe de qué escribe pero sabe que ha de ser leído, y eso aleja los fantasmas que a veces planean sobre ciertos ensayos: la jerga, el solipsismo, el ombliguismo. Nada de eso está ahí, y, por acudir a ejemplos dispares, como Stephen King hablando de escribir, y como Harold Bloom demostrando saber enciclopédico, solo acabar de leer este rutilante ensayo nos tiramos a leer las más de 30 páginas de referencias que son, y permitidme que hable en nombre de este blog, una antología del sueño húmedo.
También de Jorge Carrión en ULAD: Los muertos, Teleshakespeare
viernes, 28 de abril de 2023
Zoom: La cancelación y sus enemigos de Gonzalo Torné
Año de publicación: 2022
Valoración: Está bien
¿Vivimos inmersos en la "cultura de la cancelación"?¿Oprimidos por la "dictadura de lo políticamente correcto"? Así parecen creerlo una buena cantidad de escritores, creadores varios, faranduleros y tertulianos que no dejan de denunciarlo (tranquis, que no me voy a meter con cierto escritor y opinador murciano al que sé que algunos tenéis aprecio) y no falta semana en que alguno de ellos nos recuerde que hace 40 años teníamos más libertad (el pequeño detalle de que hace 40 años ellos eran 40 años más jóvenes y quizás su recuerdo se vea influido por ello no parece influir en su reflexión); de hecho, esta idea ya se ha convertido en un lugar común aceptado por... ¿por todos? ¡No. una pequeña aldea gala, en forma de escritor barcelonés, se resiste ahora y siempre al invasor! Es más, ha escrito este pequeño ensayo para demostrar que ni cancelación ni cancelacien... todo es una engañifa.
Para Gonzalo Torné lo que ocurre es que las y los lectores /oyentes/espectadores actuales hemos dejado de ser una masa acrítica con la oferta cultural a nuestra disposición o que, en todo caso, se fiaba de los prescriptores establecidos (críticos, editoriales, medios de comunicación) para convertirnos en "audiencias emancipadas", con un criterio propio y que, además, cuentan con el altavoz de las redes sociales, mucho más democrático que los medios tradicionales, para expresar nuestra disconformidad con las representaciones incorrectas, insuficientes o incluso inexistentes de tal o cual colectivo, las "oclusiones de representación", en palabras de Edward Said en su libro Orientalismo -según Torné, pionero y punto de inflexión para este cambio producido en las últimas décadas-; esto es lo que lleva a algunos representantes o defensores de los colectivos que antes gozaban de una preeminencia también cultural -a saber: los hombres blancos heterosexuales del Primer Mundo- a quejarse y advertir del peligro de una "cultura de la cancelación", producto de una "escuela del resentimiento", que decía el célebre, aunque no siempre apreciado Harold Bloom. Para Torné, como digo, éstos no son sino unos quejicas molestos por el fin de la barra libre de sus privilegios y la "cultura de la cancelación" como tal no existe, porque, al menos en el mundo occidental, es tan sólo el mercado el que, como mucho, puede dificultar la expresión cultural; la única consecuencia negativa que puede tener la eclosión de estas audiencias emancipadas es que la aparición de una "cancelación positiva", para compensar la anterior falta de representación de ciertos colectivos, puede llevar a una "competición de buenismo", en el que se valoren las obras literarias o cinematográficas tan sólo por el criterio de que estos colectivos hasta ahora infrarrepresentados lo estén suficientemente y de la manera correcta.
En resumen, esto es lo que cuenta la primera parte -de tres- de este pequeño ensayo, que reproduce un artículo del autor en la publicación digital CXTX. la segunda aparte tiene un punto mayor de originalidad porque está "escrito" por uno de los personajes de las novelas de Gonzalo Torné (que, para quien no lo sepa, está embarcado en la escritura de toda una saga acerca de las vicisitudes de una familia de la burguesía catalana), Clara Montsalvatges, que le envía una carta a su creador y sin embargo amigo, para matizar y en algún momento contradecir algunos puntos del artículo de Torné. Esta triquiñuela, aunque puede parecer un poco ombliguista, en realidad sirve para amenizar de una forma simpática la antítesis que todo ensayo o exposición de ideas comme il faut necesita. Lo más interesante de la misma -además de calificar de "currutacos" a esos "ofendiditos por la supuesta cultura de la cancelación- es la preocupación de si todo esto no llevará a una "cancelación interior" o autocensura de los creadores, por miedo a no encajar con el gusto dominante/conveniente o a ser amonestados u acosados por ello. Las objeciones de Clara -esto es, Gonzalo- dan pie al propio Gonzalo para responderle con otra carta -el truquillo aquí ya pierde un poco de gracia-, que podría suponer una síntesis final, pero que, en verdad, le sirve, sobre todo, al autor para desarrollar una serie de consideraciones sobre la condición y el oficio de escritor que, si bien resultan interesantes, ya se alejan un tanto del tema original del ensayo, que se va diluyendo cada vez más, como lágrimas en la lluvia... (¿os gusta la metáfora? Se me acaba de ocurrir).
Para concluir, puede decir que estoy bastante de acuerdo con el señor Torné, pero hasta cierto punto. Es cierto que la mayor parte de las quejas sobre la supuesta cancelación proviene de creadores o intelectuales que de cancelados no tienen nada y la prueba está, precisamente, en el eco que los medios hacen a sus quejas (que no se me olvide recomendar cierto video al respecto que hizo la actriz Lisa Kudrow).Y eso, sin olvidar la sospecha de que, en muchos casos, los quejumbrosos no son señoros honestamente indignados, aun con mayor o menor razón, sino jetas que lo que buscan es aprovecharse de una tendencia al alza y promocionarse a sí mismos y su carrera litera... opinadora (y no, no estoy pensando en cierto escritor murciano, no insistáis...). Pero eso no quita para que de vez en cuando se den casos de denuncia pública contra algún escritor, etc. injustos, exagerados o incluso que bordean el acoso personal (que se lo pregunten a Beigbeder, estos días). O que, con la excusa de la santa indignación woke se persigan, en realidad fines más espure...perdón, espurios (en mi modesta opinión, esto es lo que ocurre, en alguna medida, con el caso de J. K. Rowling, famosa por mantener bien agarrados sus suculentos copyrights sobre sus creaciones, antes que por su supuesta transfobia). En fin, hay matices y excepciones que Gonzalo Torné omite desdeñosamente y que quizá no sean significativos, de momento, en el conjunto general, pero, además de constituir peligrosos precedentes, si los matices no tienen cabida en un ensayo, incluso de la brevedad de éste, ¿dónde si no?
Otros títulos de Gonzalo Torné reseñados en Un Libro Al Día: Años felices, El corazón de la fiesta
miércoles, 22 de septiembre de 2021
Contrarreseña: José Donoso; El lugar sin límites
Año de publicación: 1966
Valoración: Imprescindible
No me cansaré de repetirlo: leer a los maestros es como
volver al paraíso perdido, se está tan a gusto que dan ganas de no marcharse
nunca. De esta gran personalidad de las letras hispanoamericanas, José Donoso (1924-1996), no hay nada que no se haya dicho
ya. De todas formas, y como me consta que nos lee gente muy joven, comentaré
que se trata de uno de los representantes del boom latinoamericano que crearía
escuela en los años 60-70, aunque él siguió publicando regularmente hasta su
fallecimiento, y aún después a título póstumo. Sus novelas más complicadas,
esas que aluden al mundo real mediante símbolos, es decir, no hay que leerlas
literalmente, como El obsceno pájaro de
la noche y Casa de campo –ambas,
difíciles donde las haya, doy fe–, a pesar de estar consideradas como grandes
obras maestras de la literatura en castellano y, la segunda, formar parte del
famoso canon de Harold Bloom, o lo que es igual, el súmmum del súmmum de la
literatura de Occidente, no están aún
reseñadas aquí. Pero todo se andará, jeje, ustedes no pierdan la esperanza.
Más allá de esto,
todo lo escrito por él es magnífico, pues a su gran talento unía una gran
meticulosidad (ocho años le costó escribir cada una de las dos novelas que cito
más arriba) y el hecho de haber estudiado a fondo a los grandes maestros y de saber
manejar los recursos literarios como pocos. He dicho magnífico, sí, pero tan
desazonante que siempre acaba tocando en los lectores algo muy profundo. Aun
así, tranquilos, en El lugar sin límites
al menos sabemos de qué se trata, en sus novelas complicadas, en cambio, se nos
amenaza e inquieta sin que logremos entender bien por qué.
Utilice una perspectiva realista como aquí o metafórica como
en muchas de sus novelas, Donoso pone el foco en una esquina de la sociedad, en
los parias –psíquicos, económicos, por sexo, orientación sexual, lo que sea– a
los que retrata ácida y sarcásticamente. Y siempre da en el clavo. Con una
prosa inusualmente certera representa la sordidez, desamparo, miseria y astucia
de los despojados de todo. Por eso tendré que analizar, más que el aspecto literario,
la situación real que se nos muestra. Porque el retrato geográfico, psicológico
y social es tan exacto en su esquematismo, las imágenes son tan poderosas, sus
poquísimos trazos son tan esenciales y están hechos con un pincel tan fino, el
de la prosa exacta, envolvente y arraigada al terruño, que el lector no está
leyendo sino sumergido en aquel ambiente y codeándose con los personajes. La
ventaja es que nosotros podemos salir de allí cuando queramos y ellos, los
auténticos, evidentemente no. Para muestra, aquí tienen parte del primer párrafo:
“La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno.”
En muy pocas líneas se nos presenta al personaje principal,
Manuela, un travesti que no reconoce como hija a la mencionada por
circunstancias, bastante retorcidas, que entenderán cuando lean la novela. Tampoco
se acepta a él mismo, en parte por el rechazo que provoca, en parte por una
incoherencia que proviene de los estereotipos sociales más rancios y arraigados,
a la que se suma su extrema pobreza. Esto puede parecer irrelevante, pero
imaginen que la Manuela, en lugar de no tener donde caerse muerto, formase
parte de la sociedad más opulenta. ¿Creen que los que le rodean, incluso los
extraños, no le harían la rosca? Yo, desde luego, no lo dudo. Su gran drama es
que, por culpa de la miseria y la ignorancia, el primero que no se respeta es
él a sí mismo. Además, su pensamiento atropellado lo mezcla todo: el placer con
la economía de subsistencia que practica, la condescendencia abusadora del amo
con apoyo y complicidad, su propio deseo con supuesta atracción hacia él, la
marginación que sufre con una inexistente repulsa por parte de la Japonesita
que, en el fondo y si se dejara, estaría encantada de apoyarle. El resultado es
que todos los habitantes de la casa nadan en la precariedad, endiosando a quien
les explota y sin ninguna empatía entre ellos, menos aún cariño o unión de
fuerzas. Una pequeña comunidad integrada por islas flotantes, los personajes,
sufriendo a solas, ignorándose unos a otros, braceando para huir de ese océano
de angustias pero incapaces de hacer ni un movimiento correcto para salir a
flote, o al menos mejorar un poco.
Donoso se centra en la Manuela porque, como varón, comprende
mejor su situación y es capaz de empatizar con él. Pero no se le escapa ese
ambiente sórdido al que están condenadas las mujeres de ese lugar desde que
nacen. Ellas son, más que nadie, víctimas que ni siquiera tienen esperanzas o
sueños como el protagonista, sino que se hunden en una apatía resignada y
determinista en la que vegetan, cada una por su cuenta, sin que se les ocurra
compartir sus soledades.
Pero ahí mismo, en
ese primer párrafo, está (casi) todo. Aparece también el causante de la miseria
que asola el poblado, aunque ninguno de ellos sea consciente de ello. Veamos:
“Habían comenzado a molestar a la Japonesita cuando llegó don Alejo, como por milagro, como si lo hubieran invocado. Tan bueno él. Si hasta cara de Tatita Dios tenía, con sus ojos como de loza azulina y sus bigotes y cejas de nieve.”
“Tan bueno él” que hasta las mujeres del pueblo hicieron la
vista gorda cuando sus maridos visitaron el prostíbulo en bloque, ya que lo
hacían para homenajear al gran señor. Porque, efectivamente, ese es el negocio
que regentan padre e hija, sobre todo ella, porque la Manuela siempre ha sido
un socio sin demasiado compromiso y ahora, que la edad la ha hundido en su drama,
todavía más que al principio. En ese sitio, cuya suciedad es una de las
metáforas utilizadas para pintar su sordidez, se cocinó el triunfo del cacique;
la propaganda que hizo la casa –debido
a sus promesas de mejorar el pueblo, de que la carretera principal pasaría por
allí, de que traería la electricidad a las viviendas– convirtieron en diputado
a don Alejo, pero ahora, cuando todo ha quedado en nada, cuando se propone derribar
los edificios y convertir el suelo en tierra de labor, siguen adorándole. Sí, cuando
lo leemos resulta incomprensible, pero esto sucede tal como lo cuenta Donoso.
No puedo dejar de mencionar ese final paradigmático que
debería formar parte de una selección de desenlaces maravillosamente bien
planteados, tal como se hace a veces con los mejores comienzos de ficción. Hemos
visto a la Manuela salir con Pancho y su cuñado, les hemos seguido un rato, ¿y
luego? Lo que pasa después no lo vemos pero lo oímos, se nos transmite a través
de alusiones y de pensamientos de la Japonesita que, por cierto, se
equivoca de plano. Una forma ingeniosa de decir algo sin decirlo, por medio de
sugerencias. Porque no hace falta más, somos los lectores quienes debemos interpretar
las señales, mucho mejor esto que darnos todo hecho y digerido, como si se
dudase de nuestra capacidad para entender.
Otras obras de José Donoso: Coronación, El lugar sin límites (reseña original)
Obras sobre José Donoso: Correr el tupido velo