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martes, 7 de enero de 2014

Harold Bloom: La religión en los Estados Unidos. El surgimiento de la nación poscristiana

Idioma original: inglés
Título original: The American Religion. The Emergence of the Post-Christian Nation
Fecha de publicación: 1992
Valoración: muy recomendable

Harold Bloom es conocido sobre todo por haber llegado a convertirse en una especie de dios de la crítica literaria contemporánea. Quizá sorprenda a algunos saber que la religión es otro de sus grandes temas, y que le ha dedicado ya varios ensayos. Cierto es que lo hace desde un punto de vista eminentemente literario que los historiadores o antropólogos de la religión, por no decir los teólogos, juzgarán -con justicia- estetizante. Para mí esto es una virtud, porque aporta una frescura y una osadía que pocos "especialistas" logran. En este caso, el tema es lo que Bloom llama la "american religion".

Antes de seguir, un inciso sobre la traducción. Yo he leído la edición publicada por el Fondo de Cultura Económica en México en 1994, traducida por María Teresa Macías. Por supuesto, es difícil juzgar la valía de una traducción sin cotejarla con el original, cosa que no he hecho, pero lo cierto es que me he encontrado con multitud de dificultades al leer el ensayo. En muchos pasajes el lector se topa con frases en las que tropieza y que debe volver a leer. Me resulta difícil creer que el original esté escrito con tanta torpeza. Lo anterior es sólo una sospecha, pero, de todas maneras, la peor elección de la traductora está en el mismo título. Se resiste a traducir "american religion" por "religión americana": en el texto elige de continuo la feísima fórmula "religión estadunidense" y en el título opta por "la religión en los Estados Unidos", que, aparte de ser un circunloquio, no da idea cabal de lo que quiere decir Bloom. No le interesa la religión que se practica en cierto país, sino la religión que brota del más específico núcleo espiritual de los Estados Unidos. Puedo entender que a un lector mexicano le escueza esa manía yanqui de apropiarse del adjetivo americano, pero, sinceramente, con una nota al pie de la traductora en las primeras páginas hubiera bastado. Compruebo que hay otra traducción más reciente en Taurus con el título La religión americana; quizá el cuerpo del texto también mejore, no lo sé...

Pero a lo que íbamos. Tengo la impresión de que la tesis de Bloom no resistiría las objeciones de estudiosos de la religión de otras disciplinas, pero resulta muy atractiva por lo sencilla y audaz: bajo todas las distintas sectas y denominaciones evangélicas que prosperan en los Estados Unidos se esconde en realidad una única religión americana que no es propiamente cristiana, sino gnóstica. Por supuesto, todos esos credos (la Convención de Baptistas del Sur, mormones, pentecostales, adventistas...) se perciben mutuamente como muy distintos entre sí, y lo son en muchos sentidos. Sin embargo, hay un par de elementos que Bloom identifica en el estrato más profundo e implícito de sus convicciones y que todos comparten: un sentido de la libertad como soledad del individuo frente a todo y todos, y la certeza de que lo mejor en cada individuo es ya divino y anterior a la Creación. Son estos dos elementos comunes los que, según Bloom, alejan a la religión americana del cristianismo y la hacen deudora de los movimientos gnósticos de los primeros siglos de nuestra era.

A partir de esta tesis, Bloom va mostrando cómo tales principios se encarnan en las principales corrientes de la religión americana. En esta revisión ejerce la crítica de la religión, pero entendida no en un sentido teológico o moral, sino análogo al de la crítica literaria: se trata de aislar la peculiar versión de "lo espiritual" en cada credo y valorar con qué riqueza se desarolla en sus ritos y creencias. Bajo esos criterios de evaluación, la Iglesia de los Santos de los Últimos Días gana por goleada. Es fascinante ver cómo Bloom va desplegando ante los ojos del lector los frutos de la fecunda imaginación de Joseph Smith, el profeta mormón, y de sus sucesores. Uno acaba compartiendo el entusiasmo estético del autor ante tal capacidad creadora de mitos y rituales. A juicio de Bloom, es cuestión de décadas que los mormones instauren su fe como la Iglesia nacional de los Estados Unidos y dejen de fingir que son sólo una denominación cristiana más. Da un pequeño escalofrío pensar que esta profecía se escribió 20 años antes de que un mormón estuviese a punto de convertirse en presidente de los Estados Unidos...

También de Harold Bloom: GeniosEl canon occidental

martes, 5 de noviembre de 2013

Harold Bloom: Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares

Idioma original: inglés
Título original: Genius. A mosaic of one hundred exemplary creative minds
Año de publicación: 2002
Valoración: imprescindible

Lo confieso, antes de empezar: no me he leído todo este libro para reseñarlo aquí. No todo: se acerca a las 1000 páginas. Pero pongamos los puntos sobre las íes. Este no es un libro al uso, este no es un libro de ficción y este no es un mero compendio de ensayos. Hablamos de Harold Bloom, que vendría a ser una especie de primera figura de la crítica literaria y hablamos de un concepto cercano con lo enciclopédico. Hablamos de una obra de consulta, de uno de esos libros que se eterniza sobre el escritorio, sobre la mesita de noche, a los que acudimos en aquellos momentos en que, decepcionados por una mala experiencia o una mala cosecha de contemporáneos, necesitamos la seguridad, el tiro fijo del autor clásico, de la obra de referencia. 
Y si un crítico es discutible por una opinión puntual, imaginad lo que es acometer una epopeya como decidir cien nombres de la literatura de todos los tiempos. Bloom lo zanja acotando su elección a escritores ya fallecidos en 2002, año de publicación de este estudio. Amantes de las listas que somos muchos de nosotros, cuántos números tenemos de enfadarnos ante algunas omisiones, de arquear una ceja escéptica ante ciertas inclusiones, qué alto porcentaje tiene este señor mayor que sonríe abiertamente en la foto de la solapa (contraviniendo gravemente la imagen de crítico sesudo, agrio y enfadado que la mayoría esperaríamos) de conseguir que discrepemos. Pero vamos, lea el que pueda lo que ha leído este hombre, lea de tal espectro de autores, de tal variedad de registros, analice a fondo, tenga esa enorme ambición (que representa un enorme esfuerzo) y alumbre este tocho en el buen sentido, en el sentido de extenso, inabarcable, rico, variado, razonado, sorprendente.Y sobre todo, casi last but not least, lectura que nos envía, por lo menos a mí, de cabeza a la biblioteca pública o personal, o a la librería a ver si alguno de esos libros que aconseja en diversos grados siempre elevados de entusiasmo nos van a hacer encontrar lo que buscamos.
Con sus errores, dicen, de decantarse en exceso hacia literatura en inglés y norteamericana particularmente. Con su cierta decantación a juzgar ciertos autores por su condición política o social (Bloom es judío, autores con viraje antisemita lo tienen claro con él, lo cual es la mar de lógico), con lo dicho, omisiones y filias y fobias que son, que creemos, condiciones implícitas a la ostentación de su trono en la cima del mundo crítico. Pero siempre didáctico, siempre razonable y, (pensad, encima, en la elevadísima relación calidad/ precio de una lectura de este calado), repleto, qué digo repleto, desbordante hasta los topes, de fragmentos increíbles, evocadores, puros canapés literarios que nos dejan no con algunas, sino con muchas, inaguantables e inaplazables ganas de seguir leyendo.
Así que seguirá en mi mesa, y por mucho tiempo, esperando a que acuda puntualmente a él.

También de Harold Bloom en ULAD: La religión en los Estados UnidosEl canon occidental

lunes, 7 de marzo de 2016

Colaboración: El canon occidental de Harold Bloom

Idioma original: inglés

Título original: The Western Canon: The Books and the School of the Ages

Año de publicación: 1994

Traducción: Damián Alou

Valoración: repugnante


Una tarea titánica la de compilar la lista de los libros imprescindibles de Occidente, lo que quiera que sea eso. Como el autor es un simple mortal, su fracaso es previsible, aunque podía haberlo sido menos de conducirse con más modestia.

Bloom es demasiado ignorante para el empeño y muestra un vicio muy presente en algunos autores de habla inglesa, considerar prioritario frente al resto lo que está escrito en inglés. Enmascaran así su flaqueza para leer en otros idiomas. Un ejemplo claro es su tratamiento de la literatura medieval: dedica un capítulo entero a glosar Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer -magnífico libro, por otra parte-, pero ignora a Boccaccio, a Juan Ruiz, a don Juan Manuel (donde podrá encontrar la semilla de La fierecilla domada de su adorado Shakespeare), la literatura de exempla y las farces, sotties y fabliaux en francés, por no seguir con la lista, todos ellos anteriores y de los cuales bebió Chaucer en abundancia.

A ver, cualquiera diría que para hacer un canon no ya occidental sino -seamos más modestos-, sólo europeo, habría que dominar el inglés, pero también al menos el castellano, el francés, el alemán y el italiano, pero no es el caso. Así que para ocultar sus carencias se refugia en la soberbia y la displicencia. Shakespeare es el mejor autor que ha pisado la Tierra. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Si un mindundi como Leon Tolstoi osa decir que todos los personajes de Shakespeare hablan igual es porque Tolstoi no sabe suficiente inglés. Y sin embargo, es cierto. Todos los personajes de Shakespeare hablan igual, una de las muchas críticas que cabe hacer al sobrevalorado dramaturgo inglés. Lo que no sucede con Calderón de la Barca, por ejemplo, donde los reyes hablan como reyes y los criados como criados. Claro, ese es el problema de los cánones, que son fruto de un lugar y una época; si lo hubiera escrito un alemán aparecería Calderón, pues fue en Alemania donde se rescató su figura después del olvido al que le condenó el tiempo y aún hoy muchas de las mejores ediciones calderonianas se hacen en territorios de habla alemana. El libro está lleno de ejemplos así. Entroniza a Samuel Beckett pero ignora la existencia del Teatro del Absurdo, como si Beckett no debiera nada a Alfred Jarry, a Dadá y su Cabaret Voltaire o a Antonin Artaud o si su obra fuese una isla solitaria sin comparación con, por ejemplo, la de Eugène Ionesco.

Por otro lado, Bloom es un resentido y lo hace notar. Para él la culpa de la decadencia en la transmisión de la literatura la tienen las feministas, los negros y los homosexuales, bien claro lo escribe. Por supuesto, no cabe un gramo de responsabilidad en profesores ignorantes y dogmáticos como él. Supongo que aquí cuentan mucho las pequeñas miserias de la vida universitaria...

Ojo, le he llamado ignorante, soberbio y resentido, pero no tonto. Tuvo la suficiente astucia para dedicar un espacio separado al catalán en su maravillosa lista y eso le valió un Premi Internacional Catalunya otorgado por la Generalitat y dotado con una muy buena bolsa...

Lo leí hace unos cuantos años, al poco de aparecer, y lo encontré un ejercicio gratuito de arrogancia. Medida por medida, no me he tomado la molestia de repasarlo.



                                                                                             Firmado: Pedro el Negro


Otros títulos de Harold Bloom reseñados en Un Libro al Día: GeniosLa religión en Estados Unidos 


viernes, 17 de julio de 2009

¿Existe la 'buena literatura'?

Como "críticos amateur" que somos los que hacemos este blog, hay una pregunta que debemos intentar contestar, aunque sea imposible dar una respuesta definitiva: ¿existe realmente algo que pueda ser calificado como "buena literatura", opuesto a lo que podríamos llamar "subliteratura"? ¿Son libros como La insoportable levedad del ser, Pedro Páramo o Ficciones inherentemente mejores que El Código Da Vinci, Parque Jurásico o la última novela de Danielle Steel? Dicho en otras palabras: ¿existe algún criterio, aparte del gusto personal, que nos permita calificar determinados libros como "imprescindibles", "muy recomendables" o "repugnantes"?

Tradicionalmente se habla de "alta" y "baja literatura". La distinción puede imaginarse así. De un lado están los autores que continúan formas y géneros heredados adaptándolos a los gustos de la masa, que es perezosa y no quiere complicaciones: eso es bajo. De otro lado están los autores que se preocupan por innovar en su arte, llevan a su perfección formas que ya existían o crean otras nuevas: eso es alto. Por supuesto, decirlo así suena más bien a enseñanza de Barrio Sésamo, pero algo parecido es lo que se tiene en mente cuando se habla de alta literatura (seria, difícil, guiada sólo por criterios estéticos) y baja literatura (superficial, fácil de leer, preocupada por agradar).

Existe desde luego actualmente la tendencia, que no carece de argumentos, a considerar que clasificar así las producciones culturales es un formulismo conservador injustificado que conviene desterrar. Al fin y al cabo, el criterio presenta sus problemas cuando se trata de aplicarlo. Por ejemplo, hay muchos autores que escribían con la clara intención de agradar a su público y ponerles las cosas fáciles, más que nada porque vivían de su aprobación. Según la distinción en "alto" y "bajo", deberíamos condenarlos como mediocres productores de best sellers, pero no, resulta que forman parte del canon. Lope de Vega, sin ir más lejos. Por otro lado, las fronteras entre la alta y la baja literatura, pretendidamente eternas, han demostrado ser bastante cambiantes: escritores saludados en su tiempo como un dechado de originalidad y genio son olvidados poco después y vistos como meros epígonos. ¿Quién recuerda, por ejemplo, a Echegaray, uno de nuestros premios Nobel?

Y no es sólo que el criterio se muestre poco útil, es que puede sospecharse, con motivo, que su verdadera razón de ser tiene poco que ver con la literatura, y mucho con la distinción social. Así, excluir géneros completos del canon literario sería más un gesto de exclusividad aristocratizante que la aplicación de ninguna verdad estética: abajo, la chusma que consume mala literatura; arriba, los lectores selectos que se deleitan con obras de arte. En muchos casos puede aceptarse que es así, y que hay mucho de esnobismo en rechazar, a priori, las posibilidades y los logros de, por ejemplo, la novela policiaca, la novela fantástica o el relato de terror.

Pero, al mismo tiempo, tampoco les falta razón a los críticos que, como Harold Bloom (aunque quizás no con los mismos argumentos que Harold Bloom) defienden la necesidad de mantener una exigencia estética que limite la entrada en el canon: que puede ser histórica y científicamente apasionante estudiar los géneros populares, pero a fin de cuentas existe una diferencia cualitativa entre, por ejemplo, Philip Roth y Stephen King. Es innegable que unos libros son más simples que otros; en su estructura narrativa, en la construcción de personajes y escenas o en el tipo de lenguaje utilizado.

En algunos casos, por ejemplo, bastan un par de rasgos descriptivos para que reconozcamos un tipo de personaje que ya conocemos de sobra de mil películas, cómics, etc. Para no salir del Código Da Vinci (que es una bendición al hablar de estos temas): el protagonista es un profesor universitario, que habla varias lenguas vivas y muertas y es experto en antiguas simbologías, pero que, a la vez, sabe disparar un arma y al que siempre se le ocurre la manera de escapar de la muerte en el último segundo. ¿De qué me sonará...? Ese uso de ciertos clichés facilita la lectura, porque hace que anticipemos en gran parte la acción y no tengamos que detenernos en los detalles para ir completando nuestra imagen del personaje. Por la misma razón, claro, aligera mucho el trabajo del escritor. Podría decirse que muchos libros pecan, por así decirlo, de pereza literaria. ¿Es eso malo? Bueno, todos preferimos una lasagna casera, que tarda horas en cocinarse, a una precocinada y calentada cinco minutos en el microondas. Pues eso.

Parece evidente que, por el mero hecho de escribir críticas literarias, y por calificar a los libros en una escala de gusto, en este blog nos estamos situando más cerca de esta segunda postura que de la primera. Sí, hay razones por las que, como novela, El Código Da Vinci es inferior a El nombre de la rosa, e intentamos explicarlos en nuestras reseñas. ¿Significa esto que no se deban leer libros como Crepúsculo, Harry Potter o cualquier novela de Camilleri? En absoluto. De hecho, todos los que hacemos este blog las leemos -cada cual tiene sus géneros favoritos- y las disfrutamos. Pero esto no nos impide afirmar que al mismo tiempo, leyendo otro tipo de literatura (sí, vamos a decirlo claramente, "otros libros mejores") se pueden tener experiencias lectoras más profundas y enriquecedoras.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Joshua Cohen Los Netanyahus

Idioma original: inglés

Título original: The Netanyahus

Año de publicación: 2021

Traducción: Javier Calvo

Valoración: está bastante bien


-¿Los Netanyahus? No sé quienes son esos, pero me suenan de algo...

-Normal, porque se trata de un apellido más que conocido: el del político (ultra)conservador israelí Benjamin "Bibi" Netanyahu, que ha sido en varias ocasiones primer Ministro.

_¿Ah, sí? Pues ni idea... yo es que no veo las noticias...

-Ya me imagino. Pues bien, los "Netanyahus" del título se refiere, en efecto, a  su familia y a él mismo, en este caso cuando era aún un niño y su padre Benzion trataba de ser contratado como profesor de Historia en EEUU.

-Humm, qué interesante... (disimula un bostezo).

-Puede parecer un tema no muy divertido, pero, sin embargo, esta novela sí lo es y mucho. Porque, para empezar, el argumento está basado en una anécdota que contaba Harold Bloom, el autor del controvertido canon literario (al menos en este blog): en cierta ocasión, dadas ciertas complicadas circunstancias, tuvo que hacer de anfitrión de la familia Netanyahu, que había acudido junto al pater familias a que éste impartiera una clase como profesor invitado en la universidad de Bloom... y digamos que la cosa no acabó tan bien como cabía esperar. La historia, al serle referida a Joshua Cohen, le sirvió a este para pergeñar esta novela, protagonizada aquí -y narrada- por el profesor Ruben Blum, historiador económico del Bronx neoyorquino que se ha trasladado con su familia a la pequeña universidad de Corbin, en el norte... no, perdón, en el oeste del estado. Allí es donde, en 1960, también pretende ser contratado el doctor Netanyahu, historiador especializado en la Inquisición ibérica y, puesto que por aquel entonces Blum es el único profesor judío del campus, se le pide que forme parte del comité de contratación y, además, sea el anfitrión del israelí. Lo que se vuelve una gran complicación cuando éste aparece en medio de una gran nevada, junto a su enérgica esposas Tzila y sus tres asalvajados hijos varones (Benjamin es, paradójicamente el del medio).

Como ya he dicho, la novela resulta muy divertida porque el tono empleado por Cohen es, en todo momento -o casi- humorístico. En realidad, más de la mitad del libro se centra en las cuitas del profesor Blum: laborales -pues aún no ha sido hecho profesor titular de la universidad y debe andarse con pies de plomo-; familiares -tanto en lo que se refiere a su tozuda hija adolescente como a la injerencia de sus padres y suegros, judíos neoyorquinos todos, pero de diferentes orígenes y clase social-; pero también "existenciales", por así decirlo. Blum es un tipo modesto e inseguro, quizá incluso un tanto pusilánime y se ve obligado a afrontar con⁹ sus limitados recursos tanto los prejuicios a su condición de judío como su escasa consideración como historiador. Algo que contrasta sobremanera con la arrogancia autoconfianza del doctor Netanyahu, sionista militante e "innovador" en sus estudios históricos -por limitada que fuera su formación-, estudios que él además pone al servicio de la causa sionista y de su concepción de lo que debe ser Israel. Algo que queda más que evidente en la segunda mitad del libro, cuando aparece la familia Netanyahu -aunque anteriormente ya hemos conocido bastante la figura del padre a través de un par de cartas hablando de él que le son enviadas a Blum-; a partir de este momento, la sonrisa que la ironía de Cohen había plasmado en el rostro del lector (de este lector, al menos) deja paso, en más de una ocasión, a la franca risa, cuando comprobamos que el desastre puede acechar en cualquier recodo del camino -más aún si se encuentra cubierto de nieve-... o, como bien expresa cierto dicho, "el diablo está en los detalles".

En resumen, una novela de campus bastante divertida, aunque tal vez podría ser más vitriólica, en la que se da un cierto repaso, entre otras cosas, a las formas que adopta o ha adoptado la "juidicidad" (no sé si existe el palabro), esa circunstancia cultural/religiosa que, no lo olvidemos, ha nutrido la literatura de tantos y tan buenos escritores. De forma más sutil, también quizás más profunda, es una novela sobre cómo ocupamos nuestro lugar en el mundo y, sobre todo, cómo fingimos que merecemos ocupar ese sitio o el que aspiramos a ocupar. Y, sobre todo, sospecho que será un libro que le dificulte a Joshua Cohen la posibilidad de visitar Israel en un futuro, ahora que Bibi ha vuelto a ganar las elecciones. En cualquier caso, yo no me arriesgaría...

domingo, 8 de junio de 2014

Francisco Casavella: Elevación, elegancia y entusiasmo

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: muy recomendable

Escritores fallecidos prematuramente. Demasiados. Casavella, novelista barcelonés galardonado, uno de ellos. Dicen, por complicaciones de salud derivadas de ciertos hábitos de largo recorrido. Esto no es el rincón del morbo. No se juzga por la vida sino por la obra. Juro que casi siempre lo intento.
Su muerte volcó la atención no sólo sobre sus obras de ficción, capitaneadas por la trilogía El día del Watusi y Lo que sé de los vampiros, ganadora de un premio Nadal, sino también sobre su obra previa, en esta caso, como colaborador de multitud de medios culturales y periodísticos.
Elevación, elegancia y entusiasmo  es, pues una recopilación de artículos y ensayos en diversas tonalidades críticas e informativas. Gran número de páginas, más de 1000, con el objeto por parte del editor de ser exhaustivo. Artículos que recorren más de dos décadas y en los que se aprecia su progresión, su paulatina madurez (de los veintipocos hasta su muerte a los cuarenta y cinco), y en los que se detecta desde la bisoñez crítica del que habla entusiasta de discos y libros que le gustan, hasta esa progresiva depuración del estilo, esa matización en la expresión de júbilo, ese abandono de la pose ligeramente de fan que progresa hacia otro nivel, conforme evoluciona de cronista a novelista.
En el fondo, esas tres palabras del título vienen como a definir la estructura del contenido. Que no es más (como si fuera poco) que un viaje caleidoscópico por sus artículos (cientos de ellos) sobre literatura, música, cine y algunas series. Afortunadamente su tiempo de vida le llegó para disfrutar las cinco temporadas de The Wire y reflejarlo en un artículo.
Puede que algunos discutiésemos una algo inexplicable filia por las sonoridades latinas (¡Agustín Lara!) y que su primer acceso entusiasta en artículos sobre grupos pop locales ahora nos resulta algo enternecedor (empeñado en alzar a los cielos bandas de las que pocos se acuerdan). Pero algunos de estos articulos los ha escrito un jovenzuelo de apenas veinte años, con ganas de gustar, de hacerse un nombre y de abrirse camino. Sí, puede que la parte dedicada a la música, por el tono que empleaba en función del público al que se dirigía, nos resulte la menos brillante. Pero las primeras 300 páginas, las que dedica en cuerpo y alma a las reseñas sobre libros y a los comentarios sobre literatura. Huyendo (aunque mencionando) del relativo distanciamiento académico de Harold Bloom, Casavella nos sume en un fascinante viaje por influencias, libros de referencia, relaciones de autores, de obras. Uno de esos artefactos que tanto nos gustan por aquí: una especie de viaje de placer literario portentosamente bien escrito y ameno de leer. Y de conservar: sitúense estas páginas a mano a la hora de buscar buenos libros si algún día no se nos ocurre qué leer.
Y el libro acaba con un útil indice por referencias al que podemos acudir a ver qué opinaba de Pynchon, qué pensaba de Tarantino, para qué narices mencionaba a Richard Hell o a Corín Tellado.
No olvidemos a este hombre, por favor.

También de Francisco Casavella en ULAD: El día del Watusi

sábado, 2 de julio de 2016

Bob Stanley : Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno

Idioma original: inglés
Título original: Yeah! Yeah! Yeah! The History of Pop Music from Bill Haley to Beyoncé
Año de publicación: 2014
Traducción: Víctor Úbeda
Valoración: muy recomendable

Empezar a redactar esta reseña justo a 24 de Junio, Sant Joan en Barcelona y día en que se oficializa el brexit. Porque Bob Stanley no puede ser más british. Ya puede uno ponerle a su grupo el nombre de un equipo francés de fútbol en horas bajas. O escoger como vocalista a una rubita tirando a sosa que parece una directora de instituto de secundaria despedida por no haberse impuesto a los alumnos. 
El repaso que le da Stanley aquí a la música pop es agotador. No tan exhaustivo como muchos desearían. Ya sabemos que los criterios de selección u omisión suelen suscitar discusiones bizantinas. Pero es que este libro no pretende establecer un cánon, sino reflejar una evolución, e incluso la elección de los hitos (el disco sencillo, al que se da por muerto con la eclosión de Youtube y el arraigo del streaming como forma preeminente de escucha de la música) refleja que Stanley no pretende escribir una enciclopedia sino una historia. 

Claro que sorprenderán ciertos detalles. Como que, por pudor o modestia, Stanley no dedique ni tan solo de forma irónica una sola línea a su propio grupo, Saint Etienne, que aún mantiene con actividad intermitente pero fiel a su estilo ecléctico. O que la carrera de grupos otrora trascendentales a ciertos niveles (de ventas, de éxito comercial sobre todo) como ELO, Supertramp o Dire Straits sea despachada en apenas un par de líneas en una nota compartida a pie de página para los dos primeros y en una mención desganada en una frase para los terceros. Deberán conformarse: Coldplay son nombrados fugazmente en dos ocasiones: Keane, Magazine o Madness ni son mencionados. A Stanley se le notan las hechuras que ya se manifestaban, sobre todo, en los primeros dos discos de Saint Etienne. Una lógica nostalgia por la edad de oro del pop, una sabiduría panorámica sobre los primeros 60 y una sorprendente capacidad de buscarle un engarce natural con la situación actual (esa que parece tener visos de ser la definitiva). Una recomendación que puede ser una trampa. Ponerse a leer este libro con una pantalla con Youtube al lado, para comprender lo que explica sobre las canciones, puede prolongar meses su lectura (su disfrute). Contra lo que podría parecer, Stanley, que no pone ni una sola vez la palabra pop con mayúscula, evita incursión alguna en dogma ni pretenciosidad. Las más de 700 páginas se hacen muy llevaderas entre constantes cambios de ritmo y ubicación, y tiene un especial don con las metáforas: habla de gafas de abuela y de voces encerradas en sótanos. Habla de caras de ratón cruel y de solos de una sola nota. Solamente un auténtico profesional del amateurismo es capaz de encajar esas definiciones tan frívolas en apariencia, pero que ajustan como anillo al dedo para describir tanto peinados de cantantes como sensaciones al escuchar sus obras. Y conseguir evitar ser pretencioso a lo largo de tal número de páginas es un enorme mérito: en ningún momento Stanley se muestra tentado a emitir una Teoría del Pop que lo convierta en un Harold Bloom de la música. La  temática y la asequibilidad de Yeah Yeah Yeah son adecuados para un contexto de lectura veraniega, pero lo certero y desinhibido de sus opiniones lo hacen casi necesario.

jueves, 17 de junio de 2010

Carlos Cañeque: Conversaciones sobre Borges


Idioma original: castellano
Año de publicación: 1995
Valoración: Recomendable

Un resumen metafórico de este libro de entrevistas diría algo así: un ave habitada (es decir, un avión lleno de devotos de Borges) se pasea por encima de un territorio (el borgiano), recorre primero un amplio panorama, cae en picado de vez en cuando, roza algún punto concreto sin llegar a posarse, picotea aquí y allá y vuelve a subir a lo más alto; luego elige otra zona sin salir del país Borges, y vuelve a hacer lo mismo. Hablando llanamente, su mayor mérito consiste en poner a disposición de los lectores el resultado de las laboriosas investigaciones de un grupo de estudiosos de la obra borgiana. De ello resulta un pausado examen de los más diversos aspectos de la obra del autor argentino – no dirigido a especialistas, sino accesible a cualquiera que esté interesado en ella – bien organizado y bastante ameno en general.

Las entrevistas son de dos tipos. En la mayoría de ellas se habla del conjunto de la obra de Borges, sólo dos desmenuzan los relatos contenidos en El jardín de senderos que se bifurcan, Artificios y El Aleph, por estimar, tanto autor como entrevistados, que son, dentro del conjunto, los más significativos y de más alto vuelo literario.

Quien abre la serie fue uno de los descubridores y mayores especialistas mundiales en Borges, Emir Rodríguez Monegal, fallecido un año antes que el escritor. Monegal reflexiona sobre cuestiones como el carácter filosófico y a la vez lúdico de la obra borgiana, su identificación de los conceptos metafísica y fantasía, el papel esencial del lector en la construcción del significado – extraordinariamente complejo a pesar del sencillo esquema narrativo que se repite a menudo –, los rasgos poéticos de su estilo y sus referencias literarias. Las dos entrevistas que siguen analizan algunos relatos incluidos en los tres volúmenes y lo hacen desde perspectivas diferentes y complementarias: una, la de Ion Agheana, motivada por su profundo conocimiento de la simbología de Borges; la de Guido Castillo, en cambio, se basa en la familiaridad del entrevistado con la literatura universal y en su capacidad de relacionar los rasgos que menciona con los ejemplos más emblemáticos, de la Grecia clásica a Shakespeare.

Incluye a continuación el resto de las entrevistas que abordan aspectos generales. Al haber escogido a personas tan diversas como María Kodama y Harold Bloom, Carlos Cañeque consigue una gran variedad de puntos de vista que contribuye a la riqueza de contenido de esta obra. No falta una extensa bibliografía para quien quiera completar la información.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Colaboración: Libros peligrosos de Juan Tallón


Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable

Navegar por el mundo de las novedades editoriales para encontrar ese libro que quizás nos cambie la vida o siquiera nos ayude a sobrellevarla mejor puede ser una experiencia agotadora y  frustrante. Por eso quizás recurrimos a blogs como este,  en el que una lectura recomendada nos ayude a dirigir nuestros pasos hacia la librería más cercana. Nada hay más gratificante que descubrir ese libro que nos estaba esperando, pero cuya existencia ignorábamos. Es en este territorio en el que se mueve el último libro de Juan Tallón.

Nos presenta el escritor gallego una novela ensayística o un ensayo novelado, vaya usted a saber, en la que recoge un catálogo de cien libros que adjetiva como peligrosos. ¿Por qué peligrosos? Pues según propia confesión “porque te atacan y te cambian la vida”.

No huya aquí el lector, pues no nos encontramos ante un canon literario al estilo de Harold Bloom o una sesuda investigación bibliográfica sobre los libros que deberían formar parte de la biblioteca ideal del lector culto del siglo XXI. Tampoco, en último término, pretende ser una lista de las lecturas preferidas del autor.  Tallón nos propone un paseo por  libros que le han sobrecogido, impresionado o emocionado y lo adereza con anécdotas personales y vivencias tanto propias como de los escritores que desfilan por sus páginas. En muchos casos, nos introduce en las historias que se recogen en cada volumen y, a menudo, reproduce fragmentos significativos de la obra en cuestión. Todo ello con un estilo cercano y atento al detalle que cautiva al lector desde la primera página. Tallón se sienta a nuestro lado y nos lleva de la mano de libro en libro y consigue lo impensable: encontrar los lazos, a primera vista invisibles, que pueden unir la obra de autores tan dispares como Buzatti, Parménides o Rulfo y convencernos de que la relación entre ellos es más que evidente.  Sólo por esa pirueta formal ya merecería la pena leer este libro, pero aparte de ello nos descubre un infinito mundo de lecturas futuras.

Firmado: José Miguel Martínez Camino

martes, 21 de enero de 2014

Colaboración: La víspera de Santa Inés de John Keats

Idioma original: inglés
Título original: The Eve of St. Agnes
Año de publicación: 1856
Valoración: está muy bien

En el poema original, The Eve of St Agnes, encontrábamos originalmente de cuarenta y dos estrofas de nueve versos – la estrofa de Spenser en The Faerie Queene–. Sin embargo, esta versión del poema ha sido traducido por José Fernández Bueno y Luis Alberto de Cuenca a estrofas de diez alejandrinos castellanos, perdiendo la rima del original. La edición de la editorial Reino de Cordelia incluye los grabados que Edward H. Wehnert realizó para ilustrar el poema cuando se publicó en 1856.

Es imposible decir si constituye una de las cimas de John Keats; es probable que sí sea una de las mejores imágenes de su gran amor a Fanny Browne: un poema narrativo con el tono de una canción. A ella la vemos en Madeline mientras que el propio Keats se transforma en Porphyro. (T. S. Eliot decía que la correspondencia de John Keats a Browne constituía el conjunto de cartas más exquisito en lengua inglesa. Esas cartas fueron después curiosamente subastadas y vendidas por 110.000 libras.)

Keats se inspiró en una leyenda para escribir este largo poema en 1819, en la misma fecha fijada para la festividad de Santa Inés. Cuenta la historia que una noche del 21 de enero (de 304 AD), la joven de trece años Inés de Roma fue martirizada por negarse a entregar su virginidad –unos dicen que en matrimonio, otros que a dioses paganos–. Desde entonces la santa y patrona de vírgenes y adolescentes hace realidad las peticiones de matrimonio que le hacen llegar los amantes en el día anterior a su tortura.
Decían que en la víspera de santa Inés las jóvenes
podían disfrutar de gozosas visiones
y recibir, en medio de la noche, ¡ese instante
de miel!, el testimonio de adoración de aquellos
que las amaban, siempre que observasen los ritos…

A pesar de su claridad, el poema ha provocado varias interpretaciones. Harold Bloom, respondiendo a quienes criticaban en el poema de Keats la simpleza del amor como objeto poético, creía que más allá del triángulo sexo-amor-matrimonio, la intención del poeta al escribirlo era originar un espacio propio de motivación psicológica, filosofía y genérica.

Aunque Keats no realiza una descripción completa del escenario, las menciones a los ángeles de piedra, las damas y los caballeros, nos hacen pensar en una fortaleza. Sin saber el nombre del lugar donde Prophyro acude a buscar a Madeline, todo alrededor de los personajes tiene nombre y apellidos, los que Keats les da. Se recrea con lujuria en la textura de las palabras, diría un crítico, creando un almacén de belleza que los pintores prerrafaelitas listarían después. William Holman Hunt, a partir del poema, pintaría en 1848 “The flight of Madeline y Phorpyro”, se dice que con ayuda de Millais, que posteriormente pintaría otro cuadro, “Madeline undressing” en 1863, que hoy se puede ver en la Guildhall Art Gallery de Londres, y que representa la fuga de los amantes en mitad de la fiesta.

Cabe destacar que el poema también tuvo influencia en Alfred Lord Tennyson, que escribió “St. Agnes” en 1837, y cambió su título después por el de “St. Agnes Eve” en 1859.

Nos encontramos, pues, con un importante canto de John Keats. Un John Keats que creía que si sus ojos o su imaginación creaban algo bello, esto debía imperiosamente existir. En el libro encontraremos un amor resposable y orgulloso, que no puede tener otra respuesta que no sea la inocente aceptación por los amantes: "and in his pained heart made purple riot". Es un enamoramiento que no puede tener oposición porque, como la belleza, es algo correcto.

Una reseña debería acercar al lector la literatura más pura, como la inocencia o el descubrimiento deberían acercarnos al amor. Yo, que creo que el mejor ensayo que he leído nunca es "Imagen de John Keats" de Cortázar, me alejo del amor al leer este libro. Es un manual del "quien lo probó lo sabe". De cómo debería ser todo amor.

jueves, 27 de marzo de 2025

Gustavo Faverón Patriau: Mínimosca

Idioma original: Español  

Año de publicación: 2024

Valoración: Imprescindible 

¿Cómo hablar, en apenas media docena de párrafos, de lo que supone un texto como Minimosca? ¿Qué decir, que no se haya dicho ya, sobre una de las novelas de año 2024? Preguntas que surgen frente a la página (más bien hoja de Word) en blanco, dudas que atormentan a este pobre reseñista frente a una obra tan vasta, tan compleja, tan exigente, tan putaobramaestra, tan 2666 de este segundo cuarto del siglo XXI.

Vaya, ya salió Bolaño. Era inevitable pues el parentesco es innegable. También debe citarse a Borges, a Cartarescu, a Sabato, a Faulkner (why not?), a Lautreaumont (por esto y por lo otro), a Macedonio Fernández (creo que Faverón y Macedonio vienen del mismo planeta)... aunque con un puntito de humor que lo separa ligeramente de los anteriores. La lista podría ser eterna, como el Museo de la (susodicha) novela, pero ya paro.

Y es que en Minimosca hay grietas, fantasmas, fisuras, senderos que se bifurcan, cantos de sirena, paradojas temporales, desdoblamientos y sotneimalbodsed, máscaras, metempsicosis, casualidades, guiños a la realidad histórica, realismo casi sucio, realismo mágico, guiños a la ciencia ficción, novela psico(i)lógica, exploraciones sobre el dolor y la violencia... Podría seguir, pero ya paro. 

Puedo hacer un campo de concentración donde solo quepa un prisionero y que el prisionero sea el guardia (p. 309)

Hay personas que nacen dos veces y son la misma y hay personas que nacen una vez pero son dos (p.523) 

Según el momento en que la recuerde, tres imágenes me vienen a la cabeza: 

  1. La de las matrioshkas, por sus historias dentro de la historia dentro de la historia dentro de la historia y así hasta el infinito (y más allá, que diría aquel)
  2. La de un cuadro cubista, por su fragmentación de líneas y superficies para representar la totalidad de la vida en un solo plano.
  3. La de un altar barroco, recargado de figuras, pero con Arturo Valladares y Mónica Buchenwald ocupando el lugar central.
Cada una de ellas es incompleta por separado (la primera porque no refleja la interconexión de todas las historias, la segunda porque elude el detalle que sí encontramos en la novela y la tercera porque a veces no tengo claro quién está en el centro del meollo), pero si cogemos un poco de aquí y un poco de allá, nos podemos hacer una buena idea.

Como ya habréis podido imaginar, Minimosca es una novela extremadamente ambiciosa en la cabe todo (desde disquisiciones filosóficas sobre arte y literatura hasta sádicos del más variado pelaje, desde "guest starrings" como la de Stephen King o Duchamp hasta Allen Gisnberg) y en la que el lector corre el riesgo de perderse con tanta referencia circular. Pero si nos dejamos llevar por el ritmo que Faverón imprime a las historias y nos sumergimos en la belleza de las metáforas que adornan el texto - formaban como una autobiografía en añicos, hecha de imágenes rotas, como son las biografías de la gente que en un momento se rompe y sus partes caen cada una en un hueco diferente -, encontraremos una novela que tendrá que formar parte, sí o sí, del canon literario del siglo XXI. ¡Lo diga Harold Bloom o no!

También de Gustavo Faverón Patriau en ULAD: Vivir abajo

miércoles, 29 de enero de 2014

Jorge Carrión: Librerías

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: muy recomendable para cualquiera, imprescindible en este blog

Pues otra vez que avanzo detalles de mi valoración por Twitter y me da por otorgarle a Librerías el calificativo de libidinoso. A ver si no, cuando uno siempre ha considerado los estantes de las librerías (incluyendo las de segunda mano), y los de las bibliotecas, como fascinantes ventanas tras las que nos esperan accesos a otros mundos. Si un ensayo de 300 páginas dedicado a describir, con un tenue crescendo y un extenso anecdotario que lo acerca al suspense cuando no a la ficción, cómo son algunas de las librerías más prestigiosas del planeta, si eso no nos parece a los locos por los libros algo libidinoso, me pregunto qué. Cuando soy de los que cree que desde un estante cualquiera agazapado va a saltar a mis ojos el libro que me cambie la vida (o algunas décadas, me conformo con poca cosas), que nadie se extrañe que proclame que este es un libro excitante y sexy.
Veamos: Jorge Carrión diseña este ensayo como una especie de cronología en la que inserta con toda justificación el progreso del rol que las librerías han ido teniendo en el mundo, progreso en que la irrupción de la tecnología (democratizadora e igualitaria de modo que cualquiera pueda leer esta reseña desde cualquier parte del mundo) ha tenido también su influencia. Y nos habla de muchas librerías, las que ha visitado en sus viajes, pues este libro es la materialización de un proyecto de largo recorrido, y algunas de ellas ya no existen o ya no existen cómo el autor las conoció. Porque para Carrión la figura del librero obra como la del chef en un restaurante de postín,
Habla del entorno social en que surgen y se desarrollan, de cómo se integran en la geografía de las ciudades y de cómo vertebran la vida cultural y arraigan, a espaldas de especulación, de avaricia empresarial, muchas veces, a espaldas de su propia viabilidad económica. Habla de familias, de sagas de libreros, de sus relaciones con clientes que son amigos, y de sus relaciones con autores que son lectores que son clientes que son amigos.
Lo cual no quiere decir que Librerías sea un canto a la nostalgia y ni una sola vez he leído el topicazo del olor a papel (aunque el polvo sí es mencionado varias veces), y muchas, demasiadas veces, he añorado entrar por alguna de las puertas de los locales que Carrión describe, y encontrarme perdido o abrumado o desorientado entre hileras o columnas o mesas o estantes. Si este libro fuera un puro catálogo o fuera una guía de viajes o las fotografías no fueran en sobrio blanco y negro y en calidad prensa, y fueran espectaculares como las que circulan en Internet, eso no pasaría: el mérito consiste en que Jorge Carrión (mucho más brillante en ensayo que en ejercicios irregulares de ficción como Los muertos) escribe con rotundidad, conocimiento, y ese punto justo de erudición del que sabe de qué escribe pero sabe que ha de ser leído, y eso aleja los fantasmas que a veces planean sobre ciertos ensayos: la jerga, el solipsismo, el ombliguismo. Nada de eso está ahí, y, por acudir a ejemplos dispares, como Stephen King hablando de escribir, y como Harold Bloom demostrando saber enciclopédico, solo acabar de leer este rutilante ensayo nos tiramos a leer las más de 30 páginas de referencias que son, y permitidme que hable en nombre de este blog, una antología del sueño húmedo.

También de Jorge Carrión en ULAD: Los muertos, Teleshakespeare

viernes, 28 de abril de 2023

Zoom: La cancelación y sus enemigos de Gonzalo Torné

Idioma: español

Año de publicación: 2022

Valoración: Está bien

¿Vivimos inmersos en la "cultura de la cancelación"?¿Oprimidos por la "dictadura de lo políticamente correcto"? Así parecen creerlo una buena cantidad de escritores, creadores varios, faranduleros y tertulianos que no dejan de denunciarlo (tranquis, que no me voy a meter con cierto escritor y opinador murciano al que sé que algunos tenéis aprecio) y no falta semana en que alguno de ellos nos recuerde que hace 40 años teníamos más libertad (el pequeño detalle de que hace 40 años ellos eran 40 años más jóvenes y quizás su recuerdo se vea influido por ello no parece influir en su reflexión); de hecho, esta idea ya se ha convertido en un lugar común aceptado por... ¿por todos? ¡No. una pequeña aldea gala, en forma de escritor barcelonés, se resiste ahora y siempre al invasor! Es más, ha escrito este pequeño ensayo para demostrar que ni cancelación ni cancelacien... todo es una engañifa.

Para Gonzalo Torné lo que ocurre es que las y los lectores /oyentes/espectadores actuales hemos dejado de ser una masa acrítica con la oferta cultural a nuestra disposición o que, en todo caso, se fiaba de los prescriptores establecidos (críticos, editoriales, medios de comunicación) para convertirnos en "audiencias emancipadas", con un criterio propio y que, además, cuentan con el altavoz de las redes sociales, mucho más democrático que los medios tradicionales, para expresar nuestra disconformidad con las representaciones incorrectas, insuficientes o incluso inexistentes de tal o cual colectivo, las "oclusiones de representación", en palabras de Edward Said en su libro Orientalismo -según Torné, pionero y punto de inflexión para este cambio producido en las últimas décadas-; esto es lo que lleva a algunos representantes o defensores de los colectivos que antes gozaban de una preeminencia también cultural -a saber: los hombres blancos heterosexuales del Primer Mundo- a quejarse y advertir del peligro de  una "cultura de la cancelación", producto de una "escuela del resentimiento", que decía el célebre, aunque no siempre apreciado Harold Bloom. Para Torné, como digo, éstos no son sino unos quejicas molestos por el fin de la barra libre de sus privilegios y la "cultura de la cancelación" como tal no existe, porque, al menos en el mundo occidental, es tan sólo el mercado el que, como mucho, puede dificultar la expresión cultural; la única consecuencia negativa que puede tener la eclosión de estas audiencias emancipadas es que la aparición de una "cancelación positiva", para compensar la anterior falta de representación  de ciertos colectivos, puede llevar a una "competición de buenismo", en el que se valoren las obras literarias o cinematográficas tan sólo por el criterio de que estos colectivos hasta ahora infrarrepresentados lo estén suficientemente y de la manera correcta.

En resumen, esto es lo que cuenta la primera parte -de tres- de este pequeño ensayo, que reproduce un artículo del autor en la publicación digital CXTX. la segunda aparte tiene un punto mayor de originalidad porque está "escrito" por uno de los personajes de las novelas de Gonzalo Torné (que, para quien no lo sepa, está embarcado en la escritura de toda una saga acerca de las vicisitudes de una familia de la burguesía catalana), Clara Montsalvatges, que le envía una carta a su creador y sin embargo amigo, para matizar y en algún momento contradecir algunos puntos del artículo de Torné. Esta triquiñuela, aunque puede parecer un poco ombliguista, en realidad sirve para amenizar de una forma simpática la antítesis  que todo ensayo  o exposición de ideas comme il faut necesita. Lo más interesante de la misma -además de calificar de "currutacos" a esos "ofendiditos por la supuesta cultura de la cancelación- es la preocupación de si todo esto no llevará a una "cancelación interior" o autocensura de los creadores, por miedo a no encajar con el gusto dominante/conveniente o a ser amonestados u acosados por ello. Las objeciones de Clara -esto es, Gonzalo- dan pie al propio Gonzalo para responderle con otra carta -el truquillo aquí ya pierde un poco de gracia-, que podría suponer una síntesis final, pero que, en verdad, le sirve, sobre todo, al autor para desarrollar una serie de consideraciones sobre la condición y el oficio de escritor que, si bien resultan interesantes, ya se alejan un tanto del tema original del ensayo, que se va diluyendo cada vez más, como lágrimas en la lluvia... (¿os gusta la metáfora? Se me acaba de ocurrir).

Para concluir, puede decir que estoy bastante de acuerdo con el señor Torné, pero hasta cierto punto. Es cierto que la mayor parte de las quejas sobre la supuesta cancelación proviene de creadores o intelectuales que de cancelados no tienen nada y la prueba está, precisamente, en el eco que los medios hacen a sus quejas (que no se me olvide recomendar cierto video al respecto que hizo la actriz Lisa Kudrow).Y eso, sin olvidar la sospecha de que, en muchos casos, los quejumbrosos no son señoros honestamente indignados, aun con mayor o menor razón, sino jetas que lo que buscan es aprovecharse de una tendencia al alza y promocionarse a sí mismos y su carrera litera... opinadora (y no, no estoy pensando en cierto escritor murciano, no insistáis...). Pero eso no quita para que de vez en cuando se den casos de denuncia pública contra algún escritor, etc. injustos, exagerados o incluso que bordean el acoso personal (que se lo pregunten a Beigbeder, estos días). O que, con la excusa de la santa indignación woke se persigan, en realidad fines más espure...perdón, espurios (en mi modesta opinión, esto es lo que ocurre, en alguna medida, con el caso de J. K. Rowling, famosa por mantener bien agarrados sus suculentos copyrights sobre sus creaciones, antes que por su supuesta transfobia). En fin, hay matices y excepciones que Gonzalo Torné omite desdeñosamente y que quizá no sean significativos, de momento, en el conjunto general, pero, además de constituir peligrosos precedentes, si los matices no tienen cabida en un ensayo, incluso de la brevedad de éste, ¿dónde si no?

 Otros títulos de Gonzalo Torné reseñados en Un Libro Al Día: Años felicesEl corazón de la fiesta

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Contrarreseña: José Donoso; El lugar sin límites

Idioma original: español

Año de publicación: 1966

Valoración: Imprescindible



No me cansaré de repetirlo: leer a los maestros es como volver al paraíso perdido, se está tan a gusto que dan ganas de no marcharse nunca. De esta gran personalidad de las letras hispanoamericanas, José Donoso  (1924-1996), no hay nada que no se haya dicho ya. De todas formas, y como me consta que nos lee gente muy joven, comentaré que se trata de uno de los representantes del boom latinoamericano que crearía escuela en los años 60-70, aunque él siguió publicando regularmente hasta su fallecimiento, y aún después a título póstumo. Sus novelas más complicadas, esas que aluden al mundo real mediante símbolos, es decir, no hay que leerlas literalmente, como El obsceno pájaro de la noche y Casa de campo –ambas, difíciles donde las haya, doy fe–, a pesar de estar consideradas como grandes obras maestras de la literatura en castellano y, la segunda, formar parte del famoso canon de Harold Bloom, o lo que es igual, el súmmum del súmmum de la literatura de Occidente,  no están aún reseñadas aquí. Pero todo se andará, jeje, ustedes no pierdan la esperanza.

 Más allá de esto, todo lo escrito por él es magnífico, pues a su gran talento unía una gran meticulosidad (ocho años le costó escribir cada una de las dos novelas que cito más arriba) y el hecho de haber estudiado a fondo a los grandes maestros y de saber manejar los recursos literarios como pocos. He dicho magnífico, sí, pero tan desazonante que siempre acaba tocando en los lectores algo muy profundo. Aun así, tranquilos, en El lugar sin límites al menos sabemos de qué se trata, en sus novelas complicadas, en cambio, se nos amenaza e inquieta sin que logremos entender bien por qué.

Utilice una perspectiva realista como aquí o metafórica como en muchas de sus novelas, Donoso pone el foco en una esquina de la sociedad, en los parias –psíquicos, económicos, por sexo, orientación sexual, lo que sea– a los que retrata ácida y sarcásticamente. Y siempre da en el clavo. Con una prosa inusualmente certera representa la sordidez, desamparo, miseria y astucia de los despojados de todo. Por eso tendré que analizar, más que el aspecto literario, la situación real que se nos muestra. Porque el retrato geográfico, psicológico y social es tan exacto en su esquematismo, las imágenes son tan poderosas, sus poquísimos trazos son tan esenciales y están hechos con un pincel tan fino, el de la prosa exacta, envolvente y arraigada al terruño, que el lector no está leyendo sino sumergido en aquel ambiente y codeándose con los personajes. La ventaja es que nosotros podemos salir de allí cuando queramos y ellos, los auténticos, evidentemente no. Para muestra, aquí tienen parte del primer párrafo:

“La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno.”

En muy pocas líneas se nos presenta al personaje principal, Manuela, un travesti que no reconoce como hija a la mencionada por circunstancias, bastante retorcidas, que entenderán cuando lean la novela. Tampoco se acepta a él mismo, en parte por el rechazo que provoca, en parte por una incoherencia que proviene de los estereotipos sociales más rancios y arraigados, a la que se suma su extrema pobreza. Esto puede parecer irrelevante, pero imaginen que la Manuela, en lugar de no tener donde caerse muerto, formase parte de la sociedad más opulenta. ¿Creen que los que le rodean, incluso los extraños, no le harían la rosca? Yo, desde luego, no lo dudo. Su gran drama es que, por culpa de la miseria y la ignorancia, el primero que no se respeta es él a sí mismo. Además, su pensamiento atropellado lo mezcla todo: el placer con la economía de subsistencia que practica, la condescendencia abusadora del amo con apoyo y complicidad, su propio deseo con supuesta atracción hacia él, la marginación que sufre con una inexistente repulsa por parte de la Japonesita que, en el fondo y si se dejara, estaría encantada de apoyarle. El resultado es que todos los habitantes de la casa nadan en la precariedad, endiosando a quien les explota y sin ninguna empatía entre ellos, menos aún cariño o unión de fuerzas. Una pequeña comunidad integrada por islas flotantes, los personajes, sufriendo a solas, ignorándose unos a otros, braceando para huir de ese océano de angustias pero incapaces de hacer ni un movimiento correcto para salir a flote, o al menos mejorar un poco.

Donoso se centra en la Manuela porque, como varón, comprende mejor su situación y es capaz de empatizar con él. Pero no se le escapa ese ambiente sórdido al que están condenadas las mujeres de ese lugar desde que nacen. Ellas son, más que nadie, víctimas que ni siquiera tienen esperanzas o sueños como el protagonista, sino que se hunden en una apatía resignada y determinista en la que vegetan, cada una por su cuenta, sin que se les ocurra compartir sus soledades.

 Pero ahí mismo, en ese primer párrafo, está (casi) todo. Aparece también el causante de la miseria que asola el poblado, aunque ninguno de ellos sea consciente de ello. Veamos:

“Habían comenzado a molestar a la Japonesita cuando llegó don Alejo, como por milagro, como si lo hubieran invocado. Tan bueno él. Si hasta cara de Tatita Dios tenía, con sus ojos como de loza azulina y sus bigotes y cejas de nieve.”

“Tan bueno él” que hasta las mujeres del pueblo hicieron la vista gorda cuando sus maridos visitaron el prostíbulo en bloque, ya que lo hacían para homenajear al gran señor. Porque, efectivamente, ese es el negocio que regentan padre e hija, sobre todo ella, porque la Manuela siempre ha sido un socio sin demasiado compromiso y ahora, que la edad la ha hundido en su drama, todavía más que al principio. En ese sitio, cuya suciedad es una de las metáforas utilizadas para pintar su sordidez, se cocinó el triunfo del cacique; la propaganda que hizo la casa –debido a sus promesas de mejorar el pueblo, de que la carretera principal pasaría por allí, de que traería la electricidad a las viviendas– convirtieron en diputado a don Alejo, pero ahora, cuando todo ha quedado en nada, cuando se propone derribar los edificios y convertir el suelo en tierra de labor, siguen adorándole. Sí, cuando lo leemos resulta incomprensible, pero esto sucede tal como lo cuenta Donoso.

No puedo dejar de mencionar ese final paradigmático que debería formar parte de una selección de desenlaces maravillosamente bien planteados, tal como se hace a veces con los mejores comienzos de ficción. Hemos visto a la Manuela salir con Pancho y su cuñado, les hemos seguido un rato, ¿y luego? Lo que pasa después no lo vemos pero lo oímos, se nos transmite a través de alusiones y de pensamientos de la Japonesita que, por cierto, se equivoca de plano. Una forma ingeniosa de decir algo sin decirlo, por medio de sugerencias. Porque no hace falta más, somos los lectores quienes debemos interpretar las señales, mucho mejor esto que darnos todo hecho y digerido, como si se dudase de nuestra capacidad para entender.

 

Otras obras de José Donoso: Coronación, El lugar sin límites (reseña original)

Obras sobre José Donoso: Correr el tupido velo