Mostrando las entradas para la consulta Gógol ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Gógol ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

martes, 6 de diciembre de 2016

Nikolái Gogol: Tarás Bulba

Idioma  original: ruso
Título original: Тара́с Бу́льба
Año de publicación: 1842 (versión definitiva)
Traducción: José Fernández Sánchez
Valoración: recomendable

Reconozco mis carencias como lector en lo que a literatura rusa se refiere (excepto en lo que atañe a mi admirado Chéjov); es más, durante bastante tiempo solía confundir a unos escritores con otros... no a Tolstoi o Dostoyevski, que conste, pero sí a Pushkin, Gorki, Gógol... De este último, además, sólo había leído, hace ya tiempo, un divertido cuento, La nariz, en el que un tipo peersigue a su propia nariz fugitiva por todo San Petersburgo; a pesar de esa grata lectura, no había vuelto a repetir con este autor, hasta que por fin,  impelido por mi mala conciencia, pero también por las elogiosas reseñas de otras de sus obras que han escrito mis compañeros, decidí ponerme con esta novela, que lleva el nombre de un legendario cosaco del Niéper.

¿Conocen ustedes la expresión "beber como un cosaco"? Pues a tenor de esta novela, no sólo tiene razón de ser, sino que se queda incluso corta: los cosacos de la época en que está ambientada (siglo XVIII), además de que se pasaban el tiempo más mamados que el mosquito del tonel de vino de los versos quevedianos, -excepto cuando se dedicaban al nobel arte de la guerra, hay que decir, momento en el que la embriaguez era castigada con la muerte-, parece que consideraban el de la borrachera como el estado ideal del hombre comme il faut, esto es, del cosaco (el otro momento ideal para ellos era el de estar destripando enemigos, claro). Borrachos y orgullosos, pues, aunque no fuesen seguidores del Oi! ochentero. Borrachos y exaltadores de la más indestructible fraternidad masculina, aunque no fueran una cuadrilla de txikiteros vascos. Borrachos y defensores a ultranza de la fe cristiana, sin ser una cofradía de "capillitas" ahítos de rebujito (por otro lado, hay que aclarar que para los cosacos la verdadera iglesia cristiana era la ortodoxa, considerando a los católicos como perros herejes). Borrachos y más patriotas que una caterva de neonazis hispánicos entonando el Deutschland Über Alles... Borrachos, valientes, crueles, generosos, anárquicos y libres.  Así eran los cosacos, según los pinta Gógol, además de fanáticos la virilidad más militante -de hecho, las pocas mujeres que aparecen aquí no son más que un estorbo para ellos o una fuente de problemas-; la testosterona les sale por las orejas, a esta gente...

Tampoco es que Gógol haga un panegírico, sin más, del mundo cosaco; es evidente que era demasiado inteligente y buen escritor para caer en eso. De hecho, buena parte de la novela trasluce un humor socarrón -en especial en la relación entre Tarás y el judío Yárkov-, hasta el punto de dar la impresión, a veces, de que el autor se trae una buena coña a costa de sus cosacos. Lo que no significa, por supuesto, que no admire al tiempo su valentía y su entrega. Gógol tiene la suficiente sabiduría y talento literarios para plasmar estas legendarias cualidades del alama cosaca, así como su amor por la libertad, pero también sus defectos, y dar buena cuenta de las tropelías que iban perpetrando a su paso, al igual que nos narra su sufrimiento, pero también el de sus víctimas, tanto "liajes" -o sea, polacos- como judíos. También, al parecer, en la primera versión, de 1835,  el tono de la narración exaltaba más lo ucraniano, llegando a considerarse incluso "antirruso", por lo que Gógol lo corrigió en la versión definitiva.

Ahora bien, aparte del retrato entre guasón y descarnado de la beodez y la brutalidad que se lee en la novela, ésta tiene un trasfondo de más enjundia: Tarás Bulba, en realidad, es una historia sobre la paternidad, sus obligaciones, cuitas y, sobre todo, sus limitaciones -la novela, olvidaba decirlo, comienza cuando los dos hijos de Tarás vuelven a casa después de haber estudiado en Kiev-; los problemas vienen a ser los mismos que han tenido todos los padres a los largo de la Historia con sus hijos, desde el pobre Adán, que ya sabemos la que liaron sus vástagos. Claro, que no es lo mismo que tu retoño se pegue con otro niño por un columpio en el parque y tengas que poner orden, que te salga díscolo en mitad de una guerra contra el reino de Polonia. Aquí Tarás, que aunque taimado no dejaba de ser más bien bruto, tiene una reacción algo desaforada y la cosa acaba como el rosario de la aurora... Pero no quiero adelantar nada y destriparle la novela a alguien: lo que hay que hacer es leerla; como mínimo, pasarán ustedes un buen rato, porque Gógol sabía escribir de maravilla, de eso no cabe la menor duda. y en el mejor de los casos, se quedarán prendados de una historia que transcurre en el tiempo en que las guerras se hacían a caballo y a golpe de espada, en que los hombres se dejaban arrastrar por sus pasiones y sus principios, y el mundo resultaba mucho más grande y hermoso de lo que al final ha resultado ser. Que aquello tampoco fuese sino una ilusión, no nos debe de importar demasiado, que al fin y al cabo -y por suerte- nosotros somos lectores.

Nota: no he podido encontrar la cubierta de la edición del libro que yo he leído (bastante sosa, además), así que he colocado la de una de la editorial Alianza. En compensación, pongo aquí  el cartel de una de las películas basadas en la novela, con Yul Brinner y Tony Curtis dándose mutuamente estopa. Canelita en rama.




Otras obras de Nikolái Gógol reseñadas en Un Libro al Día: El capoteAlmas muertasEl inspector

domingo, 1 de agosto de 2010

Zoom: El capote, de Nikolái Gógol

Título origial: Shinel

Idioma original: ruso
Fecha de publicación: 1942
Valoración: Imprescindible
¿Qué tal va el verano, niñas y niños? ¿Aprieta el calor o sois de los afortunados que disfrutáis de vuestras vacaciones en entornos más bien brumosos?

Bueno, pues ya séais de los primeros o de los segundos (que conste que servidor es más de bruma que de duna), hoy os invito a desgustar conmigo un amargo cono literario recién sacado del frigorífico de mis queridos autores rusos: El capote, de Gógol, un gran escritor del que Dostoievski llegó a decir "todos hemos salido de Gógol" (supongo que se referiría a los literatos rusos de su quinta; qué locura si no, ¿no?).

Y bueno, pues que El capote es una maravilla de relato, en verdad. Narra la desgraciada fábula de un pobre hombre, un funcionario de la más baja escala que (mal)vive en completa soledad y que es diana de todos los ataques, burlas y bromas pesadas por parte de sus cretinos compañeros de oficina. Para más inri, llega el largo e inclemente Padre Invierno, y resulta que el pobre funcionario descubre que su viejo capote, que tan bien le protegía del diabólico frío ruso, no se puede remendar más y que va a tener que comprarse otro sí o sí, todo un drama, ya que sus ahorros son escasos.
Así que imaginaros, niños y niñas, el sacrificio económico que hace el hombre para que su sastre le cree el capote más maravilloso que se pueda permitir. Y bueno, al final, la capita le queda muy lucida y la lleva al trabajo, y ahí es donde comienza a disfrutar de cambios en su cochambrosa vida: sus colegas le aplauden la compra, y aunque no exenta de cierta sorna, le regalan toda una ola de cumplidos y buenas intenciones. Pero este punto de inflexión que el nuevo capote concede a nuestro protagonista, un maltratado por la existencia al que Gógol logra que compadezcamos sin dar detalles sobre su pasado y su personalidad (todo un logro del escritor), no dura demasiado. La envidia y la mala fortuna se la jugarán al pobre funcionario...
Tenemos, por tanto, una pequeña daga inyectada en hiel, néctar, ácido, y en su final, una pizca de fantasía estilo relato de Hoffmann, que hacen de El capote una joyita que da que pensar más de lo que parece. Se trata de una exquisita pieza de artillería de la mejor calidad con la que Gógol dejó patente su genio y abrió paso a los románticos que extraían su inspiración de la triste y predecible realidad cotidiana, presuntamente ajena a las artes y a los sueños.
Así que os lo recomiendo apasionadamente, niños y niñas. Leed El capote ya sea torrándoos en la playa, en vuestra colonia de monitores papanatas, o entre boñigas y renacuajos en el pueblo de vuestros abuelos. Saborearéis así parte de la árida esencia que destilará vuestro mundo dentro de un mes: cuando la "vuelta al cole" sea un desastre inminente...
Sed felices.

Otras obras de Nikolai Gógol en ULAD: El inspectorAlmas muertasTarás Bulba

jueves, 17 de diciembre de 2015

Colaboración: Almas muertas de Nikolái Gógol

Idioma original: Ruso
Título original: Мёртвые души
Año publicación: 1842
Valoración: Imprescndible

Nos sentamos esta vez ante la que está considerada como “Primera Gran Novela Rusa”, una obra polémica en el momento de su publicación (1842), no solo por su argumento principal (la compra de “almas muertas” por parte del protagonista, cuando la emancipación de los siervos en Rusia no tuvo lugar hasta 1861), sino también por la feroz crítica a todos los estamentos de la sociedad rusa de la época.

Se trata de una obra inacabada que, al parecer, iba a constar de tres partes de las cuales, desgraciadamente, solo se conservan íntegramente la primera y escasos fragmentos o borradores de la segunda y la tercera. Lo peor de todo es que fue el propio Gógol quien, en un rapto de misticismo después de un viaje a Jerusalén, quemó íntegramente la segunda parte.

A pesar de tratarse de una obra inacabada, solo la lectura de la primera parte de la misma es una auténtica delicia. En esta primera parte, Pavel Ivanovich Chichikov, hombre de mediana edad y condición social recorre Rusia con la intención de comprar a pequeños terratenientes y señores rurales “almas muertas”, campesinos ya fallecidos que aún figuran en los registros oficiales como vivos y por los cuales sus propietarios continúan pagando sus correspondientes impuestos. La idea del protagonista es acreditar que posee un cierto número de almas con el fin de que el gobierno le conceda tierras para colonizar y un préstamo que le haga escalar socialmente. Vaya, un trepa de tomo y lomo.

Por desgracia para él, esos mismos propietarios empiezan a desconfiar de las intenciones de Chichikov, dando al traste con el negocio.

A lo largo de la obra, la trama se ve interrumpida en numerosas ocasiones por las reflexiones y comentarios del propio Gógol. Destaca, por ejemplo, el capítulo XI, en el que el Gógol narrador lanza una diatriba contra la sociedad rusa de su tiempo que no deja títere con cabeza. Aunque, como ya hemos dicho, está considerada como la “Primera Gran Novela Rusa”, no esperemos encontrar unos personajes atormentados o angustiados como los que todos conocemos de grandes novelones rusos del XIX: Raskolnikov, los hermanos Karamazov, Andrei Bolkonsky o Pierre Bezujov. Aquí los personajes y las situaciones son caricaturizados (a veces incluso grotescamente), sacando a relucir Gógol lo peor de la condición humana en cada uno de ellos: el egoísta e insensible Chichikov, el fanfarrón y jugador Nozdriov, el avaro y desconfiado Sobakevich, la chismosa Korobochka, el detestable Pliuschkin, los nobles más preocupados por aparentar que por cualquier otra cosa, los propietarios al tanto de las últimas modas y bagatelas que llegan de Paris, Moscú o San Petersburgo pero que tienen a sus fincas y campesinos semiabandonados y semiesclavizados, la burocracia corrupta, etc.

En cualquier caso nos encontramos ante una novela (poema épico en prosa, según su autor) maravillosa. Ágil, con una representación de la célebre “alma rusa”, una descripción de los diferentes ambientes en que se mueve el protagonista y una caracterización de los personajes espectacular, y que, pese a tener casi 175 años desde su publicación, sigue siendo plenamente disfrutable en la actualidad, como ocurre con los grandes clásicos.

¿Qué más se puede pedir?

Bueno sí. Podríamos pedir que estuviera terminada. Porque, si las otras dos partes que estaban inicialmente proyectadas hubieran tenido el nivel de la primera, probablemente estaríamos hablando de LA GRAN NOVELA RUSA. En cualquier caso, disfrútenla, devórenla, porque estamos ante un clásico imprescindible. No por nada comenta por ahí la crítica “profesional” que esta obra llega a prefigurar a Dostoyevski, Joyce, Kafka, Borges, etc. Palabras mayores, oigan. ¡Esto sí que es un clásico, y no el Madrid – Barcelona!

Otras obras de Nikolai Gógol en ULAD: El inspectorEl capoteTarás Bulba

Firmado: Kim Jong Nam

lunes, 24 de septiembre de 2018

Juan Villoro: La utilidad del deseo

Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Si fuera por mí me quedaba encerrado en casa con libros como estos. Luego saldría a la biblioteca (ciento cincuenta asequibles metros con pocos tramos irradiados por el implacable Sol del agosto barcelonés) y me aprovisionaría de algunas de sus recomendaciones. Le diría a mi familia que comprobaron de vez en cuando que estoy vivo y no necesito nada y, acabado el tour de force, de ahí saldría una bestia literaria capaz de desafíos del más alto nivel, al menos en lo concerniente a lo tratado en este libro.

Lo dije, creo, cuando reseñé Arrecife y, de hecho, creo haber leído algún párrafo en este La utilidad del deseo en que el escritor mexicano reconoce esa circunstancia, repito, dije que el mejor Villoro está en sus ensayos y en sus crónicas. Le pasa a Jorge Carrión, también, y sucede que no pasa nada porque eso sea así, y que eso no desmerece ni al uno ni al otro, y no voy a apelar a la funcionalidad sino al mero hecho de que los buenos escritores no abundan como para renunciar a ellos por el hecho de que no sean tan brillantes como creadores de tramas que como instrumentistas de lo que pasa por la cabeza.
Juan Villoro tira y mucho de oficio en este volumen, con tres partes diferenciadas: la primera, entregada a la literatura europea clásica, brillantísimos párrafos los que dedica a Defoe antes de quedar prácticamente acaparado por los rusos, Gógol y Dostoievski son objeto de veneración y profundo estudio. La segunda, algo más inasequible al lector promedio, Villoro la dedica al ensalzamiento de algunos escritores (no todos excesivamente célebres fuera del ámbito especializado) de su país, México, como López Velarde, Monsiváis o Ibargüengoitia, y en la tercera toma objetivos más dispares que incluyen comentarios acerca de los  géneros infantil y juvenil, que el propio Villoro ha cultivado. 
Siempre defenderé esta clase de libros. Incluso cuando Villoro transita por sendas más eruditas y se dedica a la especulación crítica a la que la inmensa mayoría de los lectores son lógicamente incapaces, tal es su capacidad de análisis y su bagaje, el lector interesado sacará ideas y verá su curiosidad excitada y, perdonad que me repita, visitas a la biblioteca pública o particular o a los estantes de las  librerías y atención a autores en que nunca se había reparado partirán de la estimulación que estas páginas emanan. Puede que si eres quien usa un libro para atenuar la espera del autobús o acelerar la entrada en el sueño esto no te diga nada, pero para todo lo que empiece a poder definirse como pasión lectora, este es otro libro indicado.

lunes, 18 de abril de 2022

Maxim Ósipov: Piedra, papel, tijera

Idioma original: ruso

Título original: КаменЬ, ножuцЫ, бумаƨа

Año de publicación: 2019

Traducción: Ricardo San Vicente

Valoración: está bastante bien

Puede que no corran los mejores tiempos para ser sospechosos de rusofilia, siquiera por publicar una modesta reseña de un libro escrito en la lengua de Pushkin y compañía,  pero, en fin, a estas alturas, cuando ya hemos reseñado a un trillón de autores rusos, desde el propio Pushkin, Tolstoi o Dostoyevski, hasta mi querido Dovlátov,pasando por Ajmátova o Ilf y , creo que ya no tenemos remedio... De todos modos, para tranquilidad de los detractores de Putin (y rabiña, espero,  de sus admiradores), comentaré  que Maxim Ósipov, el autor del libro que nos ocupa hoy, no se cuenta, precisamente, entre los defensores del autócrata del Kremlin de tan acertado nombre y, de hecho, cuando comenzó la invasión de Ucrania tuvo la precaución de darse el piro de Rusia, suponiendo, seguramente con acierto, que su posición crítica a ese y otros  respectos le acarrearía problemas (por cierto el que uno de los cuentos del libro parece ser una crítica, bastante evidente, de su régimen).
Vayamos al turrón: este libro, de tan lúdico título (aunque ya aviso de que no van por ahí los tiros) está compuesto por varios relatos, aunque alguno tan extenso y complejo que podría considerarse eso que llaman una nouvelle. Casi todos los relatos transcurren o tienen su origen en la Rusia y aledaños de la época post-soviética o, mejor dicho, los protagonistas son todos ciudadanos ex-soviéticos, obligados a adaptarse, con mayor o menor fortuna, a una nueva realidad capitalista, individualista, en la que la religión ha cobrado una inusitada importancia y que, eso sí, sigue dominada por una "élite" política y económica, de forma más o menos (sobre todo, menos) democrática. Así, encontramos a una serie de personajes  variopintos: desde la cacique de una ciudad de provincias y su empleada tayika a un geógrafo metido a pope; de un exitoso financiero que trata de ampliar sus horizontes  a unos emigrantes que han prosperado en EEUU. También una prestigiosa violinista, algo fantasiosa, una actriz con demencia senil o las hijas de un antiguo miembro de la  KGB...

Casi todos los personajes son individuos más perdidos que el proverbial pulpo en un garaje o que pensaban tener claro su camino hasta que alguna circunstancia les obliga a asumir que para nada... En cualquier caso e incluso cuando se trata de personajes más secundarios, Ósipov demuestra gran perspicacia para entender el corazón de las personas y una enorme humanidad para explicar y aceptar sus errores. En algún momento se podría colegir que esta comprensión y bonhomía -incluso compasión- del autor hacia sus criaturas se deben a la influencia de algún tipo de espíritu religioso; ya digo que es un tema que aparece en más de uno de los relatos... Ahora bien, en el que lo hace de forma más clara, Cual ola del mar, protagonizado por el geólogo metido a sacerdote ortodoxo, el padre Sergui, tampoco se diría que Ósipov parece muy convencido de que el tipo ha tomado la decisión correcta. Y en Piedra, papel, tijera, que da título a la recopilación, se explica, de forma respetuosa y se diría que ecuánime, los pormenores esenciales de la doctrina islámica,  que tampoco es que entusiasme  demasiado al escritor. Es más, en general, se diría que los personajes asisten con cierta perplejidad el renacer religioso tras la implosión de la URSS. 

Más bien, creo yo, esta actitud comprensiva y conmiserativa se debe a que la narrativa deeste autor se inscribe y continúa (salvando todas las distancias, claro) cierta corriente literaria rusa cuyos máximos exponentes serían Gógol o, sobre todo, Chéjov; al igual que ellos, Ósipov no puede dejar de empatizar con su prójimo incluso en sus momentos de estulticia y desconcierto. Cierto que, pese a esa influencia -también es verdad que me lo puede haber parecido a mí ante la profusión de patronímico y de escenas costumbristas-, aún cuando la calidad de su prosa es innegable, carece de la maestría de esos grandes maestros del relato. Algunos de los cuentos de Ósipov, pese a que comienzan de manera interesante, a partir de un momento dado pierden el brío y discurren de una forma lenta y melancólica, incluso, en algún caso, a trompicones. Otros, sin embargo no pierden el nervio narrativo y por eso (o por lo que sea), son los que me han gustado más: la historia de una joven y desventurada pareja en El Complejo, la de la joven triunfadora que se encuentra con su hermanastra alemana de En el Spree  o Buena gente, sobre una veterana actriz aquejada de Alzheimer. Los demás relatos, sin carecer, en absoluto, de una calidad para nada desdeñable, no me parecen a la altura de éstos o quizá, simplemente, su intención se diluye entre los meandros de las muchas explicaciones que nos da Ósipov sobre sus, sin duda, apreciados personajes.

martes, 21 de octubre de 2014

Eduardo Jordá: Lo que tiene alas

Idioma: español
Año de publicación: 2014
Valoración: imprescindible

Como Ovejero, como Carrión, como Ayén, Eduardo Jordá es un gran escritor escondido tras un enorme lector. O viceversa. De esos a los que el entusiasmo le rebosa por los poros. De esos, ya sabéis, que aúllan ante un buen relato, y de esos que no se lo guardan para sí, para presumir entre las amistades de ser capaz de descubrir las perlas en que nadie ha reparado. 
No sé si somos 5, 6 o 30.000 los que potencialmente disfrutamos de libros como Lo que tiene alas. Podría decir que me da igual, pero no. Si me diera igual no me embarcaría en aventuras como ésta de ULAD, claro. La de comentar una obra colosal de un autor al que accedí por una interesante traducción y un posterior libro de relatos, y escribir esto, para decir a todo el mundo: pulgares arriba, si te gusta leer y releer, este es (uno de) tu(s) libro(s).
Lo que tiene alas contiene, por eso, alguna pequeña trampa: Jordá tira de la experiencia que le han procurado sus alumnos de talleres literarios a la hora de comentar la soberbia selección de relatos cortos (o no tanto, pues cuela más de una novela) que forman su espina dorsal y su corriente argumental. Nada, autorcillos de poca monta: Gógol, Tólstoi, Cheever, Carver, O'Connor, Cortázar, Onetti. Cada una de las piezas, objeto de un minucioso y ameno estudio donde se profundiza en su estructura, en sus claves, en su significado, sin recurrir más de lo necesario a una erudición que es accesible y, em, excitante. Ah, los matices. Esta es la cuestión: quien esté interesado en la literatura sólo tendrá que escoger entre los diversos verbos que definen lo que consigue este libro respecto a la lectura de las piezas que comenta: empujar, excitar, provocar, inducir, incitar, estimular. En lo personal, he de confesar que iré uno tras otro tras esos relatos. Pues bueno soy yo. Empezaré por los que ya están en mi biblioteca personal, pero todos caerán: lecturas o relecturas.
Más valioso, el must adicional de este libro, es cómo el autor es capaz de edificar una pieza literaria tras otra sobre la estructura de comentar otra, y no perder el nivel, un nivel literario (va, aceptaremos también metaliterario). Llegando a niveles estratosféricos como el del extenso estudio que hace las veces de centro del libro (pues lo dedica a El Gran Gatsby, que no sólo es una novela, sino una muy célebre a la que, además, añade un trabajo en segundo plano sobre El corazón de las tinieblas de Conrad, en plan happy-hour), que el lector promedio podría acusar de espoileo (el lector promedio: ese desconocido imaginario que piensa que no merece la pena leer un libro si te chafan el final). Y es una mera muestra: escarbando a fondo en las interpretaciones, Jordá consigue que lo que podría quedar en un impecable ensayo alcance, casi, consideraciones de relato de suspense, tal es la tensión que genera en alguna de las piezas. ¿Cómo, para quien se extrañe, no va a merecer un imprescindible como una catedral, un libro que se convierte, de forma inmediata, en una referencia necesaria para ir de cabeza a por otros quince o veinte?
Va, una queja, que se vea que soy un catalán rondinaire. ¿No podría haber incluido el magistral Sensini de Bolaño?

También de Eduardo Jordá en ULAD: Yo vi a Nick Drake

lunes, 29 de junio de 2009

Gogol: El inspector

Idioma original: ruso
Título original: Ревизор
Año de publicación:
Valoración:
Muy recomendable

Con pocas obras de teatro me he reído en mi vida tanto como me reí cuando vi hace años en el Teatro Baracaldo una representación de El inspector, de Gogol. La obra es una sátira política del régime pre-comunista en Rusia, pero sus críticas son intemporales, y puede aplicarse a cualquier país en el que haya corrupción, burocracia, trepas y chupatintas (¿a alguien se le ocurre alguno?). Además, lo que algunos consideran como un defecto -que es una sátira destructiva, sin que ningún personaje se salve de la quema, salvo quizás el pícaro central-, evita que la obra se convierta en propaganda o moralina, como pasa muchas veces.

El argumento de la obra (que por cierto se parece algo al de Muerte accidental de un anarquista, de Darío Fo) se basa en la típica confusión cómica: en un perdido pueblo de Rusia están esperando a un "Inspector General" venido de la capital para investigar sus desmanes y corruptelas. Naturalmente, están aterrorizados. En ese momento se enteran de que en la posada del pueblo se alberga un misterioso joven llegado de San Petersburgo, que carga sus gastos "a la Corona", y deducen que se trata del inspector, así que deciden invitarlo a quedarse en scasa y colmarle de honores, regalos y sobornos.

Por supuesto, el joven en cuestión no es ni de lejos un inspector oficial, sino un caradura sin complejos pero con astucia, que intenta aprovechar la situación para su propio beneficio. Lo que sigue es una comedia de enredo en la que el alcalde y los comerciantes del pueblo intentan ganárselo para su causa, mientras que lo que a él le interesa es seducir a la mujer y a la hija del alcalde (como Mastropiero con la Duquesa de Lowbridge, vamos). Finalmente, el pícaro decide abandonar el pueblo dejando a todos sus corruptos habitantes satisfechos (porque creen haberle impresionado gratamente), desplumados y engañados. Y entonces, claro, llega el verdadero inspector, y la obra termina.

Que el humor puede ser un arma ideológica y política es algo que sabemos de sobra; pero son más raras las ocasiones en las que la sátira circunstancial consigue convertirse en verdad universal, y hacerte reír a carcajadas al mismo tiempo.

Otras obras de Nikolai Gógol en ULAD: El capoteAlmas muertasTarás Bulba