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martes, 14 de febrero de 2012

Libros para San Valentín en ULAD

Que no, hombre, que no. Que en Un libro al día somos gente amable y amorosa. Otra cosa no, porque al fin y al cabo somos críticos, y ya se sabe que los críticos descreen de todo un poco. Pero en el amor, ¡cómo no vamos a creer en el amor! El amor está en la cuna misma de la literatura: el amor de Paris y Elena, el amor de Dante por Beatriz, el amor del Cantar de los cantares con sus pechos como gacelas y sus cabellos como rebaños de cabras...

Sin ir más lejos, le acabamos de dedicar una serie al amor. Sí, vale, Otelo es más bien la personificación de unos celos torturadores y autodestructivos, pero mira lo de C.S. Lewis y su esposa, qué bonito. Ya, hombre, sí que está muerta, pero tampoco hay que ponerse quisquilloso... De todas maneras, si nos ponemos a hacer memoria, seguro que nos acordamos de un montón de historias de amor, rubicundas y felices como perdices de cuento.

Por ejemplo, tenemos a Florentino Ariza y Femina Daza, que acaban bastante bien. Aunque también es verdad que eso es después de una larga y achacosa existencia de dolorosa separación... Pero, oye, no todo ha sido deshacerse de pena en la distancia. Hace no mucho recordamos las alegrías que se regalaban una moza soltera y su amante el oficial. ¿Romántico? No, muy romántico no era, a no ser que tu concepto de romántico incorpore abuelas y lavativas. Pero es que tampoco podemos estar siempre a vueltas con los pájaros y las flores, ¿no? Hemos hablado de unos cuantos amores que no sé si serán románticos, pero desde luego son reales, hasta crudos diría yo. Tenemos a Frederik y Cati, por ejemplo, y a Paul y Marijana. Aunque es curioso que justo me hayan salido casos en los que la medicina anda metida de por medio, y para mal. Vaya por Dios.

Pero es que, también, qué le vamos a hacer si los escritores sólo parecen inspirarse cuando tienen enfrente un amor trágico de tomo y lomo. ¿O es que tengo que recordarte que nuestra primera entrada la dedicamos a Laura Avellaneda y Martín Santomé? Poco después vinieron Pedro Páramo y Susana San Juan o incluso, sí, el Principito y su rosa. ¿Que en esa historia ni siquiera los dos son humanos? Ya, bueno, es que parejas disímiles tampoco nos han faltado. Ahí tienes al profesor Aschenbach y a Tadzio, a Sarah y Benoît o a Michael y Hannah. Veeenga síiii, la voy a poner también: a Bella y Edward. Pero es que una pareja más convencional tampoco es garantía de nada. Mira si no a Juan Pablo Castel, la que lió con María Iribarne...

En fin, que no lo podemos negar. Somos gente sensible, sentimental, ¡sensiblera incluso! Nos pasamos el día leyendo sobre tortolitos, carantoñas y cucamonas. Qué le vamos a hacer.

lunes, 13 de febrero de 2012

Libros para San Valentín: Otelo de William Shakespeare


Título original: Othello: The Moor of Venice
Idioma original: inglés
Escrita en: 1603
Valoración: imprescindible

En cuanto surgió la idea de hacer una serie de libros para San Valentín pensé en esta obra al momento. Pues es el amor el eje central de la historia, aunque se convierta en tragedia. Una tragedia a lo Shakespeare que no permite un instante de respiro a lo largo de sus cinco actos.

Otelo es un general moro al servicio de la república de Venecia que se enamora de Desdémona, hija de Brabancio, senador veneciano. Y consigue conquistarla y ser correspondido, llegando a casarse en secreto. Hasta aquí, una historia de amor de las que superan todos los obstáculos, no importan la raza, la religión, el nivel social...son dos almas que se enamoran perdidamente y que consiguen partir a Chipre, juntos, y con Brabancio ya enterado de lo ocurrido. No voy a desvelaros ni cómo se desvela el casamiento, ni porqué parten a Chipre recién casados, eso es ya tarea del propio Shakespeare, pero sí puedo mencionaros a Yago, uno de los personajes más interesantes de toda la obra del dramaturgo inglés.

Yago...encarna tanta oscuridad...inteligente, mezquino, manipulador, rencoroso y vengativo...es él el que cambia por completo el rumbo de una historia almibarada para convertirla en una absoluta tragedia. Ciertos asuntos que no salen como él esperaba, y deseaba, hacen que transforme con engaños y mentiras a un hombre como Otelo que es definido continuamente como hombre de honor, en un ser destruido por los celos. Porque el eje de la historia que es el amor se convierte en un amor tortuoso y destructivo. Los celos, los celos consumen todo lo romántico, ingenuo y positivo de la obra hasta erigirse en un demonio que logra acabar con todo.

Hay varios personajes que participan en la trama y que son utilizados como meras marionetas por Yago para conseguir sus fines. También persiguen alcanzar el amor y no dudan en creer a su amigo cuando les insinúa cómo tienen que actuar y qué tienen que pensar. Les mueve un fin más puro y no se dan cuenta de que, lo que realmente está haciendo que se desenvuelva su destino, es la venganza.

La habilidad del autor para describir a Yago, sus conversaciones, sus manipulaciones, cómo lleva a los personajes hacia dónde él quiere, sin ningún tipo de piedad, ni escrúpulos, que arremete contra todo y lo consigue, es espectacular. Y poder ver cómo Otelo, enamorado y honorable, termina cayendo en sus trampas, consumido absolutamente por los celos, no deja indiferente.

Una obra con un tema central que no pierde actualidad, que trata sobre los sentimientos humanos, cómo se desarrollan, cómo evolucionan, como pueden acabar consumiéndonos hasta la muerte...una tragedia enorme, una trama apasionada...un Shakespeare brillante.

Eso sí, quizá no la mejor historia para leer un día como al que le dedicamos esta serie.

(Hay varias versiones cinematográficas de la obra. Yo recomiendo la versión de Kenneth Brannagh, en la que él mismo interpreta a Yago y Laurence Fishburne a Otelo)


También de William Shakespeare en ULAD: Romeo y Julieta, Hamlet, El rey Lear, Macbeth, La tempestad

domingo, 12 de febrero de 2012

Libros para San Valentín: Una pena en observación de C. S. Lewis

Idioma original: inglés
Título original: A Grief Observed
Año de publicación: 1961
Valoración: Muy recomendable

Este es un libro que trata sobre el amor; y por lo tanto es un libro romántico, e incluso podría decirse que bonito. Pero también es un libro que trata, y mucho, muchísimo, sobre la muerte, y es por lo tanto un libro triste. Y es al mismo tiempo un libro que trata sobre Dios y es, en ese sentido, reflexivo y casi místico. Es un buen libro para San Valentín, pero solo para quienes quieran plantearse lo que puede ser la pérdida del ser querido.

En Una pena en observación, C. S. Lewis (sí, el mismo de Las crónicas de Narnia) reflexiona, con un tono sorprendentemente contenido, sobre la muerte de su esposa, la también escritora Joy Gresham (H. en la obra), a causa de un cáncer. Son páginas de una clarividencia y de una sinceridad desarmantes: Lewis evita caer en las fáciles frases hechas consolatorias ("ella está ahora en un lugar mejor"; "sigue viva en nuestra memoria"; "la muerte no es el final", etc.) y rechaza decididamente los lugares comunes de la literatura romántica (la idea de que el dolor por la pérdida es mayor en los lugares que se han compartido, por ejemplo), para aplicarse con minuciosidad implacable a describir sus propios sentimientos: la soledad, la ausencia, el dolor, pero también el miedo a que el recuerdo de la mujer se transforme en una ficción, en algo radicalmente distinto a la mujer real.

En las páginas de esta confesión descubrimos un amor adulto, maduro, pero no por ello menos intenso -para quienes creen que el amor romántico es solo cosa de jóvenes. El encuentro de dos personas no iguales, pero sí compatibles y complementarias, que comparten una felicidad casi plena. "En estos breves años pasados, H. y yo festejábamos el amor, en cualquiera de sus modalidades: la solemne y alegre, la romántica y realista, tan dramática a veces como una tempestad, otras veces tan confortable y carente de énfasis como cuando te pones unas zapatillas cómodas. No había fisura del corazón o del cuerpo que quedara insatisfecha".

Junto al amor y la muerte, Dios es el tercer gran pilar de estas reflexiones. Lewis, además de un escritor de novela fantástica, era un conocido apologista cristiano. En esta obra, sin embargo, la idea de Dios atormenta más que consuela al escritor: ¿cómo es posible que exista un Dios que prive de la vida a sus criaturas, que provoque dolor, soledad, muerte? ¿Cómo podemos tener seguridad de que Dios, y la vida después de la muerte, significan realmente algo? Y si significan algo, ¿qué es? Esas preguntas atormentan al escritor casi tanto como la propia ausencia de la mujer amada (aunque a un lector que no comparta esas inquietudes teológicas le puedan parecer demasiado abstractas o retóricas).


Hay adaptación cinematográfica, titulada Tierras de penumbra, con Anthony Hopkins en el papel de C. S. Lewis y Debra Winger en el de Joy Gresham.

sábado, 11 de febrero de 2012

Libros para San Valentín: El mar, el mar de Iris Murdoch


Idioma original: inglés
Título original: The Sea, the Sea
Año de publicación: 1978
Valoración: Imprescindible



Charles Arrowby, protagonista de esta novela, es uno de los personajes más odiosos que puedo recordar. Aclaro que todo lo que conocemos de él es de primera mano ya que
estamos leyendo sus palabras. Autor teatral de éxito, inmerso en la agitada vida social londinense dónde seguía brillando a sus anchas, a sus sesenta años más o menos decide retirarse a una casa solitaria, al borde mismo de la costa y a cierta distancia del pueblo más cercano, con la pretensión de escribir sus memorias, de confesarse la verdad a sí mismo. Pero el presente se va imponiendo con fuerza demostrando que ni el personaje es capaz de adaptarse a la vida retirada ni los fantasmas del pasado le permiten llevar a cabo su proyecto. El contacto con la naturaleza, el descanso, la meditación, la soledad productiva parecen ser los motivos que le han llevado a tomar esa decisión pero enseguida queda claro que, pese a las apariencias, Arrowby no puede vivir sin la gente, sin someterla y dominarla. Por eso, de la forma más caprichosa, irracional y cruel se dedica, desde allí mismo, a destrozar parejas, alimentar la ilusión de alguna dama incondicional para decepcionarla poco después, comprometer a sus amigos y molestarles todo lo posible. Consciente del enorme poder que ejerce sobre ellos y del atractivo, que aún conserva, para seducir a sus conocidas, no duda en poner en marcha toda clase de artimañas a cual más retorcida y perversa para fortalecer su ego y, de paso, burlarse de la buena fe de sus víctimas. Entre estos, el coro que le da la réplica, la mayoría muy inferiores a él en su opinión, encontramos a Lizzie y Gilbert, Perry y Pamela, pasando por el primo James, único al que Charles parece respetar realmente, hasta Hartley (su amor de juventud) y los miembros de su familia.

Haciendo de su antigua profesión su vida, ejerce de director de escena de todos ellos. Al menos hasta cierto momento, porque todo tiene un límite. La frialdad, la falta de empatía, el mecanismo mental que inspira toda clase de estratagemas es de lo más refinado y se refleja con toda precisión. Los enredos se suceden. Los disgustos de unos y la sonrisa de triunfo del otro también. Tras haber acompañado al personaje durante bastantes páginas creemos conocerle a fondo, nada le conmueve, es el correlato humano de un témpano. Entonces, cuando el lector menos se lo espera, convencido de que la novela continuará exactamente en el mismo tono, el ser desalmado que creíamos conocer a fondo se enamora como un tierno infante de una recién descubierta primera novia. La mujer, tal como la pinta Murdoch, no está en absoluto a la altura del refinamiento a que está acostumbrado Arrowby. Ni se ha cuidado ni se ha cultivado ni tiene mundo ni conoce a nadie relevante. Después de una vida dedicada al hogar, presenta el aspecto y tiene las reacciones que serían de esperar. Naturalmente, al ser Arrowby una celebridad, está al corriente de sus andanzas, pero ni se siente halagada ni tiene mayor ambición que continuar con su vida matrimonial como hasta entonces. Este desprecio es algo que la soberbia de Arrowby es incapaz de soportar. Le resulta sencillamente inaceptable que alguien – tan vulgar para colmo – no caiga rendido a sus encantos. El motor de tanto desvarío probablemente no sea amor real sino vanidad, extrema resistencia a la frustración y todo lo que conlleva la egolatría. Charles Arrowby ha de engañarse a sí mismo para mantener su autoestima íntegra, pero los vaivenes de la trama – continuas vueltas de tuerca que divierten enormemente al lector a la vez que le enfrentan con lo engañoso de las apariencias – además de mantener la tensión, dan lugar a que, olvidando la repulsión que nos provoca el protagonista, no tengamos más remedio que apiadarnos de él.

¿Cómo se resuelve este embrollo? Lo de menos es si consigue o no su objetivo. Importa, y mucho, la agonía psíquica que padece cada uno de los personajes, marionetas cuyos hilos sostiene Arrowby, el constante flujo y reflujo de sentimientos, la violencia (soterrada o evidente), la refinada maldad frente a la inocencia – a veces pura majadería – y aparente nobleza de alguno de sus antagonistas.

Ni que decir tiene que la penetración psicológica, la sutileza y la habilidad narrativa de la señora Murdoch son admirables, que se pinta sola para crear una personalidad compleja, contradictoria y llena de matices, capaz de ocupar por sí sola una novela de 730 páginas manteniendo la intriga hasta el final.

Me arriesgo a vaticinar que gustará a casi todo el mundo, en especial a los interesados en los repliegues de la mente humana y a los poco amigos de argumentos empalagosos e inverosímiles. Esto no es amor ni desamor, es todo lo contrario.


También de Iris Murdoch en ULAD: El príncipe negro