sábado, 8 de octubre de 2011

Iris Murdoch: El príncipe negro


Título original: The Black Prince
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1973
Valoración: Muy Recomendable

¡Como me hubiera gustado conocer a Iris Murdoch! No es que sea fetichista, es más, estoy convencida de que la personalidad de un autor nunca es idéntica a lo que parecen sugerir sus obras, pero una observadora nata, filósofa de formación y tan interesada en las cuestiones éticas como era ella, no creo que fuera a defraudarme. De su vida sólo sé lo que desvela Iris, película que vi por casualidad y me pareció tan angustiosa que casi la tengo olvidada. En ella se recrean sobre todo sus últimos años de vida, cuando el Alzheimer ya había hecho estragos. Si creemos lo que dice el guión, ni siquiera recordaba haber escrito libros. No sé lo que pensaréis vosotros, a mí me parece increíble que una mente tan lúcida pueda acabar así. Una mente que ha retratado como nadie costumbres e individuos de una sociedad, la irlandesa, sus tics, prejuicios y valores éticos, que ha construido personajes masculinos inolvidables como el Charles Arrowby de El mar, el mar y el Bradley Pearson de esta novela y que supo penetrar como pocos en los recovecos de las relaciones humanas.

Bradley Pearson es un funcionario que, con gran idealismo y más pena que gloria, ha dedicado gran parte de su vida a escribir. En el extremo opuesto encontramos a Arnold Buffin un escritor que dando al público lo que pide ha conseguido profesionalizarse y alcanzar verdadero éxito. A través de ellos, la autora analiza conductas, ambiciones, la sequía creativa y demás aspectos relacionados con el oficio de escribir y la esencia del arte en general, además de abordar la amistad, las relaciones familiares, la envidia, la decadencia personal, las falsas apariencias, la verdad y la mentira, los ocultos intereses, la utilización de unas personas por otras, la falta de escrúpulos y – ante todo y sobre todo – el amor, por medio de una serie de enredos que habrían convertido la novela en un simple folletín si la hubieran escrito otras manos.

Con un estilo conciso y sin embargo poético, una gran habilidad para insertar lo descriptivo en el relato y marcar los estados de ánimo de forma indirecta produce una obra muy reflexiva donde las especulaciones del personaje – en las que Murdoch se despacha todo lo a gusto que le es posible – resultan apasionantes por su imbricación en la trama, una obra que, sin embargo, no deja de ser muy descriptiva, incluir abundantes diálogos y donde la acción progresa a bastante buen ritmo.

La edición que yo tengo está prologada por Álvaro Pombo. Hay dos prólogos más, ficticios, el que, se supone, escribió el protagonista y el que más tarde añadiría su editor, además de los epílogos que incluyen ambos y otros cuatro a cargo de otros tantos personajes. La adición de todos estos documentos es un recurso más de la autora que, además de aportar variedad a la narración, otorga protagonismo a otras voces.

De Murdoch admiro la belleza de su prosa, la exactitud de sus construcciones narrativas y la veracidad de sus personajes, pero si tuviese que reprocharle algo diría que tarda demasiado en arrancar, que hay que volver muchas páginas hasta llegar al núcleo. Claro que, en cuanto se interna en el nudo del relato, por mí puede alargarlo todo lo que guste, ya que es una maestra de la intriga, de los diálogos, de la caracterización y el desarrollo de situaciones conflictivas, hábilmente resueltas y, sobre todo, perfectamente creíbles.

2 comentarios:

jsaaopinionpersonal.com dijo...

Conocí a Iris Murdoch mientras realizaba un, como me gusta decir, «estudio en imágenes» de la filmografía de Kate Winslet, mi actriz preferida.

Ésta, junto a Judi Dench, protagonizó «Iris» (2001), que se enfoca en los últimos años de ésta escritora. Desde el momento en el que los médicos se atreven a decir que la última novela que Iris publicó (1995) podía servir para la caracterización de los efectos del Alzheimer en el área del lenguaje.

Pero no fue sino hasta algunos veces después, cuando por fin encontré un libro suyo, justamente al que se ha dedicado ésta reseña. En la única feria del libro que hasta el momento he visitado. Claro que aún no era el momento de leerle, porque el libro terminó llevándoselo mi abuela, por haberle mencionado que conocía de mención a Iris.

En una pequeña librería, que tiene algunos títulos descatalogados, volví a encontrar a Bradley. Esta vez, ni lo pensé. Aún estoy leyendo el libro, llevo algo más de dos semanas, porque tengo distintas tareas en algunas comunidades.

Pero, curiosamente, a pesar de que el propio Bradley rechaza la «pseudo-ciencia» del psicoanálisis, representado por Francis (superficialmente, por ahora, ya que no conozco el testimonio de los epílogos), yo, que he leído a Freud, me pongo a dudar en si se le puede denominar un neurótico.

En fin, que tengo la intención de seguir leyendo a Murdoch, cuya literatura aún no puedo comparar con ningún otro(a) escritor(a) que haya leído alguna vez. Debo reconocerle que, bajo la premisa de un viaje interrumpido, me tenga absorto bajo sus palabras... Gracias por tu crítica.

Montuenga dijo...

Hola Jsaa. Me parece muy interesante, tanto desde un óptica lingüística y literaria como terapéutica, tu apunte de que los rasgos lingüísticos de un escritor en su última época pueden servir para rastrear una enfermedad que se manifiesta algún tiempo después.

El juego de personalidades que Murdoch pone en su tablero de ajedrez particular es siempre apasionante. Todavía no he leído de ella más que El mar el mar y este, pero me parece imprescindible continuar descubriéndola. Quizá a partir de ahora te conviertas en seguidor incondicional suyo, como casi todos los que hemos leído algo de ella.

Me gustaría tener la novela más reciente para poder opinar sobre Bradley, pero la leí hace bastante y su personalidad la tengo un poco borrosa.

Gracias por leernos.