sábado, 1 de octubre de 2011

Ricardo Menéndez Salmón: El corrector

Idioma original: español
Año de publicación: 2009
Valoración: Está bien

No sé si esta será la primera novela sobre el 11-M, probablemente no; pero seguro que es una de las primeras. Narrada en primera persona por un corrector de textos, que en ese momento está trabajando con una traducción de Los demonios de Dostoievski, la novela se sitúa precisamente en aquella trágica mañana de marzo, y en los días de confusión, indignación y estupor que le siguieron.

Quizás sea demasiado pronto para escribir sobre el trauma del 11-M (siempre me ha parecido que estas frases son un tópico: que nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para nada, que los libros se escriben cuando tienen que escribirse exactamente). El caso es que el material que aparece en esta novela (la sorpresa inicial, el horror, la evolución de las noticias, la manipulación informativa) aparece de una forma demasiado cruda, demasiado desnuda y (aunque comparta casi todos sus puntos de vista) demasiado ideológicamente cargada. Por usar una terminología ya tradicional, esta novela no nos muestra lo que pasa: nos dice lo que pasa, e incluso lo explica y lo interpreta para nosotros.

También me da pena que no se haya desarrollado más allá la posible relación entre los dos posibles niveles de la novela: el público y el privado. El atentado, la reacción del público y del gobierno, las reivindicaciones y las repulsas, por un lado. El lento proceso de corrección de textos, el (des)amor, la amistad, los sueños frustrados, por otro. Las reflexiones del personaje parecen a veces impostadas, ajenas a la dureza de los hechos. Es una pena, decía, porque la idea de un corrector de textos literarios enfrentándose al horror de la masacre es realmente muy sugerente.

El corrector es una buena novela. Pero le falta elevarse algo más para superar el obvio impulso ideológico y trascender a los materiales concretos e históricos (algo que, por otra parte, también le pasó a Vargas Llosa con El sueño del celta). Para quienes vivimos el 11-M a través de las radios y las televisiones, es un buen recordatorio de la indignación y el aturdimiento que sentimos durante aquellas horas de marzo. Pero para ser la gran novela que podría haber sido le ha faltado pasar esa realidad y ese impulso primero a través del tamiz de la imaginación creadora.