sábado, 11 de febrero de 2012

Libros para San Valentín: El mar, el mar de Iris Murdoch


Idioma original: inglés
Título original: The Sea, the Sea
Año de publicación: 1978
Valoración: Imprescindible



Charles Arrowby, protagonista de esta novela, es uno de los personajes más odiosos que puedo recordar. Aclaro que todo lo que conocemos de él es de primera mano ya que
estamos leyendo sus palabras. Autor teatral de éxito, inmerso en la agitada vida social londinense dónde seguía brillando a sus anchas, a sus sesenta años más o menos decide retirarse a una casa solitaria, al borde mismo de la costa y a cierta distancia del pueblo más cercano, con la pretensión de escribir sus memorias, de confesarse la verdad a sí mismo. Pero el presente se va imponiendo con fuerza demostrando que ni el personaje es capaz de adaptarse a la vida retirada ni los fantasmas del pasado le permiten llevar a cabo su proyecto. El contacto con la naturaleza, el descanso, la meditación, la soledad productiva parecen ser los motivos que le han llevado a tomar esa decisión pero enseguida queda claro que, pese a las apariencias, Arrowby no puede vivir sin la gente, sin someterla y dominarla. Por eso, de la forma más caprichosa, irracional y cruel se dedica, desde allí mismo, a destrozar parejas, alimentar la ilusión de alguna dama incondicional para decepcionarla poco después, comprometer a sus amigos y molestarles todo lo posible. Consciente del enorme poder que ejerce sobre ellos y del atractivo, que aún conserva, para seducir a sus conocidas, no duda en poner en marcha toda clase de artimañas a cual más retorcida y perversa para fortalecer su ego y, de paso, burlarse de la buena fe de sus víctimas. Entre estos, el coro que le da la réplica, la mayoría muy inferiores a él en su opinión, encontramos a Lizzie y Gilbert, Perry y Pamela, pasando por el primo James, único al que Charles parece respetar realmente, hasta Hartley (su amor de juventud) y los miembros de su familia.

Haciendo de su antigua profesión su vida, ejerce de director de escena de todos ellos. Al menos hasta cierto momento, porque todo tiene un límite. La frialdad, la falta de empatía, el mecanismo mental que inspira toda clase de estratagemas es de lo más refinado y se refleja con toda precisión. Los enredos se suceden. Los disgustos de unos y la sonrisa de triunfo del otro también. Tras haber acompañado al personaje durante bastantes páginas creemos conocerle a fondo, nada le conmueve, es el correlato humano de un témpano. Entonces, cuando el lector menos se lo espera, convencido de que la novela continuará exactamente en el mismo tono, el ser desalmado que creíamos conocer a fondo se enamora como un tierno infante de una recién descubierta primera novia. La mujer, tal como la pinta Murdoch, no está en absoluto a la altura del refinamiento a que está acostumbrado Arrowby. Ni se ha cuidado ni se ha cultivado ni tiene mundo ni conoce a nadie relevante. Después de una vida dedicada al hogar, presenta el aspecto y tiene las reacciones que serían de esperar. Naturalmente, al ser Arrowby una celebridad, está al corriente de sus andanzas, pero ni se siente halagada ni tiene mayor ambición que continuar con su vida matrimonial como hasta entonces. Este desprecio es algo que la soberbia de Arrowby es incapaz de soportar. Le resulta sencillamente inaceptable que alguien – tan vulgar para colmo – no caiga rendido a sus encantos. El motor de tanto desvarío probablemente no sea amor real sino vanidad, extrema resistencia a la frustración y todo lo que conlleva la egolatría. Charles Arrowby ha de engañarse a sí mismo para mantener su autoestima íntegra, pero los vaivenes de la trama – continuas vueltas de tuerca que divierten enormemente al lector a la vez que le enfrentan con lo engañoso de las apariencias – además de mantener la tensión, dan lugar a que, olvidando la repulsión que nos provoca el protagonista, no tengamos más remedio que apiadarnos de él.

¿Cómo se resuelve este embrollo? Lo de menos es si consigue o no su objetivo. Importa, y mucho, la agonía psíquica que padece cada uno de los personajes, marionetas cuyos hilos sostiene Arrowby, el constante flujo y reflujo de sentimientos, la violencia (soterrada o evidente), la refinada maldad frente a la inocencia – a veces pura majadería – y aparente nobleza de alguno de sus antagonistas.

Ni que decir tiene que la penetración psicológica, la sutileza y la habilidad narrativa de la señora Murdoch son admirables, que se pinta sola para crear una personalidad compleja, contradictoria y llena de matices, capaz de ocupar por sí sola una novela de 730 páginas manteniendo la intriga hasta el final.

Me arriesgo a vaticinar que gustará a casi todo el mundo, en especial a los interesados en los repliegues de la mente humana y a los poco amigos de argumentos empalagosos e inverosímiles. Esto no es amor ni desamor, es todo lo contrario.


También de Iris Murdoch: El príncipe negro