jueves, 23 de febrero de 2012

Chimo: La voz de Lila

Idioma original: francés
Título original: Lila dit ça
Año de publicación: 1996
Valoración: Recomendable

Me gustan mucho las novelas cortas. Y me interesan aquellos libros que, más allá del texto, están rodeados por una historia editorial, por un misterio, por un suceso. La voz de Lila reúne ambas condiciones: según cuenta Ignacio Vidal-Folch en el prólogo, y como se explica brevemente en la nota del editor francés, el manuscrito llegó a la editorial de manos de un abogado y literalmente de forma manuscrita: dos cuadernos rojos escritos con bic, con tachones, faltas de ortografía y textos en los márgenes. El autor: un desconocido, un tal Chimo, a su vez protagonista de la novela, seguramente de origen árabe, residente en los suburbios, la banlieue, de piel oscura, alguien que nunca ha escrito una línea. ¿Foto? No: desea permanecer en el anonimato. Resultado: un éxito en el país vecino. Análisis posterior: mucha gente cree que en realidad Chimo no existe, que es el alter ego de un conocido escritor. A día de hoy, el misterio sigue sin resolverse.

En serio, estas cosas me encantan.

La novela está muy bien, es una gozada de lectura. El narrador, Chimo, cuenta en primera persona su vida en el suburbio a través de la relación que establece con Lila, una golfilla de cuidado, hermosa, hermosísima, que básicamente se dedica a hablar de sexo, ponerle cachondo y enfrentarle, según avanza la novela, a sus propios miedos, a sus carencias emocionales, a su manera de "estar" en el mundo. ¿Literatura erótica? Desde luego. Pero es más que eso.

Soy de los que creen que Chimo no es tal, sino que hay un gran escritor detrás de la novela. La voz del narrador, que bascula entre momentos poéticos (sobre todo cuando trata de describir a Lila, y cuando intenta averiguar lo que siente hacia ella), momentos de realismo cruel en el retrato del suburbio, o idas de olla narrativas cuando se pierde, suena muy real, demasiado real; es la voz de un joven de 19 años del suburbio que quiere sonar exactamente como un joven de 19 años del suburbio. Y vaya si lo consigue: si el refrán dice que la reina no solo debe ser casta sino parecerlo, esta novela sin duda parece el texto de Chimo. Y es ahí donde, creo, el misterio queda resuelto: el autor repite, muchas veces, lo perdido que se encuentra a la hora de escribir, lo mucho que le cuesta sumar palabras, los mecanismos de memorización que emplea para poder transcribir, a posteriori, todas las escenas que vive con Lila. Para mi espíritu de investigador, son demasiadas explicaciones. Apuesto por un pedazo de escritor. (añadiré aún que mi lectura anterior ha sido X, de Percival Everett, y que su trama me ha influido, casi seguro, en la toma de partido por esta opción.)

La voz de Lila es una historia de amor, de iniciación al amor, pasada por el tamiz de un mundo sórdido, triste, sin esperanza. Las escenas de sexo son imaginativas, detalladas; contrasta su luminosidad con la oscuridad del suburbio en el que vive el protagonista. Umbral definió a Lila como "una Lolita porno y tercermundista", y me parece una descripción acertada. En todo caso, detrás de la historia de amor, cuando la novela se acerca al final, hay otra cosa: un hachazo a la sociedad, una crítica demoledora al mundo mezquino, patético y sin remedio que hemos construido, y es precisamente a través de Lila que notamos este golpe. Comprendemos que toda la novela, toda, está escrita con esa luz indirecta, y que la historia de amor ha sido un mecanismo, una fórmula para atraparnos y, llegados a las últimas páginas, recibir la hostia con la guardia baja, desnudos e impotentes.

Lo dicho: una gozada de lectura, aunque te deje ese sabor a sangre en la boca.