martes, 28 de febrero de 2012

Norman Mailer: La Canción del Verdugo


Título original: The Executioner's Song
Idioma original: inglés
Año de publicación: 1979
Valoración: Muy recomendable


Cuando sucede algo espeluznante y la cháchara mediática llega a los informativos y a la llamada prensa seria – en lugar de reducirse a la sensacionalista – solemos olvidar que estamos, por fortuna, ante un hecho aislado en medio de la normalidad. Este tipo de noticias hace que nos preguntemos sobre la naturaleza de la mente humana, los límites de la cordura y cuestiones así. Quizá por ese motivo, y siguiendo los pasos de Truman Capote en A sangre fría, Norman Mailer se embarcó con esta novela en la doble aventura de analizar el hecho criminal y combinar las técnicas periodísticas con las de ficción. Las comparaciones son inevitables. Aunque no es fácil contrastar el estilo pues la traducción que propone Anagrama es un auténtico desastre: la mayoría de las expresiones no encajan en castellano, palabras como trasijado o frases como “el paisaje se le penetró a los ánimos”, aunque logremos entenderlas no las usaríamos nunca. Hay más: cantidades ingentes de erratas, errores sintácticos, de vocabulario, de concordancia, coloquialismos que al trasladarse literalmente pierden su sentido original, arbitrariedad en la puntuación, confusión de letras, género y número alterados, hasta algún cambio de nombre a veces. Imaginaos lo que supone leer nada menos que 572 páginas plagadas de lindezas así. A veces parece que el traductor nos da un respiro pero enseguida vuelve a las andadas para seguirnos torturando hasta el final.

Aún así, puede intuirse que A Sangre fría es más literaria en el estilo y la recreación de escenas. A pesar de que reproduce testimonios, más o menos exactos, recogidos por la policía, por el propio escritor o bien recabados durante el juicio, también recrea paisajes y momentos, su lenguaje es propio de la novela y aporta una visión más panorámica, explicando las circunstancias sociales y el contexto general de las víctimas. En cambio, el lenguaje y la concisión de Mailer, si bien no desvela sus fuentes de información, son más propios del reportaje escueto.

La Canción del Verdugo investiga un periodo de la vida de Gary Gilmore – delincuente habitual desde la adolescencia – que comienza cuando consigue la libertad provisional. El principal mérito de Mailer consiste en haber captado perfectamente a la persona, su carácter histriónico, su distorsionado concepto de la realidad y de sus relaciones con los demás, sus creencias (en particular su fe en la reencarnación) y, teniéndolo todo delante, – o casi todo – haber sabido pegar los retazos sin que apenas se noten las costuras. A medida que avanza la trama, podemos intuir el inevitable fracaso de Gilmore, la fuerza con que arrastra en su caída a los que más cerca tiene, las consecuencias (propias y ajenas) de la equívoca historia de amor que vive – o cree vivir – y la repercusión a que dan lugar los sucesos provocados por él, su carácter mediático, el enorme flujo económico que acarrea, pues invertir en su historia promete suculentos beneficios y da lugar a que el binomio vida-pena de muerte se convierta en un macabro juego en el que decenas de personas apuestan con una escalofriante frialdad.

El otro punto fuerte junto a esa sutileza psicológica es, en su fase final, la recreación de todo el entramado jurídico, periodístico-comercial que se produjo. Los detalles del proceso, las oscilaciones del personaje, así como la nube de ávidos profesionales que le rodearon y que están admirablemente descritos, atestiguan una minuciosa investigación. Se trata de la codicia más impúdica que pueda existir expuesta prolijamente con nombres y apellidos – tantos que a veces resulta difícil recordar quién es quién – de la bandada que, por unos meses, sobrevoló la prisión que albergaba al condenado.

Estamos ante una de esas historias que suscitan el interés desde el principio y consiguen aumentarlo paulatinamente. No sólo por la intriga que provocan necesariamente los hechos narrados sino por la variedad de las cuestiones que trata, la profundidad con que las aborda, la carga de crítica personal y social que va acumulando y por la galería de personajes que retrata, muy convincentemente por poco favorecidos que aparezcan. Un mérito más de la novela, y prueba de su indiscutible calidad, es que nos deje con ganas de saber mucho más de lo que se cuenta, tanto de lo ocurrido en la época en que tuvieron lugar los hechos como de lo que se produce más tarde. En realidad, podríamos hablar de varias novelas que se suceden pues cada fase del relato podría bastar por sí misma.