martes, 12 de mayo de 2026
Hermanos Alquézar: Jardín
domingo, 12 de octubre de 2025
O. Henry: La senda del solitario
sábado, 27 de septiembre de 2025
Ralph Barby: Alguien pintó el mal
sábado, 18 de enero de 2025
Colaboración: La noche quedó atrás, de Jan Valtin
Título original: Out of the night
Año de publicación: 1940-1941
Traducción: No consta
Valoración: Imprescindible
Anoten: Richard Julius Hermann Krebs, alias Jan Valtin: La noche quedó atrás. ¿Cómo es posible que una obra como ésta sea prácticamente desconocida, y lleve tiempo descatalogada en nuestro país? Nada desde que Seix Barral la publicara hace bastantes años, en una edición y traducción que no podemos calificar sino de manifiestamente mejorables.
La vida de Krebs – Valtin no es la de un narrador, ni la de un novelista, ni la de un académico: es una vida de película, riesgo, suspense, espionaje y contraespionaje; es la entrega a una causa que prácticamente abduce todo lo demás (familia, hijos, hogar). Valtin fue un consagrado al partido comunista alemán y a la internacional comunista en la Europa de entreguerras. Si les gusta la Historia de la primera mitad del siglo XX, si les atrae la política de la época y saber los entresijos concretos tras cada acción visible –ésas que luego los historiadores a menudo explican en visión aérea- no esperen. Porque Krebs fue autor de varias obras, pero en realidad sólo lo fue de una, que es la historia de su vida.
Nacido en Maguncia, hijo de un inspector marino espartaquista allá cuando Rosa Luxemburgo (“quien no se mueve, no siente las cadenas”) Krebs tuvo una infancia errante debido a la profesión de su padre. Pero si puede citarse una ciudad asociada a su adolescencia y juventud, ésa es Hamburgo, donde vive entre muelles, obreros y revueltas, en un país moramente derrotado tras Versalles, a cuya célebre Constitución azotan el paro, la pobreza y las fuerzas extremas del momento –partido comunista y partido nacionalsocialista- que sorprendentemente no dudan en aunar fuerzas para acabar con las opciones moderadas, a la espera de un futuro duelo a dos que nunca llegó a producirse…al menos entre germanos y sin trincheras. Krebs insiste: el error comunista en la identificación de los socialistas como el enemigo a batir, y la consiguiente subestimación del potencial del partido nazi allanan el camino de Hitler al poder.
En el difícil contexto de los años 20, Valtin se adhiere al comunismo, una nueva religión que anuncia su pronto advenimiento, trasciende fronteras y pretende acabar para siempre con la injusticia en el mundo. Pero el parto, necesariamente, ha de ser doloroso. Y así se transforma en un soldado dentro de la jerarquía de la Komintern, un activista que medra en la sección marina. Como apóstol de una nueva fe, predica la cercanía de una realidad que auspicia y protege Moscú. Recluta adeptos, reparte por medio mundo octavillas multilingües producidas en imprentas clandestinas, conspira en clubes internacionales que son realmente centros de operaciones del partido, organiza sabotajes y huelgas en los buques y en los puertos, perfecciona su formación en Leningrado y viaja y propaga sin descanso la buena nueva en cada país, obedeciendo como un soldado y ejecutando cada consigna con la fe y el ardor de un convertido. No obstante, de vez en vez aparecen las dudas. Y es que el propio autor llega a afirmar que “sólo la compañía de Jesús tiene más poder sobre sus juramentados que la Komintern.”
El libro muestra en detalle el funcionamiento del partido y la organización de sus actividades, en especial en Alemania y los países nórdicos; respeta nombres de personajes reales y, en otros casos, parece que oculta personas bajo nombres ficticios, y tal vez introduce algunos de su propia imaginación. El más notable y seguramente el mejor descrito, Ernst Wollweber, sería futuro Ministro para la seguridad del Estado de la RDA y cabeza de la Stasi. Por las páginas de esta autobiografía novelada desfilan personajes de segundo orden, precisamente los que ejecutan las decisiones concretas (y aquí radica uno de los alicientes del libro, como he anticipado): Grigori Dimitrov, Heinz Neumann, Richard Jensen, Peter Kraus, Hertha Jens. Heinrich Himmler y Herman Göring aparecen igualmente, si bien de forma fugaz.
Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia, Inglaterra y Estados Unidos son los escenarios de la acción de Krebs bajo múltiples identidades falsas, hasta su detención por la Gestapo en su país natal, momento en que empieza una segunda parte de la novela, claramente diferenciada de la primera y –no vamos a negarlo- descarnada y sin concesiones (pueden imaginar la vida de un espía de la Komintern, poseedor de información valiosa, en manos de la policía de Hitler). Los campos, las cárceles, las leyes dictadas por el partido nazi y la ampliación paulatina del espectro de colectivos objeto de persecución nacionalsocialista son retratados sin una sola tirita: la –entonces- cara oculta de aquella “nueva Alemania”, descrita tal cual fue.
Pero Krebs recupera la libertad, de un modo y a un precio que no vamos a desvelar. Ex preso de los nazis, su desencanto y sus dudas aumentan con el creciente poder de Stalin en un partido en el que –por razones que tampoco desvelaremos- su posición pasa a ser incómoda. De modo que finalmente huye a los Estados Unidos y publica, entre 1940 y 1941, la obra que reseñamos, que automáticamente se convierte en un best seller en el que, con probabilidad, maquilla al menos algunas acciones no demasiado honorables de su biografía. “Encuentro grotesco seguir aún con vida” llegó a declarar el autor. A la vista de la obra, no nos extraña.
¿Qué es La noche quedó atrás? Parece que Roosevelt la describió como “el mejor libro que he leído sobre el siglo XX.” Son diversas las reacciones o juicios que la obra puede provocar en el lector; algunos positivos, como la fe en unos valores, la lucha por algo en lo que se cree, la esperanza de un mundo mejor; o negativos, como la interdicción de cuestionar directrices o la deriva radical dentro de una organización de estructura férrea, con la consiguiente pérdida de la amistad, confianza y camaradería. Pero creo que, esencialmente, la novela es un duro alegato y una prevención, justo durante el curso de una guerra mundial, contra los dos extremos que asolaron Europa –el nacionalsocialismo de Hitler y el comunismo de Stalin- en casi 800 páginas sin fisuras, que te atrapan y no te sueltan. Un libro que, una vez empezado, no puedes parar de leer.
sábado, 2 de noviembre de 2024
F. Anstey: La declaración de Stella Maberly
lunes, 22 de julio de 2024
2 x 1 Pauline Réage: Historia de O y Retorno a Roissy
martes, 28 de noviembre de 2023
Reseña + Entrevista: El sheriff Goodman contra Pinhead y otras espeluznantes aventuras en el lejano oeste, de Takeshi García-Ashirogi
martes, 5 de septiembre de 2023
VV.AA.: Belladona
sábado, 6 de mayo de 2023
Colaboración: El secuestro de Miss Blandish, de James Hadley Chase
Título original: No orchids for Miss Blandish
Traducción: Joaquín Urrieta
Año de publicación: 1939
Valoración: Intragable
Bien, está claro, escribir un buen libro es muy difícil, pero ¿de verdad hace falta seguir editándolo? ¿no sería más loable e incluso digno de compasión dejar ciertas obras en el olvido? Admito que el tiempo de un incauto como yo quizá no valga mucho, pero háganlo al menos por los árboles. Salvemos el planeta: no sigan gastando hojas en libros como este. Ópera prima de J.H. Chase, nos hace preguntarnos si no hubiera sido conveniente esperar a madurar un poco más antes de publicar algo como esto.
¿Y qué tiene de excepcional? Nada, no es un exabrupto salido de la mente de un lunático, es simplemente una novela pobremente escrita con un argumento aburrido y, a poco que se rasque un poco, ilógico. Ya en su momento su publicación generó cierta controversia por lo violento y gráfico de algunas escenas (y gratuitas, añadiría yo), no contento con rayar los bajos fondos de la literatura de calidad, se grabó una película que a día de hoy sigue siendo considerada de culto, permaneciendo a lo largo de las décadas en los malignos listados de la peor película de la historia.
Lo malo es que hubo una secuela. Y lo peor es que (me conozco) acabaré leyéndola.
El tema es el siguiente: un ratero de poca monta se entera de que se organizará un baile en el pueblo al cual acudirá la Miss Blandish del título, hija de un acaudalado potentado, por lo que planea un robo: el collar que llevará la princesa del oeste vale unos 50.000 dólares. Se organiza con unos colegas de profesión y trazan un plan: cuando la chica vuelva del baile con el novio, le harán una emboscada y se producirá el robo. Mala suerte, son unos patanes y todo sale mal: se cargan al novio y acaban secuestrando a la chica.
Es aquí donde más me chirría todo: ¿Por qué no hay una mínima protección para la chica? ¿nunca antes había salido de casa? ¿Cómo se realiza un secuestro de una forma tan sencilla? ¿Cómo de patanes tienen que ser los asaltantes para que salga todo tan mal? Chase organiza todo esto de una forma muy embrollada, deja muchas situaciones inexplicables en el aire y los cabos sueltos se amontonan de una manera que no queda más remedio que utilizar una gran dosis de suspenso de la credibilidad. No es esta una situación única, es simplemente el primer momento en el que todo parece venirse abajo.
Siguiendo con el argumento, la banda de secuestradores sigue cometiendo chapuza tras chapuza (y esto es importante remarcarlo, es el escritor quien comete todas las chapuzas, sus personajes no parecen estúpidos de por sí, simplemente toman unas decisiones difícilmente comprensibles) y acaban siendo aniquilados por otra banda más peligrosa, liderada por una mala mujer y su hijo psicópata – tenía que haber uno, siempre lo hay.
No hay mucho más que decir, la chica rápidamente cae en un estado de shock, y mientras la policía va disminuyendo el cerco sobre los captores, los distintos miembros de la misma van cayendo uno tras otro.
En un final inesperado – no – la novela acaba, dejándonos la sensación de que nunca cumplió las promesas que tampoco hizo.
Me consta que, con el tiempo, James Hadley Chase se convirtió en un buen escritor (o eso dicen) respetado por la crítica y público, pero, créanme, no hay nada aquí que nos haga intuir algo de talento en él.
¿Lo peor? Todo, no encuentro nada salvable. Quizá la recreación del ambiente de los USA postdepresión sea lo más logrado de toda la novela. ¿Lo mejor? Citando a Marge Simpson, tiene lo que más me gusta en un libro: un final.
Firmado: EPS
viernes, 10 de febrero de 2023
Azorín: Capricho
Año de publicación: 1943
Valoración: Bastante recomendable
Si hablamos de la generación del 98, Azorín se cita siempre entre los nombres indiscutibles, no por nada fue precisamente quien le puso el nombre. Entre ese colectivo de composición controvertida, mucha gente ha leído a Baroja, bastantes a Unamuno, y algunos otros conocen, aunque solo sea por canciones de Serrat o Paco Ibáñez, a Machado, por ejemplo. Pero nadie que yo conozca ha leído nunca a Azorín, yo diría que en general casi nadie ha leído a Azorín. Y me incluyo, hasta hace unos pocos días. Es una situación algo extraña, y tal vez un poco injusta, y me propongo corregirla, al menos en el modesto ámbito de nuestro blog, a través de este libro, elegido completamente al azar.
Aparte del desconocimiento, podemos también tener el prejuicio de etiquetar a este autor como clásico, convencional, poco amigo de moderneces y atado quizá a la reciedumbre del paisaje castellano, cosas así. Puede que algo de eso haya en otras de sus obras, pero entonces Capricho sería, y no sé si realmente es, una rara avis, porque se trata de una pieza cercana a la experimentación, una especie de juego literario que hace honor al título en su concepto tradicional, como obra que ‘se ejecuta por la fuerza del ingenio, más que por la observancia de las reglas del arte’, como en el mismo inicio del libro se indica.
El texto consiste en un pequeño relato inacabado que el autor propone, dejando abierto el desenlace para que cada uno de los distintos redactores de un periódico lo complete a su manera. Se acompañan semblanzas totalmente subjetivas de cada uno de los candidatos, muy bien modeladas por cierto, y hasta el autorretrato de varias mujeres que pudieran ser posibles personajes a utilizar. Finalmente, se diría que el relato lo completan, aunque solo parcialmente, una serie de personajes literarios (don Quijote, Juan Tenorio, el buscón Pablos, etc.) en un ejercicio que más que de estilo es de inmersión en su personalidad y su modo de ver el mundo. Esta perspectiva un poco insólita es quizá lo más interesante del libro: no nos centremos tanto en cómo idearía un desenlace o qué forma le daría este o aquel personaje, ni el redactor jefe o el reportero de tribunales, sino cómo la subjetividad de cada uno determina el modo de enfocar la situación que se plantea. Y un paso más allá, asistimos a la confusión entre autor y personaje, de manera que unos y otros, trabajadores del periódico y protagonistas de clásicos, adoptan una u otra posición según se les observe.
En los tiempos actuales el formato no resulta especialmente novedoso, ni quizá lo era siquiera en 1943 cuando se escribió el libro, pero sí que transmite la imagen de un autor con mucha menos aversión al riesgo de lo que cabía esperar.
Seguramente se trata de una diversión, un pasatiempo de escritor que se siente libre para crear una cosa de apariencia ligera pero que, ya puestos, aprovecha para enredar con distintos aspectos de la creación literaria: la recuperación de términos arcaicos, el reflejo de la personalidad (o las circunstancias) del autor en la obra, cómo el personaje puede cobrar vida propia o quedar abandonado sin el aliento del autor, o lo artificial (o meramente convencional) de la distinción entre géneros literarios. El mismo Capricho es un híbrido entre varios de ellos, con trazas de novela o relato corto, pero también de ensayo, biografía e incluso poesía, si atendemos al tono lírico que se deja ver de tanto en tanto. Pero ante todo me parece, como decía al principio, que la mayor parte de su esencia es de juego y experimento.
Es cierto, el libro carga con el lastre de una prosa que hoy resulta algo anticuada, de páginas que a veces se hacen un poco largas, sumergidas entre reflexiones de personajes clásicos que tal vez solo el erudito capte como es debido. No creo que sea una obra demasiado representativa de este Azorín al que he querido rescatar del olvido, ni probablemente sea una de las mejores. Pero me ha gustado su atrevimiento, la libertad que demuestra al crear y la forma de dejar pistas sobre los entresijos de la literatura. Quizá no muy entretenido de leer, pero de esos libros que dejan un cierto poso a nada que les dediques una pequeña reflexión.
lunes, 16 de enero de 2023
Reseña + Entrevista: Las pesadillas de Joseph Berna. Volumen 13, de Joseph Berna
Resumiendo: es fácil ver qué patrón siguen las novelas de terror de Berna. Estamos ante pastiches americanizados que recurren desacomplejadamente a todos los clichés del género habidos y por haber; pastiches construidos a base de descripciones y diálogos, que ostentan un estilo taquigráfico y una puntuación dudosa; pastiches que abundan en escenas omisibles y meten sexo gratuito a cascoporro; pastiches que presentan a héroes unidimensionales, villanos de cartón piedra y personajes femeninos despampanantes. Quizá las mejores novelas de Berna sean las primeras y las últimas, que escribió sin apenas presiones editoriales. Cuando digo las primeras me refiero a las que ahora estamos reeditando en Matraca en formatos digitales. Cuando digo las últimas me refiero a las que escribió desde 2018, pues se tomaba el tiempo que necesitaba, sin plazos de entrega. Siento especial devoción por la primera de todas sus novelas, La misteriosa Stella.
En general, creo que sus mejores novelas son las policiacas y las del Oeste. Berna era un humanista y se movía mejor al margen de los elementos fantásticos, tan frecuentes en otros géneros como la ficción científica o el terror.
Y como curiosidad, Berna tiene una novela que se salta todas las barreras habituales del bolsilibro: La gran semana, cuyo género es el humor puro, sin escudarse detrás de otro género, y cuya extensión es muy superior a la de los demás bolsilibros. Me contó que cuando dejó de escribir para Bruguera necesitó escribir algo diferente, y el resultado fue La gran semana, que para colmo transcurre en España en vez de en Estados Unidos.
ULAD: En Matraca habéis tomado una decisión formal arriesgada: reeditar clásicos "pulp" precedidos por cubiertas modernas. Aunque la jugada os ha salido bien, debo preguntar: ¿por qué no conservasteis la identidad gráfica tradicional de esta clase de literatura?
jueves, 15 de diciembre de 2022
Joseph Berna: Los Aliados de la Noche
- Da lo que promete; es decir, una lectura amena, un despiporre que nunca se toma en serio, escapismo de quiosco, una desacomplejada fantasía de poder masculina, un honesto batiburrillo de tópicos, reminiscencias a la serie B de los 70-80s, puro "rule of cool", un simpático sentido del humor, paletadas de violencia y un puñado de escenas fogosas.
- El dinamismo de su prosa y la agilidad de su argumento permiten que se lea de una sentada.
- Dota a Rob Duggan, su protagonista, de un carisma la mar de seductor.
- Abunda en diálogos que, si bien no son siempre estrictamente necesarios para que la trama avance o los personajes adquieran cuerpo, acusan cierto ingenio.
- No resulta memorable, pues recuerda sobremanera a centenares de ficciones similares.
- El estilo de su autor es sumamente mejorable. Tiende al puntoyapartismo excacerbado y a los añadidos redundantes; en ocasiones adolece incluso de una puntuación extraña.
- Es tonalmente inconsistente.
- La historia contiene escenas prescindibles, decisiones narrativas poco verosímiles, comportamientos bastante gratuitos y una batalla final anticlimática.
- Su manera de enfocar determinados temas (por ejemplo, las relaciones entre hombres y mujeres o el abuso sexual) puede disgustar a sensibilidades modernas.
jueves, 22 de septiembre de 2022
Zoom: El instante, de Louis Aragon
Título original: L´instant
Traducción: Carmen Artal
Año de publicación: 1928
Valoración: Recomendable con reparos
Parece mentira que un opúsculo de apenas cincuenta páginas pueda dar para muchas reflexiones, pero El instante sí que da, ya verán. Por ponernos en situación, la obrita se escribe en 1928, esa época de entreguerras en la que Aragon desarrolló la parte más intensa de su actividad política, formando parte del gran grupo de intelectuales comprometidos contra el nazismo. Como es sabido, el poeta parisino ya estaba en la vanguardia de la creación literaria, habiendo participado tangencialmente en el movimiento Dadá y, sobre todo, como fundador del colectivo surrealista. El instante es en realidad un fragmento de una novela más extensa que se iba a llamar La Défense de l´infini, finalmente destruida por el rechazo de los surrealistas, y que todo parece indicar que tendría un alto contenido sexual, de hecho el otro fragmento conservado y luego editado era El coño de Irene, relato de voltaje bastante elevado.
El erotismo, por llamarlo de alguna manera, constituye en efecto un elemento importante de este cuento. Pero dentro de su extraña y seguramente caprichosa estructura el único punto de conexión es el Metro. En el Metro se desarrolla la primera escena, que consume más o menos la mitad de las páginas: frotamientos y excitación desbordada en el vagón lleno de gente. No sabemos quién ha empezado a arrimarse a quién, el hombre o la mujer anónimos que viajan de pie, el contacto comienza quizá por casualidad, y la ebullición se extiende a otra pasajera que observa atentamente desde un asiento, aunque apenas puede ver más que algún gesto aislado. Imágenes puede que algo cuestionables, que Aragon relata con sencillez y sinceridad, sin ahorrarse detalles y sin que lleguemos a saber tampoco si cuenta algo que ocurre (en la ficción, se entiende) o es una ensoñación o un deseo.
Nos olvidamos del magreo ferroviario y, sin abandonar el Metro, Aragon se lanza a narrar la tragedia de Couronnes en la que, debido a un incendio, un apagón y varias casualidades, decenas de personas murieron aplastadas y asfixiadas. La descripción del desastre da paso a reflexiones sobre las víctimas, casi todas ellas trabajadores que habían terminado su turno, y a comparaciones con sucesos similares, como el incendio del Bazar de la Charité. En este caso los muertos fueron en su mayoría mujeres de buena posición reunidas en un acto de beneficencia. El paralelismo resulta repulsivo. Todo lo que en el relato de Couronnes era dolor se convierte en sangrante ironía, sarcasmo describiendo a las damas intentando saltar una tapia para huir, rezando resignadas por sus vidas, la aristocracia convertida en cenizas, cosas así.
Como fragmento que es, el relato no tiene realmente mucho sentido. Al final, alguna clave se puede encontrar en las tres o cuatro páginas que sirven de enganche entre las dos narraciones, y que son algo parecido a una reflexión en torno a la literatura. La brecha entre la vida y el arte, tema inagotable, se plantea al observar qué ocurre cuando las cosas no se desarrollan de la misma forma en la vida y en la novela. Aragon parece estar pensando en los finales felices, en las relaciones propuestas y aceptadas, en todo aquello a lo que la ficción abre la puerta y la realidad con frecuencia hace imposible. Si estas elucubraciones (en todo caso un mero boceto, nada elaborado) queremos aplicarlas a los dos relatos que componen el librito, puede que sea un sano ejercicio de lectura creativa. En caso contrario, puede uno contentarse con conocer este extraño texto, que no deja de ser original, seguramente provocativo, curioso y, desde luego, escrito con talento.
martes, 13 de septiembre de 2022
John le Carré: El espía que surgió del frío
Título original: The spy who came in from the cold
Traducción: Nieves Morón
Año de publicación: 1963
Valoración: Recomendable alto
Espías los ha habido siempre, pero a mediados del siglo pasado se llegó a consolidar una especie de subgénero literario basado en aventuras de ese mundo, seguramente tan oscuro y complejo como parece desde fuera. Recién terminada la Segunda Guerra mundial (incluso podría decirse que antes de terminar) ya estaban configurados los dos bloques antagónicos que se enfrentarían durante los cincuenta años siguientes. En ese momento esos dos bloques comparten frontera en la Alemania ocupada y, de forma muy significativa, en el propio Berlin, de inmediato dividida, donde los nuevos enemigos literalmente se rozaban. El famoso Checkpoint Charlie, con toda su leyenda, es el símbolo de la guerra fría y el espionaje.
Por allí anda el espía británico Alec Leamas, responsable del tinglado en la República Democrática alemana, hasta que pierde a su último hombre justo cuando iba a cruzar la frontera. Parece que el trabajo de Leamas no ha sido demasiado provechoso, y el alto mando (todo lo dirige un tipo enigmática y muy apropiadamente conocido como Control) le manda un tiempo a la nevera. El agente, ya bastante bregado y un poco harto de todo, termina sin un céntimo, con un trabajillo de circunstancias, hasta que se le encomienda una última misión, que será al mismo tiempo una oportunidad para redimirse de su derrota.
La perspectiva del mundo del espionaje es muy diferente de la que proponía Graham Greene, por ejemplo en El factor humano. En Greene interesa sobre todo la subjetividad, el espía como individuo cuyo trabajo es ese como podía ser cualquier otro. Para Le Carré, sin perder de vista el lado humano, es más importante la intriga, cómo funcionan los mecanismos del engaño y la simulación, qué leyes gobiernan ese entramado político-militar que hoy llamaríamos Inteligencia, en definitiva descubrir el juego oculto del adversario, anticiparse a sus movimientos, conocerle para debilitarle y destruirle. Y lo que encontramos es que no hay en realidad ninguna ley, nada tiene valor, incluida la vida, al margen del éxito de una misión, eso es lo único que importa.
Las redes de espionaje son realmente una gran trituradora que va destruyendo a todos los que, voluntariamente o no, se acercan a ella, los destruye física o mentalmente, o ambas cosas. No a todos: solo pueden salvarse los que realmente conocen el sistema, quienes carecen de escrúpulos como el sistema exige, y saben mantenerse a flote a cualquier precio. Así vamos distinguiendo entre ese puñado de personajes bien dibujados (idealistas, desengañados, funcionariales) quiénes serán capaces de sobrevivir y quiénes sucumbirán en esa criba inexorable y muy descriptiva.
Según se dice, las novelas de John le Carré, y ésta en concreto, son el canon de la literatura de espionaje, el modelo que muchos otros copiaron después y que se llevó al cine una y otra vez. Y es que realmente el libro está estupendamente escrito, tiene el ritmo perfecto, el grado adecuado de complejidad para no frustrar al lector y que su esfuerzo resulte gratificante, integra ciertos elementos emocionales (la relación entre Leamas y la joven Liz, pero también la envidia de Fiedler, por ejemplo) en la justa medida para no deshumanizar del todo la trama. Y no falta el tanto de literatura forense (ya saben, la larga escena del juicio en donde se dilucidan cosas fundamentales), que tal vez no sea tan novedosa, bien llevada aunque intuyo que con un sesgo anglosajón que puede no ser del todo adecuado.
Un conjunto brillante, donde tiene también cabida la sutileza para describir situaciones de forma que el leguaje digamos literario no es un adorno, sino que esté realmente al servicio de la narración:
‘En todas partes, ese aire de conspiración que se produce entre la gente que está levantada desde el amanecer, casi de superioridad, nacido de la experiencia común de haber visto desaparecer la noche y llegar la mañana.’
Es decir, captando las atmósferas necesarias para contextualizar el relato de forma impecable.
No sé si una historia de espías da como para hablar de literatura de gran calibre pero, si no perdemos la perspectiva de lo que estamos leyendo, hay que decir que el libro se cerca bastante a lo perfecto y desde luego merece ser conocido.




















