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viernes, 29 de agosto de 2025

José Luis Garci: Gun Moll (A Hollywood Story)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

Gun Moll (A Hollywood Story) es una especie de bolsilibro contemporáneo. Así lo indican tanto el tamaño del libro, que mide 9,5x13cm, como la extensión, temática e influencia norteamericana del relato que contiene.

Sigue a dos mujeres que atraviesan el desierto de Arizona en un Chevrolet para llegar a la frontera mexicana. Llevan mucho dinero en efectivo y un cadáver en el maletero. Una de ellas tiene una herida de bala en el hombro. Follan a menudo, ya sea en plena carretera bajo la canícula de julio o en moteles sin aire acondicionado. 

La historia narrada en Gun Moll (A Hollywood Story) no es nada del otro mundo. De hecho, podríamos considerarla esteriotipada, pues su argumento y personajes ya los hemos visto cientos de veces en el género negro. Sin embargo, la dignifican un pelín su prosa, que sin ser excepcionalmente artística rebasa lo meramente funcional, y su manera de ir dosificando la información al lector.

A estos dos elementos que elevan lo que de otra manera sería un texto bastante sencillito, incluso dentro de los parámetros "pulp" a los que podríamos adscribirlo, hay que sumar la atractiva edición con que Reino de Cordelia lo envuelve: tapa dura, cubierta de textura verjurada y catorce ilustraciones de Miguel Navia, que realzan el alto voltaje erótico (por no decir pornográfico, dada su explicitud y gratuidad) de la obra. 

En fin, que estamos ante un bolsilibro contemporáneo que, además de condensar todo lo bueno de este tipo de literatura en su contenido (falta de pretensiones, entretenimiento, arquetipos, dosis de violencia y sexo...), va acompañado por un continente de lujo.

lunes, 16 de enero de 2023

Reseña + Entrevista: Las pesadillas de Joseph Berna. Volumen 13, de Joseph Berna

Quienes me conocen saben que me encanta la literatura "pulp". Siento especial predilección por aquella que se enmarca dentro del terror. Da igual que sea mala; o, mejor dicho, da igual que sea mala, siempre y cuando logre cautivarme con su ingenuidad o "self-awareness". 

Cautivarme; eso es, precisamente, lo que consiguen las ficciones de Joseph Berna. Son malas a rabiar, pero como nunca se toman en serio a sí mismas, resulta imposible no cogerles cariño.

Vamos por partes: Joseph Berna (pseudónimo americanizado de José Luis Bernabeu López) fue un prolífico escritor de bolsilibros. Sobre todo entregó novelas cortas de terror, ciencia ficción y "noir" al público de su época, ávido de escapismo barato y sin pretensiones.

Matraca se ha propuesto rescatar a tan entrañable autor del olvido reeditando concienzudamente su obra. Para muestra, un botón: en la colección Tocho y medio están recopilando cronológicamente todas las novelas de terror escritas por Berna. Y debo decir que, por lo poco que he visto, están haciendo una gran labor. 

¡Fijaos en esas cubiertas! Aunque admito que me gustan más las de Bruguera, admiro el estilo modernizado de las nuevas versiones. Asimismo, valoro los paratextos, ilustraciones y bandas sonoras con que Matraca engalana o complementa sus publicaciones.

En fin: para iniciarme con la producción terrorífica de Berna escogí, de manera totalmente aleatoria, el volumen 13 de Las pesadillas de Joseph Berna (2021). En su interior encontramos tres novelas cortas: El experimento del doctor Marlowe, El Señor de la Noche y Aguijón Mortífero. Abordémoslas una a una. 

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Idioma original: Español 
Año de publicación: 1983
Valoración: Insustancial (a la par que, a su extraña manera, encantadora)

En El experimento del doctor Marlowe tenemos todos los clichés del subgénero de los científicos locos: un "mad doctor", esbirros grotescos, un laboratorio subterráneo, experimentos atroces, sustancias verdosas... Lamentablemente, estos clichés se ejecutan aquí con nula originalidad y cierta torpeza. Por poner un ejemplo: los villanos no intimidan, ya que el lector los ve constantemente en aprietos.  

Por otra parte, de esta historia sorprenden gratamente tres cosas: 1) el nivel de planificación que exhibe su argumento; 2) que haya dejado pasar la oportunidad de recurrir al arquetipo de la damisela en apuros en un contexto que se hubiera prestado a ello; 3) lo contenido que se muestra Berna al introducir toques eróticos. Vamos, que no es un portento narrativo pero, a su humilde manera, funciona.

Idioma original:
 Español 
Año de publicación: 1984
Valoración: Insuficiente (aunque sigue siendo tan mala que es buena)

El Señor de la Noche es un refrito de esas películas de serie B en las que un temible vampiro es revivido, siembra el caos durante un ratito y termina sucumbiendo ante los buenos. Entre medio hay, evidentemente, muslos, tetas, sujetadores y braguitas por doquier, amén de algo de humor ceporro.  

Lo peor de este simpático despropósito son, claramente, los personajes, quienes actúan como si fueran estúpidos. Trevor Bingham deja la puerta abierta de su castillo; quizá se confió, porque vive en un lugar apartado y no se imaginaba que nadie viniera a fisgonear. Pero, habiendo cometido un crimen, ¿puedes permitirte ser tan descuidado? ¡Venga ya! 

Tampoco nuestro héroe es inteligente. El muy cazurro investiga por su cuenta a Bingham. Supongo que un verdadero macho jamás involucraría a la policía, aunque con ello no sólo se ponga en peligro a sí mismo, sino también a su novia. 

¿Y qué hay del barón Ramsey? El temible Señor de la Noche es extremadamente fácil de derrotar porque, en vez de escapar cuando tiene la oportunidad, se echa la siesta en su cripta. Encima, la cripta en cuestión tiene una ventana por la que entra la luz solar. ¡¿Por qué no la sellaste en su día, hombre?! ¿Y por qué, teniendo toda la noche para huir, te quedas en el castillo donde están tus adversarios? Ah, espera, que para curarte en salud les tiendes una trampa, en plan Solo en casa. Ojalá te funcione, majete.

Idioma original: Español 
Año de publicación: 1984
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

Asegura Berna que Aguijón Mortífero es una de sus obras favoritas. Verdaderamente, uno intuye que se lo pasó muy bien escribiéndola. A fin de cuentas, es un despiporre tan entretenido y carismático como, en el fondo, ridículo y trivial.

Va de un alacrán gigantesco que persigue a un pintor y su nueva modelo. La premisa, "cheesy" como ella sola (en el mejor sentido del término) permite al autor meter a mujeres semidesnudas sin que la cosa chirríe demasiado, amén de unas llamadas telefónicas entre Michel Dablon y la policía que tienen su gracia.

En el lado menos positivo encontramos la batalla final, que es decididamente anticlimática, y el tono fluctuante del conjunto.

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Resumiendo: es fácil ver qué patrón siguen las novelas de terror de Berna. Estamos ante pastiches americanizados que recurren desacomplejadamente a todos los clichés del género habidos y por haber; pastiches construidos a base de descripciones y diálogos, que ostentan un estilo taquigráfico y una puntuación dudosa; pastiches que abundan en escenas omisibles y meten sexo gratuito a cascoporro; pastiches que presentan a héroes unidimensionales, villanos de cartón piedra y personajes femeninos despampanantes. 

Pastiches que, en suma, resultan más involuntariamente cómicos que propiamente horroríficos y, aun así, se hacen un hueco en nuestro corazón. Porque cómo no enternecerse ante Berna, quien producía un bolsilibro tras otro con un único y loable objetivo: que el lector se evadiera de la realidad.


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A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Pepe Cueto, editor de Matraca, ha respondido con suma amabilidad:

ULAD: ¿Conociste a Berna en persona? ¿Tenía alguna excentricidad destacable? ¿Era tan, ejem, fogoso que dan a entender sus ficciones cargadas de erotismo? ¿Qué clase de libros leía?

P.C.: Sí, viajé a Valencia expresamente para conocerlo y pasé un fin de semana en su compañía y la de su familia. Me alojé en un hotel cercano a su domicilio y, exceptuando las horas de sueño, el resto del tiempo estuve con ellos en su casa o en la calle, paseando juntos. Fueron muy amables y hospitalarios. 

Berna era todo un señor de los que ya apenas se ven, educadísimo y a la vez cercano y con muchísimo sentido del humor. Se notaba que era muy buen padre y marido. Las fogosidades supongo que las dejaba para la intimidad. No creo que leyese demasiados libros; le interesaba mucho más la prensa, especialmente la deportiva. Durante los años en que escribió para Bruguera sí leyó bolsilibros de todos los autores.

ULAD: ¿Cómo reaccionó al saber que querías publicar su obra, tanto la inédita como la que ya viera la luz en su momento de mano de Bruguera y, en menor medida, Andina?

P.C.: Ilusionadísimo. Su viuda me ha contado que imprimió el correo electrónico que le envié proponiéndoselo, y no recuerdo bien si incluso llegó a enmarcarlo. Yo creo que se sintió reconocido y rejuvenecido, después de tantos años en el olvido. De hecho, cuando se lo propuse estaba pasando un momento de salud muy delicado (acababa de salir de una neumonía) y mejoró bastante.

ULAD: ¿De dónde proviene tu devoción por su literatura y su persona?

P.C.: Me suelen atraer los perdedores, e igual que no me fío cuando todo el mundo alaba a una persona, tampoco lo hago cuando es denostada. Personalmente no considero que Berna escribiese ninguna obra maestra, pero todos sus libros son puro entretenimiento y diversión. 

Teníamos una relación muy buena, y él me daba todas las facilidades para los proyectos que se me ocurrían e incluso me ofrecía su ayuda (por ejemplo con la revisión de textos). También su memoria de elefante ayudaba bastante a admirarlo, ya que era una enciclopedia viviente.

Como persona, lo considero un ejemplo a seguir. Como escritor... Sobre gustos, los colores. Yo, desde luego, me río leyendo sus obras y recurro a ellas cuando necesito desconectar de los sinsabores diarios.

ULAD: Tengo la impresión de que Berna es más ninguneado que sus colegas del bolsilibro patrio. ¿Estás de acuerdo? En caso afirmativo, ¿a qué crees que se debe esto?

P.C.: Berna no es universalista, sino que hace una obra muy centrada en un momento concreto de la historia de España: el llamado destape que tuvo lugar durante la transición entre la dictadura y la democracia, es decir, años setenta y ochenta. Todos los jóvenes que no habían nacido en aquellos años no pueden entender esa mentalidad. Había muchísimo interés por todo lo relativo a la sexualidad, después de varias décadas de represión, y se manifestó en todos los productos culturales: libros, películas, cómics, etcétera.

Luego hay personas que aman un género en concreto, por ejemplo la ficción científica, y en las novelas de Berna de dicho género no encuentran lo que van buscando, porque Berna en realidad no escribía novelas de los distintos géneros, sino que usaba las constantes temáticas de los mismos como excusa para dar rienda suelta a su particular sentido del humor. Esto puede provocar que una novela de ficción científica de Berna parezca una mala novela de ficción científica, cuando en realidad ni siquiera es una novela de ficción científica, sino una novela de humor picante con apariencia de ficción científica. Lo mismo puede decirse de sus novelas policiacas, del Oeste, etcétera.

Finalmente, Berna no tendría un estilazo, pero te aseguro que su sintaxis era impecable, y los revisores de Bruguera raramente tenían que hacerle correcciones.

ULAD: ¿Cuáles son tus novelas favoritas de Berna? ¿Las recomendarías a alguien que quisiera iniciarse con él, o en ese caso seleccionarías otras?

P.C.: Mi novela favorita es, con diferencia, La máscara del mal. Porque se la propuse yo, porque fue la obra que supuso su retorno a la escritura después de más de veinte años, porque me la dedicó y porque yo mismo la prologué.

Quizá las mejores novelas de Berna sean las primeras y las últimas, que escribió sin apenas presiones editoriales. Cuando digo las primeras me refiero a las que ahora estamos reeditando en Matraca en formatos digitales. Cuando digo las últimas me refiero a las que escribió desde 2018, pues se tomaba el tiempo que necesitaba, sin plazos de entrega. Siento especial devoción por la primera de todas sus novelas, La misteriosa Stella.

En general, creo que sus mejores novelas son las policiacas y las del Oeste. Berna era un humanista y se movía mejor al margen de los elementos fantásticos, tan frecuentes en otros géneros como la ficción científica o el terror.

Y como curiosidad, Berna tiene una novela que se salta todas las barreras habituales del bolsilibro: La gran semana, cuyo género es el humor puro, sin escudarse detrás de otro género, y cuya extensión es muy superior a la de los demás bolsilibros. Me contó que cuando dejó de escribir para Bruguera necesitó escribir algo diferente, y el resultado fue La gran semana, que para colmo transcurre en España en vez de en Estados Unidos.

ULAD: En Matraca habéis tomado una decisión formal arriesgada: reeditar clásicos "pulp" precedidos por cubiertas modernas. Aunque la jugada os ha salido bien, debo preguntar: ¿por qué no conservasteis la identidad gráfica tradicional de esta clase de literatura?

P.C.: En general no soy muy amigo de hacer nada como se ha venido haciendo hasta ahora, para desgracia de los más puristas. Yo quería rediseñarlo todo desde cero. Lo de las portadas no es la única innovación; los bolsilibros tampoco llevaban ilustraciones interiores, ni prólogos, ni conversaciones con los autores. 

Aparte, la literatura popular de principios de siglo, por ejemplo la colección La Novela Popular, tenía unas portadas muy modernas y vanguardistas. Yo en un primer momento quise que las ilustraciones de las portadas fuesen conceptuales, y muchas lo son.

ULAD: El volumen 13 de Las pesadillas de Joseph Berna se cierra con un relato de tu autoría. Me han gustado mucho su premisa, su imaginería y la caracterización del protagonista; sin embargo, admito que me ha parecido bastante diferente a lo que escribía Berna, quien apenas hacía hincapié en la psicología de sus personajes. ¿Consideras que Berna te ha influenciado en tanto que escritor?

P.C.: Bueno, en los relatos complementarios de la colección se le da mucha libertad al autor. En la serie Los piratas de Curtis Garland, lo único que se le pidió a los autores fue que los relatos tratasen sobre la piratería. En Las pesadillas de Joseph Berna, que fuesen de terror. En Las elucubraciones de Adolfo Quibus, que apareciese el periódico The Cronical Post. Es decir, no es preciso imitar el estilo de Curtis Garland, ni de Joseph Berna, ni de Adolfo Quibus.

Es lógico que yo me interese más por la psicología de los personajes que Berna, puesto que la psicología es mi profesión y llevo veintisiete años dedicado a la misma. Lo de los libros es una afición.

Confieso que el protagonista de mi relato existe: es un cura del colegio en el que estudié, y ese relato es mi pequeña venganza por las torturas psicológicas que yo y el resto de mis compañeros tuvimos que soportarle. Un compañero mío insiste en que escriba más relatos protagonizados por el padre Sebastian Square.

No creo que Berna me haya influido mucho, puesto que yo llevo leyendo ávidamente desde la más tierna infancia, y a Berna únicamente desde hace poco más de cinco años. Sí hay un recurso suyo que me gusta utilizar, aunque no con la frecuencia que lo hace Berna: el párrafo de una sola línea, preferiblemente corta. Si por ejemplo yo en un párrafo describo una situación inesperada, y en la última línea de dicho párrafo digo: «Todo el mundo se quedó boquiabierto», esa frase no tiene la misma fuerza que si la pongo aparte. Claro, si todos los párrafos son de una sola línea, entonces no. Berna lo hacía porque tenía que entregar una novela a la semana (algunas épocas incluso seis novelas al mes); yo lo hago, como te digo, para subrayar algo. Y cada vez que utilizo ese recurso, me acuerdo de él, que era un buen amigo al que echo mucho de menos.


También de Joseph Berna en ULAD: Los Aliados de la Noche

sábado, 27 de septiembre de 2025

Ralph Barby: Alguien pintó el mal

Idioma original: Español
Año de publicación: 1981
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

Alguien pintó el mal es el bolsilibro número 425 de la mítica Selección Terror de Bruguera. Lo escribió Ralph Barby (pseudónimo de Rafael Barberán Domínguez), prolífico autor de literatura popular que tiene en su haber la friolera de un millar de obras de todo tipo de géneros.

El argumento de Alguien pintó el mal es el siguiente: el ya jubilado juez Cunning se lleva clandestinamente a Dorothy Ambross, una médium internada en un manicomio, al único caserón situado en una pequeña isla rodeada de un río. El juez quiere emplear los poderes de Ambross, así como la magia que permea el lugar, para contactar con Natalie Norton, una mujer que fue asesinada hace dos años. Laura Berner, la enfermera que cuida a Ambross, y Aldo Wassermann, sobrino de la propietaria del caserón, asisten a la sesión de espiritismo oficiada por Cunning. Pronto se preguntan si lo sobrenatural existe realmente y si el juez no está dispuesto a todo con tal de conseguir su objetivo.

Si bien Alguien pintó el mal es una novela corta simple e incluso algo rudimentaria, cumple holgadamente su cometido (es decir, entretener) e incluso funciona sorprendentemente bien, al menos para los estándares de los bolsilibros. A fin de cuentas, te mantiene enganchado a lo largo de sus 96 páginas, su nivel de planificación es razonablemente alto y logra erigir un par de escenas particularmente siniestras. 

Por supuesto, Alguien pintó el mal hubiera podido pulirse, ya que presenta erratas, una prosa pedestre, clichés del género, personajes y escenarios superficialmente descritos, un final precipitado (aunque no necesariamente anticlimático) y un morbo y erotismo que pecan de ingenuos para lectores contemporáneos. No obstante, todas estas carencias son fácilmente perdonables en una ficción sin pretensiones, cuyo autor escribía libros sin descanso. Incluso le dan ese simpático toque casposillo y cutre al conjunto, propio de libros de terror "pulp", que los fanáticos tanto apreciamos.

miércoles, 22 de octubre de 2025

VV.AA.: Bolsilibros Yeray 06

Idioma original: Español
Año de publicación: 2023
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

La sexta entrega de la colección de bolsilibros de Yeray Ediciones está centrada, al igual que la segunda, en el género de terror. Su nivel medio me ha parecido inferior al de su predecesora; aun así, las dos novelas cortas y el relato que agrupa dan lo que prometen (es decir, literatura popular tan simple y modesta como disfrutable).

Grimorio, de Carlos Díaz Maroto, sigue los pasos de Cristina Echevarría, la dueña de una librería de viejo que se topa con un volumen que alberga conocimientos prohibidos. En general, su argumento fluye e incluso toma derroteros que, sin ser excesivamente creativos, resultan interesantes. Por otra parte, la evolución de su protagonista, aunque hubiera podido plasmarse de manera más orgánica, resulta creíble. Y dos de sus escenas son bastante divertidas (desde el punto de vista de un lector amante de la casquería, claro).

El ladrón de novelas, de Cameron Crane, describe la lucha entre un escritor y un compañero de profesión que se dedica a plagiar a otros mediante un artefacto hebreo nutrido con alquimia. Esta historia debe ser abordada como la alocada aventura "pulp" sin grandes pretensiones que es. De otro modo, pueden chirriarnos algunas de sus decisiones (el estilo un tanto pedante, teniendo en cuenta lo que está narrando, o determinadas justificaciones argumentales, que a mí me rompieron la inmersión por rocambolescas o innecesarias).

"El secreto de Angus Wheeler", de Miguel Ángel Naharro, trata sobre cómo el nuevo vigilante de un cementerio descubre la existencia de los gules. Fuertemente inspirado por H. P. Lovecraft, no aporta nada a la mitología concebida por este escritor, pero tiene algún pasaje grotesco que hará las delicias a los incondicionales del Soñador de Providence.

Por todo lo dicho, la sexta entrega de la colección Bolsilibros Yeray mantiene el loable afán de resucitar el formato bolsilibro y reivindicar la literatura popular. Lamentablemente no alcanza, al menos a mi juicio, el nivel de la segunda, la cual, pese a las limitaciones y humildad intrínsecas de esta clase de apuestas editoriales, contenía textos que exhibían mayor solvencia y arriesgaban un pelín más. 

martes, 11 de abril de 2023

Sergio Salvador Campos: Los Comuneros

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Se deja leer (y a mucha honra)

Los Comuneros, de Sergio Salvador Campos, es una novelita "pulp" editada por Matraca. Entretiene y se lee de una sentada, pero su irregularidad y su escasa memorabilidad dejan un sabor agridulce. 

¿De qué trata? El detective Hermann se infiltra en una secta; aunque su objetivo principal es liberar al hijo de un ministro, está dispuesto a desarticularla completamente en caso de hallar indicios criminales. 

Empecemos señalando las virtudes de esta ficción quiosquera:

  • Su acabado global, ingenuo a la par que entrañable.
  • La prosa, pedestre pero funcional.
  • Algunas de sus ideas. Lástima, eso sí, que en la mayoría de los casos no estén del todo desarrolladas.
  • Presenta la situación y los personajes sin demorarse excesivamente, pero con un grado de profundidad del que la segunda mitad carece. 
  • Siembra semillas prometedoras, que por desgracia no florecerán más adelante.
  • La reincorporación de Ingrid propicia dinámicas y conflictos interesantes, amén de un arco más o menos logrado. 
  • La organización interna de la secta (esa jerarquía compuesta por el líder, los dadivosos, los necesarios y los novicios) está bien explicada y resulta, hasta cierto punto, creíble. Asimismo, la jerigonza mística de Alpha es bastante verosímil. 

Por otro lado, a Los Comuneros se le podría reprochar que:

  • La segunda mitad de la historia se siente excesivamente apresurada. Supongo que la intención del autor era imprimirle un ritmo adrenalínico; por desgracia, dicho ritmo no sólo se nota en las escenas de acción, sino en todas. 
  • Se cierra con un "deus ex machina" de manual.
  • Los personajes son, en general, bastante planos. Además, a algunos se les da un foco excesivo, ya que luego de aparecer una o dos veces no vuelven a ser mencionados. Pienso, por ejemplo, en los guardaespaldas de Alpha.  
  • El protagonista no consigue que empatices con él, pues su caracterización es tan simple como exageradamente positiva. Personalmente le hubiera hecho moralmente gris, quizá aprovechando el tiempo que estuvo infiltrado en la mafia. ¿Y si tuvo que cometer actos atroces entonces, para ganarse la confianza de los criminales a los que trataba de engatusar? Eso podría haber dado juego a la hora de sumergirlo en los Comuneros y, sobre todo, durante el reencuentro con Ingrid. Imagináoslo: ¿y si hubiera abusado de ella, junto a los otros, ya sea para aparentar o por un momento de debilidad humana? ¿Qué implicaciones tendría esto en sus esfuerzos para liberarla de las garras de los mafiosos, en su tentación por abrazar una vida más harmoniosa de la mano de los Comuneros y en su posterior romance? Y bueno, puestos a permanecer fieles a su caracterización original (insisto que, a mi juicio, excesivamente positiva), ¿por qué no hacer énfasis en su impulsividad, la cual es, supuestamente, su único defecto?
  • La trama policiaca tiene inconsistencias. Por ejemplo, el hecho de que el protagonista, pese a la precipitación con que le hacen aceptar el caso, va bien preparado en algunos aspectos, mientras que descuida otros tremendamente obvios. ¿De veras me tengo que creer que no ha buscado en internet cómo entrar en contacto con la secta y que es el encargado del hotel en que se aloja quien le proporciona la información?    
  • Una vez Hermann empieza a desentrañar secretos, la coherencia interna de la obra se viene abajo. Por más que Sergio intente justificarlo, no me creo que sea tan fácil infiltrarse en determinadas áreas del recinto, o se deje el acceso a las armas sin candado.
  • Multitud de elementos podrían haberse introducido de manera mucho más orgánica. Hay otros que únicamente abultan el conjunto y, por tanto, son susceptibles de poda.

En definitiva, Los Comuneros es una ficción recomendable para los amantes del "pulp" más genuino. De todos modos, tengo que reconocer que incluso a un servidor, quien reivindica el género a capa y espada, le ha parecido una lectura un tanto regulera.

A la obra de Sergio la acompañan, en la edición que yo he leído, relatos de diversos autores. Éstos amplían el mundo y los personajes de Los Comuneros; mientras que algunos aportan poco, otros expanden el material de base en direcciones interesantes. 

Por cierto, el colegueo que se aprecia en los paratextos de este bolsilibro (prólogo, entrevistas, ilustraciones…) me parece entrañable, aunque puede sobrarle a quienes no tenemos un vínculo directo con Matraca, su catálogo, su editor o su plantilla de escritores.