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domingo, 23 de noviembre de 2025

J.M. Coetzee: El polaco

Idioma original: inglés
Título original: The Pole
Año de publicación: 2022 (primero se edita en castellano por movidas de Coetzee)
Traducción: Mariana Dimópulos
Valoración: Está bastante bien

El Polaco (no confundir nunca con el cantante de cumbia argentino) es, probablemente, la última novela de Coetzee, considerando que ya tiene 85 años. Tengo para mí que hubiera sido inmejorable cerrar su trayectoria con la trilogía de Jesús, una gran sorpresa cuando la leí hace varios años; me costaba creer que a cierta edad uno pudiera producir, aún, novelas que estuvieran perfectamente a la par de sus mejores obras (léase Desgracia, La edad de hierro, etc). Pero el buen hombre habrá sentido que le faltaba por decir algo más, y decidió encarar sus temores y obsesiones por el lado de reversionar la historia de Dante y Beatriz (esto tomado con pinzas, incluso el propio libro discute el mito y lo equipara a otros como el de Orfeo y Eurídice, pero es lo que subrayan casi todas las demás reseñas).

La figura de Dante la encontramos en Witold (que a mí me suena a nombre bastante común, pero quizás sea por pensar en Witold Gombrowicz), un polaco "que ronda los setenta, unos setenta vigorosos, es un pianista conocido como intérprete de Chopin, pero un intérprete controvertido". Es un hombre al principio frío, pero luego, cuando conoce a su Beatriz  (una catalana que organiza ciclos y recitales en honor a distintos intérpretes de música clásica) en uno de los conciertos que brinda, le vuelve la pasión en su vida e intenta, por todos los medios y de una forma entre compasiva y lastimera, acercarse a ella, que lo rechaza varias veces y a la vez piensa en el rol que juega en esa extraña relación, la de no querer un nuevo amor (ya tiene una familia armada) y la necesidad de experimentar algo que la saque de esa rutina sin trastocar toda su vida.

Se menciona la originalidad (o al menos que no es costumbre elegirlo) del punto de vista no del que ama, en este caso el pianista Witold, sino de la amada Beatriz (y su nombre es literal). Para mí no es un punto a destacar en el sentido formal de la innovación/estructura, sobre todo cuando la trama es la que he descrito en el anterior párrafo. Es más inusual, pero eso no implica que signifique un descubrimiento acerca de lo que uno piensa y siente cuando otra persona se empecina en acercarse y conocerte. Si acaso, destaco la construcción de la novela en breves notas, como si fuera el diario de un escritor que se plantea cómo escribir esa historia (de hecho, las primeras notas contienen descripciones de ambos y los esbozos de lo que será la trama), y luego la misma cobra impulso y el autor (¿o narrador?) se deja llevar.

Hasta ahí, puede parecer la típica historia de "vos me amás, yo pienso que exagéras, pero mantengamos una especie de contrato donde ninguno salga herido emocionalmente" (que no suele funcionar), pero la historia da un giro con cierto suceso, a lo cual Beatriz se replantea toda su relación y empieza a hacer gestos que uno ve como desesperados e irracionales, y que ella misma los ve así y no sabe por qué los hace (ella se considera una "persona inteligente, pero no reflexiva"), y a raíz de eso el libro profundiza mucho más en las miserias del amor no correspondido, en la incomodidad de la carga que a uno le significa ser amado, verse representado en un altar a los ojos de otra persona, haber participado, aunque un papel mínimo, en esa construcción, y no sentirte correspondido en ese ideal, no saber cómo destruirlo, no tener ni el tiempo ni las ganas de que esa visión se solidifique o derive en algo más profundo.

Es hasta cierto punto divertido leer las justificaciones de un personaje que se considera civilizado y acoplado a todas las normas sociales (y para quien los ideales y los sentimientos son una cosa en la que creer pero no experimentar) y observar cómo se va derrumbando de a poco ese sistema de ideas, no hasta el absoluto, pero lo suficiente para experimentar una transformación. Que de eso se trata el amor, parece decirnos Coetzee (y se suma a la larga nota de pie de los herederos del verdadero romance), de recibir una herida por exponerte y que no puedas permanecer como el mismo de antes.

Más obras de Coetzee acá:









lunes, 2 de mayo de 2022

Lauren Beukes: Zoo City

Idioma original: Inglés
Título original: Zoo City
Año de publicación: 2010
Traducción (al catalán): Lluís Delgado
Valoración: Entretenido

Zoo City transcurre en nuestro mundo. Bueno, en el que sería nuestro mundo si, de un día para otro, aquellas personas que se sienten culpables por algo manisfestaran un animal y un don. 

Zinzi December, una joven negra de 29 años, es la heroína de esta historia. Tiene un Perezoso. También es capaz de hallar objetos perdidos o seguir el rastro a personas desaparecidas. Aunque por norma general rechaza los trabajos del segundo tipo, la falta de dinero hará que se involucre en un caso bastante turbio.    

La novela de Lauren Beukes es interesante por varias razones: 

  1. Integra géneros y registros con absoluta maestría (fantasía urbana, distopía, "noir", romántica...).
  2. Presenta un "worldbuilding" complejo y hasta me atrevería a decir que moderadamente original. 
  3. Expone el mentado "worldbuilding" de forma orgánica.
  4. Introduce una protagonista (y narradora) poco edificante con quien es, sin embargo, fácil empatizar.
  5. En su argumento abundan el misterio, el drama, la acción y la crítica social. 
  6. Explora temas como la desigualdad, la discriminación o la redención desde una perspectiva curiosa.  

Por otro lado, querría señalar que hay algunos apartados en los que, a mi juicio, la obra no acaba de funcionar del todo. A saber:

  1. La ambientación sudafricana nunca acaba de cuajar.
  2. Su trama detectivesca abusa de las conveniencias y se ve lastrada por ciertas lagunas.
  3. El sistema de magia expuesto queda un tanto desaprovechado. 
  4. Determinados secundarios son relegados a papeles muy anecdóticos. 

Sea como fuere, Zoo City es una ficción entretenida a la par que enjundiosa. Especialmente recomendable para lectores "young adult", aunque también satisfará a los amantes de la literatura de aventuras, de los "thrillers" intensos o de las realidades alternativas con toques fantásticos.

Para ir terminando, me gustaría felicitar a Mai Més. No sólo por publicar al catalán esta joyita de Beukes, sino por hacerlo con una elegancia envidiable. Fijaos en la estupenda cubierta de su edición; nada que ver con las de versiones anglosajonas, a cual más hortera.  



lunes, 6 de julio de 2020

Deborah Levy: Cosas que no quiero saber

Idioma original: inglés
Título original: Things I Don't Want to Know
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz
Año de publicación: 2013
Valoración: entre recomendable y está bien

Sucede en varios escritores que, cuando llegan a ciertas edades y después de una vasta carrera literaria, se aventuran a escribir sus memorias. Este es el caso del libro que nos ocupa, donde Deborah Levy, después de tratar diferentes estilos literarios que van de la poesía a la novela, de la dramaturgia a los relatos cortos, escribió este primer volumen que forma parte de un tríptico donde explora el hecho de ser mujer, como respuesta al «Por qué escribo» de George Orwell.

En esta novela autobiográfica, Levy parte de un episodio puntual del pasado en el que subiendo unas escaleras mecánicas rompía de golpe a llorar, pues le devolvían recuerdos de un pasado que no conseguía olvidar, lugares a los que no quería volver, por dolorosos y tristes, por impactantes y aflictivos. A partir de esta anécdota, Levy nos devuelve a su pasado para hablarnos de maternidad, una maternidad casi impuesta por las expectativas de una sociedad hacia a las mujeres, una maternidad que recuerda escribiendo que «ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos». Así describe, como los sueños e ideales que crecen en la juventud, se ven arrasados por la implacable presión de la sociedad del momento, algo que me recuerda en gran parte de Annie Ernaux y su «mujer helada».

De esta manera, con afinadas disertaciones sobre la maternidad y añadiendo fragmentos o citas de libros de Marguerite Duras, Simone de Beauvoir o Julia Kristeva, Levy analiza la sociedad en clave de la maternidad, exponiendo las condiciones en las que las mujeres afrontan ese cambio y se someten (o adaptan) a la nueva vida. Un cambio de vida adoptado, y al que la autora se adapta, con cierto recelo, intentando no ver su yo anterior discrepante de ese tipo de vida, «esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí, gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa».

Levy, también nos habla de su niñera, Zama (a quien ella llama Maria), y de su infancia en una Johannesburgo sumergida en el apartheid y en la que su padre fue detenido en su casa por luchar por conseguir la igualdad de derechos humanos, pues, tal y como afirma Maria «si no crees en el apartheid puedes acabar en prisión. Hoy tienes que ser valiente y mañana también, igual que motones de niños que tienen que ser valientes porque también se han llevado a sus padres y sus madres». Esta parte del libro, narrando su infancia, contiene más carga emocional y menos de denuncia, rememorando los recuerdos marcados por la estricta enseñanza en la escuela, el racismo existente, y la voz de Melissa, su amiga, quien «fue la primera persona que me animó a alzar la voz», alguien de quien «sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él». Son recuerdos duros, donde la política y la ideología marcaron su visión de la vida, así como también la propia vida familiar, con un padre preso durante casi cinco años por sus ideas políticas. Una etapa difícil, que les llevó a emigrar al Reino Unido, con muy poco pesar por dejar a tras una tierra de la que no guarda buenos recuerdos, afirmando incluso que «no quiero saber nada del resto de mis recuerdos de Sudáfrica. Cuando llegué al Reino Unido, lo que quería eran recuerdos nuevos».

Así enlaza la autora con la parte final del libro, donde Levy nos habla de cuando emigró a Inglaterra a los quince años y la separación de sus padres. La sensación de temporalidad, de no integrase en un país, de echar de menos detalles cotidianos de Sudáfrica que le habían pasado desapercibidas hasta que ya no constaban en su nuevo mundo, afirmando que «echaba de menos el olor de plantas cuyos nombres no recordaba, el sonido de pájaros cuyos nombres ignoraba, el murmullo de idiomas que no sabía nombrar». Y la autora, en ese terreno perdido, en esa tierra sin nombre que ocupa el espacio central de una vida que la autora no sabe dónde ubicar geográficamente, una vida sin un lugar definido donde echar raíces, que sentencia afirmando que «yo había nacido en un país y crecía en otro, pero no sabía a cuál pertenecía».

Por todo lo expuesto, vale la pena la lectura de este libro pues, aunque a pinceladas, aporta reflexiones interesantes, valientes y que probablemente interpelan a muchos lectores, a pesar de que, lamentablemente, en su conjunto no conserve esa potencia, esa denuncia que uno esperaba al leerlo y que sí contienen las frases extraídas del libro que contiene la reseña. Y puede que la causa de esta parcial recomendación (y aunque no debería ser así, pero es algo que no puede evitarse) es que, leyéndolo, uno se acuerde de Vivian Gornick o Elizabeth Hardwick en sus libros autobiográficos (o incluso Annie Ernaux, con una narración más novelada y menos fragmentada) y entonces constate una evidente distancia en impacto y calado. Pese a ello, su lectura nos abre la posibilidad de reflexionar sobre la vida, y eso es algo que siempre es interesante.

domingo, 21 de enero de 2018

Trevor Noah: Prohibido nacer

Idioma original: inglés
Título original: Born a crime
Traducción: Javier Calvo
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable


Trevor Noah es un fenómeno mediático de primer orden desde que Jon Stewart lo designara como su sucesor al frente de The Daily Show (un famoso late-night talk en EEUU). Y no lo menciono como mero relleno introductorio, sino para que quede bien claro que cualquier cosa que se publicara a partir de aquel momento, bajo la autoría de Trevor Noah, tenía todos los números para arrasar en el mercado editorial. (Para que luego digan que Penguin Random House no apuesta por autores noveles).

Resumen resumido: las vivencias de Trevor Noah en su Sudáfrica natal durante y después del apartheid. Se trata de un periodo que se remonta antes de su ilícito nacimiento (puesto que conoceremos las andanzas de su madre, la díscola Patricia Nombuyiselo en los años previos a la concepción, también ilícita, de su primogénito), hasta que éste se emancipa del hogar familiar. 


Prohibido nacer no es alta literatura ni lo pretende, es un producto editorial con una factura muy cuidada y una buena estrategia narrativa. Se sustenta en el interés por un hecho histórico y controvertido (el apartheid), en el punto de vista en relación a los hechos (reales) y en la voz del narrador ¿Y qué tiene de especial esta voz?
  • Es la voz de una víctima.
  • Se dirige al lector con franqueza para explicar unos hechos que le han dejado una profunda marca emocional, 
  • Hace auto crítica y no cae en la auto compasión, 
  • Destila cierta inocencia (dada la corta edad del protagonista en buena parte del relato) 
  • Es ágil y fresca y ameniza la lectura por muy triste que pueda resultar lo que relata. 
Todo eso contribuye a que el lector confíe en el narrador y empatice con su situación prácticamente desde la primera línea. Más allá de eso, Trevor Noah juega también la carta de explotar su vis irónica y mordaz, no solo en el estilo si no también en la mirada; Trevor Noah es capaz de darle la vuelta a cualquiera de sus anécdotas sobre miseria, segregación o incultura:
«En todos los barrios pijos hay una familia blanca a la que se la suda todo. Ya sabéis de qué familia estoy hablando. No cortan el césped, no pintan la cerca y no arreglan el tejado. Tienen la casa hecha una porquería. Pues bien: mi madre encontró esa casa y la compró, y de esa forma consiguió meter a una familia negra en un sitio tan blanco como Highlands North».
Los arranques de capítulo suelen ser de este estilo, más parecidos a un monólogo humorístico, y te ríes y mucho; el desarrollo posterior mantiene la agilidad y el tono desenfadado sin que ello vaya en detrimento de la exposición de los hechos que, por muy tristes que sean, siempre lucen una pátina luminosa. Porque así son Trevor y su madre: dos almas positivas y peleonas, y ese espíritu impregna toda la narración. Me han gustado especialmente las reflexiones en relación a las diferentes lenguas y a las diferentes razas:
«El racismo nos enseña que el color de la piel nos distingue. Pero como el racismo es estúpido, es fácil engañarlo. Si eres racista y conoces a alguien que no tiene tu aspecto, el hecho de que no pueda hablar como tú refuerza tus prejuicios racistas. Esa persona es distinta, menos inteligente. (...). Sin embargo, si la persona que no tiene el mismo aspecto que tú habla el mismo idioma, tu cerebro se cortocircuita porque tu programa racista no incluye esas instrucciones en el código».
Antes mencioné una estrategia narrativa. El libro se estructura en tres partes que van desarrollando de un modo más o menos cronológico la infancia y juventud del protagonista. El interés por las vivencias de Trevor Noah está en su mismo origen: una madre muy negra —xhosa— y un padre muy blanco —suizo— en pleno apartheid (que nadie se me ponga nervioso que eso se explica en la contraportada). También en la contraportada se puede leer: «Mi madre me quería tanto, que tuvo que tirarme de un coche en marcha para que huyera». Lo uno y lo otro ya da para tener al lector pegado al libro un buen rato. Pero el mayor intríngulis está justo en aquello que no se cuenta o solo se menciona puntualmente, una vez en la primera parte, una vez en la segunda y al final de la tercera conocemos el desenlace. Hablo de violencia, son los únicos momentos en los que la voz del narrador se ensombrece por la incomprensión y la tristeza. Porque Trevor Noah y su madre salieron airosos de la violencia del sistema pero no les fue tan bien con la violencia doméstica. Y estas memorias son, con apartheid o sin él, un amoroso homenaje de un hijo a su madre, una mujer muy muy especial como podréis comprobar. 

Tal vez por lo mucho que se dilata innecesariamente la historia con el fin de postergar al máximo el clímax final, es por lo que a partir del último tercio tuve la sensación de que la narración perdía fuerza y ya no aportaba nada nuevo. Cuesta creer que una vida como la de Trevor Noah no dé para trescientas páginas interesantes, el lector se muere de ganas por saber cómo ese muchacho larguirucho y espabilado logra escapar de la miseria y acaba siendo el presentador de uno de los late más reputados de EEUU. Pero eso no te lo cuentan. Te quedas con que se emancipa de casa siendo muy joven y sin intención de ir a la universidad, y lo que sucede entre ese momento y su regreso para el gran final dramático (cuando él ya se ha hecho un nombre en la televisión Sudafricana) se sustrae deliberadamente y como lector te sientes estafado lo más grande; blasfemas, pataleas y maldices aún a sabiendas que igualmente comprarás esa segunda parte que ya debe estar lista y a la espera en algún cajón de madera de la buena. 

En cuanto al título, Prohibido nacer hace referencia directa al conflicto del narrador y protagonista ya que él es la consecuencia de la cópula (ilegal) entre dos miembros de dos razas distintas. Más allá de eso, sintetiza de un modo contundente la estupidez legislativa del aparato apartheid (en el libro se dan ejemplos de algunas de aquellas leyes y os aseguro que son dignas de enmarcar y colgar en el salón). El título original Born, a crime va en la misma dirección aunque resulta más emotivo y menos mordaz. 

No obstante y a pesar del molesto tufillo mercantilista, me reitero en mi recomendable (alto). Es difícil resistirse a un libro que tanto enseña como divierte y emociona.

viernes, 20 de octubre de 2017

Deborah Levy: Nadando a casa

Idioma original: inglés
Título original: Swimming Home
Año de publicación: 2011
Traducción: Susana de la Higuera Glynne-Jones
Valoración: está bien (supongo...)

Veamos: novela corta, compacta, con pocos escenarios y tan sólo un puñado de personajes: se trata de un famoso poeta que pasa las vacaciones con su familia y unos amigos en una villa de la Costa azul, cerca de Niza. Comienzo llamativo, prometedor: un día en la piscina de la finca aparece desnuda una hermosa y enigmática joven -tranquis, que no está muerta; esto no va de crímenes-, que es invitada por la esposa del poeta a quedarse con ellos... Todo apunta a tragicomedia sobre las debilidades y contradicciones de la clase burguesa intelectualoide, con la chica, Kitty Finch, actuando de catalizador. Prosa más que correcta, por otra parte; "esto me lo ventilo yo en una tarde", piensa uno...

Pues que si quieres arroz, Catalina... me ha costado un número inconfesable de días terminar esta novelita. Sin duda, no es culpa suya; ya digo que creo que cualquiera podría con ella en una tarde, a lo sumo dos. Y es cierto que tanto mis circunstancias personales como los acontecimientos políticos (para qué les voy a contar) han hecho que me dispersara lo impredecible con esta lectura. Que, por otra parte, de cómica tiene muy poco y sí bastante de tragi-; amén de que la figura de Kitty sí resulta ser un catalizador de los problemas larvados, aunque no exactamente como yo preveía... (esto, he de decirlo , me parece lo más interesante de la novela). Fatalismo, autodestrucción y desequilibrio como ingredientes fundamentales del plato. Desencuentro. Infelicidad. Desamparo existencial, si se quiere... En suma, una serie de cosas que hacen que una historia más o menos dramática no pinte mal, lo que supongo que significa que está bien. O viceversa.

Pero el caso es que, al final, lo que se impuso fue el ruido de fondo, lo que impidió que este mediocre lector se concentrara y ahora, más aún, le impide dar un dictamen consistente sobre lo leído. Porque si, como se dice, es el lector el que escribe o al menos completa un libro cada vez que éste es leído, a mí me ha salido un libro difuso, fragmentario e irregular. Cosa que, probablemente, no sea cierta, si quien lo lee es uno de vosotros. Pero también puede que, si una narración, por interesante que nos parezca a priori, no logra mantener nuestra atención, subyugarnos, por decirlo así, entonces tampoco cumpla su primera función. Que no es la de enseñarnos cosas, entretenernos ni deleitarnos con la belleza del lenguaje, sino absorbernos, arrebatarnos y mientras duren sus páginas otorgarnos un plus de vida, una intensificación de nuestra existencia como no podría hacerse de otra manera...

Aunque igual estoy equivocado ¿qué opináis?



martes, 18 de octubre de 2016

J. M. Coetzee: Vida y época de Michael K.

Idioma original: inglés
Título original: Life and times of Michael K
Año de publicación: 1983
Valoración: Recomendable

Ahora que se acaba de fallar (con la inevitable polémica) el Nobel de literatura, no está mal volver a uno de los Nobel más indiscutibles del siglo XXI: el sudafricano Coetzee, autor de una obra sólida como pocas en la que destacan novelas como Esperando a los bárbaros o Desgracia. Esta Vida y época de Michael K fue una de sus primeras novelas, y le valió el primer Booker Prize de su carrera. Personalmente, me parece inferior a Esperando a los bárbaros, que había sido su novela anterior, pero en cualquier caso no se puede decir que sea un premio mal atribuido.

Vida y época de Michael K habla de los temas recurrentes de Coetzee: la violencia de su Sudáfrica natal, la lucha por la supervivencia, el conflicto entre el individuo y un poder autoritario, el sentido de la vida humana en medio de la miseria y la guerra... (Curiosamente, para una novela sudafricana escrita y situada en los tiempos de Apartheid, la cuestión racial ocupa un apartado mínimo: solo en una nota de pasada nos enteramos de que el protagonista es un colored male, y del resto de personajes ni siquiera eso. ¿Problemas de (auto)censura?)

Todos estos temas se encarnan en este caso en Michael K, un hombre que nace con un defecto físico (un labio leporino que le dificulta la comunicación), y que vive una vida de aislamiento, reclusión, hambre y persecuciones en el contexto de la guerra fronteriza de Sudáfrica. Cuando su madre enferma y se queda prácticamente inválida, Michael decide cargar con ella en un carro y sacarla de Ciudad del Cabo y llevarla a la tierra de sus antepasados. Tras su muerte, Michael se queda completamente solo en el mundo, e intenta llevar una vida simple viviendo de lo que consigue arrancar de la tierra, algo que no permiten los guerrilleros ocultos en la zona, ni el ejército o la policía, empeñados en criminalizar a Michael y obligarlo a internarse en campos de rehabilitación.

El nombre del personaje, y varios pasajes de la novela (especialmente un diálogo entre Michael y el guardia que protege una puerta) hacen pensar inevitablemente en las novelas de Kafka: Michael, arquetipo del individuo inocente, se enfrenta a un sistema incomprensible e inhumano que lucha por controlarlo, etiquetarlo y ordenar su vida hasta en los aspectos más íntimos. Así, su relación con el poder se convierte en una ejemplificación de lo que Michael Foucault llamó "biopolítica", es decir, el control que el poder ejerce sobre los cuerpos de los individuos, algo que se manifiesta de forma obvia en el capítulo en que los médicos del campo de internamiento insisten en alimentar a Michael, en contra de sus propios deseos.

Creo que a este referente literario y filosófico esencial se pueden añadir todavía algunos otros: el título y la estructura de la novela remiten a la tradición picaresca (que quizás Coetzee conozca directamente, o a través de sus derivados anglosajones): Michael, aunque no tenga muchos amos, es el prototipo del hombre mísero y errante que lucha por su mera supervivencia. Y es también El extranjero, que recorre la vida sin comprenderla y que tiene solo una percepción instintiva, casi animal, de sus necesidades e impulsos. (La relación del Michael con su madre y su muerte son paralelos bastante próximos a la novela de Camus).

A partir de estas líneas y referencias, y con el contexto histórico (aunque vago) de la historia de Sudáfrica, Coetzee construye una novela opresiva, dura como casi todas las suyas, desesperanzada durante casi todas sus páginas (hasta un brevísimo tercer acto que casi parece un epílogo), en la que la solidaridad humana parece casi imposible, o desencaminada, y en la que la soledad y la exclusión de la sociedad parecen ser el objetivo deseable.

Aun siendo una novela intensa e interesante (todas las de Coetzee lo son), me parece inferior a otras suyas. En primer lugar, porque la historia tiene pocos matices y es una consecución de desgracias y desastres que caen sobre Michael como si fuese un Job moderno. Por otra parte, la segunda parte de la novela (situada casi al final) en la que cambia la perspectiva y el narrador, parece un subterfugio técnico, poco justificado narrativamente, para poder explorar y expandir las ideas filosóficas del libro, a través de un personaje manejado por Coetzee para hacer explícitos los temas de la novela. Una distribución diferente de los tiempos de la novela quizás podrían haber ayudado a evitar esa sensación, pero en todo caso, quién soy yo para criticar a un premio Nobel.

Otras obras de J. M. Coetzee en Un Libro al Día: El maestro de PetersburgoElizabeth CostelloLa edad de hierroDesgraciaVeranoHombre lentoDiario de un mal añoEsperando a los bárbaros, Foe

miércoles, 24 de junio de 2015

J. M. Coetzee: Foe

Idioma original: inglés
Título original: Foe
Año de publicación: 1986
Traducción: Alejandro García Reyes
Valoración: está bien

La reciente lectura de un cuento de Gabriel Rodríguez García, Viernes y yo, una variación humorística sobre la historia de Robinson Crusoe, me trajo a la memoria un par de libros que ya parecen un tanto viejunos -perdón por el palabro-, pero que supusieron ambos un acontecimiento literario, en sus respectivos -y no tan lejanos- momentos de aparición: Viernes o la Vida Salvaje, de Michel Tournier y, sobre todo, este Foe, de J.M Coetzee, buen ejemplo de la novela posmoderna ochentera.
La historia parte también de una variante de la celebérrima novela de Daniel Defoe: una mujer inglesa, llamada Susan Barton es abandonada en pleno océano por la tripulación amotinada de un barco y como naúfraga, llega hasta un islote en el que ya sobreviven un tal Cruso (sic) y su criado, esclavo o protegido negro, Viernes. Las condiciones de la isla no tienen nada que ver con el paraíso tropical de la novela de Defoe... en el islote apenas hay nada más que pedruscos, matojos y una bandada de monos que traen por la calle de la amargura a Cruso, aunque también le sirven para abastecerse de pieles. Susan trata de adaptarse como puede a ese cautiverio forzoso, lo mismo que a sus dos peculiares compañeros de infortunio, pero también salvadores, aguardando siempre-ella, porque los dos hombres no parecen demasiado interesados- el momento en que llegue algún barco y les rescaten.
Hasta ahí la historia, mal que bien, transcurre por derroteros conocidos. o al menos familiares para el lector. Pero a partir de este momento (y espero no destriparle a nadie el argumento, pero para hacer una tortilla hay que romper huevos), la novela toma un rumbo diferente y se convierte en otra cosa. Si hasta este momento se podría intuir un cierto carácter simbólico en los personajes, que bien podrían ser una metáfora de la institución familiar o también de la situación política del país de origen del autor por aquellos años (los negros dominados por los blancos inmovilistas, frente a los vientos de cambio que traían los nuevos tiempos), a partir de aquí se convierte en una suerte de parábola metaliteraria sobre la relación del escritor y sus personajes, en una reflexión sobre el propio acto de escribir, en una alegoría de las propias musas literarias... y así es como, poco a poco, la narración comienza a hace aguas y es ella la que acaba por naufragar, al menos como una historia novelada en la que interese en algo el devenir de los personajes, más que sus reflexiones -o preguntas y dudas, más bien- sobre diferentes aspectos de la existencia real y de la existencia en la ficción. Y no es que sean cuestiones mal planteadas o que carezcan de interés, pero queda bastante claro que le interesaban, sobre todo, al señor Coetzee, como escritor y supongo que también , podría ser que a otros escritores... pero no sé si le ocurre lo mismo a sus lectores, o al menos al que da su opinión en esta reseña.
Y que conste, por si hay dudas, que John Maxwell Coetzee escribe que da gusto leerlo: por lo menos si se toman sus párrafos uno por uno; no cabe duda de que es todo un virtuoso de la escritura. De hecho, es esta excelencia en el estilo la que mantiene en pie casi toda la novela, cuando menos a partir de un cierto momento, cuando uno empieza a preguntarse adónde diablos quiere llegar el autor. Y es la que hace que se llegue al final de la novela sin demasiadas dificultades (también ayuda la brevedad del libro, que todo hay que decirlo). pero eso no significa que al final no quede cierta sensación de perplejidad, cierta insatisfacción -si no decepción- por haber asistido más a las elucubraciones y divagaciones de un autor sobre su propio oficio que a la lectura de una novela como tal; todo lo metaliteraria que se quiera, de acuerdo, pero con su sopa, sus garbanzos y todos sus sacramentos... Sota, caballo y rey.


martes, 2 de diciembre de 2014

Nadine Gordimer: La gente de July

Idioma original: inglés
Título original: July's people
Año de publicación: 1981
Traductores: Barbara McShane y Javier Alfaya
Valoración: recomendable

No soy demasiado entusiasta de los celebérrimos premios Nobel y suelo acoger cada concesión anual de al Academia Sueca con bastante escepticismo. No se trata solamente que me parezca adecuado o justo a quién se concedan o se dejen de conceder, que también (además de que no quiero saber nada hasta que se haga justicia y se lo den a Murakami... Ryu, por supuesto), sino que la misma idea de que la culminación óptima de una carrera literaria se cumpla con la obtención de un premio me rechina bastante. Pero, en fin, cosas mías...

Aún así, lo que sí le agradezco a la dichosa Academia Sueca es que, gracias a sus premios, nos descubran o popularicen escritores de ámbitos que nos pueden quedar más o menos lejanos. Escritores a quienes quizás no leamos en ese momento, pero cuyos nombres ya se nos quedan grabados en la memoria y tal vez, aun con retraso -y no sin remordimiento-, acabemos por abrir alguno de sus libros. Eso es lo que me ha ocurrido a mí con Nadine Gordimer, escritora sudafricana que recibió el galardón en 1991 (sí, ya sé: el retraso es considerable...), posicionada siempre, tanto en su actividad política como literaria, contra el régimen racista del apartheid.

Precisamente esta novela, La gente de July, trata sobre el tema de las relaciones entre blancos y negros o, para ser mas precisos, entre amos y sirvientes, entre dominadores y dominados... Parte de una especulación -que podríamos llamar incluso "ucrónica"- sobre la realidad del lugar y la época: en un momento dado, las protestas y disturbios negros en las ciudades sudafricanas devienen en una auténtica guerra civil en la que la peor parte se la lleva la población blanca, que sufre saqueos saqueos y matanzas. Los Smales, una familia blanca de clase media -para nada racistas, pero sí beneficiarios del sistema injusto en el que viven- huye a ocultarse, con las escasas pertenencias que pueden recoger, al lejano poblado de chozas de barro de donde proviene su criado, July, que les ha servido durante años. Allí deben adaptarse a las duras condiciones de vida del bush mientras tratan de enterarse de lo que está ocurriendo en el mundo del que provienen, en el exterior de la humilde aldea donde se han escondido y de la que no saben si pueden o no marcharse...

Las relaciones entre ellos empiezan a cambiar de manera sinuosa: July pasa de ser el sirviente de los Smales a su huésped e incluso amigo. Y luego, a su protector, guardián e incluso "poseedor", con la familia blanca convertidos en una suerte de exóticos animales domésticos que le aseguran el disfrute de un vehículo y quizás, incluso de un arma de fuego... Como puede deducirse, toda la novela no deja de ser una metáfora sobre la situación política y social de la Sudáfrica de aquél entonces (supongo, además, que su publicación causaría algún impacto en aquél país, al menos en ciertos círculos). Pero no sólo eso: también la podemos considerar hoy en día, en el mundo globalizado del siglo XXI, como una alegoría de las relaciones entre los países desarrollados, opulentos -a pesar de la crisis- y el resto de la humanidad, que malvive en condiciones mucho más precarias, lo que nosotros, los ricos,  nos permitimos llamar "el Tercer Mundo"... Y además, es una reflexión sobre el despojamiento. No sólo de los elementos materiales o las estructuras y sistemas que nos facilitan la vida y nos protegen, sino también de aquello que consideramos que forma las diversas capas de nuestra identidad, pero que pueden deshacerse como azucarillos cuando nos encontramos con que no nos sirven para nada: la ideología, la pertenencia a una comunidad, la cultura...

Una novela, pues, francamente interesante y sugerente por lo que nos propone. Lástima, he de decir, que, a pesar de que se trata de una narración, si no minimalista, sí que bastante austera, en la forma y los elementos con los que juega, su lectura se halle jalonada de algunos párrafos de sintaxis un tanto dificultosa (al menos para este limitado lector). Como es la primera novela que he leído de esta autora, ignoro si esta circunstancia es una característica de su estilo o se debe a una traducción desafortunada. Me inclino por esta última opción, puesto que otra pega que me he encontrado, en las abundantes escenas en que se encuentran personajes de ambos sexos, es la elusión constante de los pronombres personales, lo que también dificulta seguir el hilo de la acción o el diálogo y que, como es obvio, se debe a la traducción al castellano y no al original en inglés.

Nadine Gordimer murió en Julio de este año, abundante en ilustres fallecidos del mundo de las letras. Sirva esta lectura y su reseña como minúsculo y modesto homenaje a una escritora que, hasta donde yo sé, supo estar siempre a la altura de la complicada situación de su país y del siglo en los que le tocó en suerte vivir.



martes, 13 de noviembre de 2012

J. M. Coetzee: Desgracia

Idioma original: inglés
Título original: Disgrace
Año de publicación: 1999
Valoración: muy recomendable

David Lurie es un cincuentón divorciado (y además por partida doble) que trabaja dando clases de literatura romántica en la Universidad de Cape Town. Entre su menguante grupo de estudiantes se encuentra Melanie, con la que inicia un idilio –en principio, como tantos otros, sin importancia– que terminará precipitando su caída en desgracia.

Así es como Lurie, un urbanita de pro, se autodestierra a la granja que su hija Lucy intenta sacar adelante en la Provincia Oriental del Cabo. Todo parece marchar bien, a pesar de que lo que comenzó como una simple visita se ha prolongado hasta convertirse en una estancia de duración indeterminada.

Sin embargo, todo se verá alterado cuando padre e hija sean víctimas de un ataque brutal que cambiará para siempre su forma de enfrentarse con la vida y consigo mismos, y que no es más que el reflejo de que la balanza de poder está cambiando en Sudáfrica tras la abolición del apartheid. Además de hallar la forma de reencontrarse mutuamente, David y Lucy deben considerar, cada uno por su lado, qué lugar quieren ocupar en la nueva Sudáfrica... y cómo van a sobreponerse a la desgracia.

Coetzee nos va desvelando con exquisita elegancia las múltiples caras de unos personajes que, quizá incluso pese a las expectativas iniciales, descubrimos poliédricos. El autor no pone en tela de juicio las decisiones que padre e hija se ven obligados a tomar y, llegado el final, el lector alcanza a comprender, aunque tal vez no a compartir, sus más íntimas motivaciones. Desgracia trata de la madurez; de la culpa y de la redención; del respeto que se encuentra en los sedimentos del amor. Y, aunque todos estos temas se focalizan, se particularizan en la ficción, los conflictos que viven Lucy y David Lurie son los conflictos de una nación cuyas heridas, recientes y profundas, supuran todavía.


sábado, 15 de septiembre de 2012

J. M. Coetzee: Verano

Idioma original: inglés

Título original: Summertime. Scenes from Provincial Life III

Año de publicación: 2009

Valoración: Está bien



No sé si atribuirlo a una epidemia de narcisismo literario o a la simple casualidad, el hecho es que, en sendas obras publicadas con menos de un año de diferencia, dos autores casi antagónicos nos hablan – solo aparentemente – desde el otro lado de la tumba. De la otra ya hablé en su momento, la que ahora comentamos ocupa el tercer volumen de la autobiografía de un autor cuyas textos de ficción superan con mucho este intento de introspección simulada. En primer lugar, parece excesivo emplear nada menos que tres libros para tratar un período vital que apenas excede los 35 años, sobre todo si el que escribe no tiene – ni probablemente quiere – desvelar demasiado de sí mismo y aún menos de su entorno, que ya aparece suficientemente retratado en su obra de ficción.

El punto de partida, a pesar de su carácter macabro, se presenta lleno de posibilidades. Tras el fallecimiento del autor, un supuesto biógrafo suyo investiga los cinco o seis años inmediatamente posteriores a su regreso a Sudáfrica tras su etapa estadounidense, en los que lleva junto a su padre viudo una existencia taciturna y concentrada en su trabajo literario. Coetzee trata de explicar cómo le vieron las (pocas) personas que trató por entonces. No obstante, ninguno de ellos tiene mucho que contar, unas veces porque el carácter reservado del personaje opuso una barrera entre ellos, otras por discreción y respeto al fallecido. Ingeniosa forma esta de hurtar una información anunciada previamente. Tampoco se refleja con mucha exactitud su forma de pensar, ni siquiera en los pretendidos cuadernos de notas, dando a entender que el personaje nunca fue demasiado explícito en ese sentido. Los hechos, dado lo rutinario de su existencia, apenas tienen relevancia. De lo que estaba escribiendo nadie tenía noticia. Las intimidades no se desvelan por un pudor tácito... Todo esto va más allá de la artimaña literaria, si no ¿por qué dedica todo un volumen a convencernos de que no tiene nada que contar? El lector sigue con interés lo que (no) tienen que decirle los primeros informantes, convencido de que más adelante surgirán otros más explícitos. Pero esto no ocurre nunca.

Sin embargo, y a pesar de que esa tacañería en las confidencias no tiene mucho sentido tratándose de una obra concebida, según parece, para darse a conocer a la posteridad, el aspecto técnico está perfectamente concebido y ejecutado. Coetzee es un escritor experimentado y sabe aprovechar perfectamente el marco que establece a priori. Los discursos de los entrevistados y el diálogo que sostienen con el biógrafo resulta – con las licencias literarias precisas – bastante convincente. La personalidad de cada uno de ellos está debidamente reflejada. La vida y el anodino carácter del biografiado también. Así como algunas mentalidades, formas de vida y esquemas mentales de la Sudáfrica de entonces.

Una mujer cuyo matrimonio hacía aguas por entonces, una prima cómplice, un colega ocasional, la altiva madre de una alumna y una profesora de su departamento son los verdaderos personajes y los que añaden algo de vigor al conjunto. La posición del autor dentro de su propia familia (tan marginal como en el ambiente académico y en la sociedad en general), las irracionales decisiones de Julia, el nostálgico afecto de Margot – que le acepta sin comprenderle por pura lealtad familiar -, la férrea racionalidad de Adriana aportan amenidad e interés. Pero lo que realmente retrata, igual que en el resto de su obra, es el espíritu desolado de aquellas tierras, su fisonomía destartalada y una existencia monótona, atormentada y carente de sentido. Los que llegaron de fuera ya se han ido, los que nacieron allí siguen por pura inercia, cobardía o ineptitud. Como vemos el trasfondo coincide con sus novelas, pero es difícil que un formato tan fragmentario, aséptico y pretendidamente objetivo, despierte la emoción del lector.

Existe una ilusión de verosimilitud, conseguida a costa de expulsar emoción y añadir elementos prosaicos y prescindibles. El entrevistador no es más que una voz sin cuerpo. Todo ese despojamiento que presta un aire peculiar a sus novelas (de desolación, de desencanto) se reduce aquí a puro formalismo, el cuestionario ficticio lo invade todo y esto le quita todo el potencial atractivo. Unas pinceladas de humor hubieran podido servir de cohesión y haberle añadido alma a la historia, pero el carácter ascético del Coetzee-escritor no puede hacer otra cosa que retratar el ascetismo del Coetzee-personaje sin aderezos secundarios. Y aquí surge la pregunta ¿si el autor es tan consciente de su carácter taciturno y huraño estará desvelando su auténtica personalidad o habrá forjado una caricatura de sí mismo? ¿Pretende consolidar su propio mito o simplemente despistarnos?

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viernes, 16 de julio de 2010

J. M. Coetzee: El maestro de Petersburgo

Título original: The master of Petersburg
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1994
Valoración: recomendable

El maestro de Petersburgo no es un libro fácil de leer. La habitual economía expresiva de Coetzee, que en otras novelas me ha fascinado por su precisión, aquí se me ha hecho frustrante por momentos, cuando el autor se resiste a hacer comprensibles las acciones que describe. A fuerza de parquedad narrativa, los personajes parecen moverse en una atmósfera como de ensueño, en la que actúan sin saber por qué. Esto podría volverlos irreales, si no fuera porque sólo los personajes literarios actúan siempre sabiendo por qué.

Coetzee recrea literariamente parte de la vida de Dostoyevski: cuando el escritor viaja a San Petersburgo en 1869 para averiguar las circunstancias que rodean la muerte de su hijastro Pavel. Sólo que Dostoyevski no viajó en esa fecha a San Petersburgo, y su verdadero hijastro le sobrevivió. Coetzee, por tanto, sólo toma esta excusa pretendidamente biográfica para contar lo que a él le interesa, que es el proceso de búsqueda del hijo perdido. Dostoyevski se instala en la habitación donde vivía su hijastro, viste su ropa, frecuenta sus amigos, lo busca, en fin, hasta la identificación.

El telón de fondo de la trama es una Rusia bastante revuelta. Como en otras novelas de Coetzee, el violento ambiente social sirve en realidad para poner de manifiesto las luchas internas de los personajes. Aquí las turbulencias sociales se interpretan también en términos de lucha generacional: los hijos se rebelan contra el orden de los padres, que se aferran a los hijos para tratar de agarrarse a la vida a través de una fuerza que no es la suya. Dostoyevski se aferra a Pavel a través de las mujeres que lo rodearon y, quizá, lo amaron. Su casera, Ana, responde a un tipo de mujer que también está presente en Hombre lento y, más lejanamente, en Esperando a los bárbaros: un ser sólido, atado a la vida y cargado de una intensa sexualidad, que sabe siempre cómo actuar por una especie de sabiduría instintiva. A su lado los hombres son meras marionetas de fuerzas que intentan dominar, en vano, sin comprenderlas.

Sé que pongo una valoración baja para una novela que suele reconocerse como una de las mejores de Coetzee. A mí no ha conseguido convencerme del todo. Como siempre el lenguaje es exacto, no sobra nada, y los personajes son complejos e interesantes. Pero creo que echo en falta una orientación más clara de todo el texto: muchas veces he tenido la sensación de estar totalmente perdido, y no saber hacia dónde estaba evolucionando el protagonista. No dudo de que esta fuera la intención del autor, pero a mí me ha resultado bastante desconcertante, la verdad. Supongo que ayuda también no haber leído nada de Dostoyevski y perderse los muchos homenajes intertextuales que aseguran que contiene.

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martes, 27 de abril de 2010

J. M. Coetzee: La edad de hierro

Idioma original: inglés
Título original: Age of Iron
Fecha de publicación: 1990
Valoración: Muy recomendable

El panorama de la Sudáfrica de la época del apartheid que Coetzee pinta en sus novelas no hace que lamentemos, precisamente, no haberla elegido como destino turístico. Pero los más curiosos (en el mejor sentido) leerán sus novelas con avidez e, incluso, sentirán la necesidad de saber qué hay detrás de esos sombríos rasgos de paisaje humano que, con espléndida maestría, traza el autor para nosotros. Sobre todo, porque, a través de ellos, indaga en lo más profundo de las almas. Y, si bien no querríamos retroceder en el tiempo, sí nos gustaría aparecer, como por arte de magia, en los escenarios de sus novelas y, habiéndonos vuelto invisibles, poder observar a nuestro gusto. De esta forma evitaríamos sentirnos bajo la piel de esos seres desorientados (ajenos a una culpa de cuyos responsables, aunque conocidos por todos, su autor no suele darnos noticia y a cuyos ejecutores atisbamos apenas) que pululan como almas en pena por sus páginas desoladas.

A Coetzee, aunque leamos sus historias con el corazón encogido, le agradecemos que nos hable desde el fondo de sí mismo, que nos explique lo que siente ante el drama que se desarrolló a su alrededor y del que – según creo entender –se consideró un espectador involuntario que arrastraba, sin quererlo, la más culpable de las inocencias.

Esta novela es muchas cosas: un largo y lúcido grito de agonía, también una larga carta de amor, un sórdido Paseando a Miss Daisy , un somero acercamiento a alguien consciente hasta el límite de que ya no tiene nada que perder; la descripción de uno de los momentos más duros de la vida y la resignación que puede acompañarle, sin anular por ello el inevitable instinto de supervivencia que mueve al ser humano a aferrarse a cualquier clavo ardiendo disponible, aunque lo note incandescente y lleno de herrumbre. O mejor, una mirada atenta a dos clavos ardientes y sensibles sujetándose mutuamente con todas sus escasas fuerzas y sin ninguna convicción.

Podría seguir enumerando pero sólo sugiero que quien esté buscando una novela para pasar un rato agradable sin complicarse demasiado la vida elija cualquier otra.

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

J. M. Coetzee: Hombre lento

Idioma original: inglés
Título original: Slow Man
Fecha de publicación: 2005
Valoración: está bien

Si no creyera en el azar, debería empezar a preocuparme. Como recordaréis (o quizá no), el último libro que reseñé fue Misery, de Stephen King. Paul Sheldon, el protagonista, se pasa casi toda la novela postrado en cama y soportando unos terribles dolores, porque tiene las piernas destrozadas desde que sufrió un accidente en la carretera. Nada más acabar Misery, empecé a leer Hombre lento, cuyo protagonista, Paul Rayment, sufre un accidente en la carretera que le destroza una pierna y lo condena a una dolorosa convalecencia. Los dos personajes se ven sometidos a una amputación: Paul Sheldon de un pie y Paul Rayment de casi toda la pierna, por encima de la rodilla. (La sutil diferencia es que al segundo le ponen anestesia y no le cauterizan la herida con un soplete.) En fin, que no creo en las señales del destino, pero de todos modos me alegro de no llamarme Paul.

Hasta aquí tenemos la mitad de la situación de partida: Paul Rayment, fotógrafo australiano jubilado, pierde una pierna y comienza a depender de los demás para todas las actividades cotidianas. Paul está divorciado y no tiene hijos, así que en realidad de quien depende es de las enfermeras que le envía un servicio de asistencia social. Tras unas cuantas profesionales ineptas o medio lelas aparece la segunda mitad de la situación de partida: Marijana Jokic. Una fornida enfermera croata que habla un inglés bárbaro, pero, a cambio, tiene la empatía necesaria para darle a Paul el respeto que le estaba faltando. No lo trata como un niño, ni como un imbécil, sino como un hombre, y él no tarda en corresponderla pensando en ella, no como enfermera, sino como mujer.

De modo que tenemos un paciente mayor que se enamora de su joven enfermera, la cual está casada y tiene tres hijos. Las complicaciones que no es aventurado suponer a partir de aquí movilizan la trama del libro. Esto podría suceder de varias maneras, más o menos previsibles; sin embargo, Coetzee decide dar un giro radical a la novela introduciendo una tercera figura: Elizabeth Costello. Ya hemos hablado en el blog de esta escritora ficticia, cuando reseñamos el libro homónimo que le dedica Coetzee. En esta ocasión, la Costello aparece en la vida de Paul, decidida a saber qué dirección tomará la historia con su enfermera. Y esto, permitidme que lo diga, es muy pero que muy raro.

Paul Rayment y Elizabeth Costello no se conocen de nada; sin embargo, la segunda sabe quién es el primero, dónde vive y qué le ha ocurrido. Sabe de su amputación y de sus sentimientos hacia Marijana. En cuanto le aclara todo esto, para asombro de Paul, la Costello le anuncia que se quedará a vivir con él hasta que la situación tome un rumbo claro. Para poder seguir creyendo que hay algún orden en lo que lee, el lector necesita suponer que Paul es, de algún modo, un personaje de Costello (algo que el mismo Paul empieza a creer). Eso explica que ella sepa todo de él, mientras que él, en cambio, lo ignore todo sobre ella. Elizabeth Costello -como, presumiblemente, todo autor- estaría esperando a que su personaje se decida a hacer algo.

Esta explicación no deja de tener cierto atractivo. Presenta casi toda una teoría del autor, bien alejada de la omnipotencia que se le suele atribuir. La Costello no sabe cómo seguirá la trama y, además, siempre que trata de intervenir lo hace del modo más torpe que se pueda imaginar. El lector empieza a prever algo así como una meta-novela: una novela sobre cómo una escritora construye su novela, conviviendo imaginariamente con su protagonista. Pero Coetzee tampoco quiere dejarlo tan claro: por momentos Paul recobra fuerzas, echa a la Costello de su apartamento y retoma las riendas de su vida sin testigos impertinentes.

Más o menos desde la mitad del libro, parece como si estuviéramos oscilando todo el rato entre una versión simple (paciente-enfermera) y una complicada (escritora-personaje) de la misma novela. Sin embargo, no puede hablarse con propiedad de algo así como dos planos narrativos, ni siquiera de dos tramas. La sensación es más bien que Coetzee cojea, como su protagonista, entre dos novelas distintas, creando en el lector una ansiedad de decisión que se ve frustrada. ¿Quizá este ahí, precisamente, el punto de la novela? ¿En esa indecisión de Paul, el "hombre lento", que acaba inflitrándose en la narración misma? Pues podría ser, pero tanta sofisticación alegórica no acabaría de justificar los muchos flecos sueltos que deja la extraña presencia de Costello. Estaríamos entonces ante una novela escrita más para los críticos que para los lectores, y eso no suele funcionar.

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domingo, 2 de agosto de 2009

J. M. Coetzee: Diario de un mal año

Idioma original: inglés
Título original: Diary of a Bad Year
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable

Últimamente estaba algo preocupado, porque hacía tiempo que no disfrutaba plenamente de casi ningún libro, y en cambio varias películas me habían encantado (Donnie Darko, Gran Torino, Requiem for a Dream...) ¿Qué me estaba pasando? ¿He dejado de ser un bibliófilo y me he convertido en un cinéfilo sin darme cuenta? (Y no es que tenga nada de malo en sí mismo ser un cinéfilo, pero una transformación así, sin avisar...)

Pero acabo de terminar de leer Diario de un mal año y me he reconciliado con mi bibliofilia. No es que sea la novela perfecta, ni siquiera probablemente la mejor de su autor. Pero es una obra original, interesante, entretenida y variada, que presenta muchas facetas distintas: la sesuda e intelectual, la romántica y sensual, la irónica y (casi) humorística... Como respondiendo a todas estas facetas, la novela se divide horizontalmente (dentro del volumen) en dos partes -"Opiniones contundentes" y "Segundo diario"- y verticalmente (dentro de la página) en dos o tres secciones, que reflejan, en la parte de arriba, lo que escribe el narrador para su publicación en un libro de reflexiones; en el medio, lo que el autor piensa realmente, sobre todo en relación con su vecina y mecanógrafa, la sensual y vitalista Anya; y en la parte de abajo, lo que piensa la propia mujer del escritor, y de su novio, Alan. Este triángulo narrativo hace avanzar la novela en la parte inferior de la página, pero también influye en la evolución de la mitad de arriba, mostrando que quizás las opiniones no eran tan "contundentes"...

Hay en el Diario algo de autobroma por parte de Coetzee: el narrador y personaje principal es el propio Coetzee, pero no lo es del todo (nunca el autor es del todo el narrador, eso ya lo sabemos). Comparte con el personaje sus orígenes, parte de su trayectoria vital, su oficio, incluso su nombre. Es difícil saber si comparte con él también sus "Opiniones contundentes". Sin llegar a ser un viejo verde obsesionado con el sexo (como lo son algunos personajes de Philip Roth, por ejemplo), el Coetzee de la novela no reniega de su carnalidad, de sus impulsos o de sus necesidades, que en cambio quedan ocultos en las "opiniones" de la parte de arriba de la página.

Así, Diario de un mal año se convierte en un diálogo -o discusión, o debate, o "bronca"- del autor consigo mismo: un diálogo, además, encarado con una distancia irónica fundamental y envidiable, que evita que un escritor consagrado -ganador de un Nobel nada menos- se tome a sí mismo tan en serio como para no apreciar sus propias contradicciones.

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sábado, 25 de julio de 2009

J. M. Coetzee: Elizabeth Costello

Idioma original: inglés
Título original: Elizabeth Costello
Fecha de publicación: 2003
Valoración: muy recomendable

Éste es el primer libro de Coetzee que leo, y la verdad es que me ha sorprendido gratamente. No conozco nada la obra de este autor, así que no sé hasta qué punto esta novela es una rareza en su producción. A mí, al menos, me ha parecido muy original. Se trata de una colección de conferencias dictadas por el personaje que da título al libro. Elizabeth Costello es una autora australiana reconocida que, en sus últimos años de vida, recibe homenajes y premios en diversos países. Invitada en cada caso a pronunciar una conferencia, Costello habla de materias propias de su profesión, como el realismo en literatura o el futuro de la novela, pero también de algunos temas que ha convertido en su caballo de batalla personal: sobre todo, la defensa del vegetarianismo.

Así, el libro está divido en 8 lecciones (en el sentido, mucho más literal que en castellano, del inglés "lecture"). En todas ellas -menos en la última, que es una especie de remake kafkiano- se desarrolla un tema de forma ensayística. La habilidad de Coetzee reside en conseguir que, pese a todo, el libro siga siendo una novela. En un par de ocasiones se reproducen íntegramente las conferencias. Sin embargo, están tan ágilmente escritas que su lectura no se hace pesada en ningún momento. Además, Coetzee las enmarca con unos pocos trazos en la situación personal del personaje, logrando así que formen parte integrante del argumento novelesco. El tema del que habla Costello cobra una nueva luz cuando se presenta como un episodio en las relaciones de la autora con su hijo, su hermana o un antiguo amante.

Dicho así suena bastante mal: como si Coetzee hubiera revestido, sin más, una serie de ensayos con un par de anécdotas para hacer una novela. Bueno, no sé hasta qué punto esa operación refleja la génesis del libro, pero sospecho que no se aleja demasiado de la realidad. Lo digo porque, al ir a buscar la fecha de publicación, me he dado cuenta de que casi todas las lecciones se publicaron anteriormente por separado. Ignoro si en esas versiones se ponían también los argumentos en boca de Costello o si eran, simplemente, ensayos que defendían el punto de vista del autor, pero me inclino a pensar lo segundo. Una buena razón es que Coetzee ha denunciado públicamente la crueldad contra los animales, como también hace su personaje en el libro. O sea que no es descabellado concluir que la novela es realmente una serie de conferencias, sólo que dictadas por Coetzee.

Eso sí, lo sorprendente es que la transformación en materia novelesca es exitosa. Si no me equivoco en lo que se refiere al proceso de escritura del libro, esto no hace sino aumentar el mérito del autor. El peligro de que quedara una mera yuxtaposición de anécdotas narradas y tesis argumentadas, sin conexión entre sí, era enorme. Coetzee no sólo lo evita, sino que logra reunir las cualidades de la novela y del ensayo en una síntesis novedosa que no decepciona. Dicho todo esto añado que no puedo entender a qué viene el epílogo: una carta de una tal Elizabeth C. escrita en 1603.

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martes, 28 de abril de 2009

J. M. Coetzee: Esperando a los bárbaros

Idioma original: inglés
Título original:
Waiting for the Barbarians
Fecha de publicación: 1980
Valoración: Imprescindible

De los Premios Nobel de los últimos, digamos, 10 años, Coetzee es probablemente junto con Kertész el más indiscutible, el que de manera más evidente ha demostrado su maestría para crear mundos, personajes, arquitecturas narrativas. Coetzee es un narrador poderoso y temible, capaz de mostrar delicadeza pero sobre todo de ser implacable en su descripción de la violencia -individual o colectiva- y de tejer complicadas relaciones humanas entre sus personajes.

Esperando a los bárbaros (cuyo título se relaciona probablemente con un magnífico poema de Kavafis) narra de una manera alegórica lo que La edad del hierro -otra magnífica novela del mismo autor- muestra históricamente: la relación entre los ciudadanos y un sistema de poder injusto; las posibilidades del individuo ante la violencia sistemática, o la relación entre conciencia y actuación.

El protagonista y narrador de la obra es un Magistrado de una ciudad fronteriza de un Imperio sin nombre, que apura sus últimos años de vida y de servicio. Su apacible modo de vida se ve interrumpido por la llegada de un destacamento militar que llega a la ciudad con la intención de defender la frontera contra el ataque de los bárbaros, seres nómadas y difusos de los que no sabemos casi nada. El Magistrado encuentra y acoge entonces a una joven bárbara, mutilada y ciega tras las torturas de las tropas imperiales, y decide devolverla a su pueblo, en un viaje a través del desierto, lo que cambiará para siempre su situación -de ejecutor a víctima- frente al poder imperial.

La narrativa de Coetzee, aun cuando no lo haga expresamente, siempre debe entenderse en el contexto de su origen sudafricano, un país en el que las fronteras entre el poder y "lo otro" no era geográficas sino raciales. Esto no significa que haya que realizar una lectura fácil y paralelística (los "bárbaros" son los negros, víctimas del Apartheid...), sino que los problemas que plantea -el poder, el miedo al otro, las zonas fronterizas de la conciencia, la moral y la civilización- tienen un origen sudafricano, aunque Coetzee sepa elevarlas, a través de su narrativa, al nivel de las grandes preguntas universales.

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