sábado, 15 de septiembre de 2012

J. M. Coetzee: Verano

Idioma original: inglés

Título original: Summertime. Scenes from Provincial Life III

Año de publicación: 2009

Valoración: Está bien



No sé si atribuirlo a una epidemia de narcisismo literario o a la simple casualidad, el hecho es que, en sendas obras publicadas con menos de un año de diferencia, dos autores casi antagónicos nos hablan – solo aparentemente – desde el otro lado de la tumba. De la otra ya hablé en su momento, la que ahora comentamos ocupa el tercer volumen de la autobiografía de un autor cuyas textos de ficción superan con mucho este intento de introspección simulada. En primer lugar, parece excesivo emplear nada menos que tres libros para tratar un período vital que apenas excede los 35 años, sobre todo si el que escribe no tiene – ni probablemente quiere – desvelar demasiado de sí mismo y aún menos de su entorno, que ya aparece suficientemente retratado en su obra de ficción.

El punto de partida, a pesar de su carácter macabro, se presenta lleno de posibilidades. Tras el fallecimiento del autor, un supuesto biógrafo suyo investiga los cinco o seis años inmediatamente posteriores a su regreso a Sudáfrica tras su etapa estadounidense, en los que lleva junto a su padre viudo una existencia taciturna y concentrada en su trabajo literario. Coetzee trata de explicar cómo le vieron las (pocas) personas que trató por entonces. No obstante, ninguno de ellos tiene mucho que contar, unas veces porque el carácter reservado del personaje opuso una barrera entre ellos, otras por discreción y respeto al fallecido. Ingeniosa forma esta de hurtar una información anunciada previamente. Tampoco se refleja con mucha exactitud su forma de pensar, ni siquiera en los pretendidos cuadernos de notas, dando a entender que el personaje nunca fue demasiado explícito en ese sentido. Los hechos, dado lo rutinario de su existencia, apenas tienen relevancia. De lo que estaba escribiendo nadie tenía noticia. Las intimidades no se desvelan por un pudor tácito... Todo esto va más allá de la artimaña literaria, si no ¿por qué dedica todo un volumen a convencernos de que no tiene nada que contar? El lector sigue con interés lo que (no) tienen que decirle los primeros informantes, convencido de que más adelante surgirán otros más explícitos. Pero esto no ocurre nunca.

Sin embargo, y a pesar de que esa tacañería en las confidencias no tiene mucho sentido tratándose de una obra concebida, según parece, para darse a conocer a la posteridad, el aspecto técnico está perfectamente concebido y ejecutado. Coetzee es un escritor experimentado y sabe aprovechar perfectamente el marco que establece a priori. Los discursos de los entrevistados y el diálogo que sostienen con el biógrafo resulta – con las licencias literarias precisas – bastante convincente. La personalidad de cada uno de ellos está debidamente reflejada. La vida y el anodino carácter del biografiado también. Así como algunas mentalidades, formas de vida y esquemas mentales de la Sudáfrica de entonces.

Una mujer cuyo matrimonio hacía aguas por entonces, una prima cómplice, un colega ocasional, la altiva madre de una alumna y una profesora de su departamento son los verdaderos personajes y los que añaden algo de vigor al conjunto. La posición del autor dentro de su propia familia (tan marginal como en el ambiente académico y en la sociedad en general), las irracionales decisiones de Julia, el nostálgico afecto de Margot – que le acepta sin comprenderle por pura lealtad familiar -, la férrea racionalidad de Adriana aportan amenidad e interés. Pero lo que realmente retrata, igual que en el resto de su obra, es el espíritu desolado de aquellas tierras, su fisonomía destartalada y una existencia monótona, atormentada y carente de sentido. Los que llegaron de fuera ya se han ido, los que nacieron allí siguen por pura inercia, cobardía o ineptitud. Como vemos el trasfondo coincide con sus novelas, pero es difícil que un formato tan fragmentario, aséptico y pretendidamente objetivo, despierte la emoción del lector.

Existe una ilusión de verosimilitud, conseguida a costa de expulsar emoción y añadir elementos prosaicos y prescindibles. El entrevistador no es más que una voz sin cuerpo. Todo ese despojamiento que presta un aire peculiar a sus novelas (de desolación, de desencanto) se reduce aquí a puro formalismo, el cuestionario ficticio lo invade todo y esto le quita todo el potencial atractivo. Unas pinceladas de humor hubieran podido servir de cohesión y haberle añadido alma a la historia, pero el carácter ascético del Coetzee-escritor no puede hacer otra cosa que retratar el ascetismo del Coetzee-personaje sin aderezos secundarios. Y aquí surge la pregunta ¿si el autor es tan consciente de su carácter taciturno y huraño estará desvelando su auténtica personalidad o habrá forjado una caricatura de sí mismo? ¿Pretende consolidar su propio mito o simplemente despistarnos?