martes, 13 de noviembre de 2012

J. M. Coetzee: Desgracia

Idioma original: inglés
Título original: Disgrace
Año de publicación: 1999
Valoración: muy recomendable

David Lurie es un cincuentón divorciado (y además por partida doble) que trabaja dando clases de literatura romántica en la Universidad de Cape Town. Entre su menguante grupo de estudiantes se encuentra Melanie, con la que inicia un idilio –en principio, como tantos otros, sin importancia– que terminará precipitando su caída en desgracia.

Así es como Lurie, un urbanita de pro, se autodestierra a la granja que su hija Lucy intenta sacar adelante en la Provincia Oriental del Cabo. Todo parece marchar bien, a pesar de que lo que comenzó como una simple visita se ha prolongado hasta convertirse en una estancia de duración indeterminada.

Sin embargo, todo se verá alterado cuando padre e hija sean víctimas de un ataque brutal que cambiará para siempre su forma de enfrentarse con la vida y consigo mismos, y que no es más que el reflejo de que la balanza de poder está cambiando en Sudáfrica tras la abolición del apartheid. Además de hallar la forma de reencontrarse mutuamente, David y Lucy deben considerar, cada uno por su lado, qué lugar quieren ocupar en la nueva Sudáfrica... y cómo van a sobreponerse a la desgracia.

Coetzee nos va desvelando con exquisita elegancia las múltiples caras de unos personajes que, quizá incluso pese a las expectativas iniciales, descubrimos poliédricos. El autor no pone en tela de juicio las decisiones que padre e hija se ven obligados a tomar y, llegado el final, el lector alcanza a comprender, aunque tal vez no a compartir, sus más íntimas motivaciones. Desgracia trata de la madurez; de la culpa y de la redención; del respeto que se encuentra en los sedimentos del amor. Y, aunque todos estos temas se focalizan, se particularizan en la ficción, los conflictos que viven Lucy y David Lurie son los conflictos de una nación cuyas heridas, recientes y profundas, supuran todavía.


10 comentarios:

Francesc Bon dijo...

Pues este es el único libro que leí de Coetzee, y aunque lo archivaría en la subdivisión libros cabrones he de decir que fue una lectura muy disfrutable. Sobre todo, me gusta la sutileza con la que el autor nos pone al día de toda esa situación social en Sudáfrica. De como el incidente se silencia progresivamente, como si hubiese un sórdido pacto de silencio. Cualquier día leo otro Coetzee, por supuesto.

Montuenga dijo...

Estoy de acuerdo en todo. Yo también empecé por Desgracia y todavía no he podido parar. Aunque tengo para rato aún...

Anónimo dijo...

Qué originales, reseñar un libro que se llama desgracia, en martes y 13. Qué originales, madre.

Anónimo dijo...

Serás payaso.

Paula dijo...

Anónimo vs. Anónimo. Vaya, vaya, la cosa se va calentando.

No sé si será o no será original -y, de todos modos, ¿a quién le importa?-, pero lo que sí sé es que ha sido completamente casual. Vamos, que creo que eres tú, Anónimo nº 1, el único que ha establecido esa conexión... ¿Igual te empeñas tanto en criticarnos que te pasas de listo?

Francesc, ¿por qué lo archivarías en la sección de "libros cabrones"?

Para mí lo mejor es cómo Coetzee te va descolocando. La transformación que sufre David es total y totalmente creíble; de aborrecerlo o, por lo menos, ser incapaz de empatizar con él, pasé a admirar la constancia que demuestra a la hora de arreglar la deteriorada relación con su hija. Cómo, aunque no logra ver las cosas como lo hace ella -yo tampoco, la verdad-, la apoya y se mantiene a su lado, concediéndole la distancia necesaria. De algún modo, la "desgracia" lo convierte en una persona mejor.

Francesc Bon dijo...

Lo archivaría en Libros cabrones (ejem, marca registrada) por lo mismo que metería una película como American Beauty. Son cosas que te hacen sentir mal sobre cómo funcionan ciertas cosas en el perfecto mundo occidental sin que muchos tengan interés en cambiarlo ni mitigarlo. O sea, lo que le pasa a Lurie es injusto en todos sus términos, es tozudo hasta sacrificar su existencia por su coherencia y, entonces, le pasa lo de la hija.

Anónimo dijo...

No, Paulín, no, yo no tengo nada que ver con ese mequetrefe que se contesta a sí mismo. Un día de estos acabará dándose de ostias con el espejo. Ya te gustaría que entrara al trapo, pero no. ¡Cachis!

Hay dos expresiones en tu redacción de hoy que hacía tiempo que no oía. Gracias por traerme ese olor a naftalina. Ellas son: "urbanita de pro" (por fortuna no has soltado aquello de "es de asfalto", pero ya llegará...) y "poner en tela de juicio". ¡Oh, albricias, el autor no lo hace!

Venga, ahora ya puedes repartir tu ira entre el Anónimo 1, que es el mismo que el 2, pues se contesta a sí mismo, y este Anónimo tan listillo. Yo no te critico, solo me cachondeo de tanta petulancia y tanto fallo.

Por cierto, sí que habéis aportado algo de provecho... No me había fijado en que hoy era Martes13. Perdón, perdón, fue un humilde comentarista anónimo quien lo dijo.

Paula dijo...

En primer lugar, Anónimo, te pido disculpas, por no ser capaz de distinguir entre un anónimo, otro anónimo y otro anónimo. Eso sí, la mayúscula la reservo solo para ti.

En segundo lugar, te doy las gracias por recordarme que soy falible, que soy humana -a veces se me olvida-, y por dejarme entrever tu verdadera naturaleza: ¿será que eres un robot?

Por lo demás, te recuerdo que estamos en un blog sobre libros. Ahora que ya hemos aclarado satisfactoriamente el asunto de las identidades de los anónimos, no hay mucho más que decir. Hablemos de libros, o no hablemos.

Anónimo dijo...

Sere el animo numero 4 o el 50. Pienso que alguien como Paula, que dedica su tiempo de manera desinteresada, debe ser tratada con respeto y admiracion.
Seguramente la persona que se fija en estas cosas no dedica ni un segundo al dia en hacer algo en favor de los demas.
Paula, ni caso!

Anónimo dijo...

Yooo sooy un troollll porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amoooorrrr...