Año de publicación: 1996
Valoración: imprescindible
Resulta curioso constatar, de vez en cuando, que, a pesar de su exitosa carrera, de sus indudables dotes literarias y de su comprobada bonhomía, la figura del escritor Eduardo Mendoza y sus libros provocan cierta controversia entre los lectores, al menos en España: hay quien lo idolatra como a un verdadero maestro de las letras, quizás el más grande autor español vivo; otros, en cambio, sólo ven en él a un escritor humorístico y que además no siempre acierta con la nota cómica (incluso a quien sólo le divierte Sin noticias de Gurb ). También está quien considera que Mendoza tuvo un brillante debut literario, con La verdad sobre el caso Savolta , pero que luego dilapidó su éxito y talento escribiendo tontadas... hasta encontramos quien no le reconoce -o apenas- esa misma calidad a La ciudad de los prodigios , su novela más célebre y quizás también celebrada... En fin, tal vez esta controversia se deba a la dualidad, reconocida y explicada por él mismo, que ha marcado la trayectoria literaria de Mendoza: por un lado, encontramos novelas más "serias" (hasta cierto punto, claro, pues este escritor no puede evitar que trasluzca su mirada humorística sobre todo lo que escribe) o con más enjundia, para entendernos... por otro lado, se ha dedicado a obras más ligeras, literatura abiertamente de humor, para "desengrasar" de la escritura de las anteriores (o para mejorar la economía del autor... y no lo digo como una crítica negativa, en absoluto). El problema puede aparecer cuando quien esta comicidad, se encuentra con novelas más contundentes, mientras que quien prefiere literatura de más "altura", puede caer en uno de estos libros de humor -y no son todos igual de buenos, es cierto-, para renegar de ahí en adelante de este autor.
Aún llama más mi atención que, cuando se comenta cuáles son los mejores libros de Mendoza (por lo general, se considera de forma unánime como tales La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, aunque Sin noticias de Gurb y El misterio de la cripta embrujada también tienen muchos adeptos), rara vez se menciona la novela que ocupa esta reseña... en realidad, me resulta hasta asombroso, pues en mi opinión no sólo está a la altura de cualquier otro título de este escritor, sino que en determinados aspectos, incluso los supera y supone, hasta ahora, el culmen de su creación literaria. Me explico: puede que La verdad... haga gala de una mayor complejidad narrativa y sin duda, supuso un revulsivo en el panorama de las letras españolas de los 70. Y en cuanto a La ciudad de los prodigios, es indiscutible su ambición totalizadora y, la espectacular creación -más que mera recreación- de un tiempo histórico , de toda una ciudad y aun de todo un país. Pero creo que Una comedia ligera despliega una mayor madurez narrativa, más sutileza y, sobre todo, el autor dedica una mirada más profunda, más comprensiva, a los personajes y al tiempo en el que se desarrolla la historia. Una historia que, en apariencia, no pasa de ser una intriga bastante superflua, a pesar del asesinato incluido, con un protagonista no menos banal: Carlos Prullàs, un exitoso autor de comedias teatrales que vive en la Barcelona de posguerra; convenientemente casado con una heredera de la burguesía catalana, tampoco desdeña la ocasión de aprovechar su tirón con las mujeres, a pesar de haber entrado ya en la mediana edad (o quizá por eso mismo)... en suma, lleva una vida placentera repleta de vermús con sus colegas de la farándula, recepciones sociales y veraneos en el Masnou; de enredos entre bambalinas con actrices jóvenes y tonteos con amigas de su mujer.
Su feliz existencia comienza a transcurrir por caminos algo más escabrosos al trabar conocimiento con una actriz guapa y ambiciosa, Lilí Villalba, y con su adinerado protector, el empresario Vallsigorri; a partir de ahí, el afortunado Prullàs acaba por verse atrapado en la inexorable maquinaria que regía el tiempo y el país en los que le ha tocado vivir, la de una dictadura desalmada y poco amiga de frivolidades, pese a los aires de "normalidad", de "extraodinaria placidez" (como dijo cierto político español de malhadado recuerdo) que pretende fingir en esos años en los que trata de hace olvidar a sus amigos más recientes quienes habían sido sus otros amigos, en tiempos no muy lejanos. Un régimen que no se andaba con bromas ni al que le gustaban las bromas de los demás, y mucho menos con comedias, como comprueba Prullàs en su propia persona, en un aprendizaje duro, más por humillante que por dificultoso, por lo que supone de reconocer la inconsciencia con la que había estado transitando por el mundo hasta entonces y también el precio a pagar por adquirir la madurez. Y la lucidez.
Una novela escrita con la elegancia, el buen oficio y ese cierto desenfado con que acostumbra hacerlo el mejor Mendoza. Pero además, con el poso de conocimiento del mundo, de las personas y de las leyes de la ficción -un conocimiento que es más epidérmico y tal vez por eso más profundo que lo que solemos llamar "sabiduría"- que otorga el paso del tiempo cuando se es un creador tan inacabable al tiempo que tan sereno como lo es Eduardo Mendoza.
Su feliz existencia comienza a transcurrir por caminos algo más escabrosos al trabar conocimiento con una actriz guapa y ambiciosa, Lilí Villalba, y con su adinerado protector, el empresario Vallsigorri; a partir de ahí, el afortunado Prullàs acaba por verse atrapado en la inexorable maquinaria que regía el tiempo y el país en los que le ha tocado vivir, la de una dictadura desalmada y poco amiga de frivolidades, pese a los aires de "normalidad", de "extraodinaria placidez" (como dijo cierto político español de malhadado recuerdo) que pretende fingir en esos años en los que trata de hace olvidar a sus amigos más recientes quienes habían sido sus otros amigos, en tiempos no muy lejanos. Un régimen que no se andaba con bromas ni al que le gustaban las bromas de los demás, y mucho menos con comedias, como comprueba Prullàs en su propia persona, en un aprendizaje duro, más por humillante que por dificultoso, por lo que supone de reconocer la inconsciencia con la que había estado transitando por el mundo hasta entonces y también el precio a pagar por adquirir la madurez. Y la lucidez.
Una novela escrita con la elegancia, el buen oficio y ese cierto desenfado con que acostumbra hacerlo el mejor Mendoza. Pero además, con el poso de conocimiento del mundo, de las personas y de las leyes de la ficción -un conocimiento que es más epidérmico y tal vez por eso más profundo que lo que solemos llamar "sabiduría"- que otorga el paso del tiempo cuando se es un creador tan inacabable al tiempo que tan sereno como lo es Eduardo Mendoza.
Otros libros de Eduardo Mendoza en Un Libro Al Día: La ciudad de los prodigios, Tres vidas de santos, El enredo de la bolsa y la vida, El misterio de la cripta embrujada, Sin noticias de Gurb, El laberinto de las aceitunas, El año del diluvio, Los soldados de Cataluña




