sábado, 16 de mayo de 2015

Eduardo Mendoza: Una comedia ligera

Idioma: español
Año de publicación: 1996
Valoración: imprescindible

Resulta curioso constatar, de vez en cuando, que, a pesar de su exitosa carrera, de sus indudables dotes literarias y de su comprobada bonhomía, la figura del escritor Eduardo Mendoza y sus libros  provocan cierta controversia entre los lectores, al menos en España: hay quien lo idolatra como a un verdadero maestro de las letras, quizás el más grande autor español vivo; otros, en cambio, sólo ven en él a un escritor humorístico y que además no siempre acierta con la nota cómica (incluso a quien sólo le divierte Sin noticias de Gurb ). También está quien considera que Mendoza tuvo un brillante debut literario, con La verdad sobre el caso Savolta , pero que luego dilapidó su éxito y talento escribiendo tontadas... hasta encontramos quien no le reconoce -o apenas- esa misma calidad a La ciudad de los prodigios , su novela más célebre y quizás también celebrada... En fin, tal vez esta controversia se deba a la dualidad, reconocida y explicada por él mismo, que ha marcado la trayectoria literaria de Mendoza: por un lado, encontramos novelas más "serias" (hasta cierto punto, claro, pues este escritor no puede evitar que trasluzca su mirada humorística sobre todo lo que escribe) o con más enjundia, para entendernos... por otro lado, se ha dedicado a obras más ligeras, literatura abiertamente de humor, para "desengrasar" de la escritura de las anteriores (o para mejorar la economía del autor... y no lo digo como una crítica negativa, en absoluto). El problema puede aparecer cuando quien esta comicidad, se encuentra con novelas más contundentes, mientras que quien prefiere literatura de más "altura", puede caer en uno de estos libros de humor -y  no son todos igual de buenos, es cierto-, para renegar de ahí en adelante de este autor.

Aún llama más mi atención que, cuando se comenta cuáles son los mejores libros de Mendoza (por lo general, se considera de forma unánime como tales La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, aunque Sin noticias de Gurb El misterio de la cripta embrujada también tienen muchos adeptos), rara vez se menciona la novela que ocupa esta reseña... en realidad, me resulta hasta asombroso, pues en mi opinión no sólo está a la altura de cualquier otro título de este escritor, sino que en determinados aspectos, incluso los supera y supone, hasta ahora, el culmen de su creación literaria. Me explico: puede que La verdad... haga gala de una mayor complejidad narrativa y sin duda, supuso un revulsivo en el panorama de las letras españolas de los 70. Y en cuanto a La ciudad de los prodigios, es indiscutible su ambición totalizadora y, la espectacular creación -más que mera recreación- de un tiempo histórico , de toda una ciudad y aun de todo un país. Pero creo que Una comedia ligera despliega una mayor madurez narrativa, más sutileza y, sobre todo, el autor dedica una mirada más profunda, más comprensiva, a los personajes y al tiempo en el que se desarrolla la historia. Una historia que, en apariencia, no pasa de ser una intriga bastante superflua, a pesar del asesinato incluido, con un protagonista no menos banal: Carlos Prullàs, un exitoso autor de comedias teatrales que vive en la Barcelona de posguerra; convenientemente casado con una heredera de la burguesía catalana, tampoco desdeña la ocasión de aprovechar su tirón con las mujeres, a pesar de haber entrado ya en la mediana edad (o quizá por eso mismo)... en suma, lleva una vida placentera repleta de vermús con sus colegas de la farándula, recepciones sociales y veraneos en el Masnou; de enredos entre bambalinas con actrices jóvenes y tonteos con amigas de su mujer.

Su feliz existencia comienza a transcurrir por caminos algo más escabrosos al trabar conocimiento con una actriz guapa y ambiciosa, Lilí Villalba, y con su adinerado protector, el empresario Vallsigorri; a partir de ahí, el afortunado Prullàs acaba por verse atrapado en la inexorable maquinaria que regía el tiempo y el país en los que le ha tocado vivir, la de una dictadura desalmada y poco amiga de frivolidades, pese a los aires de "normalidad", de "extraodinaria placidez" (como dijo cierto político español de malhadado recuerdo) que pretende fingir en esos años en los que trata de hace olvidar a sus amigos más recientes quienes habían sido sus otros amigos, en tiempos no muy lejanos. Un régimen que no se andaba con bromas ni al que le gustaban las bromas de los demás, y mucho menos con comedias, como comprueba Prullàs en su propia persona, en un aprendizaje duro, más por humillante que por  dificultoso, por lo que supone de reconocer la inconsciencia con la que había estado transitando por el mundo hasta entonces y también el precio a pagar por adquirir la madurez. Y la lucidez.

Una novela escrita con la elegancia, el buen oficio y ese cierto desenfado con que acostumbra hacerlo el mejor Mendoza. Pero además, con el poso de conocimiento del mundo, de las personas y de las leyes de la ficción -un conocimiento que es más epidérmico y tal vez por eso más profundo que lo que solemos llamar "sabiduría"-  que otorga el paso del tiempo cuando se es un creador tan inacabable al tiempo que tan sereno como lo es Eduardo Mendoza.

viernes, 15 de mayo de 2015

Tennessee Williams: Dulce pájaro de juventud

Idioma original: inglés
Título original: Sweet Bird of Youth
Año de estreno: 1959
Valoración: se deja ver

Hoy estoy con ánimo hereje, así que voy a dejar caer así de principio una herejía: Tennesse Williams se ha quedado viejo. Lo digo con cierto conocimiento de causa: en los últimos años en Lisboa he visto Un tranvía llamado Deseo (que me parece sin duda la mejor), La gata sobre el tejado de zinc caliente y Dulce pájaro de juventud. Y después de ver las tres, y en un espacio de tiempo relativamente breve, me reafirmo: Tennessee Williams ha envejecido mal.

Resumo el argumento de la obra para después explicar mi posición. Un joven gigoló llamado Chance Wayne vuelve a su pueblo (St. Clouds, Florida) acompañado por la actriz Alexandra Del Lago (para la cual él realiza todo tipo de servicios), con la intención de demostrar al pueblo que ha triunfado, y de paso recuperar el amor perdido de su novia de adolescencia, Heavenly Finley. Pero nada es tan fácil: la rica y poderosa familia de Heavenly se opone a esta relación, el pueblo se resiste a creer en el éxito de Chance y la propia Alexandra Del Lago no se sabe si quiere ayudar a Chance o controlarlo. El conflicto se adensa, se descubre un "terrible" secreto y en el tercer acto Chance tendrá que elegir entre seguir con Alexandra o quedarse a hacer un último intento por recuperar a Heavenly.

Hay dos motivos por los que me parece que las obras de Williams han aceptado mal el paso del tiempo. La primera es sus tramas, que se refieren a una determinada época (y una región) de los Estados Unidos, con una moral tradicional aplastante, una clase alta anclada en estructuras del pasado e incapaz de aceptar las transformaciones sociales, económicas y culturales... Esto hace que algunos de los "grandes conflictos" que subyacen a las tramas de Tennessee Williams hoy nos parezcan algo trasnochados (lo que no quiere decir que estén superados ni mucho menos). También hay una parte que no es culpa suya: personajes como la actriz decadente, el ricachón conservador o el supuesto triunfador que se engaña a sí mismo, los hemos visto ya tantas veces, en tantas películas y obras y series, que nos resultan muy predecibles.

El otro motivo tiene que ver más bien con la técnica teatral: en las obras de Tennessee Williams los personajes hablan. Y hablan. Y hablan. Son obras muy estáticas, porque gran parte de lo que mueve la trama ya ha sucedido en un pasado más o menos lejano, y los personajes lo que hacen es recordarlo, y contárselo a los espectadores en largos monólogos narrativos. Eso, unido a una escenificación realista y a una narrativa lineal da lugar a obras muy poco sorprendentes para el espectador, sobre todo cuando, como decía en el párrafo anterior, las revelaciones finales, que deberían ser apoteósicas, se quedan a veces en pólvora mojada. En este caso, además, el protagonista, Chance, termina la obra dirigiéndose al público y diciéndole la moraleja de la historia, lo que me pareció el colmo de lo demodé.

Daré una última prueba, muy aleatoria, para demostrar esto que digo: cuando fui al teatro a ver Dulce pájaro de juventud, de las seis personas que íbamos, dos se quedaron dormidas. Y que conste que yo no fui ninguna de esas dos.

También de Tennessee Williams en ULAD: Un tranvía llamado deseo

jueves, 14 de mayo de 2015

Alexandr Solzhenitsyn: Un día en la vida de Iván Denísovich

Idioma original: ruso
Título original: Оди́н день Ива́на Дени́совича
Año de publicación: 1962
Traducción: Enrique Fernández Vernet
Valoración: recomendable

Solzhenitsyn aparece fugazmente en algún libro de (o quizás sobre) Limónov: creo recordar que su figura aparece en la pantalla de un televisor justo en el momento en que Limónov se cepilla a una de sus múltiples conquistas femeninas. La imagen se presta: una televisión de tubo de rayos catódicos, seguramente en blanco y negro, y Limónov contemplando desde su pose chulesca y dominante  la imagen de alguien que debía parecerle poco menos que el Anticristo, pues, perdonadme si echo mano demasiado a la ligera de ciertos recuerdos setenteros, Solzhenitsyn y sus crónicas del Gulag fueron, claro, junto al implacable avance de la seducción del consumo capitalista, algunas de las semillas que acabaron, parece que para siempre, pero vaya usted a saber, con la utopía bolchevique-soviética-comunista-marxista-leninista. No por la vía rápida, claro, porque el muro tardaría aún décadas en desmoronarse.
Y Un día en la vida de Iván Denísovich fue su primera novela, y su carácter de hito radica fundamentalmente en que se permitiese su publicación en una revista del régimen, cuando representaba una nada disimulada (aunque tampoco muy feroz) crítica a todo el sistema represivo instaurado por la URSS, lo cual, en 1962, era toda una señora osadía. No pocos problemas le acarreó a Solzhenitsyn, que, por esta y posteriores obras, pues acabó siendo deportado, y solamente pudo regresar a su país a mediados de la década de los 90. Con un Nobel bajo el brazo, y con un aura de escritor de denuncia que, en un mundo lanzado al capitalismo y encantado con desbaratar cualquier posible atractivo del otro bloque, le convirtió en una especie de mito viviente.
Lo que pone en el título es lo que hay. Iván Denisovich está en el octavo de los diez años de trabajos forzados a que ha sido condenado tras declararse culpable de espionaje (a favor del ejército alemán, al que viene de combatir): su jornada habitual consiste en ser despertado a las cinco de la mañana y pasarse el día haciendo de albañil hasta volver, agotado, al campo para esperar que llegue el día siguiente. Esporádicamente, algún domingo, su rutina se interrumpe y puede descansar. Pero el día que describe Solzhenitsyn no es un domingo. Vamos. Toda la picaresca encaminada a que el día se produzca sin sobresaltos queda descrita. Las raciones de sopa aguada y escasa. Los gramos de pan asignados según la productividad. Las escudillas, el apurado de los platos a lametones, la lucha por la supervivencia, las jerarquías, los cigarrillos hechos de remiendos de colillas, el uso de escondrijos para ocultar los instrumentos más básicos. una cuchara, un trozo de pan como ración extra, herramientas que faciliten la labor. El día avanza y Solzhenitsyn, que vivió la experiencia en carne propia, no duda en trasladarnos esa triste rutina, ese permanente estado de jaque, expuesto a la arbitrariedad de guardianes, de mandos, de otros presos situados en una jerarquía superior. Sin exceso en la truculencia de las situaciones, la sensación imperante es la rutina, el agotamiento, la abulia y el chocante entusiasmo por cumplir bien incluso con el trabajo a que es uno obligado. De hecho, podríamos ahorrarnos algunas páginas que parecen una especie de manual de albañilería bajo cero y centrarnos en la denuncia de lo sustancial: que todos los totalitarismos necesitan artefactos como las prisiones a gran escala y las condenas de enormes masas de población al ostracismo para conseguir sus fines. Un día en la vida de Iván Denísovich no ha envejecido bien: la crueldad de que es capaz la humanidad se ha sofisticado y depurado de una forma muy notable en estas décadas, y hoy en día cabría esperar de alguien que obtuviera la misma repercusión describiendo situaciones análogas en Ruanda, en Laos, o en Guantánamo. Pero me da a mí que nadie está particularmente interesado en que eso suceda.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Carlos Fuentes: La cabeza de la hidra

Resultado de imagen de la cabeza de la hidraIdioma original: español
Año de publicación: 1978
Valoración: Recomendable




No es tarea fácil aproximar esta novela a los lectores. En parte, porque todavía estoy asimilando alguna de sus muchas facetas, pero sobre todo porque estas, de alguna forma, se anulan entre sí en un juego constante de guiños y espejos con los que Fuentes engaña al lector, mientras el protagonista (Félix Maldonado ¿o era Diego Velázquez?) aparece engañado a su vez por un personaje/narrador que, ejerciendo de omnipotente demiurgo, se sitúa por encima de todos ellos –y hasta  por encima del bien y del mal– tal como hace el propio novelista.

Igual que en el mundo real, los personajes se encuentran entre dos aguas la mayor parte de las veces, la ambigüedad no desaparece nunca del todo, el amor no se conforma con un solo destinatario, el absurdo aumenta cuando se busca una explicación a lo que ocurre y, entre toda esa serie de despropósitos, cada uno intenta jugar sus bazas para obtener el mayor beneficio posible. O salvar el pellejo pues, en el peor de los casos, con eso basta.

En un lugar que se describe como

“Era lo malo de caminar a pie por la ciudad de México. Mendigos, desempleados, quizás criminales, por todos lados. Por eso era indispensable tener un auto, para ir directamente de las casas privadas bien protegidas a las oficinas altas sitiadas por los ejércitos del hambre.”
y, en una realidad que se desintegra, no hay anclajes. Todos compiten en la carrera para obtener el botín o, con mayor empeño aún, para que no se lo lleven los demás. La hidra bicéfala es el poder de la guerra fría, compuesta de dos cabezas a cual más imbatible, hipócrita y despiadada.

Tenemos el contexto, todo lo demás es pura demencia. Desde las arbitrarias citas de párrafos de Shakespeare, que completan unos diálogos exageradamente banales, hasta inverosímiles transformaciones de aspecto, las entradas y salidas del escenario de lo posible o esos demenciales comparsas convertidos en unos espías tan excéntricos como ineficientes.

Pero algunas reflexiones son irrebatibles:
“… que todos los desplazamientos jamás nos alejan del hospedaje de nosotros mismos y que ningún enemigo externo es peor que el que ya nos habita?”
“… el Presidente se acostumbra a oír solo lo que desea escuchar y los demás a decírselo. De allí al reino del capricho, solo hay un paso.”

Algunas muestras de cinismo arrojan verdades como puños y todo empieza a cobrar sentido cuando en ese teatrillo del mundo se nos muestran cuestiones tan candentes como el conflicto palestino-israelí, la lucha por la posesión del petróleo, las crisis periódicas como estrategia a rentabilizar, el espionaje, las contradicciones del poder etc. formando un rompecabezas imposible de resolver. Y es en ese aspecto donde, quizá, resulte fallido parcialmente el proyecto inicial del novelista. Los hilos sueltos no acaban nunca de anudarse, quizá no importe mucho, pero resulta molesto que se utilicen recursos tan burdos como que el enemigo se avenga a explicar sus tretas al héroe del relato para ayudar a atar cabos al lector. Y es que, seamos sinceros, después de armar un tinglado de esas características nadie puede salir airoso del todo, ni siquiera alguien con una trayectoria como esta.


También de Carlos Fuentes: Aquí
Sobre Carlos Fuentes: In memoriam

martes, 12 de mayo de 2015

Francesc Serés: La piel de la frontera

Idioma: catalán
Título original: La pell de la frontera
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable

La frontera no es una raya pintada en el suelo, ni una alambrada. Ni es un mar o un río, o un desierto. Ni siquiera ésta es la frontera entre dos estados. La frontera -cuando menos de la que habla el libro de Serés-, es un espacio más o menos definido en el que cristalizan los cambios incesantes de esta época; los cambios demográficos, las migraciones, pero también el cambio en los modos de vida y en los modos de ganarse la vida. Los cambios culturales y los de la historia íntima de cada pueblo, de cada familia, de cada cual...

Y hablamos de un espacio alejado de lo que suele considerarse como "fronterizo", aunque lo ha sido siempre; al menos, fronterizo entre dos lenguas, entre dos comunidades entrelazadas y opuestas, los dos lados de una misma moneda. Es el espacio que se extiende entre la ciudad de Lleida y los Monegros: la comarca del Segriá y esas tierras de Aragón donde se habla catalán y se conoce como la Franja (de Ponent o de Levante, según desde donde se mire). Tierras regadas por el Cinca y el Segre y dedicadas a la agricultura -árboles frutales, sobre todo- y la ganadería, y que necesitan, cuando llega la temporada de recogida, una ingente mano de obra, que en los últimos años ha ido llegando de todas partes: del Magreb y del África negra, de Bulgaria, Rumanía, Lituania... de Ecuador o incluso de China. Unas comarcas que han ido acogiendo, desde hace más de veinte años, sucesivas oleadas de estos inmigrantes, a veces enviados allí por las autoridades desde las grandes ciudades, donde su presencia no era deseada, de forma que acababan por transitas buscando faena por esos pueblos y esos campos que no estaban preparados para acoger un población creciente de forma tan explosiva.

A través de una serie de capítulos a modo de reportajes o incluso pequeños ensayos, escritos -o al menos datados- en los años del boom económico más reciente, pero también de la crisis actual, Serés busca radiografiar o incluso inventariar -infructuosamente, como él mismo admite- estas sucesivas llegadas de inmigrantes, cuyas historias se entremezclan con las de los lugareños para luego, en la gran  mayoría de los casos, disolverse, desaparecer para dejar sitio a una nueva masa de gentes con sus propias historias, tan diferentes y tan parecidas, todas. El autor, si bien pergeña aquí una explicación a este fenómeno migratorio -tampoco es que sea muy difícil adivinar las causas-, no trata en ningún momento de encontrar una solución: ni propone medidas sospechosamente taxativas ni cae en lo que se ha dado en llamar "buenismo" (curioso neologismo que convierte el adjetivo "bueno" en una palabra con significado, si no malo, sí que desdeñable). Lo que hace es tomar nota, hablar con inmigrantes, con agricultores, con dueños de talleres, con todo tipo de gente que habita ese territorio de frontera -que además, es el suyo, pues Serés es oriundo de uno de estos pueblos de la Franja-, tratar de dejar testimonio de lo que ha ocurrido en estos años tan cambiantes y acelerados, recoger su recuerdo antes de que sean fagocitados por el olvido, que también avanza cada vez más deprisa.

Porque ese espacio de frontera que intenta topografiar Serés no es solamente físico: también es una frontera temporal, la de estos últimos veinte o treinta años, en los que se han producido cambios -aún más perceptibles, supongo, en un entorno rural que en el urbano- que nos han llevado de unos modos de vida y unas estructuras socio-económicas  más o menos estables e incluso "tradicionales" a otras cambiantes y mestizas: la matanza del cerdo junto a los festivales tecno; la agricultura como actividad familiar, con usos y prácticas bien asentados, frente a los nuevos métodos y las variedades  de vegetales manipulados en el laboratorio, que convierten el sector primario en una suerte de producción industrial  (absolutamente reveladora la conversación que mantiene el autor con un ejecutivo de una empresa de productos transgénicos); la resistencia de una identidad cultural minoritaria junto a la inmersión en el mainstream de la cultura global, incluso en el mundo de la literatura. Nos habla también de la memoria, esa frontera, también cambiante y no siempre fiable, que existe entre el presente y el pasado; de la propia pero también de la familiar, o de la comunidad a la que se pertenece. De la frontera hacia el futuro que son los sueños, las esperanzas, aunque se sepan irrealizables, como el espejismo de esa nueva Las Vegas que pretendían erigir en plenos Monegros, uno de los fines del mundo, según el autor.

Incluso el propio libro, a medio camino de la narración y de las memorias, del reportaje y del ensayo, es una muestra más de ese territorio de frontera al que parecemos abocados en esta época, en todos los terrenos. Si es que no vivimos ya en él, desde hace tiempo.




lunes, 11 de mayo de 2015

Colaboración: El alma del erizo de Luisgé Martín

Idioma original: español
Año de publicación: 2002
Valoración: Muy recomendable

Hay quien supone que el ámbito de los cuentos o relatos cortos es terreno fértil para que se explayen aficionados, escritores en ciernes o diletantes literarios diversos; en definitiva, que es el vehículo perfecto para expresar el genio que uno lleva dentro, o dicho de otro modo, para convertirse en escritor sin currarse un material (argumento, estructura, personajes) para unos cientos de páginas.

Pero si uno se lee un buen libro de relatos, como el que ahora comentamos, se da cuenta de que no es tan fácil. De que para escribir un buen cuento no basta con tener una idea que parezca brillante, de que no es una novela cortita, comprimida o sintetizada, sino que exige otra técnica, un ritmo narrativo diferente, y la aportación de elementos que requieren un tratamiento adecuado al género.

Pues todo esto y bastante más lo domina Luisgé Martín como pocos. Por cierto, que cuando se publicó este volumen firmaba como Luis G., pero bueno, le respetamos el cambio de nomenclatura, que está en su derecho.

Nos sumerge el narrador en sucesivos mundos, dispares en tiempo y entorno, nos presenta historias subyugantes, intensas, casi siempre traspasadas por el desgarro, de una crudeza a veces desasosegante… Entre la confortable rutina de la vida burguesa y la tragedia, su propio derrumbamiento, sólo hay un paso, una frágil frontera que corrientes insospechadas de los sentimientos o del destino nos empujan a atravesar de  improviso, cuando todo parecía en calma.

He visto por ahí calificar de morbosa la prosa de Luisgé. No creo en absoluto que pueda afirmarse tal cosa. El relato mantiene como he dicho un alto nivel de energía negativa, de mal rollo podríamos decir, pero tampoco creo que se carguen las tintas más allá de lo necesario, ni se retuerzan situaciones de forma gratuita.

Los distintos pasajes adquieren por momentos un espléndido aire clásico que les proporciona peso y les hace importantes. Y no falta el gesto, el rasgo diferenciador que dota a cada historia de personalidad, de individualidad: la crueldad en el terrible ‘Bertrand Romail’, el humor moralizante en ‘El perdón de las ofensas’, la melancolía en ‘Toda una vida’… Sólo en alguna ocasión me ha parecido que al final de alguna de las historias le faltaba quizá un hervor, el último golpe del martillo. O tal vez juegue el autor con esas acciones que quedan en suspenso para potenciar el punto de desazón del lector. Tal vez.

Sin lugar a dudas, El alma del erizo es uno de los mejores libros de relatos que han caído en mis manos, y el amigo Martín, un tipo al que no deberíamos perder la pista.

Otras obras de Luisgé Martín en ULAD: El amor del revésLa mujer de sombra

Firmado: Carlos Andia

domingo, 10 de mayo de 2015

Rafael Pinedo: Plop

Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: recomendable

Pues menos mal que no hice caso a mi primera intención. Tras cuatro o cinco páginas iniciales, ya andaba yo convencido de que estaba ante una novela juvenil (un día hablaré de novela juvenil) o hasta infantil, y que todo ese rollo del onomatopéyico nombre del protagonista y la correspondiente anécdota inicial de su nacimiento no eran más que el preámbulo de una especie de fábula.
Pero tranquilos: aquí no hay gatitos ni ardillitas ni animalitos cucos que nos aleccionan sobre nuestro mal comportamiento como especie dominante. Aquí hay bastante mala baba.
Plop es una novela corta de trama post-apocalíptica. Plop es el nombre de su protagonista, un humano de una suerte de nueva especie humana surgida tras lo que parece una hecatombe nuclear o una catástrofe química o algo que ha dejado el planeta bastante mal. No hay comida, el agua solo puede beberse cuando cae como lluvia, ha desaparecido toda la comodidad propia de la civilización. Más que nueva especie, la humanidad de ha deshumanizado en cuanto civilización supone una serie de premisas de comportamiento que, claro, cuando ha pasado lo que parece haber pasado, y el hambre y la necesidad acucia, pues empiezan a no representar una prioridad. Así que olvidémonos de modales en la mesa, ropa limpia, protocolo de apareamiento, diálogo para resolver las discrepancias, buen trato a las otras especies, protección de la infancia, y algunas otras cosas. Y metámonos de lleno en sus sustitutos dentro de lo que es el nuevo paradigma de aquello que se llamaba humanidad. Violencia, problemas, sexo de libre albedrío, dominación en función del poderío físico. ¿Dije violencia? ¿Mucha violencia? Los valores están enterrados entre lodo y agua estancada de poco fiar. Y Plop, protagonista, inicia su escalada dentro de esa sociedad donde cualquiera que pueda disponer de aquello que nos apetezca a nosotros resulta ser un enemigo en potencia.
Mencionar las referencias de aquí visibles de Pinedo, otro escritor desaparecido precozmente, nos lleva a ciertos nombres clásicos, sobre todo Cormac McCarthy, que aquí resulta doble referencia. Por el tono parecido a La carretera (seré sacrílego: me decepcionó La carretera) y por cómo me recuerda Plop personaje al muchacho de Meridiano de sangre. Obras más recientes incluirían un poco esos personajes siniestros y desarraigados de la nueva novela rural en su versión más cruda y violenta. No es una novela para todos los públicos y, por favor, pido, no entren aquellos que la lean en el fácil debate de si ese mundo devastado y asolado (en el cual, detalle que a mí me sobra, escasean los libros y la gente que recuerda lo de leer y escribir) es posible que sea el del futuro o no lo sea. Teniendo en cuenta que escribo esto en la primera semana después de lo de Charlie Hebdo. Plop es fantasía, por cuanto puede que sea el futuro de la humanidad, pero también porque, desgraciadamente, algunos de sus aspectos son el presente de la humanidad para muchas personas, y nosotros aquí leyendo y poniéndonos las manos en la cabeza por cualquier minucia.