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miércoles, 16 de mayo de 2012

In memoriam Carlos Fuentes

Ha muerto Carlos Fuentes, uno de los narradores fundamentales del siglo XX y una de las figuras imprescindibles del boom de la literatura hispanoamericana. Menos mediático, quizás, que Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, pero igualmente dotado para la construcción de tramas y la experimentación narrativa y lingüística, nadie podrá negar a Carlos Fuentes su lugar de privilegio en las letras mexicanas del siglo XX, en las que quizás solo Juan Rulfo pueda hacerle sombra.

Este año se cumplían, precisamente, 50 años desde la publicación de dos de sus obras, muy distintas entre sí pero independientemente geniales: Aura, una pequeña joya del género fantástico, y La muerte de Artemio Cruz, una novela en la que Carlos Fuentes exploraba la historia de México de la primera mitad del siglo XX, a través de los recuerdos de un corrupto (en todos los sentidos) político y hombre de negocios. En realidad, casi toda la obra narrativa de Carlos Fuentes, desde La región más transparente hasta La silla del águila gira en torno a México, su historia y su identidad. Terra Nostra, obra de una elaboración formal complejísima, es probablemente el punto más extremo en este cuestionamiento colectivo.

En mi relación como lector con Carlos Fuentes, Gringo viejo ocupa un lugar particular. Quizás no sea su mejor obra, pero para quienes disfrutamos leyendo es una novela entrañable: cuenta los últimos meses de vida del escritor estadounidense Ambrose Bierce, que decide perderse en el torbellino de la Revolución Mexicana para tener un final honorable. La mezcla de historia, literatura y ficción; el estilo cortado de Fuentes y la densa representación de las relaciones entre México y EE.UU. me encantaron entonces; y creo que volverían a encantarme si lo releyera.


Hace poco Carlos Fuentes declaraba en una entrevista: "Miedos literarios no tengo ninguno. Siempre he sabido muy bien lo que quiero hacer y me levanto y lo hago. Me levanto por la mañana y a las siete y ocho estoy escribiendo. Ya tengo mis notas y ya empiezo. Así que entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo." Como me decía una alumna en un email que acabo de recibir: "es envidiable morirse con esas ganas de vivir."

Todas las reseñas sobre Carlos Fuentes en ULAD: Aquí

miércoles, 1 de febrero de 2012

Carlos Fuentes: Aura

Idioma original: español
Año de publicación: 1962
Valoración: Recomendable


Releer esta novela me ha producido sensaciones y reflexiones sorprendentes.

La primera: qué diferente es esta novela del recuerdo (bastante difuso, también es verdad) que tenía de ella. En mi memoria era un "Imprescindible" de libro. Ahora, ya veis, se ha quedado en un "Recomendable". Creo que, cuando la leí por primera vez, estaba en plena etapa de fascinación por lo fantástico, y encajó en esta fiebre como un guante; ahora esa fiebre ya se me ha pasado, y lo que entonces me fascinaba ahora no consigue interesarme tanto.

La segunda, relacionada: es curioso cómo vienen y van las modas literarias (y no me refiero a los best-sellers sino a la "alta literatura", por llamarlo de alguna forma), Por ejemplo, en los años 40 y 50 hubo una ola de literatura fantástica que recorrió el continente americano y contagió a muchos de sus principales escritores: en 1940 Borges edita (en colaboración con Bioy Casares y Silvina Ocampo) su Antología de literatura fantástica; en 1941 el propio Bioy Casares publica La invención de Morel; diez años más tarde, en 1951, el Bestiario de Cortázar; y todavía diez años más tarde, en 1962, esta Aura de Carlos Fuentes. Los escritores que vinieron después (García Márquez, Vargas Llosa...) ya no siguieron esta línea fantástica pura, sino que, como en el caso de Gabo, la integraron en una estética nueva que ha dado en llamarse "realismo mágico". No me atrevo a intentar una explicación literaria ni sociológica de esta moda.

Todo esto para decir que Aura debe ser considerada dentro de ese contexto, como representante casi último ("epígono", que dicen) de un género o subgénero que no desapareció, por supuesto, pero que ya no volvería a ocupar ese lugar central en el canon literario latinoamericano (piénsese por ejemplo en la estética de escritores como Piglia o Bolaño). Y dentro de ese contexto, sí, Aura es una obra casi perfecta, estilística y narrativamente muy trabajada y que funciona sobre todo en la creación casi inmediata de una atmósfera de misterio, suspense y terror (es un decir).

El planteamiento inicial de la historia tiene algún parecido con Los papeles de Aspern de Henry James (aunque a partir de aquí las dos novelitas se parezcan como un elefante a una llave inglesa): un hombre joven y culto, Felipe Montero, acude a una casa antigua y decadente habitada por dos mujeres, una vieja y una joven, casi niña, para escribir, o mejor dicho, completar las memorias del difunto marido de la anciana. El chico se enamora perdidamente de la joven, Aura, poseedora de unos ojos verdes casi inverosímiles, y se propone liberarla de lo que supone que es un cautiverio forzado e insoportable.

Pero muy pronto el autor nos da pistas de que las cosas no son lo que parecen: pistas más o menos sutiles (algunas, muy poco sutiles) como los comportamientos extraños de los dos personajes; los gatos que van y vienen; la oscuridad, la humedad, el polvo acumulado... No sé hasta qué punto de la narración pensaba Carlos Fuentes que se conservaría el efecto-sorpresa: un lector mínimamente avezado en este tipo de relatos adivina el final, salvo por ciertos detalles, relativamente pronto, así que el momento climático (de clímax, no de clima) queda bastante diluido.

¿Y por qué un "recomendable" si digo que es una novela bien escrita, casi perfecta, que funciona? Pues porque, ahora, da una sensación de artificio vacío, de preciosismo sin contenido humano. Será que desde los años 60 la literatura hispanoamericana ha mostrado las posibilidades de mezclar los prodigios de la técnica y el estilo, con la profundidad del mensaje; o será que yo ya no soy el que era.

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martes, 8 de mayo de 2012

Carlos Fuentes: La muerte de Artemio Cruz

Idioma original: español
Año de publicación: 1962
Valoración: Recomendable

Estaba yo el otro día dando clase de literatura hispanoamericana, explicando precisamente El otoño del patriarca (que, como ya saben los lectores habituales de este blog, no es precisamente una de mis novelas favoritas), y un alumno preguntó: "Bueno, pero toda esta experimentación, todo este barroquismo, ¿para qué?" Y yo contesté, no sé si acertadamente, que lo que estos autores intentaban era llevar al lenguaje y a la narrativa hasta sus mismos límites, y expresar una realidad específicamente americana empleando las técnicas literarias más vanguardistas. Pero tengo que reconocer que yo mismo a veces me pregunto: ¿para qué tanta perfección técnica y formal, tanto barroquismo estilístico, tanta experimentación? ¿Para darnos de comer a cuatro críticos y satisfacer el enorme ego de los escritores?

Por supuesto, estoy haciendo de abogado del diablo (al menos en parte): es indudable el valor histórico de obras como Rayuela, El Señor Presidente o Conversaciones en La Catedral, lo mismo que es indudable que sus autores están entre los mejores narradores del siglo XX, o que limitar programáticamente la narrativa a su función de "contar historias" sin prestar atención a cómo se cuentan esas historias es un empobrecimiento gigantesco (un empobrecimiento que afecta, creo yo, a gran parte de la literatura española actual). Lo cierto es que ya no se escriben novelas así. Ni siquiera los autores del boom que siguen vivos escriben novelas así: todos ellos han evolucionado hacia formas más sencillas, más clásicas, de narrar en los últimos años.

Todo este enorme prólogo sirve para introducir una de aquellas novelas propias del boom, con todo lo grandioso y todo lo cuestionable que ello conlleva. La muerte de Artemio Cruz es una indagación sobre el pasado mexicano, desde la Revolución hasta mediados del siglo XX, narrada a través de la voz (de las voces) de un anciano hombre de negocios que en su lecho de muerte rememora episodios de su vida y reflexiona sobre sus relaciones familiares (un recurso, por cierto, que Chico Buarque ha "copiado" en Leche derramada): una mujer que no lo ama, una hija que lo desprecia, viejos amores apasionados, un hijo muerto en la Guerra Civil española... A lo largo de la novela, Artemio Cruz se muestra como un hombre desilusionado, cobarde, traicionero, manipulador, sin escrúpulos, sin verdaderos afectos: su familia solo se preocupa por encontrar su testamento y él solo se preocupa por dejar bien atados sus negocios.

Pero lo que destaca en la novela es la experimentación narrativa: el texto alterna fragmentos narrados en primera persona y en presente/futuro (referentes a las últimas horas de vida del protagonista); fragmentos en segunda persona (los debates que transcurren en la mente torturada de Artemio) y fragmentos en tercera persona y en pasado, situados en un momento que se indica mediante una fecha, y que van desde el momento del nacimiento de Artemio Cruz en 1889 hasta su muerte en 1959. Para que la cosa quede clara, cada uno de los fragmentos se inicia con el pronombre correspondiente ("Yo", "Tú", "Él"). La suma de estos fragmentos dispersos de personalidad  y de historia dan una imagen desencantada del México contemporáneo, en el que cualquier ideal que pudiera albergar la Revolución se ha visto sustituido por la ambición, la corrupción y el mercantilismo.

Esta no es, realmente, la más compleja de las novelas que se escribieron durante la época del boom. El propio Carlos Fuentes alcanzó, en Terra Nostra, un nivel de complejidad narrativa, estilística y simbólica aún mayor. De hecho, esta novela casi podría considerarse un paso adelante en el aprendizaje del autor, en busca de su madurez expresiva. Tiene, en mi opinión, algo de desfasado en su exhibicionismo formal, pero también mantiene mucha fuerza en la construcción del personaje y en la representación de la realidad mexicana, por lo que sigue siendo una lectura recomendable, sobre todo para degustadores de la técnica narrativa.

Curiosamente, La muerte de Artemio Cruz es contemporánea de otra obra de Fuentes, Aura, que no tiene nada que ver, ni temática ni estilísticamente: aquella es una novela corta de género fantástico, cuya mayor experimentación consiste en estar narrada en segunda persona y en futuro. De hecho, Aura parece ser un divertimento escrito para "descansar" de la enorme exigencia de Artemio Cruz. En palabras del propio Fuentes: "Pues bien, Aura y Artemio Cruz son novelas escritas a la misma vez. Tuve que alejarme de Artemio Cruz. Estaba muy cansado de escribirla, así que escribí Aura. Y son novelas complementarias: Artemio Cruz es una novela de la muerte de la vida, y Aura es una novelita de la vida de la muerte". Lo cierto es que las dos, casi sin parecer del mismo autor, son obras que conviene leer. Y eso les concede un mérito especial.

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miércoles, 13 de mayo de 2015

Carlos Fuentes: La cabeza de la hidra

Resultado de imagen de la cabeza de la hidraIdioma original: español
Año de publicación: 1978
Valoración: Recomendable




No es tarea fácil aproximar esta novela a los lectores. En parte, porque todavía estoy asimilando alguna de sus muchas facetas, pero sobre todo porque estas, de alguna forma, se anulan entre sí en un juego constante de guiños y espejos con los que Fuentes engaña al lector, mientras el protagonista (Félix Maldonado ¿o era Diego Velázquez?) aparece engañado a su vez por un personaje/narrador que, ejerciendo de omnipotente demiurgo, se sitúa por encima de todos ellos –y hasta  por encima del bien y del mal– tal como hace el propio novelista.

Igual que en el mundo real, los personajes se encuentran entre dos aguas la mayor parte de las veces, la ambigüedad no desaparece nunca del todo, el amor no se conforma con un solo destinatario, el absurdo aumenta cuando se busca una explicación a lo que ocurre y, entre toda esa serie de despropósitos, cada uno intenta jugar sus bazas para obtener el mayor beneficio posible. O salvar el pellejo pues, en el peor de los casos, con eso basta.

En un lugar que se describe como

“Era lo malo de caminar a pie por la ciudad de México. Mendigos, desempleados, quizás criminales, por todos lados. Por eso era indispensable tener un auto, para ir directamente de las casas privadas bien protegidas a las oficinas altas sitiadas por los ejércitos del hambre.”
y, en una realidad que se desintegra, no hay anclajes. Todos compiten en la carrera para obtener el botín o, con mayor empeño aún, para que no se lo lleven los demás. La hidra bicéfala es el poder de la guerra fría, compuesta de dos cabezas a cual más imbatible, hipócrita y despiadada.

Tenemos el contexto, todo lo demás es pura demencia. Desde las arbitrarias citas de párrafos de Shakespeare, que completan unos diálogos exageradamente banales, hasta inverosímiles transformaciones de aspecto, las entradas y salidas del escenario de lo posible o esos demenciales comparsas convertidos en unos espías tan excéntricos como ineficientes.

Pero algunas reflexiones son irrebatibles:
“… que todos los desplazamientos jamás nos alejan del hospedaje de nosotros mismos y que ningún enemigo externo es peor que el que ya nos habita?”
“… el Presidente se acostumbra a oír solo lo que desea escuchar y los demás a decírselo. De allí al reino del capricho, solo hay un paso.”

Algunas muestras de cinismo arrojan verdades como puños y todo empieza a cobrar sentido cuando en ese teatrillo del mundo se nos muestran cuestiones tan candentes como el conflicto palestino-israelí, la lucha por la posesión del petróleo, las crisis periódicas como estrategia a rentabilizar, el espionaje, las contradicciones del poder etc. formando un rompecabezas imposible de resolver. Y es en ese aspecto donde, quizá, resulte fallido parcialmente el proyecto inicial del novelista. Los hilos sueltos no acaban nunca de anudarse, quizá no importe mucho, pero resulta molesto que se utilicen recursos tan burdos como que el enemigo se avenga a explicar sus tretas al héroe del relato para ayudar a atar cabos al lector. Y es que, seamos sinceros, después de armar un tinglado de esas características nadie puede salir airoso del todo, ni siquiera alguien con una trayectoria como esta.


También de Carlos Fuentes: Aquí
Sobre Carlos Fuentes: In memoriam

miércoles, 1 de julio de 2009

Novela de dictadores (y II)

Después de El señor Presidente, la novela de dictadores mantuvo una buena salud. Así, en 1951 se publicó El gran Burundún Burundá ha muerto, del escritor colombiano Jorge Zalamea, y en 1964 salió a la luz La fiesta del rey Acab, del chileno Enrique Lafourcade. Sin embargo, fue en la época del boom cuando la novela de dictadores alcanzó fama a nivel internacional.

Renovación
Asegura Carlos Fuentes que, a mediados de los años sesenta, él mismo y Gabriel García Márquez acordaron un vasto proyecto editorial llamado a convertirse en la obra de toda su generación: cada uno de los autores del boom debía hacerse cargo de la biografía de alguno de los muchos tiranos de la América latina. Carlos Fuentes planeaba por entonces recoger en una novela la historia de Santa Anna (dictador mexicano) y parece que Julio Cortázar se comprometió a escribir un libro sobre Evita Perón. Lamentablemente, estas dos obras quedaron en nada, pero el proyecto, titulado con ironía "Padres de la patria", se cumplió al menos en parte. En apenas dos años, se publicaron tres excelentes novelas que renovaron el género: El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier, Yo el Supremo (1975), de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez.

Hay dos grandes cambios que aporta el boom a la novela de dictadores. En primer lugar, la perspectiva se centra en el dictador mismo, haciendo que el lector vea el mundo a través de sus ojos. Se retrata, mucho más claramente que antes, la soledad del poder, hasta el punto de que puede llegar a sentirse lástima por esos personajes ridículos, aislados en su propia red de manipulación y falsedad. En segundo lugar, el lenguaje recibe un nuevo tratamiento. Si bien muchas de estas técnicas ya aparecen en El señor Presidente, aquí se consagran el monólogo interior, el flujo de conciencia, la fragmentación narrativa o la pluralidad de puntos de vista. Los autores del boom renuncian a la omnipotencia del narrador moderno, conscientes de que una auténtica crítica de los mecanismos del dominio absoluto debe implicar también el cuestionamiento del poder sobre el lenguaje.

Carpentier ya se había acercado al tema antes de El recurso del método; por ejemplo, al describir en El reino de este mundo (1949) la gloria y la caída de Christophe, el rey negro de Haití. En esta ocasión, en cambio, opta por no hablar de ningún personaje histórico en concreto. Se propone retratar la figura (nada anómala en la historia americana) del tirano con pretensiones ilustradas que gusta de pasar su tiempo en París, alejado del país bárbaro que se ve llamado a gobernar. Tales pretensiones de humanismo racionalista no se corresponden, por supuesto, con la efectiva política del dictador y se revelan como una mera ideología del dominio a la que se recurre a voluntad. Esa es la idea que refleja el juego de palabras del título, que hace un guiño al Discurso del método de Descartes. Roa Bastos, en cambio, sí circunscribe su novela a unas coordenadas históricas bien concretas: narra la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, que fue Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay de 1816 a 1840. En cuanto a El otoño del patriarca, podéis ver aquí la entrada que le dedicamos en este blog.

El post-boom
Después de este momento cumbre a mediados de los setenta, el género parece languidecer. En los ochenta podemos encontrar Cola de lagartija (1983), de Luisa Valenzuela, y La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy Martínez, ambas sobre el régimen peronista. Éste último vuelve a tratar el tema en Santa Evita (1995), que trata de las siniestras vicisitudes del cadáver de Eva Perón; algo parecido quizá, a decir de Carlos Fuentes, de lo que hubiera escrito Cortázar. El último gran ejemplo de la novela de dictadores, por ahora, es La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, que se ocupa de la tiranía de Trujillo y ya comentamos aquí.

Es imposible saber si este género, que ha dado tan grandes frutos a la literatura hispanoamericana, seguirá cultivándose en el futuro. Lo único que cabe esperar es que esos hipotéticos ejemplos puedan colocarse en los estantes de la novela histórica.

(Aquí podéis leer el artículo de la wikipedia en inglés, que me ha sido de gran utilidad para escribir este par de entradas.)

lunes, 19 de octubre de 2015

Carlos Fuentes: Diana o la cazadora solitaria

Resultado de imagen de diana o la cazadora solitariaIdioma original: español
Año de publicación: 1994
Valoración: Está bien


Hasta a los grandes autores les cuesta arrojar a la papelera o dejar a medias esas obras que, aunque técnicamente irreprochables, no están a la altura de aquellas que les elevaron a la cumbre. Poemas y novelas prescindibles dentro de una producción concreta se encuentran en cualquier época, pero desde hace algunos años, y en lo que concierne a la novela, la presión editorial ha originado una literatura de relleno que desentona un poco con la brillantez del currículo. La estructura de Diana no parece muy meditada, su conjunto resulta bastante irregular aunque le salve en parte la brillantez de su prosa, la hondura de algunas reflexiones y, en general, el innegable oficio de Fuentes.

Lo que se recrea aquí es un fragmento de la biografía del novelista: la relación que mantuvo en la década de los 60 con la actriz Jean Seberg, fallecida prematuramente. Comienza idealizando su figura mediante una enumeración de cualidades, pero de forma tan distante y abstracta que más que el retrato de una amante parece una idealización artificial al estilo de aquellos poetas medievales que practicaban el amor cortés. Porque ni se relatan las incidencias de esos amores ni se muestra el carácter de Diana. Ni de nadie porque, en realidad, todos los personajes aparecen difuminados. Tras esa presentación, la novela se convierte en un híbrido de narración, ensayo y memorias que se alternan anárquicamente sin un criterio claro y sin llegar a profundizar en ninguno. Aunque las páginas más logradas son, sin duda, las que dedica a analizar cine, literatura, personalidades y episodios históricos

“¿Cuándo fueron inocentes los Estados Unidos? ¿Cuando explotaron el trabajo negro esclavizado, cuando se masacraron entre sí durante la guerra de secesión, cuando explotaron el trabajo de niños e inmigrantes y amasaron colosales fortunas habidas, sin duda, de manera inocente? ¿Cuando pisotearon a países indefensos como Nicaragua, Honduras, Guatemala? ¿Cuando arrojaron la bomba sobre Hiroshima? ¿Cuando McCarthy y sus comités destruyeron vidas y carreras por mera insinuación, sospecha, paranoia? ¿Cuando defoliaron la selva de Indochina con veneno? (…) Los hipócritas ingleses, los cínicos franceses, los orgullosos alemanes (los inculpados y autoflagelantes alemanes tan ayunos de ironía) los violentos (o lacrimosos) rusos, ninguno cree que su nación haya sido jamás inocente”
o el escenario político del momento
“… a las vorágines del asesinato de los Kennedy y de Martin Luther King, la muerte de decenas de miles de muchachos salidos de los pueblecitos rurales a las selvas asiáticas, los muertos de Vietnam, los soldados drogados, los muertos inútiles, para nada, menos mal que al frente no iban los muchachos blancos, sino los negros y los chicanos, la carne de cañón, y en el país un coro de mentirosos diciendo que estábamos conteniendo a China, salvando la democracia vietnamita, impidiendo la caída de los dominós… Jhonson, Nixon, los magnavoces de la hipocresía, la ignorancia, la estupidez…”
o su actividad como escritor
“Necesitaba mentirme como escritor para sobrevivir como hombre.”
Pero se trata de divagaciones dispersas aquí y allá, sin el rigor y la organización de lo estrictamente ensayístico pues forman parte del flujo de conciencia del personaje que, a su vez, transmite sus propias preocupaciones y juicios.

El texto languidece por momentos, eleva el vuelo a veces pero en su mayor parte no mantiene el interés demasiado. Esto es así hasta que empieza a presentirse el desenlace, justo después de un episodio –tan reiterativo como ambiguo– en que el protagonista intuye una infidelidad. Es entonces cuando Fuentes comienza a ser concreto: por fin presenta a Diana como emblema del movimiento opositor sucumbiendo a la persecución de una derecha radical y racista, asistimos a una escena que contiene información real sobre la situación conyugal del narrador, nos ilustra sobre el final de la activista informándonos retrospectivamente de las causas que lo motivaron, muestra sus pensamientos y sentimientos sin máscaras por medio. Ahora es cuando comprendemos las motivaciones del personaje, incluso esa indiferencia que motivó la ruptura entre ambos. Es decir, precisamente cuando la muerte aparece en escena el texto comienza a cobrar vida. Y así es como concluye, justo cuando empezaba a interesarnos.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Semana de literatura mexicana: Carlos Fuentes: Todas las familias felices

Idioma original: español

Año de publicación: 2006

Valoración: Recomendable


Cuando a cualquier faceta humana se le añaden fuertes lazos – familiares, amorosos – el conjunto se convierte en una olla a presión, siempre al límite.

Todas las familias felices – título extraído de la primera frase de Ana Karenina, que sirve, a su vez, de epígrafe al texto – es una obra tan luminosa como oscura; cargada de pasión, de miseria, de deseos inconfesables y casi siempre inconfesados, de pulsiones violentas, una obra paradójica, magníficamente construida, extraña y extrañamente viva. Un fresco de la sociedad mejicana de cualquier ideología y estamento, compuesto – generalmente con gran crudeza – por alguien que conoce bien su país y lo ama. Con sus luces y a pesar de sus sombras.

Dieciséis relatos – más dieciséis coros apuntalándolos (poemas o estampas) – con argumentos que encontrarán sintetizados en la contraportada del libro. Pero, como ocurre con toda obra memorable, lo determinante es la forma. Por medio de ella el autor se queda en carne viva y deja así también las vidas, los personajes y al lector mismo. Personajes, por otra parte, inolvidables, voces surgidas del centro de cada relato, trasladándolo como un grito, un gemido, una acusación, un reproche, un lamento. Vemos así al padre déspota, que obliga a sus hijos a tomar los hábitos para estimular su rebeldía y asegurarse de que anhelarán administrar la hacienda. O a la madre de la joven asesinada, que siente el impulso de explicar al criminal cómo era esa hija que no vive ya por su culpa. O al marido ninguneado, que revive con la pariente poco agraciada la pasión perdida. O al hermano del revolucionario, que antepone a la vida de este su propia reputación. O al actor maduro, que encuentra en la paternidad tardía las satisfacciones que la escena empieza a negarle.

Los coros no aluden a lo narrado pero, sintonizando con el espíritu que preside el libro, asoman por la esquina del concepto y lo completan.

Hay de todo: política, sexo, rutina, convencionalismos, organización jerárquica, rebeldía, abismos sociales, supervivencia, marginalidad, arrogancia, muerte. A cada paso, el impacto, la sorpresa, el bofetón en la cara nos expulsan de nuestra rutina particular. Se nos concede el privilegio de presenciar el desmoronamiento de casi todo. Pasamos de las convenciones sociales a los enamoramientos incómodos, de las habladurías a la represión, del inmovilismo al ansia de ascenso social, de la emoción que suscita un paisaje al odio visceral, de la rutina conyugal al parpadeo del primer encuentro. Todo ello sazonado con grandes dosis de violencia, ideología y rencor.

Fuentes no pretende ocultar su postura. Evita adoptar actitudes claramente moralistas pero la deja traslucir con toda intención. Aunque es difícil, en un terreno como el que pisa, no acercarse a veces al límite de la lección moral, suele apartarse a tiempo. No llega a adoctrinar pero remueve. Inquieta. Desazona.


Todas las reseñas sobre Carlos Fuentes en ULAD: Aquí