Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable, pero
Se ha dicho ya un montón de veces, en este blog, en otros y en los medios "profesionales": en lo que llevamos de siglo XXI ha habido una verdadera eclosión de autoras latinoamericanas (incluyo a algunas españolas) que no sólo escriben con gran calidad desde edades bien tempranas, sino que lo hacen sin tener demasiados pelos en la lengua (o en la pluma) a la hora de tratar temas considerados como "delicados"; tanto cuando hablan o retratan escenas de sexo o violencia, hacen una cierta crítica social, o como cuando recogen los sentimientos y deseos más íntimos de sus personajes... que a veces no corresponden con lo que cabría esperar según la convención social de tiempos no tan lejanos e incluso de ahora mismo, menos aún si se trata de mujeres...
Como ocurre, sin ir más lejos, con el tema de la maternidad, otrora, y hasta hace bien poco, considerada como el instinto más profundo, la aspiración suprema que cualquier mujer debía tener, aunque en los últimos tiempos van apareciendo libros escritos por mujeres (en su mayor parte también madres, claro) que cuestionan o al menos matizan ese (instinto tan profundo", ese pozo de los deseos que se supone o suponía debe considerarse la maternidad... En esta línea se encuentra esta novela, la primera de la mexicana Brenda Navarro, que se articula a través de las voces de dos "madres": una que puede serlo y no quiere -o sí- y otra que no puede , queriéndolo -o no-... O, para ser más precisos, una madre a la que le roban su hijo y otra que se lo roba. Entre las dos se abre, aún sin conocerse, una suerte de diálogo descarnado-a veces se diría que es un solo monólogo- sobre la maternidad, pero también la culpa, el remordimiento y la aspereza de la vida que les ha tocado en suerte o en desgracia. Monólogo a dos voces, podríamos decir, caracterizadas, en lo formal, por un excelente uso del coloquialismo, aun distinguiendo, e introduciendo así el matiz de las diferencias de clase y formación, entre el español más estándar de una de las madres y el habla más popular, repleta de modismos mexicanos, de la otra, quizás más difícil de entender, a veces, para los lectores de otros lugares, pero también llena de más plasticidad y verosimilitud (aunque quizás éste sea un prejuicio pintoresquista mío, no lo descarto). En definitiva, es ésta una novela que, por la valentía con que trata ciertos asuntos y la excelencia de la forma, sólo puedo considerar como recomendable.
Ahora bien, y aquí vienen los peros, ya digo que la novela va, principalmente, sobre las cuitas y contracuitas de la condición materna, sobre la familia, la pareja, el convivir cada cual con sus culpas y sus deseos; pero, además, la autora ha aprovechado para, en el término de una novela bastante breve -alrededor de 160 páginas-, introducir, aunque sea de pasada, un montón de cuestiones, a cada cual más espinosa: la violencia contra las mujeres, el autismo, la enfermedad mental, el incesto, los desaparecidos en su país, el racismo, la emigración a EEUU... ¡coño, si hasta en un momento determinado se habla de la ETA! -la parte que se desarrolla en España, por cierto, resulta un tanto chirriante, aunque quizás en México piensen justo lo contrario-; en fin, que son demasiados huevos para una sola cesta, me parece a mí...
Por otro lado, y reconozco que esto es una apreciación personal de este humilde reseñista, que seguramente nadie más comparta, lees a Brenda Navarro después de haber leído a ...... o ...... (rellenar aquí con los nombres de las escritoras latinoamericanas contemporáneas sin pelos en la lengua que prefiráis) y la sensación es un poco de déjá-vu... No porque su novela no sea original o esté escrita siguiendo una especie de fórmula, pero sí porque pertenece, como he mencionado al principio, a una corriente ya perfectamente reconocible y que, por tanto, deja menos lugar para la sorpresa. Quizá si hubiese leído Casas vacías hace dos o tres años, cuando fue publicada en primer lugar (creo que en formato digital), me habría dejado un regusto diferente, pero en este ya un poco larguito 2020, y aun sintiéndolo, es lo que hay...
Como ocurre, sin ir más lejos, con el tema de la maternidad, otrora, y hasta hace bien poco, considerada como el instinto más profundo, la aspiración suprema que cualquier mujer debía tener, aunque en los últimos tiempos van apareciendo libros escritos por mujeres (en su mayor parte también madres, claro) que cuestionan o al menos matizan ese (instinto tan profundo", ese pozo de los deseos que se supone o suponía debe considerarse la maternidad... En esta línea se encuentra esta novela, la primera de la mexicana Brenda Navarro, que se articula a través de las voces de dos "madres": una que puede serlo y no quiere -o sí- y otra que no puede , queriéndolo -o no-... O, para ser más precisos, una madre a la que le roban su hijo y otra que se lo roba. Entre las dos se abre, aún sin conocerse, una suerte de diálogo descarnado-a veces se diría que es un solo monólogo- sobre la maternidad, pero también la culpa, el remordimiento y la aspereza de la vida que les ha tocado en suerte o en desgracia. Monólogo a dos voces, podríamos decir, caracterizadas, en lo formal, por un excelente uso del coloquialismo, aun distinguiendo, e introduciendo así el matiz de las diferencias de clase y formación, entre el español más estándar de una de las madres y el habla más popular, repleta de modismos mexicanos, de la otra, quizás más difícil de entender, a veces, para los lectores de otros lugares, pero también llena de más plasticidad y verosimilitud (aunque quizás éste sea un prejuicio pintoresquista mío, no lo descarto). En definitiva, es ésta una novela que, por la valentía con que trata ciertos asuntos y la excelencia de la forma, sólo puedo considerar como recomendable.
Ahora bien, y aquí vienen los peros, ya digo que la novela va, principalmente, sobre las cuitas y contracuitas de la condición materna, sobre la familia, la pareja, el convivir cada cual con sus culpas y sus deseos; pero, además, la autora ha aprovechado para, en el término de una novela bastante breve -alrededor de 160 páginas-, introducir, aunque sea de pasada, un montón de cuestiones, a cada cual más espinosa: la violencia contra las mujeres, el autismo, la enfermedad mental, el incesto, los desaparecidos en su país, el racismo, la emigración a EEUU... ¡coño, si hasta en un momento determinado se habla de la ETA! -la parte que se desarrolla en España, por cierto, resulta un tanto chirriante, aunque quizás en México piensen justo lo contrario-; en fin, que son demasiados huevos para una sola cesta, me parece a mí...
Por otro lado, y reconozco que esto es una apreciación personal de este humilde reseñista, que seguramente nadie más comparta, lees a Brenda Navarro después de haber leído a ...... o ...... (rellenar aquí con los nombres de las escritoras latinoamericanas contemporáneas sin pelos en la lengua que prefiráis) y la sensación es un poco de déjá-vu... No porque su novela no sea original o esté escrita siguiendo una especie de fórmula, pero sí porque pertenece, como he mencionado al principio, a una corriente ya perfectamente reconocible y que, por tanto, deja menos lugar para la sorpresa. Quizá si hubiese leído Casas vacías hace dos o tres años, cuando fue publicada en primer lugar (creo que en formato digital), me habría dejado un regusto diferente, pero en este ya un poco larguito 2020, y aun sintiéndolo, es lo que hay...

















