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lunes, 10 de agosto de 2020

Brenda Navarro: Casas vacías

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable, pero

Se ha dicho ya un montón de veces, en este blog, en otros y en los medios "profesionales": en lo que llevamos de siglo XXI ha habido una verdadera eclosión de autoras latinoamericanas (incluyo a algunas españolas) que no sólo escriben con gran calidad desde edades bien tempranas, sino que lo hacen sin tener demasiados pelos en la lengua (o en la pluma) a la hora de tratar temas considerados como "delicados"; tanto cuando hablan o retratan escenas de sexo o violencia, hacen una cierta crítica social, o como cuando recogen los sentimientos y deseos más íntimos de sus personajes... que a veces no corresponden con lo que cabría esperar según la convención social de tiempos no tan lejanos e incluso de ahora mismo, menos aún si se trata de mujeres...

Como ocurre, sin ir más lejos, con el tema de la maternidad, otrora, y hasta hace bien poco,  considerada como el instinto más profundo, la aspiración suprema que cualquier mujer debía tener, aunque en los últimos tiempos van apareciendo libros escritos por mujeres (en su mayor parte también madres, claro) que cuestionan o al menos matizan ese (instinto tan profundo", ese pozo de los deseos que se supone o suponía debe considerarse la maternidad... En esta línea se encuentra esta novela, la primera de la mexicana Brenda Navarro, que se articula a través de las voces de dos "madres": una que puede serlo y no quiere -o sí- y otra que no puede , queriéndolo -o no-... O, para ser más precisos, una madre a la que le roban su hijo y otra que se lo roba. Entre las dos se abre, aún sin conocerse, una suerte de diálogo descarnado-a veces se diría que es un solo monólogo- sobre la maternidad, pero también la culpa, el remordimiento y la aspereza de la vida que les ha tocado en suerte o en desgracia. Monólogo a dos voces, podríamos decir, caracterizadas, en lo formal, por un excelente uso del coloquialismo, aun distinguiendo, e introduciendo así el matiz de las diferencias de clase y formación, entre el español más estándar de una de las madres y el habla más popular, repleta de modismos mexicanos, de la otra, quizás más difícil de entender, a veces, para los lectores de otros lugares, pero también llena de más plasticidad y verosimilitud (aunque quizás éste sea un prejuicio pintoresquista mío, no lo descarto). En definitiva, es ésta una novela que, por la valentía con que trata ciertos asuntos y la excelencia de la forma, sólo puedo considerar como recomendable.

Ahora bien, y aquí vienen los peros, ya digo que la novela va, principalmente, sobre las cuitas y contracuitas de la condición materna, sobre la familia, la pareja, el convivir cada cual con sus culpas y sus deseos; pero, además, la autora ha aprovechado para, en el término de una novela bastante breve -alrededor de 160 páginas-, introducir, aunque sea de pasada, un montón de cuestiones, a cada cual más espinosa: la violencia contra las mujeres, el autismo, la enfermedad mental, el incesto, los desaparecidos en su país, el racismo, la emigración a EEUU... ¡coño, si hasta en un momento determinado se habla de la ETA! -la parte que se desarrolla en España, por cierto, resulta un tanto chirriante, aunque quizás en México piensen justo lo contrario-; en fin, que son demasiados huevos para una sola cesta, me parece a mí...

Por otro lado, y reconozco que esto es una apreciación personal de este humilde reseñista, que seguramente nadie más comparta, lees a Brenda Navarro después de haber leído a ...... o ...... (rellenar aquí con los nombres de las escritoras latinoamericanas contemporáneas sin pelos en la lengua que prefiráis) y la sensación es un poco de déjá-vu... No porque su novela no sea original o esté escrita siguiendo una especie de fórmula, pero sí porque pertenece, como he mencionado al principio, a una corriente ya perfectamente reconocible y que, por tanto, deja menos lugar para la sorpresa. Quizá si hubiese leído Casas vacías hace dos o tres años, cuando fue publicada en  primer lugar (creo que en formato digital), me habría dejado un regusto diferente, pero en este ya un poco larguito 2020, y aun sintiéndolo, es lo que hay...

jueves, 25 de junio de 2020

Selva Almada: Ladrilleros

Idioma: español
Año de publicación: 2013
Valoración: más que recomendable

De la magnífica generación de estupendas escritoras latinoamericanas (y, en este caso, argentinas) que este siglo XXI nos está brindando nos faltaba por reseñar en este blog alguna representante más como Selva Almada, autora, entre otros libros, de este Ladrilleros, novela corta e intensa que merece más atención que la que el hype del momento o la promoción editorial le pueden haber proporcionado.

Ladrilleros es una historia sobre la enemistad entre dos hombres, que se extiende a sus familias, en un pueblo del interior profundo de Argentina -novela, pues, y como es lógico, plagada de argentinismos y, más aún, de argot popular, aunque aviso que "ladrilleros" no es una palabra que signifique otra cosa que lo que parece: los protagonistas y rivales se dedican justamente a hacer ladrillos-; historia sobre una venganza aplazada y, sobre todo, sobre la paternidad y filiación, sobre como los pecados de los padres se transmiten a los hijos, que los purgan cometiendo los suyos propios. Novela sobre las formas de convertirse en hombre y sobre las obligaciones (supuestas) que conlleva tal condición. Sobre la rivalidad y la amistad y sobre el hambre de otros cuerpos para medirse con ellos en la pelea o en el sexo. Porque sí, sexo también hay a borbotones, a chorro, en esta novela, de una manera voraz y sin rodeos (aprovecho para comentar que las escritoras suelen contar esos momentos febriles mejor que los hombres, creo yo).

Sexo, violencia, lucha por convertirse en el macho alfa de la manada... elementos eternos que lo mismo sirven para explicar la berrea de los ciervos que un culebrón televisivo o la mayor parte de la Biblia (si me apuráis, toda)... Sólo que aquí combinados de una manera diferente (aunque recuerde de alguna forma, y salvando las distancias, a Crónica de una muerte anunciada), con una aparente modestia, quizás, porque habla de las cuitas de las clases trabajadoras y empleando un lenguaje popular. Pero ambiciosa al mismo tiempo porque con materiales tan humildes como el barro con que se hacen los ladrillos, Almada consigue construir una novela potente y expresiva, de gran calidad literaria y estructura narrativa de una complejidad apreciable. Eso sí, que nadie piense que va a aprender aquí a fabricar ladrillos, que tampoco es eso...

lunes, 25 de mayo de 2020

Michelle Roche Rodríguez: Malasangre

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable si no esperas una historia de terror

Historias de vampiros, al menos desde el siglo XVIII, ha habido infinidad y con toda clase de variantes, que van desde lo sublime a lo chusco, pasando por la hormona adolescente, lo cómico, lo distópico o lo algodonosamente infantil... En esta Malasangre nos encontramos con una propuesta bastante original, al menos hasta donde yo conozco: una novela de vampirismo tropical, latinoamericana y, para más detalle, totalmente enraizada en la Historia de Venezuela, donde se desarrolla. para más concreción, la novela transcurre en la Caracas de 1921, en plena dictadura del general Juan Vicnte Gómez, cuando el país -o al menos sus dirigentes y la red familiar y clientelar tejida a su alrededor- comienza a enriquecerse gracias a la explotación , aun por parte de compañíaas extranjeras, de los fabulosos yacimientos de petróleo que se iban descubriendo en su geografía. En ese contexto, la adolescente Diana Gutiérrez, hija de un arribista llegado a la capital trass participar en la "Revolución Liberal Restauradora" (sic) que había llevado al poder al general Castro, y luego a Gómez, y de una joven de buena familia caraqueña venida a menos, descubre que ha heredado de su padre la hematofagia, una terrible sed de sangre, aunque aún no evolucionada hasta el vampirismo... de momento.

Podemos decir que la novela discurre en diferentes niveles, que se entrecuzan: por una parte, la trama o peripecia en sí misma, la historia de la joven Diana, que al dejar la niñez se ve impelida por las ambiciones familiares y las convenciones sociales a buscar marido, comportándose como una recatada señorita casadera, al tiempo que debe asumir -y controlar- su condición de hematófaga, de mujer aviesa y rendida a los instintos animales... una "malasangre", que dice su madre. Mientras que la aaspiración de Diana es abrirse a las posibilidades que ofrece a las mujeres un mundo en proceso de cambio hacia la modernidad (posibilidades entonces bastante relativas, ya lo sabemos, pero al menos diferentes del tradicional papel que tenían reservado como esposas, madres y objeto de cambio para los intereses masculinos).

Por otro lado, encontramos la trama histórico-política en la que se ve envuelta nuestra protagonista, de ella, junto con una ambientación que cabe suponer apropiada, me parece destacable la claridad con que la autora explica las coyunturas política, social y económica de la época, algo a lo que, en un principio, supongo ajena a la mayoría de lectores no venezolanos. Cierto es que quizás la atención que le presta a esta faceta de la novela haga decaer un tanto el aspecto  más "gótico" de la narración (no olvidemos que, después de todo, se trata de una historia de vampiros... perdón, de hematófagos), pero ello también le permite entroncar Malasangre, o eso creo yo, con el ya clásico subgénero latinoamericano de "novelas de dictadores", con cierta conexión, puesto que la protagonista es también una mujer que cuenta las vicisitudes de su juventud, con La fiesta del chivo, de Vargas Llosa.

A un nivel más simbólico, hay una evidente analogía, reiterada a lo largo de la novela, entre el ansia por la sangre y el deseo (llegando al desenfreno) sexual, más aún cuando el descubrimiento de ambas circunstancias le sobreviene a Diana al poco de comenzar su pubertad. Ahora bien, el vampirismo supondría un paso más allá: la asunción de su naturaleza lúbrica, incluso bestial, por parte de la persona afectada; en el caso de las mujeres, la elección de una vida "indecente", "torcida", "viciosa"... es decir, convertirse en una malasangre. De un modo más general, también se vería como tales a las mujeres que querían liberarse de las ataduras de la sociedad tradicional: las sufragistas, feministas, contestatarias... Con otro sentido simbólico, aunque de una forma menos evidente, el vampirismo también se podría considerar aquí una alusión a la extracción de la riqueza petrolífera del país por parte de los extranjeros, y de la riqueza en general por la oligarquía política y financiera, tanto la de toda la vida, el "dinero viejo", como la de los "chácharos" que medraban con los gobiernos de Castro y Gómez.

En suma, la novela toca y trata varios temas, quizá hasta en demasía para su no excesiva extensión; tal vez también, y como ya he señalado, eso vaya en detrimento de la vertiente más gótica, más propia de una historia de terror; pero aunque no sea tal, sensu stricto, sí que se puede considerar una variación interesante del género, refrescante, incluso (si es que se puede utilizar tal adjetivo, en este caso). Sobre todo, y de cualquier manera, se trata de una novela no sólo apreciable, sino recomendable, que, presumo, es además de las que dejan poso en la memoria lectora. Y que espero no sea la última de esta apreciable escritora venezolana, aunque el listón se lo ha puesto ella misma bastante alto. Aguardaremos a ver si lo supera...

viernes, 3 de enero de 2020

Gustavo Faverón Patriau: Vivir abajo

Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Una barbaridad de novela. Una barbaridad de novela es la que ha parido Gustavo Faverón: barbaridad por la forma, abarrocada, excesiva, laberíntica; pero también por lo que cuenta, por el fondo: las barbaridades, las innumerables violencias que se han infligido a América latina -aunque no sólo- durante el perturbado siglo XX (y parece que tampoco sólo el siglo XX, por desgracia). Una barbaridad de novela, alucinada y alucinante, desbordante, aunque dotada al tiempo de una estructura, de una intención más férrea de lo que puede parecer en un principio...

Novela desbordante, ya digo, por laberíntica , por orgánica, si se quiere, que avanza como el magma en el fondo del océano o, más bien como uno de esos gusanos marinos ondulantes, que se enrosca y desenrosca sobre sí mismo y hacia fuera de sí mismo. Novela subterránea como los innumerables caminos secretos que trazan las lombrices de tierra y los topos que se alimentan de ellas; novela que, en cierto, modo, también recrea esa caza ciega, ese escabullirse y encontrarse, de topos y lombrices, en sus túneles bajo tierra.

Porque aquí el título no sólo es metafórico: Vivir abajo se llama así porque hay quien pasa la vida viviendo -si es que eso es vida- abajo, bajo la superficie de la vida aparente y "normal": los presos, los desaparecidos, los torturados, los muertos... Pero también sus carceleros, sus torturadores, sus asesinos llevan una vida subterránea -no en vano, el grabado de una cárcel de Piranesi que ilustra la cubierta española de la novela parece haber sido hecha ex profeso para ella hace casi 300 años-; de todo eso, torturas, violaciones, asesinatos, matanzas, está repleta esta novela, que le saca las tripas, para orearlas y mostrarlas en su miseria, a lo que ha sido la Historia reciente -quizás también la actual, quizás la de siempre- de América y del mundo. todo ello a partir de la figura enigmática y en principio ominosa de George Bennett, cineasta y asesino norteamericano, hijo de un militar y agente de la CIA  y una boliviana. Pero no sólo, porque la historia de George se va ramificando en una miríada de historias de quienes le rodean o se topa en su camino y así vamos conociendo las desventuras de niños maltratados, de soldados americanos en Yugoslavia, de cineastas experimentales,de pyragues paraguayos, de un guitarrista peruano, de un preso brasileño, de un superviviviente de Auschwitz, de un bosnio dueño de una librería, de un senderista nadador, de torturadores chilenos, de torturadores norteamericanos, de torturadores alemanes, de nazis de diversa condición y voluntad de serlo... porque el nazismo, como epítome de la crueldad humana, es la matriz a partir de la cual parecen haber sido generados muchos personajes, muchos comportamientos y devenires que aparecen en el libro.

Habrá quien se haya dado cuenta por el anterior párrafo, si es que no lo había notado antes, que esta novela denota una indudable impronta "bolañeana" (o como se diga... si es que se dice); así es, aun con un matiz importante: en las novelas de Bolaño, al menos hasta donde yo conozco, suele haber una cierta laxitud, una mayor incertidumbre, que, buscada o no, contribuye a volverlas inquietantes. En la mayor parte de Vivir abajo, sin embargo, no hay tregua: ni la trama ni el estilo aflojan un ápice y obligan al lector a una tensión constante... bien es cierto que hay toques de humor, aunque bien negruzco, repartidos a lo largo de la novela (sobre todo en la historia del Mano Manzano, escritor incesante chilrno, y  en las películas imaginadas por los presos de la cárcel paraguaya). Y aunque no esté explícita, no es sólo la de Bolaño la única presencia tutelar de esta obra: más evidentes -y recurrentes de forms circular- también están las de poetas como el boliviano Jaime Saenz, Alejandra Pizarnik, Robert Frost; cineastas como Klímov y Werner Herzog; pintores como el Bosco; compositores barrocos... y sobre todo, la sempiterna sombra de Shakespeare y de Calderón de la Barca.

Lo repito: una barbaridad de novela que no trata únicamente de la violencia y la represión; es una novela sobre la locura y la redención, la culpa y la venganza, sobre la ficción y la mentira, sobre los padres y los hijos (quizá esto resuma todo lo anterior)... ¿Se trata de la mejor novela publicada el año pasado, o cuando menos en lengua castellana, como en su momento han afirmado algunos "prescriptores literarios" (pero que no me entere yo que le hacéis caso a alguien que no sea de ULAD)? No me atrevo a afirmar tanto, pero sin duda Gusravo Faverómn ha escrito una barbaridad de novela, una brutalidad, un novelón. En serio.

También en ULAD: Minimosca y Madame Vargas Llosa

martes, 26 de noviembre de 2019

Eduardo Halfon: El boxeador polaco

Idioma: español
Año de publicación: 2009 y 2010 (aunque reunidos todos los relatos de esta edición, 2019)
Valoración: recomendable

Acordaos de mis palabras: algún día a Eduardo Halfon le darán un premio gordo, tipo Cervantes o Nobel; bueno, digo algún día porque para el Cervantes es aún un pimpollo, como quien dice, pues sólo se concede a quienes ya bordean o están en plena senectud. Aunque para el Nobel ya está en edad, ciertamente, y a saber por dónde les da la ventolera a los suecos, habida cuenta además, que este escritor reúne varias características que suelen gustar a esa gente: escribe en una de las lenguas más habladas del mundo, pero desde una posición digamos "exótica" (cierto es que si alguien nos lee ahora mismo desde Guatemala, no lo considerará tan exótico, claro... Que piense entonces en su ascendencia multicultural); es además un autor conocido, pero quizás no del gran público y sobre todo, ha ido forjando una obra sólida y coherente, de lo más personal -de hecho, es de los pocos practicantes del onanism autoficción que merecen la pena, creo- y, por supuesto, de una calidad literaria enorme y constante; una especie de Messi literario, vaya... Porque, vamos, el tío escribe que da gusto: bonito y facilito (de leer), capaz de sacar oro molido de cualquier tema, incluso anecdótico, con esa elegancia y soltura que se detecta en otros grandes (pero no grandilocuentes) escritores como Dovlátov o Ítalo Calvino, a quienes uno imagina pergeñando una maravilla de texto en una servilleta de un restaurante, en una libretilla, de pie en la parada del tranvía o en un papel cualquiera, torcido sobre la mesilla de noche de un hotel. 

En fin, como ya digo, a Eduardo Halfon algún día le darán un premio de los tochos y entonces ustedes, vosotros, lectores acérrimos de Un Libro Al Día, podréis daros pote comentando que eso ya lo sabíais y que es un autor de una obra sólida, coherente, constante, personal y de gran calidad, y poner como ejemplo este El boxeador polaco, compilación de relatos -más o menos- que ha tenido este mismo año una reedición, ampliada, en Libros del Asteroide, puesto que su primera edición de 2009, en la valenciana Pre-Textos, era ya inencontrable, para desespero de los muchos admiradores de este escritor. Además, para esta ocasión el libro se ha fundido -o soldado con estaño, por emplear la metáfora que insinúa su autor- con otro, La pirueta, publicado en origen por la misma editorial y que en su momento -2010- ganó el premio de novela corta José María de Pereda; porque aunque se pueda leer como relatos independientes y como tales se presenta, los que formaban parte de este libro constituyen una auténtica novela corta (o más o menos, también). El caso es que además, existe una relación entre los dos libros originales y elementos del primero aparecen en el segundo, por lo que incluso más que nada deberíamos hablar de una imbricación entre ellos -algo característico, en realidad y haasta donde yo conozco, de toda la obra de Halfon-; soldada también, si se quiere.

Los primeros relatos son independientes entre sí, aunque todos tienen un aire en común, escenarios y ambientes similares, además de cómo no, un protagonista que es el propio Eduardo Halfon -o un tipo que se llama como él- y que también es profesor de literatura en una universidad guatemalteca, de familia judía, ha estudiado ingeniería en Estados Unidos y frecuenta la hermosa ciudad de Antigua, en su país natal. En el primero (no quiero desvelar mucho, aunque tampoco es que la sorpresa sea el factor determinate de estos ¿cuentos?, Lejano, el profesor Halfon, aburrido de dar clase a estudiantes estultes o desinteresados por su tema, descubre en un alumno indígena becado a un poeta excepcional, Fumata blanca nos cuenta cómo se liga a una turista israelí. Y ya. Twaineando relata un coloquio sobre Mark Twain al que asiste en Durham, Carolina del Norte (o del Sur, no sé), ciudad donde él mismo había estudiado años atrás. Epístrofe, cuando entra en relación con un pianista serbio medio gitano que le fascina por su forma de entender la música y su relación con el mundo que le rodea (es fácil colegir que Halfon hace una analogía con la literatura). Y en El boxeador polaco, que da título al libro, narra cómo su abuelo, judío polaco superviviente de Auschwitz y Sachsenhausen, le cuenta a su nieto la historia de los números que llevaba tatuados en el brazo y cómo salvó la vida, justamente gracias a un boxeador de su misma ciudad de Polonia. Es, sin duda, el relato más redondo de todos, quizás no el más sugerente, empero, pero sí el que sirve de piedra de toque del resto, pues en general, casi todos tratan de la identidad cultural o incluso étnica-no quiere decir que sea el único tema- y de cómo huir de ella o no conseguir huir de ella o buscarla y no encontrarla, o encontrarla y que se te escurra entre los dedos. 

El resto de relatos o capítulos, más bien, corresponden al libro La pirueta, y enlazan con Epístrofe. Halfon, obsesionado con la figura nómada del pianista serbio Milan Rakic, se interesa también, a través de éste, por la música gitana y por los propios gitanos balcánicos, hasta el punto de viajar a Belgrado para investigar entre esta comunidad el paradero de su amigo (epistolar, más que nada). La búsqueda se convierte en una auténtica aventura, que aunque no resulte tan verosímil como otros relatos más "autoficcionales" de este escritor, sí que gana en cierto lirismo, en colorido ambiental y en una fascinación que el autor logra transmitir al lector. Que luego esa fascinación se pueda convertir en una metáfora de algo -en el caso de Halfon, de la creación literaria- ya depende de la interpretación de cada cual.

Adjunto, de paso, un par de reflexiones sobre lo que es la literatura que nos deja este escritor y me han gustado (quien no quiera por miedo a un spoiler de ésos, que no las lea):

"La literatura no es más que un buen truco, como el de un mago o un brujo, que hace a la realidad parecer entera, que crea la ilusión de que la realidad es una (...)"

Y también: 

"Así, exactamente, es la literatura. Al escribir sabemos que hay algo muy importante que decir con respecto a la realidad, y que tenemos ese algo al alcance, allí nomás, muy cerca, en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin falta, lo olvidamos."

Antes de acabar, dos notas, más bien anecdóticas: una es sobre el contenido del libro. Hay un refrán español que dice "quien parte y reparte se lleva la mejor parte". En este caso, Eduardo Halfon reparte y nos cuenta que, en al menos dos de los relatos del libro, hay bellas muchachas que se sienten atraídas y flitean, por no decir algo más, con él o un protagonista llamado como él. Asimismo, en la parte correspondiente a La pirueta, él o un protagonista llmado como él mantinen una relación sexualmente de lo más activa con una joven doctora muy deshinibida en ese terreno... y que además después de cada coito se dedica a representar gráficamente sus orgasmos. En el libro salen muchos y muy variados. Estos orgasmos, me refiero... ¡Hombre Eduardo, que se te ve mucho el plumero, como decimos por aquí!

La segunda anotación es incluso más superflua: me he dado cuenta de que con está ya van dos cubiertas seguidas de libros reseñados en las que aparece alguien montado en una bicicleta... Sólo puedo decir que es casualidad, pero también que no será la última... con permiso de Koldo, claro ; )



Otros títulos de Eduardo Halfon reseñados en Un Libro Al Día: MonasterioSignor HoffmanDueloBiblioteca bizarraSaturno

jueves, 20 de junio de 2019

Gabriel García Márquez: La mala hora


Idioma original: castellano
Año de publicación: 1962
Valoración: Recomendable

Si después de muchos años sin volver a un autor, en unas pocas líneas iniciales ya hemos identificado su estilo, ahí hay algo mágico, quizá lo que define a un genio. Es lo que ocurre con Gabo, de inmediato estamos sumergidos en su atmósfera, sin lugar a dudas nos enganchamos a su tono y su ritmo, y sabemos que nos deleitará con su frase breve pero llena de sensualidad, su adjetivación precisa y la peculiar frialdad con la que multiplica el efecto de lo insólito o lo descarnado.

La mala hora es una obra todavía temprana, aunque emparedada nada menos que entre El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, casi nada. Parece bastante claro que es lo que podríamos llamar una obra menor, y quizá un puente entre el realismo sobre el que todavía transita y los peculiares ingredientes del realismo mágico que no tardarían en aparecer para constituirse en un sello definitorio, casi tópico, del autor.

La narración se desarrolla en un pueblo colombiano sin nombre y en una época que, aunque tampoco se define, se puede muy bien identificar con el periodo conocido como ‘la Violencia’, años de guerras civiles no declaradas, a mediados del siglo pasado, y más concretamente después de la dictadura de Rojas Pinilla, finalizada no mucho antes de publicarse el libro. En ese entorno tan del gusto de García Márquez nos enteramos, siempre de forma indirecta, de que acaba de terminar una época de represión y violencia que ha dejado profundas cicatrices, y el alcalde, claramente vinculado con la etapa anterior, intenta demostrar que se ha pasado página y que el futuro se escribirá en paz y en libertad. Las cosas no serán sin embargo tan fáciles, los rencores son todavía ardientes y pocos se creen la reconversión de los antiguos represores. En definitiva, el clima de enfrentamiento sigue latente, y la extraña aparición de unos pasquines aireando infidelidades y vergüenzas privadas de los vecinos enrarece aún más el ambiente y hace que broten las primeras chispas.

Estamos en una novela coral, un amplio y a veces algo confuso muestrario de personajes que constituye la radiografía del pueblo: algunos que no han abjurado de su militancia, otros a quienes ocupa sobre todo su vida familiar (y a veces diríamos parafamiliar), los que siguen impertérritos su rutina, y los que apenas pueden hacer otra cosa que sobrevivir, como los desplazados por unas inundaciones. Todos ellos pivotando en torno al alcalde (cargo que no sé si es exactamente equiparable al español), un militar reciclado que muestra dificultades para adaptarse a los nuevos tiempos que él mismo intenta vender, y con el hilo conductor del padre Ángel, el dibujo soberbio de un cura rematadamente pobre, con voluntad de apaciguar pero con las ideas claras. Unos personajes más interesantes que otros, pero todos llenos de matices, definidos con pocos trazos, exactamente los necesarios y solo ellos, a veces un rasgo físico, una actitud, una manera de moverse.

El retrato muestra las heridas de la represión y el recuerdo bien fresco de las operaciones nocturnas, el terror, los paseíllos y los disparos, pero también otros aspectos interesantes que aparecen a remolque de una dictadura. Por ejemplo, la corrupción, que antes o después se termina instalando en los distintos niveles del poder, al cobijo de la impunidad. O la convicción, que arraiga en algunos funcionarios, de que hay que sacar provecho de una situación que a buen seguro será transitoria y en algún momento se volverá en contra. Una relación dictadura-corrupción que, aunque en una perspectiva algo diferente, curiosamente también aflora en El siglo de las luces de Alejo Carpentier, publicada el mismo año.

Sí es cierto que el relato da la impresión de atascarse, de girar una y otra vez sin avanzar, y esta falta de desarrollo empobrece un poco el conjunto. Es como algo a medio hacer, o construido sin una idea previa, algo que pudo haber sido bien un cuento (pero en ese caso recortando elementos que le restan agilidad), o bien una obra de mayor extensión (de haberse acertado a dar continuidad al argumento), para terminar quedándose un poco en tierra de nadie. Un relato que además Gabo no quiso cerrar con un final preciso, aunque claramente lo sugiere o, mejor dicho, deja la puerta abierta a una nueva fase que el lector debe construir a partir de lo narrado. Eso sí, no sin antes habernos dejado un último párrafo absolutamente genial que no debo comentar y menos reproducir porque sería robarle al posible lector una de las joyas más brillantes de este libro desigual.

Porque joyas tiene muchas. Si la historia se nos queda algo coja, la lectura, frase a frase, es una delicia, nunca una palabra de más, a cada paso un elemento inesperado, la definición exacta y esos adjetivos audaces que a veces desembocan en la sinestesia o en algún sutil juego de significados. Hay otros grandes autores que manejan estos recursos con solvencia, pero en mi opinión García Márquez lo hace con una cualidad que le hace inigualable: la naturalidad. Si pudiéramos preguntarle, seguramente nos diría que detrás de su prosa hay mucho más currelo del que parece, pero para el lector la sensación es de que todo es fruto del talento y solo de él, que las palabras fluyen de la única forma posible, que no hay tachaduras, dudas ni rectificaciones. Es lo que me parece más admirable del libro, y esto lo podemos disfrutar aunque en otros aspectos resulte algo menos satisfactorio.

Otras obras de Gabriel García Márquez en ULAD: aquí

martes, 19 de febrero de 2019

Samanta Schweblin: Kentukis

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: bastante más que recomendable

Pregunta sobre todo para quienes tengan o hayan tenido niños en los últimos años tiempos: ¿conocéis esos muñecos de colorarinchis, a modo de bestezuelas a medio camino entre un búho y un gremlin antes de volverse malo, los llamados Furbys? Que sí: unos que "interactuaban"  -de aquella manera- hablando con las personas, y en cuyo programa contienen varias personalidades diferentes (aunque el que yo tenía en casa sobre todo mostraba la de sociópata cabreado... como alguien lo rozase y lo despertara, se pasaba un buen rato gruñendo y jurando en el idioma de Mordor). Bueno, pues eso: un asco de bichos. Pues imaginaos si encima tuviesen rueditas y cámaras en lugar de ojos, pero no las utilizaran al albur de un programa informático, sino de la voluntad de un usuario al azar, que puede estar en cualquier lugar del mundo manejando a un peluche zoomorfo que tú mismo has metido en tu casa y en tu vida. Una persona a la que no conoces y tú tampoco conoces que puede observar todo lo que haces, conocerte quizás mejor de lo que conseguirá ninguno de tus allegados... ¿Acojona, no? Pues eso es un "kentuki".

A partir de la concepción de estos muñecos, Samanta Schweblin va a trenzando toda una serie de historias que se desarrollan a lo largo y ancho del globo terráqueo y tienen como protagonistas tanto a los propios kentukis -es decir, a las personas que manejan los controles y observan- como a sus "amos", aunque en ocasiones es difícil determinar quién es el verdadero amo de quién... Son historias poco complacientes, incluso con un tono bastante duro y una trama retorcida, como puede suponer cualquiera que haya leído otros libros de esta autora. unas historias que, más que presagiarnos  un futuro aterrador -el toque ci-fi del libro se limita a la invención de estos muñecos,  lo que sospecho que hoy en día sería perfectamente posible-, nos describe un presente no mucho más halagüeño, en el que tal vez no lleguemos a meter a un rxtraño en forma de peluche a husmear nuestras vidas, pero ya somos nosotros mismos los que, de manera más irónica, las exponemos ante todo el mundo a través de las R.R.S.S.

Dicho lo cual, tampoco me parece que el de los peligros tecnológicos o la estupidez de las modas sea el tema central de este libro. Esta novela (no dudo en llamarla así, aunque en realidad esté compuesta por diversos relatos que discurren paralelos, por más que den la impresión de entrecuzarse), de lo que trata sobre todo es de la soledad en que trascurren las vidas humanas y de las relaciones perversas o dañinas que se llegan a establecer para paliarla. Los kentukis resultan ser meros intermediarios en esas relaciones, aunque, quizás por su propia banalidad, a su aspecto inofensivo (un recurso clásico en la narrativa de terror o al menos inquietante), o tal vez debido a su aparente deshumanización, lo que consiguen es exacerbar los recovecos oscuros y hasta sádicos de tales ligazones.

No quiero acabar esta reseña sin explicar mejor que, pese a estar compuesta por diversas historias independientes, este libro se puede considerar, sin duda, una novela -coral, de acuerdo-, no sólo porque a lo largo de toda ella asistimos al devenir de una serie de personajes "fijos" -un padre divorciado, la compañera de un artista plástico, una señora mayor de Lima-, sino porque incluso aquellos capítulos o relatos que se agotan en unas pocas páginas no están dispuestos al azar, sino colocados en lugares concretos de la novela para conseguir mejor ese efecto perturbador que tiene el conjunto. Porque, vaya... perturbador lo es un rato, aviso...


Otros títulos de Samanta Schweblin reseñados en Un Libro Al Día: Pájaros en la bocaDistancia de rescate

sábado, 2 de febrero de 2019

Edgardo Rodríguez Juliá: Tres vidas ejemplares del Santurce Antiguo


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

El paso del tiempo, los años vencidos e inertes, esa amarga convicción de que “llegar a viejo es graduarse en la humillación propia y la burla ajena”. Un estado vital en el que todo lo memorable ya ha ocurrido, donde toda la pólvora ya ha estallado y apenas queda encajar decepciones y pérdidas. Ese es el marco en el que se desarrolla Tres vidas ejemplares del Santurce Antiguo, la nueva novela de Edgardo Rodríguez Juliá (Río Piedras, Puerto Rico, 1946). En estos tiempos raros y desabridos en los que Netflix subtitula al castellano una película mexicana, zambullirse en un nuevo libro de Edgardo Rodríguez Juliá proporciona una estimulante y placentera inmersión en este “morrocotudo español antillano”, repletito de palabras y giros tan desconocidos como sorprendentes. Un regalo precioso.

Las historias de Edgardo Rodríguez Juliá son exigentes con el lector. Las tramas son enrevesadas, los personajes complejos, las anécdotas se acumulan y el relato va ciñendo sus contornos entre la densidad de los argumentos. Más allá del idioma compartido y diferente, y de las circunstancias históricas concretas que envuelven este relato y que escapan a quien no esté familiarizado con el devenir histórico de Boriqén, la isla más pequeña de las Antillas mayores –como es mi caso-, Tres vidas ejemplares del Santurce Antiguo recrea una época y una atmósfera, la del barrio de Santurce, en San Juan, la capital isleña, entre los años cuarenta y sesenta del siglo XX.

Y lo hace a través de un elenco de personajes, habitantes del barrio que se va conformando como el espacio propio de la burguesía a la que la ciudad antigua y colonial le queda obsoleta y exhibe en estas playas y avenidas posición y ambición, irguiendo hoteles, apartamentos, piscinas o lugares de ocio. Ahí están los personajes de Edgardo Rodríguez Juliá. Aunque periféricos, se muevan en los márgenes de esa clase social, de esa "placidez clase medianera", puesto que subsisten sin apenas liquidez en “esta enormidad que se nos ha venido encima que es el tiempo”. La narración se estructura en tres episodios -La Tertulia, El Mulato, La Cantante- que se deslizan desde los años 40 a los 60, en los que “todos vivían temerosos de haber ya zarpado en la nave del olvido”.

Por ahí pululan Antonio Paolí, el cantante tenor que nunca llegó a triunfar, entre la tertulia del restaurante “El Chévere” –todos dispuestos a despellejarse sin entusiasmo aunque con sistemático encono- y el apartamento en el que le esperan su esposa Adina y su hermana Amalia. O don Quirico, un mulato melancólico empeñado en perseguir las sombras del violinista Brigetower, con su misma tonalidad cutánea, que anduvo por la Viena del siglo XIX y a quien Beethoven compuso la Sonata Kreutzer, aunque luego le retirase la dedicatoria. O Lucienne Suzanne Dhotelle, Mome Moineau, que cantó en los cabarets de París, “la marimacha mamarracha más cachetera que he conocido”. O el doctor Manuel Igartúa Planell, un odontólogo generoso con la benzedrina y empeñado en el avance científico mediante su ingenioso prototipo del Orgasmotrón. O también don Félix Benítez Rexach, el industrial grisáceo y calvinista, ingeniero de rutilantes fracasos… 

Una sociedad provinciana e insular, alejada del pulso de la modernidad aunque no por ello desconectada del resto del circo mundial, que afronta sus días apegada a la vanidad y al ocio caribeño -"en el fondo de cualquier antillano hay un bujarrón"-, con la ostentación y el pavoneo arraigado hasta la médula, cuajada de intenciones malévolas y de ironías solapadas. Indolente ante los conflictos que burbujean en sus entrañas, las tensiones entre nacionalistas y pitiyanquies, entre lo rural y lo urbano, o las mujeres que se saltan los roles convencionales, o las nuevas formas y sustancias de buscarse placer o evasión. Y en la que, por supuesto, la violencia, irracional, brutal, puntual, nunca deja de presentarse para exhibir su arraigo en la idiosincrasia local.

martes, 16 de enero de 2018

Luis Rafael Sánchez: La guaracha del Macho Camacho

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable

La insularidad es un privilegio repleto de inconvenientes. “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café.”, capturó el cubano Virgilio Piñera en su poema La isla en peso. El escritor isleño carga un extra de periferia, de invisibilidad para los grandes centros urbanos y continentales donde se proclaman cánones y se dictan las fórmulas de lo válido, lo admirable y lo excelso. Si a la condición de insular se le agrega la circunstancia de la puertorriqueñidad la realidad es aún capaz de retorcerse hasta la extrema contorsión dado el peculiar estatus jurídico, político, social, cultural y económico boricua. Un mejunje genuino, exuberante, carnal, guasón y antillano capturado con esplendor en las páginas de La guaracha del Macho Camacho, novela que debería formar parte del canon de la narrativa contemporánea en lengua castellana y que, al menos en esta orilla europea del Atlántico, dista mucho no ya de ser reconocida si no siquiera conocida.

Formalmente el texto se permite experimentar y desbordar los límites del relato convencional. Un miércoles cualquiera, a las cinco de la tarde, cinco personajes se encuentran atrapados en un tapón, un atasco, en las calles de San Juan. Cada uno con sus pensamientos y sus fantasías, con sus preocupaciones y deseos. Las escenas están cosidas por la voz de un locutor radiofónico que se recrea presentando el exitazo del momento, una guaracha del sin par Macho Camacho –lectores del 2018, hagámonos cargo, estamos en el país del Despacito de Luis Fonsi. 

Las sensaciones, las imágenes y los pensamientos se suceden y atropellan, se aceleran y fluyen hasta la verborrea, con párrafos que son genuinos ametrallamientos en modo cantinflas y que acaban por conformar una atmósfera disparatada y enloquecida, escenas repletas de referencias y giros locales (el medio millar de citas explicativas de la edición de Cátedra, aunque quizás excesivo, se hace imprescindible para no perderse) y de referencias cultas y literarias, todo ello mantenido con la misma enjundia y contundencia rítmica que el género musical que se fraguaba en aquel momento y que hemos acabado reconociendo como salsa. Porque La guaracha del Macho Camacho está cargada de voluntad de sorprender, de transgresión formal y no sólo lo consiguió en su momento, si no que cuarenta años después sigue funcionando como un mecanismo pegadizo, contundente y fascinante.

La decisión de hacer literatura con el latido y el lenguaje más popular y callejero confiere a las páginas de la novela  un tono desenfadado e irónico que sirve para tratar sin contemplación asuntos como el consumismo, el clasismo social, el machismo, la sexualidad y los arquetipos eróticos o los orígenes raciales. Esa querencia por lo soez, por lo cotidiano, por lo vulgar que es tratado por la alta cultura con nariz arrugada y gesto despectivo aquí impregna párrafo tras párrafo y figuras como la de la vedete Iris Chacón –a quien otro escritor boricua, Edgaberto Rodríguez Julia dedicaría una década después una suculenta aproximación, Una noche con Iris Chacón- se reconocen y agasajan como icono de lo admirable (y deseable). 

Dejémonos de disimular y de acomplejadas imitaciones y mostrémonos como realmente nos dé la gana, es el armazón estético e ideológico con el que Luís Rafael Suárez sustentó La guaracha del Macho Camacho. Y ese punto de vista, ese modo de incorporar al relato literario, en el que una comunidad puede supuestamente reconocerse, a plebeyos y horteras, a negros y mujeres atronadoras y el tono jocoso y coherente con que lo factura es lo que dota a la novela de su intacto magnetismo: “Un hombre no sabe ni así, tomó una pizca de yema de dedo, lo que es el dolor –dijo Doña Chon, argumentosa. Ningún hombre podrá parir nunca, dijo Doña Chon, bombástica en la formulación del histórico aserto. A los hombres les falta el tornillito de la pujadora que es un tornillito que la mujer trae en su parte –dijo Doña Chon, ginecóloga. El día que un hombre quiera saber lo que es parir que trate de cagar una calabaza– dijo La Madre: eufórica, un kindergarten en los ovarios, fanfarria con las trompas de Falopio”.

martes, 11 de agosto de 2015

Jordi Soler: Restos humanos

Idioma: español
Año de publicación: 2013
Valoración: se deja leer

El mexicano Jordi Soler compuso esta novela corta, de un tono humorístico característica y casi tópicamente español (no obstante la nacionalidad del autor): ese humor negro, esa raigambre costumbrista, esa querencia por el absurdo... y sobre todo, la tendencia hacia el esperpento, que tanta fortuna y cultivadores han tenido en las letras -y otras artes-hispanas. 

En este caso, la extravagancia aparece ya desde la primera página de la novela; de hecho, el narrador es un periodista especializado en hacer semblanzas de personajes "rarunos" cuando no abiertamente frikis. Uno de éstos acaba deviene como protagonista de la novela: un tipo que ejerce de "santo", con barba larga, túnica y sandalias, predicando el bien por las calles de su barrio, en el mercado o en el burdel... Pero este "santo varón", que pese a su aparente chifladura sólo aspira a llevar el amor, la templanza y la concordia a sus semejantes, se verá metido un buen día en un asunto misterioso, primero, y luego cada vez más turbio, que le abocará a un torbellino de complicidades y sinsentidos de donde las pasará canutas para escapar.

Esta idea de hacer protagonizar la historia a unos sujetos -no sólo el santo- tan excéntricos y hasta esperpénticos, el recurso de utilizar un lenguaje algo ampuloso en medio de un cutrerío ambiental, o incluso los nombre rimbombantes  y campanudos de los personajes (Empédocles, Childeberto, Garamoña o Sinforosa... más conocida por Madame Erotikón), recuerdan de forma inevitable al Eduardo Mendoza más humorístico... lo que pienso que juega en contra de Jordi Soler, pues los seguidores del escritor barcelonés se sentirán decepcionados-pues la comicidad de Restos humanos resulta más forzada que en las novelas de Mendoza- y sus detractores, mosqueados ante la emulación de un epígono de aquel al que desdeñan. He de decir que esta novela también recuerda, en su búsqueda del absurdo en medio de lo cotidiano, a los libros de otro escritor español, Juan José Millás (aunque a éste lo he frecuentado menos). En todo caso, hay que señalar que, en mi opinión, lo más interesante de la historia es precisamente colocar a un personaje destinado a la marginalidad y la locura como centro y único elemento cuerdo de toda la trama. Por comparación, los que están como regaderas parecen ser los demás. 

Restos humanos resulta ser una novela simpática, entretenida, pero no memorable, desde luego. Una novela corta cuya mayor virtud (y no lo digo con segundas) acaba siendo la brevedad. Para pasar el rato, sin más.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Paco Ignacio Taibo II: Retornamos como sombras

Idioma original: español
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable

En el año 1986, el muy prolífico escritor astur-mexicano -y creador de la Semana Negra de Gijón-  Paco Ignacio Taibo II (a partir de ahora PIT II) publicó su novela Sombra de la sombra, entretenida y heteróclita novela, entre el género policíaco, el político y, directamente, el absurdo, y protagonizada por un curioso cuarteto de personajes que parecen despojos de la Revolución mexicana, pero sin perder su carácter irredento. A partir de ese momento -según confiesa él mismo en el prólogo de Retornamos como sombras-, PIT II trató de escribir una continuación a esta historia, pero no fue hasta el 2001 cuando se publicó, por fin. Y en este mismo año 2014, una editorial española lo ha recuperado para nuestro solaz, lo cual resulta muy de agradecer.

En esta continuación, ambientada en 1941, veinte años después de la primera novela, nos encontramos al cuarteto disperso en diversas actividades y ubicaciones: Pioquinto Manterola, como periodista; el Poeta Valencia, trabajando de agente para los servicios secretos mexicanos; el chino Tomás Wong, en la selva chiapeña, construyendo la carretera Panamericana.  Y el narrador -en cierta forma peculiar-, Verdugo, encerrado en un psiquiátrico. Pero todos, de una manera o de otra, siguen pistas que les van conduciendo  hacia la misma revelación: la infiltración en México de los agentes y simpatizantes del III Reich (estamos hablando del momento previo a la entrada de los EEUU en la Segunda Guerra Mundial, que arrastraría luego a su bando a otros países americanos). PIT II mete en la coctelera el esoterismo nazi de Otto Rahm, los productores cafetaleros y los seguidores de la "cruz chueca", Hemingway y los submarinos alemanes, el peyote y los delirios de los enfermos mentales...

PIT II nos administra todos estos elementos y más aún, dosificándolos en pequeñas dosis de capítulos cortos y eficaces, que van construyendo una serie de tramas que parecen paralelas, en un principio, pero que acaban convergiendo y entrelazándose en un thriller ágil y atractivo, con una mirada original, diferente, hacia un momento histórico y unos personajes ya mil veces contados... Una novela que, creo, a cualquiera le resultará cuando menos entretenida, si no incluso absorbente y luminosa... la demostración de que las formas de narrar son muchas y no todas pasan por las convenciones atribuidas a cada género literario. Convenciones y géneros que si algún sentido tienen, además, es el de poder romperlos... Que es algo que resulta mucho más divertido -también pata los lectores-, que seguir sus reglas a rajatabla. 

domingo, 6 de julio de 2014

Luis Sepúlveda y Mario Delgado Aparaín: Los peores cuentos de los hermanos Grim

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2004
Valoración: está bien

El chileno Luis Sepúlveda y el uruguayo Mario Delgado Aparaín escribieron al alimón esta suerte de novela epistolar (tal vez, supongo yo, ellos también la escribieron así, por medio del intercambio de cartas o correos) en la que se nos cuenta la investigación científico-biográfica que llevaron a cabo los expertos en el tema de los “payadores” (una especie de músicos-cantores repentistas propios del Cono Sur), el Doctor profesor Segismundo Ramiro von Klatsch, de Tortitas, enla Patagonia chilena, y el profesor doctor Orson C. Castellanos, de Mosquitos, Uruguay, acerca de los mellizos Abel y Caín Grim, eximios pero indocumentados representantes de aquel arte.


El tono de la historia es, como puede suponerse, descaradamente jocoso y aun humorístico, ya desde el mismo lenguaje ampuloso utilizado por ambos profesores corresponsales, o los nombres de los personajes que pululan tanto por las andanzas de los hermanos Grim como por las vicisitudes de sus estudiosos (don Juan de Dios Wayne, viudo de Silver, el capitán Buenos Días Eterovic; Kohemé Nené Lizarraga-Kaltwasser-Dupont; Humberto de las Mercedes Bogart….), aunque también es posible que en ciertos rincones del planeta tales nombres sean más habituales de lo que pensamos. No sé.

Como se ve, buen humor es lo que abunda en este libro. Los autores, sin embargo, apenas hacen algún conato de utilizar lo que, en mi opinión, podía haber supuesto una mina de oro para provocar la risa: la coincidencia del apellido de los protagonistas con los otros hermanos Grimm, los alemanes de los cuentos y toda una panoplia de personajes. En cambio, en lo que sí abundan es en comentarios irónicos o paródicos sobre la Historia y la política de Hispanoamérica. Algo que,  a ellos les puede haber divertido mucho, pero, me temo, dejará de hacerlo a los lectores de un futuro próximo (o de otro ámbito geográfico).

De todas formas, el principal problema es que, según va transcurriendo el intercambio de cartas entre los dos pintorescos estudiosos, la historia principal (la investigación sobre los hermanos payadores) va perdiendo protagonismo en favor de los avatares de los personajes secundarios (como los carteros Miguel Strogoff y Rosevél Aldao) y, lo que es peor, va perdiendo fuelle hasta finalizar de manera un tanto abrupta y esperpéntica. Da la impresión, en realidad, de que los dos autores, que comenzaron pasándoselo pipa escribiendo esta novela epistolar a cuatro manos, fueron perdiendo el entusiasmo, el interés o, simplemente, el absurdo que caracteriza el humor de la narración se fue agotando a sí mismo y a los propios autores.

Al final, sin embargo, hay, a modo de apostilla, un glosario bastante divertido de términos que aparecen en el libro, y que será, además, de no poca utilidad al lector hispanófono, pero no oriundo del Cono Sur. Supone una guinda de más humor a un libro en el que éste sobra, hasta incluso correr el riesgo de volverse empalagoso. Eso sí, es una lectura de lo más recomendable para pasar un buen rato, más aún si el que lo lee siente algún prejuicio hacia la literatura de humor, por frivolona y escapista. El humor de esta novela también es, por supuesto, frívolo y escapista, pero siempre se puede disimular aduciendo que es una obra sobre la cultura popular latinoamericana, y su resistencia  frente a la opresión política y la globalización impuesta por la sociedad de consumo yankificada... o algo por el estilo. Como se suele decir (o no): se ríe, pero se aprende.

domingo, 22 de junio de 2014

Álvaro Enrigue: Muerte súbita

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: Muy recomendable

A primera vista, el argumento de esta novela no parece sino una excentricidad, apenas más que una boutade: se trata de la narración de un partido de tenis que trascurre en 1599, en la Plaza Navona de Roma, entre nada menos que un pintor lombardo bastante macarra, conocido como Caravaggio y un joven poeta español, un tal Francisco de Quevedo. Si a alguien le resulta demasiado inverosímil tal argumento, que tenga en cuenta que además transitan por esta novela las figuras de Ana Bolena, Galileo, el rey Francisco I de Francia, Hernán Cortés, la Malinche, el emperador Cuahtémoc, varios obispos y cardenales de la época, un par de Papas y hasta un (futuro) santo de la Iglesia Católica. Esto, sin contar las varias prostitutas, rufianes, mercenarios, verdugos, artesanos, soldados y cocineras....

El caso es que, contra todo lo previsto, Enrigue consigue hacer encajar todo ese batiburrillo histórico y, aún más, hacerlo de una forma literariamente satisfactoria, cuando no excelente. En esa Piazza Navona acaban confluyendo todos los relatos que comienzan muchos años antes (y partiendo otros que concluirán muchos años después) mientras Caravaggio y Quevedo, resacosos y amnésicos (o no), se desfondan en un intenso partido de pallacorda, el tenis de la época, menos rudimentario de lo que cabría pensar. Y no sólo consigue hacer casar todos los elementos sin estridencias ni mixtificación alguna: incluso nos proporciona toda una serie de datos acerca de la historia del juego del tenis, de manera que este partido en 1599 nos acaba pareciendo no solo plausible, sino totalmente lógico y consecuente con la época.

Sin embargo, no me atrevería a decir que Muerte súbita es una novela histórica según los cánones establecidos del género (si es que queda alguno, a estas alturas), pero sí que resulta, aun de una manera oblicua, un retrato muy sugerente de un tiempo apasionante: uno de esos "momentos-bisagra" entre dos épocas con sus diferentes circunstancias, aspiraciones y paradigmas.

De igual forma, tampoco estoy del todo seguro de que esta novela se pueda encuadrar en lo que se conoce como "literatura posmoderna"; no estoy demasiado ducho en el tema. Ciertamente que muchos de los elementos estilísticos que por lo visto, caracterizan a este tipo de narración aparecen también aquí: narración fragmentada, saltos adelante y atrás en el tiempo, mezcla de perspectivas, argumento circular (en este caso centrípeto, diría yo), referencia a la cultura de masas (tenis o "prototenis"), inserción de lementos documentales... Ahora bien, la impresión que da es que el autor ha utilizado todos estos recursos más como una herramienta que como un fin en sí mismos, con el ánimo de abrir nuevos caminos al arte literario o, de manera más pedestre, simplemente de "epatar" al lector contemporáneo (lo que ya resulta harto difícil, a estas alturas).

Tampoco nos ahorra Enrigue alguna que otra mención a sus propias cuitas durante el proceso de documentación y redacción de la novela: esto es algo que, más que una moda, ya parece haberse convertido casi en una obligación en este tipo de libros que, aun de forma más o menos novelizada (y sin ser estrictamente biografías, claro)  utilizan como materia prima las vidas de personajes reales: LimónovHHhH, o, hace ya varios años, Soldados de Salamina. Por suerte, aquí el escritor evita hacerse con el protagonismo y éstas menciones parecen hechas más por compromiso que por otra razón. Y, desde luego, el resultado queda bastante lejos del "vicio solitario" de al autoficción, por suerte para todos...

En suma, una novela divertida, entretenida, incluso apasionante, en algún momento; en general, muy bien escrita (ese español mexicano resulta delicioso... aunque se podía haber ahorrado hacerle decir a Quevedo "ahorita" y alguna otra cosa por el estilo), que nos da una visión de la Historia y de sus hilos invisibles diferente, pero no por ello menos cierta. Y, si al final resultara ser todo falso... ¿qué más da? El juego habría merecido la pena, en todo caso.

lunes, 6 de agosto de 2012

Evelio Rosero: La carroza de Bolívar


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2012
Valoración
: recomendable

La figura de Simón Bolívar parece estar en constante discusión en América: conforme cierta tendencia populista ha ido arraigando en los sistemas políticos, parece ser el icono favorito al que aferrarse para reivindicar cierto perfil de personalidad patriótica a nivel continental.

El ginecólogo que protagoniza esta novela contempla como su vida no es como la imaginaba, y que lejos está de ser idílica y perfecta. En una extraña decisión individual, paga a unos artesanos para que decoren una carroza de Carnaval con objeto de ridiculizar a un hombre adinerado de su ciudad. Otro hombre adinerado: él también lo es. Una ciudad colombiana, Pasto, particularmente diezmada en el pasado (episodio que se relata en el libro), en las sucesivas guerras de liberación, en el siglo XIX. Alertado por la posible repercusión de esa burla, toma una decisión aún más drástica: la carroza se modificará, pero  para pasar a ridiculizar a Simón Bolívar, el sacrosanto liberador del continente. Sobre el cual el doctor ya ha estado escribiendo un duro estudio crítico. Es 1966 y la noticia de esa nueva intención se extiende: pronto la presión empieza a ser asfixiante sobre los artesanos y sobre el propio doctor para que desestime tan descabellada idea, y la carroza no sea construida y, ni mucho menos, salga a desfilar. Pronto esa presión toma un cariz y emplea unos medios que van más allá de la aceptación de la crítica y la sonrisa ante la ironía. Aparece la violencia. Pero el doctor Proceso, irónicamente llamado Justo Pastor, consciente de que todo el atrezzo de su vida ha empezado a mostrarse como tal, decide no arredrarse y seguir adelante

Desfilan políticos, religiosos, militares, terratenientes, humildes artesanos. Hay episodios de escarceos amorosos, casi sátiras cortesanas. Cuando esa presión en contra de la construcción de la carroza, nada sutil, ya algo física, no resulta suficiente, un grupo de jóvenes, todos ellos ataviados con nombres inspirados en líderes soviéticos, decide tomar la justicia por su mano y no escatimar en medios para impedir el oprobio y la humillación de la puesta en duda del Libertador.

Es esa parte central, la dedicada por Rosero a narrar los testimonios que el doctor Proceso ha recopilado en su investigación , testigos que acreditan que Bolívar no fue tan heroico ni tan justo: que fue cobarde y alargó conflictos y dejó a sus tropas saquear y violar, cuando no lo hizo prácticamente él mismo, la que debe estar causando considerable revuelo. Es como si Rosero empleara el pretexto del doctor y de su carroza y de su investigación para criticar él mismo. El caso es que, aunque sobran páginas, seguro, para incidir con tesón en bajar el mito del pedestal, esta novela resulta disfrutable: porque está bien construida y bien escrita. Al lector ya bregado en literatura colombiana, le será familiar esa denuncia, presente en otros autores y libros. El hablado en Colombia no es, a mi juicio, el castellano más difícil de comprender. La estructura de la narración resulta apropiada: con ese interludio histórico, algo prolongado pero rico en datos y en intensidad dramática. El final, conforme se avecina el clímax, el día del desfile de la carroza, se torna algo confuso y equívoco. Parece que quien lee está en medio del gentío, de las personas disfrazadas, de las sombras escurridizas. Puede que sea premeditado, que todo quiera parecer como en ciertas escenas de cine.

Un ejercicio de buena escritura con intenciones sociales y políticas, pero no para todos los gustos. Hay que estar al día, e interesado, por el complicado panorama político centroamericano: el actual, y el que viene de siglos atrás, para disfrutar en profundidad esta novela. Se disfruta mucho, en ese caso. Si no, se puede hacer algo larga.

domingo, 31 de octubre de 2010

Alejo Carpentier: El reino de este mundo

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1949
Valoración: muy recomendable

El reino de este mundo. ¿No os parece uno de los mejores títulos de novela de toda la literatura en español? Es sonoro, solemne, conciso, lleno de evocaciones, y en cierto sentido exacto en toda su vaguedad, porque la novela trata siempre (desde su fundación) del "reino de este mundo". Magistral, vamos.

A esto hay que añadir además un sentido programático que Carpentier deja bien claro desde el prólogo. Introduce ahí el concepto de "lo real-maravilloso" para enfrentarlo al de "literatura maravillosa". La idea es que, mientras los escritores europeos (surrealistas, sobre todo) tienen que fingir extrañas fantasías con arduo esfuerzo de su imaginación, los americanos se encuentran con que la realidad misma que les rodea es ya fantástica de por sí. Hablar de lo maravilloso sería para ellos un realismo. En el fondo se teoriza aquí algo que engloba a muchos de los escritores del boom hispanoamericano y que acabará llamándose (quizá con menos fortuna) "realismo mágico".

El tema que escoge Carpentier para su literatura de lo "real-maravilloso" es en este caso de lo más adecuado. Narra un momento crucial de la historia de Haití: la rebelión de los esclavos contra Francia y su posterior conversión en súbditos del rey negro Henri I. Como digo, inmejorable para ilustrar la teoría de Carpentier, puesto que parece un hecho históricamente comprobado que fue una ceremonia de vudú lo que dio origen a la sublevación. Yo ignoraba por completo todos estos acontecimientos, y he disfrutado a lo grande de la narración de Carpentier, que es ágil en la trama y de estilo exquisito (sólo por momentos, quizá, demasiado barroco). De vez en cuando hay pasajes que son pura poesía en prosa y frases sin desperdicio, pura sentencia. No me resisto a compartir aquí un párrafo del final que me parece grandioso por contenido y expresión.

...el hombre nunca sabe para quién padece y espera. Padece y espera y trabaja para gentes que nunca conocerá, y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que consquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo.
Otras obras de Alejo Carpentier en ULAD: Concierto barrocoEl acosoEl siglo de las lucesLos pasos perdidosEl recurso del método

sábado, 4 de septiembre de 2010

Colaboración: Un día en la vida, de Manlio Argueta

Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 1980
Valoración: Recomendable

Manlio Argueta escribió este libro porque no quería volver a El Salvador después de siete años exiliado con solo dos libros en su bibliografía. Por su condición de intelectual, volver a su país de origen, que se encontraba a las puertas de una guerra civil, representaba ser asesinado. Con esta fijación necrofóbica escribió su tercera novela en tan solo tres meses (por suerte sus peores temores no se confirmaron, supongo que ayudaría el que se volviera a exiliar tan solo un mes más tarde de haber vuelto).

La novela, basada en hechos reales, bien podría haber sido titulada “Una vida en un día”, ya que va ser lo que se encuentre en su interior. Es un soliloquio de tres mujeres, que van repasando las acciones de un mismo hecho a través de sus diferentes puntos de vista. Cada capítulo es la hora de un día pero en diferentes años, hasta completar las 24 horas. Son tres voces de una vida, la juventud, la madurez y la vejez, al igual que el día tiene el despertar, la plenitud y el ocaso.

La estructura es simple y fácil de leer. Personalmente me encontré con dos pequeños escollos. El primero, que utiliza un lenguaje muy local (sigo sin saber qué es el “comején”). A pesar de todo, esto no dificulta la lectura ni la comprensión de la historia. Al contrario, le da más credibilidad y realismo. Y segundo, en ocasiones se me hizo cuesta arriba leer las vejaciones a las que son sometidos algunos de los personajes. Por suerte el autor no se recrea en ello.

Las circunstancias están enmarcadas en las del autor al escribir la novela. En un El Salvador al borde de la guerra civil, con las palabras y las costumbres propias de su gente… Pero la historia en sí, es la historia mil veces repetida en cualquier parte del mundo de los que no tienen nada más que un pedazo de tierra buscando una oportunidad de vivir mejor.

En mi humilde opinión Manlio Argueta es otra joyita más de las muchas que nos ha regalado Latinoamérica, y tanto en poesía como en prosa, merece la pena leerle.

Firma invitada: Marta

lunes, 2 de noviembre de 2009

Jorge Luis Borges: El Aleph

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1949
Valoración: imprescindible

No sé explicar muy bien por qué, pero siempre he preferido Ficciones a El Aleph. Los temas son similares, el estilo es el mismo: los dos libros son Borges en estado puro. Sin embargo, por algún motivo, los relatos de Ficciones (o más aún, los de la primera parte: Tlön, Pierre Menard, la Biblioteca...) forman en mí un imaginario recurrente, y los de El Aleph, no. Esto me parece más curioso aún cuando recuerdo que mi primer contacto con Borges fue, precisamente, a través del relato que da título a este segundo libro. No es de extrañar, desde luego: "El Aleph" es el cuento más famoso de Borges y mucha gente quizá sea el único que conozca, gracias al temario de literatura del bachillerato. Pero mi encuentro tuvo lugar un par de años antes de la lectura en clase y antes, también, de que yo me hiciera la mínima idea sobre quién era Borges.

Supongo que yo tendría entonces alrededor de 15 años. Mi vocación por las humanidades, de la que empezaba a ser consciente, se mezclaba todavía con un espíritu de resistencia anti-científica muy romántico y muy púber. Éste encontró el combustible perfecto en un libraco que entonces me fascinó y del que dudo que escriba aquí, porque me da miedo releerlo: El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier. El libro en cuestión abunda en temas como el esoterismo nazi, las civilizaciones perdidas o la alquimia; asuntos que en 1960, cuando se publicó, olían a nuevo y tenían su gracia, pero que a finales de los 90 eran ya un refugio para farsantes y mediocres. Felizmente, yo ignoraba esto y disfruté del libro con avidez, incluyendo ese extraño cuento de un ignoto escritor argentino. Mucho después, leí que Fernando Savater conoció a Borges exactamente de la misma manera; aunque, claro, bastantes años antes que yo: en una época en la que "descubrir" a Borges y entusiasmarse con el esoterismo new age eran cosas disculpables.

"El Aleph" comparte con tantos otros cuentos de Borges el gusto por la fantasía metafísica. Lo que lo distingue de otros, al menos para mí, es el tono de parodia. Siempre hay un cierto humor en la obra de Borges, pero es el humor de un tímido: velado en referencias apócrifas (como la enciclopedia china de Otras inquisiciones) o camuflado en notas al pie. Aquí, en cambio, se despacha a gusto trazando una caricatura inmisericorde de todo un tipo de literato ampuloso, encarnado en la figura de Carlos Argentino Daneri. Éste es el primo hermano de Beatriz Viterbo, a quien el narrador amaba sin esperanza y que muere 12 años antes de la acción del relato. Las visitas a la casa familiar en el aniversario de su muerte van granjeando al narrador la confianza de Carlos Argentino Daneri, hasta culminar en la gran revelación: en un rincón del sótano se encuentra un Aleph, un punto que contiene todos los puntos del universo. La sorna de Borges hace que su propietario no sepa usar tal milagro metafísico más que para pergeñar una caótica oda al planeta, titulada La Tierra. Nos ofrece un par de estrofas que no tienen desperdicio; ahí va una:

Sepan. A manderecha del poste rutinario
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta -¿Color? Blanquiceleste-
Que da al corral de ovejas catadura de osario.

El conocimiento total puesto en manos de un pedante. Borges debió de divertirse escribiendo este cuento. En el mismo libro se encuentra también "El inmortal", que enumera las desdichas de una vida sin final o "La casa de Asterión", la historia del Minotauro liberada de su sesgo antropocéntrico. "La busca de Averroes" narra la inevitable derrota de toda traducción (o de toda escritura) y "Deutsches Requiem" nos pone en la piel de un verdugo que va a morir. Siento cierto desapego hacia estos textos, pero no puedo restarles ningún mérito: siguen conteniendo algunas de las mejores páginas de la literatura en español.

Otras obras de Jorge Luis Borges en ULAD: Aquí

lunes, 13 de julio de 2009

Jorge Luis Borges: Atlas

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1984
Valoración: está bien

Quienes sepan de mi confesada admiración por Borges quizá se sorprendan porque no valoro este libro como "muy recomendable" o "imprescindible". La razón es simple: Atlas no es un uno de sus mejores libros, pero sí uno de los más curiosos. Como La vuelta al día en ochenta mundos, de Cortázar, este también es un libro para admiradores. Si uno ha leído a Borges con frecuencia, si sus fobias, sus nostalgias, sus leves asombros le son familiares, entonces se alegrará de encontrarlos reunidos en un solo volumen, escrito, en realidad, sin otra intención que reunirlos. Si uno no lo ha leído, creo que no debe empezar por aquí.

Como su nombre indica, Atlas tiene algo de tratado de geografía, pero que nadie espere una guía turística, claro, ni su versión snob: un diario de viaje. Es un tratado de geografía borgiana: cada ciudad, cada país, cada objeto del que se habla ocupa su preciso lugar, no sobre el planeta Tierra, sino en el universo -libresco y fantasmal- de Jorge Luis Borges. Las asociaciones caprichosas no le serán extrañas al lector asiduo, pero no por ello desconocerá el placer de ver cómo un Borges maduro, pleno conocedor de su arte, las dibuja con un simple trazo ante sus ojos. Así, Estambul le hace evocar de inmediato un verso de Dante y una brioche parisina se convierte en un arquetipo de la filosofía china.

Cada uno de los apuntes que conforman el libro es mínimo: poco más de un par de párrafos. Bastan, sin embargo, para transmitir lo que Borges intuyó -no lo que vio, pues no veía ya más que una neblina amarilla- en Creta, en Egipto, en Japón. Lo que intuye es, muchas veces, una referencia literaria, más o menos camuflada. Él no lo ignora, claro, y por eso dice: "Releo lo anterior y compruebo con una suerte de agridulce melancolía que todas las cosas del mundo me llevan a una cita o a un libro." Esa agridulce melancolía es el tono general del libro. Ese Borges al que sólo le quedan dos años de vida muestra entusiasmo por su mitología privada, pero, al mismo tiempo, el desengaño ante una vida que siempre consideró irreal por literaria.

Atlas es fruto de los viajes que Borges hizo, al final de su vida, acompañado por María Kodama. Se aprecia en muchas páginas el discreto aliento amistoso de esta mujer y la modesta felicidad cotidiana que le procuró. Pero hay también pasajes oscuros, en especial los que narran algún sueño. Borges recordó muy bien sus sueños, durante toda la vida, y no deja de notarse en este libro. Uno de estos sueños rescatados desarrolla una imagen que ha llegado a sintetizar, para mí, todos los horrores que Borges sabe extraer de la Metafísica. Si trato de resumirlo sólo lo estropearé, así que os dejo el vínculo aquí.

Otras obras de Jorge Luis Borges en ULAD: Aquí

miércoles, 1 de julio de 2009

Novela de dictadores (y II)

Después de El señor Presidente, la novela de dictadores mantuvo una buena salud. Así, en 1951 se publicó El gran Burundún Burundá ha muerto, del escritor colombiano Jorge Zalamea, y en 1964 salió a la luz La fiesta del rey Acab, del chileno Enrique Lafourcade. Sin embargo, fue en la época del boom cuando la novela de dictadores alcanzó fama a nivel internacional.

Renovación
Asegura Carlos Fuentes que, a mediados de los años sesenta, él mismo y Gabriel García Márquez acordaron un vasto proyecto editorial llamado a convertirse en la obra de toda su generación: cada uno de los autores del boom debía hacerse cargo de la biografía de alguno de los muchos tiranos de la América latina. Carlos Fuentes planeaba por entonces recoger en una novela la historia de Santa Anna (dictador mexicano) y parece que Julio Cortázar se comprometió a escribir un libro sobre Evita Perón. Lamentablemente, estas dos obras quedaron en nada, pero el proyecto, titulado con ironía "Padres de la patria", se cumplió al menos en parte. En apenas dos años, se publicaron tres excelentes novelas que renovaron el género: El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier, Yo el Supremo (1975), de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez.

Hay dos grandes cambios que aporta el boom a la novela de dictadores. En primer lugar, la perspectiva se centra en el dictador mismo, haciendo que el lector vea el mundo a través de sus ojos. Se retrata, mucho más claramente que antes, la soledad del poder, hasta el punto de que puede llegar a sentirse lástima por esos personajes ridículos, aislados en su propia red de manipulación y falsedad. En segundo lugar, el lenguaje recibe un nuevo tratamiento. Si bien muchas de estas técnicas ya aparecen en El señor Presidente, aquí se consagran el monólogo interior, el flujo de conciencia, la fragmentación narrativa o la pluralidad de puntos de vista. Los autores del boom renuncian a la omnipotencia del narrador moderno, conscientes de que una auténtica crítica de los mecanismos del dominio absoluto debe implicar también el cuestionamiento del poder sobre el lenguaje.

Carpentier ya se había acercado al tema antes de El recurso del método; por ejemplo, al describir en El reino de este mundo (1949) la gloria y la caída de Christophe, el rey negro de Haití. En esta ocasión, en cambio, opta por no hablar de ningún personaje histórico en concreto. Se propone retratar la figura (nada anómala en la historia americana) del tirano con pretensiones ilustradas que gusta de pasar su tiempo en París, alejado del país bárbaro que se ve llamado a gobernar. Tales pretensiones de humanismo racionalista no se corresponden, por supuesto, con la efectiva política del dictador y se revelan como una mera ideología del dominio a la que se recurre a voluntad. Esa es la idea que refleja el juego de palabras del título, que hace un guiño al Discurso del método de Descartes. Roa Bastos, en cambio, sí circunscribe su novela a unas coordenadas históricas bien concretas: narra la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, que fue Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay de 1816 a 1840. En cuanto a El otoño del patriarca, podéis ver aquí la entrada que le dedicamos en este blog.

El post-boom
Después de este momento cumbre a mediados de los setenta, el género parece languidecer. En los ochenta podemos encontrar Cola de lagartija (1983), de Luisa Valenzuela, y La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy Martínez, ambas sobre el régimen peronista. Éste último vuelve a tratar el tema en Santa Evita (1995), que trata de las siniestras vicisitudes del cadáver de Eva Perón; algo parecido quizá, a decir de Carlos Fuentes, de lo que hubiera escrito Cortázar. El último gran ejemplo de la novela de dictadores, por ahora, es La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, que se ocupa de la tiranía de Trujillo y ya comentamos aquí.

Es imposible saber si este género, que ha dado tan grandes frutos a la literatura hispanoamericana, seguirá cultivándose en el futuro. Lo único que cabe esperar es que esos hipotéticos ejemplos puedan colocarse en los estantes de la novela histórica.

(Aquí podéis leer el artículo de la wikipedia en inglés, que me ha sido de gran utilidad para escribir este par de entradas.)