Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 1994
Valoración: recomendable
Decía Santi hace algunos meses que hemos ido reseñando ya todas las "obras mayores" de García Márquez, y es verdad. Lo bueno es que cuando uno ya ha leído Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada o El otoño del patriarca [¡ahí la llevas!], todavía quedan relatos y algunas novelas "menores" por descubrir. Creo que el placer que uno encuentra en estas páginas, siendo ya lector curtido de García Márquez, es bien distinto. Al leer Del amor y otros demonios puedo decir que nada en los personajes o en el curso de la trama me ha llegado a sorprender; sin embargo, he sentido como si estuviera escuchando una música muy conocida, que me trajera buenos recuerdos. Estoy convencido de que leer mucho García Márquez seguido puede ser bastante cansino, pero también sé que el placer que se extrae de revisitar su obra cada cierto tiempo, y reconocer sus giros, sus escenarios, sus personajes, es difícil de igualar.
La historia transcurre en la Cartagena tardo-colonial y tiene como protagonista a Sierva María de Todos los Ángeles, la hija del marqués de Casalduero y Dueñas. A la niña, educada por los criados negros en los patios de su decadente palacio, la muerde un perro rabioso un día de mercado. Cuando al cabo del tiempo, milagrosamente, sigue sin mostrar signo alguno de la enfermedad, comienza a creerse que está endemoniada, lo que precipita su reclusión en un convento. Tengo que confesar que metiendo en la batidora demonios y monjas conmigo la historia ya tiene mucho ganado... Pero no tarda en aparecer también el amor, un amor tan atormentado como todos los demás de García Márquez, y más inquietante que ellos.
Aparte de esos reconocibles tormentos del amor, aparece aquí un elemento narrativo (no sé muy bien cómo llamarlo) que es también muy propio del universo de García Márquez. Se trata del estrecho vínculo entre las grandes casas que describe y la voluntad de sus moradores. En muchas de sus novelas, los personajes viven en casas que se caen a pedazos, signo externo de la dejadez existencial en que susbisten. En algún momento, de pronto, sucede algo y la voluntad se les manifiesta precisamete a través de un ordenamiento y una renovación de la casa, que sufre un inesperado y tardío renacer. No por repetido es un truco menos eficaz para expresar giros radicales en los personajes.
Por último, quizá lo mejor del libro y de todos los del autor sean esos pequeños hallazgos que nos va dejando en cada página. Como muestra un pequeño desplazamiento en la adjetivación: "...acuclillada y con un palo listo para defenderse de animales abusivos y hombres ponzoñosos." Tan sólo intercambiando los adjetivos que corresponderían "lógicamente" a cada sustantivo se logra un efecto sorprendente que evoca significados más ricos en la mente del lector.
Todas las obras de Gabriel García Márquez reseñadas en ULAD: Aquí
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martes, 10 de julio de 2012
sábado, 20 de abril de 2013
Semana de literatura colombiana: La hojarasca de Gabriel García Márquez

Año de publicación: 1955
Valoración: recomendable
Pues sí, queridos lectores, no podíamos dedicar una semana a la literatura colombiana y no incluir una reseña de García Márquez, uno de los autores fundamentales de este blog: por aquí ya han pasado prácticamente todas sus obras "mayores", como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, El otoño del patriarca y El general en su laberinto, así que ya solo quedan, prácticamente, sus obras menores o tardías.
La hojarasca es, realmente, una obra menor si la comparamos con las grandes novelas de Gabo. Es, de hecho, su primera novela, que tardó tres años en conseguir publicar; es la novela en la que aparece por primera vez Macondo y en la que por primera vez se mencional al coronel Aureliano Buendía. Solo por eso, ya merece un rinconcito en la historia de las letras. Pero, también por ser la primera, se nota que García Márquez no es todavía García Márquez en su plenitud. La semilla está ahí, pero todavía no se ha desarrollado.
La novela comienza in media res, un recurso muy usado por García Márquez para atrapar al lector. En el primer capítulo nos encontramos en un velatorio: ha muerto el doctor al que, por algún motivo que tendremos que descubrir más tarde, todo el pueblo odiaba y despreciaba. Solo otro habitante del pueblo, el "coronel", que en su día lo acogió en su casa, se empeña en conseguir que el doctor sea enterrado como es debido, aun arriesgándose así a heredar el desprecio de sus vecinos. En los capítulos siguientes iremos descubriendo, a través de la voz alternada de diversos personajes (el coronel, su hija, su nieto...) cuál es la historia detrás del fallecido, cómo y por qué se ganó el odio de todos o por qué el coronel se siente obligado a darle sepultura.
La hojarasca es una buena novela, de eso no cabe duda. Maneja con eficiencia la técnica literaria (narradores y perspectivas diversas, saltos temporales, tensión narrativa...) pero, como decía, no es aún el mejor Gabo. No está, en primer lugar, pulido su estilo, uno de sus rasgos identificativos: esos adjetivos que parecen estallar en la frase o la musicalidad del ritmo de la lengua. Tampoco está aún claramente perfilado como tal el "realismo mágico", aunque asome la cabeza en algunos detalles: un muerto que se sienta en un arcón, un personaje que come hierba hervida...
García Márquez estaba, por lo tanto, aprendiendo, descubriéndose. Seis años más tarde de su primera novela, publicaría esa pequeña joya que es El coronel no tiene quien le escriba; y doce años más tarde, en 1967, su gran obra, Cien años de soledad. En comparación con cualquiera de estas dos, La hojarasca es una novela interesante, meritoria, pero en absoluto una obra maestra.
Nota final: "Bueno, pero ¿y qué es lo hojarasca?", preguntará algún lector astuto e impaciente. Pues la hojarasca es toda esa vorágine avariciosa (los desperdicios de los desperdicios) traída a Macondo por la compañía bananera, que como llega se va, dejando a Macondo asolado y desolado. Eso es la hojarasca.
Todas las obras de Gabriel García Márquez reseñadas en ULAD: Aquí
domingo, 4 de mayo de 2014
Gabriel García Márquez: Memoria de mis putas tristes
Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración:
Recomendable
Esta
fue la última novela publicada por Gabriel García Márquez. Parece que pronto saldrá
póstumamente otra que estaba preparando. En fin, era de prever. Ya veremos si
está a la altura del genio. Desde luego, la que comento hoy, a pesar de que se
vendió como rosquillas, o precisamente por eso, y aunque siga siendo la obra de
una privilegiada mente creadora, revela, a mi parecer, cierta decadencia.
García
Márquez siempre ha escrito bien, al menos desde que consolidó y pulió su
estilo, allá por los años 60, hasta convertirlo en el que todos conocemos y por
el que le reconocemos escriba lo que escriba. Su nivel de exigencia y su habilidad
son indiscutibles. Con 87 y con 187 años, si ello fuera posible, su prosa sería
la acostumbrada. Recreando ambientes era –es– igualmente único; tampoco en ese
aspecto se puede negar la marca de la
casa y, de seguir vivo, sin duda perpetuaría eternamente ese talento.
Tampoco
puede negársele la astucia, que se percibe por ejemplo en esta frase:
“Qué te pasó con la niña? Nada, dije sin pensarlo. ¿Te parece nada que ni siquiera la despertaste?, dijo Rosa Cabarcas. Una mujer no perdona jamás que un hombre le desprecie el estreno”
Bien.
Ahora voy a ponerla en su contexto. Como casi todo el mundo sabe –ya digo que
esta obra ha sido masivamente consumida– su planteamiento consiste en el
peculiar antojo con el que un hombre decide celebrar su nonagésimo cumpleaños. Recurre
para ello a una alcahueta amiga suya que le proporciona lo que quiere: una
adolescente virgen.
Pero
¿cómo puede concebirse que la mujer no perdone que un hombre la desprecie en
una situación así? ¿No está mezclando descaradamente los conceptos? ¿Es que nos
hemos vuelto locos? ¿Estamos hablando de una mujer? ¿Estamos hablando de un
hombre? ¿Estamos hablando de desprecio?
El
escritor llevaba muchos años acariciando este proyecto, desde que leyó La casa de las bellas durmientes de
Yasunari Kawabata. Quedó tan impresionado con esta novela que, poco después, plasmó
su versión de la escena ideada por el nobel japonés en el relato El avión de la bella durmiente, incluido
en la recopilación Ojos de perro azul.
Solo décadas más tarde, en parte, quizá, por la natural desinhibición que se
produce a ciertas edades, decide volver sobre el motivo inicial y darle un
tratamiento más amplio.
Imaginemos
a la muchacha, enviada por sus padres –presionados a su vez por la tal Rosa así
como por su propia indigencia– para satisfacer lo que el novelista, en un inconcebible
alarde eufemístico, denomina “una noche de amor loco”. Y es precisamente el
término amor el que, a fuerza de
repetirse, deja de parecer incongruente. O eso desearía su autor. Veamos:
En
su trabajo periodístico, el protagonista se muestra obsesionado con el
sentimiento amoroso hasta tal punto que un superior debe aconsejarle que se
modere un poco. Deja de comer, vestirse y asearse como hacen los que padecen
depresión profunda. Sus conocidos no dudan de su enamoramiento y hasta le
envidian. Le sobrevienen ataques de furia a causa de los celos. Empieza a notar
que el amor le está, literalmente, matando (y digo yo ¿no será más bien la edad?).
Pero lo que ya acaba por desencuadernar los mecanismos cerebrales del que lee es
esto: “Esa pobre criatura está lela de amor por ti”. Me apresuro a
aclarar que jamás se han visto despiertos.
Aunque
tampoco esconde la ironía que encierra para él la palabra. “Era Casilda Armenia, un viejo amor de tres por cinco que me había soportado como cliente asiduo
desde que era una adolescente altiva.” También
cuando escucha a la niña hablar en sueños y hace constar que la prefiere
dormida parece insinuar al lector que no habla en serio, que el supuesto
melodrama no es más que una travesura, un ingenioso guiño, y por tanto, antes
que ninguna otra cosa, lo que demuestra es el completo escepticismo de alguien
que está de vuelta.
Progresivamente
vamos percibiendo una degradación de la muchacha que solo podemos entrever
porque ocurre a espalda de todos: del narrador, del resto de los personajes y,
por supuesto, del lector, que no puede ver pero intuye.
También de García Márquez: Del amor y otros demonios, El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, El general en su laberinto, Cien años de soledad, La hojarasca
Sobre García Márquez: El día del libro: El día de García Márquez
También de García Márquez: Del amor y otros demonios, El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, El general en su laberinto, Cien años de soledad, La hojarasca
Sobre García Márquez: El día del libro: El día de García Márquez
viernes, 24 de febrero de 2012
Gabriel García Márquez: El general en su laberinto
Idioma original: español
Año de publicación: 1989
Valoración: Recomendable
Esta es ya la sexta reseña que hacemos en este blog de una novela de Gabo: han pasado ya por aquí algunas de sus obras maestras, como Cien años de soledad o Crónica de una muerte anunciada; obras preciosas como El coronel no tiene quien le escriba o El amor en los tiempos del cólera, y ese truño infumable que es El otoño del patriarca. Vamos, que nos hemos ventilado ya las obras "mayores" de García Márquez...
El general en su laberinto es una novela histórica en el sentido más riguroso del término: narra los últimos meses de vida del "Libertador" Simón Bolívar (ese es el "general" del título), en su viaje terrestre y fluvial desde Bogotá hasta la costa venezolana, con intención de embarcarse luego para Europa en un viaje trasatlántico que nunca llegó a realizar. El que se nos presenta no es ya el Bolívar conquistador y heroico que aparece (veladamente, eso sí), en Las lanzas coloradas de Uslar Pietri, sino un hombre anciano derrotado políticamente, traicionado por su propio cuerpo, asediado por las conjuraciones, la enfermedad y la muerte.
Gran parte de lo que se cuenta en la novela es histórico: el viaje de Bolívar, las divisiones entre facciones en la recién independizada Gran Colombia; sus enfrentamientos políticos y personales, o incluso su proverbial gusto por las mujeres hermosas. (De hecho, a veces hay hasta demasiada historia: da la impresión de que, en mucho menor medida que Vargas Llosa en El sueño del celta, eso sí, Gabo a veces tampoco ha podido de reprimir la tentación de incluir en la novela un dato histórico, simplemente para demostrar que lo conoce.) Pero a partir de toda esa documentación histórica, consigue construir una visión íntima del personaje, como si lo hubiera conocido o lo hubiera creado.
El general en su laberinto es una novela peculiar, para ser de García Márquez, me refiero: en ella no hay realismo mágico; no hay (tantos) alambicamientos narrativos como en Cien años de soledad, ni la perfección técnica de Crónica... Incluso el estilo parece más llano, menos elaborado, con menos adjetivaciones y menos efectismo que en otras obras de Gabo. Probablemente no está ni siquiera entre sus obras maestras. Pero aun así, García Márquez siempre deja frases magistrales, hallazgos verbales o episodios memorables. Bueno, menos en El otoño del patriarca.
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sábado, 20 de junio de 2009
Gabriel García Márquez: El otoño del patriarca
Idioma original: español
Fecha de publicación: 1975
Valoración: Muy recomendable
Ésta es una de mis eternas polémicas con Santi (que tampoco son tantas, no os imaginéis), pero juro que no traigo aquí esta novela por fastidiar: él no la traga, de acuerdo, pero a mí me encanta, qué se le va a hacer. Precisamente eso es algo que uno aprende al embarcarse en un compromiso como este: a relativizar sus propios juicios y los de los demás. Está claro que en las críticas literarias hay una buena parte (no digo todo) que se debe a razones difícilmente explicables o, incluso, poco comunicables. Intentémoslo, al menos.
El otoño del patriarca narra la historia de un tirano imaginario, por lo que se encuadra en ese subgénero tan latinoamericano que se llama novela de dictadores (y del que espero hablaros pronto algo más extensamente). Se especula con los tiranos reales que pudieron inspirar a Márquez (Rojas Pinilla, de Colombia, o Franco, de España), pero a poco que se lea queda bien claro que esa cuestión es secundaria en la novela. Lo que Márquez pretende es construir un tipo ideal que encarne el poder absoluto, y para ello no duda en introducir todos los elementos fantásticos que le parece.
Así, por ejemplo, el mismo tiempo narrativo se desdibuja bastante, contribuyendo a una atmósfera de irrealidad. La perspectiva se centra siempre en el propio dictador que, prácticamente solo ya en el palacio presidencial, recuerda su mandato. Si bien se puede situar aproximadamente el momento en que se narra como contemporáneo de la publicación del libro, al lector le resulta imposible calcular cuánto tiempo transcurre entre los acontecimientos que dan comienzo y final a la novela: la simulación de la muerte del dictador y su muerte verdadera. Además, los continuos flash-backs contribuyen a la confusión. Muchas veces, no respetan ningún criterio de verosimilitud, como cuando se dice que el dictador tiene una edad indefinida entre los 107 y los 232 años. Se trata de transmitir la idea de que el poder ha estado desde siempre en las mismas manos. Hasta el punto de que se narra cómo algunos indios le comunican el avistamiento de las carabelas de Colón.
La figura del dictador se mitifica, dándole un poder absoluto sobre las gentes y los elementos. Se dice que las vacas de sus rebaños nacen ya marcadas por el hierro presidencial; en un momento el dictador pregunta la hora y le responden "La que Vd. ordene, Su Excelencia"; en otra ocasión se asegura que ha vendido el mar a los gringos. Esta omnipotencia, expresada mediante el uso magistral de la hipérbole, se muestra sin embargo asentada sobre la mentira. En varios pasajes se muestra al propio tirano envuelto en la confusión, sin saber qué corresponde a la verdad y qué a las falsedades urdidas por su propio régimen. Un caso flagrante es el de la canonización por decreto de su madre, Bendición Alvarado, tras una serie de milagros post mortem amañados por los secuaces del dictador para agradarle. Él mismo acaba creyendo la mentira, y sólo el instructor de la causa se atreve a desilusionar su fervor filial.
En momentos como ese, Márquez logra incluso llevar al lector a empatizar con un tirano del que se narran las mayores barbaridades (como servir asado y en bandeja de plata al jefe de su guardia). Ese poder infinito que todos le atribuyen, y que él mismo ha construido sobre la mentira, le aleja del afecto de todos, incluido el suyo propio. Sus súbditos lo aceptan como una fatalidad natural, casi ya sin temor. García Márquez ha cifrado de forma inmejorable la esencia de un poder desnaturalizado cuando dice del tirano que "llegó sin asombro a la ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad".
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Fecha de publicación: 1975
Valoración: Muy recomendable
Ésta es una de mis eternas polémicas con Santi (que tampoco son tantas, no os imaginéis), pero juro que no traigo aquí esta novela por fastidiar: él no la traga, de acuerdo, pero a mí me encanta, qué se le va a hacer. Precisamente eso es algo que uno aprende al embarcarse en un compromiso como este: a relativizar sus propios juicios y los de los demás. Está claro que en las críticas literarias hay una buena parte (no digo todo) que se debe a razones difícilmente explicables o, incluso, poco comunicables. Intentémoslo, al menos.
El otoño del patriarca narra la historia de un tirano imaginario, por lo que se encuadra en ese subgénero tan latinoamericano que se llama novela de dictadores (y del que espero hablaros pronto algo más extensamente). Se especula con los tiranos reales que pudieron inspirar a Márquez (Rojas Pinilla, de Colombia, o Franco, de España), pero a poco que se lea queda bien claro que esa cuestión es secundaria en la novela. Lo que Márquez pretende es construir un tipo ideal que encarne el poder absoluto, y para ello no duda en introducir todos los elementos fantásticos que le parece.
Así, por ejemplo, el mismo tiempo narrativo se desdibuja bastante, contribuyendo a una atmósfera de irrealidad. La perspectiva se centra siempre en el propio dictador que, prácticamente solo ya en el palacio presidencial, recuerda su mandato. Si bien se puede situar aproximadamente el momento en que se narra como contemporáneo de la publicación del libro, al lector le resulta imposible calcular cuánto tiempo transcurre entre los acontecimientos que dan comienzo y final a la novela: la simulación de la muerte del dictador y su muerte verdadera. Además, los continuos flash-backs contribuyen a la confusión. Muchas veces, no respetan ningún criterio de verosimilitud, como cuando se dice que el dictador tiene una edad indefinida entre los 107 y los 232 años. Se trata de transmitir la idea de que el poder ha estado desde siempre en las mismas manos. Hasta el punto de que se narra cómo algunos indios le comunican el avistamiento de las carabelas de Colón.
La figura del dictador se mitifica, dándole un poder absoluto sobre las gentes y los elementos. Se dice que las vacas de sus rebaños nacen ya marcadas por el hierro presidencial; en un momento el dictador pregunta la hora y le responden "La que Vd. ordene, Su Excelencia"; en otra ocasión se asegura que ha vendido el mar a los gringos. Esta omnipotencia, expresada mediante el uso magistral de la hipérbole, se muestra sin embargo asentada sobre la mentira. En varios pasajes se muestra al propio tirano envuelto en la confusión, sin saber qué corresponde a la verdad y qué a las falsedades urdidas por su propio régimen. Un caso flagrante es el de la canonización por decreto de su madre, Bendición Alvarado, tras una serie de milagros post mortem amañados por los secuaces del dictador para agradarle. Él mismo acaba creyendo la mentira, y sólo el instructor de la causa se atreve a desilusionar su fervor filial.
En momentos como ese, Márquez logra incluso llevar al lector a empatizar con un tirano del que se narran las mayores barbaridades (como servir asado y en bandeja de plata al jefe de su guardia). Ese poder infinito que todos le atribuyen, y que él mismo ha construido sobre la mentira, le aleja del afecto de todos, incluido el suyo propio. Sus súbditos lo aceptan como una fatalidad natural, casi ya sin temor. García Márquez ha cifrado de forma inmejorable la esencia de un poder desnaturalizado cuando dice del tirano que "llegó sin asombro a la ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad".
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martes, 5 de mayo de 2009
Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del cólera
Idioma original: español
Año de publicación: 1985
Valoración: imprescindible
"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados." No sé cómo lo consigue García Márquez, pero lo cierto es que todas sus novelas comienzan con una frase memorable, que te sumerge de inmediato en ese ritmo inconfundible de su obra y funciona como un cebo perfecto, anticipatorio. Porque, en efecto, esta novela cuenta la historia de un largo amor contrariado: el de Fermina Daza y Florentino Ariza.
En los comienzos de su amor, Florentino Ariza es un muchacho escuálido y retraído, y Fermina Daza, una colegiala de andares altivos. Él recita de corrido toda la poesía de los románticos españoles y come rosas de puro enamorado; ella escucha por las noches sus serenatas de violín y roba tiempo a sus tareas para buscar hojas que enviarle, secas, en sus cartas de amor. La irrupción del padre de Fermina acaba con este tiempo de alucinación feliz y abre un abismo entre ellos que durará casi toda la vida.
García Márquez logra una difícil proeza en este libro: pese a usar todos los tópicos del amor romántico de folletín, la historia no parece en ningún momento cursi ni afectada. De hecho, puedo decir que es la historia de amor más bonita y mejor narrada que he leído nunca.
Todas las obras de Gabriel García Márquez reseñadas en ULAD: Aquí
Año de publicación: 1985
Valoración: imprescindible
"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados." No sé cómo lo consigue García Márquez, pero lo cierto es que todas sus novelas comienzan con una frase memorable, que te sumerge de inmediato en ese ritmo inconfundible de su obra y funciona como un cebo perfecto, anticipatorio. Porque, en efecto, esta novela cuenta la historia de un largo amor contrariado: el de Fermina Daza y Florentino Ariza.
En los comienzos de su amor, Florentino Ariza es un muchacho escuálido y retraído, y Fermina Daza, una colegiala de andares altivos. Él recita de corrido toda la poesía de los románticos españoles y come rosas de puro enamorado; ella escucha por las noches sus serenatas de violín y roba tiempo a sus tareas para buscar hojas que enviarle, secas, en sus cartas de amor. La irrupción del padre de Fermina acaba con este tiempo de alucinación feliz y abre un abismo entre ellos que durará casi toda la vida.
García Márquez logra una difícil proeza en este libro: pese a usar todos los tópicos del amor romántico de folletín, la historia no parece en ningún momento cursi ni afectada. De hecho, puedo decir que es la historia de amor más bonita y mejor narrada que he leído nunca.
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lunes, 7 de marzo de 2011
Gabriel García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba
Idioma original: español
Año de publicación: 1961
Valoración: Imprescindible
[[[Mucho he tardado (casi dos años) en reseñar esta novelita, que sin embargo está entre las imprescindibles de mi biblioteca personal, y que pertenece a ese género de la novela corta que tanto me gusta (como se pudo ver en mi reseña de Las batallas en el desierto, de Emilio Pacheco, no hace mucho). Pero al final, esta es la crónica de una reseña anunciada (perdón por el chiste fácil)]]]
Gabriel García Márquez nos ha regalado varias obras maestras a lo largo de su carrera. La mayor de todas, seguramente, sea Cien años de soledad, en que concentró todo su talento imaginativo y estilístico (sus dos grandes virtudes), y los transformó en una obra magna, compleja, cautivadora; Crónica de una muerte anunciada (que por cierto, también está todavía sin reseñar, ejem) es un prodigio de técnica narrativa, funciona como un reloj perfecto e implacable; otras, como El general en su laberinto o El amor en los tiempos del cólera contribuyen a dar amplitud y profundidad a su narrativa. El Otoño del Patriarca (que a mí no me gustó nada, y que nunca he conseguido terminar) fue su incursión en la novela de dictador y en la novela experimental, simultáneamente. Y a esto habría que sumar otras tantas novelas y volúmenes de relatos, macondianos o no, como La hojarasca, La mala hora o Doce cuentos peregrinos.
Y en toda esta obra amplísima y genial, ¿qué lugar ocupa El coronel no tiene quien le escriba? Pues un lugar pequeño, pero especial. Es una de las obras pertenecientes al ciclo de Macondo, e incluso Aureliano Buendía se deja caer (como referencia casi mítica) por la novela; sin embargo, es una novela mucho más realista que otras del mismo ciclo, y hasta da la impresión de estar escrita con un estilo más sencillo y menos florido (menos adjetivado y metafórico, vamos) que otras obras de Gabo. Pero es sin duda una novela emotiva, igualmente poética, contenida pero contundente.
Con referencias más o menos evidentes a la historia colombiana (la Guerra de los Mil Días o el periodo conocido como La Violencia), la novela cuenta la historia del coronel, anciano veterano de guerra en espera de una pensión que nunca llega, y su mujer asmática, que viven de lo que pueden conseguir empeñando y vendiendo sus últimas posesiones. Su vida gira en torno a un gallo de pelea, que fue propiedad de su hijo muerto, y en el que tienen depositadas todas sus esperanzas de supervivencia. Pero nada llega: ni la pelea, ni el dinero, ni la carta oficial que el coronel espera viernes tras viernes, en que le anuncien por fin la concesión de la pensión que le prometieron.
El coronel es una obra triste, sin duda, pero con una tristeza nada melodramática. Sus personajes principales, acosados por el hambre, la enfermedad, la vejez, la pobreza y las deudas, nunca pierden la dignidad, libertad ni los ideales. Y Gabo demuestra una vez más, ahora en las distancias cortas, su capacidad para combinar lo sentimental con lo social, lo político con lo individual, el estilo con la fantasía.
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Año de publicación: 1961
Valoración: Imprescindible
[[[Mucho he tardado (casi dos años) en reseñar esta novelita, que sin embargo está entre las imprescindibles de mi biblioteca personal, y que pertenece a ese género de la novela corta que tanto me gusta (como se pudo ver en mi reseña de Las batallas en el desierto, de Emilio Pacheco, no hace mucho). Pero al final, esta es la crónica de una reseña anunciada (perdón por el chiste fácil)]]]
Gabriel García Márquez nos ha regalado varias obras maestras a lo largo de su carrera. La mayor de todas, seguramente, sea Cien años de soledad, en que concentró todo su talento imaginativo y estilístico (sus dos grandes virtudes), y los transformó en una obra magna, compleja, cautivadora; Crónica de una muerte anunciada (que por cierto, también está todavía sin reseñar, ejem) es un prodigio de técnica narrativa, funciona como un reloj perfecto e implacable; otras, como El general en su laberinto o El amor en los tiempos del cólera contribuyen a dar amplitud y profundidad a su narrativa. El Otoño del Patriarca (que a mí no me gustó nada, y que nunca he conseguido terminar) fue su incursión en la novela de dictador y en la novela experimental, simultáneamente. Y a esto habría que sumar otras tantas novelas y volúmenes de relatos, macondianos o no, como La hojarasca, La mala hora o Doce cuentos peregrinos.
Y en toda esta obra amplísima y genial, ¿qué lugar ocupa El coronel no tiene quien le escriba? Pues un lugar pequeño, pero especial. Es una de las obras pertenecientes al ciclo de Macondo, e incluso Aureliano Buendía se deja caer (como referencia casi mítica) por la novela; sin embargo, es una novela mucho más realista que otras del mismo ciclo, y hasta da la impresión de estar escrita con un estilo más sencillo y menos florido (menos adjetivado y metafórico, vamos) que otras obras de Gabo. Pero es sin duda una novela emotiva, igualmente poética, contenida pero contundente.
Con referencias más o menos evidentes a la historia colombiana (la Guerra de los Mil Días o el periodo conocido como La Violencia), la novela cuenta la historia del coronel, anciano veterano de guerra en espera de una pensión que nunca llega, y su mujer asmática, que viven de lo que pueden conseguir empeñando y vendiendo sus últimas posesiones. Su vida gira en torno a un gallo de pelea, que fue propiedad de su hijo muerto, y en el que tienen depositadas todas sus esperanzas de supervivencia. Pero nada llega: ni la pelea, ni el dinero, ni la carta oficial que el coronel espera viernes tras viernes, en que le anuncien por fin la concesión de la pensión que le prometieron.
El coronel es una obra triste, sin duda, pero con una tristeza nada melodramática. Sus personajes principales, acosados por el hambre, la enfermedad, la vejez, la pobreza y las deudas, nunca pierden la dignidad, libertad ni los ideales. Y Gabo demuestra una vez más, ahora en las distancias cortas, su capacidad para combinar lo sentimental con lo social, lo político con lo individual, el estilo con la fantasía.
Todas las obras de Gabriel García Márquez reseñadas en ULAD: Aquí
jueves, 20 de junio de 2019
Gabriel García Márquez: La mala hora
Año de publicación: 1962
Valoración: Recomendable
Si después de muchos años sin volver a un autor, en unas
pocas líneas iniciales ya hemos identificado su estilo, ahí hay algo mágico,
quizá lo que define a un genio. Es lo que ocurre con Gabo, de inmediato estamos
sumergidos en su atmósfera, sin lugar a dudas nos enganchamos a su tono y su
ritmo, y sabemos que nos deleitará con su frase breve pero llena de
sensualidad, su adjetivación precisa y la peculiar frialdad con la que
multiplica el efecto de lo insólito o lo descarnado.
La mala hora es una obra todavía temprana, aunque emparedada
nada menos que entre El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, casi nada. Parece bastante claro que es lo que podríamos llamar una
obra menor, y quizá un puente entre el realismo sobre el que todavía transita y
los peculiares ingredientes del realismo mágico que no tardarían en aparecer
para constituirse en un sello definitorio, casi tópico, del autor.
La narración se desarrolla en un pueblo colombiano sin nombre y en una
época que, aunque tampoco se define, se puede muy bien identificar con el
periodo conocido como ‘la Violencia’, años de guerras civiles no declaradas, a
mediados del siglo pasado, y más concretamente después de la dictadura de Rojas
Pinilla, finalizada no mucho antes de publicarse el libro. En ese entorno tan del gusto de García Márquez nos enteramos, siempre de forma indirecta, de
que acaba de terminar una época de represión y violencia que ha dejado
profundas cicatrices, y el alcalde, claramente vinculado con la etapa anterior,
intenta demostrar que se ha pasado página y que el futuro se escribirá en paz y
en libertad. Las cosas no serán sin embargo tan fáciles, los rencores son
todavía ardientes y pocos se creen la reconversión de los antiguos represores.
En definitiva, el clima de enfrentamiento sigue latente, y la extraña aparición
de unos pasquines aireando infidelidades y vergüenzas privadas de los vecinos
enrarece aún más el ambiente y hace que broten las primeras chispas.
Estamos en una novela coral, un amplio y a veces algo
confuso muestrario de personajes que constituye la radiografía del pueblo:
algunos que no han abjurado de su militancia, otros a quienes ocupa sobre todo
su vida familiar (y a veces diríamos parafamiliar), los que siguen
impertérritos su rutina, y los que apenas pueden hacer otra cosa que
sobrevivir, como los desplazados por unas inundaciones. Todos ellos pivotando
en torno al alcalde (cargo que no sé si es exactamente equiparable al español),
un militar reciclado que muestra dificultades para adaptarse a los nuevos
tiempos que él mismo intenta vender, y con el hilo conductor del padre Ángel, el
dibujo soberbio de un cura rematadamente pobre, con voluntad de apaciguar pero
con las ideas claras. Unos personajes más interesantes que otros, pero todos
llenos de matices, definidos con pocos trazos, exactamente los necesarios y
solo ellos, a veces un rasgo físico, una actitud, una manera de moverse.
El retrato muestra las heridas de la represión y el recuerdo
bien fresco de las operaciones nocturnas, el terror, los paseíllos y los
disparos, pero también otros aspectos interesantes que aparecen a remolque de
una dictadura. Por ejemplo, la corrupción, que antes o después se termina
instalando en los distintos niveles del poder, al cobijo de la impunidad. O la
convicción, que arraiga en algunos funcionarios, de que hay que sacar provecho de una
situación que a buen seguro será transitoria y en algún momento se volverá
en contra. Una relación dictadura-corrupción que, aunque en una perspectiva
algo diferente, curiosamente también aflora en El siglo de las luces de Alejo
Carpentier, publicada el mismo año.
Sí es cierto que el relato da la impresión de atascarse, de
girar una y otra vez sin avanzar, y esta falta de desarrollo empobrece un poco
el conjunto. Es como algo a medio hacer, o construido sin una idea previa, algo
que pudo haber sido bien un cuento (pero en ese caso recortando elementos que le
restan agilidad), o bien una obra de mayor extensión (de haberse acertado a dar
continuidad al argumento), para terminar quedándose un poco en tierra de nadie. Un relato que además Gabo no quiso cerrar con un final preciso, aunque claramente lo sugiere o,
mejor dicho, deja la puerta abierta a una nueva fase que el lector debe
construir a partir de lo narrado. Eso sí, no sin antes habernos dejado un último
párrafo absolutamente genial que no debo comentar y menos reproducir porque
sería robarle al posible lector una de las joyas más brillantes de este libro desigual.
Porque joyas tiene muchas. Si la historia se nos queda algo
coja, la lectura, frase a frase, es una delicia, nunca una palabra de más, a
cada paso un elemento inesperado, la definición exacta y esos adjetivos audaces
que a veces desembocan en la sinestesia o en algún sutil juego de
significados. Hay otros grandes autores que manejan estos recursos con
solvencia, pero en mi opinión García Márquez lo hace con una cualidad que le
hace inigualable: la naturalidad. Si pudiéramos preguntarle, seguramente nos
diría que detrás de su prosa hay mucho más currelo del que parece, pero para el
lector la sensación es de que todo es fruto del talento y solo de él, que las
palabras fluyen de la única forma posible, que no hay tachaduras, dudas ni
rectificaciones. Es lo que me parece más admirable del libro, y esto lo podemos
disfrutar aunque en otros aspectos resulte algo menos satisfactorio.
Otras obras de Gabriel García Márquez en ULAD: aquí
Otras obras de Gabriel García Márquez en ULAD: aquí
miércoles, 27 de mayo de 2020
Gabriel García Márquez: Ojos de perro azul

Año de publicación: Dispersos: 1947-
1955, en forma de libro: 1974.
Valoración: Muy recomendable
Una vez leí en algún manual que la semilla del árbol contiene el árbol
completo, con sus raíces, tronco, ramas en que se va dividiendo y hasta la
menor de sus yemas, sin olvidar las flores y los frutos. No es que vayamos a
ver, claro está, una maqueta de ese árbol, ni siquiera microscópica, lo que posee
esa semilla son las instrucciones para transformarse en algo muy grande, igual
que un joven que busca su primer trabajo puede, si lo lleva en sus genes y
siempre que las circunstancias no lo impidan, convertirse en un genio. Ojos
de perro azul es algo más que una semilla del Gabriel García Márquez
posterior, los relatos que componen el volumen son en realidad pequeños poemas
en prosa –y si esperamos que nos cuenten una historia coherente quizá nos
defrauden un poco– en donde se encuentran perfectamente definidos: el realismo
mágico tal como el autor lo concibió y desarrolló en su obra más madura, sus mecanismos
mentales, fuentes de inspiración, obsesiones y recursos característicos de una prosa
perfectamente reconocible. En ellos no vamos a encontrar una historia al uso
porque no ocurre nada que pueda describirse con palabras, y cuando creemos estar
tocando, por fin, algo concreto, el desenlace se nos desintegra entre los dedos
ya que pertenece, una vez más, al reino de lo simbólico. El que se cuenta a sí
mismo es el propio autor, a él, sus contemporáneos y al devenir de la sociedad,
y lo hace mediante metáforas y símbolos, con el lenguaje ancestral de los
relatos de su tierra, que pertenecían al reino de lo mítico hasta que él los
desenterró y los dotó de una nueva vida, a su medida y a la de le época que le
tocó vivir.
No creo que nadie tuviese nunca la menor duda de que allí había
talento, de que ese misterio y esa magia debían darse a conocer, de que la
belleza del lenguaje y esa realidad tan íntima e inasible encerraban un valor evidente. Pero aunque había precedentes, pues el boom latinoamericano
estaba empezando a ser un hecho e incluso contaba con precursores que habían
anunciado su eclosión, G.M. no era aún más que un joven periodista que escribía
raro en el fondo y en la forma. Raro y bonito, sí, pero en definitiva raro. Y
difícil de entender, que casi es peor. (Y menos mal que en esa época lo monetario
no era tan prioritario como hoy día). Por eso fueron publicándose pero
esporádicamente en la prensa, y no llegaron a reunirse en un volumen hasta 1974,
cuando el éxito de Cien años de soledad (1967) era clamoroso y el
autor tenía ya otras obras en su currículum.
Así que, para situar a quien todavía no se haya acercado a ellos ni
conozca demasiado a G.M., podríamos decir que, en lugar de catorce relatos, Ojos
de perro azul reúne catorce fogonazos de ingenio, tan extraños y herméticos
que solo hay una forma de abordarlos: dejarse llevar por su belleza, por ese
torrente verbal e imaginativo concebido hace tres cuartos de siglo, como si
escuchásemos una melodía, sin hacernos preguntas para no interrumpir su trayectoria.
Solo entonces –y tampoco aseguro nada– lograremos encontrarle algún sentido.
Pero la prosa de G.M., sobre todo la de este libro, no solo se acerca a
la poesía moderna por su hermetismo, su carácter simbólico, su ritmo y la
belleza de sus imágenes, coincide también en la temática –amor y muerte– y en
el propósito de descubrir algo que permanece secreto y nunca pertenecerá al
mundo cotidiano. Y esto solo se consigue utilizando recursos rítmicos comunes a la
lírica: repeticiones, paralelismos, contradicciones, vueltas atrás en la línea
temporal etc., porque estas piezas son una pregunta continua acerca de esas dos
cuestiones que, por otra parte, son las que siempre han interesado a los poetas
y que se repetirán como un mantra a lo largo de toda su obra. Pues ¿qué es Cien
años de soledad sino una oda a lo efímero?
Es evidente que quien se hace preguntas es porque no tiene las
respuestas, de ahí que todo sea confuso, relativo y contradictorio. Los muertos
piensan (Eva está dentro de su gato), no saben si lo están (La
tercera resignación, Tubal-Caín forja una estrella y La otra
costilla de la muerte) o no lo están del todo (Alguien desordena estas
rosas), hay quien está muerto en vida (La noche de los alcaravanes y
Amargura para tres sonámbulos) o quien se vive a través de un espejo porque
está sepultado en la rutina y necesita un doble para desahogar con él su
frustración (Diálogo del espejo) o quien ha sido enclaustrado durante
décadas y acumula energía para resucitar de repente y con fuerzas renovadas (Nabo,
el negro que hizo esperar a los ángeles, donde encontramos, creo, la mayor
crítica social de todo el libro) o la vida no es vida porque consiste en una
espera permanente de algo que nunca llega a ocurrir (Un hombre viene bajo la
lluvia y Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, donde utiliza ya
el topónimo que luego convertiría en mítico) o porque es imposible comunicarse
con el otro (De cómo Natanael hace una visita). En cuanto al amor, se
vive como una danza entre dos seres que van y vienen por el tiempo y el espacio
observándose mutuamente (Ojos de perro azul) y si hay algún amor auténtico acaba frustrándose frente a quien lo utiliza como moneda de cambio (La mujer que
llegaba a las seis).
El tono es melancólico pero no triste, desencantado sin caer en la desesperación. Y es que siempre nos salvará la belleza.
Todas nuestras reseñas de Gabriel García Márquez: Aquí
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Gabriel García Márquez: Crónica de una muerte anunciada

Idioma original: español
Año de publicación: 1981
Valoración: muy recomendable
Esta "crónica" trata de esclarecer las circunstancias de la muerte violenta de Santiago Nasar, pero, como el lector pronto descubre, esta es una empresa imposible. En su afán periodístico, el narrador de la crónica entrevista a numerosos personajes para que cada cual aporte su versión de los hechos. Pero ¿cómo reconstruir la trágica historia después de 23 años?
La ingente variedad de personajes aporta datos e impresiones contradictorias, ninguna de las cuales sirve para explicar la duda fundamental: ¿por qué nadie previno a Santiago Nasar de que los hermanos Vicario estaban esperándolo para matarlo y reparar con el crimen la honra dañada de su hermana? Van saliendo a la superficie diferentes posibles motivaciones, que van desde la incredulidad ante lo que iba a pasar hasta el puro morbo colectivo de culminar con sangre una fiesta nupcial.
En la narración de la muerte anunciada de Santiago Nasar se mezclan lo sobrenatural-espiritual con lo cómico y lo costumbrista. Al terminar, nos queda una idea muy clara de cómo son los habitantes de este pequeño pueblo y el papel que cada uno juega, pero no nos queda claro por qué nadie evitó que Santiago Nasar fuera asesinado cuando incluso los propios autores del crimen hicieron todo lo posible por que se lo impidieran. Ni siquiera nos queda claro si Santiago Nasar merecía que lo asesinaran.
Todas las obras de Gabriel García Márquez reseñadas en ULAD: Aquí
sábado, 11 de abril de 2009
Gabriel García Márquez: Cien años de soledad

Año de publicación: 1967.
Valoración: Imprescindible.
Dice García Márquez que en un momento de su carrera sintió la necesidad de escribir una novela "en la que sucediera todo" y tuvo la certeza de que en ella debía estar toda su memoria de Aracataca (su ciudad natal); "la fantasía, las supersticiones, las angustias.."
La estirpe de los Buendía, a lo largo de siete generaciones, es el eje sobre el que giran muchísimas historias en las que se entremezclan amor, pasión, guerra, traiciones... con una profunda e inevitable soledad a la que parecen estar condenados los personajes.
Partiendo de muchos mitos y leyendas que el autor conoció desde niño, nos presenta una historia circular, casi bíblica (con su génesis, su éxodo, su apocalípsis final); un mundo completo en el que está muy presente esa sutil línea divisoria entre ficción y realidad que nos desvela el "realismo mágico".
Un libro mítico, valorado por el IV Congreso Internacional de la Lengua Española como la segunda obra más importante en lengua castellana, por detrás de El Quijote.
Una obra compleja en su estructura pero en la que no cuesta nada sumergirse y disfrutar, porque está llena de magia, belleza y aventuras; porque desde América, se lee con la ternura de quien se reconoce en lo que lee... y en el resto del mundo, con la sorpresa y fascinación de quien descubre los colores de una nueva realidad.
Todas las obras de Gabriel García Márquez reseñadas en ULAD: Aquí
Valoración: Imprescindible.
Dice García Márquez que en un momento de su carrera sintió la necesidad de escribir una novela "en la que sucediera todo" y tuvo la certeza de que en ella debía estar toda su memoria de Aracataca (su ciudad natal); "la fantasía, las supersticiones, las angustias.."
La estirpe de los Buendía, a lo largo de siete generaciones, es el eje sobre el que giran muchísimas historias en las que se entremezclan amor, pasión, guerra, traiciones... con una profunda e inevitable soledad a la que parecen estar condenados los personajes.
Partiendo de muchos mitos y leyendas que el autor conoció desde niño, nos presenta una historia circular, casi bíblica (con su génesis, su éxodo, su apocalípsis final); un mundo completo en el que está muy presente esa sutil línea divisoria entre ficción y realidad que nos desvela el "realismo mágico".
Un libro mítico, valorado por el IV Congreso Internacional de la Lengua Española como la segunda obra más importante en lengua castellana, por detrás de El Quijote.
Una obra compleja en su estructura pero en la que no cuesta nada sumergirse y disfrutar, porque está llena de magia, belleza y aventuras; porque desde América, se lee con la ternura de quien se reconoce en lo que lee... y en el resto del mundo, con la sorpresa y fascinación de quien descubre los colores de una nueva realidad.
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viernes, 11 de octubre de 2019
Gabriel García Márquez: Relato de un naúfrago

Año de publicación: 1970
Valoración: muy recomendable
Una entre mis muchas carencias como lector es no haberme especializado aún en ninguna de las figuras del "Boom". Puede que se trate de una mera lejanía generacional, sí, será sobre todo eso el hecho de que no haya vivido en primera persona ese fenómeno literario en espectacular eclosión hace ya unas cuantas décadas. Lejanía generacional, que no física. García Márquez firma en Barcelona, 1970 (supongo que en su famoso piso en el barrio de Sarrià) el brillante, por revelador y por muchas cosas, prólogo a este curioso relato, menos de 150 páginas, puede que parezca una obra menor, claro. Pero menos tenía El coronel no tiene quien le escriba y menudo portento de novela. Aún así, quizás haya de considerarse una obra de excepción, al margen de la florida imaginación del fallecido autor colombiano, tratándose, la explicación en el prólogo representa todo un "entrante" en calidad literaria, de una obra que había sido previamente publicada en prensa, de hecho, de una especie de resumen de esos artículos, constituida, celebridad obliga, en una obra redonda en lo literario pero más enmarcada en lo que podríamos definir como escenificación de un eventual diario de a bordo, basado en hechos reales y fruto de las diversas entrevistas mantuvo con el protagonista.
Porque el título, curiosamente apoyado por un florido párrafo, el horror de aquellos que temen el spoiler que subtitula de forma contundente y que, él solito, ya representa una declaración política, un sutil y poderoso puñetazo al poder público.
Porque el naúfrago es un marino, Luis Alejandro Velasco, un militar tripulante de una embarcación de guerra, un destructor, que, en una rutinaria misión y bajo diversas irregularidades, da un bandazo en el mar y pierde a varios de sus tripulantes, todos ellos miembros de la Marina de Guerra de Colombia, todos ellos menos Velasco fallecidos, Velasco entonces único superviviente, naúfrago, héroe de aquellos que merece distinciones, oropel, reconocimiento y placas colgadas por doquier con políticos y gobernantes prestos a tirar de las correspondientes cortinillas.
Pero Colombia era una dictadura entonces con un férreo control de medios de comunicación y opinión pública. Y si todo es política, hasta el acto más nimio, qué puede ser un episodio de heroicidad en manos de un escritor haciendo de periodista. A García Márquez le fue imposible atajar la repercusión de este escrito, que traspasó la barrera del relato de aventuras para convertirse en sus lecturas directas, y en las indirectas más aún, en un alegato que las autoridades se aprestaron en silenciar (otra vez conviene leer el texto subtítulo de la portada, apenas cuarenta palabras que representan no solo la mejor sinopsis producto del mismo autor, sino la precisa descripción de lo sucedido sin un ápice de añadido, pero así son las cosas, la realidad desnuda duele).
La narración carga también en lo psicológico, como si resonancias de Melville y Kafka se asomaran a la balsa, como si el mar y las especies que la habitan fueran criaturas de Lovecraft. Velasco en el agua diez días preso de esperanza y liberado por alucinaciones, las aletas de los tiburones, la evocación de los compañeros fallecidos, el leve tono de fantasía aportado por el convencimiento de que esa aventura representará el fin de su recorrido vital, la recepción cuando es rescatado en un pequeño pueblo costero alejado de las cuitas de la centralidad política de las naciones. Como simple relato, ya sería una crónica muy notable, sencilla y sincera. Si empezamos a añadirle capas, podríamos llenar párrafos y párrafos. Literatura peligrosa.
Pero Colombia era una dictadura entonces con un férreo control de medios de comunicación y opinión pública. Y si todo es política, hasta el acto más nimio, qué puede ser un episodio de heroicidad en manos de un escritor haciendo de periodista. A García Márquez le fue imposible atajar la repercusión de este escrito, que traspasó la barrera del relato de aventuras para convertirse en sus lecturas directas, y en las indirectas más aún, en un alegato que las autoridades se aprestaron en silenciar (otra vez conviene leer el texto subtítulo de la portada, apenas cuarenta palabras que representan no solo la mejor sinopsis producto del mismo autor, sino la precisa descripción de lo sucedido sin un ápice de añadido, pero así son las cosas, la realidad desnuda duele).
La narración carga también en lo psicológico, como si resonancias de Melville y Kafka se asomaran a la balsa, como si el mar y las especies que la habitan fueran criaturas de Lovecraft. Velasco en el agua diez días preso de esperanza y liberado por alucinaciones, las aletas de los tiburones, la evocación de los compañeros fallecidos, el leve tono de fantasía aportado por el convencimiento de que esa aventura representará el fin de su recorrido vital, la recepción cuando es rescatado en un pequeño pueblo costero alejado de las cuitas de la centralidad política de las naciones. Como simple relato, ya sería una crónica muy notable, sencilla y sincera. Si empezamos a añadirle capas, podríamos llenar párrafos y párrafos. Literatura peligrosa.
domingo, 11 de junio de 2017
Álvaro Cepeda Samudio: La casa grande

Año de publicación: 1961
Valoración: Muy recomendable
Las únicas referencias que tenía de Álvaro Cepeda Samudio procedían de "Vivir para contarla", las conocidas memorias de Gabriel García Márquez. Y es que ambos formaban parte del llamado "Grupo de Barranquilla", que allá por los años 40 y 50 dinamizó la vida cultural de la ciudad colombiana. De todos los integrantes de aquel grupo, el mayor reconocimiento sería para García Márquez y uno de los mayores "olvidos" sería para Cepeda Samudio, debido a su escasa obra y a su temprano fallecimiento, con apenas 46 años.
Dentro de esa escasa obra destaca su única novela, este "La casa grande", en la que se aprecian ecos del "Pedro Páramo" de Rulfo, de toda la narrativa de Faulkner o incluso del "Libro de Manuel" de Cortázar. De "La casa grande" dijo García Márquez que se trata de un experimento arriesgado. ¿Y quién soy yo para llevarle la contraria a todo un premio Nobel?
Pues eso, se trata de un libro "difícil", no apto para todos los públicos. Por ejemplo: absténganse lectores que busquen pasar unas horas de entretenimiento sin más, absténganse también lectores que gusten de historias con estructura tradicional, de historias en las que todo te lo den bien mascadito, etc. No es este un libro para ese tipo de lectores porque el texto del colombiano exige un plus de esfuerzo y atención. "La casa grande" está plagado de elipsis y el cambio de tiempos, estilos y voces narrativas es constante, lo que exige un cierto grado de implicación por parte del lector.
Tenemos, por un lado, la "masacre de las bananeras", que ya aparecía en "Cien años de soledad", contada (eso sí) de una forma peculiar, en la que se mezclan diálogos e impresiones de soldados que participan en el operativo, partes militares, decretos y descripciones tan hermosas como esta:
Todavía no eran la muerte:
pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos:
marchaban con la muerte pegada a las piernas:
la muerte les golpeaba de una nalga a cada tranco:
les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda:
una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación
Por otro lado está la historia de la familia que habita la casa grande, microcosmos y metáfora de la situación exterior. La familia está encabezada por uno de los notables de la ciudad, el Padre, personaje implacable y autoritario que determina el destino de la familia y del pueblo.
Ambas historias se entrelazan. La masacre de las bananeras hace que explote el odio del pueblo hacia el Padre. Odio y violencia por todas partes; más larvada en la familia, más cruda, más física en el pueblo. Odios anteriores y posteriores a la revuelta de los trabajadores. Violencia que acaba destruyendo, interior y exteriormente a las personas.
Aunque ya digo que ambas historias confluyen en determinados momentos y personajes, las dos podrían ser leídas de forma independiente, siendo la primera mucho más "asequible" en su estructura y desarrollo que la segunda. Digo esto porque en la historia de la familia de la casa grande los saltos temporales y las voces se suceden. Los acontecimientos principales en la vida de la familia tienen lugar en dos momentos concretos y los diferentes personajes ofrecen su visión o sus recuerdos de esos momentos de forma fragmentaria. No es fácil seguir la historia, por momentos parece confusa, pero finalmente las piezas van juntándose y el puzzle toma forma.
Destacan, fundamentalmente, dos aspectos de la novela. En primer lugar, la capacidad del autor para llevarla a buen puerto manejando hábilmente la escasa información que ofrece. Puede, por momentos, parecer confusa, pero todo cuadra, todo encaja. En segundo lugar, su complejidad técnica: largos diálogos, poéticas descripciones, recuerdos, pequeños flashes, partes, decretos, etc, que hacen de la lectura de este libro un reto en el que conviene estar muy atento.
En resumen, todo un descubrimiento de un autor tragado por la vorágine del boom latinoamericano que, afortunadamente, ha sido rescatado del olvido.
miércoles, 1 de julio de 2009
Novela de dictadores (y II)
Después de El señor Presidente, la novela de dictadores mantuvo una buena salud. Así, en 1951 se publicó El gran Burundún Burundá ha muerto, del escritor colombiano Jorge Zalamea, y en 1964 salió a la luz La fiesta del rey Acab, del chileno Enrique Lafourcade. Sin embargo, fue en la época del boom cuando la novela de dictadores alcanzó fama a nivel internacional.
Renovación
Asegura Carlos Fuentes que, a mediados de los años sesenta, él mismo y Gabriel García Márquez acordaron un vasto proyecto editorial llamado a convertirse en la obra de toda su generación: cada uno de los autores del boom debía hacerse cargo de la biografía de alguno de los muchos tiranos de la América latina. Carlos Fuentes planeaba por entonces recoger en una novela la historia de Santa Anna (dictador mexicano) y parece que Julio Cortázar se comprometió a escribir un libro sobre Evita Perón. Lamentablemente, estas dos obras quedaron en nada, pero el proyecto, titulado con ironía "Padres de la patria", se cumplió al menos en parte. En apenas dos años, se publicaron tres excelentes novelas que renovaron el género: El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier, Yo el Supremo (1975), de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez.
Hay dos grandes cambios que aporta el boom a la novela de dictadores. En primer lugar, la perspectiva se centra en el dictador mismo, haciendo que el lector vea el mundo a través de sus ojos. Se retrata, mucho más claramente que antes, la soledad del poder, hasta el punto de que puede llegar a sentirse lástima por esos personajes ridículos, aislados en su propia red de manipulación y falsedad. En segundo lugar, el lenguaje recibe un nuevo tratamiento. Si bien muchas de estas técnicas ya aparecen en El señor Presidente, aquí se consagran el monólogo interior, el flujo de conciencia, la fragmentación narrativa o la pluralidad de puntos de vista. Los autores del boom renuncian a la omnipotencia del narrador moderno, conscientes de que una auténtica crítica de los mecanismos del dominio absoluto debe implicar también el cuestionamiento del poder sobre el lenguaje.
Carpentier ya se había acercado al tema antes de El recurso del método; por ejemplo, al describir en El reino de este mundo (1949) la gloria y la caída de Christophe, el rey negro de Haití. En esta ocasión, en cambio, opta por no hablar de ningún personaje histórico en concreto. Se propone retratar la figura (nada anómala en la historia americana) del tirano con pretensiones ilustradas que gusta de pasar su tiempo en París, alejado del país bárbaro que se ve llamado a gobernar. Tales pretensiones de humanismo racionalista no se corresponden, por supuesto, con la efectiva política del dictador y se revelan como una mera ideología del dominio a la que se recurre a voluntad. Esa es la idea que refleja el juego de palabras del título, que hace un guiño al Discurso del método de Descartes. Roa Bastos, en cambio, sí circunscribe su novela a unas coordenadas históricas bien concretas: narra la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, que fue Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay de 1816 a 1840. En cuanto a El otoño del patriarca, podéis ver aquí la entrada que le dedicamos en este blog.
El post-boom
Después de este momento cumbre a mediados de los setenta, el género parece languidecer. En los ochenta podemos encontrar Cola de lagartija (1983), de Luisa Valenzuela, y La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy Martínez, ambas sobre el régimen peronista. Éste último vuelve a tratar el tema en Santa Evita (1995), que trata de las siniestras vicisitudes del cadáver de Eva Perón; algo parecido quizá, a decir de Carlos Fuentes, de lo que hubiera escrito Cortázar. El último gran ejemplo de la novela de dictadores, por ahora, es La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, que se ocupa de la tiranía de Trujillo y ya comentamos aquí.
Es imposible saber si este género, que ha dado tan grandes frutos a la literatura hispanoamericana, seguirá cultivándose en el futuro. Lo único que cabe esperar es que esos hipotéticos ejemplos puedan colocarse en los estantes de la novela histórica.
(Aquí podéis leer el artículo de la wikipedia en inglés, que me ha sido de gran utilidad para escribir este par de entradas.)
Renovación
Asegura Carlos Fuentes que, a mediados de los años sesenta, él mismo y Gabriel García Márquez acordaron un vasto proyecto editorial llamado a convertirse en la obra de toda su generación: cada uno de los autores del boom debía hacerse cargo de la biografía de alguno de los muchos tiranos de la América latina. Carlos Fuentes planeaba por entonces recoger en una novela la historia de Santa Anna (dictador mexicano) y parece que Julio Cortázar se comprometió a escribir un libro sobre Evita Perón. Lamentablemente, estas dos obras quedaron en nada, pero el proyecto, titulado con ironía "Padres de la patria", se cumplió al menos en parte. En apenas dos años, se publicaron tres excelentes novelas que renovaron el género: El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier, Yo el Supremo (1975), de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez.
Hay dos grandes cambios que aporta el boom a la novela de dictadores. En primer lugar, la perspectiva se centra en el dictador mismo, haciendo que el lector vea el mundo a través de sus ojos. Se retrata, mucho más claramente que antes, la soledad del poder, hasta el punto de que puede llegar a sentirse lástima por esos personajes ridículos, aislados en su propia red de manipulación y falsedad. En segundo lugar, el lenguaje recibe un nuevo tratamiento. Si bien muchas de estas técnicas ya aparecen en El señor Presidente, aquí se consagran el monólogo interior, el flujo de conciencia, la fragmentación narrativa o la pluralidad de puntos de vista. Los autores del boom renuncian a la omnipotencia del narrador moderno, conscientes de que una auténtica crítica de los mecanismos del dominio absoluto debe implicar también el cuestionamiento del poder sobre el lenguaje.
Carpentier ya se había acercado al tema antes de El recurso del método; por ejemplo, al describir en El reino de este mundo (1949) la gloria y la caída de Christophe, el rey negro de Haití. En esta ocasión, en cambio, opta por no hablar de ningún personaje histórico en concreto. Se propone retratar la figura (nada anómala en la historia americana) del tirano con pretensiones ilustradas que gusta de pasar su tiempo en París, alejado del país bárbaro que se ve llamado a gobernar. Tales pretensiones de humanismo racionalista no se corresponden, por supuesto, con la efectiva política del dictador y se revelan como una mera ideología del dominio a la que se recurre a voluntad. Esa es la idea que refleja el juego de palabras del título, que hace un guiño al Discurso del método de Descartes. Roa Bastos, en cambio, sí circunscribe su novela a unas coordenadas históricas bien concretas: narra la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, que fue Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay de 1816 a 1840. En cuanto a El otoño del patriarca, podéis ver aquí la entrada que le dedicamos en este blog.
El post-boom
Después de este momento cumbre a mediados de los setenta, el género parece languidecer. En los ochenta podemos encontrar Cola de lagartija (1983), de Luisa Valenzuela, y La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy Martínez, ambas sobre el régimen peronista. Éste último vuelve a tratar el tema en Santa Evita (1995), que trata de las siniestras vicisitudes del cadáver de Eva Perón; algo parecido quizá, a decir de Carlos Fuentes, de lo que hubiera escrito Cortázar. El último gran ejemplo de la novela de dictadores, por ahora, es La fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, que se ocupa de la tiranía de Trujillo y ya comentamos aquí.
Es imposible saber si este género, que ha dado tan grandes frutos a la literatura hispanoamericana, seguirá cultivándose en el futuro. Lo único que cabe esperar es que esos hipotéticos ejemplos puedan colocarse en los estantes de la novela histórica.
(Aquí podéis leer el artículo de la wikipedia en inglés, que me ha sido de gran utilidad para escribir este par de entradas.)
viernes, 9 de octubre de 2015
Colaboración: La Oculta de Héctor Abad Faciolince
Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable
Héctor Abad es colombiano, como García Márquez. Fue periodista antes que escritor, como García Márquez, y en su última novela, La Oculta, escribe la historia de una familia y una casa, imbricadas en un cambio de época en donde sigue persistiendo lo viejo en la mentalidad de las gentes.
Descripción de un mundo tropical, de un mundo de contrastes, de un mundo de sonoros topónimos de civilizaciones desaparecidas (Jericó, Antioquía), de un mundo que se acaba, La Oculta enlaza con el Chéjov de El jardín de los cerezos, con el Lampedusa de El gatopardo, con el Bassani de El jardín de los Finzi-Contini y con el propio Márquez en Cien años de soledad.
La Oculta es también la historia de una colonia, y parte de la historia de Colombia, recreada a través del mito del éxodo, del paraíso perdido y del jardín del Edén. No en vano los padres se llaman Joaquín y Ana, como una versión previa de la Sagrada Familia.
La Oculta comienza precisamente con la muerte de Ana, la madre, y las reacciones que provoca en sus tres hijos, Eva, Pilar y Antonio. A partir de ahí, cada uno de ellos narra su historia en relación con la finca familiar. Tres personajes, tres voces. Pilar, la sensatez, la continuidad, la cordura, la tradición, que ejerce, como su propio nombre indica, de sostén de la casa. Eva, la fuerza, la pasión, la experimentación y la insatisfacción continua. Antonio, el cronista, el escribano de la genealogía familiar, la visión desde la marginalidad que le da su condición de homosexual, la visión desde fuera, desde Estados Unidos, en donde el cordón umbilical se resiste a ser cortado.
Los tres experimentan la contradicción de amar y odiar a una tierra donde vivieron los momentos más felices de sus vidas pero también la violencia y el dolor. Tres voces que van del pasado al presente, que tejen recuerdos, complicidades de hermanos, pero también disputas por sus formas distintas de entender la vida. El imperativo telúrico del poeta vasco Gabriel Aresti de "Defenderé la casa de mi padre" es asimilado al comienzo por los tres hermanos, aunque al final tienen que escoger entre seguir los deseos de sus padres o soltar amarras.
La Oculta es la finca familiar arrancada a la selva, amenazada al principio por la naturaleza, después por la guerra y la violencia y al final por la codicia y la especulación, amenazada al comienzo por las fuerzas primitivas que provienen del exterior, a continuación por los impulsos más oscuros del corazón humano y finalmente por las pasiones más vulgares que la convierten en una casa sin fantasmas donde solo quedan las leyendas de los ahogados en el lago.
Con un castellano sinestésico que se oye, que se ve, que se huele, que se palpa y que se gusta, lleno de nombres de flores y de plantas, de comidas y de objetos dispares, Héctor Abad construye una novela bella, telúrica, mágica.
Una novela absolutamente recomendable de un autor que buceó en sus fantasmas familiares en El olvido que seremos y que nos presenta de nuevo un libro fascinante.
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable
Héctor Abad es colombiano, como García Márquez. Fue periodista antes que escritor, como García Márquez, y en su última novela, La Oculta, escribe la historia de una familia y una casa, imbricadas en un cambio de época en donde sigue persistiendo lo viejo en la mentalidad de las gentes.
Descripción de un mundo tropical, de un mundo de contrastes, de un mundo de sonoros topónimos de civilizaciones desaparecidas (Jericó, Antioquía), de un mundo que se acaba, La Oculta enlaza con el Chéjov de El jardín de los cerezos, con el Lampedusa de El gatopardo, con el Bassani de El jardín de los Finzi-Contini y con el propio Márquez en Cien años de soledad.
La Oculta es también la historia de una colonia, y parte de la historia de Colombia, recreada a través del mito del éxodo, del paraíso perdido y del jardín del Edén. No en vano los padres se llaman Joaquín y Ana, como una versión previa de la Sagrada Familia.
La Oculta comienza precisamente con la muerte de Ana, la madre, y las reacciones que provoca en sus tres hijos, Eva, Pilar y Antonio. A partir de ahí, cada uno de ellos narra su historia en relación con la finca familiar. Tres personajes, tres voces. Pilar, la sensatez, la continuidad, la cordura, la tradición, que ejerce, como su propio nombre indica, de sostén de la casa. Eva, la fuerza, la pasión, la experimentación y la insatisfacción continua. Antonio, el cronista, el escribano de la genealogía familiar, la visión desde la marginalidad que le da su condición de homosexual, la visión desde fuera, desde Estados Unidos, en donde el cordón umbilical se resiste a ser cortado.
Los tres experimentan la contradicción de amar y odiar a una tierra donde vivieron los momentos más felices de sus vidas pero también la violencia y el dolor. Tres voces que van del pasado al presente, que tejen recuerdos, complicidades de hermanos, pero también disputas por sus formas distintas de entender la vida. El imperativo telúrico del poeta vasco Gabriel Aresti de "Defenderé la casa de mi padre" es asimilado al comienzo por los tres hermanos, aunque al final tienen que escoger entre seguir los deseos de sus padres o soltar amarras.
La Oculta es la finca familiar arrancada a la selva, amenazada al principio por la naturaleza, después por la guerra y la violencia y al final por la codicia y la especulación, amenazada al comienzo por las fuerzas primitivas que provienen del exterior, a continuación por los impulsos más oscuros del corazón humano y finalmente por las pasiones más vulgares que la convierten en una casa sin fantasmas donde solo quedan las leyendas de los ahogados en el lago.
Con un castellano sinestésico que se oye, que se ve, que se huele, que se palpa y que se gusta, lleno de nombres de flores y de plantas, de comidas y de objetos dispares, Héctor Abad construye una novela bella, telúrica, mágica.
Una novela absolutamente recomendable de un autor que buceó en sus fantasmas familiares en El olvido que seremos y que nos presenta de nuevo un libro fascinante.
Firmado: Federico Escudero
sábado, 7 de noviembre de 2009
250 entradas - 250 años (y II)
Y aquí, la segunda parte de la lista de "los mejores libros escritos en los últimos 250 años", con los 14 libros que aparecen en más de una lista, y que por lo tanto son, a juicio de los que hacemos este blog, "lo mejor de lo mejor":
Con 2 votos:
Con 3 votos:
Enhorabuena a los premiados, y como siempre, se abren los comentarios para aplaudir, completar o criticar nuestro particular "canon".
Con 2 votos:
- Crimen y Castigo, de Dostoievski
- Esperando a Godot, de Samuel Beckett
- Fundación, de Isaac Asimov
- La peste, Albert Camus
- Las flores del mal, Baudelaire
- Maus, de Art Spiegelman
- Pedro Páramo, de Juan Rulfo
- Ulises, de James Joyce
Con 3 votos:
- Cuentos de Edgar Allan Poe
- Ficciones, de Jorge Luis Borges
- La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
- La metamorfosis, de Franz Kafka
- Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Enhorabuena a los premiados, y como siempre, se abren los comentarios para aplaudir, completar o criticar nuestro particular "canon".
martes, 21 de mayo de 2013
Ramón del Valle Inclán: Tirano Banderas

Año de publicación: 1926
Valoración: Imprescindible
Ha
pasado mucho tiempo desde que leí por primera vez Tirano Banderas y no me quedaba más que una impresión muy vaga de
ambiente, lenguaje y asunto. Se haya leído o no la novela, todo el mundo sabe que
narra la caída del dictador Santos Banderas, un personaje que no encarna una
figura histórica concreta pero es compendio de la de muchos dictadores
latinoamericanos que prosperaron gracias al apoyo de Estados Unidos. La novela
retrata su despotismo, su manejo del terror, la multiplicación durante su
mandato de delaciones y espionaje, así como la existencia de una represión
generalizada y el mantenimiento de una corte incondicional que responde sin
rechistar a sus caprichos y órdenes.
Después
de un tercer viaje a Méjico, Valle empieza a escribir su novela americana, “la novela de un tirano con rasgos del doctor Francia, de Rosas, de Melgarejo,
de López y de don Porfirio”. En un
principio, a partir de 1925, aparece en forma de entrega para distintas publicaciones como
era su costumbre, más tarde en forma de libro cuya primera edición publica por
su cuenta.
La
intención, claramente satírica, se logra a partir de su ya mítico recurso de
fabricación propia, el esperpento (deformación de la realidad, destacando lo
grotesco para afilar la crítica). A Banderas se le caricaturiza repetidamente
como rata fisgona y el Licenciado
Veguillas salta como una rana aduladora. Podemos encontrar decenas de ejemplos
con solo leer una página. El tirano animaliza a sus vasallos y Valle Inclán, a
su vez, le animaliza a él. Destaca además la prodigiosa utilización del
lenguaje latinoamericano, del que realiza una inteligente mixtura superponiendo
al castellano multitud de voces de uso común en la mayor parte del
subcontinente, con alguna invención de cosecha propia y la repetición del
diminutivo, dando como resultado un conjunto de lo más convincente. Un efecto así
no podía haberlo conseguido más que un oriundo de esas tierras o el propio
Valle que, sin embargo, incluye aquí todos los rasgos de su escritura, su
inteligente manejo de las situaciones, ese modernismo que defendió con
brillantez, esa amargura y sentido crítico de la política española de entonces.
Del
tirano, hasta el nombre de pila, Santos, es irónico. Pero el autor tampoco
tiene piedad con el resto del reparto. Destacaré, al Doctor Polaco, un mago que
ejerce en la casa de lenocinio y que, junto a la señorita médium (también Lupita la Romántica, prostituta que parece
leer el pensamiento) protagoniza una de las escenas más divertidas de la
novela, o el honrado gachupín Quintín
Pereda (nótese la ironía en el adjetivo), o Merlín, el perro faldero del
ministro que subraya sarcásticamente sus rasgos más ridículos, o Cucarachita,
la madame del prostíbulo, o doña
Lupita, que se ocupa del servicio de cantina durante los esparcimientos del
dictador y sus secuaces.
Pocos
se salvan de la quema efectuada por Valle Inclán, solo unos pocos insurgentes
en los que recae, a golpe de heroísmo, revertir el actual estado de cosas. Países,
clases sociales, profesiones son vapuleados sin piedad. En particular los
gachupines (españoles) de los que se destaca su ambición y prepotencia. Como el
citado ministro de España y barón de Benicarlés o el próspero don Celes, avaro
hasta el delirio, sin otro interés que la adulación y la riqueza, que sirve de
correveidile entre este y Santos Banderas o el prestamista Quintín Pereda, que
con su enorme ruindad contribuye indirectamente a poner en marcha la acción. También
son atacados los criollos y sus privilegios. En cambio, vemos al doctor Sánchez
Ocaña pronunciando un alambicado discurso que enardece a las masas acelerando
el comienzo de la revolución latente.
Es
patente el desprecio que siente Banderas por el indio, al que considera incapaz
de trabajar e indigno de cualquier consideración. Y, sin embargo, él es uno de
ellos, no un gachupín imperialista, no un privilegiado criollo: su sangre es
indígena cien por cien. Con ello, se multiplica exponencialmente la impresión
que produce su actitud.
La
obra es corta pero densa. Valle hace gala de economía de recursos
concentrándose en unos cuantos rasgos significativos, inteligentemente
elegidos, muy elocuentes, presentados con vigor y repartidos en una serie de escenas.
A partir de ellas, el lector puede hacerse cargo de la situación sin que se le
abrume con un exceso de datos. Por eso es fácilmente adaptable a la escena,
dónde se ha llevado a menudo. Existe también una película, dirigida por José
Luis García Sánchez en 1993.
Obras herederas de esta son, entre otras,
“El otoño del
patriarca” de Gabriel García
Márquez, “La Fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa y “Yo, El Supremo” de Augusto Roa Bastos.
También de Valle-Inclán: Sonata de primavera, Luces de Bohemia, Divinas palabras, La guerra carlista, Jardín peregrino
También de Valle-Inclán: Sonata de primavera, Luces de Bohemia, Divinas palabras, La guerra carlista, Jardín peregrino
viernes, 13 de diciembre de 2019
Colaboración: Alejo Carpentier: El recurso del método
Idioma original: español
Año de publicación: 1974
Valoración: muy recomendable
Año de publicación: 1974
Valoración: muy recomendable
Una novela de dictadores. Este relato del escritor cubano Alejo Carpentier fue publicado en 1974, el mismo año que otra novela del mismo tema, “Yo, el Supremo” de Augusto Roa Bastos y un año antes que “El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez, que coincidentemente tiene el mismo motivo. Creaciones que revitalizaron un subgénero de larga data en Latinoamérica, la novela del dictador. La obra de Carpentier es novedosa, compleja e irónica, logrando configurar una propuesta distinta dentro de un tema bastante conocido. La trama se centra en la figura del Primer Magistrado y su férreo orden en un país imaginario que tiene a Nueva Córdoba como su capital. El personaje principal suena a una síntesis de gobernantes latinoamericanos que tanto conocemos por estas latitudes. La narración alterna la primera y la tercera persona, siendo la principal voz la del Primer Magistrado, pero también aparecen otras voces, que dan un espectro más amplio a la historia. El relato es circular, parte en París, donde el gobernante disfruta de las bondades de la Ciudad Luz, cuando llega la noticia de que hay una sublevación que debe sofocar. Vuelve a su país, derrota al sublevado. Después viaja a Nueva York y mientras descansa de los ajetreos propios de su cargo, avisan que hay un nuevo levantamiento que debe enfrentar. Vuelve a su país, lo sofoca. Y cuando siente que todo está pacificado, estalla una revolución que no puede detener, por lo que huye, hacia Paris, ahora, la Ciudad Cementerio.
En Carpentier la forma lo es todo (o casi todo), por lo que el cómo platea la narración es bastante original. Cada capítulo viene encabezado por un epígrafe tomado de la obra “El discurso del método” de René Descartes, creación que parafrasea el título de la novela, obra que está en el centro de la propuesta estética narrativa de la novela:
“Y habría que perseguir por tales tierras al General Hoffmann, cercarlo, sitiarlo, acorralarlo, y , al fin, ponerlo de espaldas a una pared de convento, iglesia o cementerio, y tronarlo. “¡Fuego!” No había más remedio. Era la regla del juego. Recurso del método”.
Juego paródico, juego dialéctico, que contrapone la obra capital del racionalismo, que pareciera guiar la conducta del dictador, a la conducta real, muchas veces brutal, que lleva a cabo el tirano para mantener el orden. Esta articulación dialéctica, pone en juego una serie de oposiciones que se despliegan durante toda la historia: América/Europa, tiranía/libertad, viejo/nuevo, religiosidad/paganismo, etc., que van proponiendo una especie de juegos de espejos, donde el racionalismo occidental es adaptado a las particularidades del nuevo continente.
La historia está repleta de arquetipos que toda novela de dictadores suele traer: el mesianismo del dictador, pues se cree imprescindible para la buena marcha de la nación; megalomanía del gobernante; uso de la muerte como instrumento efectivo de poder; nepotismo, representado en su frívola hija Ofelia, gastando las ingentes ganancias que su padre ha esquilmado durante años a su nación; soledad en su entorno, donde se encuentran solo sus fieles siervos, el doctor Peralta y la mayorala Elmira, amante eterna del tirano; los generales traidores de siempre, que juran fidelidad absoluta y luego, apenas se ausenta el dictador, se sublevan; los intereses imperialistas foráneos, que primero lo ayudan a llegar al poder, luego lo afianzan y cuando ya no les sirve, dejan caer al dictador; el estudiante, revolucionario por antonomasia, cuya fuerza vital termina derrotándolo; el retoricismo vacuo del poder, donde el protagonista se muestra un maestro a la hora de elaborar sendos discursos, ejemplos de elocuencia y palabras vacías llenas de lugares comunes.
Es claro que el lenguaje escogido por Carpentier para desarrollar la personalidad del tirano funciona con esta dicotomía que domina el discurso de la novela. El lenguaje ampuloso y grandilocuente que aparece en la retórica del gobernante y en los círculos de poder que lo alaban (donde es tratado como el Benefactor, el Salvador de la Patria, el Benemérito, el Primer Ciudadano, etc.), contrastan con los insultos que le propinan sus enemigos o el lenguaje que el gobernante le dedica a sus contrincantes. Lenguaje que suena arcaico, mero artificio, que devela lo vacío del discurso del poder.
En síntesis, una novela densa, que funciona en distintos niveles, que se vale principalmente de la parodia para mostrarnos el vacío del poder, la realidad latinoamericana y su relación con el mundo occidental. Una narrativa erudita, refinada y enorme, casi única en Latinoamérica. Solo comparable a la de Jorge Luis Borges. Quizá un lector poco preparado se pierda algo de la riqueza y sutileza de la prosa de Alejo Carpentier. Sin embargo, “El recurso del método” es una obra literaria mayúscula de las letras latinoamericanas.
Firmado: Cristian Uribe Moreno
También de Alejo Carpentier en ULAD: Los pasos perdidos, El siglo de las luces, El acoso, Concierto barroco y El reino de este mundo
viernes, 6 de noviembre de 2009
250 entradas - 250 años (I)
Para conmemorar que hemos llegado a las 250 entradas de blog -sin fallar un solo día-, los que hacemos Un libro al día nos hemos propuesto hacer nuestro propio "canon" de los mejores libros escritos en los últimos 250 años. Cada uno de los autores del blog votamos por los libros que quisimos (10 en algunos casos, 25 en otros), y después unificamos las listas.
Como la lista de "nominados" y "premiados" es muy larga, la dividimos en dos partes: publicamos hoy la lista de libros que obtuvieron un solo voto, de alguno de nosotros (los "nominados"). Mañana publicaremos la lista de los 14 libros que obtuvieron más de un voto y que, por lo tanto, se puede decir, son "los 14 mejores libros escritos en los últimos 250 años según Un libro al día". Como veréis, en la lista -la de hoy y la de mañana- hay un poco de todo: mucha literatura consagrada (no es un canon excesivamente rompedor en ese sentido); casi todo novela, con algunas incorporaciones de novela gráfica, ciencia-ficción o novela fantástica; bastante literatura en español (con predominio de Hispanoamérica) y sobre todo una aplastante mayoría de obras del siglo XX.
Esta es, en fin, la lista de nominados:
Como la lista de "nominados" y "premiados" es muy larga, la dividimos en dos partes: publicamos hoy la lista de libros que obtuvieron un solo voto, de alguno de nosotros (los "nominados"). Mañana publicaremos la lista de los 14 libros que obtuvieron más de un voto y que, por lo tanto, se puede decir, son "los 14 mejores libros escritos en los últimos 250 años según Un libro al día". Como veréis, en la lista -la de hoy y la de mañana- hay un poco de todo: mucha literatura consagrada (no es un canon excesivamente rompedor en ese sentido); casi todo novela, con algunas incorporaciones de novela gráfica, ciencia-ficción o novela fantástica; bastante literatura en español (con predominio de Hispanoamérica) y sobre todo una aplastante mayoría de obras del siglo XX.
Esta es, en fin, la lista de nominados:
- ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick
- Antología poética, Miguel Hernández
- Canto a mí mismo, Walt Whitman
- Cantos de Maldoror, Isidore Ducasse
- Capitanes de la arena, Jorge Amado
- De ratones y hombres, John Steinbeck
- Dune, Frank Herbert
- El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez
- El barón rampante, Ítalo Calvino
- El candor del padre Brown, G. K. Chesterton
- El color de la magia, Terry Pratchett
- El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
- El lobo estepario, Herman Hesse
- El marino que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima
- El proceso, de Kafka
- El profeta, Khalil Gibran
- El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde
- El rey se muere, Eugene Ionesco
- El ruido y la furia, William Faulkner
- El señor de los anillos, J.R.R Tolkien
- El tragaluz, Antonio Buero Vallejo
- El último encuentro, Sandor Marai
- Esperando a los bárbaros, Coetzee
- Fausto, Johann Wolfgang von Goethe
- From Hell, Alan Moore
- Hojas de hierba, Walt Whitman
- Inventario Uno, Mario Benedetti
- Jane Eyre, Emily Bronte
- Juego de tronos, George R.R Martin
- La casa de citas, Alain Robbe-Grillet
- La ciénaga definitiva, Giorgio Manganelli
- La insoportable levedad del ser, Milan Kundera
- La montaña mágica, Thomas Mann
- La naúsea, Jean Paul Sartre
- La tierra baldía, T. S. Eliot
- Las amistades peligrosas, Pierre Choderlos de Laclos
- Libro del desasosiego, Fernando Pessoa
- Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata:
- Luces de Bohemia, Valle Inclán
- Me casé con un comunista, Philip Roth
- Movimiento perpetuo, Augusto Monterroso
- Mrs. Dalloway, Virginia Woolf
- Narraciones extraordinarias, Poe
- Nieve, Ohran Pamuk
- Orgullo y prejuicio, Jane Austen
- Poeta en Nueva York, Lorca
- Rayuela, Julio Cortázar
- Relatos, Julio Cortázar
- Residencia en la tierra, Pablo Neruda
- Rimas, Becquer
- Sin destino, Imre Kertesz
- Todo Mafalda, Quino
- Un mundo feliz, Aldous Huxley
- Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal
- Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud
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