lunes, 15 de junio de 2026

Caro Claire Burke: Yesteryear

Idioma original: inglés
Título original: Yesteryear
Traducción: Mar García Puig para la editorial AdN
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Salir de la zona de confort, adentrarme en una lectura que nunca habría imaginado pero que, por las opiniones favorables con las que me encontré, decidí lanzarme a ello. Quinientas páginas por delante de atrevimiento. Resultado: un total enganche a una historia que me ha sorprendido totalmente, pero no por lo que esperaba encontrarme. Veamos el porqué.

Si nos fijamos en la contracubierta, encontramos un gran gancho a nivel argumental, algo habitual en distopías: una analepsis (o salto temporal al pasado) que disrumpe una situación de manera brusca e inesperada. Es un recurso siempre útil para despertar la curiosidad del lector y que, en este caso, funciona a la perfección, pues que la protagonista se encuentre de golpe más de un siglo y medio atrás en el tiempo es un anzuelo al que es difícil resistirse. Pero esto no sería suficiente por sí solo para mantener la atención durante casi quinientas páginas sin algo más de sustento y aquí es donde la estructura del libro y sus diferentes capas de temática tratada le dan el soporte necesario para que la lectura sea una experiencia interesante.

Empieza el libro con una primera fase de impacto: «este es el último día de la vida que imaginé para mí». Este inicio ya es un claro ejemplo de lo que el libro pretende conseguir: una búsqueda constante al enganche del lector a la historia. A partir de ahí, conocemos a Natalie Heller Mills, la protagonista casi absoluta del relato, quien nos narra en primera persona su vida marcada por una estricta disciplina planificada y ejecutada al milímetro. Todo parece calculado en su día a día, perfectamente perimetrado, viviendo en su propia granja «enclavada entre dos cadenas montañosas de Idaho» con Caleb, su marido, cuyo padre era el último senador de una larga Estirpe de senadores de Estados Unidos y quien se encuentra actualmente trabajando en presentar su candidatura presidencial por tercera vez. Natalie, por su parte, se considera «una mujer cristiana, impecable (…) la esposa que todo hombre quería tener esperándolo en casa» y que a sus treinta y dos años se encuentra embarazada de su sexto hijo. Además, como buena ama de casa de modelo tradicional, sus hijos están escolarizados en casa para asegurar que aquello que se les enseña es realmente lo que es necesario para ellos (según su sesgada opinión) porque Natalie es una tradwife en toda regla; desde su nacimiento ha vivido con esos ideales que defiende a capa y espada, como cuando afirma, ya de joven ante su futuro marido en su primera cita, que «quiero una granja. Con gallinas.  Quiero vivir cerca de mi madre. Quiero vistas a las montañas desde la ventana de mi habitación, y me gustaría estudiar teología. A tiempo parcial, por supuesto, y solo cuando los niños hayan crecido». Así vive en una aparente idílica vida (o al menos lo podría ser para las mujeres de costumbres más tradicionales), aunque con un peaje a pagar nada baladí por haber convertido su forma de vida en su negocio: estar constantemente expuesta a los ojos de todo el mundo a través de Instagram donde muestra cómo es su vida y la de su familia en la granja, lo que le proporciona abundantes emolumentos y la manera de ganarse tan opulenta vida. Claro está, que sus vídeos no muestran el conjunto de cámaras que filman cada uno de los minutos de su existencia de marcado tinte tradicional, ni los empleados que los ayudan en las diferentes y arduas tareas que la vida de una granja implica ni las disputas internas familiares para conseguir que todos expongan su más perfecta sonrisa. Porque evidentemente, como ocurre a menudo en Instagram y ella no es la excepción, todo es una fachada detrás de las imágenes que muestran las cámaras; la vida real de la protagonista y su familia es radicalmente diferente para Natalie y su familia detrás de las bambalinas del “teatro” que ha orquestado y que los expone a un "gran hermano" perpetuo lo cual desencadena (principalmente a ella) múltiples contradicciones internas debidas a la necesidad de sostener un equilibrio altamente inestable sin que todo se desmorone evitando que caiga como el castillo de naipes que ha construido con la ayuda de sus seguidores y también no pocos detractores feministas. Y es que, en el fondo, tampoco ella se encuentra muy cómoda con su vida, aunque se esfuerza en que las apariencias sometan a la realidad. Todo esto funciona en su vida, más o menos, hasta que, de golpe, un día cualquiera, se despierta en su propia casa con su familia, pero con una extraña sensación de que esa no es su casa ni esa es su familia. Tampoco parece haber electricidad y todo es muy diferente a lo normal. Demasiado diferente. Porque cuando de golpe topa con una fecha tallada que indica 1855, todo se desmorona al encontrarse «como en una máquina del tiempo (…) como una versión magullada y golpeada de mi vida». Así, su artificiosa vida se ha vuelto real de golpe. E ignora el porqué.

Trazada ya la premisa argumental, con la inevitable pregunta de qué ha sucedido, cómo y por qué, la autora es muy hábil en su desarrollo, pues simultanea la narración en tiempo presente con episodios del pasado que nos ayudan a entender su camino evolutivo desde la infancia hasta la edad adulta y su matrimonio. Por ello, el libro nos sorprende por su argumento inicial, pero también por la facilidad con la que te atrapa en la lectura. Y es que más allá del misterio en sí que supone el planteamiento, el libro expone de manera clara los problemas y las contradicciones de las tradwifes y los valores que defienden, y son las situaciones con las que se encuentra Natalie las que sirven en el fondo para criticar todo un sistema construido en torno al patriarcado, construyendo un relato en el que la crítica abunda y en el que deja a la gente retrógrada como ignorantes, catetos y personas altamente influenciables por los vídeos de YouTube y las comunidades digitales, en los que las teorías poco rigurosas científicamente tienen cabida y alta difusión. Así, el libro lanza una ácida crítica sobre las redes sociales, lo que muestran y lo que no, y que Natalie en su faceta de Instagramer exitosa e influyente justifica en que «lo que nosotras les ofrecíamos era lo mejor a lo que podían aspirar: pequeños instantes en los que vivir otra vida». De igual manera, profundizando en las diferentes capas que tiene el libro y en sus diferentes estratos de denuncia, el libro trata también sobre la confianza, el respeto, las ilusiones y las decepciones, el contraste entre lo que se muestra y la realidad, así cómo sobre la forma en que nos sentimos arrastrados por la inercia a una vida de la que no sabemos escapar, a pesar de que hay puertas entreabiertas que cruzamos pero ante las que cerramos los ojos creyendo que mejores oportunidades llegarán. 

De manera muy lograda, la autora consigue que todos estos elementos de denuncia encajen con un altísimo ritmo que engancha al lector sin oponer resistencia y con un tono ácido que invita a odiar a sus personajes a la vez que nos provocan cierta compasión algo que nos mantiene enganchados constantemente a la duda sobre si se merecen lo que les ocurre o nos tendríamos que sentir mal por ellos. Quién sabe si, en el fondo, lo que le sucede al lector es una metáfora perfecta respecto a los contenidos de las redes sociales: un gancho perpetuo y continuo a la tragaperras de dopamina internauta que busca saciar nuestro apetito de sorpresas y alegrías mientras devoramos página tras página, cuál scroll infinito. Porque más allá de la temática y de la analepsis planteada, la estructura del libro en la que mezcla constantemente (y en ocasiones de manera abrupta) momentos de la adolescencia y postadolescencia de la autora, la entrevista con una periodista, la historia del pasado y el presente con tanta rapidez, crea una sensación de cierta ansiedad en querer saber más sobre la historia (lo que contribuye sin duda a generar cierta adicción). Y, además, exponiendo con habilidad una crítica social a diferentes niveles: la pérdida de valores, la necesidad de la educación, los roles de poder en las familias, la machoesfera, las teorías conspiranoicas, la diferencia de clases, la vida moderna versus la antigua, pero especial y radicalmente, la vida expuesta de manera continua en las redes sociales y el impacto que causan en uno mismo y en los demás; la atracción de las redes, para el que lo observa, pero también para el que debe mostrarse, día sí y día también, para satisfacer a sus seguidores, el mundo creado de manera virtual en contraposición con lo que ocurre entre bambalinas y las consecuencias de tal contraste. Así es como la autora consigue engancharnos y conseguir que en poco tiempo terminemos un libro de casi quinientas páginas. Lo que ya no sé es si la velocidad con lo que lo devoramos será parecida a la que permanecerá en nuestras memorias. Dios dirá, como diría Natalie. Pero de momento aquí hemos llegado y pasado a la vez un buen rato. Que no es poco.

P.D.: Evidentemente, ante tal arriesgada apuesta, una de las claves es el final del libro que puede dar lugar a muchos debates y comentarios. Pero aquí, y por respeto a los lectores, no hablaremos de ello. Y agradecería que los posibles comentarios respeten y compartan también esta elección.


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