Año de publicación: 2025
Valoración: Muy recomedable
Hace unos meses conté por aquí lo mucho que me había gustado Amor y pan de Paula Melchor; así, cuando salió Un conjuro me lo compré inmediatamente, y lo leí en cuanto tuve oportunidad - hace ya un tiempo; para lo que no he conseguido encontrar tiempo ha sido para escribir esta reseña.
Naturalmente, después de un gran primer libro como es Amor y pan (o como Panza de burro de Andrea Abreu, que también ha anunciado nuevo libro, ¡yay!) se cierne sobre los/as autores/as un dilema: repetir la fórmula que funcionó en el primer libro, con el peligro de que resulte redundante, y normalmente inferior; o intentar algo completamente diferente, con el riesgo de que no funcione, y también de decepcionar a los lectores que vienen buscando algo parecido al primer libro. Este dilema ha paralizado a grandes escritores, convirtiéndolos en one hit wonders... Me atrevería a decir que, en esta disyuntiva, Paula Melchor ha conseguido salir más que airosa: Un conjuro es sin duda un libro de Paula Melchor (tiene su sensibilidad, sus referentes, su vocabulario), pero al mismo tiempo es un libro diferente un proyecto literario y poético con personalidad propia y coherente.
Lo que añade Un conjuro en relación con Amor y pan es un impulso narrativo que, aunque no estaba completamente ausente del primer libro, gana aquí una nueva dimensión; se trata de una narrativa mítica, cosmogónica, cuyos orígenes pueden rastrearse de hecho hasta Hildegarda de Bingen o Teresa de Jesús (sí, realmente parece que estamos en una época de retorno de lo místico, nos guste o no), o más allá hasta el Cantar de los cantares, al que pertenece uno de los epígrafes del libro. El conjuro narra el nacimiento de una muchacha (una Eva o Lilith originaria, anterior al resto de la humanidad), su amor con un cervatillo, que después se extravía; su convivencia con los "hombres malos", y su reunión final con el cervattillo reaparecido; por el camino conocerá otros hombres, cantará sobre "el amor y el pan" para las multitudes, transformada en juglarilla, y conocerá el amor y el desamor, el dolor y la belleza.
Tal como Amor y pan, Un conjuro está atravesado por la sensibilidad de Paula Melchor, delicada, juguetona, inteligente, con una poética de claridad deliberada, y muy ligada a las imágenes de la naturaleza (ríos y piedras, castañas y flores, salamandras, cervatillos y liebres). Así, en uno de los primeros poemas del libro se lee:
Al principio todo era luz, pero estaba sola.
Todo era hermoso, pero estaba
sola.
Nací la primera, de entre las piedras
de un río donde mucho
mucho tiempo después
jugarían los niños.
Al principio no eché en falta el amor
porque no lo conocía.
Aunque el libro trate de diversos temas más allá del amor (también Amor y pan lo hacía, por cierto), es innegable que este es un tema central y recurrente, ya sea a través del símbolo místico del cervatillo (puro San Juan de la Cruz), a través de otros "hombres malos" o "chicos guapos"; un amor que puede ser liberador ("tu amor me hace querer hablar / con nuevos dialectos de la tierra") y que es también el propio origen de la escritura ("quería / sobre todas las cosas / ser amada"). El amor es también uno (aunque no el único) de los significados del título:
El conjuro original fue siempre
nuestro nombre en labios de otros:
en la oscuridad de los caminos
alguien nos llama por primera vez.
Estoy seguro de que hay lectores y críticos que prefieren poéticas más densas y herméticas, e incluso sospecho que habrá quien compare a Paula Melchor con "poetas instagrammers" de calidad dudosa; de lo no cabe duda, en todo caso, es de que se trata, en este caso, de una poética deliberada y autorreflexiva, una decisión consciente por la transparencia estilística que no implica banalidad ni obviedad; una sencillez que ocasionalmente llega a lo fonético ("estripar") o a lo onomatopéico ("PUM", "cataclán"), y más frecuentemente a lo léxico y a lo morfosintácico, con esos diminutivos tan característicos de la autora. El propio texto problematiza esta cuestión cuando imagina voces entre el público de la juglarilla que la criican ("decir el amor sin adornos, / qué vulgaridad / qué / vulgaridad), o cuando, en ese mismo poema, se pregunta "...si quizás / pueden las flores blancas / crecer en cuevas hondas".
Por otra parte, la combinación de los poemas con textos en prosa sirve, creo, a una doble función: rellenar los espacios blancos de la narrativa de la "juglarilla", y también permitir un nuevo nivel de reflexión o comentario sobre la acción o sobre la propia poesía, superando los posibles límites o restricciones del verso. Así, por ejemplo, en otro momento metapoético se cuestiona:
Sentí que todo lo que decía era redundante y absurdo. ¿Para qué decirlo entonces?, les preguntaba a mis gatos y a los caracoles. ¿Para qué decirlo entonces?, le preguntaba a mis amorcitos muy queridos. ¿Para qué decirlo entonces?, me preguntaba a mí misma cada vez que sentía ganas de cantar.
Aunque Un conjuro no me haya producido la sorpresa y, por ello, el deslumbramiento de Un amor, es probable que este sea un aún mejor libro de poesía: más complejo, más maduro, sin que ello suponga perder la frescura, y elevado, creo, porque el misteroso poder del mito y de la fábula.

No hay comentarios:
Publicar un comentario