Título original: Être à sa place
Traducción: Álex Gibert en castellano para Anagrama
Año de publicación: 2022
Valoración: recomendable
En estos tiempos en los que todo va muy deprisa, en la que la sensación que tenemos de no querer perdernos cosas es cada vez más acuciante y donde los problemas y preocupaciones de diversa índole nos descolocan, leer ensayo filosófico nos puede ayudar a resituarnos. Y claro está que este libro es muy adecuado para tal efecto. Porque nos habla del lugar que ocupamos, a nivel físico, pero también emocional y espiritual.
Tal y como expone la autora en el inicio del ensayo, «¿por qué este libro? Porque a veces nos vemos bruscamente desalojados de un lugar que creíamos ocupar por elección, felizmente. Era un lugar que dábamos por sentado, que creíamos justificado y merecido, sin reparar en el elemento de azar que allí nos había arrojado en primer lugar». Así que, ya de entrada, emergen directamente en nuestra mente una serie de cuestiones: ¿hasta qué punto los lugares nos pertenecen?, ¿hasta qué punto somos merecedores de ellos?, ¿hasta qué punto nos identifican?, ¿podemos desasociar los lugares físicos de los mentales?, ¿hasta qué punto están relacionados? Porque es evidente que «en la cuestión del lugar, están en juego de nuestra singularidad, pero también la de nuestra inserción en una sociedad, una familia o cualquier grupo del que formamos o querríamos formar parte».
Con este amplio espectro analítico, la autora traza una analogía entre el lugar como espacio físico, pero también como espacio vital. Así, asevera que quien de golpe deja el hogar lo abandona, porque realmente lo que quiere es huir de ese espacio que se le supone en la vida, a nivel físico, pero también relacional y con ello parafrasea a Foucault al decir que «los espacios no son neutros ni carecen de cualidades (…) están poblados de proyecciones y esperanzas». Porque un lugar no es un espacio únicamente físico, sino también un lugar donde depositar nuestros recuerdos, donde establecer los pilares que sustentarán nuestras vidas, aunque, a veces, esas mismas raíces que hemos echado se convierten en cadenas que nos atan, que nos limitan, porque constituyen aquello que a veces nos impide la partida, pues «nuestras representaciones nos frenan tanto como la propia realidad, y a menudo obedecemos a mandatos latentes y asignaciones implícitas sin percatarnos necesariamente de ello».
También el espacio es tratado por la autora como elemento de distancia entre personas y utiliza esta interpretación para denunciar el racismo al mencionar a Fanon y su paradoja del hombre negro: «ocupar un lugar sin tener ninguno. El hombre negro, dice, crea un vacío a su alrededor. En el tren no le dejan un asiento, sino tres. No es un asiento lo que se le cede, sino un vacío. Lo que se crea en torno a él no es un espacio, sino una distancia». Así, profundizando en aspectos más sociales y sus desigualdades, extiende su crítica hacia el espacio que ocupa el machismo y el patriarcado al hablar sobre las mujeres, sobre quienes se ha impuesto durante mucho tiempo la orden de encogerse incluso intentando «que desaparezca, que se oculte, se la cubra de telas o maquillajes, se suprime o se embadurna su semblante. No ocupar demasiado espacio, pasar inadvertidas». Así, el espacio ocupado (o la ausencia de él) marcan la importancia de cada uno dentro de una estructura familiar, social o económica. La presencia o la ausencia otorgan visibilidad, denotan poder, establecen jerarquías. Igualmente, y de manera muy acertada, la autora critica el negro futuro que nos espera como humanidad y justifica el estado de abatimiento que nos persigue, pues «que el mundo de ayer se desvanezca entra dentro del orden de las cosas. Que nos inspire cierta nostalgia entra también dentro del orden de las cosas. Es fácil consolarse de la desaparición del pasado; de lo que no puede uno reponerse es de la desaparición del futuro. El país cuya ausencia me entristece y me obsesiona no es aquel que conocí en mi juventud; es aquel que soñé entonces y nunca vio la luz del día». Por ello, la necesidad de definir un espacio es aún mayor en un mundo vacilante; así que debemos encajar en un papel, en un lugar social, para que ese lugar defina nuestros límites. Un espacio no siempre accesible especialmente para los emigrantes y los desplazados que la autora diferencia sabiamente pues «así como el inmigrante acaba por encontrar su lugar, el desplazado no encuentra su lugar en ninguna parte» (algo que me lleva a pensar en «Los errantes» de la Premio Nobel Tokarczuk que trataba en gran parte sobre las personas en tránsito).
En contraste al espacio que ocupan los cuerpos y objetos presentes, también pone de relieve el espacio que ocupan los que ya no están (…) quizá ocupando un espacio superior en nuestra memoria que cuando existía en realidad: «el fantasma nace de esa desproporción entre la necesidad de una persona y su irremediable ausencia (…) para compensar esa ausencia, nuestra conciencia lo mantiene vivo en nuestro fuero interno» (algo que me lleva a novelas sobre la pérdida, como por ejemplo, la última novela de Pol Guasch o también la de Siri Hustvedt).
Por todo ello, el ensayo que nos propone Claire Marin es interesante, pues parte de un concepto como lugar para, a partir de ahí, desarrollar una serie de interpretaciones, espacios y paisajes en los que el concepto toma forma limitando así su significado. Por otra parte, bien es cierto que como ocurre en algunos ensayos, el desarrollo de la idea podría adaptarse en un espacio más comedido, sin tener que abarcar doscientas páginas de texto pues la autora se nutre de diferentes ejemplos en la literatura o el cine para sustentar sus afirmaciones y eso es algo que, si bien puede servir de apoyo si se utiliza con mesura, en dosis elevadas puede llevar a la desconexión por la reiteración de ejemplos o el análisis muy en detalle de tales referencias. Aun así, es interesante el planteamiento del libro por aquello que nos ofrece, que nos amplía, que nos limita, y que, en el fondo, nos define.
Para concluir, Clarie Marin indica que «todos buscamos un hogar, ese lugar por el que nos desplazamos sin pensar, con los ojos cerrados» y coincido en la voluntad de la autora al aprovechar el ensayo para transmitir y reivindicar la importancia del arte en nuestras vidas y el espacio que ocupa en nuestro crecimiento personal, afirmando que «el poder del poema, como el de la novela o la película, es precisamente ese, el de desplazarnos (…) a un lugar que nunca habíamos ocupado y que, no obstante, nos parecerá familiar mientras dure la lectura o la proyección. La obra de arte nos desaloja, nos arranca a nosotros mismos y nos hace perceptibles y accesibles otras vidas, otros lugares distintos al nuestro», ensanchando así nuestra empatía, nuestro conocimiento acerca de otras culturas y maneras de ser. Un espacio que también generamos en este blog, en el que podemos encontrarnos e intentar dar cobijo a nuestras carencias.
También de Claire Marin en ULAD: Los comienzos
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