domingo, 7 de junio de 2026

Ioana Maria Stăncescu: Primero llega el silencio

Idioma original: rumano
Título original: Tăcerea vine prima
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2024
Valoración: muy recomendable


Es cierto que a menudo se habla del exceso de publicación literaria, pues se publica mucho más de lo que podemos leer y también me atrevo a decir que más de lo que tendría que publicarse. Pero este exceso también permite que se busque literatura más allá de la archiconocida cultura anglosajona o hispana. Y cuando se busca, y más si lo hacen editoriales con un exquisito catálogo, se encuentra. Y esos nos lleva a Rumanía y su literatura visceral, marcada a menudo por un estilo directo, crudo, extremadamente realista con el objetivo de dirigirse directamente a las emociones.

En esta novela de Ioana Maria Stăncescu, la autora nos sitúa en la piel de Dora, una mujer que tiene una hija, Flavia, con la que vive en un sitio ruidoso, algo lúgubre e inhóspito. La relación entre ambas no es particularmente buena, a pesar de que ella hace esfuerzos con su hija, aunque más bien se trata de una propuesta de buenas intenciones que de una realidad manifiesta, pues a menudo sus conversaciones acaban en discusión y lucha. Así, en este entorno femenino la protagonista admite las condiciones físicas, pero también anímicas con las que lidian como pueden, admitiendo que «vivimos en una casa pequeña. Yo, Flavia y el miedo. No tenemos hombres. Todos se han ido. Uno a uno, nos hemos despojado de ellos como si fuera ropa de invierno en plena canícula. Nos hemos librado de ellos. Nosotras, las mujeres de nuestra familia». Y este hecho es algo que parece que se transmite de generación en generación, a través de relaciones colmadas de tiranteces, con los hombres, pero también entre mujeres pues vemos como Dora y su madre tampoco acaban de encajar a pesar de que hablan a menudo desde que esta ha envejecido pero, aún y así, no se llevan bien, se pelean siempre, pues su madre es alguien a quien «no se le pasa por la cabeza pedir disculpas, prefiere enfadarse. Las palabras son frías, hilos de cuchillo puestos directamente sobre la piel para que no se hinche». Con ello, vemos la realidad de la vida de Dora, solitaria, encerrada, casi opresiva, a pesar de que ella siempre tiene una mirada abierta, envuelta de esperanza e ilusión, hacia un mundo exterior que se le antoja lejos, pero por el que sueña y suspira, al que accede desde las redes sociales pues le dan esperanza a un futuro luminoso porque, a diferencia de su monótona y aciaga vida, «en Facebook es siempre verano y la gente parece estar en la playa, con la mirada clavada en la infinita extensión de agua. Y el agua está tranquila, no hay olas». 

Es fácil percibir, ya en las primeras páginas, el tono de la autora, el estilo triste y afligido, casi rozando la desdicha, pero a su vez tiene un punto poético que hace que, al menos superficialmente, todo sea soportable, llevadero, aunque si uno se mete en la piel de los personajes siente una tristeza absoluta hasta el punto de intuir el abismo que atañe sus vidas. Por ello, en ciertos aspectos, recuerda bastante a Tatiana Țîbuleac o también Magdalena Blažević por saber encajar un estilo poético con un duro trasfondo de decadencia en el que las mujeres siempre salen mal paradas; en este texto hay poca luz en el relato y mucha soledad porque la distancia que ella sentía hacia su madre cuando era pequeña la replica ahora con su hija, una hija a la que quiere, pero que a la vez teme y a la que no sabe cómo tratar a causa de la herencia cultural y educativa trasmitida a través de generaciones de mujeres que la protagonista constata al afirmar que «el invierno en que murió (…) mi abuela Victoria le dejó su voz a mi madre. Es nuestra manera, la de las mujeres, de vivir eternamente. Los hombres dejan su apellido». Tampoco la relación con los hombres le es buen ejemplo pues asevera sin rencor que «cuando pienso en mis padres, primero llega el silencio».

A nivel estructural, la autora alterna episodios del presente con recuerdos de su juventud, como el de su antiguo amor Mircea, con quien salía en una relación desigual, una relación en la que ella estaba siempre a expensas de sus sentimientos, de sus deseos, de sus voluntades, que sabiamente describe al decir que «nadie de alrededor sospechaba que estábamos saliendo. A veces, tampoco él parecía recordarlo». Así, mientras lucha con unos recuerdos que la apartan de la esperanza, que la desproveen de todo futuro, busca el amor en Toma, alguien que ha conocido por Facebook, alguien con quien fantasea que una vida mejor es posible y que los posibles defectos que pueda tener sean fácilmente perdonables, alguien a quién incluso se atreve a enviarle «un corazón, un corazón rojo, un corazón de verdad, de eso es que saben de memoria cuánto duelen las rupturas». Pero su pasado es un lastre que le impide avanzar sin resquemores o recelos, hay tanto pasado a arrastrar que su futuro en pareja se augura lejos, como una quimera solo accesible tras travesar centenas de metros de tierra áspera, seca y llena de hierbajos que rozan las piernas dejando aún más cicatrices. Por ello, la relación a distancia con Toma avanza muy lentamente, pues quiere ralentizar el momento crucial en el que se sepa si es de verdad o una fantasía; una demora buscada, pausada adrede, con una ilusión frenada por el pesimismo que se sostiene como una losa sobre si cabeza como si un letrero de alerta estuviera siempre a punto de encenderse y echarlo todo a perder. Pero mientras esto no suceda hay esperanza, pues «una cosa está clara: mientras no sucede nada, puede suceder todo, y eso es verdaderamente maravilloso» porque, en el fondo, ella sigue soñando en que un día todo cambiará y encontrará un hombre que sea «como esas rayas que dejan los aviones en el cielo, como el ruido de las olas en las que se esconde el verano, como el olor a tierra fresca y a resina que anuncia el bosque. Un hombre como una promesa de que las cosas buenas están por suceder».

Por todo ello, Stăncescu ha escrito un libro triste, melancólico, con un personaje complejo, envuelto de una nostalgia por reescribir la historia y resarcir un pasado que le ha dejado poso, y lo hace estructurando el relato de manera que presente y pasado se alternan, intentando que confluyan, que se encuentren a través de las pocas cosas que la ilusionan de un presente que alarga y alarga, casi congelándolas en el tiempo para eternizarlas y pararlas hasta que lleguen justo hasta el momento previo al desenlace y allí se encuentren con las heridas del pasado, para sanarlas, para limar esas cicatrices hechas por tantas desilusiones y decepciones, por tantas discusiones mal terminadas, por tantas decisiones mal tomadas, por tantas aristas que esperan que el recuerdo las roce para levantar de nuevas ampollas que hieran y lastimen. Así, el estilo poético de la autora no pretende eludir el dolor, sino embellecer el clavo con el que fija cada uno de los mensajes amargos que la protagonista sufre por parte de su madre, de su pasado, de su hija o de cualquiera que se le aproxime. Lo único que la puede salvar no es la fantasía de una relación incipiente, sino la ilusión de que no sea otro desengaño. Y entre mensaje y mensaje en las redes, entre esperanza y consuelo, la vida pasa. Pero esta vez sin heridas, esta vez con algo que la deje soñar. Y tanto da si ese "algo" es una realidad o un clavo más al que agarrarse, mientras ello sirva para no sucumbir de nuevo al pozo de la desesperanza.

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