Traducción: Luis Murillo Fort
Año de publicación: 1995
Valoración: Decepcionante
«Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores. Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van en nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la idea misma de «salida» es incorrecta: no podemos salir porque no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde salir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de muerte de apariencia inofensiva, hoy sabemos que aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta muerte que hoy somos.»
Año de publicación: 1982
Valoración: Recomendable alto
La literatura, como extensión del lenguaje, es de alguna manera una herramienta, un vehículo que nos transporta a mundos diferentes, no sé, las interioridades del ser humano, un trozo de Historia, una aventura, el mundo del delito, una exhibición de formas buscando la belleza. Gusto por la forma hay en parte en Gramática parda, como también hay mucho de eso tan manido del acto de escribir, pero yo diría que este libro es sobre todo una fiesta, un desparrame de tramas muy locas que se entrelazan sin tregua, un frenesí más o menos disparatado inserto en un relato parisino. Vean.
Duvet es una niña de cuatro años que, aunque obviamente no sabe leer ni escribir, tiene la firme voluntad de ser Flaubert. Su obsesión le lleva a pasarse buena parte del día castigada por su madre, pero nada de esto le arredra. Su compañera de fatigas es Venus Carolina Paula, la asistenta extremeña con quien mantiene densas charlas en torno a la literatura y el oficio de escritor. Los padres de la niña, Georges y Paulette Dupont, se dedican sobre todo a sus enredos amorosos con amantes ocasionales, y su promiscuidad (que se extiende como mancha de aceite entre casi todos los personajes) se enredará a su vez con otras historias paralelas. ¿Cuáles? Pues por ejemplo, la del hermano de Duvet, llamado La Foudre ('relámpago'), que capitanea un grupo terrorista adolescente que perpetra (o lo intenta) atentados para sembrar la confusión en Paris, con Notre Dame como uno de sus objetivos. ¿Seguimos? Un octogenario español es recibido en la casa de los Dupont, y en el anciano se despertarán (bien que de forma algo forzada) instintos sexuales que creía olvidados. A los cuales responderá una extraña y obesa mujer, espía doble al servicio de cierta condesa… En fin, que esto es solo una sinopsis velocísima para hacernos una idea del calibre del relato.
Duvet es la cara metaliteraria de la historia. Como decía antes, encarna las dudas y contradicciones del escritor, el horror a la página en blanco, las ideas que revolotean sin orden y que es necesario encauzar y traducir en palabras, el vértigo de no poder vivir de tan elevada profesión; pero también el ansia de belleza, la entelequia del libro definitivo. Desde ese punto de vista de creadora cuyas ideas se alimentan del entorno, la posición de la niña es de espectadora, receptora de los disparates que se suceden a su alrededor, de los que bien pudiera nacer una ficción (quizá el propio libro que estamos leyendo, como en algún momento se insinúa, aunque todo sea muy poco flaubertiano, al menos en su aspecto exterior). A nivel personal Duvet es también algo así como el colmo de la repipi, o más bien de la revieja que parece situarse un palmo por encima de los demás, a quienes apenas se molesta en juzgar, con su prosopopeya algo contestataria. Una especie de híbrido entre Lisa Simpson y la Zazie de Raymond Queneau.
Digo prosopopeya porque el lenguaje es la gran arma con la que García Hortelano construye esta enorme parodia (del vodevil, de la novela negra). Siempre tenemos la palabra exacta, a veces culta y a veces coloquial, el ritmo es cambiante y se acomoda a los cambios que el autor impone al lector, y la mayoría de los personajes se expresan con un refinamiento y cierto aire clásico que, por contraste con su edad o extracción social, subrayan el carácter sarcástico de todo el relato. Y de verdad que resulta divertido escucharles con esa cháchara impostada que recuerda a ciertas comedias o a algunas traducciones forzadas. Quizá los únicos personajes que se ven privados de ese atributo son los padres Dupont, curiosamente quienes parecerían más aptos para exhibirlo. En realidad, se podría decir que García Hortelano los margina, tal vez como adultos aburridos solo preocupados por sus miserables pequeños placeres.
Porque lo demás es todo un festival de disfraces y simulaciones, personajes hiperbólicos y situaciones absurdas (algo hay de Boris Vian en todo esto), desenfreno erótico y, sobre todo, una carga interminable de humor que recorre el texto de arriba abajo, sin perder en ningún momento la potencia de una prosa afilada y certera, brillante pero no barroca. Todo lo cual explica muy bien que Guelbenzu cuente en el prólogo cómo tenía la sensación de que García Hortelano estaba disfrutando de lo lindo escribiendo este libro.
¿Qué le falta? Pues quizá algo de peso, un hilo narrativo algo más compacto y menos arborescente, algo que trascienda más allá de la mera diversión, del juego de un autor inteligente y con muchos recursos. Puede que por eso mismo impresione tanto esa última escena en un tren en la que, sin perder el tono irónico, se muestran registros dramáticos que dejan claro que García Hortelano es un buen ejemplo de novelista infravalorado al que convendría prestar mucha más atención. Y es que no estamos como para olvidarnos de nadie con auténtico talento.
Título original: Maggie, A girl of the streets</i>
Año de publicación: 1898
Traducción: Carme Font
Valoración: recomendable
Reconozco desconocerlo todo sobre la figura de Stephen Crane hasta saber que Paul Auster le ha dedicado las mil páginas de su última obra. Que podrían parecer excesivas aunque por el momento no me planteo leer el libro de Auster, dado que Stephen Crane falleció a los 28 años, justo seis después de publicar esta que reseñamos, su primera novela.
Queda por ver si el autor hubiera seguido con su estilo naturalista a lo Emile Zola o se hubiera acabado alineando en el gótico sureño, que por edad le podría haber cuadrado perfectamente, aunque la ubicación de esta novela (el Bowery, barrio extremo del Nueva York de la época) resultara algo ajena a las llanuras y los humedales de Steinbeck, Faulkner o Caldwell.
Maggie: una chica de la calle cuenta con un título que casi podría decirse que es lo más descriptivo y directo de la novela. Me explico: es una novela publicada en Estados Unidos en el siglo XIX y ahí la moralidad y la obscenidad eran poderosos condicionantes. No vamos a discutir si incide en ello más el puritanismo imperante o la hipocresía de una gran nación emergente en la que las diferencias de clase empezaban a surgir de forma cruel y descarnada. Pero Crane, por convicción o por contención, no es demasiado dado a la descripción de los detalles en lo concerniente a las personas. Pudiera interpretarse si no es una cuestión de establecer una moral implícita. Sí que lo es en lo que al entorno se refiere. Las calles y los rincones, la miseria imperante, la precariedad y desestructura de los núcleos familiares. Maggie es la hermana de Johnnie, un niño que se pasa el día en la calle incordiando a otros niños o siendo incordiado. La violencia pende en el aire, como el alcoholismo, como la falta de recursos. La madre ha sido abandonada con sus hijos y usa el alcohol como vía de escape, pero bajo sus efectos su crueldad se eleva y todo su rencor se vierte en sus hijos. Maggie es un estorbo para ella, pero a la vez es una adolescente que ha empezado a desarrollarse y es pasto de las miradas de los hombres. Es solo cuestión de tiempo que en ese entorno de precariedad y desarraigo su único destino posible sean las adicciones, la indigencia o la prostitución. Y Crane es hábil en conducir el relato hacia esa convicción, pero también esquivo en concretar los detalles. Insisto que es posible que sea un resorte de prudencia ante una sociedad como la de la época. Pero esas elipsis pudieron no ser siempre fácilmente descifrables. Quizás, pero habría que profundizar más en su obra posterior, en eso se basa su valor literario. En mostrar bien claramente qué ocultan sus silencios y sus omisiones. Unas décadas más tarde, escritores como Joseph Mitchell, en la gloriosa El secreto de Joe Gould, en situaciones de otro aspecto de aridez, o incluso Truman Capote, situaron sus obras en ese entorno de miseria. Crane seguramente fue un pionero, y habrá que ver si su escasa obra muestra indicios de superar esas precauciones. Esta breve novela, en cualquier caso y con las pequeñas condiciones anotadas, merece una lectura.
Título original: The North Water
Año de publicación: 2016
Traducción: Santiago del Rey
Valoración: recomendable
Una de las gracias de esto de los libros es que si bien es relativamente fácil, deducir a posteriori las razones por las que una novela, por ejemplo, triunfa entre el público lector, mucho más difícil resulta saber por qué otras muchas pasan más o menos desapercibidas; sobre todo cuando vienen avaladas por el éxito en su país de origen e incluso prestigiosos premios y reconocimientos... Este es el caso, creo, de esta La sangre helada -mucho menor el título en inglés, por cierto- de Ian McGuire, una novela "histórico-criminal" que se desarrolla en el original escenario de un barco ballenero de mediado del siglo XIX, en latitudes árticas, y de la que, hasta donde yo sé (ojo que igual estoy metiendo la pata, puesto que, como es obvio, no dispongo de las cifras de venta) no llamó demasiado la atención su publicación en español, pese, ya lo digo desde ahora, a su excelente factura (*).
Quizás una de las razones sea que, aunque en ella encontremos varios crímenes, no estamos ante una novela "policiaca" o "de misterio" -en todo caso, un noir victoriano-; al contrario, conocemos la identidad del asesino desde el primer capítulo, sin que haya -o casi- una investigación propiamente dicha para atraparlo. El protagonista -tampoco "detective", en verdad- es el médico irlandés Patrick Sumner, que tras su paso por el ejército imperial británico en la India, durante la célebre insurrección de los cipayos, se enrola en un ballenero de Hull para cambiar de aires, digamos... En su aventura conocerá a tipos peculiares como el veterano capitán Brownlee, el visionario arponero Otto, el taimado armador Baxler, el taimado segundo Cavendish, el muy taimado y también arponero Henry Drax... Pues sí, en esta novela hay mucho personaje taimado, no te puedes fiar de -casi- nadie...
El caso es que ya digo (más que nada, por avisar a los amantes del género) que el libro no va por los derroteros habituales de una historia de misterio, pero eso no significa que no sea una novela de lo más recomendable para casi todo el mundo, sobre todo porque está magníficamente escrita, con una ambientación basada más en lo sensorial que en lo descriptivo que resulta convincente y subyugante. Tal vez (y por eso he puesto lo de "casi todo el mundo", y también por eso puede que no haya tenido en España el éxito que cabría esperar) sea una novela demasiado áspera y dura apara algunos lectores, pues cuenta una historia y, sobre todo, la cuenta de una manera, llena de desesperanza, que no deja demasiados resquicios para el optimismo, a modo de respiraderos en la banquisa como las que usan las focas para asomarse a la superficie... Es, además, una novela muy masculina, que exuda testosterona; no sólo apenas encontramos en ella figuras femeninas, que son, además, muy secundarias, sino que los temas que trata se engloban en la categoría de lo que solemos calificar como "masculino": el respeto o el desafío a la jerarquía, la camaradería más o menos agresiva, los usos "adecuados" -o no- de la violencia, la supuesta -o no- virilidad, la obsesión por elegir el propio destino (o el espejismo que supone).... Temas que se tratan con mayor o menos profundidad, a veces simplemente de pasada, pero que están en el transfondo de esta notable, aunque no demasiado complaciente. novela.
(*) Puede ser que esta situación cambie y el libro vuelva a las mesas de novedades a partir del inminente estreno en no sé qué plataforma de la serie televisiva que se ha hecho adaptando la novela y que, por lo que he podido ver en el tráiler, tiene muy buena pinta.
Año de publicación: 1967
Valoración: RecomendableParece
ser que sub rosa fue una especie de
juramento de confidencialidad establecido entre los Templarios. Aquí se toma
como punto de partida para narrar unos hechos, escuetos en sí mismos aunque
acompañados de descripciones y observaciones de todo tipo. Benet es rechazado
por muchos lectores al considerarlo un escritor difícil, y no es un mito sin
fundamento, su proverbial hermetismo es un hecho que se puede comprobar fácilmente hojeando cualquier libro suyo. Por supuesto, cada uno que lea lo que quiera,
faltaría más, pero, ni la dificultad ni la claridad son defectos
en sí mismos, la calidad de cada obra depende de cómo se utilice el material.
Recordemos que la dificultad para el lector supone en quien escribe un esfuerzo
equivalente, un conocimiento exhaustivo de las técnicas literarias y la
correspondiente habilidad para utilizarlas y que el propósito del autor en
estos casos trasciende el entretenimiento para buscar unos resultados
concretos, complicados de definir a veces. En literatura, la lengua no solo
comunica, además se recrea en sí misma, en su propia belleza o en los efectos que
produce en el lector. Hay que concederle, además, el papel de revulsivo en su
época, pues devolvió a la prosa el relevante papel que perdió –y nunca debió
haberlo hecho– en beneficio de un contenido social, importante desde luego,
pero no hasta el punto de acapararlo todo.
Centrándonos
en
Sub rosa, llama la atención
que un texto tan corto que apenas puede considerarse novela esté dividido en
cinco secciones, cada una con un enfoque completamente distinto. Entre todas
compondrán el argumento, o mejor dicho, el lector dará sentido en su cabeza a
aquello que Benet ha separado en cinco formas de abordar la narración. La
primera se sitúa en un tiempo posterior al desenlace de los acontecimientos mostrándolos
en perspectiva: un capitán fue juzgado y condenado, posteriormente indultado y
fallecido pocos meses después. La segunda muestra cómo llegó Basterra a
convertirse en un oficial prestigioso en el mundo de la navegación comercial.
En la tercera se da cuenta de una taciturna visita a un apartado bohío cubano, quizá
previendo un desenlace fatal. Las dos últimas narran el último y fatídico viaje de Cuba a España, a Cádiz concretamente. Primero, la
terrible tormenta –narrada con un estilo magistral que no tiene nada que
envidiar a las mejores descripciones de la vida en alta mar– y que da lugar a
un cambio de ruta. Finalmente, lo que sucedió tras la calma.
Sub rosa
está inspirada en la literatura anglosajona del s. XIX, concretamente en su
contribución al género de misterio ambientado en las aventuras marineras. Antes
de nada nos topamos con el título: sub
rosa es una expresión latina que viene a significar “reservado” o “confidencial”.
Lo único que está claro aquí es el juego, la voluntad de no desvelarlo todo,
pues rizando el rizo del rizo, asistiremos a una anécdota que, según dice, aunque esto no pasa de ser una de sus artimañas narrativas, nunca se llegó a
aclarar del todo, narrada por un escritor que se guarda parte de la información,
y de lo que desvela nos permite descifrar lo que buenamente podamos en un
bosque de lenguaje enrevesado, narrativa entrecortada, medias palabras y
alusiones. Aún así, sobre todo si tomamos esta clase de lecturas como un
ejercicio placentero comparable a la salida de un laberinto, el juego de
ajedrez o la escalada, se entiende perfectamente –al menos lo que el novelista
quiere que entendamos– y, por supuesto, no está entre sus obras más difíciles.
Otras obras de Juan Benet: Volverás a Región, El aire de un crimen, Nunca llegarás a nada, En el estado, Otoño en Madrid hacia 1950, En la penumbra