domingo, 9 de febrero de 2025

Nina Lykke: No hemos venido a divertirnos

Idioma original: noruego

Título original: Vi er ikke her for å ha det morsomt

Año de publicación: 2022

Traducción: Ana Flecha Marco

Valoración: recomendable 

Knut Pettersen es un escritor noruego de mediana edad -mediana edad más bien pasadita- que conoció el éxito literario veinte años atrás, pero que desde entonces ha ido viviendo un paulatino declive, tanto en lo literario y financiero -de hecho, para sobrevivir debe trabajar esporádicamente en una residencia de ancianos- como en lo que respecta a sus relaciones amorosas, familiares y sociales... Vamos, que su vida sería parecida al lento rodar de una piedra por la ladera de una árida montaña. En éstas, recibe la invitación a un importante festival literario, con el inconveniente de que debe participar en un coloquio sobre la infidelidad junto al marido de su ex-mujer y, peor aún, a una escritora que describió un supuesto episodio de acoso sexual por su parte en una novela de autoficción (por lo que no cabía defenderse legal ni casi públicamente de tal acusación). Acuciado por su situación económica, pero también por su deseo de volver a formar parte del mundillo literario, Knut acude al festival junto a su amigo y vecino Frank.

A partir de esta premisa, Nina Lykke nos hace acompañar al muy neurótico y deprimido Knut durante los días previos a tal evento, que le causa una ansiedad considerable, añadida a la amargura y el desencanto provocadas por su situación profesional y familiar, amén de su pesimismo vital, en general. Con tan agobiante mochila, Knut hace frente al cambiante y desconcertante mundo que le rodea con reflexiones caústicas en su lucidez sobre lo que se va encontrando y también -no es menos importante- sobre los recuerdos de sus comportamientos pasados. Sin embargo, y aunque la novela es irónica y hasta mordaz sobre ciertos excesos del "feminismo" (lo pongo entre comillas porque no me atrevo a afirmar que se trate de actitudes propias del verdadero feminismo... Aunque tampoco me atrevo a determinar en qué consiste eso del "verdadero feminismo"), el llamado "wokismo" o, sin más, el postureo de cierta intelectualidad que siempre intenta nadar y guardar la ropa, éste no es un libro que pretenda pelear en la cacareada "guerra cultural" a la que nos están obligando a asistir en los últimos tiempos (pese a lo que considere algún que otro opinador extremocentrista que lo ha reseñado). Ni tampoco su autora es una de esas indignadas mujeres que se aprestan a acudir en defensa del vapuleado varón blanco heterosexual y pitopaúsico de mediana edad; entre otras cosas, porque nos presenta a su protagonista, más que como un ser noble e incomprendido, como un tipo un tanto gilipollas (en el sentido más cariñoso del término, si es que lo hay): si la vida de Knut es un desastre, en buena parte es culpa suya... lo que no significa que no podamos sentir empatía y hasta algún cariño por él, que tampoco es ningún monstruo, sino un individuo inofensivo y más bien pusilánime (aunque no durante toda la novela, pero no quiero adelantar nada).

En realidad, yo diría que, más que una visión o reivindicación del punto de vista del varón blanco, heterosexual, etc., lo que encontramos en esta novela es el punto de vista (generalizando mucho, claro está) de la generación que nació en los años 60 y se hizo adulta en los muy modernos y rompedores 80, para llegar o incluso superar la mediana edad y darse cuenta de que ya no son modernos ni rompedores y que el mundo ha cambiado, dejándolos atrás o, cuando menos, demodés. OK, boomer,  que se decía hace no mucho (sospecho que la expresión ya está también demodé), pero, ¿a qué viene todo esto? Bueno, pues porque la autora de la novela tiene, por casualidad, la misma edad que el protagonista y cabe suponer que comulga con muchos de los airados pensamientos de éste, aunque ya sé que, en puridad, pertenecen a un personaje de ficción y no tienen por qué compartirlos. No obstante, cuando menos se le han ocurrido a ella, fruto, probablemente, de la observación y escucha a sus coetáneos.

Que tampoco se entienda esto como una crítica negativa al libro, ojo; de hecho, yo también puedo compartir algunas de las reflexiones de Knut (*) (es lo que tiene ir haciéndose viejo) y, en cualquier caso, la novela resulta, si no hilarante, bastante divertida, como buena ficción con el típico personaje metepatas, combinado aquí con el -casi- viejales cascarrabias. Además (y reconozco que con esto me ganó) de soltar varias inventivas contra la moda fulera de la autoficción -de hecho, a la escritora que le acusó, en un libro de este género, de haberla acosado sexualmente, Knut la llama, y aquí la ironía parece dejar paso al sarcasmo, La Escritora de la Realidad-. Lástima, de todos modos, no saber más sobre el ambientillo literario noruego, para poder disfrutar plenamente de la malicia de doña Nina Lykke, aunque bueno, es de esperar que sea bastante parecido al de aquí o de cualquier otro país. Eso sí, con mejores canapés de salmón, supongo.

(*) Sé que habrá quien piense, tal vez con razón, que como señoro que soy no tengo derecho a opinar sobre una novela escrita por una mujer y traducido por otra (la cubierta parece que la ha hecho un maromo), aunque trate sobre un personaje de mi misma especie... Pero como, al fin y al cabo, creo que el tono de la reseña es bastante positivo hacia el libro, estoy seguro de que, al menos en esta ocasión, a ninguna de las dos le parecerá mal.

sábado, 8 de febrero de 2025

Bill Buford: La transmisión del sabor

Idioma original: inglés

Título original: Dirt

Traducción: Rubén Martín Giráldez

Año de publicación: 2020

Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Yo creo que a los estadounidenses, al menos a los poseedores de una cierta cultura, les fascina lo europeo, las tradiciones, los castillos, cierto refinamiento social, los rituales religiosos, cosas que seguramente no entienden porque les son ajenas. Entre ellas también la gastronomía, una determinada manera de entender la relación con la comida, más allá de la satisfacción de la necesidad física de alimentarse. 

Bill Buford es un periodista prestigioso y muy inquieto que fue por ejemplo uno de los fundadores de la famosa revista literaria Granta, y escribió un libro sobre los hooligans ingleses en el que relataba su experiencia personal dentro de uno de estos grupos violentos. Más adelante estuvo un tiempo trabajando en cocinas italianas y, ya puestos, llevó su ramalazo gonzo al punto de trasladarse con su familia a Lyon para vivir en primera persona la experiencia de la gastronomía francesa, allá en el lugar (Bocuse manda) que Bill consideró la cuna de la alta cocina del país vecino (bueno, si se me permite el inciso es como si alguien se mudara a Sheffield, pongo por caso, con intención de empaparse de los fundamentos del fútbol).

El libro cuenta la experiencia de Buford de punta a cabo, desde sus contactos iniciales con un chef francés en Nueva York, para aterrizar después en Lyon y ofrecerse como stagiaire en diversos restaurantes, consiguiendo empezar en una conocida panadería artesanal. Pronto conseguirá un puesto en una cocina con estrella Michelin, y ahí es donde todo adquiere una intensidad especial. Recelo ante el novato recién llegado, competitividad, comportamientos despóticos y un grado de tensión casi insoportable se diría que amenazan la aventura del aspirante a cocinero, pero Buford no se rinde, y su empeño en aprender y vivir la experiencia francesa le impulsa a perseverar sin desfallecer. 

La verdad es que se disfruta a ratos contemplando el esfuerzo en conseguir un plato, la admiración que subyace en el trabajo, el ansia por asimilar no solo conocimientos sino una determinada forma de entender la gastronomía, el arte de elaborar y presentar, la filosofía de una actividad que a veces parece aproximarse a una disciplina, una ciencia, una religión. Es este periodista un tipo irreductible, capaz de recorrer montones de kilómetros para descubrir un tipo concreto de harina o las peculiares especies que se capturan en los lagos de la región y en ningún otro lugar. Todo es un enorme reto a superar, y que debe servir, claro está, para componer el relato.

El problema es quizá que a la hora de construirlo Buford parece algo menos hábil que para lograr esos complicados platos. En mi opinión no consigue deshacerse de un lastre también muy norteamericano: la afición por contarlo todo, entrar en todos los detalles y en consecuencia, no jerarquizar bien la información, lo que provoca que el texto se nos haga a veces un poco bola y no termine de tomar un rumbo claro. Es inevitable sentir que al libro le sobren bastantes de sus más de quinientas cincuenta páginas, que todo se podría haber contado con más criterio y menos nombres propios, y el resultado hubiera sido objetivamente bastante mejor.

También hay algunas cosas algo sorprendentes. La palabra gastronomía, que creo haber usado unas cuantas veces en la reseña, me atrevería a decir que no existe en el libro. La inmersión de Buford en el mundo culinario francés, seguramente tan intensa como sus anteriores experiencias en Europa, tiene desde luego mucho mérito, y el nivel alcanzado en su aprendizaje me parece impresionante, más teniendo en cuenta que mi capacidad en ese terreno apenas supera las necesidades de la supervivencia, y mi conocimiento de la cocina profesional se reduce a algún episodio de Master Chef. Pero me parece que nuestro autor no ha llegado a captar la dimensión social que la cocina tiene, al menos en algunas regiones de Europa. No alcanza a entender que todo esto lleva detrás una cultura, en alguna medida un arte, que trasciende de la mera actividad profesional y hace de la gastronomía una seña de identidad que es difícil apreciar fuera de su contexto. Algo que la diferencia de la mera alimentación, por sofisticada que pueda llegar a ser su elaboración.


viernes, 7 de febrero de 2025

Tom Wolfe: Los años del desmadre


Idioma original: inglés
Título original: Mauve Gloves & Madmen, Clutter & Vine
Traducción: José Luis Guarner
Año de publicación: 1976
Valoración: recomendable

Quizás valga la pena plantear una cuestión relevante algún día. Sería si la literatura ha de seguir, como otras vertientes artísticas, o culturales, las tendencias del momento, con los riesgos de que ciertas obras queden invalidadas  a la que se suscriben en exceso a las exigencias del momento o, por contra, debe situarse por encima de esa cuestión y brillar por mérito propio sea cuál sea su ámbito temporal. Quizás en esa necesidad de reducir el mérito literario a su manifestación más pura acabaríamos incluso renunciando al aspecto intelectual o subjetivo y quedándonos en la pura expresión sonora. Personalmente, me parecería una subversión. 

A pesar de lo cual, leer a Tom Wolfe en Los años del desmadre me ha dejado una sensación, como mínimo, agridulce. No es que Wolfe no sea punzante, ácido, incluso vitriólico, como en sus otras obras. No es que su estilo se resienta de esa dispersión temática. Es que, en este contexto, y no niego que también por la expectativa que me generaba esa mención a los años 70, algunos de sus escritos me han sonado rancios y almidonados. Como los cuellos de esas camisas que parecen ser su obsesión (no está de más recordar el curioso aspecto del escritor, vestido de un blanco riguroso cuando ya era una celebridad), muchos de estos escritos acusan una resonancia – muy neoyorquina por cierto – entre la pedantería y la necesidad burguesa de epatar. Y como si se tratara de un escritor diferente, en el formato corto, al escritor aclimatado de obras como La hoguera de las vanidades o la infravalorada Todo un hombre, demasiadas veces he tenido la sensación de leer a un escritor excesivamente pendiente de demostrar su vasta cultura urbana, su condición de estrella literaria de primer nivel en el punto neurálgico de la cultura global. Como si se sintiera demasiado cómodo en esa atalaya y como si tuviera una percepción algo elitista de su condición, una desbordante seguridad en que sus opiniones iban a ser celebradas y asumidas.

Aquí sus relatos y los diferentes temas abordados tampoco ayudan a situar estos textos en ese escenario utópico de atemporalidad, pues hay que recordar que, sobre todo, se trata de artículos publicados en medios USA y muy adscritos al entorno: Vietnam, figuras de la escena cultural estadounidense, o cualquier tema por prosaico o frívolo que sea permite a Wolfe desatar su prosa corrosiva, desinhibida, ácida y desbordante. Un relativo doble hándicap para un disfrute absoluto: cierta tendencia autoreferencial a ese mundo restringido y endogámica que es la intelectualidad neoyorquina, y una obvia adscripción al tiempo y momento en que estos escritos se generaron. Esos años 70 a que el título hace referencia que (salvo que Trump decida, cualquier día, lo contrario) ahora nos parecen entrañablemente lejanos.

Más libros de Tom Wolfe reseñados en ULAD: Aquí

jueves, 6 de febrero de 2025

Reseña + Entrevista: The Machine Stories, de Jared Roberts

Idioma original: Inglés
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

Jared Roberts es uno de mis escritores de creepypastas favoritos. Su prosa no es la más cuidada, ni sus personajes los más complejos. Pero su obra, publicada originalmente en su mayoría en el foro nosleep de Reddit, es creativa y personal (pues mezcla elementos weird con terror y ciencia ficción), además de desconcertante y desasosegante de un modo único e inimitable. Ah, y tiene algunos planteamientos, ideas y giros extremadamente alocados. 

Así que, cuando supe que Roberts había publicado The Machine Stories, la compré sin pensarlo un segundo. Quería apoyar a tan talentoso autor, e incluso estaba dispuesto a hacerlo a pesar de que su antología la imprimiera y distribuyera Amazon, adoleciera de una cubierta horrenda hecha con IA y compilara algunos relatos que yo ya conocía, pues los había escuchado locutados en YouTube.

¡Y cuánto me alegro de haber adquirido The Machine Stories! Al fin y al cabo, es un festín para los incondicionales de Roberts; también es una toma de contacto inmejorable para todo aquel que quiera adentrarse en su universo surreal y enigmático, o una buena adquisición para los amantes de la literatura extraña que no le teman a la complejidad y la ambigüedad. 

Los doce textos compilados en The Machine Stories tienen una calidad bastante homogénea. El único que no me ha gustado, pues me ha parecido muy pobre en su simpleza y linealidad, ha sido "More Channels". "Push the Blue Botton", por su parte, tiene un planteamiento interesante, pero no lo desarrolla de forma convincente y recuerda vagamente a una parte de La ciudad de Mario Levrero mucho más lograda. "The Arkansas Sleep Experiments", la interpretación de Roberts de uno de los subgéneros fundacionales de los creepypastas, resulta efectivo, pero se queda corto en impronta autoral e intensidad argumental cuando lo comparamos con otras obras del escritor.

De los demás textos, insisto en que todos ellos muy dignos, destacaría si acaso, por su absoluta genialidad, la novela corta "The Hidden Webpage", por su protagonista, "The Trees Are Not What They Seem" y, por su atractivo formato (se concibió para ser narrado en un podcast) y sus giros, "Sunburn".

Los textos de The Machine Stories parten de la misma premisa: personas corrientes con vidas anodinas se ven súbitamente envueltas en una serie de eventos bizarros. En ellos hay también una serie de elementos recurrentes: memorias de las que no te puedes fiar o directamente alteradas, angustia existencial y universos paralelos. Además, todos desdibujan la realidad con tanto éxito (o quizá es que la percepción de los protagonistas es errónea) que, al terminarlos, resulta imposible saber qué ha sucedido realmente. 

Teniendo este contenido y estética unificadores en cuenta, uno podría pensar que, leídos de corrido, los textos de The Machine Stories se antojarían reiterativos. Sin embargo, la inagotable inventiva de su autor convierte a cada uno de ellos en una experiencia distinta.

Dejad que os hable un poco de mis favoritos: 

"The Hidden Webpage" inaugura el volumen. Es, sin duda, un clásico de los creepypastas. Uno extremadamente original, capaz de apilar detalles extraños (aparentemente interconectados pero cuya lógica interna somos incapaces de establecer) con suma facilidad, erigir una atmósfera muy lograda e incrementar la tensión paulatinamente. Uno que se apropia de una imagen tan ridícula como lo son dos hombres disfrazados de abeja y hace que ésta te provoque un escalofrío. 

"The Trees Are Not What They Seem" es creativo, intenso y atmosférico. Ciertamente, resulta menos original que "The Hidden Webpage", y su manera de amontonar detalles extraños sin dar tregua al lector o a los personajes no fluye tan orgánicamente como en esa genialidad inspirada. Aun así, me parece un relato muy recomendable, y tiene la particularidad de que su protagonista es más proactivo y tiene una personalidad más marcada de lo habitual en la obra de Roberts.

"Sunburn" cierra la antología. Y lo hace por todo lo alto, con una historia redactada a modo de guion que sabe llevar su premisa hasta límites insospechados. Roberts en estado puro, señores.

Ahora permitid que liste algunos pasajes del libro:

«If you've been on the internet long enough you learn that. There's evil out there. Not the child porn or torture videos. Something deeper. Something hidden in all the code and connections.» ("The Hidden Webpage", página 10)

«When something dies, (...) there’s just this emptiness there. I think sometimes that emptiness can get filled with something else. Maybe that might look to us like a ghost. It’s nothing we should have anything to do with.» ("An Old-Fashioned Ghost Story?", página 128)

«(...) natural selection has nothing to do with with truth and everything to do with survival. It’s as reasonable to think we survive by being constantly deceived as to belive we survive by knowing reality as it is. Maybe we were naturally selected to detect the world all wrong.» ("We Built a Machine that Told Us Everything We Wanted", página 137)

Poco más que añadir. The Machine Stories no gustará a todo el mundo. Al fin y al cabo, los textos que compila son, al igual que la mayoría de Roberts, sumamente desconcertantes (incluso diría que herméticos), y suelen cerrarse con finales abiertos que pueden frustrar a cierto tipo de lectores. 

Aun así, esta antología autopublicada hará las delicias a los amantes de la literatura de lo extraño. Porque Roberts es uno de sus mejores cultivadores, y no sabéis lo afortunados que somos de que mucha de su obra se pueda leer o escuchar en internet de manera totalmente gratuita. Ojalá saque otro libro pronto para poder seguir apoyando su carrera; evidentemente, lo compraré sin pensarlo dos veces, aunque me gustaría que en esta ocasión el autor cuidara la edición (¡si hace falta hago yo la ilustración de cubierta!), no se decantara tanto por los elementos de ciencia ficción e incluyera más textos inéditos.


***********************


A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Roberts ha respondido con suma amabilidad:

ULAD: ¡Hola, Jared! ¿Cómo estás? Soy un gran admirador de tu obra y me hace mucha ilusión poder entrevistarte. En primer lugar querría preguntarte cómo te definirías en tanto que autor. ¿A qué género te adscribes y a qué público quieres llegar?

J.R.: Definir mi obra me provoca ansiedad, pues al hacerlo corro el riesgo de gafarla. Como cuando notas que las cosas están yendo bien y luego dejan de hacerlo. O cuando descubres que eres un escritor de terror e inmediatamente no puedes escribir nada que dé miedo. Así que intento no darle muchas vueltas. 

Escribo situaciones que nacen de sentimientos, fantasías y percepeciones de experiencias propias. Quiero captar sentimientos para que podamos hablar sobre ellos. Creo que a todos nos interesa la vida interior, especialmente la oscura. Supongo que el éxito de A24 prueba que mi público no es tan de nicho como en un inicio llegué a pensar. La gente busca complejidad, honestidad y sombras.

ULAD: ¿Qué obras te inspiran? 

J.R.: Miro muchas películas. Sobre todo de terror. Y dramas lentos y sombríos, como Paterson y Manchester by the Sea. También me gusta la TV. Twin Peaks. Y esa serie de los 90 llamada Millennium.

En cuanto a literatura. Thomas Bernhard supuso una revelación la primera vez que lo leí. También me gusta mucho John Updike. Y esa novela extraña titulada A Voyage to Arcturus es una gran influencia.

El misticismo católico también me inspira. Estuve a punto de convertirme en un monje benedictino. Cuando tenía 18, leí a Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux, Juan de la Cruz, Pseudo-Dionysus, Augustine, Evagrius Ponticus, Ángela de Foligno, etc... Ahora soy ateo, pero católico al mismo tiempo.

ULAD: ¿Cuál es tu trayectoria como escritor?

J.R.: No tengo mucho bagaje como escritor. Estudié filosofía. Dirijo una PMO (Oficina de Gestión de Proyectos). Escribo porque lo necesito, porque es una pasión, un propósito.

ULAD: ¿Qué ha supuesto autopublicar The Machine Stories, tu primer libro? ¿Tienes algún otro proyecto en mente, literario o de otra índole?

J.R.: No me ha gustado publicar The Machine Stories. Supuso una capitulación, porque nunca quise autopublicar. Sin embargo, suspendieron mi cuenta de Reddit por un tiempo (ya la he recuperado) y pensé que debía preservar de alguna manera las historias que subí ahí por si acaso. 

Estoy trabjando en múltiples proyectos. Es uno de mis defectos. Estoy enfangado con tres guiones. Uno de ellos, sobre "The Hidden Webpage". Un talent manager de Hollywood me lo pidió hace ocho años, pero la cagué. Por entonces no estaba preparado. También estoy escribiendo una novela, que ya tengo a medias. Y otra antología. ¡Eres el primero en saberlo, sin contar a mi mujer! Asimismo, querría montar un podcast con las últimas historias que he escrito. Y tengo listo un ensayo monstruoso basado la historia y cultura de una de mis pasiones, los estudios de internet.

ULAD: He visto que, entre tus referentes, citas a Robert Aickman, John Carpenter y David Lynch. ¿Puede que, en tu literatura, también haya algo de Philip K. Dick, y de escritores de terror contemporáneo (ya sea de otros cultivadores de nosleep y creepypastas o de autores como Thomas Ligotti o Michael Wehunt)?

J.R.: Realmente sólo he leído una novela de Philip K. Dick, Valis. Fue hace años, y me gustó mucho. En esa novela, Dick retrata eventos e ideas cósmicos al hacer que afecten la vida de un tipo corriente. Eso me impresionó sobremanera, aunque no lo consideraría una influencia. Pero corrígeme si me equivoco, ¡no dejes que me autoengañe! 

Sobre los otros autores. No he leído a Thomas Ligotti, y no conocía a Michael Wehunt. ¿Te suena el concepto alemán del zeitgeist? Quizá nuestras similitudes se deban a ello. Distintas personas llegarán a los mismos sentimientos e ideas, y acabarán reflejándolos en obras similares, pues la época y el contexto geográfico lo propician.

ULAD: Tus ficciones dejan entrever una visión del mundo y del hombre muy específicas. Hablan de universos incognoscibles y hostiles, llenos de eventos y conexiones que tus protagonistas apenas pueden asimilar o comprender, en los que gobiernan fuerzas aterradoramente poderosas. ¿Esta aproximación existencial es meramente literaria o, al igual que la de H. P. Lovecraft se nutría del materialismo y miedo a lo desconocido del autor, la tuya tiene raíces en creencias personales?

J.R.: Bueno, en la mayoría de mis historias abordo la memoria. A grandes rasgos, la memoria construye nuestro mundo. Si recuerdas a tus padres como abusivos, incluso si no lo eran, esto tendrá consecuencias en tu vida. Yo mismo he tenido memorias de cosas raras que otra gente niega que hayan sucedido. No sé. Todo esto se coló en mis historias. Algunas están más interesadas en plasmar la extrañeza y la liminalidad. Nada de lo que he escrito es puramente litetario.

ULAD: Ya que he mencionado a Lovecraft, me gustaría saber si te sientes influenciado por él de algún modo. Superficialmente, creo que vuestra obra no tiene nada que ver la una con la otra. Sin embargo, al menos en mi opinión, compartís temas y recursos narrativos. Uno de dichos temas sería la representación de un universo hostil hacia el ser humano repleto de fuerzas que escapan a nuestra comprensión. Y un recurso narrativo, el usar protagonistas con poca personalidad y proactividad para acentuar su universalidad e indefensión.

J.R.: Hmm, bueno, ciertamente disfruto sus historias. Me gusta bastante, por ejemplo, Dreams in the Witch House, donde los ángulos de la habitación no tienen sentido matemáticamente. ¿Qué es más inherente al orden del universo que las matemáticas? El protagonista atraviesa un mal ángulo o algo así, y luego se concatenan una serie de imágenes delirantes que te obligan a forcejear para darles sentido. Así que supongo que Lovecraft me influye en cierto modo. 

Me gusta cómo rompe las reglas. No le importa la narrativa convencional. Exploraba, ante todo, sus sentimientos. Antes de él, la gente ya sentía el horror cósmico. Más inmigrantes de lo habitual llegaban a ciudades históricamente insulares. Einstein nos descubría cosas nuevas sobre el universo. El universo devino enorme y complicado y abrumador. Las historias de Lovecraft transmutan los sentimientos de su mundo provinciano y de sus intereses siendo opacados por la inmensidad del universo. 

A pesar de que mucha gente a día de hoy la disfruta superficialmente, su obra nos permitió crear un vocabulario para un sentimiento concreto, el del horror cósmico. Y estoy seguro de que muchos de sus lectores identificarán sus propios sentimientos gracias a su obra. Esto es lo que pretendo lograr yo. Querría enriquecer el entendimiento de nuestra vida interior al imbuirlo en mis historias.

Y es cierto que mis protagonistas son poco proactivos (exceptuando el de "The Trees Are Not What They Seem", que tiene mucha personalidad). Quizá esto es algo en lo que emulo a Lovecraft. 

ULAD: He notado que muchas de tus historias están contextualizadas por una mitología propia y comparten elementos, aunque de una manera tan críptica que al lector le cuesta hacerse una visión panorámica nítida. ¿Tienes muy trabajado ese universo englobador, o te limitas a interconectar superficialmente tus ficciones?

J.R.: En la mayoría de casos, establezco esas conexiones según me parece. A veces tengo una noción más clara de cómo conectan las cosas, como en "The Trees Are Not What They Seem". Pero, al contrario que J. R. R. Tolkien, no dibujo mapas ni establezco genealogías antes de empezar a escribir. ¡Eso me volvería loco!

ULAD: Se puede extraer una lectura simbólica a tus textos. A "The Hidden Webpage", por ejemplo, el cómo internet puede absorver nuestra vida por completo; a "Remember that David Lynch movie, Dune? About that", "How to Lose Friends and Terrify People" o "Three Visits to a Hidden Tribe", el cómo familiares o amigos devienen irreconocibles. ¿Sueles tener en cuenta un núcleo temático alrededor del cual desarrollar tus historias?

J.R.: Yo forcejeo más bien con impresiones y sentimientos, que supongo que son similares a un tema. Pero señalar ese tema, o mejor dicho, buscar la palabra que lo defina, es trabajo de los críticos literarios. A ellos se les da bien. 

Mis temas provienen de la sección de mi paisaje interior que en ese momento quiera explorar. Me gusta pensar que otras personas tienen pensamientos y sentimientos similares a los míos, porque si no, todo es en vano. Todos tenemos pensamos y sentimos cosas que no sabemos cómo definir o expresar. 

O sea, ¿sabes lo que es el ASMR? Yo sentí eso toda mi vida, pero hasta que se popularizó en YouTube no fui capaz de ponerle un nombre. Durante dos décadas estuve intentando transmitir a otros ese cosquilleo placentero sin éxito alguno.

ULAD: Me ha parecido que tu antología The Machine Stories, aunque adscrita como la mayoría de tu obra dentro del género de terror, se decanta bastante hacia la ciencia ficción. En ella no hay solamente otras dimensiones y entidades cósmicas, sino que también tecnología futuristas y experimentos imposibles. ¿Fue el toque de ciencia ficción un criterio a la hora de seleccionar varios de los relatos que la compondrían? ¿Cómo decidiste qué historias la conformarían y en qué orden las situarías?

J.R.: No me gusta recurrir a lo sobrenatural en mis historias, quizá porque no creo en ello. Pero sí que creo que el mundo natural es inmensamente más complejo de lo que suponemos, y que el poder de la tecnología será cada vez más aterrador. Así que la tecnología misteriosa sustituye a demonios y fantasmas para mí. The Machine Stories agrupa historias con máquinas que distorsionan la realidad, nunca para bien. A veces de forma maliciosa, y otras no tanto, aunque siempre como las entidades amorales del Gran Colisionador de Hadrones de Lovecraft.

ULAD: Hay personas a las que tu literatura no les atrae. La consideran demasiado hermética. Tampoco les gusta que les obligue a estar atentos a múltiples pistas y detalles, ni que tenga finales abiertos y ambiguos. ¿Por qué decidiste abanderar este tipo de ficción? ¿Cómo la reivindicarías ante gente reticente?

J.R.: ¡Hermética! Me encanta esta palabra. 

A ver, ninguna obra de arte gustará a todo el mundo. Scorsese odia el cine de Marvel. A mí me encanta Deadpool y en cambio jamás miraré The Irishman. Mi película favorita del año pasado fue Hundreds of Beavers, pero poca gente se tragará  una comedia de dos horas grabada como una película muda.

Por mucho que disfruto las historias bien atadas y con un desenlace definido, no me siento cómodo escribiéndolas, porque al hacerlo siento como si estuviera jugando con figuras de acción. Movamos este juguete de plástico aquí y este otro allá y hagamos que peleen y fin. Cuando yo escribo historias misteriosas y ambiguas, me siento confiado en lo que hago. Estoy hablando de la realidad en toda su escurridiza gloria. No de plástico. Aunque entiendo que, a veces, demasiada vaguedad puede ser frustrante y pretenciosa. Yo mismo fui incapaz de terminar Skinamarink.


También de Jared Roberts en ULAD: Aquí

miércoles, 5 de febrero de 2025

Sergio S. Pando: La isla de los gatos

Idioma original: Español

Año de publicación: 2024

Valoración: Entre está bien y recomendable 

La isla de los gatos es la primera novela del bilbaíno afincado en Madrid Sergio S. Pando y la verdad es que, con sus virtudes y sus defectos, constituye un apreciable ejercicio de ambición literaria.

Con un alto contenido autobiográfico, podemos decir que la novela es una historia de perdedores que no pierden la esperanza, un texto construido a partir de dos tramas separadas en el tiempo que sirven para recorrer la Historia de este país en los últimos 100 años. Y aunque está cantado que, de una forma u otra, esas tramas acabarán convergiendo, lo importante es cómo llegamos a ese punto. Y ahí el autor sale bien parado.

Resumiendo mucho, La isla de los gatos es la historia de Julio, exiliado tras la Guerra Civil en Nueva York, y de Diego, joven que vive en el Bilbao de los 80 (tan denostado en estos tiempos de Guggenheim, gentrificación y franquicias). Son los años de plomo, de la reconversión industrial, de la heroína y los chavales tirados en el parque (esto lo han visto estos ojitos, si) y Diego pasa sus días entre discos, libros, pelis, petas y asignaturas de Geografía e Historia. ¡Para que luego cuatro putos pijos de Pozuelo de Alarcón nos vinieran a hablar de "juventud sin futuro"! En fin.

No me enrollo y paso a comentar las principales virtudes y defectos de la novela.

Entre sus aspectos más destacables, en lo positivo, están:

  • Ambición. No hablo de ambición "formal" ya que en ese sentido en una novela más o menos convencional, si exceptuamos el capítulo 15 de la primera parte, que es el más arriesgado en lo formal (un camino prometedor y diferente que me habría gustado seguir). Me refiero, sobre todo, a ese atrevimiento a meter todo en la novela, a no cortarse, a tocar varios palos. Podrá salir bien, mal o regular (y creo que, en general, sale bien), pero me gusta que el autor asuma el riesgo.
  • Ambientación. Hablamos en escenarios familiares para mí y creo que esos escenarios están bien reflejados en la novela. Atmósfera, contexto, sensación de vacío se dejan ver por toda la parte bilbaína de la novela. 
  • Voces. Parece una gilipollez pero no lo es. ¿Cuántas novelas no se caen porque los personajes hablan todos de la misma forma? Dos personajes tan alejados entre sí, pese a evidentes paralelismos, como Diego y Julio no pueden hablar igual, sería absurdo, y me gusta como ha trabajado el autor con el lenguaje literario, con el habla de los personajes y con los diferentes registros que estos manejan. 
  • Personajes principales. Bien construidos, con sus pasados y sus contextos, con sus contradicciones a cuestas.
En lo no tan positivo cabe mencionar:
  • Intromisión de lo personal. El autor es Licenciado en Geografía e Historia y eso se ve muy a las claras en la novela. De por sí no sería un problema, pero me da la impresión de que hay momentos en los que penetra de forma demasiado evidente (e incluso innecesaria) en el texto.
  • Ligado en parte a lo anterior, en ocasiones lo discursivo / didáctico se entromete en lo puramente novelístico. Sé que ofrece contexto a la acción, pero a veces hay que dejar que sea el lector el que se busque la vida.
  • Reiteraciones, especialmente en la parte neoyorquina de la novela y a la altura de la página 250. Es curioso porque es cuando los años pasan más rápido cuando la novela pierde algo del buen ritmo que tiene.

Pese a todo, me quedo con lo bueno y con la sensación de que, puliendo algunos defectillos, aquí hay madera (y no de la del cuartel de la Salve)

martes, 4 de febrero de 2025

Junichiro Tanizaki: Arenas movedizas

 Idioma original: japonés

Título original: Manji (卍)

Traducción: Aiga Sakamoto y Miguel Martín Onrubia

Año de publicación: 1928

Valoración: muy recomendable


¡Pero qué dramón!

Esta novela tiene todos los elementos (y futuros clichés) de lo que después sería reconocido como novela japonesa: esposas insatisfechas, maridos autoritarios pero pusilánimes, jóvenes seductoras, gigolós sin escrúpulos, deshonra familiar, suicidio por amor, etc. Sin embargo, se ve claramente por qué a Tanizaki se le considera un representante de la novela moderna en Japón. Hay rasgos propios de la novela romántica del siglo XIX, que Tanizaki mezcla muy bien con el estilo de la novela Meiji.

En esta novela temprana de Tanizaki, se nos presenta la vida de una esposa aburrida e insatisfecha, con un historial de infidelidades (pasadas por alto por el marido, siempre guardardando las apariencias), quien se enamora de una joven de belleza fascinante, inocente y narcisista. En esta relación lésbica se interpondrán, por un lado, el marido de la protagonista y, por otro, el amante de la joven, formando un cuadrado (o manji) amoroso digno de una telenovela mexicana.

La historia está narrada desde el punto de vista de la protagonista, quien relata sus desventuras a una suerte de psicólogo o consejero. Sin embargo, su narración se confunde con la voz de los demás personajes, lo cual nos permite conocer sus versiones de manera indirecta, la mayoría de las veces contradictorias, obligándonos a posicionarnos a favor de uno o de otro. Esto se logra gracias a lo bien definidas que están las personalidades de los protagonistas, sin llegar a caricaturizarlos.

Resulta especialmente interesante cómo Tanizaki, a través de la voz de esta narradora poco fiable, juega con la percepción del lector y con la ambigüedad de los hechos. A lo largo de la novela, se ponen de manifiesto no solo las pasiones y frustraciones de cada personaje, sino también la forma en que la sociedad japonesa de la época condicionaba los roles y comportamientos de hombres y mujeres. 

Tal vez no sea la mejor obra de Tanizaki, pero sin duda es una historia interesante y entretenida, narrada con fluidez y no sin uno que otro cliffhanger (la novela fue publicada originalmente por entregas). A pesar de que para el año en que se publicó esta obra, Tanizaki ya era un autor reconocido, me parece que es aquí donde se nota que llegó a su madurez como escritor. 

lunes, 3 de febrero de 2025

Marta Marín-Dòmine: Huir fue lo más bello que tuvimos

Idioma original: catalán
Título original: Fugir és el més bell que teníem
Traducción: traducción al castellano de la propia autora para Galaxia Gutenberg
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable


Como todo buen amante a la lectura sabrá (y habrá experimentado en repetidas ocasiones), a veces ocurre que hay libros que apetece leer y que uno tiene en sus estanterías pero que, por razones desconocidas, no encuentran el momento de ser leídos. En ese misterioso agujero negro en el que se encuentran los libros olvidados, a veces hay joyas que tienen que esperar a la existencia de cierta sequía de opciones para que uno se decida a cogerlos. Y en muchas ocasiones hacerlo es un acierto y la decisión vale la pena. Este libro es un claro ejemplo de ello.

El relato autobiográfico de Marta Marín-Dòmine empieza con una definición sobre el verbo errar, su origen y el uso.  Porque errar vienen de errare, de desviarse de un camino, de ir de un lado a otro sin rumbo y, esa definición etimológica mis recuerdos, también errantes, me lleva a “Los errantes” de Tokarczuk, más aún cuando indica que el errante, “abierto a los cambios, decantado por la elección del movimiento, cuando llega a los lugares no los posee, sino que los habita” aunque, en consecuencia, “quien erra a veces olvida, pero el errante, en cambio, siempre es olvidado. El olvido es el precio de su libertad”. Con esta premisa, el libro trata del exilio, de sus recuerdos y memorias, y se centra especialmente en el exilio de su padre quien, tras la guerra civil y junto con miles de personas, cruzó la frontera terminando en el campo de internamiento de Argelès marcando así la vida de su familia en constante errancia, en intermitentes exilios.

El estilo de la autora es muy elegante, con un lenguaje trabajado en el que se nota el cuidado en la elección de las palabras y en la soltura de la narración. El texto fluye con sonoridad armónica, con la musicalidad de quien ama las palabras y de quien encuentra en ellas la calidez de una nostalgia repleta de recuerdos y carencias. Unas carencias que también sufrió su padre, a caballo entre su Barcelona natal y Francia, con ausencias y faltas en ambos lados y especialmente dolorosa la de su tierra natal, pues «en Barcelona erraste siempre, tú y tantas otras personas que no tenían (…) los recursos de una burguesía colaboradora con el franquismo». Un padre proveniente de una familia ya errante pues el abuelo por parte paterna también huyó a Francia el 1928 debido a que «la Patronal amenazaba los obreros que, como él, estaban profundamente implicados en las luchas sindicales anarquistas», dejando el resto de la familia en Barcelona. Los exilios, que rompen familias y vacían recuerdos. 

De esta manera, la autora explica la historia de su padre (a través de las memorias que escribió a los setenta años) desde que era niño hasta ya adulto y lo enlaza con su visión de esos sucesos siendo niña, reconstruyendo a partir de la historia el paisaje de su vida marcada por tener que abandonar su tierra y con ella parte de sus recuerdos. De igual manera, la autora traza un paralelismo entre el exilio de su padre a Béziers y el suyo en Toronto, con recuerdos heredados y encontrando el confort en la literatura en «unos libros que confirmaban aquello que ya había quedado en la piel, que daban un estatuto de verdad al deseo. Aquella pequeña cartografía visual que arrancaba en una buhardilla y que tenía que llegar a un estudio de Toronto». Ya en 2011 se traslada a Francia, «el país de mi familia, el de las vacaciones de mi infancia», enlazando así su vida con la de su familia, una vida marcada por la guerra en todos ellos, así como también en la propia autora, víctima de las guerras que han azotado y desterrado a su familia y que ya desde pequeña confirman el paisaje de la vida de su familia, porque los oye hablar de ellas, de una guerra que «debe ser terrible (…) porque cuando los adultos la explican los siente vulnerables». También, hablando de la memoria, la autora hila fino y precisa su lenguaje al afirmar con acierto que «me parece que nadie ha filmado aún los espacios vacíos de la Europa de 1945. Ni la manera como se ha tapado, como quien rellena un animal muerto, lo que fue destruido. Es muy probable que esta sea la razón por la cual, en Europa, cuando nos referimos al pasado de los campos de exterminio y de la guerra, hablamos del horror, y muy raramente de vértigo. El horror nos hace desviar la mirada; solo quien osa mirar siente vértigo del pasado».

Combinando reflexiones con menciones puntuales a otros autores como Jünger, Freud, Benjamin o Roland, la autora nos habla de la guerra y de sus causas, sus defensores y aquello que supone en un libro que desborda nostalgia en cada una de sus páginas, una nostalgia que viene de la transmisión de la memoria, de los recuerdos narrados por un padre y que despiertan y asoman al desplazarse la narradora a las tierras que albergaron su infancia afirmando que «contemplo este paisaje que se dibuja a medida que avanza el autocar y lo pinto con el velo transparente y anacrónico de unos recuerdos que me has dejado en herencia (…) te recuerdo sentado en la cocina, o en la mesa del comedor, mientras me contabas tus veranos aquí, y ahora tus palabras se sobreponen al paisaje presente». Una mirada reflejo de una vida que pasa ante sus ojos y se detiene, de manera permanente, en cada uno de esos momentos.