- Que entrega enfoques curiosos sobre autores tan manidos como el Marqués de Sade.
- Que da a conocer obras alejadas del canon. Y es que, en palabras de Julio Monteverde, traductor y prologuista de Los diablos enamorados, Apollinaire pensaba que «frecuentar solo las obras consensuadas como maestras no lleva más que a sitios que ya conocemos», y que es en los márgenes «donde estalla lo nuevo, lo diferente, la sorpresa».
domingo, 15 de mayo de 2022
Guillaume Apollinaire: Los diablos enamorados
sábado, 14 de mayo de 2022
You-jeong Jeong: El buen hijo
viernes, 13 de mayo de 2022
Madame Nielsen: The Monster
Año de publicación: 2021
Traducción: Daniel Sancosmed
Valoración: intragable
Agradezco a Madame Nielsen que este libro no se haya promocionado (a pesar de la apariencia de la escritora, que parece un performer multidisciplinar de esos que inquietan un poquitín) como literatura queer, cuestión que evita su estigmatización y su etiquetado dentro de una especie de submundo que parece haber de ser juzgado de antemano.
Bueno, se lo agradezco porque así ha evitado que yo tenga que ser señalado por cargarme un libro queer. No va a ser así. Hablo sobre la novela con toda libertad, entonces, y os digo, estimados lectores, que está muy bien eso de que las pequeñas editoriales se encarguen de divulgar la obra de autores de escenas alternativas y todo eso. Pero es que aquí nos han dado gato por liebre. The Monster, así titulada en inglés, detalla las andanzas de un joven ruso en New York, donde ha acudido para formar parte del grupo teatral de Willem Dafoe, allá por 1993, con lo que la acción se sitúa en ese período extraño entre la caída del muro y la de las Torres Gemelas, un período (no hablemos del presente, por favor, que Finlandia acaba de poner nerviosa a Rusia solicitando su ingreso en la OTAN) que podría haber sido idílico, una especie de Arcadia feliz donde los bloques se desmembraban y Occidente parecía ávido por integrar a esos rusos simpáticos en la dinámica del capitalismo a ultranza. Ahí empiezan las trampas. En un juego algo acomplejado que insiste en el namedropping, Madame Nielsen teje una siniestra historia basada en los días y las noches del joven, que ha acudido a New York con poco dinero y apenas una lista de nombres a los que puede contactar para obtener algún lugar donde pasar la noche. De día acude al teatro y alterna con gente que se presenta tanto en las sesiones teatrales como a los locales nocturnos que acostumbra a frecuentar. Así que en la novela surgen los nombres como referencias, tópicos hasta la exasperación: Warhol, Sontag, Byrne, Lou Reed. Parece que en medio de esa amalgama cultural de la ciudad que nunca duerme a nuestro anónimo protagonista le ha ayudado la suerte. Pero ay la noche: a cambio de disponer de un sitio donde dormir, sus anfitriones resultan ser un par de gemelos algo degenerados que abusan de él noche tras noche.
Y en esa alternancia trufada de referencias y descripciones algo procaces de los abusos, combinado con los numeritos propios de su asistencia a algunos de esos clubes nocturnos que parecen museos de los horrores, la novela se pierde en divagaciones y escenas descritos con un lenguaje rígido y un terrible gusto por el párrafo interminable y la disertación de tonalidad epatante, como si a Madame Nielsen le molestara limitarse a describir los hechos y tuviese que incidir en un retrato psicológico del protagonista, revelando una tonalidad algo narcisista y hasta diría que acomplejada. Esto no podía pasar en Copenhaguen pero si en New York. Con lo cual,entre ciento cincuenta páginas, apenas retengo las alusiones descriptivas a la foto que hace las veces de portada, un más que previsible flash back sobre la historia de los gemelos, y unas últimas cuarenta páginas, que me perdonen mis compañeros del blog por mi retraso, que se me han hecho eternas, un auténtico tostón esperando que algo se dilucidara y más bien convencido de que, como así resultó ser, la novela era un engendro post-moderno algo pretencioso cuyo colofón es no tener colofón.
jueves, 12 de mayo de 2022
Marian Donner: Manifiesto en contra de la autoayuda
Idioma original: neerlandés
Título original: Zelfverwoestingsboek
Año de publicación: 2019 (en castellano, 2021)
Valoración: Recomendable alto
Estamos en la cultura de Instagram, y quien dice Instagram dice cualquier otra red social, incluidas las consideradas profesionales. Toca transmitir felicidad, éxito, juventud, diversión, descubrimientos, atractivo, actividad. En contacto con amigos o conocidos, posibles parejas o posibles clientes, vecinos o familiares de cualquier rango, no son admisibles mensajes que no sean esos, solo procede enseñar nuestro último outfit, las imágenes de nuestra escapada de puente, el golazo del chaval, las instalaciones del nuevo gym. Lo demás, claro, no interesa, es lógico.
Pero no solo son las exigencias de esta vida social virtual. Permanentemente recibimos llamamientos a la positividad, la salud, el buen rollo y la iniciativa. La sociedad nos quiere a punto para nuevas metas, no podemos quedarnos parados, los fracasos son solo un aprendizaje para el próximo triunfo. El bombardeo es incesante: si quieres, puedes, basta con desearlo con mucha fuerza y trabajar duro, no hay nada que no puedas conseguir, debes hacer salir tus potencialidades ocultas. Todo es muy estimulante, fantástico, pero puede no ser fácil, tendemos a la vagancia, a la autocomplacencia, quizá a una envidia estéril. Y si uno no tiene la suficiente pasta para pagarse un psicólogo (un psicoanalista, como dicen en las películas) o, mejor, un coach, pues nada, los libros de autoayuda son un buen sucedáneo.
Este mundo del siglo XXI está montado así, nada de esto nos pilla de sorpresa, y en su diseño es necesario que el mecanismo siga siempre avanzando a buen ritmo, porque si dejamos de dar pedales el invento se desequilibra y se viene abajo. El sistema necesita consumidores felices, que siempre quieran un poco más para distinguirse, para mejorar, para tener nuevas experiencias (todo son experiencias, de compra, de viaje, de cata de vinos, de regalo sorpresa). No basta un coche chulo, un armario surtido o unas vacaciones, hay que afinar con el corte de pelo, el blanqueamiento dental, conocer pueblos con encanto, cenar tofu o aguacate, algo de teatro de vanguardia, spa, despedidas de soltero cada vez más caras y extravagantes, algún tatuaje, fin de semana ecuestre. Ahí pone Marian Donner el acento, los requerimientos del nuevo capitalismo (yo añadiría que heredado del llamado capitalismo popular de los 90), que ha descubierto que el mayor negocio es tener a los muchos millones de la clase media (y otros muchos que ni siquiera llegarían a calificarse así) obsesionados, quizá ya no tanto con escalar, sino con acceder a la multitud de bienes y servicios que hacen que la gente se vea más feliz, o que se la suponga más feliz.
La escritora y periodista holandesa (o, por lo visto, mejor neerlandesa) se fija especialmente en las imágenes que nos llegan a través de los medios (cuerpos perfectos, sonrisas de éxito) y en esos mensajes llenos de voluntarismo aparentemente ingenuo que a fin de cuentas nos vienen a decir que si no triunfamos, si no nos parecemos a esos triunfadores, es porque no queremos: amigo, no echemos la culpa a la falta de oportunidades, porque si no lo consigues es solo porque no lo quieres con suficiente intensidad. En definitiva, tú eres el culpable. La cuestión se traslada, una vez más, de lo colectivo a lo individual, es la victoria absoluta, avasalladora, del liberalismo en su aspecto más salvaje. Laissez faire, laissez passer.
Como se ve, el libro desborda claramente la crítica a la autoayuda que anuncia el título, y sus primeras veinte o treinta páginas son demoledoras. No tanto porque descubra cosas que no sepamos, sino porque lo expone con convicción, de forma nítida, brutal. Hay desde luego una clara voluntad de provocación, de fustigar y agitar el debate más que de exponer razonamientos muy elaborados, y el resultado es una saludable frescura con la que ponernos frente a realidades que han tomado cuerpo durante demasiado tiempo hasta resultar normales o inevitables, quizá hasta que ni siquiera las veamos.
Ese deseo transgresor hace que quizá el libro afloje un poco en los apartados siguientes, no sé si para justificar eso tan sonoro de en defensa de la autodestrucción, que luce sin mucha justificación en la cubierta. Ante ese paradigma de la vida sana, la belleza y la realización personal, la autora contrapone invitaciones como ‘arde’, ‘baila’, ‘sangra’, que tienen la carga metafórica de llamamientos a la libertad y a saltarse las nuevas normas de esa cultura que apenas puede esconder el objetivo inmediato del consumo masivo, y el más profundo del mantenimiento del statu quo. Y he dejado para el final el mensaje ‘bebe’, que curiosamente es el de contenido más literal y donde Donner incita en efecto a cogerse alguna buena borrachera como forma espontánea (y yo añadiría que muy clásica) de rebelarse contra el sistema, aunque sea un rato.
Sin desmerecer el valor del libro como mensaje provocador y además muy bien escrito, raro sería que terminase la reseña sin darle una vuelta de tuerca más. Porque si la autora nos pincha para no someternos tan dócilmente a los cánones ¿no está también favoreciendo soluciones exclusivamente individuales a un problema colectivo? Y aún más, esas recomendaciones tan rompedoras ¿no son una forma de terapia, en definitiva, Marian Donner, de autoayuda, aunque con un contenido algo diferente?
miércoles, 11 de mayo de 2022
Karmele Jaio: La casa del padre
Título original: Aitaren etxea
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable
“Quizá por eso es peligroso escribir. Es una peligrosa marea baja que deja a la vista las rocas escondidas bajo el agua. Y lo que aparece no siempre nos gusta.”
El lugar al que siempre volvemos o del que nunca llegamos a salir del todo. La casa paterna (o materna), incluida la madre patria que cada uno considere. Ese lugar, el doméstico y el geográfico que nos ha configurado como somos, aunque luego cada uno reaccione a su manera a los estímulos. Karmele Jaio ha creado esta vez a un puñado de personajes, algunos con voz propia, y los ha echado a rodar por la pendiente de la vida, en una época (la actual en ese momento) y un lugar (Euskadi) determinados. El pasado y el presente se entremezclan y les condicionan tanto como a cualquiera. Asistimos a sucesos y reacciones que podemos comprender fácilmente como si lo que se nos está contando fuera sencillo, que no lo es en absoluto, como si los personajes no estuvieran llenos de contradicciones e incoherencias, como si el dolor no los paralizase demasiado a menudo. Ismael, su mujer Jasone y Libe, su hermana, no solo se explican a ellos mismos, también a esos que no hablan al lector pero cuyo papel en el relato es igual de importante. A saber, los padres del susodicho y un tal Jauregi, editor y viejo amigo de Jasone.
Esta mujer, tan válida como llena de inseguridades –complejo de usurpadora, advenediza en su propio espacio– es el hilo conductor del relato, la secundaria que protagoniza los hechos aunque resulte paradójico. Una más entre toda una generación de esposas comprometidas con la conducta que se espera de ellas y creyéndose libres de decidir, han renunciado a sus objetivos vitales sin apenas ser conscientes de ello aunque a costa de una infelicidad soterrada que, a medida que pasan los años, va pesando cada vez más sobre sus hombros. Una más y por ello tan importante, ya que representa toda una pauta de conducta asumida sin rechistar por varias generaciones de mujeres. Me refiero al esfuerzo que supone encargarse de las tareas domésticas, planificación, cuidados y pensar que un trabajo remunerado, a diferencia de sus madres, ha conseguido emanciparlas. Y claro que aquella esclavitud completa de quien se somete en cuerpo y alma porque es otro quien paga las facturas es una costumbre residual, pero las circunstancias que acepta la generación de Jasone no suponen un auténtico avance, solo un espejismo con el que se las ha ido entreteniendo hasta que (algunas) acaban cayendo en la cuenta. Pero ¿por qué me empeño en hablar de ella si el gran triunfador, el escritor de la familia resulta ser su marido, Ismael, y Jasone no ha destacado en nada todavía. Algo ha hecho, es verdad, pero poco relevante, nada que ocupe titulares de prensa: responsabilizarse de que el hogar funcione, criar a dos hijas, contribuir con su sueldo a los gastos, cuidar a sus padres ya fallecidos, corregir la obra del gran literato para que llegue bien pulidita a la mesa del editor. ¡Fruslerías! No hay motivo para que Ismael se sienta tan inseguro, tenga tanto miedo, tanta desazón por asuntillos del pasado, se encuentre tan bloqueado en su labor creativa. Aun así, me atrevo a preguntar ¿han oído hablar de María Lejárraga? Nació en el último tercio del s. XIX, vivió casi cien años y su gran talento literario se mantuvo en la sombra la mayor parte de su vida.
Completan el cuadro la hermana rebelde y migrante que teme volver a casa, la madre, ingresada por culpa de un misterioso accidente, que se inquieta por lo que pueda pasarle al marido ahora que ella no está en condiciones de cuidarlo, y este, el marido y padre de Ismael. Los demás tienen miedo y se sienten culpables de algo, solo él es inmune a esos sentimientos, ahora porque se le ha ido la cabeza y antes porque se creía omnipotente como cabeza de una familia tradicional que dirigía los destinos de todos.
Jaio nos habla de los fantasmas del escritor, de la palabra que descubre lo oculto, de una generación marcada por la política y de la frustración a la que han sido condenadas las mujeres de este siglo y del otro. No puedo estar más de acuerdo pero pienso que tanta insistencia, tanto hacer explícitas ideas por lo demás, evidentes, lastra la novela un poco, la ralentiza, la convierte en una especie de panfleto cuando no le hacía ninguna falta. Solo tenía que dirigirse a un lector inteligente, pues los personajes están perfectamente diseñados, la trama rueda con los sobresaltos necesarios, se abren múltiples posibilidades que nos mantienen en una agradable incertidumbre hasta llegar a las vueltas de tuerca finales que sorprenden sin incoherencias y consiguen que la novela alce definitivamente el vuelo sin traicionar las convicciones de la autora.
Versión en castellano: Karmele Jaio
Otras obras de Karmele Jaio: Música en el aire, No soy yo, Las manos de mi madre, Stop, Recuerdos (relato en volumen colectivo)
martes, 10 de mayo de 2022
Jorge Ibargüengoitia: Los conspiradores
Valoración: Recomendable
lunes, 9 de mayo de 2022
Isaac Bashevis Singer: El seductor
- Su prosa depurada y dinámica.
- Sus personajes y las interacciones que éstos mantienen entre ellos.
- Ciertos giros argumentales.
- Sus últimos capítulos. Introducen algún que otro elemento abruptamente, pero cierran con tino múltiples arcos y subtramas.
- Su humor, fino o cáustico según se tercie.
- El sustrato psicológico que despliega.
- Su trasfondo misántropo y pesimista.
- Sus críticas a la comunidad judía y, en concreto, las que dirige a los religiosos, por hipócritas o por intransigentes según se tercie.
- Las agudas observaciones que hace en torno a la ciudad de Nueva York (y América en general).
- Le falta empaque.
- No me parecen verosímiles las disertaciones de corte teológico de muchos personajes (algunos de los cuales admiten saber poco de religión).
- En ocasiones, Singer repite información que ya había dado previamente. Aunque supongo que estas reiteraciones se deben a que El seductor se publicó originalmente por entregas, pueden llegar a molestar.
- Igual que me sucedió con Escoria, del mismo autor, pienso que a esta novela le falta concesión. En ningún momento se hace larga, pero el mensaje que transmite es demasiado explícito.






