jueves, 16 de agosto de 2018

Charles Bukowski: La máquina de follar

Idioma original: inglés
Título original: Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness 
Año de publicación: 1974 (como libro) 
Traducción: J. M. Álvarez y Ángela Pérez 
Valoración: entre recomendable y está bien


No soy un devoto de Charles Bukowski (*), aunque claro, allá por mi desencantada juventud sí que leí, al menos que yo recuerde, un par de libros de este autor (de la serie de su alter ego Chinaski, para más señas). Vamos, como todos, al menos todos los jóvenes varones que aspirábamos a una vida de emociones fuertes, siquiera a través de la palabra escrita. Después, sí que he leído algunos poemas del viejo Hank Bukowski, en mi opinión bastante buenos y en los que demostraba una sensibilidad... digamos más afinada que en su prosa. Pero hasta ahí. Lo que pasa es que, reconozcámoslo, el título de este volumen de relatos es irresistible: esto lo tenía que reseñar mientras aún me quede un rescoldo de ímpeto juvenil y alguien, aunque sólo sean ya las octogenarias, me siga llamando "este chico"... (que lo hacen, eh, a ver qué os pensáis).

La máquina de follar, por lo demás, es en realidad el título del último cuento o relato que componen esta recopilación, cuyo título en inglés, de todas maneras, resulta no menos sugestivo. Eso sí, el título que se le puso en castellano resulta no poco pertinente, porque aquí otra cosa no, pero no se para de follar. Bueno, de follar y de cumplir con todo tipo de funciones corporales sobre las que se suele guardar un cierto recato. Y también de beber, porque el personaje protagonista de todos los cuentos que encontramos en este libro -que son bastantes- es el típico personaje bukowskiano: alcohólico irredento, bala perdida, jugador y mujeriego. Vamos, como se supone que era el propio autor de los mismos... de hecho, en la mayoría de ellos el protagonista se llama también Bukowski, aunque en otros ha tenido el detalle mínimo de cambiarle el nombre. Es más, algunos de estos relatos  -Ojos como el cielo, Notas sobre la peste, Un hombre célebre- parecen una crónica de cómo eran los días de este escritor famoso por su malditismo, con otros poetas o profesores universitarios visitándole mientras él sólo quería hundirse en su propia miseria alcohólica-; otros también parecen tener una impronta autobiográfica importante, en los que cuenta su estancia en hospitales -Vida y muerte en el pabellón de caridad-, sus desesperanzadas visitas al hipódromo -Caballo florido-, sus opiniones (no demasiado entusiastas, sobre el LSD y el cannabis, en Un mal viaje y El gran juego de la yerba,sus escarceos sexuales, mediante pago o no -Tres mujeres, Reparando la batería- o sus vagabundeos por América, como en los tristísimos Lo toma o lo deja y Un lindo asunto de amor; este último relato animado por una ternura insólita, pese a estar protagonizado por el característico personaje que ya conocemos, cínico y que trata las mujeres con un desenvuelto pero impostado 8por temeroso) desdén.

Cuatro cuentos, no obstante, se salen un poco de la tónica general, aun compartiendo el cutrerío ambiental: los tres últimos, La manta, Animales hasta en la sopa y La máquina de follar, entrarían en el registro, y de forma más bien divertida, del género erótico-terrorífico-fantástico (seguro que existe un nombre más corto para esto). El otro relato que destaca del resto, en este caso por su crudeza añadida, es El malvado, la descarnada descripción de un pederasta, que, más que como un intento de epatar o escandalizar al lector, quizás sea más bien un remedo sarcástico (y por tanto crítico, podemos suponer) de la célebre, y más por aquella época, puesto que su adaptación al cine era relativamente reciente,  Lolita.

Luego está, claro, la cuestión del estilo de este escritor. dinámico, burlón, arrebatador.... Más clásico en ocasiones o al borde del stream of conscieousness en otras (la desaparición de las mayúsculas o la alternancia aparentemente espontánea de la primera a la tercera persona y viceversa acentúan esta impresión): es lo que ocurre con Yo maté a un hombre en Reno, por ejemplo. ¿Los mejores relatos del libro? Pues aparte de alguno de los ya mencionados, como Un lindo asunto de amor, yo diría que alguno más que incide en su más que recurrente "senda del perdedor", como Veinticinco vagabundos andrajosos. O una supuesta estancia en un psiquiátrico (no se si el Bukowski real llegó a vivirlo) en Púrpura como un iris, sin duda uno de los más destacados relatos de esta pasmosa y muy particular antología.

(*) Casualmente, hoy sería su cumple, así que ¡felicidades y buena borrachera, allá donde se encuentre!


Otros títulos de Charles Bukowski reseñados en Un Libro Al Día: El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barcoPulp, CarteroHollywood

miércoles, 15 de agosto de 2018

Manuel Alcántara: La edad de oro del boxeo

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: Está bien

Olvídense, por favor, de la horrenda cubierta. Dejemos de lado también el confuso y erróneo título. Y, a ser posible, intentemos soslayar, al menos durante unos minutos, el debate sobre si el boxeo es un deporte, su brutalidad y todas esas cosas. Sólo pido unos minutos para valorar estrictamente el contenido del libro, y luego ya habrá tiempo para lo demás.

Manuel Alcántara es un viejo periodista (creo que le han caído ya los 90) y también poeta, que acumula unos cuantos premios en ambas actividades. Como se puede suponer, a estas alturas el hombre ha recorrido todas las cabeceras de la prensa española, desde las épocas más densas del franquismo hasta la actualidad, donde escribe una columna diaria para el grupo Vocento (El Correo y unos cuantos más). Aunque le echo un vistazo de vez en cuando, tengo que confesar que no me gusta cómo escribe este señor, con ese humor un poco txotxolo (me ofrezco a definir el concepto si es menester) y esa afición a recrearse con continuos juegos de palabras, línea tras línea. Por lo demás, algunas de sus aficiones de siempre calcan el estereotipo masculino de unas décadas atrás: fútbol, toros y, por supuesto, boxeo.

La afición por el ’noble arte’ (venga, estupor y rechinar de dientes) le viene a Alcántara desde su infancia en Málaga, cuando contemplaba desde la ventana entrenamientos y peleas de púgiles aficionados, y ocupó después durante años buena parte de su actividad periodística. Es justamente este trabajo como cronista el que constituye la parte fundamental del libro: quince artículos de Alcántara relatando otros tantos combates (no ‘asaltos’, como dice el título) de una época brillante del boxeo en España, aproximadamente de mediados de los 60 a finales de los 70. Por si a alguno le suena y no ofende que los cite, por ahí circulan Legrá, Carrasco, Durán, Urtain o Evangelista, entre otros.

Si antes decía que no me gusta el estilo de don Manuel en su columna, me ocurre lo contrario con sus crónicas boxísticas. Son relatos ágiles, breves, construidos con los medios de la época, a partir de unas notas y a veces dictados por teléfono, que sintetizan de maravilla los combates y su entorno. A pesar de su brevedad -dos o tres páginas cada uno- Alcántara tiene la capacidad de transmitir la intensidad de los momentos más relevantes, sin abusar de la épica y usando con moderación de figuras retóricas, sólo lo imprescindible para dar altura al texto. Parece que estuviéramos viendo esos lances, a veces dramáticos, en blanco y negro, con el análisis certero de un tipo que indudablemente sabe un montón, pero se cuida de no apabullar con tecnicismos ni adornar en exceso sus crónicas. Aunque, eso sí, cuando recurre al ornamento lo hace con figuras bien medidas y a veces realmente afortunadas: 

‘Hay un silencio casi táctil, un silencio absorto, como el que se produciría si cesara de repente una catarata’. 

La lectura de los artículos de Alcántara es también un recorrido esclarecedor por la amplia etapa que abarcan. Detrás de cada línea se deja ver el respeto y la admiración hacia estos tipos que salen a partirse la cara, siempre gente de extracción humilde y que sueña con un éxito que pocas veces llega a algo más que la gloria efímera de unos cuantos combates ganados. Pero también se transparentan algunas de las miserias de ese mundo, esa trastienda que después de tantas películas tenemos todos tan interiorizada. Se descuelga Alcántara con una crítica feroz, indisimulada, a los combates decididos por puntos siempre a favor del púgil ‘de casa’, a veces con absoluta desvergüenza. Y ojo porque, en lo que se refiere a los artículos incluidos en el libro, el primer zasca, sereno pero nítido y demoledor, se proyecta contra una victoria de Pedro Carrasco en Madrid. Oiga, que no es nada corriente semejante sinceridad antipatriotera, y menos en 1971.

La objetividad de las crónicas no impide que en los textos quede huella del lado emocional del autor, y la combinación de las dos perspectivas es una de sus cualidades más notables. Como buen aficionado, Alcántara vibra con los lances, pero también se estremece ante combates especialmente brutales, se enfurece frente a peleas indignamente desiguales montadas sólo para hacer negocio, o se rebela frente a la indiferencia hacia los viejos campeones. Y sobre todo, no tiene empacho en cuestionarse el propio deporte, que es a veces ‘un disparate desde el punto de vista racional’. Manolo tiene clara la línea roja: tras recibir un buen repaso, el japonés Wajima va camino del hospital, y Alcántara jura que, si muere, será su última crónica de boxeo. Salvado Wajima, cumplirá la promesa un par de años después, cuando fallece en el ring el almeriense Juan Rubio Melero.

No pretendo convencer a nadie. Si a usted el boxeo le resulta aborrecible, nada positivo sacará de este libro. Si por el contrario le gusta, o al menos le es indiferente, pues bueno, es una pequeña colección de artículos muy bien escritos, que describen un deporte, una época y a un autor con personalidad. Ustedes mismos.

P.S.: Al final he puesto a Manuel Alcántara como autor del libro, aunque en realidad lo es sólo de las crónicas que he comentado. La recopilación es de los periodistas Teodoro León Gross y Agustín Rivera, que firman una pequeña introducción a cada texto y una entrevista al propio Alcántara (en la que el hombre, la verdad, desbarra un poquito). Cierra el libro un epílogo de José Luis Garci que, aparte de la firma de alguien más o menos popular, aporta poco o nada a la materia, se permite algunos comentarios que me parecen bastante irrespetuosos hacia Alcántara, y se adorna con una exhibición de erudición innecesaria y gratuita.

martes, 14 de agosto de 2018

Clive Barker: Sortilegio


Idioma original: Inglés
Título original: Weaveworld 
Traductor: Roger Vázquez de Praga 
Año de publicación: 1987
Valoración: Entre recomendable y está bien 

Clive Barker ha tocado todo tipo de disciplinas: ilustración, teatro, cine... Y literatura. Es un excelente narrador; si a eso le añadimos que tiene una imaginación tan fértil como retorcida, debemos admitir que estamos ante uno de los titanes del horror actual. A él le debemos los magníficos Libros de sangre, una de las mejores antologías de terror contemporáneo. 

No es el terror, pero, el único interés literario de este escritor. Barker ha navegado, también, por la fantasía. Hasta aventuraría que ha ayudado a moldear la llamada fantasía oscura. Sólo hay que ver su saga, Imajica (su obra más ambiciosa y de la cual está más orgulloso), para percatarse de la solvencia con la que es capaz de transitar por este terreno. 

Aunque, vayamos a la novela que nos ocupa: Sortilegio. Un mundo mágico palpita bajo una alfombra. Cal Mooney y Suzanna Parrish se ven atraídos hacia ese fascinante lugar, colmado de promesas, magia y conocimientos arcanos que escapan a la comprensión humana. Lo que ignoran es que se verán forzados a ser partícipes de un conflicto de grandes magnitudes que se libra en esa alucinante tierra; una guerra entre, ni más ni menos, el Bien y el Mal. Este maniqueísmo (con algún que otro claroscuro) erosiona parte del potencial de la novela, pero no es demasiado molesto y se puede ignorar.  

Sortilegio es un libro que podríamos inscribir en el género fantástico. No obstante, en él gravitan escenas y conceptos del de terror. De forma muy intermitente, es cierto, pero que suponen un problema, porque fuerzan situaciones y desarrollos de los que se podría haber prescindido perfectamente. Y es que incluir elementos y escenas propias del género de terror en esta novela la hace parecer algo extraña y excesiva, como si Barker buscara complacer a sus seguidores, como si quisiera poner en ella todo lo que se le da bien; claro, el terror, pues, no debe faltar. Y, debo decir, en esta ocasión le sale el tiro por la culata. Otras veces ha logrado entremezclar ambas temáticas de forma más limpia, pero no es el caso. 

A este desafortunado hecho hay que sumarle otro tropiezo: Barker ha recurrido a tantas ideas que no puedo evitar pensar que habrían llegado a mejor puerto por separado, divididas en varias historias. Su creatividad es tal que ha saturado la novela de paisajes, personajes y situaciones que merecerían un trato más íntimo y minucioso. 

Pese a estos inconvenientes, la novela es muy disfrutable. Plagada de fantasía, terror, surrealismo onírico y erotismo, como el resto de trabajos en los que el escritor está más en forma. Aquí veamos a un Barker que siembra y experimenta con varias ideas, y saber que en un futuro recurrirá a los frutos de esta cosecha, más comedido, más experimentado, no tiene precio. 


lunes, 13 de agosto de 2018

António Lobo Antunes: Libro de crónicas

Idioma original: portugués
Título original: Livro de crónicas
Año de publicación: 1998
Traductor: Mario Merlino
Valoración: muy recomendable

Me ha pasado con relativa frecuencia en Portugal: pregunto a alguien si ha leído a Lobo Antunes, y me contesta: "He leído las crónicas". Es lo que suelen responder, sobre todo, aquellas personas que no se dedican a la literatura y para las cuales las novelas de Lobo Antunes, en cambio, son demasiado exigentes. Es una buena noticia, por lo tanto, que este Libro de crónicas esté ahora también disponible para el público español, que así puede empezar mojándose los pies en la obra de uno de los mejores escritores portugueses del siglo XX y principios del XXI, antes de tirarse de cabeza a una de sus novelas.

Aunque el nombre de "crónicas" puede ser engañoso, como lo fue para mí antes de empezar a leer este libro. Una crónica, según el Diccionario de la RAE, es un "artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad". Narración, información, actualidad, periodismo. Esas son las características de una crónica, y las de Lobo Antunes solo las cumplen en parte: se publicaron originalmente en un periódico (el Público portugués), y son narrativas, pero ni son de actualidad ni son informativas, por muy laxos que seamos con el concepto de "información". De hecho, solo una especie de pudor o ironía parece evitar que estos textos se denomine "relatos" o "microrrelatos", que es lo que en muchos casos son.

Cada crónica tiene tres o cuatro páginas, ni más ni menos, y todas ellas cuentan una historia. En algunos casos, el protagonista y narrador se llama también António Lobo Antunes, y es también un médico transformado en escritor que vivió la guerra de Angola, aunque es difícil saber hasta qué punto muchas de estas historias son realmente autobiográficas, y cuándo son puras fantasías. Encontramos así un universo personal que se extiende entre Benfica y la Praia das Maçãs, en la que un Lobo Antunes niño sueña con ser futbolista o escritor, se relaciona con otros niños (y niñas) y se adentra en el mundo de los adultos. Estas crónicas son quizás las más entrañables.

En muchos otros casos se nos presenta a personajes cotidianos o surrealistas: seres torpes, solitarios, absurdos o divertidos, vencidos por la vida o condenados por sus propios errores. Algunas crónicas tienen un aire falsamente costumbrista (como por ejemplo una de mis favoritas, la que narra cómo las familias portuguesas van todas juntas a pasar los domingos en el centro comercial, y son todas tan semejantes que acaban intercambiándose unas con otras) y otras entran en el terreno de lo fantástico, a lo Cortázar (por ejempo en "La consecuencia de los semáforos").

Una vez leídas, se entiende por qué hay muchos portugueses que prefieren las crónica a las novelas de Lobo Antunes, y no es (solo) porque sean más fáciles de leer: es porque están llenas de humor, de crítica social (como en "Los pobrecitos"), de imaginación, de chispazos geniales, de belleza. En conjunto crean un panorama algo "bizarro" (en la acepción anglosajona del término) de Lisboa y Portugal en la segunda mitad del siglo XX, con sus diferencias de clase, sus traumas políticos y, claro, sus historias universales de amor y desamor. Leer todas las crónicas seguidas puede empachar (no fue así como se publicaron originalmente), pero si se leen con calma, disfrutándolas, una o dos o tres cada cierto tiempo, dan muchos momentos de felicidad lectora.

En Portugal se publicaron cuatro livros de crónicas, de los cuales tres están traducidos al español. Quien quiera empezar por ahí a conocer a uno de los grandes escritores portugueses de nuestro siglo, por lo tanto, tiene bastante material. 

Otras obras de António Lobo Antunes en Un libro al día.

domingo, 12 de agosto de 2018

Vivian Gornick: La mujer singular y la ciudad

Idioma original: inglés
Título original: The Odd Woman and the City 
Traducción: Raquel Vicedo
Año de publicación: 2015
Valoración: bastante recomendable

De manera similar a como hizo en «Apegos feroces», Vivian Gornick parte de su propia experiencia para trasmitirnos, no únicamente pasajes de su pasado, sino también una serie de reflexiones, perfectamente hilvanadas, sobre diversos aspectos de la vida, no únicamente de la suya, sino de los aspectos globales que, en mayor o menor medida, todos podemos observar en nuestro entorno y nuestras propias vidas.

Así, la autora despliega su inmensa capacidad narrativa partiendo del Bronx de su infancia, de aquellos recuerdos de cuando vivía en esa parte de la ciudad que suponía todo su mundo, hasta que descubrió Manhattan, un mundo nuevo, diferente, inmenso en posibilidades, y con un contraste abismal respecto "su" realidad. De esta manera inicia su viaje introspectivo al pasado, partiendo de esa edad donde todo sorprende, y sirviéndose de las excursiones que hacía desde su piso en el Bronx hacia la ciudad que era el centro del mundo: Manhattan. En el hábil estilo que acostumbra a destilar la obra de la autora, nos cuenta estos pequeños viajes haciendo un símil indicando que la única diferencia entre ella y alguien de Arkansas es que alguien de Arkansas hace el salto del inmigrante una sola vez y para siempre, mientras que ella hizo este salto, en modo de pequeñas incursiones a la ciudad, repetidas veces volviendo siempre a casa donde encontraba seguridad, aburrimiento y espera hasta que volvía a salir en busca de la gran oportunidad. Así, cada noche volvía a casa, donde esperaba que la vida empezara. Paseando por el West End soñaba con que algún día viviría allí, sería la señal que se había salido con la suya.

En este libro autobiográfico, Gornick nos habla de los temas que engloban la vida de una persona. Así, nos habla del pasado, de los hombres y la relación con ellos, de su supuesta aceptación de las relaciones desiguales y con cierta tendencia a la predisposición de quedar a la merced de ellos, sin poder objetar las condiciones de la relación. Este modelo de relación que tenía la autora, muy arraigado en su interior, cambió de forma abrupta un día en concreto, cuando la presionaron para hacer algo que no quería y, aunque no fue eso en sí lo que la cambió, sí lo fue la forma de presionarla al decirle que ella no sabía lo que quería. Este momento marcó un punto de inflexión en la autora, y comprendió que los hombres eran para ella una especie ajena (tal es así, que incluso en declaraciones recientes indica que «el feminismo avanza poco porque las mujeres duermen con el enemigo»). Este hecho marcó su vida y provocó, a partir de él, que Gornick hiciera un cambio de mentalidad en su relación con los hombres, alejándose de ese segundo plano al que las mujeres parecían ubicadas.

De esta manera, las relaciones humanas son un elemento característico en la obra de la autora y, en este caso, se sirve a menudo de las conversaciones mantenidas con su amigo Leonard, así como también de las pequeñas anécdotas cotidianas surgidas de sus paseos por la ciudad (siempre presente en el relato, siempre palpable en sus libros) y los encuentros con otras personas, para hablar sobre todo aquello que conforma la vida: el matrimonio, la relación entre hombres y mujeres, las amistades, la amabilidad entre personas en el trato cotidiano. Con su mirada crítica habitual, Gornick nos traza un camino introspectivo para cuestionar las opiniones creadas sobre las amistades y su durabilidad, sobre las relaciones sustentadas muchas veces por una atracción, de tiempo limitado, con fecha de caducidad no anunciada ni establecida de antemano, pero que existe y actúa sin posibilidad de evadirla.

Asimismo, y como no puede ser de otra manera, otro aspecto fundamental del libro es la relación de la autora con New York, que adquiere la importancia suficiente para ser tratada como un personaje más. Y es que este libro autobiográfico de Gornick también es un homenaje a la gran manzana, a la ciudad que nunca descansa, a sus ciudadanos variopintos de vidas ajetreadas y algo enloquecidas o caóticas. El reconocimiento a la disparidad de una ciudad donde el bullicio del centro y el anonimato de su gente contrasta con la vida más tranquila de los barrios más alejados como el Bronx, en los que la familiaridad se impone; nos habla también de sus paseos por Staten Island, por el East side o sus visitas al Carnegie Hall, y casi nos invita a realizarlos con ella, pues están cargados de un aire de intimidad que consigue transportarte hasta esos días, sintiendo ese mismo ambiente que tan hábilmente transmite la autora.

El resultado de esta obra es más que una mera distracción o un conjuro de reflexiones, es una lección de vida de alguien que la vive y la aprecia, que la quiere y la valora, que la observa y la disgrega para profundizar en su significado. Y, por encima de todo, es un libro para disfrutar de la calidad de la prosa de Gornick, de sus análisis interesantes y reflexiones que permanecen mucho tiempo después de haber terminado el libro.

También de Vivian Gornick en ULAD: Apegos feroces, Escribir narrativa personal, Mirarse de frenteCuentas pendientes

sábado, 11 de agosto de 2018

Torgny Lindgren: Aguardiente

Resultado de imagen de aguardiente torgny lindgren amazonIdioma original: sueco
Título original: Norrlands Akvavit
Año de publicación: 2007
Valoración: Está muy bien



Metáforas y símbolos han sido desde siempre, no solo un medio de transmitir belleza por medio de palabras sino, y ante todo, un instrumento de persuasión, una forma de convertir a una doctrina que el orador considera verdadera. Con el tiempo, han ido apareciendo nuevos contenidos y canales: se puede predicar en la vía pública, en televisión, en twitter o en el templo, disertar sobre religión, política, terapias milagrosas o cualquier otro asunto potencialmente capaz de solucionar la vida a los oyentes. Lo que parece claro es que la vocación de convencer al prójimo lo lleva el ser humano en los genes y no tiene intención de disminuir.
Lo malo de las mentes dogmáticas –y probablemente todos tengamos un poso– es que se creen con derecho a convencer, incluso, de que no debemos ser convencidos. En las aldeas semidesérticas de la Suecia más septentrional y profunda aparece de pronto un viejo conocido, un predicador que dejó allí su huella hace décadas y cuyo recuerdo fue enterrado años atrás junto a los cuerpos de sus coetáneos. El otrora famoso Olof Helmersson dejó aquellas tierras una vez cumplida su misión y ahora, a sus 83 años, ha llegado a convencerse de que la doctrina que divulgaba en su época gloriosa no tiene ningún fundamento. Decide, entonces, regresar para advertir de su error a aquellos que en su día llegaron a ser conversos, pero el lugar ha cambiado todavía más que él mismo. Ya no valen los antiguos esquemas, no existe auditorio, ni local donde reunirse, ni voluntad de escuchar a nadie, por no haber, apenas hay gente. Además, el mensaje que trae esta vez ni siquiera admite ser transmitido por medio de sermones al uso. A pesar de la despoblación y el aislamiento, estamos en la era de internet y las nuevas generaciones han tomado otro rumbo, mucho más pragmático. La humanidad está dejando de ser como Gerda, la niña-anciana que prefiere los cuentos maravillosos a enfrentarse con la cruda realidad.
Como ven, ni siquiera el fundamentalismo resiste el paso de un tiempo que todo lo trastoca. Hasta la indestructible barca de ese Jakob, que todo el mundo menciona y nadie ha llegado a conocer, sirve de pasto a las raíces de un árbol enorme. Pero hay que disimular, fingir que se conserva entera y reluciente porque a las crédulas gerdas todo debe parecerles perfecto. El argumento adquiere aquí forma de parábola, aunque tan irónica, socarrona y salpicada de toques absurdos como esos personajes individualistas y escépticos que, de la mano de Olof, vamos visitando uno por uno, y cuyas vidas  y quehaceres parecen estar tan consolidados que no queda un resquicio para aceptar los consejos de nadie. Detrás de su aspecto amable, incluso hospitalario, se perciben caracteres adustos, convicciones arraigadas y el firme propósito de no apartarse un milímetro de su forma de vida y sus costumbres. El día a día allí es apacible y rutinario, se intuye una naturaleza tan despiadada como imponente cuya fisonomía se nos escapa, ya que Lindgren es parco en descripciones. Pero un entorno como aquel no puede reducirse a media docena de topónimos sin dejar un poco frustrado al lector.
No falta el conflicto, aunque muy dulcificado. La endogamia ancestral y los prejuicios han de estallar por algún sitio, pero predomina el tono amable y ligero, poco apto para abordar cuestiones espinosas y eso perjudica muy seriamente al conjunto. Porque, vamos a ver, a partir del planteamiento inicial las posibilidades eran inmensas, pero si el texto entero mantiene ese tono de fábula superficial e ingenua, si los personajes están apenas esbozados, si no podemos contemplar un paisaje que determina los temperamentos, si las mentes no se dejan ver, los deseos no existen y la violencia se disfraza de banalidad, lo que se nos ofrece es poco más que un relato para niños. Es verdad que por debajo de las apariencias se adivina algo menos plácido y que a veces –pocas– llega a aflorar por sorpresa. Reconozco que ese falso viático con oblea casera y aguardiente, esa hija abandonada tan aparentemente conforme con su destino así como su deserción repentina y extrema –por obra y gracia de la opulencia inesperada–, el crimen del civilizado hombre del sur a causa de sus complejos son bofetadas irónicas en medio del desierto argumental que el lector no puede por menos de agradecer, pero esto no quita para que se eche de menos un enfoque mucho más arriesgado y explícito, más complejidad y. sobre todo, más pasión. Esa que se intuye y nunca acaba de concretarse.

Del mismo autor: Agua y otros cuentos

viernes, 10 de agosto de 2018

Neil Postman: Divertirse hasta morir


Idioma original: inglés
Título original: Amusing Ourselves To Death
Año de publicación: 1985
Traducción: al catalán por Betty Alsina Keith (edición leída)
Valoración: terrorífico

Han sido varias las veces que he consultado el año de publicación de este libro. 1985. Lo he subrayado y todo en la entradilla. Cierto: un año más que ese 1984 al que parece empeñado en refutar. Impresionado por las pocas decenas de líneas del prefacio, compruebo que no sólo me impresionó a mí. Parece que sobre ese prefacio se han llegado hasta a hacer cortas historias gráficas. No es que deba alardear, por eso, de buen ojo. Este libro es uno de tantos que yo ignoraba hasta que, gracias, Un disco a la semana, leí en un artículo sobre el maduro último disco de los Arctic Monkeys,  que La broma infinita de yadeberíaissabertodosquien y este ensayo constituían las lecturas de sobremesa de Alex Turner durante la concepción de su último trabajo. Y si esta confesión supone hasta un cierto punto un reconocimiento de la permeabilidad entre expresiones creativas de los tiempos que corren, también es, de modo intrínseco, un reconocimiento más a los méritos de Neil Postman, escritor ya fallecido al que muchos podrían calificar de gurú o de visionario o de hombre por delante de su tiempo.

Porque, 1985, tened presente, es una fecha que queda unos lustros antes de la explosión de internet (templo del espejismo de la democracia informativa que tanto criticamos y sin el cual este individuo anónimo que escribe desde una terraza en Barcelona no podría ni imaginar que alguien lo leyera en unos  minutos en Bariloche, Argentina), unos años antes de que la guerra del Golfo fuera retransmitida como si fuera una final de la SuperBowl, décadas antes de que los smartphones convirtiesen a media humanidad en zombies que caminan (y cenan, y se despiertan, y conviven con sus parejas en cenas íntimas) con los ojos fijados en una pantalla de apenas un centenar de cm2.

Son 30 años antes de Trump y 30 años antes de que los programas cutres de las telecadenas comerciales pretendan colarnos a sus elementos menos sonrojantes como prescriptores literarios. Y son 20 años antes de la explosión de las RRSS. Madre mía, qué hubiera dicho este hombre de las pérdidas colosales de tiempo a que nos lleva Twitter.

Pero Postman, que nombra varias veces a Marshall McLuhan, con lo que se descarta la clásica competencia entre pensadores de polos opuestos, no prevé todos esos acontecimientos producto del implacable avance tecnólogico. Simplemente ve que el mundo va hacia ellos y que llegarán de una forma u otra y que sus consecuencias no serán todo lo buenas que podrían o que deberían y (esto ya le añado yo) que sus efectos serán irreversibles.

Cierto es que las premisas pueden ser (tres décadas antes) fáciles de establecer. Pero incluso esta afirmación queda sesgada por cómo las cosas han cambiado desde entonces. Y escribo esto cuando hace unos días la gente se reía del bloqueo de las páginas de Wikipedia en ciertos países. ¿Y cómo me informo ahora?

Postman simplemente habla de cómo la TV (y por añadidura la cultura visual) ha alterado la cultura global y el pensamiento y la capacidad de raciocinio. Y de que sus efectos iban a ser cómo los de la perca del Nilo en el famoso reportaje de hace unos años. ¿Cómo? ¿no lo ha habéis visto? Narices, mirad en Youtube. ¿En qué estaba? Ah, lo de la TV. Sí, Postman se lanza a un ensayo/estudio más consultable que necesariamente legible (servidor corrió a hacerse con una de las escasas copias disponibles una vez devolví la copia a la biblioteca*) que parte de ese brillante prefacio para definir al hombre moderno como alguien atrapado por su inagotable voracidad hacia el entretenimiento, muchas veces banal, secuestrado por todo aquello que le distrae y le ayuda a escapar, con la capacidad de pensar y de analizar lo que sucede alrededor prácticamente inhibida o teledirigida o severamente castrada, con la atención de sus sentidos amaestrada por las pautas marcadas de una manera cruelmente instintiva, como si la evolución de la especie haya sido delimitada por los medios de comunicación. No más de dos minutos sobre un tema, no más de unos segundos en un plano fijo, dame media hora en un informativo y yo te explico lo que debes saber, lo demás es superfluo, es pérdida de tiempo, es caca, es desperdicio de tu valioso tiempo como trabajador/productor/consumidor. Postman lo adereza con profusión de ejemplos basados en la evolución de la nación USA, reflejo actual (piense el lector gracias a qué sistema operativo/software/buscador está leyendo esto) del desquiciado acelerón de esta carrera, y cada uno de estos ejemplos es aplastante: se ha pasado de gente interesada en interactuar con lo que pasaba a su alrededor a trozos de carne sentados en el sofá ingiriendo comida o bebidas o snacks a la vez que ingiere lo que el programador de la cadena de turno ha decidido. Y mucha gente solamente sabe del mundo por ese medio.

En fin, no me corresponde a mí organizar un culto a visionarios como Neil Postman. Por cierto, aquí hasta los cultos televisados reciben lo suyo. Puede que hasta se quedara corto, puede que ni siquiera fuera capaz de imaginar a youtubers seguidos por decenas de millones colgando videos llamando a la gente para tomarle el pelo o visitando bosques japoneses llenos de suicidas. Puede que Postman incluso llegara a inspirar con este texto a todos esos desquiciados que son ya demasiado conscientes de que la TV (o Youtube o Instagram) es un poderoso medio de manipulación y de creación de realidades alternativas y otro cómplice más de esa mierda llamada post-verdad. La TV, las redes sociales, la cultura basada en la imagen visual y en el escaso desarrollo intelectual. Puede que nos merezcamos este mundo.

*Copia, por cierto, repleta de subrayados a lápiz, anotaciones, prácticamente podría haber reseñado el libro solamente consultando todas las notas que un lector muy desconsiderado o muy maleducado o con muchas ganas de protagonismo dejó en un libro que es de uso público.