miércoles, 16 de mayo de 2018

Fight Combo: La semilla de la bruja, de Margaret Atwood vs. La tempestad de William Shakespeare

Idioma original: inglés
Título original: The Tempest
Año de publicación:1611 (1ª representación)
Traducción/adaptación: José Hierro
Valoración: casi imprescindible






Idioma original: inglés
Título original: Hag-Seed
Año de publicación: 2016
Traducción: Miguel Temprano García
Valoración: más que recomendable

Vayamos por orden: para celebrar el 400 aniversario de la muerte de William Shakespeare, la editorial Hogarths (nada que ver con Hogwarts, potterheads, no os emocionéis) encargó a unos cuantos escritores bastante conocidos -Jo Nesbø, Gillian Flynn, Tracy Chevalier...- una serie de novelas basadas en sus obras; la autora más destacada de este grupo es, sin duda, la canadiense Margaret Atwood, que escribió La semilla de la bruja a partir de la comedia (!), un tanto hermética, La tempestad.

En segundo lugar, he de confesar que si el título de esta reseña doble induce a error, ha sido de manera premeditada por mi parte (algo tengo que hacer para conseguir que me leáis, concho, que yo no tengo followers ni haters ni nada, como mis compañeros...): aquí no hay ninguna lucha a muerte en Bangkok, ni esto se parece a una secuela de Freedy vs Jason o Alien vs. Predator, sólo que con caretas de Mrs. Atwood y del Inmortal Bardo de Stratford (me encanta esta expresión tan cursi). En realidad, lo que establecen obra de teatro y novela, o sus dos autores, si se prefiere, sería más bien un baile, un tango en el que el movimiento de uno está determinado por el  movimiento del otro bailarín. Cierto que la obra de Shakespeare es cuatro siglos anterior, por lo que sería quien marcara la parte dominante del tango, la que llevaría a su pareja, aunque sus movimientos tendrían un menor sentido sin ésta. Porque si es evidente que la novela de Atwood no podría existir sin La tempestad, lo cierto es que la novela sirve para explicar la obra, la complementa y aporta muchas claves de interpretación para aquellos que no somos, ni de lejos, expertos en Shakespeare.

Sigamos guardando un orden: La tempestad se considera una de las comedias de William Shakespeare, más que nada porque la cosa no acaba en un baño de sangre, hay algún que otro amorío y algún pequeño lío argumental. De acuerdo; pero en cualquier caso, es una comedia más bien amarga, con un aire siniestro y poco festivo, pese a algún momento de humor chocarrero, a cargo de los borrachos Trículo y Esteban y el monstruo Calibán. Éste, que en un primer momento seguramente no pasaba de verse como un personaje chusco y risible, con el tiempo se ha convertido en el más interesante e incluso central de la obra. Calibán es hijo de la bruja Sycorax, único habitante de un islote al que llegan Próspero, duque de Milán y su hija Miranda, cuando son traicionados Antonio, hermano de Próspero, y Alonso, rey de Nápoles, y abandonados en un bote en alta mar. Próspero, gracias a su dominio de la magia, consigue que Calibán le obedezca y, lo que es más importante, también Ariel, espíritu del aire, quien provoca una falsa tempestad cuando se enteran que el barco que lleva a sus antiguos enemigos se acerca. Desembarcados éstos en la isla y también Fernando, príncipe de Napóles, Próspero urde su venganza, largamente esperada...

El tema más evidente de la obra es, como se ve, la venganza. Venganza que parece justa, frente a tanta ambición y traición (no es de extrañar que El conde de Montecristo también rumiara la suya aprisionado en una isla); ahora bien, también podrían vengarse Ariel y Calibán del propio Póspero -y de hecho, al menos uno de ellos lo intenta-, ya que los ha reducido a meros criados y esclavos de sus caprichos, igual que él y su hija Miranda son esclavos del destino, que les ha recluido en un islote perdido; y reclusos de las artimañas de Próspero y Ariel son el resto de personajes... ninguno en la obra, en verdad, puede actuar de acuerdo a su libre  voluntad, constreñidos todos de una u otra manera. El tema subyacente, sería, pues, el de la libertad o la falta de ella, más bien... Claro que, ¿libertad de quién? Porque si hay algún personaje sojuzgado y humillado, ese es Calibán -en quién interpretaciones posteriores han querido ver una metáfora de los pueblos nativos americanos y africanos dominados y masacrados por Europa-, el único además que pretende revertir el orden establecido por medio de la violencia, aunque sea a costa de dejarse dominar por otro amo aún más fantoche -habría que ver por cuanto tiempo-, en una suerte de planteamiento prerrevolucionario. El contrapunto -también el complemento- a esta rabia subversiva lo pondría el viejo consejero Gonzalo, a quien le placería establecer en el islote una sociedad ideal, una utopía donde todo fuera armonía y buen rollito.



Si es Calibán el auténtico protagonista  de La tempestad, con más razón habría de serlo de la novela de Margaret Atwood, habida cuenta, además, que se titula justamente La semilla de la bruja... Pues no: el protagonismo se lo lleva aquí un alter ego de Próspero, el director teatral Felix Phillips, traicionado y apartado de su puesto como director de un festival de teatro en una localidad canadiense y que acaba recalando en un programa de alfabetización mediante la literatura para los presos del correccional Fletcher, lo que él aprovecha para montar con ellos una obra de Shakespeare cada año. Hasta que, por fin, llega el momento de interpretar La tempestad. 

Atwood centra toda su narración  en su Próspero/Felix y sus muy penosas circunstancias, con la sutileza psicológica y la perspicacia para observar los detalles que caracterizan a esta autora. Los demás personajes quedan -a excepción, quizás, de la actriz que interpreta a Miranda- reducidos a una serie de bosquejos rápidos aunque suficientemente característicos... Desopilante, por lo demás, resulta el reparto de presos que actúan en la obra, desde el vaina hasta Ocho Manos, pasando por Piernas o Lápiz Chueco... una panda, en todo caso, a la que se le coge cariño y a la que la autora trata con sumo respeto, porque si bien el humor está presente en buena parte de la novela, es un humor suave y socarrón, en ningún caso hiriente ni con los personajes más ruines (bueno, casi).

Entonces, ¿por qué se titula la novela La semilla de la bruja, en una clara referencia a nuestro ínclito Calibán? De hecho, durante toda la novela casi no se hace énfasis en este personaje... En realidad , lo que propone Atwood es que Calibán forma parte de la propia naturaleza de Próspero (de su Próspero/Felix, pero, por extensión, de todos nosotros): si Ariel se podría identificar con la parte luminosa, creativa y espiritual de la naturaleza humana, con el neocórtex más desarrollado, si se quiere, Calibán sería nuestro lado oscuro, vengativo aunque también insumiso, el cerebro reptiliano que todos tenemos ahí, más o menos escondido, hasta que, por algún motivo,  toma el control de todo nuestro ser.

En fin, una novela que tal vez no será considerada entre de las mejores obras de Margaret Atwood, pero que sin duda resulta de lo más recomendable para leer. Y a Shakespeare, claro... ; )


Otras obras de William Shakespeare reseñados en Un Libro Al Día: Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo
Porrón de reseñas de libros de Margaret Atwood en Un Libro Al Día: Aquí

martes, 15 de mayo de 2018

John Barth: El final del camino

Idioma original: inglés
Título original: The end of the road
Año de publicación: 1957
Traducción: Mariano Peyrou
Valoración: bastante recomendable

Aclaración logística: leí La ópera flotante en la edición de Península de hace unas décadas, pero ahora he acudido a esta curiosa edición de Sexto Piso, en que integra las dos primeras novelas de Barth, para leer la segunda. Decisión, por cierto, muy acertada, ya que las dos novelas tienen un cierto aire unitario, un espíritu que contribuye a cohesionar la presencia común de hombres aislados que acaban formando parte de extraños triángulos amorosos, cuestión que no deja de ser chocante en novelas que ya tienen como sesenta años y que, con la salvaguarda de la evolución social, mantienen un curioso aire vanguardista, como si esos personajes que parecen extraídos de cuadros de Edward Hopper vinieran a visitarnos a nuestro mundo de hoy en día.
Y aunque El final del camino no sea el tipo de novela que puede gustar a todo el mundo ni el tipo de novela que suele proclamarse como capital en la evolución de la literatura, resulta que deja sensaciones en el lector que no están al alcance de muchas novelas de apariencia tan modesta. Los personajes quedan definidos y casi grabados en quien lee. No solamente el trío amoroso, Jake, Joe y Rennie, también la improbable cuarta en discordia, Peggy, el misterioso Doctor al que Jake acude cuando sufre sus ataques de paralización. Pero si hasta dos objetos inanimados, la estatua del Laocoonte y el Colt que Joe posee, resultan figurar casi como personajes secundarios, tal es la capacidad de Barth para dotar de carácter a los elementos que forman parte de su narración. Y la historia puede importar, claro, pero el tinte existencialista y surrealista pesan ahí. Jacob Horner es un profesor que encuentra trabajo a expensas de las instrucciones del Doctor, misterioso personaje que lo trata, aunque parece más bien que lo seduce y lo embauca.
Las reflexiones de Jake sobre lo que le acontece oscilan desde lo filosófico hasta lo ligeramente alucinado, pero su vida se desenvuelve con una naturalidad pasmosa. Se muestra contrariado cuando, a la búsqueda de un sitio donde alojarse, el que encuentra se ajusta a la perfección a lo que pretende encontrar. Necesita, piensa, el espacio de una duda, el margen de una reflexión, como si le frustrara que las cosas sean sencillas y se le presenten sin complicaciones. Seduce con facilidad a una cuarentona, Peggy, que encuentra casi por casualidad. Intima con los Morgan, pareja a la que conoce pues Joe es compañero de trabajo. Y establece una extraña relación envenenada, nudo de la narración, guiada por una especie de lujuria que Jake no llega a explicarse, como si las circunstancias obraran siempre para hacerle caer en la trampa. La situación es incómoda y no va a tener una buena salida, pero en ese devenir Barth va soltando cargas de profundidad sobre la sociedad del momento. Ése es el detalle que hace de Barth un escritor por encima de muchos. La capacidad de perdurar por encima de las circunstancias particulares de sus novelas y de trascender en esa cualidad que me veo tan incapaz de definir como de encontrar en la gran mayoría de los escritores. De los de hoy, diría que apenas Houellebecq, Franzen y Tom McCarthy son capaces de eso: de retratar sociedades enteras, casi civilizaciones, por mera fractalización de sus puestas en escena, de colar por capilaridad vidas anónimas como representaciones universales.
Pues eso Barth ya lo hacía hace sesenta años.
Echadle un galgo.

También de Barth en ULAD: El plantador de tabaco

lunes, 14 de mayo de 2018

Afonso Cruz: La muñeca de Kokoschka

Idioma original: Portugués
Título original: A boneca de Kokoschka
Traducción: Teresa Matarranz
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

No es fácil reseñar un libro como este, no lo es. Porque es un libro que engaña desde el título. No trata ni de la vida del pintor ni de las vanguardias artísticas de la época  ni nada por el estilo. Eso sí, Koksochka y su muñeca aparecen y juegan un papel importante en el desarrollo de la novela, tanto como imagen esclarecedora como nexo de unión de las diferentes historias.

Podría empezar hablando de su argumento, diciendo en versión “resumen resumido” que este es un libro sobre la "Otredad", sobre cómo vemos, sobre cómo nos vemos y sobre cómo nos ven. Pero diciendo solo esto me quedo muy corto. 

Podría hablar también sobre la estructura del libro. Tres partes divididas en brevísimos capítulos (apenas unas líneas a veces, otras un puñado de páginas). Tres tiempos y tres (o más) lugares en los que se mezclan realidad y ficción. La vida dentro de un libro que a su vez incluye varias vidas o posibilidades de vidas, como las famosas matrioshkas o como los libros de “Elige tu propia aventura”. 

Podría hablar además sobre el estilo de Afonso Cruz: poético, fragmentario, elíptico, pero también naif, fresco y divertido. Es el clásico libro que, si no fuera porque lo pedí prestado en la biblioteca, podría haber dejado todo subrayado y pintarrajeado ya que está plagado de frases “lapidarias”, sentencias con las que llenarías tu carpeta de la adolescencia.

Y podría, por último, hablar de autores a los que me ha recordado: Kafka (palabras mayores, lo sé), Borges (aunque solo sea por esos libros dentro de libros), el también portugués Tavares y su Jerusalén o el Unai Elorriaga de “Un tranvía en SP”.

Por si queréis algún dato más: lugares como Dresden, Budapest, África, París o Lisboa y tiempos como 1945, la Europa de entreguerras, la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial...

Pero no sé si con todo lo dicho queda algo en claro. Me inclino a pensar que no. Si es así, olvidad todo lo anterior y quedaos simplemente con que “La muñeca de Kokoschka” es un muy buen libro, triste y hermoso al mismo tiempo, que bajo su apariencia de juego esconde múltiples caras y múltiples posibilidades de interpretación para el lector. Vamos, como la vida misma.

P.S.: Cómo es posible que libros tan interesantes como este pasen absolutamente desapercibidos y truños manifiestos sean considerados por la crítica especializada como "the Next Big thing"?

domingo, 13 de mayo de 2018

Henri Michaux: Un bárbaro en Asia

Idioma original: francés
Título original: Un barbare en Asie
Traducción: Jorge Luis Borges
Año de publicación: 1933
Valoración: Muy recomendable (casi casi imprescindible)

Igual todavía está usted a tiempo, porque justamente hoy se clausura en el Guggenheim de Bilbao una exposición sobre la obra gráfica de Henri Michaux. Ha sido una de las muestras que más me ha impresionado de todas las que he visto: los rasgos humanos apenas sugeridos, experimentos caligráficos que navegan entre la abstracción y el pictograma, esos paisajes surgidos de la mente alterada por la droga, todo ello siempre dominado por secuencias obsesivas, repeticiones, variaciones, que sin embargo forman un discurso coherente. Puede que el de Michaux no fuese uno de los que han quedado como grandes nombres de la historia de la pintura, como seguramente le ocurrió en las demás disciplinas artísticas en las que se introdujo. Era, como algunos otros creadores indispensables, un tipo compulsivamente forzado a experimentar, buscar formas de expresión, intentar comprender las claves de la estética.

Escribir no era una prioridad para Michaux, que a veces consideraba la palabra como un corsé, pero aun así es autor de una obra escrita relativamente amplia (muy poco traducido al castellano), y desde luego muy variada: sobre todo poesía, pero también artículos sobre sus experiencias con alucinógenos, trabajos sobre poltergeist (!), estudios sobre ideogramas, y varios libros sobre viajes, como este que tengo el placer de comentar. Esta dispersión dice también mucho sobre el carácter inquieto de Henri, que queda de manifiesto en Un bárbaro en Asia

El periplo asiático debió ser de aúpa, imagínense un viaje de más un año, realizado a principios de los 30, recorriendo la India, China, Japón, Malasia y unas cuantas islas de Indonesia. Pero aunque mantenga la etiqueta correspondiente, hay que olvidarse del ‘libro de viajes’ como normalmente se entiende. En algún sitio he leído el concepto de ‘turista espiritual’, y es justo el que le cuadra a Michaux. Con una prosa construida a base de latigazos, como apuntes sin apenas elaborar, se adentra en el alma de estos países (entonces poco contaminada por la globalización), y se detiene a examinar todo lo que se encuentra: los rostros de la gente y su forma de moverse, las líneas de sus edificios y los peces de sus acuarios, su teatro, sus creencias, su manera de vestir o de dar o pedir limosna. Es una especie de extraordinario cuaderno de campo en el que todo rebosa espontaneidad, una pizca de humor y siempre la mirada penetrante del que quiere interceptar el entorno y la vida que fluye, tal como le llega a sus sentidos. 

El ímpetu de Michaux resulta contagioso, ya se refiera a la sonoridad del sánscrito o a la belleza del Taj Mahal, el único monumento en el que se detiene en todo el libro, y al que dedica una bellísima y emocionante descripción; o su fascinación por la pintura china (otro párrafo memorable), las escalas de su música o ciertas danzas indonesias. Pero nada que ver con el viajero apologeta o, si se prefiere, con el turista bobalicón que alucina con todo lo que ve por el solo hecho de que le resulte exótico. Con la misma intensidad pero de forma igualmente ágil se muestra harto de la suciedad y la ‘fealdad’ (cualidad llamativamente genérica) de la que se siente rodeado en la India, despectivo hacia el derrotismo de sus habitantes o el conformismo chino, o deja ver su desapego hacia casi todo el panteón de divinidades que encuentra a su paso. Sin embargo, tampoco es Michaux el occidental quejoso de no encontrar las comodidades a que está acostumbrado, o acobardado ante gentes y culturas que por diferentes percibe como amenazadoras. Es siempre un observador agudo, desinhibido y a veces implacable, que no deja pasar la ocasión para reflexionar sobre el hombre europeo, que no siempre sale bien parado de las comparaciones.

Ciertamente, el capítulo dedicado a Japón es el menos afortunado, y hasta lo encabeza con un fragmento de poesía que “desearía disculpara mis malas impresiones” sobre el país. Pero es que ya desde el inicio declara la guerra, aunque lo haga con una bella figura:

“Lo que les ha faltado a los japoneses es un gran río. 'La sabiduría acompaña los ríos', dice un proverbio chino".

Más que desmerecer el texto, es el espacio nipón un pequeño bache, que casi parece producto de algún infortunio (¿le recibieron mal al llegar a puerto? ¿le sentó mal la primera comida, y desde ahí ya todo vino atravesado? ¿llovió todo el tiempo?), pero me sirve para ilustrar la potencia de la prosa, en este caso con intención demoledora. De todas formas, a la escala japonesa dedica más bien pocas páginas, y enseguida, cuando el autor contacta con los malayos (‘muchos recuerdan a los vascos’, dice el tío, nada menos), recuperamos el equilibrio y la brillantez con deliciosos comentarios sobre la forma de los tejados, o un sublime y detalladísimo examen del teatro balinés que habrá encandilado a Artaud, si es que llegó a conocerlo.

Hay desde luego autores mejor dotados para la narración, más brillantes o más ordenados, puede que hasta más seductores para el lector que busca noticias de aquellos mundos entonces casi desconocidos. Pero no me cabe ninguna duda de que para un viaje así nadie podría haber escrito un libro mejor.

sábado, 12 de mayo de 2018

Yuri Buida: Helada sangre azul

Helada sangre azulIdioma original: ruso
Título original: Синяя кровь
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

“Y los sueños… ¿Qué le queda al hombre ruso si lo privas de la India? ¿De los dulces violines? Los sueños son tan necesarios como las vacas, sin ellos no sobrevives…” *



Aunque el título pueda inducir a error, esta novela no es ninguna crítica a una aristocracia –por otra parte, inexistente en Rusia en los años que tiene lugar la acción– pues su sentido es del todo metafórico. Sobre la sangre azul se dice:

“Dominar los corazones exige poseer fuerza, una fuerza especial. Una fuerza que suelen tener aquellos que son desalmados, las personas de helada sangre azul.”
“La sangre roja, caliente, sube a la cabeza, inspira ideas e imágenes, y a veces lleva a la locura. La sangre azul, helada, es la maestría, el dominio, el cálculo…”
“Solo una persona puede obligar a esa multitud a hacer lo que él desea. Un hombre de helada sangre azul”. *

Es la sangre de quienes ostentan el poder pero también de los que resisten los embates de la vida. Gotas de helada sangre azul corren por las venas de la protagonista. También por las de su segundo marido, el general Jolúpiev, miembro de una dinastía singular. En torno a Jolúpiev-padre gira una de las leyendas más sugestivas del relato, su nieto acabará interpretando un papel fundamental en el destino de unas cuantas personas.
Pero no adelantemos acontecimientos. El texto íntegro se puede interpretar como una gran matrioshka en cuyo interior se alojan otras muchas –la de Hanna entrando en el buque Hyderabad vestida de novia para presenciar una escena terrible, la de los hermanos verdugos, la Bella Durmiente, el Batallón de los Leprosos encabezado por Aleksandr, padre de Ida, la de su mujer, la Potranca, la de Zhgut, el niño-rata, la de los músicos que mueren congelados porque nadie les permitió descansar, la de las tórtolas, la de aquella nevada sangrienta, y otras muchas a cual más evocadora y simbólica– con una protagonista directa o indirecta, Ida Zmoiro.
Alrededor de ella desfila una multitud de personajes –cuya descripción a veces raya la caricatura y hasta se acerca al esperpento valleinclanesco (“…calzaba unos zapatos deteriorados que se habían deformado tiempo atrás y hacían pensar en las pezuñas de un animal prehistórico, en unas pezuñas que se estaban pudriendo”) que pululan por la trama principal o por las secundarias componiendo un microcosmos que, aunque presentado por un narrador-testigo, se transmite en forma de panorámica, como si el lector contemplase la localidad de Chúdov, Moscú, incluso algún lugar de Europa, desde algún punto fuera del planeta. Esa sensación de distancia, que nos muestra a los personajes como hormigas apasionadas y afanosas, no se produce únicamente por su carácter semi-coral, también por un enfoque muy particular que no se detiene en descripciones de lugares o escenas concretos, pues su estrategia es ir al grano, enfrentándonos con la mayor contundencia a los hechos mediante constantes giros argumentales que no dan tregua al lector. Para acabar de complicarlo, bajo un aparente orden cronológico se esconde un rompecabezas que cada uno debe interpretar por sí mismo.
Esta epopeya humilde, sin la grandeza de las gestas heroicas no sería lo que es si diese la espalda al elemento mágico. A través de él, Buida sobrepasa el tiempo y desborda la lógica para trasladarnos su visión sobre el carácter de las personas, acontecimientos universales y locales, el pasado y el futuro, mejor de lo que le permitiría el realismo más estricto. Para embarcarse en su lectura hace falta despojarse de prejuicios y recuperar esa mirada infantil que se enfrentaba con naturalidad a monstruos, jardines encantados y hadas madrinas, aunque como es lógico lo que vamos a encontrar aquí es mucho menos amable. 
A todo esto ¿quién es Ida Zmoiro? Su amigo Kabo dice de ella que todo lo que posee y lo que le falta se debe a su faceta de actriz. De ahí esa constante actitud didáctica y protectora que la distingue del resto. Pues “un actor no es un solo mundo, es un cruce de mundos, el actor nace y existe en la frontera de los mundos porque tal como es, no es nadie”. “Los actores no son del todo humanos, hay que aceptarlo.” Con esto entendemos que la auténtica función de Ida Zamoiro en esta novela consiste en ser un simple receptáculo de historias, la encrucijada donde convergen el pasado el presente y el futuro- Se trata de metaliteratura en estado puro personificada en una mujer singular. Una mujer que ve segada una prometedora carrera de actriz debido a una huella indeleble en el rostro, que lee febrilmente en ciertas épocas y retiene en la memoria las grandes obras dramáticas, estéril con conciencia de serlo (una de sus lecturas es, precisamente, Yerma). Helada sangre azul es la crónica de su lucha constante –la de ella y en realidad la de todos nosotros–, primero por satisfacer sus ideales, después por preservar su identidad, finalmente por sobrevivir en medio del caos.
Los hechos tienen lugar durante el mandato de Stalin (la mayor parte) y de Jruschov, con todo lo que ello significa, hasta la destitución de este y más allá. El receptáculo que aloja a ese enjambre de seres que se casan, se divorcian y mueren todo el tiempo es la pequeña y mísera localidad de Chúdov –que, según creo, es Milagro en ruso–, con su concreta cartografía, su consistencia real y hasta prosaica, que funciona también como territorio mítico dónde cualquier cosa puede ocurrir Moscú, omnipresente en el imaginario de sus habitantes, representa el paraíso al que solo llega quien triunfa. Se alude también al extranjero, como tierra de perversión desconocida y ajena, que tienta en un principio y la que se renuncia más pronto que tarde.
Una trama conmovedora que transcurre a velocidad de vértigo –aunque sobre ciertos motivos se vuelva una y otra vez en un esquema rítmico con un contenido algo canalla, y a pesar de todo poético– obligándonos a prestar más atención que de costumbre. Un derroche de historias que se irán transformando en recuerdos hasta que suceda eso que el narrador, Alex, denomina la facultad rusa de olvidar o hasta que se produzca el definitivo ajuste de cuentas.

(*) Traducción de Yulia Dobrovolskaya

viernes, 11 de mayo de 2018

James Herbert: Las ratas

Idioma original: Inglés  
Título original: The rats
Traductora: Lupe Tellechea del Puerto 
Año de publicación: 1974
Valoración: Está bien 

James Herbert hizo la competencia al mismísimo Stephen King en lo que a ventas se refiere. Y con su primera novela, Las ratas. Empezó a escribirla a los 28 años. La presentó a seis editoriales, hasta que una de ellas se decidió a publicarla. El libro cosechó un éxito tremendo, y su autor lo convertiría en la primera parte de una trilogía.

Además de popularidad entre los lectores, Las ratas despertó admiración dentro del sector literario. Aunque está plagada de una violencia explícita bastante habitual en la literatura de terror de la época, introdujo una novedad: zambullir a un protagonista normal en una situación tan espeluznante como verosímil. Esta aura de realidad sedujo a muchísimos escritores de género, los cuales acabarían por implementarla en sus historias. Pienso en autores como el ya mencionado Stephen King o Dean R. Koontz

Dicho esto, vamos al argumento del libro: Londres se ve infestado por una nueva especie de ratas. Estas ratas son más grandes y oscuras que las que se pueden ver en los muelles, no parecen tener miedo de las personas y se alimentan de carne humana. Encima, hay un brillo malicioso en su mirada. Como lo oís, ¡estas alimañas hacen que los roedores de El pozo y el péndulo parezcan unos adorables cachorritos!

El caso es que Harris, un profesor de arte, acabará luchando contra tan temible plaga. Y si os presento a Harris es  porque, aunque estamos ante una novela coral, es el protagonista indiscutible de la misma. No es un personaje demasiado profundo, pero es fácil cogerle cariño. De hecho, James Herbert se empeña en que simpaticemos con él. A veces, volviéndolo una fantasía de poder; en otras ocasiones, sometiéndole a escenas tan moñas como innecesarias con su novia. Ardides estos literariamente chapuceros, si se me permite. En todo caso, pero, los trucos del escritor funcionan, y sufrimos por Harris cada vez que su vida peligra; si, además, se la está jugando por una causa noble, ya ni te digo.

Como aspecto negativo de este libro mencionaría el intento frustrado de James Herbert por conceder algo de profundidad al texto. Parece que el autor está a punto de emplear a las ratas como metáfora con la que reflexionar sobre la Humanidad (devastada aquí por la Segunda Guerra Mundial) y su implacable deseo de sobrevivir. A la postre, pero, jamás se llega a insistir en esta deriva. Ni en esta, ni en ninguna otra, en verdad. Y es una lástima, porque se hubiera podido aportar a la obra un mensaje poderoso, y dotarla de mayor interés literario. Aunque, ahora que lo pienso, quizás mejor que la cosa quede de este modo, así, sencilla. Autores de terror como Dean R. Koontz, por ejemplo, acaban volviendo risibles y pretenciosas a sus historias al meterles con calzador algo de sociología de manual, o al decir a través de ellas algún tópico de una simpleza sonrojante. Así pues, lo que en otro tipo de literatura sería un problema, aquí no es para tanto. ¿Que no hay un mensaje? ¡Da igual, yo sólo vengo a entretenerme, y con mucha honra!

Y es que, al final, Las ratas es lo que es: una novela disfrutable. Ni más, ni menos. Tiene personajes que, sin ser para nada interesantes, logran que empatices con ellos. Asimismo, nos granjea alguna que otra escena memorable (el asalto de los roedores a la escuela es increíble, y la "batalla final", ya ni te cuento). Garantizado: un pasatiempo estupendo, que, para colmo, sentó escuela en su momento. ¿Se puede pedir más para una tarde soleada? 

Por cierto, antes de acabar, no querría dejar pasar la oportunidad de felicitar a La Biblioteca de Carfax, editorial independiente que apunta maneras, por rescatar a esta obra. Sin duda, le va que ni pintado a su catálogo, volcado en la difusión del terror a nivel patrio. Hasta ahora, esta tarea quedaba relegada mayoritariamente a la legendaria Valdemar, y es una gozada contemplar como tantas jóvenes promesas -La Biblioteca de Carfax, Dilatando Mentes, Cerbero...- han venido a echar una mano. ¡Seguid así! Por último, volviendo a Las ratas, también querría destacar que la ilustración de la cubierta, de Rafael Martín Coronel, es maravillosa. ¡Y el diseño de la colección me encanta!

jueves, 10 de mayo de 2018

José Eduardo Agualusa: El vendedor de pasados


Idioma original: portugués
Título original: O vendedor de passados
Año de publicación: 2009
Traducción: Rosa Martínez Alfaro
Valoración: está bien

Para que luego alguien dude de la utilidad de este epatante y bienaventurado blog: yo, por ejemplo, no tenía ni idea sobre ningún escritor angoleño en lengua portuguesa (bueno, ni africano en lengua portuguesa y sobre  pocos en lengua portuguesa, en general), hasta que nuestro compañero Santi, a quien la Audiencia Nacional salvaguarde muchos años, reseñó hace no mucho una novela de José Eduardo Agualusa; como tenía a mano otro libro del susodicho y tenía buena pinta, pues ahí que me lancé, a ver qué tal...

Una vez leído este El vendedor de pasados, el caso es que no sé muy bien qué decir. Había pensado pergeñar un discurso más o menos aparente sobre el fondo, la forma y el estilo que le viniera al pelo a esta reseña y le dotara de un cierto empaque teórico, pero me temo que no seré capaz... Aunque, bueno, tira que te va: por de pronto, sobre el estilo cabe señalar que Agualusa, sin llegar a ser un virtuoso, "escribe bonito"; un pelín abarrocado, si se quiere, pero algún exceso florido le viene bien a una historia que se desarrolla en la tropical Luanda y en un escenario -una vieja casa abarrotada de libros y recuerdos- cuyo ambiente tira a cierta decadencia.

Además, en principio el estilo parece adecuarse bien a una novela en la que encontramos elementos que podemos adscribir, más o menos,  al "realismo mágico": desde la propia figura del narrador -no diré aquí de quién se trata, aunque tampoco es un misterio que se mantenga mucho rato-, la frecuente alusión al mundo  onírico o el personaje que da título al libro, Félix Ventura, un albino adoptado por un librero y que tiene como curioso oficio inventarse para sus clientes pasados y ancestros ilustres o al menos resultones. Bien mirado, esta dedicación más parece sacado de un relato de Borges -de hecho, la novela se abre con una cita de este autor-; es más, frente a la exuberancia argumental que cabría esperar, pronto la historia se revela como la relación casi geométrica entre unos pocos personajes, cuatro sin contar con el testigo-narrador, que componen una trama casi abstracta, una jugada de billar francés (sí, ya sé que se juega sólo con tres bolas...), que funcionaría con independencia del lugar donde se encontrase ambientada: es Angola, pero podría ser en la España post-franquista, en la Yugoslavia de ahora mismo o en Argentina tras la dictadura militar... 

De ahí mi despiste: un estilo barroco y tropical no parece lo más adecuado para una historia que resulta más apta para un drama teatral stridbergiano. Sin embargo, también debo decir que la impresión final no es negativa: de algún modo se impone la calidad de la prosa sobre esta disociación que puede haber (o no, no deja de ser una impresión subjetiva) entre el fondo y la forma. Eso sí, cierto desconcierto no lo he podido evitar.


Más títulos de José Eduardo Agualusa reseñados en Un Libro Al Día: A feira dos assombrados, Teoría general del olvidoUn extraño en Goa