Mostrando entradas con la etiqueta true crime. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta true crime. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de junio de 2026

Fight Combo: Douglas vs. Ressler

Como uno de los muchos seguidores (ya casi nostálgicos) de la serie de Netflix Mindhunter (1), después de verla por primera vez me dediqué a investigar un poco sobre los investigadores reales del FBI que habían inspirado a los personajes de Holden Ford y Bill Tench. A uno de ellos, Robert Ressler, en el que se basa el bueno de Bill, ya lo conocía de un reportaje que vi hace tiempo en RTVE. Del otro, John Douglas -Holden Ford, para entendernos- no tenía noticia, pero resulta que es quien escribió el libro, junto al cineasta y escritor Mark Olshaker, que dio pie a esta serie ya de culto. También Ressler, por su parte, ha escrito varios libros, pero junto a Douglas y a Ann Burgess -la enfermera psiquiátrica que se supone inspiró a la doctora Wendy Carr de la serie- tan sólo el "manual" Homicidio sexual: patrones y motivos, de 1988. Es más, en las entrevistas  de ambos que leí no hacían ninguna referencia el uno del otro, pese a la estrecha vinculación que se les puede suponer, habiendo vivido juntos momentos tan intensos en sus entrevistas a los asesinos más pavorosos, en su época, de Estados Unidos. Así que me dije "cuate, aquí hay tomate" y no sólo el de la portada del libro de Douglas, por lo que, cuando he tenido oportunidad, he leído un libro de cada uno (tienen varios) para ver si lograba dilucidar esta curiosidad mía... Bueno, y por si había salseo, tampoco os voy a engañar.


Idioma original: inglés

Título original: Mindhunter. Inside the FBI elite serial crimen unit

Año de publicación: 1995

Traducción: Ana Guelbenzu

Valoración: bastante recomendable

Se supone que, de la pareja de investigadores del FBI que,  a finales de los 70, comenzaron a llevar a cabo entrevistas a los presos más violentos de EE.UU., sobre todo asesinos masivos y en serie, y que desarrollaron el trazado de perfiles de autores de crímenes, John Douglas -igual que Holden Ford- era el más egocéntrico y deseoso de atención de los dos. Por tanto, comencé la lectura del libro con cierta prevención... Y es cierto que se trata, en buena medida, de una autobiografía y, sobre todo, un recorrido por la carrera profesional del señor Douglas -con fotos al final del libro, por si fuera poco- ; los primeros capítulos, por ejemplo, se dedican, de una manera innecesariamente exhaustiva, a contarnos su infancia y juventud, su poco fructífero -al menos, en lo académico- paso por la universidad y su más aprovechado servicio en las Fuerzas Aéreas (en las que no vio un avión ni mucho menos un combate ni en pintura). Pero el caso es que, ya sea por la simpatía del autor o por el buen hacer del otro coautor, para cuando nos metemos en la harina criminal, Douglas ha conseguido caer bastante bien al lector (al menos en mi caso) y a partoir de ahí ya todo es remar a favor de corriente. 

Su paso como agente de calle en Milwaukee tiene cierto interés (es curioso pensar, además, que pudo cruzarse alguna vez por la calle con un jovencito Jeffrey Dahmer), pero es cuando pasó a la célebre Unidad de Ciencias del Comportamiento de Quantico cuando el libro toma vuelo y asistimos, aunque de forma más directa, a lo que los espectadores de la serie ya conocemos de sobra: las entrevistas a Ed Kemper, Charlie Manson, Jeff Brudos, Richard Speck, Berkowitz y demás star system del "serialkillismo"... Puede resultar muy interesante, por cierto, para los fans de la serie, comprobar cómo determinadas escenas o giros de guión ya están presentes en el libro, aunque en ocasiones de una forma diferente o con otros protagonistas. Pero pronto Douglas -bueno, y Olshaker- se pasa al tema que realmente le interesa: cómo se pueden utilizar todo el estudio que hicieron del comportamiento de estos criminales y el desarrollo del análisis de perfiles para la identificación y captura de otros asesinos, a ser posible antes de que hagan más daño. Los autores nos muestran un montón de ejemplos, empezando por un terrible suceso que también aparece en la serie: el asesinato de decenas de niños negros en Atlanta a comienzos de los años 80; pero también encontramos  muchos otros casos, de una variada tipología, desde violadores y destripadores a envenenadores de fármacos, secuestradores, acosadores de políticos, etc. Toda una fiesta del crimen, vaya... Hay que decir, en honor de Douglas, que en el último capítulo reconoce que sus métodos no son infalibles y que, por desgracia, no siempre se consigue atrapar a los psychokillers más peligrosos. Como ejemplo, pone dos casos en los que trabajó, sin éxito: el del llamado asesino de Green River y el de BTK, en el Medio Oeste. aunque debo hacer ver, sin embargo, que cuando Douglas y Olshaker publicaron este libro, estos dos asesinos (de lo peorcito que ha habido en el panorama de los serial killers, si cabe hacer una clasificación) aún no habían sido atrapados, pero unos años más tarde, por suerte, sí que lo fueron. Es obligado señalar que, pese a la fama de estrellita que se le suele atribuir a Douglas (aparecía de vez en cuando en la tele y fue asesor de películas como El silencio de los corderos), da la impresión de ser un tipo con los pies en la tierra sobre el crimen, ni "buenista" -ha visto demasiado para confiar en la bondad humana-, ni tampoco partidario de la mano dura sin más. Más bien considera que muchos criminales no habrían llegado a serlo si hubieran crecido en un entorno familiar estable y feliz, si hubiera un sistema adecuado de servicios sociales para poder detectar los problemas y encauzarlos adecuadamente, y si muchos hombres (que son la inmensísima mayoría de los criminales de este tipo) no viviesen inmersos en un estado de frustración y en un complejo de inferioridad permanente, de tal forma que sus anhelos de control y poder están en la raíz de tantas violaciones y asesinatos.

Porque, incluso para un señoro heteropatriarcal, etc. como soy yo, el testimonio de este otro más que señoro (pues cuenta ya con más de 80 años) no deja de resultarle, al fin y al cabo, como una especie de parte de guerra contra las mujeres. Quitando, por ejemplo, el ya mencionado asesinato de niños de Atlanta y algún que otro caso en el que se dio muerte a varones, aunque como "daños colaterales", si se me permite tan desalmada expresión, la sensación que deja el libro es la de ser una crónica de un feminicidio más sistemático de lo que parece, llevado a cabo por los miembros más extremistas (el "brazo armado", por decirlo así) de una sociedad profundamente misógina. Niñas, mujeres adultas, ancianas, estudiantes, prostitutas... Da igual la tipología de las víctimas, ya sea según la edad o "factor de riesgo" (este concepto es un tanto escurridizo, pero es innegable que una trabajadora sexual tiene más posibilidades de ser atacada que, por ejemplo, una maestra de escuela); el mundo parece decidido a meter a sus mujeres en cintura y para hacerlo suelta de vez en cuando a sus "perros locos" (figuradamente, quiero decir, pues Douglas no piensa que la mayoría de estos asesinos estén locos, en un sentido legal del término).

Visto para sentencia (es un decir) Mindhunter, vamos ahora con otro libro escrito por la pareja profesional de Douglas, Robert Ressler, esta vez junto al escritor Tom Shachtman:

Idioma original: inglés

Título original: I Have Lived in the Monster-

Año de publicación: 1998

Traducción: María Faidella

Valoración: entre recomendable (para interesados) y está bien

Para ser riguroso, debería haber leído El que lucha con monstruos, libro de Robert K. Ressler (el Bill de la serie, para entendernos), en el que explica todo este proceso de investigaación, las entrevistas con asesinos, etc. Es decir, el equivalente al libro de Douglas... así que, por no repetir exactamente lo mismo y tener una visión complementaria del asunto, me decanté por este Dentro del monstruo, en el que Ressler -también junto a otro escritor digamos "profesional"- nos cuenta su carrera como consultor privado, una vez jubilado del FBI (bueno, por no repetir los temas y porque éste es el libro suyo que encontré, no os voy a engañar). Por cierto que, año igual que el otro libro reseñado, éste éste cuenta al final con una serie de fotos ilustrativas, alguna de las cuales bien se podrían -o incluso debería- haber ahorrado.

He de decir que este libro es un tanto más desorganizado que el de Douglas y Olshaker (aunque repito que la comparación adecuada debería ser con El que lucha con monstruos-; en principio, en él Ressler hace un repaso a los casos más señeros en los que ha intervenido, de una forma u otra, desde que dejó el FBI, tanto en EE.UU. como en Europa, Japón y Sudáfrica. No todos esto casos, en realidad, se refieren a lo que conocemos como "asesinos en serie" (término acuñado por el propio Ressler, si bien parece que recogiendo la idea de un investigador alemán del periodo de entreguerras), sino que nos habla también de casos de parricidio, los atentados con gas sarín en el metro de Tokio, algún homicidio imprudente bastante lescandaloso, etc. Aunque la parte mollar del libro sí que está dedicada a los serial killers, tanto con una historia o relación de los mismos antes de que la Unidad de Ciencias del Comportamiento se pusiera a estudiarlos como con dos entrevistas de lo más llamativas, a los más que célebres John Wayne Gacy, el "Payaso Asesino" -que, curiosamente, había vivido en el mismo vecindario que Ressler durante su infancia y juventud- y el apuesto galán que aparece en la cubierta del libro, el llamado "Carnicero de Milwaukee", Jeffrey Dahmer, uno de los asesinos en serie que más atención ha recibido en los ultimos tiempos, inspirador de novelas, series de televivión y cómics. precisamente la inclusión de estas entrevistass a dos asesinos cuyas víctimas eran varones jóvenes y también que se nos cuente otros casos similares, como el del asesino de hombres gays de Kensington o el de adolescentes negros en Ciudad del Cabo ace que, con este libro la sensación de estar leyendo la crónica de un feminicidio no sea tan intensa como con el otro (en este último caso, además, parece que nos encontremos ante una especie de "metasesino", que se guía por las indicaciones que encuentra, justamente, en otros libros de Ressler).

En general el libro de Ressler y Shatchman no parece tan bien organizado, cronológica y temáticamente, como el de Douglas y Olshaker (repito que quizás el equivalentew será más bien su otro libro, anteriormente citado); si bien denota una mayor profundidad en el análisis psicológico, el conjunto da una sensación más de un cúmulo de "batallitas" contadas por un señor jubilado -batallitas sobre investigaciones criminales y asesinos en serie, claro, que no es que se dedicara a contemplar obras-, preocupado, sobre todo, por dejar bien limpio su nombre en el tema de sus actividades como consultor. A este respecto, es muy puntilloso, por ejemplo, al exolicar su actuación en el caso del asesinato de una joven madre en el parque de Wimbledon Common, en Londres, en el que una añagaza del periódico sensacionalista The Sun le puso en un situación incómoda. pero, sobre todo, busca responder a las críticas que, por lo visto, le hacían algunos de sus antiguos compañeros del FBI, porque sus servicios de experto a veces eran requeridos por las defensas de los presuntos asesinos -es el caso, por ejemplo, de lo ocurrido con Dahmer, aunque en ese caso, lo que trataba de probar la defensa no era su inoncia, sino que el tipo estaba totalmente cucú bananas enajenado a la hora de cometer sus crímenes-; de ahí que en un momento determinado afirme que  "los celos profesionales son duraderos y no es fácil erradicarlos". Por si no quedaba claro lo que habia escrito unas páginas antes: "Algunos antiguos colegas míos del FBI han hecho circular que he ido en busca de trabajos como 'testigo experto' (...)". Cosa que él se preocupa mucho de desmentir una y otra vez.

Si se refierea de esta forma a su ex-compi John Douglas es difícil de decir, puesto que en todo el libro Ressler sólo lo menciona en una ocasión. Douglas, en cambio, sí que habla varias veces de Ressler, aunque como si se tratara de un colega más de la Unidad, como también menciona a muchos otros -Roy Hazelwood, Park Dietz, etc.-,  no tanto como el compañero de tantas horas de viaje a lo largo y ancho de EE.UU. y, sobre todo, el que se había metido con él en pequeñas salas de un montón de prisiones a entrevistar a los asesinos más temibles que se conocían por entonces (quiero decir, fuera de los que podían encontrarse en el gobierno y las Fuerzas Armadas de su país). En algún momento difiere de la opinión de Ressler con respecto a la salud mental de Jeffrey Dahmer y menciona, como quien no quiere la cosa, cierto juicio de asesinato en Seattleen el que los dos iban a declarar, en lados opuestos del proceso penal y, por lo que sea, Ressler decició no hacerlo... 

Por otro lado, en El que lucha con monstruos (aunque repito que no lo he leído) al parecer Ressler contradice en algunos detalles la versión de Douglas de a quién se le ocurrió qué en sus entrevistas con diversos serial killers... En fin, digamos que, sin que se expliciten sus diferencias y tampoco ninguno le falte al respeto al otro, parece claro que, a partir de un determinado momento no había lo que se dice el mejor de los rollos entre ambos. Lo que no sé es que pudieron pensar sobre los personajes de la serie que inspiraron sus figuras: bueno, perdón, en realidad, sí sabemos lo que pensó Robert Ressler: nada en absoluto, porque falleció en 2013, antes de que se rodase dicha serie. En cuanto a John Douglas, lo único que he podido encontrar es que no le parecía mal (aunque quien la haya visto seguramente encontrará al personaje de Holden Ford brillante, pero también bastante más cargante que el de Bill Tench... es decir, Ressler). Pero Douglas tiene ya 80 años y probablemente y más aún después de loq ue ha visto, se encuentra ya por encima de las vanidades del mundo (no se puede decir lo mismo de todos los señoros norteamericanos de su generacíón... y que cada cual piense en quien quiera). 

(1) Para los "muy cafeteros": sabed que, si bien parece que la serie no tendrá continuación como tal, de vez en cuando si que salen rumores de que David Fincher podría dirigir una o varias películas-secuelas de la misma... Crucemos los dedos, a ver si es cierto.

(1 bis) Para los "muy pero que muy cafeteros" le podéis echar un ojo, si no lo habéis hecho ya, a otra serie de Netflix, la muy cinéfila a la par que repugnante  Monstruo: la historia de Ed Gein, sobre este célebre asesino -entre otras cosas-, y en concreto, al final de la misma (el chivatazo hay que agradecérselo a Oriol, por cierto).

domingo, 15 de enero de 2023

Selva Almada: Chicas muertas

Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: sin duda, recomendable

Este libro no es fácil de leer. Y no porque esté mal escrito o su estilo resulte demasiado farragos -todo lo contrario, en realidad-, sino porque de lo que trata resulta demasiado doloroso y cercano, pese a que se remonte a acontecimientos que tuvieron lugar en Argentina hace 40 años. Pero tanto en Argentina como en España o en cualquier otro país sucesos como los que nos cuenta este libro aparecen con mayor o menor frecuencia en los medios de comunicación y, además, por suerte, nuestra sociedad, salvo algunos desalmados que encima hacen alarde de ello, parece más  concienciada sobre este problema ahora que en los años a los que se remonta el libro de Almada. Lo que no significa, por desgracia, que el problema haya desaparecido o siquiera reducido, como es obvio...

Selva Almada parte aquí de un recuerdo de su adolescencia, allá por lo 80 del siglo XX, el asesinato en su propia cama, mientras dormía, de Andrea Danne, una joven de un pueblo cercano al suyo, en la provincia de Entre Ríos, para hacer un escalofriante recorrido por los feminicidios ocurridos en Argentina tanto en aquellos años como aún hoy en día. Sobre todo se centra este libro, a medio camino de la denuncia social, el relato periodístico o de no ficción y las memorias personales (aunque no creo que quepa hablar aquí de autoficción o "literatura del yo", salvo en algún momento puntual) , en el asesinato de Andrea y también en los de otras dos chicas, ocurridos asimismo en esos años 80  y en localidades pequeñas del interior argentino -de Entre Ríos y el Chaco- e igualmente sin resolver: de Sarita Mundín y de la jovencísima -tan sólo quince años- María Luisa Quevedo.

La aurora estudia los expedientes y la prensa de la época, recoge las declaraciones deposibles testigos,se entrevista con familiares de las víctimas, visita algunos de los lugares donde sucedieron los hechos e incluso consulta a una vidente-tarotista sobre las chicas muertas. No llega a ninguna conclusión sobre la identidad de los culpables de esas muertes -aunque sí se habla de ciertos sospechosos-; lo que predomina en el libro,  más que la intriga de una investigación  detectivesca, es un tono de tristeza y compasión por las víctimas, de denuncia serena de todos los crímenes de este tipo que han sucedido desde entonces y todavía hoy. Porque, además de recordar y revisar los casos de estas tres chicas, Almada va desgranándonos la lista de lo acaecido a muchas otras, secuestradas, violadas, asesinadas... no ya por desconocidos, sino también por novios, amantes o maridos. Una pléyade de de víctimas cuyo número no parece reducirse con el tiempo.

Un libro éste de, desgraciadamente,  no ficción, que, como digo, tampoco puede calificarse de "literatura del yo", pese a qué la autora también nos refiera incidentes que le sucedieron a ella o a mujeres cercanas y que pudieron acabar en tragedia,  puesto que aquí su "yo" personal se diluye en un "nosotras", colectivo y femenino,  en el que todas las mujeres son potenciales víctimas del machismo imperante y su destino, tan sólo una cuestión de suerte, no la consecuencia de lo que hagan, hayan hecho o dejado de hacer...

Un libro, repito, doloroso y triste.


Otros libros de Selva Almada reseñados en este blog: Ladrilleros, No es un río

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Paco Villar: El asesino anda suelto

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021
Valoración: Recomendable para interesados

El "true crime" en general me gusta, pero encuentro particularmente fascinantes los casos sin resolver. Diez de éstos compila El asesino anda suelto, de Paco Villar. Todos sucedieron en la Barcelona franquista. Todos nos permiten seguir, paso a paso, las pesquisas de la Policía y el juez de instrucción. Algunos incorporan, incluso, imágenes del sumario. 

Se refleja el periodo histórico que sirve de telón de fondo a dichos casos en, por ejemplo, la nomenclatura de lugares desaparecidos, el uso de expresiones castizas extintas, el recelo a la hora de hablar de política o la afirmación casual por parte de las autoridades de que el catalán es un «dialecto».

La única pega que le pondría al libro de Villar es que tiene cierta tendencia a reiterar información que ya había dado al lector. Detalle minúsculo, en todo caso, que no impide que los amantes de la temática aquí expuesta disfrutemos de lo lindo con esta amena a la par que asequible lectura.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Jean Teulé: Fleur de tonnerre

Idioma: francés
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable

Serial-killers ha habido en todos los países y épocas, pero, reconozcamos  que los que han tenido un cierto estilo propio, diferente, han sido los franceses; a los spaniards no se les ha quitado nunca el pelo de la dehesa -ay, ese Sacamantecas alavés- y los norteamericanos han sido siempre unos peliculeros, incluso antes de que Hollywood se fijara en ellos. Pero los franceses, incluso cuando han sido especialmente sanguinarios, han tenido un je-ne-sais-quoi... Ahí tenemos, por ejemplo a los celebérrimos y estilosos Gilles de Rais, conocido como Barbazul, o el asesino de viudas Landrú  o a la marquesa de Brinvilliers. Ahora bien, el récord de asesinatos (si descartamos, claro está a los miles o millones de muertos de los que fueron responsables reyes, emperadores, generales y revolucionarios) se supone que lo tiene la adivina Catherine Monvoisin, que lideraba una organización de envenenadores durante el reinado de Luis XIV.

A un nivel más artesanal, aunque, debido a la modestia de sus circunstancias, de gran mérito criminal, encontramos a la protagonista de este libro: la joven cocinera Hélène Jégado, "el Ángel envenenador" o "Fleur de tonnerre" -Flor de tormenta-, que durante la primera mitad del siglo XIX se dedicó a sembrar de cadáveres su Bretaña natal, allá por dónde pasaba en su a la fuerza constate devenir. Fue condenada y guillotinada en Rennes en 1852, por cinco asesinatos, aunque se la supone autora de al menos 37 y puede que incluso llegara a la sesentena de crímenes.¿Por qué hablo de cierto "toque francés", en este caso? Pues porque Fleur de tonnerre conseguía trabajo como cocinera en casa de sus víctimas merced a su encanto de jeune fillette -por lo menos en sus primeros años de carrera criminal- para luego envenenar con arsénico los suculentos platillos que preparaba para ellos, en especial la soupe -aux-herbes y un gâteaux de su invención... ¿Acaso hay algo más francés que una asesina gastronómica? Así, iba recorriendo Bretaña, de rectoría en convento y de casa burguesa en hotel, sin olvidar alguna temporada en...ejem, un burdel para soldados y marineros -quizás las mejores páginas del libro, por cierto-; por todas partes iba dejando su rastro de muerte. lo mismo le daba finiquitar a hombres que a mujeres, niños que ancianos, gente de postín que mendigos... Lo curioso, o al menos lo que más sorprende la esta novela o biografía novelada, es que las fuerzas del orden público no fueran capaces de pillarla antes, dado que nunca utilizó otro nombre que el suyo y se movía en un ámbito geográfico hoy reducido (aunque es cierto que hace doscientos años las comunicaciones en la Bretaña rural no debían de ser especialmente fáciles). También se puede disculpar la aparente incompetencia de muchos médicos, que atribuían los fallecimientos a diversas enfermedades, como el cólera, puesto que en aquel momento las epidemias aún eran frecuentes, dada la escasa implantación de medidas higiénicas y que las vacunas aún estaban en una época inicial de su desarrollo (vamos, que hubiese sido la época ideal para Miguel Bosé y demás magufos); es decir, que era habitual palmarla sin que se supiera muy bien por qué...

He escrito que ésta era una asesina típicamente francesa, pero en realidad Fleur de tonnerre -al menos la de la novela- ni siquiera sabía dónde estaba Francia: ella era bretona y fue la cultura bretona la que había dado forma a su sociopatía a través de todos esos míticos y maliciosos seres célticos sobre los que la niña Hélène oía contar historias cada noche al calor del hogar familiar: las sirenas y hadas, los korrigans o los peludos y danzarines poulpiquets... y sobre todo, el Ankou, el servidor de la Muerte (lo correcto sería llamarle "psicopompo", pero me da la risa), que viene a llevarse a los fallecidos en su carro chirriante... identificada con este personaje, Hélène Jégado se dedicó a ir cosechando almas como quien recoge flores del campo. Muy arraigada en la relación de la cultura celta con la muerte, esta historia podría considerarse también una metáfora sobre el mundo antiguo que se defiende ante el avance implacable de la modernidad -el idioma francés, la vida urbana, los avances técnicos-... si no fuera porque sabemos que está basada en la realidad histórica (*).

Tampoco es que todo sea tétrico en este libro, ni mucho menos; hay mucho humor, incluso cuando se cuenta la comisión de los asesinatos. Y además, el autor ha introducido a dos personajes un tanto bufonescos que aparecen a lo largo de toda la historia: unos peluqueros normandos (aparte de la proverbial rivalidad, entre las dos regiones, Teulé también es normando) a los que les ocurren toda clase de desgracias y trapisondas. La propia Fleur de tonnerre, pese a sus crímenes, es un personaje que no cae mal, sobre todo cuando es más joven, y el lector casi que tiene ganas de que salga indemne de sus muchas fechorías. Vana esperanza, pues ya se sabe cómo acabó... eso sí, afrontando la guillotina con una entereza que el propio verdugo de Rennes no pudo sino admirar. Estaban en el mismo negocio, después de todo...

(*) Sin olvidar, además, algunas inefables aportaciones del cristianismo a estas creencias populares, como las figuras del sufrido Saint-Yves-de-Vérité o la terrible Notre-Dame-de la-Haine...

Más títulos de este autor reseñados en Un Libro Al Día: La tienda de los suicidas

lunes, 23 de septiembre de 2019

David Grann: Los asesinos de la luna

Idioma original: inglés
Título original: Killers of the Flower Moon
Traducción: Luis Murillo Fort
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

A lo largo de la historia, se han escrito grandes novelas ubicadas en el género del true crime. Novelas que van más allá de la frecuente y temida etiqueta de basada en hechos reales (que uno nunca sabe hasta qué punto se asemejan a los hechos en cuestión), pues estas describen con exactitud y meticulosidad historias de crímenes sucedidos y dejan totalmente de lado cualquier tentación de ficcionarlos. En este género nos podemos encontrar con grandes clásicos como «A sangre fría», de Truman Capote, también «El adversario», de Emmanuel Carrère, o más recientemente la novela que nos ocupa.

Pongámonos en situación: Oklahoma, 1921, territorio poblado por la tribu de los Osage, un pueblo expulsado, por parte del gobierno, de su antiguo asentamiento en Kansas y al que ubicaron en Oklahoma, territorio árido, estéril y, aparentemente, sin ninguna posibilidad de ser explotado económicamente. Pero las cosas fueron algo diferentes a las previstas y resultó que la zona donde los Osage fueron emplazados y, en consecuencia, proclamados dueños de esas tierras, era un territorio que ocultaba uno de los mayores yacimientos petrolíferos de los EUA. De esta manera, la tribu de los Osage, anteriormente pobre y maltratada, pasó a ser en poco tiempo el pueblo más rico en renta per cápita del país, gracias al dinero que cobraban de manos de las empresas prospectoras a través de acordar con ellas licencias de explotación. Y claro, ¿qué ocurre cuando una tribu menospreciada por la sociedad pasa a ser más rica que sus vecinos blancos, dominantes y supremacistas? Que surgen las envidias, los recelos, los intereses y, en este caso, también los crímenes.

Porque la novela empieza fuerte y vemos cómo, en medio de tan comprometida situación racial y económica, aparecen los cadáveres de dos acaudalados indios de treinta y pico años de edad (no hago spoilers, este hecho ocurre justo al principio). Tenemos por tanto fallecidos, con claros indicios de asesinato, tenemos conflicto racial, una patrulla ciudadana que augura de todo menos profesionalidad e imparcialidad, un sheriff que simpatiza con delincuentes, corruptos y maleantes (estamos no plena ley seca, y la elaboración y comercio de alcohol en clandestinidad era habitual y lucrativa) y un autor que sabe cómo gestionar el tempo, exponer los hechos, y mantenernos en vilo. Los ingredientes perfectos para una novela de la que no despegar la vista hasta haberla devorado.

Con este punto de partida, vemos como la sucesión de muertes de miembros de la tribu Osage empieza a ser motivo de preocupación entre sus gentes, cada vez más conscientes de las envidias que causan por su situación económica y porque, en el fondo, molestan en una zona habitada en su mayoría y gobernada por gente blanca que esgrime una pretendida superioridad racial hasta el punto en que los miembros de la tribu necesitan un tutor blanco para gestionar sus gastos. Y las autoridades tampoco parecen muy interesadas en esclarecer lo sucedido, contando además con la connivencia periodística que ayuda a aumentar un rencor y recelo hacia los Osage. Y, en todo este caso judicial y policial, aparece e interviene en la investigación de los sucesos un recién formado FBI, una organización con grandes claroscuros bajo la sombra de su creador John Edgar Hoover.

Como en todo true crime, hay que equilibrar perfectamente la aportación de información real con el ritmo de la narración y, a pesar de que en el inicio uno teme que esta sea una lectura inundada de datos, y más aun viendo la gran cantidad de anotaciones (que, con sabia decisión, se encuentran al final del libro), el autor sabe calibrar perfectamente este aporte y encontrar el equilibrio, pues parece que la principal función de proporcionar esas referencias es dar credibilidad a su relato. Porque estamos delante de un caso real y claro, hay que aportar datos e información contrastada, pero el autor es hábil en este aspecto y no abusa de ello, sino que teje una historia muy interesante, que más allá de la investigación del caso nos hace partícipes de las dificultades y vicisitudes de una pudiente tribu ubicada en medio de un territorio con mayoría blanca, con los pertinentes recelos y tiranteces entre los miembros de ambas comunidades. Además, intercalando la propia investigación de las muertes acontecidas, el autor introduce pinceladas de la historia de los Osage y las diferentes circunstancias que les llevaron a realizar numerosos éxodos (circunstancias donde el hombre blanco les expulsaba de sus tierras, básicamente). Estos fragmentos de narración son también interesantes pues nos acercan a una mirada más realista sobre lo sucedido con los nativos (algo parecido a lo que ya hizo Philipp Meyer en «El hijo») y nos alejan del habitual relato de blancos buenos e indios malos (expuesto también el «El origen de los otros», de Toni Morrison).

David Grann conduce con maestría la narración, e introduce, en paralelo al propio caso, interesantes pinceladas sobre la creación y formación del FBI, con sus evidentes luces, sombras y corruptelas. El ritmo narrativo de la novela es alto, y a medida que uno entra en la historia se ve totalmente atrapado por ese entramado de medias verdades, pistas poco fiables e información que lleva tiempo escondida bajo un manto de ocultos intereses. La información es proporcionada con destreza, de manera progresiva y sin contener demasiado un avance que uno agradecería más rápido, no por falta de ritmo sino porque la historia, en la segunda mitad del libro, te mantiene totalmente absorto y con deseos de llegar a su desenlace.

Por todo ello, este libro es un claro ejemplo de cómo mantener la tensión en una novela de true crime, nutrido de muchas referencias para evidenciar la veracidad del relato, pero sin entorpecer para nada la lectura. La historia descrita sirve, no únicamente para conocer una historia de asesinatos en plena formación del FBI de Hoover, sino para ver cómo los intereses económicos, el racismo, la parcialidad jurídica, el poder social y económico y la corrupción pueden irrumpir y dificultar la resolución de un caso de resultado muy evidente a ojos del lector.

Si mi valoración del libro no es aún más positiva, no es porque lo narrado no sean interesante, al contrario, sino porque creo que la complejidad de la trama con sus diferentes frentes abiertos demandaba un libro más extenso, que hubiera permitido, además de tratar el caso, profundizar en la corrupción y zonas turbias de los inicios del FBI que el libro apunta e insinúa, pero sin llegar a detallar de manera suficiente. Ese deseado mayor volumen de páginas hubiera contribuido a dar mayor contundencia y redondez a un libro ya de por sí interesante por lo que relata, pero también por lo que sugiere: un país donde los intereses económicos y políticos chocan directamente con la libertad y los derechos de sus habitantes.

También de David Grann en ULAD: El comandante yanqui