sábado, 13 de noviembre de 2021

Bruce Chatwin: ¿Qué hago yo aquí?

Idioma original: inglés

Título original: What am I doing here?

Año de publicación: 1989

Traducción: Alberto Cardín

Valoración: bastante recomendable

Entre las variadas ocupaciones a las que el ya casi legendario Bruce Chatwin se dedicó con no poco éxito a lo largo de su vida estuvo la de reportero (quizá llamarle "periodista" sería inexacto), tras una etapa como director de arte en el Sunday Times. Antes de su muerte en 1989, Chatwin hizo una recopilación de varios de sus trabajos, publicados en diferentes medios escritos, que tituló con el significativo, aunque para mi gusto poco satisfactorio, título de ¿Qué hago yo aquí? (póstumamente, se han publicado otras recopilaciones con otros textos). Los artículos reunidos en este volumen están divididos en once apartados que, con permiso, paso a detallar, para que se vea lo extenso de los intereses y vivencias de este escritor:

  1. Escrito para familia y amigos: Brevísimos textos, algunos que datan de sus últimos días, pero no tienen demasiado interés, excepto para, precisamente, su familia y amigos.
  2. Extraños encuentros: Aquí encontramos desde una mixtificación del golpe de estado fallido -o fingido- al que asistió Chatwin en Benin, en 1978 (aunque, según de desvela en su biografía, lo que vivió el escritor en realidad no fue en absoluto así y, probablemente, tampoco como lo contaba él de viva voz, pero digamos que Chatwin fue, en cierta medida, un adelantado a la autoficción que tanto ha cundido en las letras unos años más tarde), así como otras aventuras africanas, hasta una visita a una secta pseudo-mansónica (de Manson, quiero decir- en Boston o un encuentro con el geomántico chino experto en feng-shui que asesoró en la construcción del célebre -al menos p, por entonces- edificio del BCSH de Hong-Kong, obra de Norman Foster.
  3. Amigos: Semblanzas de personajes tan dispares como el millonario de origen boliviano y coleccionista de arte George Ortiz, el músico sudafricano Kevin Volans, el pintor inglés Howard Hodgkin, más una breve anécdota con la editora de revistas de moda Diana Vreeland.
  4. Encuentros: Entrevistas, al peculiar "estilo Chatwin", con notorios y variopintos personajes del siglo XX: la poeta Nadezhda Mandelstan; la modista de haute couture Madelaine Vionnet, María Reche, una alemana que se apsó la vida estudiando los petroglifos de Nazca, en Perú; el vanguardista arquitecto soviético Konstantin Melnikov; el escritor, aventurero y político francés André Malraux y, finalmente, una ¿crónica? del complicado rodaje en Ghana de la adaptación de su novela El virrey de Ouidah, a cargo del dúo cómico compuesto por Werner Herzog y Klaus Kinski.
  5. Rusia: La historia del coleccionista de arte de vanguardia ruso George Costakis y un reportaje sobre un crucero por el Volga con un grupo de turistas alemanes (alguno, ex-combatiente de la II Guerra Mundial).
  6. China: Reportajes sobre los llamados "caballos celestes" del emperador Wu-Ti, el botánico austro-americano Joseph F. Rock y sobre las invasiones nómadas aasiáticas y el nomadismo en general (tema que le era especialmente caro a Chatwin).
  7. Gentes: La historia de Shamdev, un niño-lobo de la India contemporánea, al estilo de Mowgli; la de Salah Bougrine, un inmigrante argelino que asesinó a un conductor de autobús en Marsella (y que le sirve a Chatwin para una reflexión sobre la inmigración norteafricana y la reacción en su contra, ya en 1974), y la de Donald Evans, un artista americano fallecido en 1977, cuya obra consistía en sellos de correos inventados.
  8. Viajes: El relato de un viaje por Nepal con su esposa Elizabeth, en busca, supuestamente, de las huellas del Yeti y un "lamento por Afganistán",a raíz de la invasión soviética de ese país, que Chatwin había visitado ya en 1962, siguiendo los pasos del escritor de libros de viajes -y modelo para él- Robert Byron. Chatwin rememora el Afganistán anterior a la guerra, que él entronca con el de la Antigüedad, y lamenta que vaya a desaparecer para siempre... menos mal que no tuvo que ver lo que ha venido después.
  9. Dos individuos más: Una nueva semblanza-entrevista del escritor alemán Ernst Jünger y un reportaje sobre la campaña electoral india de 1978, que hizo siguiendo a Indira Gandhi junto a la famosa fotógrafa Eve Arnold.
  10. Coda: Dos textos más relacionados con Chile (el segundo, concretamente sobre la isla de Chiloé y sus leyendas, que sospecho Mariana Enriquez conoce).
  11. Relatos del mundo del arte: Un puñado de textos breves, entre lo anecdótico y lo críptico, sobre su época trabajando en la casa de subastas Sotheby's.
Como puede verse, otra cosa quizá no -que también-, pero está claro que Chatwin era un escritor de espíritu e intereses variaditos. Que luego sus mejores novelas (porque la citada El virrey de Ouidah no acaba de resultar óptima y sus "novelas de viaje" son... pues eso, novelas de viaje) traten sobre personajes que apenas salen de su entorno habitual y además resultan un tanto monomaníacos es uno de los misterios de este escritor, por lo demás, o en apariencia, no demasiado misterioso, pues ya en vida no debía de callar ni bajo el agua y dejó cumplida cuenta de sus muchos y variados viajes y proyectos. Que el título de uno de esos libros póstumos sea Anatomía de la inquietud no es casual ni postureo, ya os lo digo yo...

Sin duda, un personaje y autor irrepetible y, en cierto modo, epítome del siglo XX al que, aunque cada pocos años suele haber reediciones de sus obras, nunca está de más reivindicar; os aseguro que, desde luego, resulta siempre de lo más recomendable. 

Más libros de y sobre Bruce Chatwin reseñados: aquí

viernes, 12 de noviembre de 2021

William Deresiewicz: La muerte del artista

Idioma original: Inglés
Título original: The Death of the Artist. How Creators Are Struggling to Survive in the Age of Billonaires and Big Tech
Traducción: Mercedes Vaquero Granados
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable para interesados (aunque algo obvio)

William Deresiewiczk, ensayista y crítico estadounidense, analiza en La muerte del artista las problemáticas que la era digital presenta a los creadores. El tratado hace especial hincapié en la faceta económica del asunto, por lo que no resulta sorprendente que baraje, entre otras cuestiones, la precariedad laboral o las limitaciones que las condiciones materiales imponen.

«Las principales plataformas tecnológicas han reducido el precio de su contenido digital a cero o nada. La audiencia lo agradece en primera instancia pero no se da cuenta de que poder escuchar música o ver películas de forma gratuita, también tiene un precio que acaban pagando los propios artistas. Cuanto menos dinero haya en las artes en general, más serán un juego de niños ricos.»

El formato de La muerte del artista puede resultar cargante. Esto se debe a que la metodología de Deresiewicz (una mezcla de observación del entorno, entrevistas y reflexión) dilata excesivamente el texto y lo satura de anécdotas. Sin embargo, hay que admitir que este formato tiene sus ventajas: imprime cercanía al conjunto, amén de propiciar una visión panorámica y multidisciplinar.  
 
Algunas de las conclusiones a las que se llega en estas páginas pueden ser obvias, especialmente para personas implicadas en el sector, pero otras tantas pasaban desapercibidas hasta que Deresiewicz las señalara. Así que recomiendo la lectura de La muerte del artista a los interesados en la materia. 

Ah, el escenario retratado aquí no es nada halagüeño, aunque si alguien tiene resiliencia, esos son los agentes culturales. De modo que, ya que, al menos por el momento, nada tiene visos de cambiar, y menos todavía para mejor, no queda otro remedio que afrontar la situación con la resignación que exhibe la mayoría de los entrevistados por Deresiewicz.  

«Es cierto que la gente ahora tiene muchas más herramientas para crear, pero al mismo tiempo, y por la misma razón, es mucho más difícil conseguir ser reconocido. Es un buen momento para los artistas aficionados pero no para los profesionales, aquellos serios que trabajan a tiempo completo y dedican su vida al arte. [...] Una cosa saber que tu vida va a ser un asco mientras te estableces y otra muy distinta es saber que lo va a ser siempre.»

jueves, 11 de noviembre de 2021

Antonio Damasio: El extraño orden de las cosas

 Idioma original: inglés

Título original: The Strange Order of Things. Life, Feeling, and the Making of Cultures

Año de publicación: 2018

Valoración: Apasionante para interesados



“Gracias a la necesidad de enfrentarse a las contradicciones del espíritu humano, la humanidad se lanzó a interrogarse sobre el mundo y a asombrarse ante él, y descubrió la música, la danza, la pintura y la literatura. Continuó con sus esfuerzos creando esas epopeyas que son las creencias religiosas, la indagación filosófica y la política”,

Cuando se tiene curiosidad por los fenómenos que afectan al planeta, que se encuentran en el origen de la vida o que explican nuestra naturaleza y la de otros seres vivos, siempre es buen momento para acercarse a teorías e investigaciones más o menos recientes llevadas a cabo por quienes pueden considerarse pioneros en el campo que les atañe. Antonio Damasio es un destacado neurocientífico portugués, residente en Estados Unidos, autor de varias obras divulgativas y con un currículum impresionante. El extraño orden de las cosas se ha etiquetado como de divulgación unas veces y de investigación otras. Pienso que esta última describe mejor un contenido que no es siempre fácil de seguir para el profano -sobre todo en lo relativo al sistema nervioso y al cerebro- y porque parte de sus afirmaciones son hipótesis sin confirmar u opiniones personales sobre todo tipo de asuntos.

Lo que Damasio pretende demostrar aquí es la influencia de los sentimientos -entendidos en un sentido amplio, y que yo llamaría “sensaciones”- en la sociedades y culturas humanas, y no solo la inteligencia, el lenguaje y las habilidades sociales como se ha creído hasta ahora. Para ello se basa en un concepto, el de homeostasis (conjunto de mecanismos reguladores de los seres vivos, del más primitivo al más evolucionado, para mantenerse con vida y en las mejores condiciones posibles) y en un rastreo de los organismos terrestres desde sus más remotos orígenes. La homeostasis existe, pues, desde el inicio de la vida, se manifiesta en los primitivos organismos unicelulares mediante reacciones químicas y eléctricas, y ha guiado la selección natural dando prioridad a los genes más eficientes. A lo largo de la escala evolutiva, estos mecanismos se van complicando, y cuando aparecen los seres con sistema nervioso -600 millones de años atrás nada menos- tienen lugar, según esta hipótesis, esos sentimientos primitivos: malestar y placer, básicamente, hasta llegar a los vertebrados -y puede que hasta a los insectos de forma rudimentaria- que cuentan con una mente y un sistema nervioso complejo capaces de reconocer sus procesos internos, además de cinco sentidos corporales que les comunican con el mundo exterior. Esta complejidad culmina en el ser humano, que no solo es capaz de identificar estados de carencia y bienestar (“sentimientos”) sino que puede producir imágenes mentales muy precisas, comunicarse con un lenguaje articulado etc., y por tanto responder a esos estados mediante pautas culturales, cada vez más sofisticadas históricamente hablando, que optimicen sus circunstancias físicas y psíquicas. Sobre esto, quizá anticipando susceptibilidades, se apresura a aclarar que:

“... haber descubierto que las raíces de las culturas humanas se encuentran en la biología no humana no disminuye en absoluto el carácter excepcional de la humanidad, pues la excepcionalidad de cada ser humano procede de la inigualable importancia que le otorgamos al sufrimiento y a la prosperidad en el contexto de nuestros recuerdos del pasado y de nuestra construcción de la memoria de un futuro que anticipamos constantemente”.

Por otra parte, ningún “sentimiento” es neutro, todos tienen un valor (“valencia”) positivo o negativo, es decir, producen disgusto o bienestar. En el primer caso, el efecto será saludable, en el segundo, patológico. Damasio describe los procesos fisiológicos y evolutivos con gran precisión y, a pesar de su tendencia a reiterar (suele ocurrir en este tipo de trabajos) y a idas y venidas un poco irrelevantes, o quizá precisamente por eso, el razonamiento general se sigue con relativa facilidad. Proporciona, además, abundante documentación para apoyar sus teorías o ampliar algunos contenidos.

Los últimos capítulos se centran en la vida cultural humana, entendida como respuesta a los requerimientos individuales y sociales. Primero, desde un punto de vista histórico, luego ciñéndose a los hallazgos de la ciencia actual y, por último, anticipando un futuro más o menos utópico (inmortalidad transhumanismo, ingeniería genética) y diferenciando los proyectos realizables de las simples quimeras. Sobre el transhumanismo, por ejemplo, explica que la mente humana no se compone simplemente de algoritmos -no somos robots- necesita un cuerpo que interaccione con ella. [Los organismos vivos] “no son líneas de código; son materia”. Por eso, se puede construir inteligencia artificial sin necesidad de un sustrato biológico, pero no fabricar seres humanos.

“… uno se estremece un poco ante la perspectiva de una sociedad que necesita robots para hacernos compañía. ¿No hay suficientes personas en paro como para cubrir estos empleos después de que los coches y camiones inteligentes les hayan quitado sus medios de vida?”

Finalmente, destaca el hecho de que los avances tecnológicos no están aportando la felicidad previsible, que la desigualdad social es cada vez mayor y que la sobreabundancia de información -que además está sesgada, priorizando intereses financieros, comerciales y políticos- conduce a una desconexión, bastante generalizada, de los usuarios con los problemas reales y sus posibles soluciones. No olvida mencionar la capacidad adictiva de los dispositivos y la constante vigilancia que ejercen sin que se les aplique ningún tipo de freno. Por desgracia, la homeostasis se produce en el interior de los organismos pero no en las comunidades humanas; parece que los conflictos forman parte de la esencia de nuestras culturas y no hay forma de eliminarlos.


Traducción: Joan Domènec Ros

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Reseña + entrevista: Everest 1924. El enigma de Irvine y Mallory de Sebastián Álvaro

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021
Valoración: Yo con estos libros me lo paso en grande

Pues sí, gentes, a mi estos libros que hablan de aventuras inconcebibles desde la óptica de nuestros tiempos, de aventureros de la edad dorada de la exploración como Scott, Shackleton, Nansen, Irvine o Mallory, me encantan. En ellos se juntan la atracción por lugares remotos y apenas explorados (la nostalgia del hielo, que dijo Shackleton), el afán de superación y conocimiento, la tragedia y el heroísmo de unos personajes singulares, mucho más cercanos a lo que podrían ser hombres del Renacimiento o a caballeros románticos que a los deportistas de élite de la actualidad.

Pero más allá de lugares y personajes, hay varias cosas que pido a este tipo de libros: por ejemplo, una cierta voluntad de estilo, la inserción de las historias particulares en el trascurso de la Historia, una voluntad más "didáctica" que técnica, etc. Y algo de todo esto hay en este "Everest 1924". Veamos.

Quien ya conozca a Sebastián Álvaro de su época como director de "Al filo de lo imposible" (para mi, uno de los mejores programas de TV en la historia de este país), de haberle escuchado en la cadena SER o en Onda Cero o de haberle leído en el diario As, sabrá que se trata de un tipo que, pese a sus amplísimos conocimientos en la materia, posee un estilo próximo a lo divulgativo y una mirada profundamente humanista. Todo esto se traduce en un texto bien escrito, ameno, didáctico y alejado de detalles técnicos que podrían alejar a cierto tipo de público.

El carácter divulgativo del libro se observa, fundamentalmente, en la extensa presentación del contexto político, sociológico y cultural en el que surgen y tienen lugar las grandes exploraciones de finales del XIX y principios del XX, especialmente en Asia central. Quizá este aspecto geopolítico (rivalidad Imperio Ruso - Imperio Británico, Ilustración, Romanticismo, desastre de la PGM...) sea, para mi, la parte más interesante del texto y me han dejado con ganas de acercarme a nuevos libros y profundizar en el tema. 

El carácter humanista del texto tiene una doble vertiente: por un lado, la inserción de Irvine, Mallory y compañía en ese contexto sociocultural; por otro, el relato de las experiencias personales del equipo de "Al filo" en territorios legendarios como el Himalaya, el Karakorum, el desierto de Taklamakan o el cañón del Yarlung Tsanpó. Una y otra sirven para entender las razones, profundamente humanas, de este tipo de viajes y para unir pasado y presente de la historia de la exploración y el alpinismo. 

Así, solo la parte final del texto se refiere íntegramente a la expedición de 1924, situada entre en enigma y la leyenda. En ella, sin salir del terreno de la hipótesis y partiendo de datos objetivos y experiencias personales, Álvaro reconstruye y plantea posibles escenarios acerca del intento de ascensión de aquel trágico 8 de junio de 1924. Pero, nada se esclarece, todo queda en el terreno de la suposición y de la incógnita y tal vez sea mejor así porque a estas alturas quizá no importe tanto si Mallory e Irvine alcanzaron o no la cima del mundo como sus motivaciones. En ese sentido, el libro de Sebastián Álvaro da en el clavo.

P.S.: Un último apunte, esta vez sobre el libro como "objeto". La edición de Desnivel es realmente magnífica. Además del diseño de los libros, que me encanta, y del papel de altísima calidad, "Everest 1924" incluye gran cantidad de material gráfico que seguro hará las delicias de los interesados en la materia.

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A continuación reproducimos un pequeño cuestionario que el autor ha contestado amablemente (¡GRACIAS!):

P.: Han pasado casi 100 años desde aquel 8 de junio de 1924. ¿Qué hace que las figuras de Mallory e Irvine conserven ese halo fascinante en la actualidad?

R.: Aquella generación de exploradores británicos fue única e irrepetible. Fue la encargada de rellenar los últimos espacios en blanco de los mapas y poner en marcha la conquista de los extremos del planeta: los polos y las altas cumbres del Himalaya. Desde luego hubo muchos más de otras nacionalidades, pero a finales del siglo XIX y principios del XX, la pujanza del imperio británico va a propiciar una serie de aventuras y exploraciones que cambiarían el mundo rellenando los últimos espacios en blanco del planeta. Desde entonces más de doscientas personas han desaparecido en el Everest pero ninguna reúne el atractivo de aquellos hombres. Formaban parte de los últimos exploradores románticos. Eran aventureros completos: escritores, alpinistas, militares, espías, músicos, cartógrafos, cirujanos…Además tenían una capacidad de sacrificio y de hacer frente a la adversidad que hoy en día no podemos ni siquiera imaginar. Pertenecen a una época irrepetible, cuando exploración, aventura y alpinismo iban entrelazados.

P.: ¿Realmente “importa” hoy en día que Irvine y Mallory llegaran a la cumbre del Everest?

R.: Bajo el punto de vista histórico sería muy importante, pues pondría en cuestión todo el relato histórico de los años cincuenta. Y bajo el punto de vista sentimental creo que se debe un reconocimiento a esta generación de alpinistas británicos.

P.: Dentro del trabajo de documentación previa a la escritura del texto estaría todo lo relativo a sus experiencias personales en la etapa de “Al filo”. ¿Qué siente uno al echar la vista atrás y volver a leer sus diarios (si es que existen) o rememorar esos viajes?

R.: He llevado diarios de cada uno de mis viajes y la verdad es que han sido y son fuente de todos los libros que escribo. Y cada vez que los releo llego a la conclusión de que soy un afortunado por haber sobrevivido y por haber tenido una vida tan rica en experiencias y emociones.

P.: Además de lo anterior, el trabajo de documentación / investigación acerca del contexto social, político y cultural de la época, expediciones, etc ha de haber sido ingente. De todo el material al que ha podido acceder, ¿cuál es el que más le ha impresionado?

R.: El principal trabajo de documentación han sido sus libros y diarios. Especialmente me ha vuelto a conmover el libro del capitán John Noel en el que no sólo relata la expedición y sus trabajos de filmación en 1922 y 1924, sino que además es una visión sumamente avanzada de lo que ocurriría en el Everest en el futuro. En otro plano, la reconstrucción del vestuario y la filmación con mis compañeros recreando algunas de aquellas secuencias, como la llegada al collado del Pang La, fue realmente emocionante.

P.: Personalmente, una de las cosas más me llama la atención es que los tiempos de ascensión de Mallory e Irvine (o de Somervell y Odell) fueran similares a los empleados por alpinistas actuales. ¿Cómo le explicaría esas escasas diferencias a alguien que no ha leído el libro?

R.: No hay nada que explicar, simplemente que eran unos grandes alpinistas, muy fuertes que estaban dispuestos a hacer prácticamente cualquier cosa por subir a la cima del Everest. La visión supremacista actual sobre aquellos alpinistas es errónea y debida a una corriente de opinión que no tiene sentido ni está basada en los hechos tal y como sucedieron.

P.: Insistiendo un poco en la comparativa entre la edad dorada de la exploración y la actualidad, ¿se ha perdido el espíritu de aquella época o las motivaciones continúan siendo, en el fondo, similares?

R.: Aquel espíritu de exploración y aventura sin duda se ha perdido. En buena medida porque aquel tiempo ya pasado es irrepetible, pero al fin y al cabo la visión romántica del alpinismo y la aventura es un componente ideológico y sospecho que los alpinistas actuales tampoco leen mucho. Esa es la explicación de algunas de las cosas que ocurren en el Himalaya con las expediciones comerciales o el fenómeno de Nirmal Purja y el helidopping, entre otros muchos. Nada de eso tiene que ver con el alpinismo clásico.

P.: ¿Qué personaje de la edad dorada representa mejor el espíritu de aquella época y qué deportista / aventurero… de la actualidad reencarna en mayor medida ese espíritu?

R.: Quizás George Mallory, Geoffrey Young, Howard Somervell, pudieran representar ese periodo dorado. Fuera de los británicos quizás Luis de Saboya, el Duque de los Abruzos, representa mejor ese espíritu aventurero. Todos ellos no se sentirían deportistas sino aventureros. De hecho cuando Hillary y Tenzing suben al Everest, un periodista pregunta a Eric Shipton qué le parece aquella expedición comparada con las de Mallory, y Shipton responde: “Eso solo es deporte”… Lo que demuestra lo claro que tenían aquellos alpinistas entre deporte y aventura.

Y de los alpinistas modernos me quedaría con Walter Bonatti, que es el gran representante del alpinismo moderno.

P.: ¿En qué expedición de las “clásicas” de la edad dorada le hubiese gustado participar?

R.: En la de Mallory de 1924, en la de Kurt Diemberger de 1957 al Chogolisa y en la de 1958 de Walter Bonatti al Gasherbrum IV.

P.: ¿Es posible que la próxima “gran era de la exploración” tenga lugar fuera de nuestro planeta o nos quedan lugares por descubrir / conocer en mayor profundidad?

R.: De momento quedan muchas montañas por escalar en la Tierra, así que me sigo quedando todos los veranos por el Karakórum. Y puesto a explorar nuestro sistema solar me quedaría con el cráter Olimpo de Marte, que tiene casi doce kilómetros de altitud.

P.: Por último, y de cara a posibles futuras lecturas, ¿qué libros nos puede recomendar?

R.: Cita con la Cumbre de Juanjo San Sebastián. Tocando el vacío de Joe Simpson. K2, Nudo Infinito de Kurt Diemberger, El Sentimiento de la Montaña, con Eduardo Martínez de Pisón… Hay una excelente literatura de Montaña. Y además recomendaría algunos libros de poetas como Robert Browning, Alfred Tennyson, Mary Shelley… En fin hay que leer mucho y bueno.

martes, 9 de noviembre de 2021

James Joyce: Retrato del artista adolescente


Idioma original: inglés

Título original: A Portrait of the Artist as a Young Man

Año de publicación: 1916

Traducción: Martin Schifino

Valoración: incómodo


Escribir una reseña sobre un libro incontestablemente clásico como este representa toda una papeleta. Entended que empiece con lo que suena casi como una excusa, pero dentro de la biografía lectora que uno intenta componer para sí mismo hay autores y novelas ineludibles y esta primera novela de Joyce (también por su modesta extensión, menos de 250 páginas) se me antojó iba a ser una de ellas. Otra cosa es que ose plasmar mi impresión y corra a refugiarme del previsible aluvión de críticas que me tildarán desde lector frívolo o apresurado hasta individuo sacrílego incapaz de descifrar las claves ocultas.

Porque he de confesar que se trata de una novela aburrida, casi mortecina, a pesar de que la inmediata impresión tras leer sus últimas páginas no sea la de haber perdido el tiempo, más bien haber superado una especie de tránsito muchas veces de muy difícil comprensión en su conjunto, aunque no pueda oponerse nada a ni uno solo de sus párrafos. Sin abusar del lirismo, sin perder en ningún momento una impecable fórmula literaria, esta narración - se dice - autobiográfica sobre los años de formación de Stephen Dedalus resulta ser una lectura difícil y pesada, llena de escollos, muchos de ellos, quiero suponer, situados con plena conciencia. Dedalus en la escuela regentada por religiosos que tendrá que abandonar, parece entenderse, cuando su familia deja de disponer de recursos para pagarla, conviviendo con sus compañeros y sufriendo los actos disciplinarios propios de tal época y tales instituciones. Sus escarceos con las mujeres y su arrepentimiento motivado por una fe católica que le oprime y ahoga. A pesar de lo cual, convenientemente empujado en la escuela, llegará a contemplar la posibilidad de ordenarse sacerdote. Y a pesar de la ebullición del artista, del creador que intercala sus textos y acicala párrafos repletos de reflexiones, algunas profundas, algunas un tanto alucinadas, esa posibilidad está a punto de tomar cuerpo, pero el artista adolescente se rebela contra ese destino fatal, no sin antes entregar un tercer capítulo que para mí ha representado la auténtica pesa en la balanza que impide que el libro me haya gustado. Decenas de páginas que parecen pasajes bíblicos y que contienen pasajes de muy difícil digestión (dedicados a procaces descripciones de los sufrimientos que el infierno tiene preparado para los pecadores) y que, pero esto es una pura conjetura, acaban representando a la perfección ese rechazo frontal. Dedalus se separa de sus educadores, se distancia, en un plano psicológico, de su familia, esquiva la fe, se aisla del mundo y se confina con su talento.

Bien: hace más de un siglo, sí, lo suficiente para que esa distancia temporal y ese mundo descrito parezcan un escalón insalvable. No digo que no haya que leer una obra así, solo que al lector contemporáneo puede costarle mucho conectar con ella.

Otras obras de James Joyce reseñadas en ULADDublinesesFinnegans WakeExiliadosUlises


lunes, 8 de noviembre de 2021

Álvaro Ortiz: Murderabilia

Idioma: español

Año de publicación: 2014

Valoración: recomendable 

La "murderabilia" (que es algo que existe, aunque parezca mentira) consiste en el coleccionismo de objetos que tengan relación con crímenes o cualquier otro suceso siniestro: desde, como es obvio, las armas con que se cometieron asesinatos a objetos que pertenecieran a los asesinos o las víctimas, o que simplemente se encontraran en el lugar del crimen; cuadros pintados por serial-killers, fotos policiales, cartas desde la cárcel... en fin, ese tipo de cosas y muchas más. ¿Morboso, no? Bueno, recordemos el éxito que tienen entre muchos de nosotros los libros, películas y series sobre asesinatos y asesinos, no sólo de ficción, sino también los que han ocurrido en la realidad (hay un libro reciente de Vicente Garrido que trata de esto); tal vez ese coleccionismo, por escabroso y enfermizo que parezca, no suponga sino un paso más en esa dirección...

A la casa de uno de estos peculiares coleccionistas es adonde acude Malmö Rodríguez, un joven sin ocupación y que quiere ser escritor -aunque tampoco escribe- para venderle unos gatos que han pertenecido a su tío (mejor no cuento por qué). El tipo vive en un pueblo perdido en las montañas de algún estado indeterminado de EEUU (aunque lo mismo podría tratarse del Tirol o de Huesca), un lugar de mala muerte que sólo se anima con un festival de caza anual; aún así, y por razones que tampoco explicaré, Malmö decide quedarse allí, esperando encontrar alguna historia que plasmar en su novela. Y la encuentra vaya que sí... En fin, sólo puedo adelantar que emociones fuertes no le van a faltar.

Aviso, eso sí, que el cómic es un poco -bastante- truculento y, por tanto, no muy apto para estómagos delicados. Ayuda en su lectura, en cualquier caso, que el estilo de los dibujos de Álvaro Ortiz, no sólo sencillo, sino hasta esquemático, resulte incluso "cuqui", lo que, en principio, no debería casar con los momentos gore que nos aguardan en esta historia, ni, desde luego, con el punto morboso que la impregna; pero, de forma sorprendente, sí que lo hace,  resultando el contraste entre forma y fondo bastante interesante... más, creo yo, que con unas ilustraciones de tipo realista.

En todo caso,  es un cómic bastante entretenido, que uno se imagina  fácilmente  convertido tanto en una peli de serie B exitosa en Sitges como en una indie de autor estrenada en Sundance (o donde se estrenen ahora las pelis para coolturetas); tampoco hay que tomárselo demasiado en  serio,  en realidad, y dedicarse a disfrutar  de la historia y los puntos de humo -negrísimo, eso sí- que contiene.



domingo, 7 de noviembre de 2021

Santi Mazarrasa: El aspirante

Idioma original: Español
Año de publicación: 2021
Valoración: ¿Está bien?

El aspirante es la primera novela del cántabro Santi Mazarrasa. Aunque la he apreciado, se me ha hecho cuesta arriba. Eso se debe a que la atraviesan elementos de difícil asimilación. Por ejemplo, una estructura reiterativa, un tono por momentos pretencioso y un personaje que en casi doscientas páginas apenas evoluciona. Lo curioso es que estos elementos de difícil asimilación que menciono son deliberados e incluso me atrevería a decir que imprescindibles para que la obra de Mazarrasa funcione. 

Pero vamos por partes. Primero, dejad que os presente a Cayo Valerio, el protagonista de esta historia. Cayo es un fracasado que pasa los días en el apartamento de su novia. Entre esas asfixiantes paredes es donde el lector es retenido a lo largo de todo el texto. Ni siquiera cuando aparece un "flashback" se nos permite respirar algo de aire, abandonar los espacios cerrados, durante mucho tiempo. 

Además de en el apartamento de la novia de Cayo, el lector también está apresado en la claustrofóbica mente del propio Cayo. Ay, Cayo, estás hecho un lío. ¡Cuántos egos combatiendo los unos con los otros! ¡Cuánto autoengaño y cuánta autocompasión! ¡Cuánto dolor, sufrimiento, desesperación! Eso sí, que quede claro que te entiendo. Cómo no iba a hacerlo: reflejas buena parte de las dudas, miedos, incertidumbres y ansiedadades de mi generación, o de las generaciones limítrofes. 

Porque sí, los Millenial y los Z estamos bien jodidos. El ser humano en general lo está, pero nosotros especialmente. Estamos sobrecualificados, pero no tenemos futuro ni laboral ni económicamente hablando. Perseguimos la individualidad a la vez que lamentamos no encajar en la sociedad. Somos responsables de varias mierdas, mas ni de la mitad de las que se nos acusa. Podría seguir horas y horas con este tema, pero creo que ya se entiende que Cayo funciona no sólo en tanto que personaje, sino que opera asimismo en tanto que tótem generacional.

La enjundia del libro no se limita sólo a Cayo, pues aquí hallamos también reflexiones metaliterarias, antropológicas y sociológicas la mar de interesantes, que complementan al estudio psicológico y la descripción demográfica. Sin embargo, estos dos últimos apartados son los que tienen más presencia, lo cual provoca que el conjunto sea absorbido por un solipsismo abrumador. Y esto me permite recuperar una de las pegas que le ponía al libro: el hecho de que su protagonista no evolucione. Transcurriendo tanto rato a su lado, pueden volverse frustrantes sus círculos viciosos, su limitada capacidad para autoanalizarse. En cualquier caso, insisto en que esto es una estrategia narrativa que Mazarrasa eligió.

En definitiva: El aspirante es una propuesta ambiciosa y, hasta cierto punto, valiosa, aunque quizás debería haberse escrito en un formato capaz de conciliar mejor sus búsquedas artísticas con el entretenimiento. Sea como fuere, lo que aporta no está mal y ayuda a visualizar lo jodidas que están las generaciones jóvenes.


También de Santiago Mazarrasa en ULAD: Caníbal sin dientes