- Escrito para familia y amigos: Brevísimos textos, algunos que datan de sus últimos días, pero no tienen demasiado interés, excepto para, precisamente, su familia y amigos.
- Extraños encuentros: Aquí encontramos desde una mixtificación del golpe de estado fallido -o fingido- al que asistió Chatwin en Benin, en 1978 (aunque, según de desvela en su biografía, lo que vivió el escritor en realidad no fue en absoluto así y, probablemente, tampoco como lo contaba él de viva voz, pero digamos que Chatwin fue, en cierta medida, un adelantado a la autoficción que tanto ha cundido en las letras unos años más tarde), así como otras aventuras africanas, hasta una visita a una secta pseudo-mansónica (de Manson, quiero decir- en Boston o un encuentro con el geomántico chino experto en feng-shui que asesoró en la construcción del célebre -al menos p, por entonces- edificio del BCSH de Hong-Kong, obra de Norman Foster.
- Amigos: Semblanzas de personajes tan dispares como el millonario de origen boliviano y coleccionista de arte George Ortiz, el músico sudafricano Kevin Volans, el pintor inglés Howard Hodgkin, más una breve anécdota con la editora de revistas de moda Diana Vreeland.
- Encuentros: Entrevistas, al peculiar "estilo Chatwin", con notorios y variopintos personajes del siglo XX: la poeta Nadezhda Mandelstan; la modista de haute couture Madelaine Vionnet, María Reche, una alemana que se apsó la vida estudiando los petroglifos de Nazca, en Perú; el vanguardista arquitecto soviético Konstantin Melnikov; el escritor, aventurero y político francés André Malraux y, finalmente, una ¿crónica? del complicado rodaje en Ghana de la adaptación de su novela El virrey de Ouidah, a cargo del dúo cómico compuesto por Werner Herzog y Klaus Kinski.
- Rusia: La historia del coleccionista de arte de vanguardia ruso George Costakis y un reportaje sobre un crucero por el Volga con un grupo de turistas alemanes (alguno, ex-combatiente de la II Guerra Mundial).
- China: Reportajes sobre los llamados "caballos celestes" del emperador Wu-Ti, el botánico austro-americano Joseph F. Rock y sobre las invasiones nómadas aasiáticas y el nomadismo en general (tema que le era especialmente caro a Chatwin).
- Gentes: La historia de Shamdev, un niño-lobo de la India contemporánea, al estilo de Mowgli; la de Salah Bougrine, un inmigrante argelino que asesinó a un conductor de autobús en Marsella (y que le sirve a Chatwin para una reflexión sobre la inmigración norteafricana y la reacción en su contra, ya en 1974), y la de Donald Evans, un artista americano fallecido en 1977, cuya obra consistía en sellos de correos inventados.
- Viajes: El relato de un viaje por Nepal con su esposa Elizabeth, en busca, supuestamente, de las huellas del Yeti y un "lamento por Afganistán",a raíz de la invasión soviética de ese país, que Chatwin había visitado ya en 1962, siguiendo los pasos del escritor de libros de viajes -y modelo para él- Robert Byron. Chatwin rememora el Afganistán anterior a la guerra, que él entronca con el de la Antigüedad, y lamenta que vaya a desaparecer para siempre... menos mal que no tuvo que ver lo que ha venido después.
- Dos individuos más: Una nueva semblanza-entrevista del escritor alemán Ernst Jünger y un reportaje sobre la campaña electoral india de 1978, que hizo siguiendo a Indira Gandhi junto a la famosa fotógrafa Eve Arnold.
- Coda: Dos textos más relacionados con Chile (el segundo, concretamente sobre la isla de Chiloé y sus leyendas, que sospecho Mariana Enriquez conoce).
- Relatos del mundo del arte: Un puñado de textos breves, entre lo anecdótico y lo críptico, sobre su época trabajando en la casa de subastas Sotheby's.
sábado, 13 de noviembre de 2021
Bruce Chatwin: ¿Qué hago yo aquí?
viernes, 12 de noviembre de 2021
William Deresiewicz: La muerte del artista
Título original: The Death of the Artist. How Creators Are Struggling to Survive in the Age of Billonaires and Big Tech
Traducción: Mercedes Vaquero Granados
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable para interesados (aunque algo obvio)
«Las principales plataformas tecnológicas han reducido el precio de su contenido digital a cero o nada. La audiencia lo agradece en primera instancia pero no se da cuenta de que poder escuchar música o ver películas de forma gratuita, también tiene un precio que acaban pagando los propios artistas. Cuanto menos dinero haya en las artes en general, más serán un juego de niños ricos.»
«Es cierto que la gente ahora tiene muchas más herramientas para crear, pero al mismo tiempo, y por la misma razón, es mucho más difícil conseguir ser reconocido. Es un buen momento para los artistas aficionados pero no para los profesionales, aquellos serios que trabajan a tiempo completo y dedican su vida al arte. [...] Una cosa saber que tu vida va a ser un asco mientras te estableces y otra muy distinta es saber que lo va a ser siempre.»
jueves, 11 de noviembre de 2021
Antonio Damasio: El extraño orden de las cosas
Título original: The Strange Order of Things. Life, Feeling, and the Making of Cultures
Año de publicación: 2018
Valoración: Apasionante para interesados
“Gracias a la necesidad de enfrentarse a
las contradicciones del espíritu humano, la humanidad se lanzó a interrogarse sobre
el mundo y a asombrarse ante él, y descubrió la música, la danza, la pintura y
la literatura. Continuó con sus esfuerzos creando esas epopeyas que son las
creencias religiosas, la indagación filosófica y la política”,
Cuando se tiene curiosidad por los
fenómenos que afectan al planeta, que se encuentran en el origen de la vida o que
explican nuestra naturaleza y la de otros seres vivos, siempre es buen momento
para acercarse a teorías e investigaciones más o menos recientes llevadas a
cabo por quienes pueden considerarse pioneros en el campo que les atañe. Antonio
Damasio es un destacado neurocientífico portugués, residente en Estados Unidos,
autor de varias obras divulgativas y con un currículum impresionante. El
extraño orden de las cosas se ha etiquetado como de divulgación unas
veces y de investigación otras. Pienso que esta última describe mejor un
contenido que no es siempre fácil de seguir para el profano -sobre todo en lo
relativo al sistema nervioso y al cerebro- y porque parte de sus afirmaciones
son hipótesis sin confirmar u opiniones personales sobre todo tipo de asuntos.
Lo que Damasio pretende demostrar aquí es
la influencia de los sentimientos -entendidos en un sentido amplio, y que
yo llamaría “sensaciones”- en la sociedades y culturas humanas, y no solo la
inteligencia, el lenguaje y las habilidades sociales como se ha creído hasta
ahora. Para ello se basa en un concepto, el de homeostasis (conjunto de
mecanismos reguladores de los seres vivos, del más primitivo al más
evolucionado, para mantenerse con vida y en las mejores condiciones posibles) y
en un rastreo de los organismos terrestres desde sus más remotos orígenes. La
homeostasis existe, pues, desde el inicio de la vida, se manifiesta en los primitivos
organismos unicelulares mediante reacciones químicas y eléctricas, y ha guiado
la selección natural dando prioridad a los genes más eficientes. A lo largo de
la escala evolutiva, estos mecanismos se van complicando, y cuando aparecen los
seres con sistema nervioso -600 millones de años atrás nada menos- tienen lugar,
según esta hipótesis, esos sentimientos primitivos: malestar y placer,
básicamente, hasta llegar a los vertebrados -y puede que hasta a los insectos de
forma rudimentaria- que cuentan con una mente y un sistema nervioso complejo capaces
de reconocer sus procesos internos, además de cinco sentidos corporales que les comunican con el mundo exterior. Esta complejidad culmina en el ser humano, que
no solo es capaz de identificar estados de carencia y bienestar (“sentimientos”)
sino que puede producir imágenes mentales muy precisas, comunicarse con un lenguaje articulado etc., y por
tanto responder a esos estados mediante pautas culturales, cada vez más sofisticadas
históricamente hablando, que optimicen sus circunstancias físicas y psíquicas. Sobre
esto, quizá anticipando susceptibilidades, se apresura a aclarar que:
“... haber descubierto que las raíces de las culturas humanas se encuentran en la biología no humana no disminuye en absoluto el carácter excepcional de la humanidad, pues la excepcionalidad de cada ser humano procede de la inigualable importancia que le otorgamos al sufrimiento y a la prosperidad en el contexto de nuestros recuerdos del pasado y de nuestra construcción de la memoria de un futuro que anticipamos constantemente”.
Por otra parte, ningún “sentimiento” es
neutro, todos tienen un valor (“valencia”) positivo o negativo, es decir,
producen disgusto o bienestar. En el primer caso, el efecto será saludable, en
el segundo, patológico. Damasio describe los procesos fisiológicos y evolutivos
con gran precisión y, a pesar de su tendencia a reiterar (suele ocurrir en este
tipo de trabajos) y a idas y venidas un poco irrelevantes, o quizá precisamente
por eso, el razonamiento general se sigue con relativa facilidad. Proporciona,
además, abundante documentación para apoyar sus teorías o ampliar algunos
contenidos.
Los últimos capítulos se centran en la
vida cultural humana, entendida como respuesta a los requerimientos individuales
y sociales. Primero, desde un punto de vista histórico, luego ciñéndose a los
hallazgos de la ciencia actual y, por último, anticipando un futuro más o menos
utópico (inmortalidad transhumanismo, ingeniería genética) y diferenciando los
proyectos realizables de las simples quimeras. Sobre el transhumanismo,
por ejemplo, explica que la mente humana no se compone simplemente de
algoritmos -no somos robots- necesita un cuerpo que interaccione con ella. [Los
organismos vivos] “no son líneas de código; son materia”. Por eso, se
puede construir inteligencia artificial sin necesidad de un sustrato biológico,
pero no fabricar seres humanos.
“… uno se estremece un poco ante la perspectiva de una sociedad que necesita robots para hacernos compañía. ¿No hay suficientes personas en paro como para cubrir estos empleos después de que los coches y camiones inteligentes les hayan quitado sus medios de vida?”
Finalmente, destaca el hecho de que los avances tecnológicos no están aportando la felicidad previsible, que la desigualdad social es cada vez mayor y que la sobreabundancia de información -que además está sesgada, priorizando intereses financieros, comerciales y políticos- conduce a una desconexión, bastante generalizada, de los usuarios con los problemas reales y sus posibles soluciones. No olvida mencionar la capacidad adictiva de los dispositivos y la constante vigilancia que ejercen sin que se les aplique ningún tipo de freno. Por desgracia, la homeostasis se produce en el interior de los organismos pero no en las comunidades humanas; parece que los conflictos forman parte de la esencia de nuestras culturas y no hay forma de eliminarlos.
Traducción: Joan Domènec Ros
miércoles, 10 de noviembre de 2021
Reseña + entrevista: Everest 1924. El enigma de Irvine y Mallory de Sebastián Álvaro
Valoración: Yo con estos libros me lo paso en grande
martes, 9 de noviembre de 2021
James Joyce: Retrato del artista adolescente
Título original: A Portrait of the Artist as a Young Man
Año de publicación: 1916
Traducción: Martin Schifino
Valoración: incómodo
Escribir una reseña sobre un libro incontestablemente clásico como este representa toda una papeleta. Entended que empiece con lo que suena casi como una excusa, pero dentro de la biografía lectora que uno intenta componer para sí mismo hay autores y novelas ineludibles y esta primera novela de Joyce (también por su modesta extensión, menos de 250 páginas) se me antojó iba a ser una de ellas. Otra cosa es que ose plasmar mi impresión y corra a refugiarme del previsible aluvión de críticas que me tildarán desde lector frívolo o apresurado hasta individuo sacrílego incapaz de descifrar las claves ocultas.
Porque he de confesar que se trata de una novela aburrida, casi mortecina, a pesar de que la inmediata impresión tras leer sus últimas páginas no sea la de haber perdido el tiempo, más bien haber superado una especie de tránsito muchas veces de muy difícil comprensión en su conjunto, aunque no pueda oponerse nada a ni uno solo de sus párrafos. Sin abusar del lirismo, sin perder en ningún momento una impecable fórmula literaria, esta narración - se dice - autobiográfica sobre los años de formación de Stephen Dedalus resulta ser una lectura difícil y pesada, llena de escollos, muchos de ellos, quiero suponer, situados con plena conciencia. Dedalus en la escuela regentada por religiosos que tendrá que abandonar, parece entenderse, cuando su familia deja de disponer de recursos para pagarla, conviviendo con sus compañeros y sufriendo los actos disciplinarios propios de tal época y tales instituciones. Sus escarceos con las mujeres y su arrepentimiento motivado por una fe católica que le oprime y ahoga. A pesar de lo cual, convenientemente empujado en la escuela, llegará a contemplar la posibilidad de ordenarse sacerdote. Y a pesar de la ebullición del artista, del creador que intercala sus textos y acicala párrafos repletos de reflexiones, algunas profundas, algunas un tanto alucinadas, esa posibilidad está a punto de tomar cuerpo, pero el artista adolescente se rebela contra ese destino fatal, no sin antes entregar un tercer capítulo que para mí ha representado la auténtica pesa en la balanza que impide que el libro me haya gustado. Decenas de páginas que parecen pasajes bíblicos y que contienen pasajes de muy difícil digestión (dedicados a procaces descripciones de los sufrimientos que el infierno tiene preparado para los pecadores) y que, pero esto es una pura conjetura, acaban representando a la perfección ese rechazo frontal. Dedalus se separa de sus educadores, se distancia, en un plano psicológico, de su familia, esquiva la fe, se aisla del mundo y se confina con su talento.
Bien: hace más de un siglo, sí, lo suficiente para que esa distancia temporal y ese mundo descrito parezcan un escalón insalvable. No digo que no haya que leer una obra así, solo que al lector contemporáneo puede costarle mucho conectar con ella.
Otras obras de James Joyce reseñadas en ULAD: Dublineses, Finnegans Wake, Exiliados, Ulises
lunes, 8 de noviembre de 2021
Álvaro Ortiz: Murderabilia








