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jueves, 11 de noviembre de 2021

Antonio Damasio: El extraño orden de las cosas

 Idioma original: inglés

Título original: The Strange Order of Things. Life, Feeling, and the Making of Cultures

Año de publicación: 2018

Valoración: Apasionante para interesados



“Gracias a la necesidad de enfrentarse a las contradicciones del espíritu humano, la humanidad se lanzó a interrogarse sobre el mundo y a asombrarse ante él, y descubrió la música, la danza, la pintura y la literatura. Continuó con sus esfuerzos creando esas epopeyas que son las creencias religiosas, la indagación filosófica y la política”,

Cuando se tiene curiosidad por los fenómenos que afectan al planeta, que se encuentran en el origen de la vida o que explican nuestra naturaleza y la de otros seres vivos, siempre es buen momento para acercarse a teorías e investigaciones más o menos recientes llevadas a cabo por quienes pueden considerarse pioneros en el campo que les atañe. Antonio Damasio es un destacado neurocientífico portugués, residente en Estados Unidos, autor de varias obras divulgativas y con un currículum impresionante. El extraño orden de las cosas se ha etiquetado como de divulgación unas veces y de investigación otras. Pienso que esta última describe mejor un contenido que no es siempre fácil de seguir para el profano -sobre todo en lo relativo al sistema nervioso y al cerebro- y porque parte de sus afirmaciones son hipótesis sin confirmar u opiniones personales sobre todo tipo de asuntos.

Lo que Damasio pretende demostrar aquí es la influencia de los sentimientos -entendidos en un sentido amplio, y que yo llamaría “sensaciones”- en la sociedades y culturas humanas, y no solo la inteligencia, el lenguaje y las habilidades sociales como se ha creído hasta ahora. Para ello se basa en un concepto, el de homeostasis (conjunto de mecanismos reguladores de los seres vivos, del más primitivo al más evolucionado, para mantenerse con vida y en las mejores condiciones posibles) y en un rastreo de los organismos terrestres desde sus más remotos orígenes. La homeostasis existe, pues, desde el inicio de la vida, se manifiesta en los primitivos organismos unicelulares mediante reacciones químicas y eléctricas, y ha guiado la selección natural dando prioridad a los genes más eficientes. A lo largo de la escala evolutiva, estos mecanismos se van complicando, y cuando aparecen los seres con sistema nervioso -600 millones de años atrás nada menos- tienen lugar, según esta hipótesis, esos sentimientos primitivos: malestar y placer, básicamente, hasta llegar a los vertebrados -y puede que hasta a los insectos de forma rudimentaria- que cuentan con una mente y un sistema nervioso complejo capaces de reconocer sus procesos internos, además de cinco sentidos corporales que les comunican con el mundo exterior. Esta complejidad culmina en el ser humano, que no solo es capaz de identificar estados de carencia y bienestar (“sentimientos”) sino que puede producir imágenes mentales muy precisas, comunicarse con un lenguaje articulado etc., y por tanto responder a esos estados mediante pautas culturales, cada vez más sofisticadas históricamente hablando, que optimicen sus circunstancias físicas y psíquicas. Sobre esto, quizá anticipando susceptibilidades, se apresura a aclarar que:

“... haber descubierto que las raíces de las culturas humanas se encuentran en la biología no humana no disminuye en absoluto el carácter excepcional de la humanidad, pues la excepcionalidad de cada ser humano procede de la inigualable importancia que le otorgamos al sufrimiento y a la prosperidad en el contexto de nuestros recuerdos del pasado y de nuestra construcción de la memoria de un futuro que anticipamos constantemente”.

Por otra parte, ningún “sentimiento” es neutro, todos tienen un valor (“valencia”) positivo o negativo, es decir, producen disgusto o bienestar. En el primer caso, el efecto será saludable, en el segundo, patológico. Damasio describe los procesos fisiológicos y evolutivos con gran precisión y, a pesar de su tendencia a reiterar (suele ocurrir en este tipo de trabajos) y a idas y venidas un poco irrelevantes, o quizá precisamente por eso, el razonamiento general se sigue con relativa facilidad. Proporciona, además, abundante documentación para apoyar sus teorías o ampliar algunos contenidos.

Los últimos capítulos se centran en la vida cultural humana, entendida como respuesta a los requerimientos individuales y sociales. Primero, desde un punto de vista histórico, luego ciñéndose a los hallazgos de la ciencia actual y, por último, anticipando un futuro más o menos utópico (inmortalidad transhumanismo, ingeniería genética) y diferenciando los proyectos realizables de las simples quimeras. Sobre el transhumanismo, por ejemplo, explica que la mente humana no se compone simplemente de algoritmos -no somos robots- necesita un cuerpo que interaccione con ella. [Los organismos vivos] “no son líneas de código; son materia”. Por eso, se puede construir inteligencia artificial sin necesidad de un sustrato biológico, pero no fabricar seres humanos.

“… uno se estremece un poco ante la perspectiva de una sociedad que necesita robots para hacernos compañía. ¿No hay suficientes personas en paro como para cubrir estos empleos después de que los coches y camiones inteligentes les hayan quitado sus medios de vida?”

Finalmente, destaca el hecho de que los avances tecnológicos no están aportando la felicidad previsible, que la desigualdad social es cada vez mayor y que la sobreabundancia de información -que además está sesgada, priorizando intereses financieros, comerciales y políticos- conduce a una desconexión, bastante generalizada, de los usuarios con los problemas reales y sus posibles soluciones. No olvida mencionar la capacidad adictiva de los dispositivos y la constante vigilancia que ejercen sin que se les aplique ningún tipo de freno. Por desgracia, la homeostasis se produce en el interior de los organismos pero no en las comunidades humanas; parece que los conflictos forman parte de la esencia de nuestras culturas y no hay forma de eliminarlos.


Traducción: Joan Domènec Ros

viernes, 24 de julio de 2020

Tochoweek IV: #5 - Nassim Nicholas Taleb: El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable

Idioma original: inglés
Título original: The Black Swan. The Impact of the Highly Improbable
Año de publicación: 2007
Valoración: Recomendable



a)     nada puedo hacer respecto a que el sol salga mañana (por mucho que lo intente);
b)     nada puedo hacer sobre si hay o no otra vida:
c)     nada puedo hacer sobre la posibilidad de que los marcianos se adueñen de mi cerebro.
Pero tengo muchas formas de evitar ser imbécil. Es algo que solo requiere proponérselo.



Hará un par de meses, afirmaba el autor de este libro que la pandemia por Covid 19 que asola actualmente el planeta no puede considerarse un cisne negro. Y sería una osadía por mi parte llevar la contraria al inventor del término y desarrollador de una teoría compleja, aunque no tanto como puede parecer según nos vamos adentrando en su lectura. No obstante, lo primero que pensé en cuanto vi lo que nos venía encima fue que esta obra tenía que ponerse en el primer lugar de mi lista de pendientes porque su contenido no podía ser más oportuno, que teníamos el cisne negro aquí ¡vaya!
Perdón. Si no se están enterando de qué va la cosa es porque todavía no les he explicado el concepto. Un cisne negro se define como el acontecimiento inusual que nadie esperaba y solo nos parece posible una vez se ha producido en contra de todas las expectativas, igual que los cisnes habían sido blancos por norma hasta que se encontró el primer ejemplar negro, modificando radicalmente lo que la biología entendía por tal. Pero veamos qué requisitos debe cumplir en palabras de quién lo acuñó;

[Un cisne negro] “es una rareza, pues habita fuera del reino de las expectativas normales, porque nada del pasado puede apuntar de forma convincente a su posibilidad. Segundo, produce un impacto tremendo. Tercero, pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que se hace explicable y predecible.”

 Bien, posiblemente la pandemia, hablando en sentido estricto, no lo sea ya que no cumple la primera condición. Es cierto que ha habido otras antes, pero desde un punto de vista subjetivo –y esto es una opinión personal– no me parece un disparate clasificarlo de ese modo para una gran parte de la población menos familiarizada con este tipo de asuntos. Y es que Nassim Nicolas Taleb –todo un personaje, como verán si se deciden a leer este tratado– lleva toda su vida estudiando probabilidades de riesgos, fortunas, catástrofes y demás giros que el azar o la ley de causa-efecto pueden depararnos. Un tipo curioso, que se esfuerza en caer simpático al lector y lo consigue, porque no incluir cierto gracejo en un texto de tamaño considerable repleto de conceptos estadísticos, sería una temeridad por parte de alguien que ha estudiado concienzudamente la manera de tener éxito en lo que haga y que de ningún modo va a conformarse con una discreta cifra de ventas. Yo lo definiría como un híbrido de científico y vividor que se pone el mundo por montera o aparenta hacerlo. Valga como ejemplo un comentario de su madre –nada original, por cierto – sobre lo afortunado que sería si se comprase a sí mismo por su valor real y se vendiese por el concepto que tiene de sí mismo.
Pero vayamos al contenido. Decía que su complejidad me ha parecido más aparente que real. Cierto que esa forma de ver las cosas resulta tan ingeniosa como práctica, que enmienda la plana –acertadamente o no– a inversores y demás profesionales relacionados con la Bolsa, a estadísticos, agentes de Seguros, propietarios de casinos etc. Pero tengo la impresión –y, naturalmente, puedo equivocarme– de que el buen Taleb ha diseñado una estructura deliberadamente farragosa para que sus reflexiones parezcan más enrevesadas de lo que son realmente. Se adjudica así un plus de complejidad, que no se le puede negar del todo ya que maneja conceptos matemáticos y estadísticos (explicados con sencillez, sin tecnicismos), pero que organizados de otra manera –en una secuencia conceptual más asequible, evitando repeticiones innecesarias y demás recursos que dificultan la comprensión y hacen la lectura algo tediosa – disfrutaríamos más y comprenderíamos mejor, aunque quizá no cayésemos rendidos de admiración a sus pies como parece que pretende. Todo esto a pesar de la cantidad y variedad de metáforas y ejemplos, de los retazos de vida que asoman aquí y allá y de la cercanía con el lector de que hace gala. Justo es reconocer que amenizan la lectura, aunque también la alargan innecesariamente y pueden suponer un obstáculo para la comprensión de los conceptos que maneja.
Para enunciarlo de la forma más simple, el mundo no es una plácida balsa de aceite, tal como queremos creer, sino una sucesión de cisnes negros que explicarían “casi todo, desde el éxito de las ideas y las religiones hasta la dinámica de los acontecimientos históricos y los elementos de nuestra propia vida.” Ejemplos de cisnes negros serían: la Primera Guerra Mundial, el nazismo y consiguiente estallido de la segunda, la caída de la Unión Soviética, el fundamentalismo islámico, Internet y un largo etcétera. Resulta paradójico, señala, que la humanidad avance o retroceda gracias (o a pesar) de estos fenómenos, y sin embargo no los tenga en cuenta en absoluto. La globalización, por ejemplo, bajo “la apariencia de estabilidad” “crea unos Cisnes Negros devastadores”, a causa de ella “tendremos menos crisis, pero serán mucho más graves”. El futuro es impredecible, pero el ser humano se comporta como si tuviese una hoja de ruta, basada en acontecimientos pasados, que lo dibujase sin apenas margen de error, y esto es muy peligroso, porque debido a esta ceguera los acontecimientos indeseados sucederán mucho más fácilmente.

Desde el punto de vista del pavo, el hecho de que el día mil uno no le den de comer es un Cisne Negro. Para el carnicero no, ya que no es algo inesperado. De modo que aquí podemos ver que el Cisne Negro es el problema del imbécil.”

Más imaginación y más pensamiento abstracto es lo que hace falta cuando la realidad se vuelve cada vez más compleja, afirma repetidamente. Para ilustrarlo nos sitúa en dos universos: Mediocristán y Extremistán. Al primero pertenecerían todos los fenómenos que no pueden apartarse mucho de un término medio, por ejemplo la estatura humana, al segundo los que pueden alcanzar cifras incomparables entre sí, como la riqueza que puede acumular una persona, cifras de ventas etc. Los cisnes negros solo pueden aparecer en este último. Pero hay que verlos, y la mente nos suele jugar malas pasadas, incluso los científicos, acostumbrados a filtrar los sesgos en su entorno laboral, caen en su vida cotidiana en trampas de este tipo. La predicción –siempre según Taleb –no es algo que esté a nuestro alcance: podemos hablar de lo que ha sucedido pero no del futuro, a no ser que en él no ocurriese nada imprevisible y se rigiera por lo que (erróneamente) consideramos reglas históricas. Pero los cisnes negros son inevitables –y más frecuentes de lo que pensamos– por eso, nos equivocamos en nuestros augurios una y otra vez y, lo que es peor, seguimos sin darnos cuenta. Y no es una forma de hablar: puesto que no somos omniscientes. la impredicibilidad es un elemento que hay que asumir, pero sus consecuencias serían mucho más leves si fuésemos conscientes de ella.

El modelo clásico de descubrimiento es el siguiente: se busca lo que se conoce (por ejemplo, una nueva ruta para llegar a las Indias) y se encuentra algo cuya existencia se ignoraba (América). Si cree el lector que los inventos que tenemos a nuestro alrededor proceden de alguien sentado en un cubículo que va mezclando elementos como nunca antes se habían mezclado y sigue un horario fijo, piense de nuevo: casi todo lo actual es fruto de la serendipidad, un hallazgo fortuito ocurrido mientras se iba en busca de otra cosa.”

Su consejo es que, ya que no podemos dejar de ser predictivos porque forma parte de nuestra naturaleza, ¡adelante! Hagamos previsiones, pero solo en cuestiones poco relevantes (una merienda por ej.), nunca en lo relacionado con las ciencias sociales o la economía, pues las consecuencias pueden ser nefastas. Y si alguna vez hay que escuchar a predictores institucionales, tengamos en cuenta que “su precisión se degrada con el paso del tiempo”. Nada nos hace inmunes a la aleatoriedad de la vida, solo hay un camino para minimizar los efectos del cisne negro: convertirlo en gris, es decir, como ha dicho y repetido mil veces, contar con su existencia. Ese es el motivo de que no catalogue como tal al Covid 19. 
No lo habrá sido para él, que vive en permanente estado de alerta, ni para algunos científicos que venían anunciando algo así, para el resto de la humanidad, creo yo, lo que está ocurriendo es un auténtico cisne negro sin ningún género de dudas.


Traducción: Roc Filella Montfort y Albino Santos Mosquera

jueves, 16 de julio de 2020

Chimamanda Ngozi Adichie: Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo

Idioma original: inglés
Título original: Dear Ijeawele, or A Feminist Manifesto in Fifteen Suggestions
Año de publicación: 2016
Valoración: Pedagógico


Nadie puede negarle a esta escritora su vocación y aptitudes didácticas. En cierto modo, me recuerda a Arundhati Roy. Ambas partían de unas condiciones difíciles para hacer oír su voz y que se reconociese su talento, empezaron escribiendo ficción y han acabado volcándose en el activismo cada una a su manera. Tal como ocurrió con La flor púrpura hace unos años, El dios de las pequeñas cosas fue todo un acontecimiento en su día, pero luego su autora se centró en el ensayo y no volvió a escribir ficción hasta veinte años más tarde. Adichie, hasta ahora, se ha dedicado sobre todo a la narrativa, sus obras de no ficción tienen un carácter más divulgativo, aunque habrá que esperar, porque vocación ensayística tiene y le queda toda una carrera por delante.
No puedo comparar este texto con Todos deberíamos ser feministas porque no lo he leído aún, pero entiendo que pretendía comunicar unos valores a los adultos de hoy, este en cambio se dirige a los adultos del futuro. Y lo considero muy necesario, pues cuando una mentalidad injusta se va transmitiendo de un siglo a otro, la única forma de romper esquemas tan arraigados es educar. Aún así, no entiendo por qué la supuesta amiga a quien va dirigida esa carta acaba de ser madre de una niña, en mi opinión, debería haber tenido gemelos, uno de cada sexo, pues la magia de la literatura permite quitar y poner lo que más convenga a los objetivos del que escribe. Y es que ¿qué hacemos con los supuestos hermanos de Chizalum, con sus primos, sus compañeros de colegio, los hombres que se crucen con ella a lo largo de su vida, la sociedad masculina que, durante su vida adulta, dirigirá el destino de Nigeria? Convendrán conmigo en que, muy probablemente, esa niña comience a discrepar más pronto que tarde de una situación que la oprime, lo que no está tan claro es que los varones de su edad, educados en el privilegio, sientan esa misma inquietud.
Urge una recopilación de consejos tan esquemática y clara como Querida Ijeawele, pero esta vez dirigida a los niños nigerianos, y que, de paso, la lean los padres y madres estadounidenses, españoles y del resto del planeta, a ver si empieza a equilibrarse un poco un estado de cosas que solo nos parece aceptable porque hemos nacido con él.
El texto se divide en quince capítulos que son otras tantas sugerencias. Dicho así puede parecer un ladrillo, pero aquí entran en juego las habilidades literarias de Adichie ofreciendo al lector una trama mínima, que vertebra y ameniza el contenido sin apartarnos de la línea expositiva. Por eso, supongo, la destinataria tiene nombre, así como su hija y marido, y las recomendaciones se alternan con anécdotas la mar de entretenidas.
Se preguntarán de qué sugerencias se trata. Les advierto que son muy básicas: no van a encontrar nada nuevo y a la mayoría de ustedes les parecerán de sentido común. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, en la práctica se siguen ignorando, aquí y en cualquier parte, así que no está de más recordarlas, inculcárselas a las niñas y a los niños, insistir sin descanso hasta que dejen de hacer falta por obvias. Juzguen ustedes mismos: la crianza debe ser compartida por los dos progenitores, no existen “roles de género” (“Saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina. A cocinar se aprende”). Así, tal cual, y me encanta que sea tan directa, así nadie puede alegar que no se la entiende. ¿Quieren más? A los bebés no hay que clasificarlos por colores; cualquier juguete es adecuado para ambos sexos; el matrimonio no debe ser un objetivo a conseguir por las chicas pues, una vez casadas (o a premiadas a buscar marido), se encontrarán en inferioridad de condiciones. Nadie tiene que dar permiso a nadie y todo el mundo debe aprender lo que necesita para valerse por sí mismo/a. El lenguaje nunca es inocente, así que cuidado con esos términos y frases que se graban para siempre y acaban condicionando nuestra conducta. Las mujeres no tienen que agradar, deben ser amables y resolutivas, exactamente igual que ellos. Debemos contrapesar esos prejuicios que, muy posiblemente, la niña escuchará fuera de casa etc.
Como ven, son cuestiones muy obvias, al menos para quienes vemos el mundo con una perspectiva humanística.

Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

 Otras obras de la autora: Aquí

sábado, 6 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #6: La casa, crónica de una conquista, de Daniel Torres


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable

Concebido inicialmente como un proyecto por entregas, La Casa. Crónica de una conquista se publicó finalmente como un apabullante volumen –por tamaño, extensión y ambición- que reflexiona a través de la narración gráfica sobre los tres mil años de relación que los seres humanos llevamos con la vivienda, con el lugar donde moramos (del latín morari, detenerse). La ¡casa! que en los juegos infantiles es refugio seguro,  la casa que se nos cae encima, la que jamás hay que empezar por el tejado, el lugar que es idea y que nos retrata e identifica; esa es la esencia que recorre las casi seiscientas páginas de este libro. O, resumido en un interrogante, ¿de dónde nos viene el concepto del hogar?

Estructurado en 26 capítulos, que arrancan a las orillas del río Jordan 1.200 años AC para concluir con una hipótesis de lo que nos puede deparar el futuro más inmediato, este concienzudo trabajo del dibujante Daniel Torres (Teresa de Cofrentes, Valencia, 1958) reflexiona sobre uno de los ámbitos, actividades y espacios más personales y universales de la condición humana, la vivienda, y lo hace poniendo a las propias personas –comunes, anónimas, vulgares- en el centro de interés, como protagonistas. En el libro se habla por supuesto de arquitectos y de materiales, de escuelas y de modas, de planos y de escalas, pero hay un par de axiomas que subyacen, poderosos y tremendos: Hasta hace poco más de un siglo, la inmensa mayoría de la Humanidad ha vivido en condiciones deplorables, terroríficas y, hoy en día, al menos una tercera parte de ésta habita en chabolas o infraviviendas. Y uno más; la vivienda siempre ha sido un bien escaso y, por tanto, caro. La mano de obra es abundante y, en consecuencia, corta su retribución. Ley de hierro, tan duro como el que sale de la fundición.

El proyecto requirió seis años de elaboración para ser entregado a imprenta, la mitad para documentación, estructuración y diseño y otro tanto para plasmarlo sobre el papel. El dibujo de Daniel Torres es muy ilustrativo y meticuloso, fotográfico, con abundancia de detalles y una composición muy cuidada, con una paleta de colores sosegada, con predominio de tonos pastel y protagonismo del ocre y del siena, una elección que refuerza la intencionalidad profunda del relato, encajado en una estructura narrativa clásica, con secuencias que arrancan en un gran plano general para dirigir al lector hacia el menudeo de la narración. La información gráfica y textual está dispuesta con esmero, muy ordenada, y su colocación en las páginas evita que la profusión de datos y detalles se haga farragosa. Este es un trabajo amplio y minucioso, pero no academicista ni de tesis, porque su objetivo es divulgativo. Formalmente resulta un buen ejemplo de ese tipo de cómic que hace ya casi medio siglo se denominó línea clara –en contraposición a  la línea chunga- y que tuvo en el Tintín de Hergé a uno de sus referentes ineludibles.


Si bien los primeros capítulos se desarrollan a orillas del Mediterráneo, a partir del siglo IX los ejemplos que se abordan se centran en la Europa Occidental y a partir del XIX en los Estados Unidos. Los argumentos tratados son tan variados como sugerentes. Desde la aparición en el siglo XIII de los planos sobre papel, que confirió a la arquitectura la condición de transportable, a la importancia de factores como los cañones o las ratas en la configuración de las urbes o de objetos como las llaves, la iluminación o los desagües fueron modelando las casas como un decorado para la vida, reflejando mentalidades, necesidades y apariencias. Posteriormente, la acumulación de bienes se hizo símbolo inexcusable de bienestar; enseres, novedades indispensables, exotismos, lujos, sorpresas ingeniosas, fruslerías, regalos… La aparición de nuevas fuentes de energía llenó las casas de máquinas hasta transformar la vivienda en un mecanismo, eficiente, serializado, impersonal. Quizás aquí se le puede plantear un pero al libro, al focalizar el relato en lo que supuesta o convencionalmente retrata las épocas, en qué se considera digno de atención y qué no, dejando de lado vastísimas realidades. Aunque eso es lo que ocurre inevitablemente cuando hay que tomar decisiones sobre cómo aprovechar el (siempre) limitado espacio a nuestra disposición.

 

sábado, 17 de marzo de 2018

Don Thompson: El tiburón de 12 millones de dólares


Idioma original: Inglés
Título original: The $ 12 million stuffed shark
Traductora: Blanca Rivera 
Año de publicación: 2008
Valoración: Recomendable para interesados

Don Thompson, economista y profesor de empresariales, revela en El tiburón de 12 millones de dólares los entresijos del mercado del arte contemporáneo. Lo hace de forma amena y cínica; salpican su texto divertidas anécdotas y alguna que otra maliciosa observación. 

Thompson me ha parecido una persona implicada en la situación, que dispone de conocimientos que van más allá de su disciplina y que la mayor parte del tiempo sabe de lo que habla. Aún y así, no siempre coincido con él. Mi mayor problema con el autor (y, por extensión, con su ensayo) reside en algunas de sus apreciaciones. Así pues, primero que nada dejad que os aclarare mis discrepancias:

  • Thompson parece alabar a menudo un modelo de arte que, a mi juicio, no es el único al que se debe tender. Ni tampoco es, ni de lejos, el más interesante: me refiero a un arte bello o decorativo. Incluso como razón de compra este es un argumento de lo más endeble. Para una institución de tipo museo, claro; un particular puede adquirir una obra siguiendo el criterio que le venga en gana. 

  • El escritor también habla de la relación que hay entre la “escasez” y el valor de la obra de arte. Supongo que su criterio concierne más a lo económico que a lo cultural (esto último vinculado al aura benjaminiana). Sea como fuere, pienso que en una era de arte reproducible, esta “escasez” ya debería haber dejado de ser una preocupación determinante en relación al precio o al valor artístico intrínseco de una pieza. 

En fin, vamos al grano. Como digo, pese a ciertas desavenencias puntuales que pueda tener con Thompson, su libro es de una relevancia incuestionable. En El tiburón de 12 millones de dólares, el autor nos explica por qué las obras de arte contemporáneo se cotizan a precios astronómicos. Todo ello guarda una estrecha relación con triquiñuelas e intereses económicos, así como un uso del marketing y de la manipulación por vía de la psicología. Como consecuencia de estas prácticas, la calidad artística de la obra ya no es un factor a tener en cuenta cuando se habla de su precio. Ni de su venta, claro. Su procedencia, la demanda que pesa sobre el artista, los caprichos del mercado del arte, son lo realmente significativo. Tenemos, por ejemplo, a coleccionistas que pujan por la obra del autor que coleccionan, subiendo así el valor de éstas. O a galerías que dotan de “contexto” o procedencia a obras menores para insuflarles algún que otro cero extra a su ya de por sí desorbitado precio. Otra de las repercusiones que tiene el mercado del arte contemporáneo en el arte es la ambigua legitimidad del mismo; en este contexto, la noción y naturaleza de arte se desdibuja. ¿Qué es lo que avala a una obra? ¿Que algo se venda o se exponga lo convierte automáticamente en arte?

Hasta aquí, todo bien. El ensayo me parece revelador e informativo. Thompson aporta ejemplos concretos de los casos que expone para ilustrar cada uno de sus puntos. Y, además, confecciona una serie de listas propias ("Los marchantes superestrella", "Récords de precio en arte"...) que contribuyen a ordenar sus ideas. En fin, que el libro es altamente recomendable para todos aquellos interesados en comprender con mayor profundidad la situación actual.  

Pero antes de seguir, permitidme otra disquisición propia. Tengo la impresión de que mucha gente aprovecha los datos que se aportan en este libro para eximir de sus fantasmas a paradigmas previos de lo que es y no es arte, o del mercado del mismo. Esto parecen demostrar, al menos, los comentarios en las reseñas de El tiburón de 12 millones de dólares de otros blogs. A ver, que nadie se escandalice. Está claro que este libro saca los trapos sucios del arte contemporáneo, que los tiene, y a puñados. Pero no me gustaría que ninguna de esas personas dispuestas a despotricar sobre este tipo de arte se viera ahora más autorizada a defender nostálgicamente tiempos pasados. Hay que recordar que todo paradigma artístico ha tenido sus cosillas. ¿Acaso los biógrafos de los Grandes Maestros no han atribuido datos apócrifos constantemente para mitificar a la figura del artista? ¿Acaso la influencia de los Médici no fue determinante en el éxito de Leonardo Da Vinci o Sandro Boticcelli? ¿Acaso los talleres renacentistas no vendían ya cuadros confeccionados por ayudantes, y no por los artistas que los firmaran? ¿Acaso el triunfo del Expresionismo Abstracto en los años 50 no tiene una explicación histórica y política, más allá de la que le puede granjear su calidad artística? Estas reflexiones no son negadas en ningún momento en el El tiburón de 12 millones de dólares, entendámonos. Esta intervención no era, pues, más que una forma de cuestionar a toda esa gente que lo emplea para exaltar tiempos pasados. 

Para acabar, mencionaré un último detalle del ensayo. Es harto curioso (y acertado) el término "marca", propuesto por Thompson. Como el autor deja claro con numerosos ejemplos, “la marca eleva el valor de lo ordinario”. Por marca se entiende el propio artista, a un coleccionista (pienso en Charles Saatchi), un museo, una ciudad (ahora, Londres y Nueva York) o un evento (como la Bienal de Venecia). Pues nada, no nos dejemos engañar ahora que hemos sido advertidosUna marca no tiene por qué garantizar la calidad de lo que la lleva... Salvo que hablemos de reseñas literarias y el blog Unlibroaldía, claro. Calidad incuestionable. 

martes, 8 de agosto de 2017

Jared Diamond: Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen

Resultado de imagen de colapso diamond amazonIdioma original: inglés
Título original: Collapse
Año de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable por lo menos



En lo que concierne al futuro del planeta, la disponibilidad de recursos, el cambio climático, la inevitable globalidad de los problemas medioambientales y cuestiones similares parece que la opinión esta polarizada. El sector concienciado manifiesta su preocupación constantemente e intenta sensibilizar al resto.
Necesitamos saber a qué atenernos. En absoluto considero una exageración esas alarmas, pues están bien documentadas y proceden de fuentes fiables, pero incluso los que piensan que apenas tienen fundamento deberían salir de dudas de una vez. Colapso no es un texto de ficción ni un ensayo literario, se trata de una obra científica, extensa, y exhaustivamente documentada, imprescindible –junto a otras– para todo administrador público o para cualquiera que desee opinar con conocimiento de causa.
Su propósito es investigar las causas del colapso de algunas sociedades antiguas –la mayor parte de las cuales desapareció sin dejar rastro– comparándolas con las pautas que impulsaban la gestión medioambiental de las diversas regiones del planeta a mediados de la década anterior.
Diamond es doctor en fisiología y biofísica, ornitólogo, geógrafo, gran viajero, profesor universitario, promotor y colaborador en un sinfín de proyectos sobre el terreno relacionados con biología y geología, tiene en su haber obras divulgativas tan relevantes como Armas, gérmenes y acero (reseñado en este blog) que obtuvo el Pulitzer en 1998, y otras, como El mundo hasta ayer y Sociedades comparadas, a las que merece la pena acercarse antes de que queden obsoletas. Desde luego, no se le puede reprochar falta de rigor, desconocimiento de los asuntos que trata, carecer de una formación científica sólida, capacidad comunicativa o falta de entusiasmo. Al contrario, estamos ante un estudio profundo que contiene una ingente cantidad de apoyaturas científicas y datos de toda índole. Esto, que en absoluto es un defecto, puede pillar desprevenido al lector que esté buscando algo más ligero, pero yo aconsejaría que no se desanimen, no es preciso asumir una lectura exhaustiva de sus casi ochocientas páginas, al menos antes de saber hasta qué punto van a interesarnos. Un análisis de estas características, tan bien estructurado y con clasificaciones tan claras, se puede leer de muchas formas, desde la simple consulta hasta la habitual de principio a fin, pasando por saltarse párrafos o capítulos enteros eligiendo aquellos que más nos interesen.
Variedad hay de sobra. Tras una introducción en la que se analiza la situación actual de una zona muy concreta del estado de Montana (región que el autor tiene en gran estima y cuyos vertiginosos cambios, el enfrentamiento de pareceres entre vecinos que estos provocan y el delicado equilibrio ecológico a que todo ello ha dado lugar se utiliza como término de comparación con datos observados en otros territorios), emprendemos un viaje en el tiempo en una primera parte que repasa algunas sociedades tradicionales desaparecidas por causas diversas, dejando, eso sí, rastros inconfundibles –unas más y otras menos– de los que podemos aprender mucho si somos capaces de descifrarlos. Y si alguien sabe leer las señales que dejaron los antiguos es precisamente el autor.
Esta primera sección consta de cuatro capítulos y, para variar, en lo que respecta a la antigua civilización de la isla de Pascua recurre a indicadores y llega a conclusiones que no tienen nada que ver con los extraterrestres. Otros pueblos cuyos indicios se rastrean son: los mayas, los extinguidos vikingos de Groenlandia –en oposición a los inuits, que subsistieron gracias a la sostenibilidad de sus prácticas– o el Japón de la dinastía Tokugawa (s. XV a XVII) y su triunfo frente a la adversidad.
La tercera parte se enfrenta a la complejidad de algunas sociedades actuales: Ruanda y las causas (evidentes y ocultas) de sus conocidas tragedias, el radicalmente distinto abordaje de los problemas medioambientales dentro una misma isla (ejemplificado por los estados de República Dominicana y Haití), los errores cometidos por China y la celeridad con que se resuelven a veces, sin olvidar las dificultades endémicas de Australia y sus tentativas de un cambio de óptica que anuncian una etapa con bastantes probabilidades de éxito. Comparadas con el grupo anterior, se caracterizan por aportar muchos más datos sobre el presente pero más incertidumbre en relación al futuro. Por fortuna, no todas las amenazas de desastre llegan a consumarse, las sociedades remontan a veces, y al contrario: territorios que, se diría, cuentan con todos los requisitos para llevar una vida próspera van decayendo y acaban por desaparecer por no haber previsto que los recursos se consumen con el tiempo a no ser que se adopten medidas drásticas.
En los capítulos finales, el autor repasa la causas, tanto del colapso final como de los desastres ecológicos parciales –unas son atemporales (como la destrucción de recursos naturales, la superpoblación y la producción o traslado de agentes perjudiciales para un hábitat), otras recientes (la energía, el techo fotosintético, los cambios atmosféricos y la toxicidad de los productos)–, explica su estrecha interrelación, se pregunta si proceden de las dificultades inherentes a una zona concreta o más bien radican en conductas erróneas, extrae conclusiones para afrontar el futuro que le espera al conjunto de los seres humanos y, significativamente, acaba con el epígrafe Razones para la esperanza.
Un trabajo impecable, reconocido por profanos y especialistas, aunque se le ha reprochado cierto sesgo ideológico. Y, efectivamente, no se puede negar que, en lo relativo al presente, Diamond es de alguna forma juez y parte. Siempre que vuelve la vista atrás se muestra objetivo y desapasionado, interesándose solo por las prácticas que resultan beneficiosas o nefastas para el medio, en cambio, cuando se refiere a la actualidad encontramos afirmaciones como mínimo discutibles. Por ejemplo, teniendo en cuenta que la sostenibilidad del planeta tiene unos límites muy precisos, considera el afán de progreso de los países tercermundistas –tanto en su propio terreno como en la tendencia a la inmigración– una amenaza para el bienestar de los más prósperos; ni siquiera plantea una solución justa en forma de decrecimiento de unas zonas a favor del avance de otras. A destacar también su énfasis en la inevitabilidad de que las empresas extractivas prioricen el ánimo de lucro, justificándolo tanto por la necesidad de obtener beneficios como por sus legislaciones auto-protectoras, pero no encontramos la misma indulgencia respecto al conservadurismo medioambiental de los noruegos que se instalaron en Groenlandia hace siglos o hacia las costumbres religiosas que extinguieron en Pascua las reservas de piedra y madera.
Este tipo de estudios se desfasa a gran velocidad, como es lógico. Quiero pensar que Colapso, en su mayor parte, todavía está vigente; aún así, el lector no podrá dejar de preguntarse qué cambios se han producido en los once años transcurridos, en qué sentido, cuál habrá sido la causa y quienes los responsables.


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