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jueves, 4 de abril de 2024

James Baldwin: La próxima vez el fuego

Idioma original: inglés
Título original: The Fire Next Time
Traducción: Paula Zumalacárregui para Capitán Swing
Año de publicación: 1963
Valoración: muy recomendable


Me produce cierto sonrojo observar, que tras más de cinco mil libros reseñados a lo largo de la vida de ULAD, siguen faltando autores que, ya sea por su obra o por su pensamiento, son personajes clave en la historia de la literatura. Y, a pesar de que James Baldwin ha aparecido citado en alguna reseña mía y reseñé un libro de relatos de varios autores que, justamente por su título «Esta vez el fuego», le hace un claro homenaje, nos faltaba un libro suyo. Y qué mejor ocasión para hacerlo que en 2024, año en el que se celebra el centenario de su nacimiento.

A modo de introducción, cabe decir que James Baldwin es una figura crucial en la historia de la literatura, el pensamiento y el activismo en los Estados Unidos durante el siglo pasado pues centró su obra especialmente sobre temas de gran importancia social como los derechos civiles, la homosexualidad, la religión y el racismo. En una vida a caballo entre Estados Unidos y Francia, el autor se volcó en la búsqueda de su identidad y en defensa de los derechos civiles, una defensa que le permitió relacionarse con figuras como Malcolm X y Martin Luther King. 

Considerado una obra de referencia en aspectos raciales y de derechos civiles, el libro que nos ocupa contiene dos breves ensayos en los que aborda de manera clara aspectos como el racismo, la religión y la identidad. En el primero de ellos, «Tembló mi celda» (ensayo muy breve con poco menos de diez páginas) consta de una carta que el autor escribe a su sobrino para prepararle sobre lo que se encontrará en la vida (de manera similar a la carta que Ta-Nehisi Coates escribe a su hijo en «Entre el mundo y yo») y a quien pone sobre aviso al indicarle que «lo único que puede destruirte es que creas a pies juntillas los insultos racistas de los blancos». Así, Baldwin habla a su sobrino sobre las personas aparentemente inocentes y bienintencionadas advirtiéndole que «te escribo esta carta para intentar aconsejarte sobre cómo tratar con ellos» y le recuerda así mismo que cuando nació lo hizo «para que te amáramos, criatura, con locura, de una vez y para siempre, para curtirte en un mundo sin amor» porque «gracias al amor, hagamos que nuestros hermanos se vean tal y como son, dejen de huir de la realidad y empiecen a cambiarla. Pues este es tu hogar, amigo mío, no dejes que te destierren; grandes hombres han hecho aquí grandes obras y volverán a hacerlas: podemos hacer de los Estados Unidos el país que está llamado a ser». Así, en este primer ensayo, el autor narra la dificultad de ser negro en un mundo dominado por blancos, pero insta a su vez a defender la negritud, apelando al orgullo de una etnia que se sabe necesaria para devolver al país a lo que de él se espera.

En el segundo relato, «A los pies de la cruz», el autor toma consciencia en sus inicios de la adolescencia de su situación social, de los peligros que acechan a los chicos de su edad, raza y clase; unos peligros que evidencia al afirmar que «durante el año en que cumplí catorce años, sentí, por primera vez en mi vida, miedo: miedo tanto del mal que había dentro de mi como del que había fuera (…) las prostitutas, los chulos y los mafiosos de la Avenida se habían erigido en una amenaza personal. Nunca se me había ocurrido que yo pudiera terminar como ellos, pero en aquel momento me di cuenta de que éramos fruto de las mismas circunstancias». Baldwin, consciente del lugar que el mundo blanco quería destinar a los negros expone, de manera clara, que «el miedo que detecté en la voz de mi padre cuando se dio cuenta de que de verdad me creía capaz de hacer lo mismo que un niño blanco y tenía toda la intención de demostrarlo (…) era otro miedo: el miedo de que el niño, al desafiar las presunciones del mundo blanco, estuviera exponiéndose a la destrucción». Así, con la clara influencia de su padre predicador baptista empieza a interesarse por la religión, como refugio y como guía, una práctica común entre los miembros de su comunidad y que le conmueven y asombran hasta el punto de afirmar que «nunca he visto nada que iguale el fuego y la emoción que a veces, sin previo aviso, llenan la iglesia y la hacen ‘estremecerse’» pero expone  a su vez su desconfianza hacia las religiones afirmando que, al leer los evangelios, «recuerdo la vaga sensación de que el mensaje encerraba una especie de chantaje. La gente, pensaba yo, tendría que amar al Señor porque sí, no por miedo a ir al infierno». De esta manera, en este segundo relato más orientado a la religión, el autor habla sobre el poder y la intención del cristianismo cuando este llegó a África y asevera sin tapujos que «la difusión del Evangelio —con independencia de las motivaciones, la integridad y el heroísmo de algunos misioneros— era una justificación absolutamente indispensable para clavar la bandera». Así, constata y defiende de manera taxativa que «no es exagerado decir que cualquier ser humano que ansíe alcanzar una cierta estatura moral (…) Debe desvincularse primero de todas las prohibiciones, crímenes e hipocresías De la Iglesia cristiana. Si el concepto De Dios tiene alguna validez o utilidad, solo pueden ser la de hacernos más grandes, libres y amorosos. Si Dios no es capaz de conseguir eso, ya es hora de que nos deshagamos de él».

Gran defensor de la integración social, James Baldwin expone que «construir una nación ha resultado ser una tarea complicadísima: desde luego, no es necesario formar dos, una negra y una blanca» y es necesaria la colaboración de todos y su empeño porque, tal y como indica, «a una civilización no la destruyen personas malvadas; no es necesaria la maldad: basta con que les falte carácter». Un carácter que sin duda él poseía y que le permitió defender con orgullo sus ideas y sus principios, unos valores personales que hacen que llegue a afirmar, con convicción inquebrantable, que «tenemos una responsabilidad hacia la vida: es el pequeño faro de esa aterradora oscuridad de la que venimos y a la que terminaremos regresando. Debemos negociar ese pasaje con la mayor nobleza posible, por el bien de aquellos que nos sucederán». Y la verdad es que, como lema vital, me parece irrefutable.

jueves, 16 de julio de 2020

Chimamanda Ngozi Adichie: Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo

Idioma original: inglés
Título original: Dear Ijeawele, or A Feminist Manifesto in Fifteen Suggestions
Año de publicación: 2016
Valoración: Pedagógico


Nadie puede negarle a esta escritora su vocación y aptitudes didácticas. En cierto modo, me recuerda a Arundhati Roy. Ambas partían de unas condiciones difíciles para hacer oír su voz y que se reconociese su talento, empezaron escribiendo ficción y han acabado volcándose en el activismo cada una a su manera. Tal como ocurrió con La flor púrpura hace unos años, El dios de las pequeñas cosas fue todo un acontecimiento en su día, pero luego su autora se centró en el ensayo y no volvió a escribir ficción hasta veinte años más tarde. Adichie, hasta ahora, se ha dedicado sobre todo a la narrativa, sus obras de no ficción tienen un carácter más divulgativo, aunque habrá que esperar, porque vocación ensayística tiene y le queda toda una carrera por delante.
No puedo comparar este texto con Todos deberíamos ser feministas porque no lo he leído aún, pero entiendo que pretendía comunicar unos valores a los adultos de hoy, este en cambio se dirige a los adultos del futuro. Y lo considero muy necesario, pues cuando una mentalidad injusta se va transmitiendo de un siglo a otro, la única forma de romper esquemas tan arraigados es educar. Aún así, no entiendo por qué la supuesta amiga a quien va dirigida esa carta acaba de ser madre de una niña, en mi opinión, debería haber tenido gemelos, uno de cada sexo, pues la magia de la literatura permite quitar y poner lo que más convenga a los objetivos del que escribe. Y es que ¿qué hacemos con los supuestos hermanos de Chizalum, con sus primos, sus compañeros de colegio, los hombres que se crucen con ella a lo largo de su vida, la sociedad masculina que, durante su vida adulta, dirigirá el destino de Nigeria? Convendrán conmigo en que, muy probablemente, esa niña comience a discrepar más pronto que tarde de una situación que la oprime, lo que no está tan claro es que los varones de su edad, educados en el privilegio, sientan esa misma inquietud.
Urge una recopilación de consejos tan esquemática y clara como Querida Ijeawele, pero esta vez dirigida a los niños nigerianos, y que, de paso, la lean los padres y madres estadounidenses, españoles y del resto del planeta, a ver si empieza a equilibrarse un poco un estado de cosas que solo nos parece aceptable porque hemos nacido con él.
El texto se divide en quince capítulos que son otras tantas sugerencias. Dicho así puede parecer un ladrillo, pero aquí entran en juego las habilidades literarias de Adichie ofreciendo al lector una trama mínima, que vertebra y ameniza el contenido sin apartarnos de la línea expositiva. Por eso, supongo, la destinataria tiene nombre, así como su hija y marido, y las recomendaciones se alternan con anécdotas la mar de entretenidas.
Se preguntarán de qué sugerencias se trata. Les advierto que son muy básicas: no van a encontrar nada nuevo y a la mayoría de ustedes les parecerán de sentido común. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, en la práctica se siguen ignorando, aquí y en cualquier parte, así que no está de más recordarlas, inculcárselas a las niñas y a los niños, insistir sin descanso hasta que dejen de hacer falta por obvias. Juzguen ustedes mismos: la crianza debe ser compartida por los dos progenitores, no existen “roles de género” (“Saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina. A cocinar se aprende”). Así, tal cual, y me encanta que sea tan directa, así nadie puede alegar que no se la entiende. ¿Quieren más? A los bebés no hay que clasificarlos por colores; cualquier juguete es adecuado para ambos sexos; el matrimonio no debe ser un objetivo a conseguir por las chicas pues, una vez casadas (o a premiadas a buscar marido), se encontrarán en inferioridad de condiciones. Nadie tiene que dar permiso a nadie y todo el mundo debe aprender lo que necesita para valerse por sí mismo/a. El lenguaje nunca es inocente, así que cuidado con esos términos y frases que se graban para siempre y acaban condicionando nuestra conducta. Las mujeres no tienen que agradar, deben ser amables y resolutivas, exactamente igual que ellos. Debemos contrapesar esos prejuicios que, muy posiblemente, la niña escuchará fuera de casa etc.
Como ven, son cuestiones muy obvias, al menos para quienes vemos el mundo con una perspectiva humanística.

Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

 Otras obras de la autora: Aquí

martes, 14 de mayo de 2019

Élisabeth de Fontenay & Alain Finkielkraut: Campo de minas

Idioma original: Francés
Titulo original: En terrain miné
Traducción: Elena M. Cano e Ignacio Sánchez-Paños
Año de publicación: 2017
Valoración: Interesante

Élisabeth de Fontenay es profesora de Filosofía en La Sorbona de París. Alain Finkielkraut, por su parte, es filósofo y profesor de Historia de las Ideas en la Escuela Politécnica de París, además de conducir un programa radiofónico en France Culture desde hace décadas y ser un conocido “polemista” en el país vecino.

Ambos comparten formación, nacionalidad y origen judío, además de una larga amistad, pese a (o precisamente debido a, quién sabe) sus diferencias ideológicas. En este sentido, podríamos situar a de Fontenay en la actual socialdemocracia y a Finkielkraut… Bueno, Finkielkraut es más difícilmente etiquetable, aunque de Fontenay le acusa de acercarse , en ocasiones peligrosamente, a la ultraderecha, algo que él rebate aferrándose a su apego a la laicidad y a su defensa encarnizada de la escuela republicana. 

Debido a esa vieja y querida amistad y a una visión global según la cual la controversia "hay que entenderla entonces como una oportunidad de ser más inteligentes", ambos se lanzan a la publicación de este intercambio epistolar con el que se ponen de manifiesto sus acuerdos y desacuerdos (más estos que aquellos) en temas tan actuales y polémicos como la inmigración, el Islam, la identidad nacional, el mestizaje cultural, el progreso, el papel de la Historia y el pasado en los acontecimientos actuales y en la interpretación que de ellos tenemos, etc.

Es precisamente la elección por parte de los autores de ese formato epistolar algo que los profanos en la materia debemos agradecer. Cierto es que se trata de un formato que limita las posibilidades de réplica y contrarréplica y que impide un mayor desarrollo teórico, pero creo que los “no iniciados” nos sentimos más cómodos en estos textos breves en los que prima la inmediatez y actualidad de los temas frente al soporte teórico de las opiniones. En cualquier caso, las referencias (Habermas, la escuela de Frankfurt, Sartre, Kundera, Marx, etc) no abruman e invitan a tratar de bucear en ellas.

Otro aspecto destacable del libro (o de sus autores) es el exquisito respeto con el que se tratan. Uno está acostumbrado a “debates televisivos” en los que la descalificación gratuita e infantiloide está a la orden del día (cualquiera que viera los últimos debates electorales en España lo podría atestiguar). En este caso, pese a sus diferencias casi irreconciliables, tanto de Fontenay como Finkielkraut argumentan sus posiciones sin caer en reducciones al absurdo. 

Como punto menos favorable, además del ya comentado mayor desarrollo teórico que gente con (algo de) formación en el campo de la filosofía podría requerir, está la excesiva “francesidad” del texto. Y es que algunas referencias locales (autores como Renaud Camus, Patrick Boucheron, etc) me resultan tan extrañas que no puedo hacer otra cosa que tratar de buscar algo de información (que siempre queda incompleta) y lamentarme de mi ignorancia.

En cualquier caso, creo que lo bueno del libro supera con creces a lo “malo”, más achacable a mis propias carencias que a otra cosa, y que “Campo de minas” es una lectura más que interesante acerca de los tiempos que nos han tocado en suerte.


También de Alain Finkielkraut en ULAD: La identidad desdichada

sábado, 12 de diciembre de 2015

Michel Houellebecq / Bernard-Henry Lévy: Enemigos públicos

Idioma original: francés
Título original: Ennemis publics
Año de publicación: 2008
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable para fans

A Houellebecq los trágicos acontecimientos del 2015 le están haciendo la más eficaz de las campañas promocionales. Seguramente no le haga ni pizca de gracia la circunstancia que lo ocasiona, claro, pero, por mucho que su personalidad pública parezca revelar lo contrario, como escritor que aspira a ser leído o divulgado, la tormenta generada a su alrededor no puede dejar de ser algo teñido de fascinación, dramática fascinación desde luego y nada a tomar a chanza. No sé si es el nuevo Nostradamus, pero la persona o el personaje que se ha ido configurando a su alrededor empieza a quebrar hasta ese aparentemente exagerado status de "star" literaria, empieza a superar barreras para transformarse en una especie de icono del pensamiento nihilista del varón maduro contemporáneo. 
Pero claro. Luego está la cuestión de escribir así de bien. Porque la promoción de lo vacuo quedaría en eso, en vacuidad, si sus cualidades como escritor no fueran las que muestra con frecuencia en cada una de sus obras. No recuerdo un mal libro del francés, lo siento. Ni recuerdo ninguna reflexión de las suyas que no tenga firme sostén lógico.
En 2008 Houellebecq intercambia e-mails con Bernard-Henri Lévy, estrella de menor calibre del firmamento literario y cultural francés, yan aparente antagonista. En ese momento Houellebecq anda involucrado en dirigir una película basada en su entonces última novela, La posibilidad de una isla (1), circunstancia que menciona. Pero, casualidad, es noticia también porque su madre, con la que mantiene una relación difícil y distante, se ha prestado a aparecer en medios públicos despotricando contra él. Cómo Houellebecq está digiriendo esa situación, cómo ciertos compañeros de profesión están ensañándose, constituye uno de los telones de fondo del libro.
¿Para fans? Decididamente los pasajes centrados en los aspectos filosóficos acaban haciéndose difíciles, en especial para los profanos, e inevitablemente el imaginario cultural galo protagoniza más de un pasaje que puede hacerse muy ajeno. Pero los pros existen: del primer correo, donde parece apuntarse un distanciamiento incluso algo crispado (no sé si fruto de la intraducibilidad, los escritores no abandonan el Usted en todo el libro), paulatinamente se aprecia una progresiva familiaridad, una sensación de proyecto común que no evita que el protagonismo vaya repartiéndose. Lévy, más intelectualizado y con más búsqueda de apoyos en lo clásico, Houellebecq, fiel a su leyenda de diletante, trazando una estampa algo más cercana basada en el intercalado de confesiones y de experiencias personales. Quizás el contexto óptimo para una lectura así sería su lectura de modo parecido a su propia confección: un mensaje, reflexión en su respuesta, respuesta, otra espera. Por lo que, contra un particular criterio propio, recomiendo más tener este libro, conservarlo e irse refiriendo a él, que someterlo a una de esas tour de force lectoras consistentes en lectura exhaustiva. Porque hay muy poco relleno aquí, prácticamente surgen todos los temas que pueden interesarnos, incluso ahora, siete años más tarde. Filosofía, literatura, política local y global, papel de los medios de comunicación y de internet.
Oh, y claro, el islamismo, cómo podemos leer a Houellebecq y no leer sobre el islamismo.

(1) Película casi unánimemente considerada como uno de los máximos desastres de la cinematografía francesa. Zapatero a tus zapatos.

Todas las reseñas sobre Houellebecq en ULAD: Aquí