jueves, 28 de septiembre de 2023

Alain Finkielkraut : La identidad desdichada

Idioma original: francés

Título original: L'identité malhereuse

Año de publicación: 2013

Traducción: Elena M. Cano - Íñigo Sanchez-Paños

Valoración:  interesante (pero fallido) 


Guste o no, en la sociedad hiperconectada e hiperacelerada en que vivimos, una década es una porción de tiempo casi descomunal. Y no diré que esa aceleración en los avances, una de cuyas locomotoras será Internet y la posibilidad - mencionada hace unos días, empiezo a repetirme - de llevar al mundo entero en el teléfono móvil, no diré que esa aceleración sea objetivamente dañina. Quizás sea solo un paso más - no antropológico sino estrictamente intelectual - en la evolución, y éste no tiene porqué ser malo, por mucho que defiendan los negacionistas (aquellos que incluso niegan serlo). 

¿A qué viene esta reflexión? Puede que La identidad desdichada en 2013 constituyera un hito, una marca en el camino de la elucubración filosófica sobre una sociedad - la francesa - emblemática en la conciencia occidental. Y no sé si Francia es nuestro Ohio. Sé, por mis esporádicas estancias en el país vecino, de ciertas circunstancias que le son propias. La enfermiza centralización, el envejecimiento de su población, la draconiana defensa de una lengua cuyo ámbito es fagocitado por otras, desde fuera y desde dentro. Pero, con esas circunstancias, Francia es un  ejemplo perfecto de la enorme contradicción de ciertos postulados morales occidentales. Europa como punto de acogida, como crisol que integrará sin problemas a cualquier necesitado que proceda de otros puntos menos afortunados del globo. Sin distingo entre el jovenzuelo africano que despunta en algún deporte o el disidente oriental que ha de salvar el pellejo. Y qué decir de las enormes masas de desdichados que han huído de una guerra, de un genocidio. Un panorama idílico hasta que ese equilibrio, ese balance "acogedores tolerantes y condescendientes/acogidos sumisos y agradecidos" se resquebraja. Entonces surgen las fricciones, se impone la necesidad de una regulación, se preconiza lo razonable de establecer unos límites, aparecen las posturas antagónicas, nos echamos las manos a la cabeza con ese dicho catalán de fora vingueren que de casa ens tregueren ( de fuera vendría quien de tu casa te echaría) y nos damos cuenta, en el penúltimo minuto, de que ya es demasiado tarde, dicho de otra manera, el cambio es irreversible.

En el planteamiento de sus postulados, ya desde el título, Finkielkraut no tiene miedo alguno a poner el dedo en la llaga. No en vano quien me acerca a este libro es su mención en una entrevista con Houellebecq. Pero el desarrollo, disculpando esa deformación profesional de entreverar el discurso propio con conceptos sobrevenidos, adaptación de los clásicos, citas profusas que abarcan amplísimo espectro (Hitler, Gracián, Wharton), el desarrollo, repito, digamos que es demasiado endogámico. Y en muchos momentos parece que Finkielkraut escriba para una élite encogida y reticente que aplaudirá su osadía y venerará sus postulados. Esa identidad perdida habla de los disturbios de la banlieu del 2005, del conflicto de la educación y el veto - en aras del laicismo y de la preservación de la igualdad como columna de la República. Todo ese argumento funciona y fluye y su discurso es coherente y no lleva al lector hacia ninguna especie de trampa ética. 

Pero igual, que ya casi estamos en 2024, de eso se trataría. A Finkielkraut se le ha acusado de coincidir con el discurso de la derecha conservadora, de toda esa mayoría votante que hace que hoy el debate en Francia sea o Macron o Le Pen. A mí esto me cuesta percibirlo aquí, pero es que este libro no va a ser leído por un público convencional. Lo leerán los adeptos, para corroborarse en sus planteamientos, o los antagonistas, para rebatirlo y atrincherarse en los suyos. Es casi descabellado pensar en nadie ajeno a las élites intelectuales que vaya a acudir a estas páginas. Pocos de los franceses cuyos padres emigraron desde Senegal, desde Argelia, desde Marruecos, sea cual sea su formación y su condición económica. No lo verás en las manos de nadie leyéndolo mientras espera que empiece la segunda parte del partido del PSG. Ese es un enorme problema, más cuando pienso que una muy razonable salida de la crisis de la literatura como expresión cultural mayoritaria es la crónica o el ensayo. Y ningún rincón del espectro ideológico se salva. Basta ver qué editoriales publican qué libros. Nada de defender los grises, los matices, que a veces solo son los rincones donde se esconde la abulia y la tibieza. No creo que Finkielkraut sea de derechas porque refleje una sociedad que en las urnas se comporta siendo de derechas. No creo que sea islamófobo porque defienda que los signos externos de pertenencia a religiones suponen problemas en integración, acarrean prejuicios. Finkielkraut, culto, francés, senior, establece su crítica aquí de forma inapelable y rigurosa. Pero no integra ni apela a esa sociedad que observa. Quizás a la élite ideológica, quizás a la minoría que decide. Y eso, por brillante y certero que pueda ser lo que escribe, cercena un alto porcentaje de su utilidad potencial. Es el jubilado apoyado en la valla de la obra comentando con los otros lo bien hecho que estaría de otra forma.


También de Alain Finkielkraut en ULAD: Campo de minas

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