Idioma original: francés
Título original: La carte et le territoire
Año de publicación: 2010
Valoración: Recomendable
Hace un par de años, me propuse leer Las partículas elementales. Entonces no sabía si iba a convertirme en seguidora o en detractora de Houellebecq, ya que parece no haber término medio. Hice lo que pude pero en mi vida había visto nada tan prolijamente vacío, no pude soportar la indigestión y tuve que dejarlo a las ciento y pico páginas.
El objetivo de esta obra parece ser el mismo: mostrar su particular – aunque no excesivamente original – visión de la sociedad en que estamos inmersos, pero el procedimiento para llevarlo a cabo es muy diferente. Y ahí es donde radican tanto su aportación personal como los méritos que puedan adjudicársele.
La novela, como síntoma de nuestra época, es perfectamente fiel a sus planteamientos. Si, para la mentalidad de hoy día, el objetivo más sensato consiste en conseguir la mayor rentabilidad con el menor tiempo y esfuerzo posibles, nuestro autor lo pone en práctica con tanta convicción como ingenio. Y, sobre todo, con absoluta coherencia, pues se trata de una construcción narcisista – tan comercial como las transacciones artísticas enumeradas –, que contiene, entre otras cosas, un collage de Wikipedias (confesado por él mismo en nota aparte), manuales de instrucciones, comparación de marcas, estadísticas y todo lo que que pueda servirle para rellenar páginas lo más rápidamente posible. Pero eso no es todo, Houellebecq, no contento con incluirse entre los personajes más relevantes, se publicita descaradamente a sí mismo citando sus propios títulos una y otra vez. No estamos, por tanto, ante un mero retrato del actual panorama artístico: además se imitan sus procedimientos al recoger lo ya existente y presentarlo en el lugar y con la forma adecuados para su inmediato consumo, exactamente lo mismo que los artistas plásticos vienen poniendo en práctica desde hace, más o menos, un siglo. Por otra parte, a través del personaje se proclama la inutilidad del arte. Obviamente, Houellebecq es un cínico, pero lo que hace tiene un sentido claro y, sobre todo, muestra en qué nos estamos convirtiendo.
Cuanto más avanzamos más increíble nos parece que alguien se atreva a rellenar tanto espacio a base de recortes de textos, que la totalidad de los personajes, incluído el propio Houellebecq, alardeen de un solipsismo y una misantropía de ese calibre. Pero toda esa superficialidad aporta al relato un aspecto fantasmagórico, de cuento de hadas materialista y proyecta una visión irreal al simplificar el mundo al máximo convirtiéndolo en un cuento perverso de adultos infantilizados y adormecidos por un bienestar que son incapaces de disfrutar: los ricos son riquísimos, la amada tiene un físico perfecto, en el amor no existen
segundas oportunidades y desaparece sin dejar rastro en cuanto se va la juventud, sólo se ama una vez en la vida, la amistad no existe, la condición filial es mera pantomima que consiste en repetir rituales. Todo esto, junto al propio texto como ejemplo palmario de lo que retrata, le aporta un carácter de implícita denuncia.
Con una prosa cercana a la del ensayo, se nos habla del momento presente pero sus hipotéticos lectores parecen pertenecer a mediados de este siglo, de ahí la cantidad de datos y explicaciones que se introducen y que a un lector actual le parecen absolutamente obvios, así como unas cuantas predicciones que resultan por lo menos discutibles. El protagonista aparente es el esquivo artista Jed Martin – que podríamos definir con una retahíla de esdrújulas (escéptico, apático, polifacético, gran místico de la técnica) –, pero hay otro, menos evidente, que se convierte en el verdadero conductor del argumento: el siglo XXI, tal como lo conocemos hasta el día de hoy. Principalmente en el campo del arte, pero también en la política, la técnica, la vida social, el consumo, los negocios. Todo este panorama económico-tecnológico se desarrolla en detrimento de la introspección, de las relaciones interpersonales y de un auténtico análisis social. Un vacío absolutamente premeditado, como el propio autor demuestra al citar una serie de nombres de analistas sociales ilustres.
Hasta la última parte no aparece el gran golpe de efecto. Sin abandonar su radical pesimismo, corta radicalmente con el discurso anterior, cambia de perspectiva y hasta de género al convertir la novela en policiaca. Particularmente, es la que he leído con más interés y la que le aporta casi toda la originalidad y capacidad de impacto que tiene. Por eso, a pesar de saltarse muchas de las normas convencionales y de permitirse todas las licencias mencionadas, al haber encontrado una fórmula novedosa y muy efectiva para constatar las miserias y contradicciones de este principio de siglo, esta obra supone una nueva forma de abordar la narrativa y un (pequeño) paso en la renovación del género. Naturalmente, basta con una sola vez, si la repitiese en sucesivas publicaciones su valor no sería el mismo, pero, de momento, no se le puede negar la impresión que nos deja al acabarla: una desazón difícil de erradicar y una conciencia clara de lo siniestro de estos tiempos.
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