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viernes, 19 de noviembre de 2010

Guillermo Cabrera Infante Puro humo

Idioma original: inglés
Título original: Holy smoke
Fecha de publicación: 1985
Valoración: muy recomendable


Advertencia: leer esta crítica puede ser perjudicial para la salud.


Vamos a sumergirnos en los retruécanos y juegos de palabras de Guillermo Cabrera Infante en este ensayo sobre tabaco y cine, Puro humo, cuya versión antecesora, predecesora inglesa, como esa, se tituló Holy Smoke. Es una historia de humo que no consigue cegar nuestros ojos en su relación con el cine y de películas salpicadas por la brasa caliente, candente que la hoja necesita para hacernos alguien al otro lado de nuestros vegueros ardientes. Cabrera Infante se desliza por la historia de la hoja poderosa que descubrió Colón a la vez que descubría América, aun no americana, pero sí colombiana sin Colombia.

En ella, se nos pone al tanto de las vitolas en las que se convierte la hierba maldita, bendita, en manos de los sabios torcedores cubanos, que convierten en habanos todo lo que tocan, como un rey Midas del tabaco sensato; y de sus primos para pipa, para esnifar y para mascar. Incluso sobre los cigarrillos, animal odiado, denostado por el autor, que solo soporta una fuma de hoja noble y si acaso, un redoble de sus familiares esparcidos por el mundo, en un rotundo viaje que hizo a la hoja vecina tanto de Manila como de Florida, de Honduras como de España, si lo apaña.

Se nos informa en este ensayo del arte escénico de los escenarios sobre los que se fuma y se fumó, de cómicos con un puro y del puro atrezzo en que se envuelve el actor, se envolvía, de las cintas en que vio el humo o se veía. De mujeres fatales, letales, que detrás de sus largas boquillas, sencillas, entornaban los ojos para hacer quedar rendido, herido, aterido por la frialdad del contraste entre el hielo de sus ojos y el fuego de su mirada, al galán de turno que se acercaba presuroso anheloso a la demanda del fuego prometéico.

Se nos habla de los hombres de estas vegas en donde no se juega dinero, sino que crece el tabaco, lento, sensato, camino de su fortuna, ésta no azarosa, pesarosa, sino sublime, ardorosa. Salidos de manos sudorosas de sencillos trabajadores cubanos, sabios y leídos, lectores pasivos del relator de la fabrica, que antes les contaba a Balzac y Dumas, y ahora solo narran los discursos de Castro, un politicastro.

De toda la amplia historia del tabaco que tan hábilmente nos desgrana sin desgana D. Guillermo, es esta bajada al infierno del interior de la fabrica, donde entre el sonido de las chavetas se desplaza el sonido de la voz tonante, rampante, del relator contratado para mantener informados a los trabajadores de salario bien ganado. Primero lee la prensa en la mañana, más tarde en la tarde lee novelas, seleccionadas todas ellas por los propios trabajadores como una de sus labores. Era El conde de Montecristo una de sus favoritas, junto con Los miserables, tan cercanos a sus afanes que se comprendía el día que se leía la preferencia sin impaciencia que a ella se tenía. Se tenía, la radio acabó con aquello, como acabó con los habanos, ahora ya sin competencia en la isla siempre fiel, todo en manos estatales, banales, que se han dejado superar en la primacía de la fuma de calidad por otras tierras tabaqueras, sin tanta solera, pero con suficiente cantidad.

En fin, que me ha encantado.

También de Guillermo Cabrera Infante en ULAD: Tres tristes tigres

domingo, 13 de octubre de 2019

Guillermo Cabrera Infante: Tres tristes tigres

Idioma original: cubano
Año de publicación: 1967
Valoración: Decepcionante

Lástima no haber leído en su momento esta novela, porque hubiera podido integrarse con toda naturalidad en aquella semana que titulamos Ciudades de libro, ya saben, sobre libros en los que el protagonista era propiamente una ciudad. En este caso hablamos de La Habana, que viene a ser el personaje central de esta primera novela de Guillermo Cabrera Infante. Concretamente, La Habana pre-castrista y su ambiente nocturno, en los que se desenvuelve… No, no vamos bien.

Antes de nada hay que advertir que TTT (como le gustaba denominar a su propio autor) es una novela de cierto corte experimental. Que efectivamente pivota en torno a la noche habanera y algunos de sus personajes (algunos), y que puntualmente incorpora el habla propia del lugar –el mismo autor dice que está escrito en cubano, lo que le hemos respetado aunque sea bastante menos evidente de lo que uno puede esperarse. Pero que contiene también elementos de total ruptura con una narración lineal, algunas audacias estilísticas, el humor y los juegos de palabras que evocan rápidamente a Joyce… No, tampoco.

Realmente, Tres tristes tigres son varios libros en uno. La atmósfera de los bares y clubs es desde luego lo primero que encuentra el lector. Es el mundo desinhibido de la ciudad por la que se mueven tres amigos en busca de diversión y aventuras sexuales. El dibujo es convincente, ayuda el lenguaje, que a veces (no siempre) se desliza hacia lo coloquial, y tenemos la sensación de que va tomando forma cierto argumento. Se observa alguna propensión a asumir riesgos, pero siempre pertinentes y bajo control. Este primer llamémosle bloque –con capítulos titulados siempre Ella cantaba boleros- se corresponde más o menos con una obrita, o parte de ella, que el mismo Cabrera dice haber escrito antes, y que incorporó luego a TTT.

Pero no tardamos mucho en encontrar cosas diferentes. De repente, y sin venir a cuento, nos cuela don Guillermo una sucesión de textos en los que supuestamente parodia la forma en que otros escritores cubanos (Nicolás Guillén, Lezama Lima, Carpentier y unos cuantos más) relatarían el asesinato de Trotsky. Viene a ser un remedo de los Ejercicios de estilo de Queneau, pero mucho, muchísimo más largo, algo cuya intencionalidad política es tan clara como su falta de gracia y, peor todavía, su incongruencia con la narración anterior. Pero no se relaja nuestro asombro porque de inmediato Cabrera se introduce de lleno en un eterno juego de palabras, páginas y más páginas de incesantes trucos y humoradas, aderezadas con innumerables referencias cultistas, a otros libros, películas y personajes, párrafos y medias conversaciones en inglés y francés, que hacen de la lectura un ejercicio heroico. Uno es especialmente paciente con la creatividad de los autores y hasta admira la capacidad para retorcer las formas pero, queridos amigos, siempre que este tipo de despliegues tenga algún sentido narrativo. En este caso –y esto es lo peor de todo- este empacho de erudición y malabarismos no conduce absolutamente a NADA.

Con todo esto, me queda la intensa sensación de que este libro no es más que un enorme refrito.  Tomamos un relato inicial con buenas hechuras, que apunta cosas interesantes aunque se diluya en el vacío, le añadimos un tochete de parodias escritas en un rapto de inspiración y que no interesan lo más mínimo, y luego dejamos volar el espíritu burlón, el chiste y la esgrima estilística para llenar algún centenar más de páginas. Ya tenemos un volumen de un grosor respetable, de esos que impresionan a cierto tipo de críticos. Pero no se ve voluntad integradora, no hay coherencia ni –al menos en este texto- solidez con que construir algo que se parezca a una novela. Cabrera cita varias veces a Joyce, y hasta creo que se proclama admirador. Pero no basta, ni mucho menos, con apuntarse al carro de la broma y la dispersión: se justifican si están al servicio de una columna vertebral, de una idea en la que encajan el tiempo narrativo, el objeto y el lenguaje. Si no es así, son simples juegos florales, un pasatiempo un poco bobo para quien esté dispuesto a reírle la gracia.

No puedo dejar de admitir que detrás de este edificio tan amorfo parece haber cierta finura, talento para narrar y para sorprender con algunos giros interesantes y arriesgados. Lo vemos sobre todo en la última parte del libro (no llegará a cien páginas), cuando el autor parece retomar la historia inicial hacia la que lanza algunos cabos, como para justificar el relleno y cerrar el libro de alguna forma digna. Pero ni mucho menos es suficiente. Incluso ese entorno de los jóvenes en la noche cubana –lo más atractivo del libro- acaba por sumergirnos en el hastío de no ver más que unos intelectuales plastificados demostrando su ingenio frente a muchachas incultas que no se enteran de nada y, estas sí, hablan todo el rato en cubano.

También de Guillermo Cabrera Infante en ULAD: Puro humo

miércoles, 16 de febrero de 2022

Lo mejor de 2021: Lo que opinan nuestros lectores

Con cierto retraso y tal como avisamos, estas son las listas que nuestros lectores han enviado indicando sus lecturas favoritas del 2021.

En riguroso orden de llegada.

Os agradecemos vuestra colaboración y, ya que estamos, nos encanta la enorme diversidad de vuestras elecciones.

Salud y cultura, amigos.

Anónimo

Ficción

Libros que merecen mejor valoración en el blog

Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino

Tres tristes tigres de Cabrera infante


Libro que me gustaría que reseñaran nada más que para ver qué valoración le dan

La mano junto al muro/El falso cuaderno de Narciso Espejo de Guillermo Meneses


Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz de Bryce Echenique


Nada que decir, apuestas seguras

Pedro Páramo y el llano en llamas de Rulfo

Ficciones de Borges

Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosas


Imprescindibles en el blog pero no en mi corazón

Bajo el volcán de Lowry

La insoportable levedad del ser de Kundera


No ficción

Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

Sociología y pragmatismo de Wright Mills

La distinción de Bourdieu

La selva de los símbolos de Turner


Relectura necesaria

La imaginación sociológica de Wright Mills

Outsiders de Howard Becker

La zona gris de Auyero


Libro de método que parece un fastidio pero que puede ser grato para gente de otras áreas

Los trucos del oficio de Becker

Describir el escribir de Cassany

Decir casi lo mismo de Eco


Clásicos que faltaban

La rebelión de las masas de Ortega y Gasset

Técnica y civilización de Mumford


Libros de mi país o sobre mi país que me gusta releer

Adiós al socialismo de Del Búfalo

La renta y el reclamo de Bautista Urbaneja

El Estado mágico de Coronil


Conseguidos por sorpresa

Orientalismo de Said

La invención de Irlanda de Kiberd

Comunidades imaginadas de Anderson


Gabriel Diz

Les dejo una selección de lo que he leído en 2021. Son 13 libros en total, algo más de uno por mes. Estuve un rato largo intentando dejar la lista en 12 para que fuera un libro por mes pero no lo logré:


1)Jane Eyre (Charlotte Bronte)

2)El corazón del daño (María Negroni)

3)Años luz (James Salter)

4)2666 (Roberto Bolaño)

5)Las tres vanguardias (Ricardo Piglia)

6)La virgen cabeza (Gabriela Cabezón Cámara)

7)Nuestra parte de noche (Mariana Enriquez)

8)La hermana menor (Mariana Enriquez)

9)El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares)

10)Prins (Cesar Aira)

11)La sangre manda (Stephen King)

12)La llamada del Cthulhu (H.P. Lovecraft)

13)Persecución (J.C. Oates)

Carlos Ávila:

El descubrimiento del año: la escritora mexicana Fernanda Melchor. De

todas formas ha sido un año prolífico en esto con Alejandro Zambra, Óscar

Martínez, Kent Haruf o Andrea Abreu entre otros.

Relectura de clásicos: Memorias de un europeo de Stefan Zweig.

Decepciones: Serge de Yasmina Reza y No tengo tiempo. Geografías de la

precariedad de Jorge Moruno.

Autores que no me fallan: Marín Caparrós y su Ñamérica, Leila Guerriero

con Frutos extraños y Carrère con Yoga.

Buenas investigaciones y muy bien contadas: No digas nada de Patrick

Radden Keefe y Laëtitia o el fin de los hombres de Ivan Jablonka.

Una autobiografía muy potente: Trilogía de Copenhague de Tove

Ditlevsen.

Libros para reírse con ganas y desconectar: Cualquiera de los tres de relatos

de Kenneth Cook.

Lecturas que dejan mal cuerpo pero que es necesario hacer: Antisocial de

Andrew Marantz y Extrema derecha 2.0 de Steven Forti.

Propósito para 2022: Seguir y seguir leyendo cada día y atreverme con

Guerra y paz.

Pablo GP

Libros Preferidos:

- Donal Ryan: Corazón giratorio.

- Fiódor Dostoyevski: Los hermanos Karamazov.

- Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas.

- Albert Cohen: Bella del señor.

- Elizabeth Kolbert: La sexta extinción.

- Mario Levrero: La ciudad y El lugar, de la Trilogía involuntaria (París me pareció más flojo).

Libros Destacables:

- Marlon James: Breve historia de siete asesinatos.

- Alan Parks: Enero sangriento.

- Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa.

- Jeffrey Eugenides: Middlesex.

- Bruce Chatwin: Colina negra.

- Peter Kaldheim: El viento idiota.

Mención honrosa:

- Alan Parks: Hijos de Febrero.

- Natalia Ginzburg: El camino que va a la ciudad y otros relatos.

- D.H. Lawrence: El arco iris.

- Chriss Offutt: Kentucky seco.

- Emmanuel Carrère: Yoga

Decepciones:

- George Saunders: Lincoln en el bardo.

- Johnny Marr: ¿Cuándo es ahora? Memorias.

- William Gaddis: La carrera por el segundo lugar.

- Hubert Selby Jr: Última salida para Brooklyn.

Maqroll El Gaviero

Mis mejores lecturas del año (las dejo en 9):

- Los siete locos (Roberto Arlt)

- Limónov (Carrère)

- La mano izquierda de la oscuridad (UK LeGuin)

- Glosa (JJ Saer)

- Me llamo Rojo (Pamuk)

- Martin Eden (Jack London)

- Kokoro (Soseki)

- El idiota (Dostoievsky)

- La suerte de Omensetter (W Gass)


Si se pudiera meter poesía: mención especial a Basilio Sánchez (“He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes”) y a Alejandra Pizarnik (cualquier cosa suya).

Ángel Muñoz

El mejor,

No digas nada, Patrick Radden Keefe, minucioso, objetivo (hasta donde uno puede serlo) y muy esclarecedor, el conflicto del IRA explicado casi como si fuera un novela de acción, espectacular.

Me daba perezón pero mira…

Línea de fuego, Arturo Pérez-Reverte, guerra civil y el más famoso de los miembros de la RAE… de entrada lo último que pensaba coger, pero me parece que Arturo sabe dar ritmo a las novelas, sabe transmitir un escenario con verosimilitud, y se intenta alejar de maniqueísmos. Lo fulminé en un plis-plas (¿estará esta expresión reconocida por la RAE?)

Me arriesgué y no me decepcionó

64, Hideo Yokoyama, citando a los inmortales No me pises que llevo chanclas, “Japón, mía que está lejos Japón” Lejos física y culturalmente, y este libro me situó en una sociedad a la que me costaba entender, con una forma de narrar que se aleja de mi zona de confort, pero mereció la pena, novela redonda.

Qué necesidad tenía yo…

A ver, que es que uno es masoca, empezar una serie de libros y dejarlos… me cuesta, y pasa lo que pasa. Entre las sagas en los que mil veces pensé para qué te metes… destaco como horrorosas, Balada de serpientes y pájaros cantores, Suzanne Collins;  La sexta trampa, J.D. Baker y La hora de los hipócritas, Petros Markaris.

Decepción especial para La era de la supernova, Cixin Liu (absurda es decir poco).

Y en el apartado me importa cero lo que me cuentas, Boston. Sonata para violín sin cuerdas, Todd McEwen (recomendación de ULAD, pero yo es que no le veo la gracia) y Contemplaciones, Zadie Smith (¿dónde está la Zadie de Dientes blancos?)

Sorpresas inesperadas

Esos libros que te llegan de algún modo raro y me han dejado impactado, La verdadera vida, Adeline Dieudonne (la violencia hacia la mujer contada de una forma distinta, sin guardar nada pero sin crudezas, obra de arte); El evangelio de la anguila, Patrick Svenson (un libro sobre anguilas, y que se queda corto… no hay mas que decir), Al final siempre ganan los monstruos, Juarma (miedo me daba la expectación creada, y merece la fama que tiene).

Me hicieron reír, mucho

Antes todo esto era campo atrás, Pablo Lolaso (solo para amantes del baloncesto), Subidón, Joaquín Reyes (solo para amantes… pues eso de la muchachada)

Para pasar un buen rato, con ciencia-ficción

Proyecto Hail Mary, Andy Weir (este autor tiene un don cuando habla del espacio) El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, Becky Chambers (exquisito, no es el qué les pasa, son los personajes los que hacen esta novela)

Zoila Blanco

ATRAPA LA LLEBRE (L.Bastasic)

Y LLOVIERON PAJAROS (J.Saucier)

VERA (E. von Armin)

ELS DICS (I.Solá)

LA DRECERA (M.Martin Serra)

LAS LEALTADES (De Vigan)

LA AVERIA (F.Dürrenmatt)

ELS PROSCRITS DE SANTA FE (J, Masanès)

EL RETORN DEL CATO (M. Asensi)

TSUNAMI (A. Pijuan)

LLUM DE FEBRER (E.Strout)

L'ANY QUE VA CAURE LA ROCA (P. Coll)

LA KLARA I EL SOL (I. Kazuo)

AMARILLO (F. Romero)

EL IMPERIO DE YEGOROV (M. Moyano)

LAS GRATITUDES (De Vigan)

Sergio Borao Llop

Ante todo, gracias por las reseñas diarias.

En segundo lugar, os paso la relación de lecturas destacadas de este año que termina (tal vez -mi memoria no es tan precisa- vaya también alguna del 2020). El orden es alfabético por apellido de autor

Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie

La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler

Noir, de Robert Coover

Todo lo que muere, de John Connolly

La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

Solo el silencio, de R. J. Ellory

X, de Percival Everett

Vivir abajo, de Gustavo Faverón Patriau

Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James

El gran cuaderno, de Agota Kristof

El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri

Cuentos completos, de Mario Levrero

Ánima, de Wajdi Mouawad

Plop, de Rafael Pinedo

Las primas, de Aurora Venturini

Michi:

Mejor novela hispanoamericana: El día del Watusi - Francisco Casavella y Basilisco - Jon Bilbao

Mejor novela de lengua extranjera: Un mapa para un crimen - Collin Harrison y El club de los

mentirosos - Mary Karr

Mejor novela en galego: O paraíso dos inocentes - Antón Riveiro Coello 

Mejor libro de viajes: La frontera - Erika Fatland; Los sótanos del mundo - Ander Izagirre; El río de la luz - Javier Reverte 

Mejor ensayo sobre música: The Stooges: Combustión Espontánea - Jaime Gonzalo y Hotel California - Barney Hoskyns 

Mejor ensayo medioambiente: Sueños Árticos - Barry Lopez 

Mejor ensayo sobre cine: El otro Hollywood - Legs McNeil y Jennifer Osborne 

Mejor novela negra: La playa de los ahogados - Domingo Villar 

Mayor decepción: Desierto Sonoro - Valeria Luiselli y Temporada de Huracanes - Fernanda Melchor 



martes, 6 de diciembre de 2011

Roberto Bolaño: La literatura nazi en América

Idioma original: español
Año de publicación: 1996
Valoración: recomendable

Roberto Bolaño era un gamberro, un gran bromista. Se nota en su manera de escribir, en sus novelas, en sus relatos, en sus discursos. De puro bromista, hasta hizo la broma de morirse antes de tiempo, con solo 50 años, y el truco de magia de convertirse en un clásico contemporáneo mundial en menos de diez años desde su muerte. Y esta obra, esta Literatura nazi en América, es eso: la obra de un bromista con estilo.

Se podría calificar la obra de borgiana, si no fuera porque probablemente a Borges le habría dado vergüenza que le relacionaran con esta obra. Es también prima hermana de El gabinete de un aficionado, de Perec (otro gran bromista, por cierto), porque si aquella "novela" está compuesta por una lista de cuadros apenas comentados, esta otra "novela" está formada por biografías de escritores ficticios de extrema derecha (fascistas, filonazis, racistas, antisemitas...) norte- y sudamericanos.

Seguro que, leída con calma, esta obra tiene más gracia de la que parece, porque varias de las biografías se entrecruzan, se hace referencia a las mismas publicaciones periódicas (sobre todo, a El Cuarto Reich, supuesta revista argentina) y se mezclan personajes imaginados con otros reales como Ginsberg, Cabrera Infante u Octavio Paz. Pero como buena broma, la mejor forma de leerla, diría yo, es con una sonrisa y sin preocuparse demasiado por intentar no perderse estas relaciones.

Dicho así ("biografías de escritores ficticios de extrema derecha") no parece que la cosa vaya a ser demasiado divertida. Pero lo que salva la función es la ironía de Bolaño, que se transparenta en el modo de (re)tratar a los personajes, prácticamente todos ellos fracasados, ridículos, amargados. Algunas de sus obras son igualmente ridículas (como ese autor que se dedica a hacer "refutaciones" de todos los filósofos que han pasado sobre la faz de la tierra; o aquel otro que crea planos poéticos de campos de concentración...)

Merece la pena mencionar el último capítulo de la obra (antes de unos también paródicos índices), en primer lugar porque es el que más se parece a un relato casi independiente; y también porque en él, por primera vez en la obra, el propio Bolaño aparece mencionado explícitamente como narrador y como personaje, rompiendo así, por decirlo de alguna forma, la "cuarta pared" narrativa que se había mantenido incólume hasta entonces.

En fin, una curiosidad literaria entretenida. Una broma bien llevada. Un descojono.

También de Bolaño en ULAD: Aquí

viernes, 2 de agosto de 2024

John Franklin Bardin: El percherón mortal

Idioma original: inglés

Título original: The Deadly Percheron

Año de publicación: 1946

Traducción: César Aira

Valoración: está bastante bien y recomendable para aficionados al género

Ignoro si esta novela ha sido adaptada alguna vez al cine (lo dudo), pero tengo claro quién hubiera sido el director adecuado para hacerlo y no es otro que el inefable David Lynch.  La razón creo que estará clara para quien haya leído la novela, pero me temo será difícil de explicar a quien no la haya hecho, ya que si historia posee, además, la característica de resultar harto complicada de explicar. Aparte, claro, de que no debe hacerse, puesto que, en palabras de Cabrera Infante (que fue un gran admirador de este libro), "revelar la trama de esta novela es un verdadero crimen". Sirva como explicación de lo que he comentado sobre Lynch que aquí los lectores/as encontrarán, además de crímenes y misterio, amnesia, expeditivos leprechauns, ominosos caballos, extraños feriantes, femmes fatales, espejos deformantes, sinrazón y locura.

Resumen muy resumido (por contar algo): George Matthews es un psiquiatra de Nueva York que recibe en su consulta a James Blunt, joven heredero de una fortuna que teme estar volviéndose loco, pues pretende que unos peculiares hombrecillos le contratan para realizar ciertos encargos, a cual más absurdo. A partir de ahí, Matthews  se ve inmerso en una trama a cada momento más desconcertante y hasta alucinatoria, plagada de sorpresas y giros que convierten la lectura de esta historia en una experiencia intrigante y, por momentos, adictiva.

Y lo es, sobre todo, más que por una sabia dosificación del misterio en la trama, porque hasta el final uno no entiende nada de lo que está pasando, de forma que, incluso hasta justo antes de ese final, todas las posibilidades están abiertas. Bien es cierto, no obstante, que quizás la historia haya perdido punch desde ese 1946 en el que fue publicada o desde los años 70, cuando fue redescubierta, al parecer, por los aficionados al género y se cimentó el prestigio de El percherón mortal como una de las muestras más enigmáticas de la novela negra. Hoy en día, sin embargo (debido, en parte y precisamente, al cine de David Lynch y otras propuestas algo bizarras... como la narrativa del traductor al español, nuestro admirado César Aira) es más difícil que nos sorprenda. Lo que no quita, para que leer esta novela sea algo del todo recomendable, más aún e incluso diría que de forma obligada, para los amantes del noir.

domingo, 17 de abril de 2022

VV.AA.: Atlas de literatura latinoamericana (arquitectura inestable)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2022
Valoración: Muy recomendable (y precioso)
Edición: Clara Obligado

Hay una canción del grupo valenciano La habitación roja que dice algo así como "(...) Solíamos buscar destino para nuestros viajes en el viejo atlas de tus padres. Las fronteras han cambiado tanto, mis cosas ya no te pertenecen y todos estos viejos libros ya no se acuerdan de cómo nos conocimos (...)". Por tanto, el atlas como guía (de viajes, de lecturas) y el atlas como foto estática de un momento X regido por una serie de condicionantes (geopolíticos, económicos, etc).

Lo anterior es aplicable al 100% para este "Atlas de literatura latinoamericana" en el que, a medio camino entre el homenaje y la reivindicación, una serie de escritores, profesores y críticos cartografían la parte hispanoparlante del continente (más una pequeña incursión en el Brasil) a través de breves perfiles (biográficos, reseñísticos, académicos o periodísticos) de 50 autores más o menos reconocidos y premiados, más o menos malditos, pero relativamente olvidados o ninguneados por el canon. Por citar algunos, estarían mis adoradas Silvina Ocampo, Sara Gallardo, Roberto Bolaño o Manuel Puig, malditos como Jaime Saenz, Alejandra Pizarnik o Julio Ramón Ribeyro, gigantes como Cabrera Infante o Lezama Lima, mujeres eclipsadas como Elena Garro o Camila Henríquez Ureña y absolutas desconocidas para mi (y perdón por la ignorancia) como Carmen Lyra, Lupe Rumazo, Teresa de la Parra o Marosa di Gregorio.

Pero todo atlas es, por definición, incompleto y este no podía ser menos. Factores internos y externos al propio atlas condicionan y determinan la elección de los autores incluidos. En el lado de los factores internos cabe citar la deliberada (y afortunada) exclusión de las vacas sagradas del boom, que aunque no están directamente sí que sobrevuelan muchos de los textos, o la también deliberada (y no tan afortunada) exclusión de autores en lenguas "originarias". En el lado de los factores externos, las dinámicas del mercado editorial hacen que los grandes centros del continente (Argentina, México) tengan una presencia infinitamente mayor que literaturas más marginales, que la narrativa ocupe mucho mayor espacio que la poesía o que la inmensa mayoría de los reseñados desarrollaran la totalidad de su obra en el siglo XX y, más concretamente en su segunda mitad.

Además de lo anterior, llaman la atención algunas ausencias: Saer (sobre todo Saer), Arguedas, Ramos Sucre, Piglia, Scorza, Rosario Ferré... Pero ya hemos dicho que los atlas son fotos estáticas y al igual que las fronteras, especialmente las europeas, han cambiado una barbaridad en los últimos 120 años, también este atlas es susceptible de altas y bajas en un futuro no muy lejano.

Condicionantes y ausencias aparte, y más allá del valor de los textos como guía para posibles futuras lecturas, este "Atlas de literatura latinoamericana" admite diversas lecturas que lo hacen muy recomendable. Así, estos textos pueden y deben ser leídos como puente entre el pasado y el presente, como pequeño tratado histórico -literario, como ensayo sobre el carácter híbrido de la literatura latinoamericana, como testimonio del efecto que la convulsa historia política del continente ha tenido sobre autores y obras, etc.

No puedo terminar la reseña sin mencionar el magnífico trabajo de Agustín Comotto en la parte gráfica, con ilustraciones que no solo acompañan sino complementan los textos, y la preciosa edición de Nórdica (tapa dura, papel "gordo", letra para miopes como yo...)

En resumen, un libro de obligada lectura, pese a los condicionantes de que hablaba, para cualquier persona interesada en la literatura latinoamericana de los últimos 100 años. Con que lo disfrute la mitad de lo que yo lo he hecho será más que suficiente.

sábado, 20 de agosto de 2022

Carlos Mazzanti Clerici: El círculo Yesida

Idioma original: Español

Año de publicación: 1974

Valoración: Entre está bien y recomendable

Esta reseña comienza allá por el mes de abril, cuando Gonzalo (nieto del autor) me habló de la existencia de tres novelas publicadas por su abuelo y de la posibilidad de hacerme llegar alguna de ellas para una posible reseña. El caso es que me puse a buscar y, aunque en Madrid igual no te encuentras nunca con tu ex (según Ayuso, claro) pero puedes encontrar casi cualquier libro (esto lo digo yo), vi que en una librería de viejo estaba a la venta "El círculo Yesida" y allí que me fui.

El caso es que "El círculo Yesida", publicada en 1974 por Seix Barral (ojo que por aquella época publicó a Vargas Llosa, Cabrera Infante, Benet, Donoso o Manuel Puig), es una novela más que interesante, aunque algo lastrada por algún que otro vaivén y por una excesiva "densidad".

Pese a los nombres citados, el primer nombre que me viene a la cabeza tras la lectura de la novela es el de Ernesto Sabato. Porque habemus último representante de familia bien (no de rancio abolengo pero familia bien en todo caso), habemus casa enorme pero casi "infranqueable", habemus conspiración / persecución y habemus personaje central rarito / contemplativo / poseído por oscuras abstracciones que conviven con largos periodos de inercia.

Más allá de esto, la novela tiene en su fase inicial varias "subnovelas" en su interior ya que en ella conviven la novela existencialista, la novela más o menos histórica y la más o menos tradicional saga familiar latinoamericana. Pero mediado el texto, este se vuelve paulatinamente un denso, oscuro y por momentos críptico juego dialéctico-metafísico que hace que caiga en alguna reiteración, que el ritmo se resienta y que la lectura pierda "agilidad".

Dicho esto, la novela tiene varios aspectos a destacar, como son:

- el lado crónica del auge y decadencia de la estirpe de los Gentile (será casualidad la coincidencia del origen italiano del apellido de protagonista y autor?)

- el retrato de clases sociales de la época, con sus ricos en los que se mezcla la explotación más salvaje y cierta "empatía" para con el débil y sus servidores en los que conviven temor y dependencia

- el personaje de Graciano Gentile, con sus obsesiones y abstracciones, con su lucidez y su locura, su soledad y su culpa

- el juego oscuridad de la mente del personaje y oscuridad de la casa, dos caras de la misma moneda.

Así que no me arrepiento para nada de haber "arriesgado" con un autor y un texto del que creo que muy pocos han oído hablar y al que, en estos tiempos de recuperaciones y rescates, quizá habría que dar una relectura. Con sus "peros" incluidos, el texto merece la pena.

lunes, 29 de enero de 2018

Reseña + Entrevista: Archipiélagos de Abilio Estévez

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable


Poseedor de una fecunda trayectoria literaria, Abilio Estévez (La Habana, 1954) ofrece en su última novela publicada, Archipiélagos, un relato denso, abigarrado y fascinante. Al igual que en alguna otra de sus anteriores novelas -como por ejemplo El navegante dormido (2008) ambientada en la década de los 70- en Archipiélagos Emilio Estévez escoge un momento concreto del siglo XX cubano, en esta ocasión los días de agosto de 1933 que supusieron la caída del dictador Gerardo Machado, para urdir una ficción tan cargada de verosimilitud que el lector acaba atrapado por los personajes que pasaron aquel episodio real en la muy ficticia y literaria taberna La estrella de Occidente de Marianao.

Abilio Estévez parece tener predilección por esos lugares en la periferia de la Habana en el que se buscan la vida y se encuentran personajes que encarnan a ese tipo de personas comunes, sencillas y anónimas que no son los que acostumbran a manejar los hilos de la Historia sino más bien a sufrir las consecuencias de los acontecimientos. Esta caracterización de los personajes, tan faltos de elevadas expectativas más allá de su quehacer cotidiano y de la determinación por desempeñarse sin pretenciosa grandilocuencia, no significa en absoluto que el relato carezca de ambición narrativa. Por que el fresco que nos deparan las cuatrocientas páginas y pico de ese momento y de ese lugar es minucioso, vibrante, goloso. Un resultado basado en una variopinta y generosa galería de personajes, bien perfilados, de los que página tras página vamos conociendo personalidades, trayectorias, afanes y relaciones con los demás. Pero además, la escritura de Abilio Estévez tiene una especial cadencia para fijarse en los detalles que acaban, más que aportando verosimilitud al relato, sirviendo de cauce para que éste fluya como una reticente corriente, espesa y demorada, cargada de nutrientes.
 
La acción principal se centra en los tres días que supusieron la caída del machadato pero los saltos en el tiempo, con el narrador y protagonista rememorando desde su madurez aquellos días se alternan con el ejercicio de memoria del resto de los personajes en situaciones como la guerra de los negros en 1912 –solventada con la matanza de varios miles de descendientes de los esclavos por parte de la nueva legitimidad nacionalista y republicana surgida de la Independencia- o los devastadores efectos del huracán que asoló la isla el 20 de octubre de 1926. Queda clara la intencionalidad del autor de acotar, explicar, comprender, la realidad actual como deriva de toda una cadena de hechos, episodios y circunstancias de los que somos consecuencia directa. Al fin y al cabo, la ficción es una manera de ordenar, de pensar la realidad. En la que también valen símbolos y metáforas, como el rescate y ocultamiento para preservarlo de la multitud enfurecida de un instrumento tan incomprensible y fútil en ese momento como un astrolabio. Un aparato que proporciona coordenadas, que fija una posición; la premisa de una buena decisión sobre, por ejemplo, un rumbo.

El protagonista de la trama es José Isabel Masó, un adolescente inquieto y curioso, proclive a dejar volar la imaginación hacía lugares y países exóticos y a inventarse sus propios archipiélagos. Un afán que le permitirá entender que el lugar donde uno vive no es necesariamente el centro del mundo, aunque sea una amalgama tan fascinante y original como la de estos descendientes de bandidos españoles, chinos lavandero-opiómanos y negros lánguido-bailadores con la que el autor identifica a sus personajes en esa atmósfera insular y antillana, atravesada y atrapada “por la enorme distancia que existía entre la inquietud humana y la hermosa indolencia de la realidad”.

También de Abilio Estévez en ULAD: Cómo conocí al sembrador de árboles


Entrevista a Abilio Estévez



Quedo con Abilio Estévez una suave tarde de invierno para compartir un dry martini -que nos prepara Sergio, quien ejerce de estupendo librero de cabecera en Literanta- y casi dos horitas de conversación. Escuchar a Abilio, amable, conciso, cabal y risueño, es una verdadera delicia. Tanto que la grabadora y el teléfono con los que intento registrar sus palabras deciden incumplir su tarea y obviar su cometido, optando como yo por disfrutar del momento. Así que unos días después ejerzo de pesado y le pido a Abilio Estévez que me conteste por escrito. 

-¿Buscas una historia, una época, unos personajes, con los que narrar o más bien son elementos que se van conformando en tu imaginación hasta que decides transformarlo en un relato, en una novela?

-No, por lo general las historias no se buscan, aparecen. Son obsesiones, como sueños recurrentes que vienen de muy lejos. Casi diría que unas pocas obsesiones que se escriben una y otra vez. Decía Flannery O’Connor (y creo que tenía razón) de que todo el que haya sobrevivido a su infancia y adolescencia ya tiene para escribir el resto de la vida. 

-Ambientaste la novela Archipiélago en los años 30. ¿En qué fuentes buceaste para configurar el relato?

-Leí muchos libros de la época, me sumergí en la Cuban Heritage Collection de la Biblioteca Universidad de Miami, un lugar que es como un templo de la cultura y la historia cubanas. Pero fundamentalmente conté con mi madre (ya tiene 90 años) y las historias de la familia, sus propios recuerdos. Una verdadera maravilla. 

-¿Es la ficción una manera de entender, ordenar, dominar la realidad? ¿Vamos al pasado para entender el presente?

-Creo que todos estaremos de acuerdo en que sin la ficción la vida sería impensable. Hay que tener presente que Sheherezade salvó la vida contando esa caja china que es la colección de cuentos más hermosa que se haya escrito, Las mil y una noches. Supongo que la vida carece del orden y la estructura que le confiere la literatura. Vivimos una vida nueva cada vez que abrimos un libro. 
 
-Los personajes de Archipiélago son gente corriente, anónima, discreta parecen ir a la deriva, como naufragos de la Historia y de sus propias vidas… 

-Tienes razón, son víctimas de la historia, más o menos como nosotros, ¿no? Entre los posibles tipos de personas que quizá haya, yo señalaría dos: los que “hacen” la historia y los que la sufren. La mayoría pertenecemos a esta última categoría. Y así quise que fueran los personajes de mi novela. 

-Archipiélago está ambientada en los días que supusieron la caída de una dictadura, de una tiranía, el machadato. Pero Cuba no consiguió deshacerse del autoritarismo ni de la falta de libertades, puesto que después llegó Batista y más tarde los hermanos Castro.

-La historia de mi país parece dirigirse hacia ese último desastre. Era una de las cosas que quería intentar entender con ese libro. Vuelvo a las obsesiones de las que te hablaba, esa necesidad de iluminar un poco esa oscuridad en la que hemos vivido, no sólo los cubanos, sino la mayoría de los países en la cuenca de El Caribe. El autoritarismo, el caciquismo, ese mal que quizá nos haya llegado de España, encontró en América una tierra propicia. Los Castro son hijos de gallego. ¿No parece una coincidencia sospechosa? 

-Caracterizas Cuba como una amalgama de bandidos españoles, chinos lavandero opiómanos y negros lánguido-bailadores…

-Sí, sí, la amalgama de nuestros países fue tremenda. Al principio de la conquista los que llegaban de la península eran por lo general marginales, de todos los rincones del reino. Cuando ya no había mano de obra indígena, secuestraban negros del Calabar y los traían en aquellos horrendos barcos negreros. Eran negros yorubas, lucumíes, congos, carabalíes..., arrancados de sus tribus y esclavizados… Luego, hacia finales del siglo XIX, llegaron los chinos, los coolies, que fueron engañados, en régimen de semiesclavitud. De todo eso, surgen las naciones caribeñas: Puerto Rico, República Dominicana, Cuba…

-Para ti, ¿es Cuba una herida?

-No sé si esa sea la palabra justa. No sé si es una herida, pero desde luego es algo que duele por algún lugar.

-¿Concibes la escritura si no es desde el inconformismo, la insatisfacción, la rebeldía?

-Totalmente. Creo que escribir es un acto de rebeldía. Un decir No. Tal vez se escriba para remediar una carencia, una insatisfacción. Por lo menos así es como lo entiendo. Es lo que nos llega desde el Romanticismo y, mucho más precisamente, desde Baudelaire y los poetas malditos: la literatura como acto de rebeldía.

-¿A qué escritores cubanos deberíamos prestar más atención?

-A dos gallegos (no fue malo todo lo que llegó de Galicia) maravillosos: Lino Novás Calvo, autor de una novela extraordinaria Pedro Blanco, el negrero, publicada por Tusquets Editores; Carlos Montenegro, autor de Hombres sin mujer. También Lydia Cabrera, una antropóloga que, junto con Fernando Ortiz, descubrieron la cultura negra de Cuba. Dos cuentistas excelentes: Enrique Labrador Ruiz, Calvert Casey.

-¿Y a cuáles escritores hay que volver siempre?

-Pues a Alejo Carpentier, a José Lezama Lima, a Virgilio Piñera, a Guillermo Cabrera Infante. Tenemos una gran literatura, dicho sea sin orgullo patrio, frase que me es radicalmente ajena.

viernes, 24 de junio de 2022

Emigración, exilio y literatura: tres puntos de vista

Emigración, exilio y literatura. Tres palabras unidas desde hace siglos. Caminos que llevan de Europa a América, de América a Europa, de África a Europa o América, de una parte de Europa a otra, de América del Sur a Norteamérica, etc. y que sirven, también, para abrir vasos comunicantes entre diferentes literaturas.

Sobran los motivos: académico-formativos, económicos, políticos... Autores de "familia bien" que a fines del XIX y comienzos de XX llegaban a Europa en viajes iniciáticos, autores que huyeron del terror (nazi, soviético, de las diferentes (o quizá son versiones de lo mismo) dictaduras latinoamericanas, de la represión franquista, etc), autores en busca de nuevas oportunidades, de nuevas experiencias o sencillamente de una vida mejor. Unos regresaron en loor de multitudes mientras que otros jamás regresaron. Algunos encontraron el éxito al tiempo que otros se contentaron con sobrevivir. Autores que encontraron la vida y autores que no pudieron huir de la muerte.

Martí, Zweig, Cortázar, Rubén Darío, Benedetti, Sarduy, Tsvetáyeva, Roth (Joseph), Kis, Assia Djebar, Kadaré, Conrad...Hay de todo, la verdad. Lo que personalmente más me interesa es la incidencia que la emigración o el exilio tienen en el autor y su obra. Para ello recurrimos a tres autores que residen fuera de su país de nacimiento y que continúan la "tradición" latinoamericana de emigración y exilio: Rodrigo Blanco Calderón (Venezuela), Edmundo Paz Soldán (Bolivia) y Gerardo Fernández Fe (Cuba). Mi agradecimiento a los 3 por su amabilidad y sus jugosas respuestas.  Estas son 

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ULAD: A modo de introducción, ¿qué os lleva a residir fuera de vuestros respectivos países de nacimiento?

RBC: Un cansancio que se fue acumulando con los años, motivado por el conflicto político, el atasco en que estaba (y está) la batalla política. Y también porque la vida cotidiana se hacía cada vez más precaria y exigente. No me veía escribiendo y leyendo como quería hacerlo, en esa situación. Así que a mediados de 2015 me postulé para un doctorado en Francia y lo obtuve.

EPS: Cuando salí del colegio en Bolivia era 1984 y sufríamos una hiperinflación terrible. Las  universidades se abrían por unos días y luego se cerraban con huelgas largas. Mis padres decidieron enviarme a estudiar a la Argentina. En 1988 me fui a estudiar a los Estados Unidos (Alabama) con una beca para jugar al fútbol. No salí con vocación de no volver, pero una vez afuera me fui quedando.

GFF: Siempre he dicho que soy un caso atípico. Muchos de mis colegas de universidad y otros tantos del gremio de las letras huyeron apenas pudieron, buena parte recién terminados los estudios o, cuando más, antes de cumplir los 30 años. Esto es algo con lo que los cubanos convivimos desde hace más de cuatro décadas, desde que se produjo la huida de 125,000 personas por el puerto del Mariel. Antes también hubo partidas, pero más bien a cuentagotas.
  
Soy un caso atípico, insisto. Tuve hijos siendo bastante joven; el primero con apenas 25 años y una niña tres años después, de manera que me sumergí en el trabajo que tenía, que no era malo, y en la familia. Por esa época escribí Cuerpo a diario y El último día del estornino, pero sobre todo me alejé del mundillo literario y disfruté mucho de la infancia de mis hijos. Vista desde lejos, fue un momento en el que ni leí ni escribí lo que hubiera deseado, pero, ya te digo, tengo un lindo recuerdo de la dinámica en casa y de la manera en que los niños retribuyen a diario con mucho amor.

Una aventura como la que mencionas no estaba en mis prioridades. Entonces creía que se podía hacer como Enrique Lihn o Raúl Zurita, que realizaron viajes fuera de Chile, pero nunca se exiliaron. Tampoco se me habría ocurrido volar y dejar a mis hijos y mi esposa atrás, como ha tenido que hacer tanta gente para salvarse o para no terminar en una prisión. Eso, sin contar el apego a mis padres, que siempre fue muy fuerte. Por eso digo que soy una variante atípica del emigrado, ni mejor ni peor, solo que me salgo del patrón de desespero con el que muchos cubanos han asumido ese cambio definitivo. Y aquí hay que aclarar que durante mucho tiempo irse de Cuba significaba irse para siempre, perder el legítimo derecho de regresar a vivir a tu país. Yo no quería eso. 

Ahora, un día recibí una citación para una entrevista con un oficial de la Seguridad del Estado, la policía secreta, una institución creada a imagen y semejanza de la Stasi de la Alemania oriental, que siempre ha movido los hilos de la vida en Cuba. Yo trabajaba en una agencia de viajes francesa, en aquellos tiempos éramos medianamente autónomos (luego supe que los controles por parte del MINTUR arreciaron), apenas una vez al mes tenía que pasar por una de las grandes corporaciones del turismo dependientes del estado, a pagarles, por cierto, y bien caro, por el derecho a operar dentro del país. Tenía una situación estable, tranquila. Pero en paralelo llevaba un tiempo colaborando con Penúltimos días, un blog ya desaparecido, muy interesante y bien nutrido, creado desde Barcelona por el escritor Ernesto Hernández Busto. Hablo de una página que por un tiempo fue el azote de la política cultural en la isla. El ciudadano de a pie no tenía entonces acceso a internet, como ocurre hoy, pero sí los gerifaltes de la cultura y de la policía política, cuyo vínculo siempre ha sido muy estrecho. Entonces les bastaba conectarse y revisar: ahí estaban mis textos, sobre todo uno que supongo que fue el detonante. Era una crónica sobre mi viaje a Praga 40 años después de la entrada de los tanques soviéticos y donde cuestionaba además la alineación de Fidel Castro a aquella invasión. (https://revistaelestornudo.com/praga-la-habana-numero-redondo/).

Un poco más un mes más tarde ya me estaban citando para una oficinita discreta detrás de la unidad de la policía de mi barrio… a mí, que jamás había tenido que ir a una estación de la policía para nada. En teoría querían saber sobre el desempeño de la agencia de viajes, en donde desde 1996 promovíamos alquileres en casas particulares en contra de las directrices de las autoridades del turismo. Sin embargo, yo ya me olía cuál era su trasfondo. Me decían que querían saber más sobre mi jefe francés, quien hacía años que no visitaba la isla y que —esto me daba mucha gracia— no se ajustaba para nada al modelo del europeo que viaja en busca de aventura, alcohol, fiesta, sexo y todo lo demás. Ese hombre, que además era mi amigo, más bien rechazaba todo lo que tuviera que ver con Cuba y, así me lo confesó con dolor un día, por la duplicidad de rostros y el don del murmullo con los que viven todos cubanos, obligados a callarse lo que piensan, y por el afán de beneficio material inmediato que se respira en la mayoría de los casos. 

En dos palabras, en todo momento supe que el objetivo era yo, que estaba siendo objeto de un plan de “crecimiento” muy parecido al de las sectas. No había que ser muy sagaz para darse cuenta de que me querían “trabajar” a base de presiones para que colaborara de manera continuada con ellos. (Hay un mito urbano que dice que dos de cada tres cubanos colaboran de alguna manera con “El Aparato”; es muy truculento y triste todo, quien ha vivido toda su vida en democracia no lo puede entender, mi propio jefe y amigo no daba crédito). 

Recuerdo que ese día regresé a casa convencido de que había llegado el momento. Por entonces ya había iniciado los trámites para obtener la ciudadanía española por la condición de mis abuelos; solo quedaba esperar. Mis hijos tenían 9 y 12 años. Y ¿sabes qué? —esto ahora me da gracia, pero es terrible— hubo personas en mi familia que cuestionaron mi decisión: no veían con malos ojos que yo conservara mi buen trabajo y que colaborara en secreto con la Seguridad. Poco después nos fuimos a Quito, la primera ciudad donde un buen amigo me ofreció amparo y hasta trabajo.

ULAD: Como autores emigrantes o exiliados (según el caso), ¿es posible construir una obra personal que no lleve esa marca?

RBC: La etiqueta «autor exiliado» ya de por sí es problemática. Aunque su primera acepción es bastante amplia, «separación de una persona de la tierra en que vive», la palabra exilio está cargada de unas connotaciones de persecución política que no aplican en mi caso. Dicho eso, veo muy difícil que lo que estoy escribiendo ahorita no pase, de una u otra forma, por ese terreno que vincula literatura y exilio. Y más en el caso del exilio venezolano, que es una experiencia tan reciente.

EPS: El lugar te marca incluso cuando no te marca. Tu lenguaje y forma de percibir las cosas van cambiando inevitablemente, se empapan del nuevo espacio. Cuando regreso a Bolivia la miro y percibo de otra manera, pero eso no significa que vea los Estados Unidos de manera “natural”. Mi mirada es extrañada, algo desarraigada, y eso creo que sirve para la escritura: que nada te parezca normal, que el mundo te parezca un lugar extraño. 

GFF: Siento demasiado respeto por Gastón Baquero, por Cabrera Infante, por Celia Cruz —a quien, por cierto, no le permitieron regresar para acudir al velorio de su madre— y por cientos de miles de exiliados “sin nombre” que tuvieron que irse con una muda de ropa, perdiéndolo todo atrás, como para hablar yo con tanta contundencia de “exilio”. ¿O será que hay diferentes modalidades de exilio, una por cada experiencia? Hace 30, 40 años todo era mucho más difícil para el cubano que decidiera huir de aquel proyecto grandilocuente, aunque ahora mismo no son pocos los casos de exiliados a los que no se les permite siquiera asomarse de visita por su propio país. Son desterrados en el siglo XXI.

En fin, no creo que mi condición aparezca, al menos hasta ahora, en mi trabajo. Todavía vivía en La Habana cuando escribí El último día del estornino, y ya entonces me había propuesto una literatura lo menos apegada posible a la condición insular y lo más lejana posible de los tics, los escenarios y las demandas de buena parte de la literatura cubana, esa que tan bien se ha vendido en el mercado editorial español. Son una convicción y un método que, como sabes, apliqué a Hotel Singapur, una novela que pudo haber sido escrita por un cubano en Tasmania.

ULAD: ¿Funciona la literatura como "cicatrizante" de las heridas o sirve para hurgar más en ella?

RBC: Siguiendo esa imagen, creo que la literatura debería ser como esa uña nerviosa que rasca y rompe la costra junto cuando la herida comienza a cicatrizar. Ese gesto que todos hacemos y que nos enfrenta ante el enigma del dolor y el innegable placer estético de una gota de sangre.

EPS: Escribí una novela de la nostalgia (Río Fugitivo, 1998), que ambienté en el último año de mi vida en Bolivia (1984). Fue una forma de hacer las paces con el país que dejé atrás. Pero las paces nunca están hechas del todo, cualquier cosa reactiva el desgarro de no ser más parte activa de esa vida que dejaste atrás. Vives una vida paralela en tu cabeza, habitada por ese camino que no seguiste.

GFF: Yo entiendo la literatura como ahondamiento, como martilleo implacable en determinados temas. A partir de ahí, lo que uno escribe debería percutir no tanto en las heridas del exilio en particular, como en las de la condición humana. El paso del tiempo, el desamor, la vejez, la soledad, la traición, son situaciones que nos competen a todos. En el exiliado pudieran ahondarse, claro está, pero no creo que se le deban conferir a este sujeto atributos exclusivos. Un exiliado no está en peor situación que un perseguido en su propio país o que un sujeto carcomido por dentro y por fuera, que vive en la casa que lo vio nacer, que se cae a pedazos, y para quien no hay futuro ninguno. Dentro de Cuba hay miles, varios millones de exiliados. Alguien llamó a ese fenómeno insilio.

En realidad, tiendo más bien a aligerar lo que desde hace mucho tiempo ha sido explotado como “el drama del exilio” en sentido general. Creo que por salud mental hay que huir de las sensaciones que se desgajan de esa escena de la familia italiana en el Nueva York de los años 40 que el cine tanto ha explotado. Y para un escritor es una situación resbaladiza, si no tiene cuidado puede caer en la tontería y el lagrimeo.

ULAD: ¿Creéis que vuestra obra sería diferente de permanecer en vuestros respectivos países de nacimiento? ¿En qué puede notarse la influencia de la emigración o el exilio?

RBC: Claro, sería diferente. Pero esta es una consideración que aplica para cada aspecto de la vida en su relación con la literatura. Cada decisión, incluso la más cotidiana, modifica a futuro la obra de un escritor. Son tantas las posibilidades que no sabría decir dónde están los rasgos diferenciales.

EPS: Estando afuera mi lenguaje ha cambiado gracias a las influencias de otros latinoamericanos con los que me relaciono y de los que me presto palabras y giros idiomáticos, y también por el inglés, que está al lado e impregna la sintaxis, el vocabulario, etc. Percibo el mundo de otra manera debido a los tantos años en la distancia, escribiendo en un lenguaje que aquí no es el dominante. Todo lo que está en el aire me cambia incluso cuando conscientemente quiero resistirme a esos cambios. Si me hubiera quedado en Bolivia también habría cambiado, pero de otras formas.

GFF: Creo que esto te lo respondí antes. No, no sería muy diferente, pues ya antes de salir de Cuba pretendía atomizar mis voces y moverme a locaciones muy variadas, al menos dentro de la ficción. Si estuviera todavía en La Habana creo que mis lecturas y mi escritura seguirían tendiendo al cosmopolitismo y a la rarefacción con respecto a “lo cubano”, ese cliché tan barato. Pero, la verdad, no me veo viviendo en La Habana, y mucho menos ahora.


ULAD: ¿Puede hablarse, en el caso de vuestras literaturas nacionales, de una literatura del "interior" y una literatura del "exterior" o del "exilio" o es un cliché sin sustento alguno?

RBC: Creo que sí puede y debe hablarse de una literatura que se escribe en Venezuela y una literatura escrita por autores venezolanos que no viven en Venezuela. Negarlo es, de alguna manera, negar el mayor trauma desde nuestra independencia, que es este desgarro y fragmentación del país que ahora estamos viviendo. No obstante, es cierto que es una distinción muy poco instrumental porque no todas las novelas (por referirme al género más popular) reflejan necesariamente el lugar desde donde fueron escritas. Ahora bien, lo que me parece inútil y falso es establecer una jerarquía entre ambas modalidades, porque más bien se complementan.

EPS: Hay muchos escritores bolivianos afuera, pero todavía no encuentro las características específicas que los define. Ese estudio está por hacerse.

GFF: Creo más bien que ese es otro cliché. Hay buena y mala literatura cubana, y ambas son producidas tanto dentro como fuera de aquel estado policial. Luego habría que estudiar de qué manera se le ensancha la visión al escritor que huye y se mueve por diferentes latitudes, pero siempre teniendo en cuenta que Kant, Flaubert y Lezama Lima prácticamente no salieron de sus barrios, y mira qué obra hicieron. También habría que analizar de qué modo se relaja el escritor (y el ser humano en general) desde el momento en que deja de ser tutelado por un partido y por las normas reductoras de un estado totalitario. Eso: de qué manera “entramos en libertad”, un sintagma que no deberían banalizar quienes siempre han vivido en democracia, y sobre todo cómo uno se va despojando de sus viejos miedos. Lo que no quiere decir que no aparezcan otras angustias de diferente calado.


ULAD: ¿Alguna vez os habéis planteado escribir en vuestra lengua de "adopción" (en el caso de Rodrigo Blanco nos referimos al francés, por los años que vivió en París)?

RBC: No. Quizás, de haberme quedado a vivir en Francia, pudiera haberlo intentado como un experimento o un juego. Pero toma una vida entera aprender a escribir en el propio idioma.

EPS: No. A veces traduzco cosas mías, pero tardo mucho en hacerlo, me da pereza, y vuelvo al español.

GFF: ¡Jamás! Eso es para Conrad, Nabokov y otros pocos. Yo no tengo lengua de adopción. Vivo en Miami, una ciudad muy demonizada, por cierto, por la intelligentsia de izquierda europea, y no experimento ninguna vergüenza por ello. Hace unos años, siendo profesor, tuve un alumno adolescente, hijo de dominicanos, cuyo padre les prohibía, a él y a sus hermanitos, hablar en español en casa; decía el buen hombre que ya no les hacía falta. Imagínate, habían llegado a la Tierra Prometida y para el cabeza de familia, a quien felizmente nunca conocí, el pasado era desechable y la lengua de adquisición era superior. 

Apenas llegué a Estados Unidos me empeñé en que para mis hijos el inglés fuera una herramienta perfecta para encaminarse (como para mí lo fue el francés, simplemente un utensilio), pero solo eso, y que el español no dejara de ser su lengua real, tan rica en sonidos y en matices… Y creo que lo logré.

ULAD: Puestos a elegir un autor exiliado que destacaríais, ¿quién y por qué?

RBC: Elegiría a Rubi Guerra. En primer lugar porque, aunque sigue viviendo en Venezuela, su experiencia de lucha contra enfermedades, precariedades económicas y la violencia imperante demuestra que no hace falta irse de Venezuela para sentirse desterrado. El chavismo ha hecho de los venezolanos unos extranjeros en su propia tierra. Y, en segundo lugar, porque la calidad de la obra narrativa de Rubi Guerra es incuestionable. Su obra está allí, brillando con la discreción propia de su autor, esperando que un editor español con sangre en las venas lo descubra y lo publique.

EPS: Como dice Bolaño poniendo el ejemplo de Kafka, a veces no es necesario irse a ningún lugar para sentir que el destierro está presente en una obra. César Vallejo ni siquiera había ido a ninguna parte y ya miraba todo con extrañeza en sus primeros textos. Irse a Lima lo asfixió aun más, el dolor estaba en cada una de sus líneas. París completó el gran viaje del desterrado.

GFF: Como infiero que hablas de autores del patio, me debato entre Lino Novás Calvo, escritor cubano nacido en Galicia, como mi abuelo Sixto, mira tú, que vivió al menos tres exilios; y Lorenzo García Vega, un tipo torpe que se anticipó a muchas cosas, por una parte al conservadurismo y la mojigatería del grupo de la revista Orígenes, donde creció como escritor hasta zafarse, y por la otra a la astringencia
del estado totalitario en que mutó casi al acto la revolución verde olivo. García Vega llegó a Madrid en 1968 y, el mismo día en que se conocieron, Antonio Buero Vallejo le advirtió que tuviera mucha cautela, pues no se veía bien en el mundillo literario proferir alguna crítica contra el sistema político imperante en Cuba. Poco después un editor español que recién había llegado de una visita a la isla le aseguró que las posibilidades de publicar en Madrid para un exiliado cubano eran mínimas.

Y luego, Lorenzo fue un escritor que jamás miró ni de reojo al mercado editorial y para quien no significaba nada vender cada vez más ejemplares, algo que nunca se propuso. Supo retratar además por diferentes vías lo que él mismo llamó “el destartalo cubano”. 

Todo de lo que ha ocurrido en estos 70 años, desde que Fulgencio Batista ignoró la Constitución y ultrajó la República, puede resumirse en ese sintagma.